Soberano
Capítulo 46
Barak y Tamasin regresaron por la tarde. Mi ayudante vino a mi habitación, donde yo descansaba. Parecía agotado.
—No he podido ponerme en contacto con mi amigo de Cheapside —dijo—. Está haciendo un trabajo fuera de la ciudad. No volverá hasta mañana.
Me llevé una mano a mi dolorida mandíbula. Debía visitar pronto a Guy para pedirle que le echara un vistazo.
—Espero que no haya ido a robar a alguna casa.
—No. Da la casualidad de que es cerrajero. Está fuera de la ciudad, instalando las cerraduras de una casa nueva. ¿Por qué dais por sentado que todos mis contactos son delincuentes?
—Lo siento. —Me subí la manga, dejando al descubierto el grillo oxidado—. Lo he untado con un poco de sebo para que me roce menos, pero apesta y me ensucia el blusón. No me sentiré verdaderamente libre de la Torre hasta que pierda esto de vista.
—Mañana volveré a intentar localizarlo. Me han dicho que para entonces ya habrá vuelto.
—Gracias. —Miré su rostro cansado, su pelo mojado. Fuera, seguía lloviendo—. ¿Ha ido Tamasin al palacio de Whitehall?
—Sí. Le han dicho que iba a haber cambios en el séquito de la reina, que volviera dentro de unos días. —Me miró con expresión grave—. Le da miedo hacerlo, porque están interrogando a las damas de la reina.
—¿Y a las sirvientas, como Tamasin?
—A ella no, pero teme que al final lo hagan también. Considera que es mejor esfumarse, y yo creo que tiene razón.
—Pero perderá la oportunidad de conseguir un puesto en el séquito. El trabajo mejor remunerado del país para un sirviente.
Barak se encogió de hombros.
—Está asustada, sobre todo después de ver lo que os han hecho a vos. Ya encontrará alguna otra cosa. Y aún conserva parte del dinero que le legó su abuela, según dice.
—Le está durando mucho.
—Sí. —Barak suspiró—. He hablado con mi viejo amigo.
—¿Ha habido suerte?
Barak frunció el entrecejo.
—Parece que hay un posible candidato. Tengo que volver mañana.
—¿Quién?
—No ha querido decírmelo, pero por lo visto es un profesional, sea lo que sea eso.
Se atajó al oír que llamaban a la puerta. Tamasin entró.
—Siento que hayas perdido tu empleo, Tamasin —dije con delicadeza.
—Sí. —Se quedó quieta en el umbral, con aspecto de estar agotada.
—Quédate unos cuantos días más —ofrecí—. Quedaos los dos. Hasta… bueno, hasta que las cosas se aclaren un poco. Tal vez vuelvas a encontrar trabajo en la corte.
—¿Cuando la reina haya muerto? —Habló con una amargura que yo desconocía —. ¿Para servir quizá a otra reina, siempre pendiente de cuánto durará, de no enterarme de ningún secreto que pueda acarrearme problemas? —Negó rotundamente con la cabeza—. No, jamás volveré a trabajar en ese séquito, por mucho que paguen.
—Está bien, Tammy —dijo Barak, pero ella siguió hablando.
—En Whitehall dicen que lady Rochford ha perdido el juicio en la Torre, que grita y delira y no da ninguna respuesta razonable. La pobre reina está retenida en Hampton Court, sabe Dios en qué estado se encontrará. Aun así, una mujer debe sonreír y mostrarse alegre, ¿no?
Crispó las facciones, parodiando una sonrisa de niña; luego, se dio la vuelta y salió corriendo de la habitación.
Esa noche, Giles y yo cenamos en el salón en silencio, escuchando el estruendo de la lluvia que caía fuera. Barak se había pasado toda la tarde con Tamasin en su habitación. Joan estaba muy seria, pero preferí no darle importancia.
Era la primera vez que Giles comía levantado y parecía algo repuesto. Le hablé sobre el estado del manzanar y él estuvo de acuerdo en que debía ir a la Tesorería del Colegio de Lincoln al día siguiente.
—De lo contrario, si se os inunda el jardín, dirán que no avisasteis con tiempo. — Sonrió—. Ya sabéis cómo somos los abogados.
—Tenéis razón. Quiero que caven una zanja en mitad de la pendiente para drenar el agua. Habría que hacerlo ya; da la impresión de que esta lluvia jamás cesará. — Suspiré—. Y ya es hora de que me deje ver.
A la mañana siguiente, me levanté temprano y, después de desayunar, me preparé para ir andando al Colegio de Lincoln. Tamasin y Barak habían salido juntos: ella para buscar habitación, Barak para encontrar al cerrajero y obtener información sobre el padre de Tamasin. Había dejado de llover, pero Chancery Lane estaba sembrada de charcos y había resbaladizos montones de hojas mojadas en la calzada embarrada. Los sorteé con cuidado. También soplaba un viento frío; el invierno había llegado ya. Había un barbero en Chancery Lane y decidí hacer uso de sus servicios para estar presentable. Me senté en su silla, consciente de que seguía llevando el maldito grillo y ocultándolo bajo la manga lo mejor que podía. La conversación del barbero versó sobre los extraños sucesos de Hampton Court. Los rumores corrían como la pólvora: la reina había sido arrestada, la habían descubierto haciendo de espía o acostándose con todo el mundo, desde el lavaplatos hasta el mismo Cranmer. El barbero disfrutaba contándome aquellas primicias.
—Vuelve a ser como en los tiempos de Ana Bolena —comentó en tono despreocupado.
Le dije que estaba seguro de que todo era mentira y me fui al Colegio de Lincoln.
Se me hizo extraño cruzar otra vez la gran arcada de la entrada principal, la Great Gate, ver los sólidos edificios de ladrillo rojo en un ángulo del Gatehouse Court, a los abogados yendo y viniendo. Varios conocidos me saludaron con la cabeza camino de la Tesorería, pero yo estaba impaciente por llegar y terminar cuanto antes.
Cuando, en un principio, el tesorero negó que la inundación fuera responsabilidad suya, le recordé con aspereza la legislación sobre daños y perjuicios, y finalmente me marché con su palabra de que al día siguiente se cavaría una zanja. Regresé a mi bufete sintiéndome un poco más animado.
Me crucé con dos procuradores que se detuvieron y me miraron con curiosidad. Fruncí el ceño; llevaba la mano metida en el bolsillo de la toga, con el grillo bien escondido.
Skelly, mi secretario, trabajaba en su escritorio. Me saludó con un entusiasmo genuino que me conmovió; sus ojos brillaban detrás de las lentes.
—He rezado por vos, señor —dijo—. Rodeado de bárbaros y tan lejos de casa… Y ahora estáis de vuelta. Pero tenéis la cara hinchada, señor.
—Una muela cariada —improvisé. Y, de hecho, volvía a dolerme. De modo que, al menos, los rumores acerca de mi encarcelamiento no habían llegado al Colegio de Lincoln. Lo harían pronto, no obstante—. ¿Cómo va el trabajo? —pregunté. Había distribuido mis casos entre abogados de confianza para que se ocupasen de ellos mientras yo estaba ausente.
—Ningún problema grave, señor. Hennessy ganó el caso Cropper la semana pasada.
—Ah, ¿sí? Bien. —Hice una pausa—. He oído que representantes del Consejo Real han visitado las escuelas de leyes, haciendo preguntas relacionadas con la conspiración de la primavera.
—Aquí no, señor. —Arrugó la nariz—. Puede que en el Colegio de Gray.
Ya era por la tarde cuando acabé de ponerme al día. «Sí —pensé—, hay trabajo suficiente para reincorporarme y mantenerme ocupado». Y con la paga que Cranmer me había prometido, podría saldar la deuda que pesaba sobre la casa de mi padre. Había llegado una carta del acreedor preguntándome cuándo iba a pagarle y escribí una escueta respuesta diciendo que no tendría que esperar mucho. Luego, fui a almorzar al salón.
Había decidido que más tarde iría al Colegio de Gray y, durante el almuerzo, volví a pensar en Martin Dakin. ¿Y si no quería reconciliarse con Giles? Cabía tener en cuenta esta posibilidad, dado el cariz que pueden tomar las disputas familiares. Una vez más, me pregunté si mi interés por el anciano guardaba alguna relación con mi sentimiento de culpa por haber defraudado a mi padre. «Pero, no —pensé—, esta es la única forma correcta de obrar».
De camino a la salida, vi que Bealknap se acercaba a mí desde su despacho. Me pregunté si me habría visto desde la ventana.
—¡Maese Shardlake! —Me saludó jovialmente—. He oído que habéis vivido unas cuantas aventuras desde la última vez que nos vimos, un problema con Su Majestad en York, ¿no es así? Y una breve estancia en la Torre. —Posó los ojos en mi mano derecha, donde el maldito grillo me había resbalado hasta quedar al descubierto —. Dios mío —dijo en voz baja.
—Mi estancia en la Torre no es todavía de conocimiento público. Os ha informado Richard Rich, no hay duda. Él hizo que me encerraran allí.
—Tenéis la cara hinchada, maese Shardlake —repuso Bealknap, fingiendo preocupación.
De pronto, recordé la cámara de tortura, el crujido cuando me rompieron la muela, el horror. Parpadeé; luego, miré a mi oponente con odio. Él eludió mi mirada.
—¿Sabíais que la Casa Gremial ha retirado los cargos? —dijo, con esa amable sonrisa suya—. Cada parte pagará los gastos que ha generado. Seguro que vos tendréis una larga factura para la Casa Gremial. Mis gastos los está sufragando el Tribunal de Desamortización.
—Por mediación de Rich.
—Por el interés de la Corona en el caso. Bueno, ha sido un desenlace interesante.
Se descubrió, se inclinó ante mí de un modo exagerado y socarrón y siguió su camino.
—La próxima vez será una disputa justa —le grité—. ¡Y os derrotaré! ¡Os venceré, Bealknap!
Él no se volvió.
Salí a Chancery Lane para dirigirme al Colegio de Gray, situado justo al otro lado de Holborn. Seguía sin llover, aunque el cielo estaba gris. Pregunté por Garden Court en el vestíbulo y me indicaron un edificio ubicado al otro lado del patio. Mientras lo cruzaba, mirando a los abogados que iban y venían, pensé que el contacto de Bernard Locke, a quien él debía entregar los documentos, podía estar allí, a menos que lo hubiesen apresado. Entré y me encontré en una sala de espera, donde un secretario menudo y rollizo alzó la vista de su escritorio.
—Buenas tardes —saludé—. Soy Matthew Shardlake, del Colegio de Lincoln. Estoy buscando a un abogado que ejerce aquí. Martin Dakin.
El secretario irguió la espalda.
—Oh —exclamó.
Primero pareció sorprendido; luego, aturdido.
—¿Lo conocéis? —pregunté.
—Sí, señor, pero… —Se levantó despacio, sin despegar los ojos de los míos—. Si sois tan amable de esperar un momento, quizá debierais hablar con el abogado Philips. Disculpadme.
Se dirigió a una puerta a la que llamó antes de entrar. Mientras aguardaba, me invadió la inquietud. El secretario me había parecido alarmado, preocupado. «¿Se habrán llevado a Dakin para interrogarlo?», me pregunté. Observé la sala, sus mesas cubiertas de legajos atados con cintas rojas. Allí era donde también había ejercido Bernard Locke. Recordé aquella última imagen suya en la Torre, sus miembros fracturados y su cara quemada, y me estremecí.
El secretario reapareció en el umbral.
—El abogado Philips querría hablar con vos, señor.
Cuando se apartó para dejarme entrar, parecía aliviado de haberse librado de mí. En un despacho muy similar al mío, un corpulento abogado de mediana edad se levantaba de su escritorio. Parecía agotado y tenía unas profundas ojeras. Se inclinó y me miró con semblante consternado.
—Abogado Ralph Philips —dijo. Por su acento, supe que era del norte.
—Abogado Matthew Shardlake, del Colegio de Lincoln.
—¿Estáis buscando a Martin Dakin?
—Sí.
—No os lo toméis como una impertinencia, señor, pero ¿puedo preguntaros qué relación tenéis con él?
—Soy amigo de su tío, el abogado Giles Wrenne, de York. Tuvo una disputa con su sobrino hace años y ha venido a Londres para reconciliarse con él. He viajado con la comitiva real a York. Maese Wrenne ha hecho el trayecto conmigo; está en mi casa en Chancery Lane. —Hice una pausa—. Es mayor y no se encuentra bien.
—Ah.
Maese Philips suspiró hondo.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunté, con más aspereza de la debida—. ¿Se lo han llevado para interrogarlo acerca de la conspiración del norte? Sé que han estado haciendo preguntas entre los letrados.
Me miró con interés.
—Sí, han estado aquí. Nos han interrogado a todos. —Volvió a suspirar—. Pero no tenemos nada que ocultar y, desde luego, tampoco Martin Dakin.
Esbozó una sonrisa triste y extraña.
—Entonces, ¿qué?
—Martin Dakin está muerto, señor. Murió hace dos inviernos, de una congestión pulmonar.
—Oh, no —musité—. Oh, no, esto es demasiado cruel.
Todos los esfuerzos de Giles, todas sus esperanzas, el viaje que tanto le había afectado… Todo en vano.
—¿Os encontráis bien, señor?
Maese Philips se acercó a mí con aspecto consternado.
—Sí. Disculpad. Ha sido un duro golpe. No esperaba… —De modo que era eso lo que había querido decir Locke en la Torre: Martin Dakin no corría peligro porque ya estaba muerto. Y había utilizado el pretérito para referirse a Dakin, no a él. Contuve un gemido. Entonces, vi un rayo de esperanza—. ¿Tenía esposa, hijos?
—Me temo que no. —Maese Philips negó con la cabeza—. No tenía ningún pariente, que yo supiera, y nunca lo oí mencionar a ningún tío.
—No se hablaban. —Lo miré—. Entonces, no tenía a nadie.
—No, que yo supiera. La Tesorería administró sus bienes cuando falleció. — Vaciló—. Debo decir, señor, que Martin Dakin y yo no manteníamos una relación muy estrecha.
—¿No?
Maese Philips vaciló.
—Era un reformista a ultranza, señor, y no muchos lo somos en esta escuela.
—Pero yo creía que era un papista exacerbado.
—Lo fue en un tiempo, pero lo convencieron en una iglesia evangélica local. — Maese Philips esbozó otra sonrisa lánguida—. Muchos de los que eran fervientes partidarios de un bando se han convertido en exaltados partidarios del otro. Ha ocurrido a menudo en estos últimos años.
—Así es.
—Pero Martin Dakin fue un buen abogado, y un hombre honrado —declaró. Asentí sin saber qué decir—. En la Tesorería se habrán encargado de la disposición de sus bienes. Si preguntáis allí…
—Sí. Sí, quizá debería hacerlo.
—¿Puedo ofreceros un poco de vino antes de que os vayáis, maese Shardlake? — Aún parecía preocupado—. Veo que esto ha sido un duro golpe para vos, tal vez os convendría sentaros.
—No. No, iré a la Tesorería. Gracias, maese Philips, gracias por vuestra ayuda. — Me incliné y salí del despacho.
«Qué ironía —pensé—. Un reformista, la última persona que querría tener algo que ver con la conspiración del norte».
Había un banco bajo un árbol cercano. La madera estaba mojada, pero me senté de todas formas. Pobre Giles, aquello sería un golpe durísimo para él. Me alegraba, no obstante, de haber acudido al Colegio de Gray; al menos, podría comunicarle la noticia con delicadeza, en casa. Alcé la vista cuando un hombre corpulento vestido con toga pasó por delante de mí. Barba negra, pelo negro. No me cupo duda: se trataba de Maleverer. Tensó el rostro, lo cual le confirió un aire avejentado. Me miró, desconcertado, y apretó el paso.
Una gota de agua me cayó en la mano y me devolvió a la realidad. Volvía a llover. Me levanté. El maldito grillo seguía erosionándome la muñeca. Me la froté, comprobé que llevaba la manga bien bajada y pregunté por la Tesorería a un secretario que pasaba. Me dirigí allí, empapado una vez más por la intensa lluvia.
El tesorero era un hombre alto y cargado de espaldas que se mostró receloso ante la solicitud de información por parte de un abogado de otra escuela. Cuando le referí el motivo de mi visita, no obstante, se solidarizó conmigo y me hizo pasar a su cómodo gabinete.
—Hoy en día, me pongo en guardia siempre que me preguntan sobre algún miembro de la escuela —me dijo.
—Ah, sí. Las preguntas sobre los conspiradores.
—Últimamente han interrogado a muchos abogados. Robert Aske ejercía aquí. Malditos sean él y todos los rebeldes. Las escuelas de leyes están para ejercer la abogacía, no para conspirar contra el rey.
Me condujo a un despacho donde un hombre de edad avanzada revisaba unos documentos.
—El abogado Gibbs se ocupó de este asunto. Está retirado, pero me ayuda.
El anciano se levantó y se inclinó, mirándome a través de sus gruesas lentes. Parecía casi tan viejo como el abogado Swann de Hull.
—Maese Shardlake está intentando localizar a algún pariente del abogado Martin Dakin —le dijo el tesorero—. Murió hace dos inviernos. No tenía esposa ni hijos.
El anciano asintió.
—Ah, sí. Lo recuerdo. La escuela administró sus bienes. Sí, es una lástima que un abogado muera sin familia. Pero sí tenía un pariente, por lo que recuerdo.
—Ah, ¿sí? —dije, impaciente.
«Incluso un hijo bastardo —pensé— sería mejor que nada». El anciano se llevó un dedo al mentón.
—Sí, lo tenía. Eso creo.
Contuve mi ansia mientras maese Gibbs hurgaba en una pila de documentos que había en un anaquel.
—Os dejo, señor —dijo el tesorero.
—Sí, sí, gracias. Os estoy agradecido.
Cuando me volví, maese Gibbs tenía una carpeta en la mano y sonreía.
—Aquí está. —Extrajo un testamento—. Martin Dakin murió el diez de enero de mil quinientos cuarenta. Por petición suya, todas sus posesiones se vendieron; las ganancias, sumadas a sus ahorros, una cantidad importante, veo… —Miró más abajo —, sí, dejó cincuenta libras a la iglesia de St. Giles, en Cripplegate. —Me miró por encima de las lentes, con cara de desaprobación—. Una iglesia muy reformista. Algunos dicen que hereje.
—Sí, sí. ¿Y el resto?
—Todo a un único legatario.
—¿Quién?
—Vedlo vos mismo, señor.
El anciano me entregó el testamento. Leí el nombre del heredero. La sorpresa me dejó boquiabierto.
—¿Este legatario reclamó la propiedad?
—Oh, sí. —El anciano frunció el ceño—. Se hizo todo correctamente.
—No lo dudo.
Y entonces lo comprendí, lo comprendí todo. Quién me había dejado inconsciente en la abadía de St. Mary, quién había ayudado a Broderick a morir. Y la identidad de la persona que tenía los documentos que podían destronar al rey.