Soberano

C. J. Sansom · Capítulo 28 de 50

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Soberano

Capítulo 28

 

Maleverer me miró fijamente cuando, una hora después, le expliqué cómo había conseguido Broderick el veneno. Luego sacudió la cabeza y soltó una carcajada que más pareció un ladrido. Me miró desde el otro lado del escritorio, con un amago de sonrisa en la comisura de los labios, y se pasó un dedo por el borde de la barba, como tenía por costumbre.

—Santo Dios, sois un tipo astuto. De modo que Broderick burló a Radwinter. — Volvió a reírse—. Por la sangre de Cristo, la reputación de ese carcelero no volverá a ser la misma cuando el caso salga a la luz. Le prohibí que saliera de sus dependencias. Bien, ahora que sabemos que nadie más estaba implicado, supongo que puede regresar a sus obligaciones. Lo habéis rescatado de la sospecha, abogado Shardlake.

—Jamás permitiría que nadie permaneciera bajo falsa sospecha. Ni siquiera Radwinter.

La sonrisa de Maleverer se tornó aviesa.

—Vaya, señor, sois un hombre excesivamente remilgado pero muy recto. Quisiera ser digno de vuestros escrúpulos.

Preferí guardar silencio. Se volvió y miró por la ventana a los obreros que ataban gruesas sogas a las tiendas para afianzarlas contra el viento. Escruté su rostro, pesado y oscuro, preguntándome si su despiadada crueldad no se debería al bochorno y la ira por la mácula de ser hijo bastardo. Resultaba extraño que también él conociera la burla y oyera risas a sus espaldas.

—Esas tiendas no pueden seguir ahí eternamente —comentó—. Maldito sea el rey de Escocia.

—¿Sigue sin haber noticia de su llegada, señor?

—No es asunto vuestro. —Cambió de tema—. Le diré a Radwinter que puede volver al trabajo. Y vos deberéis seguir vigilando a Broderick. Visitadlo cuando menos una vez al día, sin excepción. Podría intentar alguna otra artimaña. —Me miró con aire especulativo—. Si nadie, aparte del mismo Broderick, intervino en su envenenamiento, eso significa que es solo a vos a quien pretenden matar.

—Eso parece.

—Aseguraos de cumplir mis órdenes: que vuestro lascivo secretario permanezca siempre a vuestro lado. Eso es todo.

Agitó una pluma en el aire con gesto desdeñoso; hice una reverencia y me marché. Al salir, me sentí más decidido que nunca a no revelar a Maleverer nada de lo ocurrido con la reina y Culpeper; no podía confiar en él lo más mínimo. Ese hombre me despreciaba y sin duda me perjudicaría a la menor ocasión.

Fuera el viento empezaba a amainar, aunque seguía soplando con cierta fuerza. Barak me esperaba. Al dejar atrás los pabellones, vi una figura rechoncha y familiar entrando en la iglesia: era maese Craike, con la toga aleteándole alrededor de los tobillos.

 

—Aquí está la ocasión de resolver otro misterio —señalé.

La iglesia era un hervidero de actividad. Los mozos de cuadra iban y venían, el suelo estaba sembrado de paja y estiércol, y se veían fraguas incandescentes en todos los rincones. A la luz del día, vi que las paredes estaban sucias y pintarrajeadas, crudos dibujos de mujeres semidesnudas y hombres con penes gigantescos.

—¿Dónde está? —preguntó Barak.

—Probablemente haya ido al campanario.

Me detuve un momento y contemplé la paja chamuscada que alguien había apilado contra la pared; hacía ya tiempo que el cadáver del oso había sido retirado.

Para cuando alcanzamos la puerta que daba al campanario Craike había desaparecido, pero el centinela confirmó que había subido. Lo encontramos sentado en un escabel, mirando por la ventana con una frugal comida en el regazo. Se volvió hacia mí, sorprendido.

—Ah, maese Shardlake. ¿Qué os trae por aquí? —Su saludo era jovial, pero sus ojos, una vez más, parecían alerta. Bajó la mirada hacia el pan y el fiambre que reposaban sobre una servilleta en sus rodillas—. He tenido un día muy atareado; se me ocurrió escaparme aquí arriba y comer algo. No me canso de observar el campamento. Resulta extraño verlo desde aquí, a vista de pájaro.

Yo también me asomé, entornando los ojos contra el viento, que silbaba alrededor del campanario. A la tenue luz del atardecer volví a ver a los centenares de hombres sentados frente a las tiendas, jugando a las cartas o presenciando peleas de gallos. Ardían hogueras y el viento barría el humo en todas las direcciones. Un nutrido grupo de obreros cavaba nuevas letrinas cerca de las hileras de carretas. Craike se acercó a mí.

—Están teniendo problemas con las aguas residuales —dijo—. Imaginaos, con más de dos mil hombres en el campamento, la situación se vuelve repulsiva si la estancia se prolonga más de unos pocos días. A lo largo de la ruta hay campos tan repletos de desechos que no podrán ser sembrados en años. Les preocupa que todo llegue al río y los peces mueran. La inmundicia se filtra, ya lo veis. Se filtra.

Miré su rostro carnoso y blando, y respiré hondo.

—Maese Craike, hay algo que debemos comentar con vos.

—Por supuesto. Aunque parecéis serio, señor… —Tras mirarnos alternativamente a Barak y a mí, soltó una risa nerviosa—. Es serio.

Regresó al escabel y tomó asiento.

—¿Recordáis aquel joyero? —pregunté—. ¿El que me robaron en vuestro despacho?

—Difícilmente podría olvidarlo, señor.

—Sabéis que era importante.

—Sé que los hombres de Maleverer lo inspeccionaron a conciencia. Maleverer me dijo que no mencionara más el asunto, y no lo he hecho.

—Mi ayudante os vio la otra noche entrando en una posada de York. En El Venado Blanco.

Miró a Barak y percibí un atisbo de temor en sus ojos.

—¿Qué tiene eso que ver con la búsqueda de la maldita caja? —espetó con voz levemente temblorosa.

—Anoche fuimos a la posada, y supe que el posadero que la regenta puede proporcionar… bien, determinadas mujeres… —En ese instante, un escalofrío recorrió el cuerpo de Craike, que se ruborizó—. ¿Fue ese el motivo de vuestra visita?

Él no contestó, sino que se ocultó la cara con las manos.

—Vamos —le insté con sequedad—, responded a mi pregunta.

Su voz me llegó en un susurro trémulo.

—Estoy avergonzado. No me atrevo ni a mostraros mi rostro.

—No tengo ninguna intención de afrentaros, maese Craike. Miradme.

Dejó escapar un largo suspiro y alzó la cara. Parecía repentinamente avejentado, demacrado, y las lágrimas asomaban a sus ojos de color azul pálido.

—Esa posada es un lugar detestable —dijo—, pero sabe Dios que he visto muchas similares en Londres. Oh, posiblemente parezca un hombre que ha prosperado en la vida, lo sé. —Soltó una risa amarga y empezó a hablar atropelladamente—. Tengo esposa, hijos, una buena posición, respeto. Pero… pero no me conocéis; soy un hombre malo, indigno, un pecador. Los sacerdotes que me educaron de niño lo sabían y se mofaron de mí y… me hicieron daño. Y necesito que me hagan daño, solo entonces me siento seguro.

Se echó a reír con tal acritud y frivolidad que me hizo estremecer. Sus palabras deberían haberme asqueado, pero no sentí más que lástima por ese hombre caído en alguna trampa de la mente que yo apenas alcanzaba a comprender.

—¿Cómo la encontrasteis? —pregunté—. ¿Por mediación del vidriero Oldroyd?

—No. Le pregunté si conocía algún burdel, con la excusa de que era para unos oficiales, pero no sabía nada. Era un hombre respetable. No, recurrí a otros en la ciudad y ellos me llevaron a El Venado Blanco.

—Bien, si eso es todo —concluí—, no es asunto mío.

—Ah, si eso es todo… —Volvió a suspirar, como si quisiera arrancarse el corazón. Su expresión cambió, dio la impresión de abandonar su infierno privado y regresar de nuevo al mundo real—. No, no es todo. Hay una casa en Southwark que también frecuento. La madama del local es espía al servicio de sir Richard Rich.

—Rich —repetí, despacio—. Sé que Cromwell empleaba métodos similares.

Volví a mirar a Barak.

—Y cuando lo ejecutaron, Rich se apoderó de sus redes —prosiguió Craike—. Pagaba a los responsables de ciertas casas para que le proporcionasen nombres. Oh, yo no tenía ningún interés para lord Cromwell, era demasiado humilde. Pero Rich es harina de otro costal. Conocéis mi trabajo, asigno alojamiento a los cortesanos en los palacios que el rey tiene en Londres, como hago aquí.

—Sí.

—Y sir Richard Rich codicia la tierra como ningún otro hombre en Inglaterra. Y si certifico al Chambelán que esta o aquella casa de Londres que pertenecía a algún monasterio no reúne las condiciones necesarias para alojar a los cortesanos, será vendida a bajo precio. Y Richard Rich estará al acecho y se apropiará de ella.

—¿Os está chantajeando?

—Si no coopero con él, se lo contará todo a mi esposa. Es una mujer temible, señor. Me dejaría, divulgaría a los cuatro vientos mis pecados y yo no volvería a ver a mis hijos. —Las lágrimas empezaron a derramarse por sus mejillas. Entonces, de pronto, se las enjugó y me dirigió una mirada desafiante—. Bien, esa es la verdad. Nada que ver con vuestra caja robada ni con la agresión que sufristeis. Si habláis, la ira de sir Richard caerá sobre vos, os lo advierto, lo cual no es ninguna minucia. Y además me arruinaréis.

—¿Os está presionando?

—Sí. Maleverer quiere una casa en Londres. Hay unas tierras cerca de Smithfield que son de propiedad del rey. Él y Rich compartirán la diferencia entre el precio que yo determine y su auténtico valor.

—Ya veo —asentí—. Creo que Maleverer también intenta apropiarse de unas tierras aquí.

—No sé nada de eso. Os lo suplico, señor —insistió Craike—, guardadme el secreto.

—No diré nada, maese Craike. No es de mi incumbencia.

—¿De veras? —La esperanza afloró a su semblante.

—Lo juro. Os ayudaría si pudiera. Tengo la impresión de que Rich es el mayor pícaro en todo este asunto.

Relajó los hombros, aliviado.

—Gracias, gracias. Y…

—¿Sí?

—Ni siquiera os habéis mofado de mí. La mayoría de los hombres lo habrían hecho.

Miré el rostro ojeroso de Craike y me pregunté cuál sería la naturaleza de la extraña oscuridad que subyacía en él. Pero la oscuridad subyace en infinidad de rostros.

—Conozco demasiado bien la mofa —contesté.

Tuve que visitar a Broderick antes de abordar mi siguiente tarea, que consistía en reflexionar sobre el árbol genealógico y en lo que el Titulus afirmaba sobre el origen inglés de Ricardo III. Me sentía alentado tras el éxito en el castillo y tras la conversación con Craike.

El sargento Leacon montaba guardia con uno de sus hombres frente a la puerta de la celda de Broderick. Al vernos, asintió con cierta rigidez.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Sí. Lleva todo el día acostado en el camastro. No habla con los hombres que le he asignado.

—He resuelto el misterio de cómo llegó el veneno a él. —Le relaté al sargento el hallazgo que había hecho en el castillo—. Creo que Radwinter retomará sus funciones pronto.

Se encogió de hombros.

—Confiaba en que no tuviéramos que volver a verlo.

—Me temo que no será así. —Respiré hondo—. Sargento, tengo que expresar mi agradecimiento para contigo y tus hombres. Por abatir al oso anoche. De no haber llegado cuando lo hiciste, me habría matado.

—Solo cumplimos con nuestro deber —repuso con frialdad—. Aunque temí que fuera una artimaña para distraerme y liberar al preso. De hecho, me pregunté si sería seguro dejar a Broderick encerrado y correr a la iglesia.

—Gracias a Dios que lo hicisteis. Me estremezco con solo pensar lo que habría ocurrido de no haber estado vosotros tan cerca.

Él asintió, pero su mirada seguía siendo gélida.

—Sargento —añadí—, he estado pensando en los problemas de tus padres y en mi desventurada parte de responsabilidad. Me sorprendió lo que me dijiste; hice ese arbitraje sin conocimiento de que existiera un segundo contrato de arrendamiento ni problemas con las lindes. ¿Tienen tus padres algún documento que acredite su condición de propietarios?

Negó con la cabeza.

—No. Los archivos quedaron destruidos en un incendio hace años, pero ellos siempre creyeron que las tierras habían pertenecido a los monjes.

—No dispuse de ninguna prueba. Eso habría cambiado las cosas. Y aún cambiarían, si encontráramos algún registro.

—Mis padres apenas saben leer ni escribir —repuso con timidez—. Siempre recurren a mi tío, aunque tampoco lee bien. Y no pueden permitirse contratar a un abogado.

—¿De cuánto tiempo disponen antes de ceder las tierras?

—De seis meses. Hasta el día de vencimiento del segundo trimestre.

—Escucha, sargento, me siento responsable de esta situación. Cuando regresemos a Londres, si lo deseas, podría intentar ayudaros.

—Ya os lo he dicho: mis padres no tienen dinero para contratar a un abogado.

—Lo haré sin pedir nada a cambio. Pro bono, como solemos decir.

Se le iluminó levemente el rostro.

—¿Lo haríais, señor? Si pudieseis ayudarnos…

—No te garantizo nada. Pero, si está en mis manos, lo haré.

—Gracias. —Me miró—. Confieso que os maldije cuando supe que estabais implicado.

—En tal caso, retira la maldición. Últimamente, ya estoy servido.

Sonrió.

—Ahora mismo, si realmente tenéis intención de ayudarnos.

—Bien —dije, algo abochornado—, debo entrar a ver cómo evoluciona Broderick.

Leacon sacudió la cabeza mientras cogía las llaves.

—¿Cómo puede alguien ponerse en una situación tan nefasta como la suya? ¿Es que no hay ya suficientes problemas en el mundo?

 

Entré en la celda y encontré a Broderick con un aspecto patético, pálido y tendido en el jergón. Me quedé mirándolo. Anochecía y alguien había prendido una vela que dibujaba arrugas prematuras en su joven cara. Alzó la vista lentamente.

—¿Tenéis agua? —pregunté.

—Sí —respondió, señalando con la cabeza hacia un jarro que había en el suelo.

—Sé cómo lo hicisteis, sir Edward —le dije con voz pausada—. El veneno. Lo sacasteis de esos horribles hongos que crecen en el bajante, ¿no es así?

Me observó largo rato y bajó la vista.

—Ahora eso ya no importa —contestó con apatía—. Fallé. Y me habéis trasladado aquí, donde no tendré más oportunidades.

—Hasta el último ápice de vuestro ser debió de contraerse al obligaros a tragar eso.

—En efecto. Lo tragué con agua, y con la nariz tapada para no percibir su olor.

—Sí, el olor…

—Pero no funcionó. Mi cuerpo lo expulsó —declaró con una mueca de rabia.

—Escuchadme —dije—. ¿Por qué no habláis ahora? ¿Por qué no les dais ya lo que quieren? Al final, acabarán por torturaros. El dolor no entraña virtud alguna. Podríais negociar el perdón si habláis, ya se ha hecho otras veces.

Soltó una carcajada, un sonido áspero más similar a un graznido.

—¿Pensáis que puedo creer en sus promesas? Robert Aske lo hizo y ya veis la consideración que tuvieron con él.

—Hoy su esqueleto cayó de la torre. El viento lo arrancó.

Esbozó una sonrisa perezosa.

—Un mal augurio. Un mal augurio del que el Topo debería tomar nota.

—Para ser un hombre ilustrado, señor, decís muchos disparates.

Lo escruté, preguntándome cuántas de las respuestas que buscaba podrían residir en el interior de su pecho, surcado de cicatrices: la relación entre el secreto de la reina y los conspiradores, el contenido de la caja de los documentos… Pero tenía prohibido sondearlo.

—Si el rey Enrique es el Topo —le pregunté de súbito—, ¿quién es entonces el legítimo rey? Algunos dicen que la familia de la condesa de Salisbury.

Me dedicó una sonrisa sesgada.

—Algunos hablan demasiado.

—El príncipe Eduardo, el hijo del rey, es el legítimo heredero, ¿verdad? —Hice una pausa—. Y también los hijos que la reina Catalina pueda tener después. Corren rumores de que está encinta.

—Ah, ¿sí? —No hubo ni el menor parpadeo en sus ojos, tan solo una expresión de desdén y regocijo. Se rio con frialdad—. ¿Os habéis vuelto interrogador, señor?

—Sencillamente, intentaba entablar conversación.

—Creo que vos no hacéis nada «sencillamente». Pero ¿sabéis lo que me gustaría?

—¿Qué?

—Que estuvierais presente en la Torre mientras me torturan. Os obligaría a presenciar lo que vuestra excelente custodia me reportará.

—Deberíais hablar ahora que vuestro cuerpo aún está sano.

—Marchaos. —La voz de Broderick rebosaba desprecio.

Suspiré y llamé a la puerta para que el guardia la abriera. Al salir, vi descorazonado que Radwinter ya se encontraba allí. Tenía aspecto cansado, ojeroso. El arresto había pasado factura a aquel amante de la autoridad. Mantenía la mirada, furibunda, clavada en Barak, que esperaba apoyado en la pared con afectada despreocupación.

—Y bien —dijo Radwinter—, he oído que vuestro patrón ha descubierto cómo se envenenó Broderick.

—Sí. El prisionero fue muy astuto.

—No tendrá más oportunidades. Se me ha restituido mi cargo. —Se volvió hacia mí—. Maleverer dice que debo agradecéroslo. —Me encogí de hombros—. Y os complacerá pensar que estoy en deuda con vos —añadió, amargamente.

—No me importa —contesté—. Tengo otras cosas en que pensar.

—Os rebajé una vez —dijo Radwinter—, y volveré a hacerlo.

Al pasar a mi lado, me embistió de tal modo con el hombro que a punto estuve de caer sobre Barak; luego llamó con sequedad al guardia para que le fueran devueltas las llaves de la celda del preso.