Soberano
Capítulo 35
Recorríamos un trecho recto del camino. Yo seguía montando el caballo que me habían proporcionado el día anterior, pues las heridas de Génesis no habían cicatrizado lo suficiente para soportar el peso de un jinete. Iba al final de la comitiva, con los caballos sobrantes. A mi lado cabalgaba Barak, cansado, sobre Sukey, había insistido en viajar a caballo, a pesar de la lesión. Giles no nos acompañaba; había despertado mareado y débil, y con la tez macilenta. Sospeché que sufría fuertes dolores y supliqué que le cedieran una plaza en uno de los carromatos. Yo también acusaba los efectos de la noche anterior. Aunque me había arropado bien con la capa, tenía frío.
El día nos deparaba un trayecto aún más largo: hasta el castillo de Leconfield, a cinco millas al norte de Hull. Al salir de Howlme, el terreno se tornó menos llano, con colinas coronadas por árboles cuyas hojas refulgían en rojo y amarillo aquella mañana límpida y fría de otoño. Era un hermoso paisaje. Hacia el este vi una serranía que, según oí, se llamaba Yorkshire Wolds. A nuestro alrededor, el convoy tronaba y traqueteaba. Detrás, la procesión de carromatos desapareció de la vista en una curva del camino. Delante, las plumas de los bonetes de los oficiales subían y bajaban, mientras que a ambos lados cabalgaba la hilera de soldados, con sus llamativos uniformes y arreos tintineando, y los mensajeros corrían en ambas direcciones por las márgenes.
La imagen de Jennet Marlin desnucada seguía acudiendo a mi memoria. Supuse que el estado de salud de Giles aquella mañana era, en parte, una consecuencia de lo que había tenido que hacer. Recordé su expresión conmocionada y sus palabras: «Nunca he matado a nadie».
—Un penique por vuestros pensamientos —dijo Barak.
—Meditaba en lo que ocurrió anoche. En la señorita Marlin, muerta en aquella colina.
—He visto a Tammy esta mañana, antes de partir. Me ha dicho que lady Rochford parecía aterrada cuando Maleverer se presentó para interrogarla. También interrogó a Tammy, pero ella no pudo contarle nada. —Me miró de soslayo—. Se quedó consternada cuando se enteró de la muerte de la señorita Marlin. Esta mañana lloraba.
—¿Consternada por que su señora fuera una asesina?
—Y por que estuviera muerta.
—Lady Rochford debe de temer que se hayan descubierto las bufonadas de la reina.
—Sí, pero ninguna de las damas sabía nada. La señorita Marlin no tenía amigas, aparte de Tamasin. Solía salir a pasear sola; nadie sabía adónde iba.
—A espiarme —contesté.
Barak bajó la voz.
—Hicisteis bien en no hablarle a Maleverer de Culperer. Animaos, ahora estáis a salvo. Se ha acabado. Y ya podéis dejar de preocuparos por ese árbol genealógico y por quién era ese Blaybourne.
—Me extraña —dije en voz baja.
—¿A qué os referís?
—A que Jennet Marlin no llegara a admitir que había conseguido los documentos.
—No os entiendo.
—Sin duda ella más que nadie se habría asegurado de que yo estuviera muerto cuando me dejaron inconsciente y robaron el joyero en la casa solariega.
—¿Creéis que tenía un cómplice?
Negué con la cabeza.
—No, trabajaba sola en su misión.
—Entonces, ¿quién más podría haberlos robado?
Barak parecía exasperado.
—No lo sé. Pero ¿por qué no me mató de inmediato anoche, con la oportunidad de oro que tenía? Podría haberme disparado por la espalda mientras yo estaba orinando. Pero me hizo permanecer allí, de pie. —Me estremecí—. Creo que, de haber tenido tiempo, me habría preguntado dónde estaban los documentos.
—Eso no podéis saberlo.
—No, pero si creía que yo los tenía, eso explicaría por qué estaba tan segura de que había visto los que incriminaban a Bernard Locke.
—Pero no intentó preguntároslo con anterioridad. Lo único que intentó esa zorra fue mataros.
—No había tenido ocasión de hacerlo. Si alguna de sus tentativas previas hubiese surtido efecto, de algún modo podría haber registrado mis pertenencias en la hospedería. Tal vez incluso podría haber sobornado a algún sirviente para que lo hiciera por ella.
Barak sacudió la cabeza.
—No lo veo claro.
—Carezco de pruebas. Si fue otra persona quien me agredió en la casa solariega, alguien vinculado a los conspiradores, probablemente los documentos estén ya en sus manos.
—¿De modo que han desaparecido, fueran lo que fuesen?
—Y hace mucho tiempo, me atrevería a afirmar. —Suspiré—. Maleverer dijo que ahora someterán a Bernard Locke a un severo interrogatorio. Quizá averigüen más cosas sobre él.
Barak se encogió de hombros.
—Supongo que lo torturarán.
—Sí. —Me estremecí—. ¿Y qué dirá él? Confío en que el nombre de Martin Dakin no salga a la luz. Eso podría acabar con el anciano.
—No veo motivo para que eso ocurra. No basta con que compartan el mismo despacho.
Asentí, reflexivo.
—También está la diferencia de edad. Giles dijo que Dakin tenía ya más de cuarenta años, y Locke debe de ser diez años más joven, si es más o menos de la edad de Jennet Marlin.
—Exacto. Y los abogados con trayectorias profesionales tan dispares no suelen relacionarse.
—A menos que tengan otras cuestiones en común. —Volví a suspirar—. Debo visitar a Broderick cuando lleguemos a Leconfield. Anoche no volví a visitarlo.
Barak cambió de posición en la montura para acomodar su pierna lesionada.
—Deberíais decirle a Maleverer lo que habéis estado pensando, que los documentos tal vez sigan existiendo.
—Lo haré, pero es probable que se limite a mofarse. Creerá lo que más le convenga creer, que es que todo se ha acabado.
Barak miró a la muchedumbre que nos rodeaba.
—¿Quién podría haber sido?
Seguí su mirada.
—Cualquiera. Ciertamente, cualquiera.
Cruzamos la pequeña ciudad de Market Weighton sin detenernos. Los reyes encabezaban la comitiva, tan alejados que no alcanzábamos a verlos. La gente había salido a la calle, como en otras poblaciones, con la cabeza descubierta pero, en general, con expresión gélida, aunque oí alguna que otra aclamación a lo lejos, al paso de los monarcas.
Al anochecer llegamos a una zona boscosa en la que los árboles engullían el camino y ralentizaban nuestro paso, que seguía sin superar al de una persona a pie. Cuando el sol empezaba a ponerse, nos detuvimos en un claro situado frente a una enorme mansión rodeada por un foso, a la antigua usanza. Desmontamos. Los mozos de cuadra se dirigieron al frente de la comitiva para recoger las monturas de los nobles.
—¿Sabes dónde nos alojaremos? —pregunté al mozo que iba a encargarse de nuestros caballos.
—Uno de los administradores os lo indicará, señor. Deberéis esperar hasta entonces.
Ayudé a Barak a desmontar; con la pierna izquierda inutilizada, no podía hacerlo sin ayuda. Mi ayudante maldijo y gruñó. Giles apareció con mejor aspecto, aunque seguía apoyando todo su peso en el bastón. Nos sentamos en la hierba y contemplamos por encima del foso la casa, la procesión de carros y la dispersión de gente por los terrenos aledaños. Empezaban a montarse ya varias tiendas. Me llamó la atención un carruaje negro custodiado por soldados a caballo, que se había desviado hacia el terreno adyacente.
—Broderick —dije.
Giles me miró con curiosidad.
—¿Sir Edward Broderick de Hallington? Sabía que lo habían apresado. ¿Lo llevan al sur?
—Sí. —Ahora que la Jornada volvía a estar en camino, era inevitable que surgieran preguntas acerca de aquel carruaje cerrado y vigilado. Miré a Giles—. ¿Lo conocéis?
—Solo por su reputación. Es un joven apuesto, un buen terrateniente —respondió con aire apesadumbrado.
—Soy responsable de que reciba un buen trato. A petición del arzobispo Cranmer.
—¿Aparte de todo lo demás? —Giles volvió a mirarme, muy serio—. Acarreáis una pesada carga, Matthew.
—No por mucho tiempo, ahora que volvemos a movernos. Será mejor que vaya a ver cómo se encuentra. Disculpadme.
Dejé a los otros sentados y me encaminé hacia el carro. El sargento Leacon, que cepillaba a su caballo, se inclinó ante mí.
—Esperábamos veros anoche, señor —dijo.
—Ocurrió algo que me impidió volver. —Miré el carruaje cerrado—. ¿Cómo está el preso?
—Apático.
—¿Y Radwinter?
El sargento escupió al suelo.
—Como de costumbre. —Voy a verlos.
—Sir William Maleverer vino anoche con aire lúgubre y estuvo hablando un rato a solas con el prisionero. Ordenó a Radwinter que esperase fuera, lo cual le desagradó.
Sin duda había intentado averiguar si Broderick guardaba alguna relación con Jennet Marlin.
—Bien, voy a ver cómo está —comenté.
Subí al pequeño escalón que había en uno de los costados del carruaje y llamé a la puerta. Esta se abrió y Radwinter me escrutó. Parecía cansado y algo desaliñado, con el cabello revuelto. En aquellas condiciones no podía mantener sus estrictos hábitos de aseo y pulcritud.
—Creía que os habíais olvidado de nosotros —espetó con acritud.
Se hizo a un lado y entré en el oscuro y sofocante carruaje, que apestaba a sudor y a cuerpos desaseados. Los asientos habían sido retirados y en su lugar vi un par de jergones, para el preso y su guardián. Broderick estaba tendido en uno de ellos, con las muñecas y los tobillos atados con gruesas cadenas. Aunque resultaba difícil distinguirlo en la penumbra, tuve la impresión de que estaba más pálido que nunca.
—Bien, Broderick —saludé.
Él alzó hacia mí sus brillantes e iracundos ojos. Me pregunté qué sabría de Jennet Marlin y de su prometido. Pero, aunque estuviera al corriente de algo, Maleverer no se lo habría sonsacado.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
—En un lugar llamado Leconfield. Pernoctaremos aquí y mañana iremos a Hull, creo.
—Leconfield. ¡Ah! —murmuró con semblante triste.
—¿Lo conocéis?
—Sí. —Broderick dirigió la mirada hacia la puerta abierta del carruaje—. ¿Estamos en el castillo?
—Cerca. Se distingue desde aquí.
—Me gustaría verlo, aunque sea a través de la puerta. Si es posible.
—No —intervino Radwinter.
—Sí —repuse yo, pues quería ver al preso más claramente.
Radwinter se encogió de hombros, colérico. Broderick intentó ponerse en pie, pero las pesadas cadenas se lo impidieron. Le ofrecí un brazo, que él aceptó de mala gana. A través de su sucio blusón, solo percibí al tacto piel y hueso. Se acercó a la puerta arrastrando los pies y miró hacia el castillo. Los cortesanos cruzaban a caballo el puente levadizo mientras un grupo de cisnes, asustados por el ruido, alzaban el vuelo desde las calmas aguas del foso. Las altas murallas de ladrillo adquirían una intensa tonalidad rojiza a la luz del sol del ocaso. Alrededor, los árboles lucían el esplendor de los colores otoñales. Escruté el rostro de Broderick mientras él parpadeaba para habituarse a la luz. Parecía lastimosamente delgado y pálido.
—De niño venía muchas veces —dijo, con la voz más dulce que le había oído emplear hasta entonces—. Esa era la residencia en Yorkshire de la familia Percy. — Me miró—. En un tiempo fue la más poderosa del norte.
—¿De quién es propiedad ahora? —pregunté.
—¿De quién es propiedad todo ahora? —contestó—. Del rey. Intimidó al conde de Northumberland para que lo nombrara heredero; el rey se quedó con todo cuando el conde murió. Y el hermano del conde, sir Thomas, que era el legítimo heredero, participó en la Peregrinación de la Gracia y fue ejecutado.
—¿Dónde cuelgan sus huesos?
Broderick me dirigió una mirada cargada de rencor.
—En ninguna parte. El rey ordenó que lo incineraran en Smithfield. Ahora ya no es más que cenizas en el viento. —Broderick volvió a mirar a Radwinter—. Supongo que lo presenciasteis; me dijisteis que solíais asistir a las incineraciones.
Radwinter frunció el ceño.
—Es obligación de todos presenciar el final de los traidores.
—Para vos representa un entretenimiento. Sois digno servidor del Topo.
Radwinter se echó a reír.
—Creo que será mejor que vuelvas a recluirte dentro. El pueblo cristiano no debe ver tu rostro.
Agarró a Broderick por un hombro y lo empujó al lúgubre interior. Broderick se agachó con torpeza sobre el jergón; las cadenas resonaron.
—A mí también me iría bien un poco de aire fresco —comentó Radwinter—. ¿Podemos hablar un momento, maese Shardlake?
Saltó ligero al exterior; yo descendí con dificultad y me aposté a su lado. Inhaló una larga bocanada del frío aire de la tarde.
—Es agradable estar aquí fuera. ¿Sabéis si mañana iremos a Hull?
—No estoy seguro, pero creo que sí.
—Me alegrará perder de vista de una vez ese carruaje. No hace más que traquetear, aunque al menos es seguro. He oído que alguien intentó mataros —añadió con el mismo tono frívolo—. Y que al final fue el agresor quien murió. Una mujer.
—Sí.
—Maleverer me lo contó anoche, cuando vino a interrogar a Broderick. El preso negó conocer a la mujer y a su prometido. ¿Quién era? ¿Alguien a quien habéis importunado con vuestros modales entrometidos y mojigatos?
—Es muy probable —me limité a responder. No iba a ceder a sus provocaciones para que le revelara más de lo poco que le había dicho Maleverer—. Broderick parece enfermo y débil. El sargento Leacon dice que matáis el tiempo explicándole historias truculentas.
—Temas adecuados para un traidor, pero no me faltan motivos para hablarle de tal modo. —Entornó los ojos—. Decidme, maese Shardlake, ¿frecuentáis las peleas de gallos o las luchas de perros y osos? No, seguro que no, sois de naturaleza débil.
—¿Qué tiene eso que ver con todo lo demás?
—De niño iba a ver las luchas de perros y osos siempre que conseguía sacarle un penique a alguien. Y asistía a ahorcamientos con mi padre, y también a incineraciones, aunque en aquellos tiempos eran más escasas. Aprendí que existe una gran diferencia entre los animales y las personas cuando se los conduce a la muerte como forma de espectáculo.
Lo miré. Al principio había temido a ese hombre de mirada extraña y fría, pero, con el paso del tiempo, lo que sentía por él iba transformándose en asco.
—La diferencia es la anticipación —prosiguió—. Los perros que se llevan a la arena no piensan: «Dios, estoy a punto de agonizar y morir». Entran, luchan y mueren; en cambio, las personas saben con días de antelación lo que les aguarda. Anticipan la agonía de un lento estrangulamiento, o la que provocan las llamas cuando arrancan la carne de los huesos. Para los condenados, obviamente, no existe el premio de salir con vida, pero si un hombre pudiera salvarse hablando… — Levantó las cejas—. He estado comentándole a Broderick todo lo que podría ocurrirle, para intentar asustarlo. Se me ha prohibido emplear métodos físicos, pero siempre acabo encontrando palabras igual de eficaces.
—Broderick jamás hablará —repuse con impaciencia—. Ya lo sabéis.
—El agua desgasta la roca. No puedo creer que no pase las noches en vela temiendo lo que le depara la Torre.
—¿Sabéis, Radwinter? —dije—. Creo que estáis loco, y que con cada nuevo día lo estáis un poco más.
Y, dicho esto, di media vuelta y me alejé.
El encuentro me dejó sumamente desasosegado. Radwinter siempre me hacía sentir como si algo sucio hubiese reptado por mi cuerpo. Seguí andando en dirección a la casa solariega, con el ceño fruncido.
En un prado situado frente al foso, varios oficiales charlaban mientras tomaban el fresco. Entre ellos distinguí a maese Craike, solo, consultando documentos en su escribanía. Vacilé, pues sabía que mi presencia había pasado a abochornarlo, pero finalmente me acerqué. Quería hablar con Tamasin y tal vez él pudiera indicarme dónde estaba alojada.
—Buenas noches, señor —saludé—. ¿Aún trabajando?
—Sí, me temo que estoy muy ocupado.
Se alejó un paso y, aunque conocía el motivo de su reticencia a hablar conmigo, su brusquedad me irritó.
—Quisiera preguntaros una cosa. —Traté de que mi voz fuera tan distante y formal como la suya—. Es relativo a las disposiciones para esta noche.
—Muy bien, pero estoy ocupado. Acabo de saber que pasaremos aquí cuatro noches.
—¿Cuatro?
—Sí. No partiremos hacia Hull hasta el primero de octubre.
Apreté los labios. Deseaba con desesperación subir al barco y zarpar a Londres, y una vez más íbamos a desperdiciar el tiempo.
—¿Sabéis dónde está acampado el séquito de la reina? —pregunté. Me miró con los ojos entornados—. Asuntos oficiales —añadí.
Señaló con su pluma hacia un terreno donde se estaban montando varias tiendas, algo separadas de las demás.
—Allí.
—Gracias —dije, e intenté esbozar una sonrisa—. Espero que todo vaya bien con las disposiciones.
Pero él ya se había dado la vuelta. Sacudí la cabeza y me encaminé hacia la zona que me había indicado. Mientras me acercaba, vi que Tamasin caminaba hacia mí desde las carpas, con las faldas un poco arremangadas para no mojárselas con la humedad que bañaba la hierba. Enseguida me di cuenta de que tenía los ojos enrojecidos por el llanto.
—Iba a buscarte —le dije—, para decirte dónde estamos alojados.
—Y yo estaba a punto de ir a vuestro encuentro, señor. —Esbozó una sonrisa lánguida y se detuvo frente a mí—. ¿Cómo se encuentra Jack? —preguntó.
—Bien, siempre y cuando no apoye en el suelo el pie. Y también algo malhumorado.
—No es de extrañar.
La miré.
—Maleverer me ha dicho que anoche te interrogó.
Esbozó una sonrisa sardónica que desentonaba con sus facciones femeninas.
—Y ahora venís vos a interrogarme sobre ese interrogatorio.
—Necesito saber qué te dijo.
—Interrogó a todos los sirvientes de la reina, pero ni ellos ni yo pudimos decirle nada. Jennet apenas me hablaba de nada que no estuviera relacionado con nuestras obligaciones o con su prometido. O con su pasado. Es muy triste. Era huérfana y todo el mundo la apartó, solo maese Locke fue amable con ella. Había muchas cosas en su vida de las que compadecerse, pese a todo lo que hizo.
—Discúlpame que me resulte difícil compartir tus sentimientos —repliqué. Tamasin no contestó—. ¿Y lady Rochford? Jack me dijo que parecía asustada cuando la interrogaron.
—Yo no estaba allí. Solo oí que gritaba a Maleverer y que él también le gritaba a ella. —Bajó la voz—. Creo que se calmó cuando comprendió que aquello no tenía nada que ver con la reina ni con Culpeper, por lo visto lleva días sin acercarse.
—Has llorado. ¿También te asustaste?
Me miró directamente a los ojos.
—He llorado por Jennet. No puedo evitarlo. Era amable conmigo, me trataba casi como a una hija. —Vaciló unos instantes—. ¿Qué harán con su cuerpo?
—No tengo la menor idea. Probablemente lo dejaron en Howlme para darle sepultura. Intentó matarme, Tamasin.
La joven soltó un sentido suspiro.
—Lo sé. No entiendo nada.
—Actuó a voluntad de su prometido, ella misma lo admitió. Su móvil era el amor —añadí con crudeza—. Y el amor se convirtió en obsesión, excluyendo cualquier otra consideración.
—Sí, amaba a ese hombre. Y eso la consumía. ¿Qué será de él ahora?
—Será interrogado.
—¿Con dureza?
—Sí.
—Resulta difícil creer que el amor pueda conducir a alguien a infligir tanto mal.
—Esto es lo que puede ocurrir cuando uno se entrega por completo a los sentimientos.
Me miró con curiosidad.
—¿Es eso lo que creéis?
—Sí.
—Entonces, os compadezco, señor.
La miré con severidad.
—¿Sabes, Tamasin? Podría decirse que la artimaña que urdiste con Jack el día que llegamos a York fue señal de… no de obsesión, pero sí de… desmesura.
—Avanzamos en la vida por medio de la acción, señor —repuso ella—, no de una cháchara infinita.
—Ah, ¿sí? Vaya, de modo que ahora te consideras en disposición de instruirme, ¿eh? —le recriminé. Tamasin apartó los ojos a un lado—. Entonces ¿Jennet no te dijo nada que pueda ayudarnos a desvelar sus planes?
—No.
Siguió evitando mi mirada.
—Sin duda debiste de hablar con ella de esos documentos robados, más aún después de que Maleverer os interrogara en la casa solariega.
—No. A ella no le interesaban, o eso parecía.
Miré su perfil. Estaba furiosa conmigo. Sentí que el antiguo enojo que me había inspirado la muchacha regresaba a mí. Llegamos al lugar donde Giles y Barak esperaban sentados sobre la hierba. Barak nos oyó, alzó la mirada y saludó a Tamasin con la mano.
—¡Jack! —gritó ella ansiosa, y echó a correr hacia él.