Soberano
Soberano
C. J. Sansom
Soberano
Matthew Shardlake - 3
ePub r1.0
Ablewhite 18.01.2018
Título original: Sovereing
C. J. Sansom, 2006
Traducción: Nuria Salinas Villar
Editor digital: Ablewhite
ePub base r1.2
Para P. D. James
Capítulo 1
La penumbra reinaba bajo los árboles; solo un atisbo de la tenue luz que proyectaba la luna se filtraba entre las ramas semidesnudas. La tierra estaba cubierta por un grueso manto de hojas secas; los cascos de los caballos apenas hacían ruido al avanzar y resultaba difícil saber si nos habíamos desviado del camino. Era una pista espantosa, como bien la había descrito Barak poco antes, rezongando una vez más por lo inhóspito de aquellas tierras bárbaras a las que lo había llevado. No le repliqué entonces porque estaba exhausto: tenía la espalda dolorida y notaba las piernas entumecidas dentro de las pesadas botas de montar. Yo también estaba preocupado por la extraña misión que nos aguardaba. Sujeté las riendas con una sola mano y palpé en el bolsillo de la capa el sello del arzobispo; lo acaricié como si se tratara de un talismán mientras recordaba la promesa de Cranmer: «Es un encargo seguro. No correréis peligro alguno».
También había dejado atrás mucha inquietud, pues seis días antes había enterrado a mi padre en Lichfield. Desde entonces, Barak y yo habíamos pasado cinco arduas jornadas cabalgando rumbo al norte, por sendas que aquel húmedo verano de 1541 había dejado en mal estado. Iniciamos el viaje internándonos en la agreste campiña, donde muchas villas aún estaban formadas por las antiguas y alargadas construcciones de madera, semejantes a cobertizos, y en las que personas y ganado vivían hacinados en estancias de paja y turba. Aquella tarde dejamos el Gran Camino del Norte en Flaxby. Barak quería descansar y pernoctar en una posada, pero yo insistí en seguir adelante, aunque ello nos llevara toda la noche. Le recordé que íbamos con retraso, que estábamos ya en la víspera del 12 de septiembre y que debíamos alcanzar nuestro destino antes que el rey.
No obstante, la tierra pronto se transformó en barro. Al anochecer tomamos un camino más seco que viraba hacia el nordeste y cruzaba densos boscajes y campos yermos, salpicados de pilas de rastrojos amarillentos en las que hozaban los cerdos.
La vegetación fue tornándose más espesa y durante horas tuvimos que avanzar con cautela. Extraviamos el sendero sin darnos cuenta y nos costó horrores encontrarlo de nuevo en la oscuridad. El silencio era absoluto, salvo por el susurro de las hojas caídas y alguna sacudida ocasional de la broza cuando nuestra presencia ahuyentaba a un jabalí o un gato montés. Los caballos, cargados con alforjas que contenían nuestra ropa y otros artículos básicos, estaban tan exhaustos como Barak y yo. Percibía el cansancio de Génesis, y Sukey, la habitualmente enérgica yegua de Barak, se conformaba con seguir su lento paso.
—Nos hemos perdido —protestó Barak.
—En la posada nos dijeron que siguiéramos el sendero principal a través del bosque, en dirección sur —dije—. De todos modos, pronto amanecerá. Entonces veremos dónde estamos.
Barak soltó un gruñido de cansancio.
—Cualquiera diría que hemos llegado a Escocia. No me sorprendería que nos apresaran para pedir rescate.
No repliqué, pese a que estaba empezando a cansarme de sus quejas, y seguimos avanzando pesadamente.
Mis pensamientos retrocedieron al funeral de mi padre, celebrado la semana anterior: evoqué el reducido grupo de personas congregadas alrededor de la tumba y el ataúd descendiendo en la tierra. Y a mi prima Bess, que lo encontró muerto en la cama cuando fue a llevarle una cesta de comida.
—Ojalá hubiese sabido que estaba tan enfermo —le comenté después, de regreso en la granja—. Debería haber sido yo quien lo cuidara.
Ella negó con la cabeza, fatigada.
—Tú estabas lejos, en Londres, y llevábamos más de un año sin verte.
Advertí en su mirada un matiz reprobatorio.
—Yo también he tenido muchos problemas, Bess, pero de todos modos habría venido.
Ella suspiró.
—Lo que acabó venciéndolo fue la muerte del viejo William Poer el pasado otoño. Durante los últimos años los dos se habían esforzado mucho para que la granja diera algún beneficio, y al final él pareció rendirse. —Hizo una pausa—. Le dije que se pusiera en contacto contigo, pero no quiso. Dios nos manda pruebas difíciles. La sequía del verano, y ahora las inundaciones. Creo que se avergonzaba de los apuros económicos que sufría. Al final, las fiebres se lo llevaron.
Asentí. Fue un golpe descubrir que la granja donde me había criado, y que entonces pasaba a ser mía, se hallaba gravemente endeudada. Mi padre tenía cerca de setenta años, y William, el administrador, no era mucho más joven. Pese al empeño de ambos, las tierras no habían recibido el debido cuidado y las últimas cosechas habían sido malas. Para salir adelante, había hipotecado la propiedad a un acaudalado terrateniente de Lichfield. La primera noticia que tuve al respecto me llegó cuando, inmediatamente después de la muerte de mi padre, el acreedor hipotecario me escribió para expresarme sus dudas de que el valor de la tierra alcanzara para sufragar la deuda. Siguiendo la costumbre de la aristocracia terrateniente, su intención era hacerse con más tierras para pasto de las ovejas, y la concesión de préstamos con unos intereses desorbitados a granjeros de edad avanzada era un modo de hacerlo.
—Esa sanguijuela de sir Henry… —le dije con acritud a Bess.
—¿Qué vas a hacer? ¿Declararás insolvente la finca?
—No. No mancillaré el nombre de padre. Saldaré la deuda. —«Sabe Dios que se lo debo», pensé.
—Eso está bien.
Salí de mi ensimismamiento al oír un relincho a mis espaldas. Barak había tirado de las riendas de Sukey hasta detenerla. Yo hice lo propio y me volví, incómodo, en la montura. Su perfil y el de los árboles era ya algo más definido: empezaba a clarear. Barak señaló al frente:
—¡Mirad aquello!
La arboleda que se extendía ante nosotros era ya más rala. En la distancia, en un punto bajo el cielo, distinguí una luz roja.
—¡Sí! —exclamé, triunfal—. El fanal que nos dijeron que buscáramos, el que instalaron en lo alto del campanario para guiar a los viajeros. ¡Estamos en el bosque de Galtres, como suponía!
Nos pusimos en marcha y dejamos atrás la espesura. A medida que el cielo se iluminaba, un viento frío empezó a soplar desde el río. Nos ceñimos las capas y cabalgamos en dirección a York.
Por el camino principal que llevaba a la ciudad circulaban ya numerosos caballos albardones y carretas que transportaban toda clase de alimentos. Los silvicultores llevaban enormes carros cargados de troncos enteros que sobresalían por detrás y oscilaban peligrosamente. Al frente se divisaban ya las altas murallas de la ciudad, ennegrecidas por el humo de centenares de años, y más allá se alzaban los campanarios de innumerables iglesias, todo ello dominado por las imponentes torres gemelas de la catedral de York.
—El mismo ajetreo que en Cheapside un día de mercado —observé.
—Todo para el séquito del rey.
Cabalgamos despacio; la muchedumbre era tal que apenas adelantábamos a los viandantes. De cuando en cuando, miraba de soslayo a mi compañero. Hacía ya más de un año que había contratado a Jack Barak como ayudante en mi bufete, después de que ejecutaran a su anterior patrón. Había crecido en las calles de Londres y acabado cumpliendo turbios encargos para Thomas Cromwell, lo que hacía de él una dudosa opción, aunque era inteligente y tenía la fortuna de ser letrado. Aún no me había dado motivo para lamentar mi decisión. Se había adaptado bien a mi forma de trabajar y había aprendido con obstinación las leyes. Nadie lo superaba en el arte de evitar que los testimonios se fueran por las ramas mientras preparaba declaraciones juradas, ni en el de huronear hechos turbios, y su visión cínica y sesgada del sistema era un correctivo muy práctico para mi propio entusiasmo.
Sin embargo, en los últimos meses, Barak se había mostrado con frecuencia abatido; en ocasiones olvidaba el lugar que ocupaba y se tornaba tan zafio y socarrón como cuando lo conocí. Temí que se estuviera cansando y se me ocurrió llevármelo conmigo a York para arrancarlo de su sopor. No obstante, estaba cargado de los prejuicios propios de los londinenses contra las tierras del norte y sus habitantes, y se había pasado la mayor parte del trayecto quejándose y renegando.
A ambos lados del camino empezaron a aparecer las casas y más adelante, a nuestra derecha, una vieja muralla almenada sobre la que descollaba un enorme campanario. Numerosos soldados patrullaban en lo alto de la muralla, pertrechados con yelmos de hierro y ataviados con las túnicas blancas con la cruz roja de los arqueros reales, aunque en lugar de arcos y flechas llevaban espadas y temibles lanzas, y algunos incluso largos arcabuces. Se oía gran estrépito de golpes y martillazos procedente del otro lado.
—Esa debe de ser la vieja abadía de St. Mary, donde nos alojaremos —dije—. Parece que están trabajando con ahínco en los preparativos para la recepción del rey.
—¿Vamos a dejar el equipaje?
—No, antes debemos ver al abogado Wrenne e ir al castillo.
—¿A ver al prisionero? —preguntó con voz pausada.
—En efecto.
Barak alzó la vista hacia la muralla.
—St. Mary está bien protegida.
—No creo que el rey espere una cálida acogida, después de todo lo ocurrido aquí.
Había empleado un tono de voz discreto, pero el hombre que iba delante de nosotros y que caminaba junto a un albardón cargado de grano se volvió y nos observó con inquina. Barak arqueó las cejas y desvió la mirada. Me pregunté si el desconocido no sería uno de los informantes del Consejo del Norte; esos días debían de estar trabajando a todas horas.
—Tal vez deberíais poneros la toga de abogado —sugirió Barak, señalando con la cabeza hacia delante.
Carros y buhoneros se internaban en el recinto de la abadía a través de un gran portalón. Al otro lado, la muralla de la abadía confluía en perpendicular con la de la ciudad, muy cerca de una torre de entrada propia de una fortaleza y decorada con el escudo de armas de York; cinco leones blancos sobre fondo rojo. Otros guardias estaban apostados allí con lanzas, yelmos y petos de acero. Más allá de la muralla, las torres de la catedral parecían dos gigantes recortados contra el cielo gris.
—No pienso sacarla del fardo, estoy demasiado cansado. —Di unas palmadas sobre el bolsillo de la capa—. Aquí tengo el salvoconducto del chambelán.
Era el mismo bolsillo donde llevaba el sello del arzobispo Cranmer, pero ese únicamente debía mostrarlo a una persona. Busqué con la mirada algo que me habían advertido que vería pero que aún me hacía estremecer: cuatro cabezas clavadas en sendas pértigas, cuatro cabezas consumidas, ennegrecidas y medio devoradas por los cuervos. Sabía que doce de los rebeldes conspiradores arrestados en primavera habían sido ejecutados en York, y que sus cabezas y sus cuerpos descuartizados se exhibían en todos los accesos a la ciudad a modo de advertencia.
Nos detuvimos al final de una pequeña cola; los caballos agachaban la cabeza, desfallecidos. Los guardias habían dado el alto a un hombre ataviado con humildes ropajes y lo interrogaban a conciencia acerca de sus motivos para visitar la ciudad.
—Espero que se apure —susurró Barak—. Me muero de hambre.
—Lo sé. Vamos, nos toca.
Uno de los guardias sujetó las riendas de Génesis mientras otro me preguntaba por el motivo de mi visita. Tenía acento del sur y facciones duras y angulosas. Le mostré el salvoconducto.
—¿Abogado del rey? —preguntó.
—En efecto. Y mi ayudante. Hemos venido para colaborar en la gestión de las súplicas a Su Majestad.
—Es firme la mano que necesitan allí —repuso.
Enrolló el papel y nos cedió el paso con un gesto.
Nos disponíamos a cruzar la barbacana, pero retrocedí ante la visión de un enorme jirón de carne clavado en uno de los portalones y que bullía de moscas.
—Carne de rebelde —comentó Barak con una mueca de asco.
—Ya.
Sacudí la cabeza pensando en los insondables caprichos del destino. De no ser por la conspiración de la primavera, yo no habría debido estar allí, ni el rey habría debido hacer aquella Jornada del Norte, el viaje oficial del monarca con el cortejo más largo y espléndido jamás visto en Inglaterra. Franqueamos la entrada y entramos en la ciudad acompañados por el eco sordo de los cascos de los caballos resonando en la barbacana.
Tras las puertas se extendía una calle angosta flanqueada por edificios de tres plantas y aleros salientes, repleta de comercios con tenderetes a las puertas y mercaderes sentados en escabeles de madera anunciando sus productos. York me pareció un lugar pobre. Algunas casas se encontraban en muy mal estado; desconchones en el revoque dejaban a la vista vigas negras de madera. La calle era poco más que un sendero embarrado. La densa muchedumbre dificultaba el avance de los caballos, pero sabía que maese Wrenne, como el resto de los abogados veteranos de la ciudad, vivía dentro del recinto de la catedral, cuya imponente envergadura dominaba toda la ciudad y facilitaba su ubicación.
—Tengo hambre —insistió Barak—. Busquemos un sitio para almorzar.
De pronto topamos con otro muro alto; York parecía un laberinto de murallas. Tras él descollaba la catedral y al frente se abría un amplio espacio atestado de puestos cubiertos con llamativos toldos a rayas que aleteaban a merced de la brisa fría y húmeda. Matronas ataviadas con pesadas faldas discutían con los vendedores; los artesanos, que destacaban por los vividos colores del uniforme propio de sus respectivos gremios, observaban con altivez los productos, y perros y niños harapientos rebuscaban entre las sobras. Advertí que la mayoría de los allí presentes llevaba la ropa remendada y los zuecos raídos. Entre la multitud se paseaban vigilantes que lucían el escudo de armas de la ciudad en la librea.
Un grupo de hombres altos y rubios guiaba con la ayuda de perros un rebaño de ovejas de aspecto insólito y cara negra por el perímetro del mercado. Contemplé curioso los rostros curtidos de los pastores y sus gruesas capas de lana; debían de ser los legendarios Hombres del Valle, que habían constituido el eje de la rebelión cinco años antes. En contraste, clérigos ataviados con hábito negro y sacerdotes cubiertos con capuchas marrones franqueaban en ambas direcciones una puerta abierta en el muro que daba acceso al recinto de la catedral.
Barak se había acercado en su montura a un puesto donde vendían pasteles. Se inclinó y preguntó el precio de dos pasteles de carne de cordero. El vendedor lo miró fijamente, sin entender su acento de Londres.
—¿Del sur? —gruñó.
—Sí. Estamos hambrientos. ¿Cuánto… dos… pasteles de cordero? —Barak alzó la voz y habló despacio, como quien se dirige a un lerdo.
El vendedor lo miró con aire ofendido.
—¿Es culpa mía que graznes como un pato? —preguntó.
—Son tus palabras las que chirrían como un cuchillo rascando una sartén.
Dos corpulentos Hombres del Valle que pasaban junto al puesto de pasteles se detuvieron un instante y miraron a su alrededor.
—¿Te está molestando este perro sureño? —preguntó uno de ellos al comerciante. El otro alargó una callosa y rotunda mano hacia las riendas de Sukey.
—¡Suelta, patán! —exclamó Barak en tono amenazador.
Me sorprendió la ira que expresó el rostro de aquel hombre.
—Gallito truhán. Del sur tenías que ser. Crees que solo porque el gordo Enrique vaya a venir puedes insultarnos, ¿eh?
—Que te den —espetó Barak, mirando fijamente al hombre.
Los dos individuos llevaron una mano a la espada; Barak los imitó. Me abrí paso a empellones entre la muchedumbre.
—Disculpadnos, señor —intervine con voz afable, pese que notaba los rápidos latidos de mi corazón—. Mi hombre no pretendía molestaros. Llevamos días cabalgando…
El hombre me dirigió una mirada asqueada.
—Vaya, un jorobado. ¿Vienes en ese caballo escuálido para engatusarnos y quitarnos el poco dinero que nos queda en estas tierras?
No acabó de desenfundar la espada: una lanza se apoyó en su pecho. Dos guardias, presintiendo problemas, se habían precipitado sobre él.
—¡Envainad las espadas! —ordenó uno de ellos, apuntando con la lanza al corazón del otro Hombre del Valle, al tiempo que el segundo guardia hacía lo propio con Barak. La gente empezó a arracimarse alrededor de nosotros.
—¿Qué es este alboroto? —preguntó airado un guardia.
—Ese sureño ha insultado al vendedor —gritó alguien.
El guardia asintió. Era un hombre corpulento, de mediana edad y ojos penetrantes.
—Los sureños no tienen educación —dijo en voz alta—. Ya deberías saberlo.
Se oyeron risotadas entre los curiosos. Un transeúnte aplaudió.
—Solo queremos un par de pasteles, diantre —explicó Barak.
El guardia hizo un gesto afirmativo al vendedor.
—Dáselos.
El hombre tendió dos pasteles de cordero a Barak.
—Un tanner —dijo.
—¿Un qué?
El vendedor puso los ojos en blanco con aire desdeñoso.
—Seis peniques.
—¿Por dos pasteles? —preguntó Barak, incrédulo.
—Págale —ordenó el guardia.
Barak vaciló y me apresuré a darle las monedas. El vendedor las mordió en un gesto ostentoso antes de guardárselas en la faltriquera. El guardia se inclinó levemente hacia mí.
—Y ahora, señor, largo. Y advertid a vuestro hombre que cuide sus modales. Imagino que no querréis tener problemas durante la visita del rey, ¿me equivoco?
Arqueó las cejas y nos observó mientras Barak y yo nos encaminábamos a la entrada del recinto. Desmontamos, con los miembros entumecidos, y nos sentamos en un banco colocado contra el muro, al que también atamos los caballos.
—Por los clavos de Cristo, me duelen horrores las piernas —dijo Barak.
—A mí también.
Las sentía como algo ajeno a mí, y la espalda también me martirizaba.
Barak probó un pastel.
—Está bueno —comentó, sorprendido.
Bajé la voz.
—Debes tener cuidado con lo que dices. Sabes que por estos lares no nos tienen en gran estima.
—El sentimiento es mutuo. Imbéciles…
Miró furibundo en dirección al vendedor de pasteles.
—Escucha —le dije con voz pausada—. Están intentando que todo permanezca en calma. Si vas amenazando a la gente como hiciste con esos dos, no solo te arriesgas a que nos atraviesen con una espada sino que además pones en peligro la Jornada. ¿Es eso lo que quieres? —pregunté, pero él no contestó, sino que mantuvo la mirada, ceñuda, clavada en sus pies—. ¿Qué te ocurre? —inquirí—. Has estado muy susceptible las últimas semanas. Antes eras capaz de controlar esa lengua tuya tan afilada. El mes pasado me pusiste en un aprieto llamando al juez Jackson en plena vista «vieja oruga legañosa».
Me brindó una de sus repentinas sonrisas maliciosas.
—Sabéis que lo es.
No estaba dispuesto a tomármelo a broma.
—¿Qué te pasa, Jack?
Se encogió de hombros.
—Nada. Es solo que no me gusta estar aquí, entre estos bárbaros. —Me miró a los ojos—. Siento haberos causado problemas. En adelante tendré más cuidado.
A Barak no le resultaba fácil disculparse y asentí en señal de agradecimiento. Pero estaba seguro de que, aparte de su antipatía por el norte, algo más influía en su estado de ánimo. Me concentré en mi pastel. Barak observaba el mercado con sus ojos oscuros e incisivos.
—Tienen un aspecto lamentable —comentó.
—Hace años que el comercio va mal. Y la disolución de los monasterios no ha hecho más que empeorar las cosas. Aquí había numerosas propiedades monásticas. Hace tres o cuatro años habrías visto muchos hábitos de monjes y frailes entre esta muchedumbre.
—Bueno, se acabó.
Barak apuró el pastel y se limpió la boca con el dorso de la mano.
Me puse en pie, aún dolorido.
—Vamos a buscar a Wrenne para que nos dé instrucciones.
—¿Creéis que conseguiremos ver al rey cuando venga? —preguntó Barak—. ¿De cerca?
—Es posible —respondí, y él hinchó las mejillas. Me alegró comprobar que yo no era el único a quien intimidaba esa perspectiva—. Y entre su séquito —añadí— hay un viejo enemigo al que deberíamos evitar.
Se volvió rápidamente hacia mí.
—¿Quién?
—Sir Richard Rich. Llegará con el rey y el Consejo Real. Me lo dijo Cranmer. De modo que, como te he dicho, ve con cuidado. Procura no llamar la atención. En la medida de lo posible, deberíamos pasar inadvertidos.
Soltamos a los caballos y los llevamos hacia la puerta, donde otro guardia armado con una lanza nos bloqueó el paso. Le mostré el salvoconducto y él alzó el arma para dejarnos entrar. La gran catedral se erguía ante nosotros.