Soberano

C. J. Sansom · Capítulo 26 de 50

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Soberano

Capítulo 26

 

Las campanas tañeron con fuerza justo cuando Barak y yo pasábamos junto a la catedral y su estruendo resonó en el aire húmedo de la noche. En la oscuridad, trastabillábamos en las calles sin pavimentar que recorríamos desde Fossgate en dirección a la esquina desde la cual Barak había visto a maese Craike.

—Es por aquí —indicó Barak.

Señaló un callejón estrecho. El cielo prácticamente quedaba oculto por las buhardillas de los desvencijados edificios. Las puertas y las contraventanas estaban cerradas; apenas unos hilos de luz se filtraban a través de los tablones de madera. Uno, de color blanco, crujió y batió al viento al final del callejón.

—Ese es el cartel de la taberna —anunció—. El Venado Blanco.

Lo observé.

—Parece un lugar peligroso. Tienes razón, Craike no traería aquí a ningún miembro de la comitiva real.

Arrugué la nariz al percibir el intenso hedor a orines que saturaba el callejón.

—¿Estáis seguro de que queréis entrar? —preguntó Barak—. Es un antro de mala muerte.

—Quiero averiguar qué se trae entre manos.

Lo seguí por el callejón con la mano en la daga. Tal como Barak me había sugerido, llevaba la ropa más humilde que tenía. Miré las puertas frente a las que íbamos pasando; tenía la sensación de que nos espiaban. Pero nadie nos había seguido desde St. Mary; habíamos procedido con suma precaución.

Barak empujó la puerta de la taberna. Era la clase de local que había esperado encontrar, apenas un espacio con mesas y bancos, y una ventanilla por la que una mujer de aspecto abandonado servía cerveza de fabricación casera a los harapientos hombres sentados en los bancos que había colocados contra las paredes. El suelo estaba desnudo y la sala era fría; no tenía chimenea. El perro de dos jóvenes Hombres del Valle abrigados con pellizas de borrego que bebían junto a una de las paredes nos gruñó y luego nos ladró con aire amenazador.

—Cállate, Crag. —El dueño del perro posó una de sus grandes manos en el lomo del animal—. Mira, Davey, unos caballeros han venido a El Venado Blanco.

Barak se acercó a la barra y pidió a la patrona dos jarras de cerveza. Al principio ella no le entendió y Barak tuvo que repetir lo que quería.

—Sureños —le dijo en voz alta el hombre del perro a su amigo—. Crag los ha olido porque apestan.

Barak se volvió hacia ellos.

—Solo hemos venido a tomar una cerveza, amigo —dijo—. No queremos problemas.

Miré alrededor, violentado. Había una docena de lugareños, y todos ellos nos miraban con semblante hostil. Los Hombres del Valle llevaban un buen rato bebiendo, a juzgar por sus ojos.

La mujer nos tendió dos jarras de madera a través de la ventanilla. Todos los bancos estaban ocupados; podríamos habernos sentado si los clientes se hubiesen desplazado un poco, pero ninguno se movió. Nos quedamos de pie, con cierta sensación de torpeza. El hombre llamado Davey se rio.

—¿No encontráis asiento, señores? —Se volvió hacia su amigo—. Habrías de hacerles sitio a estos caballeros sureños, Alan. Deben de ser caballeros, ya que no dejan entrar en York a soldados ni criados. Quizá convendría que nos pusiéramos en pie en su presencia.

—Pues yo digo que a todos nos moldeó el mismo artesano, y con la misma arcilla —respondió el llamado Alan.

—Estoy de acuerdo contigo —repuso Barak, jovial—. Desde Londres hasta Carlisle, todos somos iguales.

—No, señor. Los ricos no, ya que todas nuestras rentas van a parar a Londres.

—Hoy ya hemos hecho un buen negocio —intervino su amigo—: hemos vendido esas ovejas esmirriadas a los abastecedores por cinco nobles.

—Sí, pero cuando la comitiva real se vaya, los precios volverán a bajar. Nuestro pueblo no puede pagar lo que los sureños.

Nos miró con aire beligerante, buscando pelea. Tomé un trago de aquella nauseabunda cerveza.

—¿Venís por negocios, señores? —nos gritó uno de los hombres que se sentaban en los bancos, y para mi sorpresa varios se echaron a reír.

—¿Negocios? —repetí.

—Sí; no creo que hayáis venido a buscar nuestra compañía.

Se oyeron más risas. En ese instante una puerta se abrió y un hombre fibroso y alto, ataviado con un mandil, entró en el local. Miró ceñudo a los Hombres del Valle y luego se acercó a nosotros.

—¿Puedo ayudaros, señores? —preguntó con voz pausada.

Intercambié una mirada con Barak. Allí se hacía algo más que vender cerveza.

—No lo sé —contestó Barak—. ¿Puedes?

El hombre ladeó la cabeza hacia la puerta y nos alegramos de seguirlo hasta un corredor que olía a cerveza agria. En la escalera había un farolillo con una vela encendida. El hombre cerró la puerta a nuestro paso.

—Siento lo ocurrido, señores. Los sureños no son bienvenidos aquí.

—No importa —le dije—. Y bien, ¿cómo puedes ayudarnos?

—Depende de lo que queráis.

Nos escrutó con los ojos entornados, calculadores.

—Un amigo estuvo aquí hará una semana. Un oficial de la Jornada. Un tipo corpulento, de pelo claro y ralo.

—Sí. —Sus facciones se relajaron y su mirada se tornó lasciva—. Lo recuerdo. Os dijo lo que tenemos aquí, ¿verdad?

—Exacto.

—Bien. —Sonrió, confiado—. Decidme cuáles son vuestras preferencias. ¿Que una chica os acaricie con una daga? ¿Azotes de una puta vieja, como le gusta a vuestro amigo? —Esbozó la misma sonrisa—. Puedo satisfacer las lujurias más inmorales.

Me pilló por sorpresa. No sé qué había esperado encontrar allí, pero desde luego no era aquello. Barak fue el primero en hablar.

—¿Proporcionáis chicas que ofrecen servicios… especiales, por así decirlo?

El hombre asintió con entusiasmo.

—Gustos que no suelen habitar las casas corrientes. También chicos, si lo preferís. Tengo una buena red en York, desde los tiempos de los monjes. Sí, algunos eran ciertamente pecadores.

—Os explicaré —se apresuró a replicar Barak—. Estamos llevando a cabo ciertas pesquisas para un oficial de St. Mary. Creo que tenéis lo que quiere. Hablaremos con él y volveremos. Pero no querrá ser visto aquí. ¿Dispones de habitaciones privadas?

—Sí, señor. Podemos arreglarlo.

—Toma, dos chelines por las molestias.

Barak le entregó las monedas. El hombre se quedó mirándolas.

—Entonces, ¿pagará bien el oficial?

—De forma espléndida.

El proxeneta entornó los ojos.

—¿Cómo se llama, señor?

—Será mejor que no lo sepas. Tan solo espera nuestro regreso.

—Venid por la mañana, antes de que abramos. A esas horas no os importunarán los clientes.

—Así lo haremos. Por cierto, ¿existe alguna salida trasera?

El hombre asintió y nos llevó hasta una puerta que daba a otro callejón hediondo. Nos alejamos rápidamente y no nos relajamos hasta que llegamos de nuevo a Fossgate. Allí Barak se echó a reír a carcajadas.

—De modo que se trataba de eso. A ese viejo presuntuoso de Craike le gusta que le pegue una prostituta entrada en años. Me pregunto si pensará en eso cuando remueve sus papeles en esa escribanía suya.

Lo miré.

—Te has manejado con mucha habilidad, como si controlaras la situación.

Se encogió de hombros.

—Lord Cromwell tenía contactos entre los proxenetas de Londres, sobre todo con aquellos que procuran servicios a hombres con gustos extravagantes. A menudo eran ellos los que desvelaban algún nombre relevante en los tribunales y todos estaban sometidos a mi patrón.

—¿Chantaje?

—Si preferís llamarlo así…

—¿Y tú participabas?

—Yo era el mediador entre lord Cromwell y algunos de los proxenetas, sí. — Barak me miró, ceñudo—. Ya sabéis que mis obligaciones trascendían a los meros recados. Para vuestra información, esta parte de mi cometido no me complacía mucho. —Volvió a encogerse de hombros—. Pero si un hombre de cierto rango decide merodear por los bajos fondos, ya sabe que se arriesga.

—Se arriesga si hay espías cerca. —Chasqueé los dedos—. Apuesto a que ese era el motivo por el que acabó conociendo a Oldroyd: averiguar si existían lugares así en York.

—Solo hay un modo de averiguarlo: preguntándoselo.

Me sentía reticente a ofender a Craike, pero comprendí que no había alternativa.

—Lo veré mañana —decidí. Caminamos en silencio unos instantes, y luego le pregunté—: ¿Sabe Tamasin qué trabajo hacías para Cromwell?

—Los detalles no. —Me miró muy serio—. No tiene por qué conocerlos. A fin de cuentas, vos nunca me habíais interrogado al respecto.

—No, supongo que no.

—Lo importante es que hemos averiguado enseguida qué se cuece en ese antro. De no haber reaccionado tan deprisa, podríamos habernos encontrado frente a un grupo de prostitutas viejas con varas de abedul en la mano y dispuestas a apalearnos y sonsacarnos información, y después esos datos sin duda habrían llegado a la Heredad del Rey.

Me reí. Seguimos andando; nuestros pasos resonaban en los adoquines. Cuando avisté la barbacana de Bootham, le pregunté:

—¿Has vuelto a pensar en lo que hablamos? ¿En tu futuro?

—Lo único que quiero ahora es regresar sano y salvo a Londres. Y estar seguro de que tengo un futuro por delante —añadió, con voz grave.

 

Volvimos tarde a St. Mary. Para cuando el guardia nos franqueó el paso al recinto de la abadía eran ya las nueve; todo el mundo se había acostado ya. La luna llena de otoño lucía en el cielo y bajo su tenue luz los soldados, con el yelmo calado, recorrían la muralla infinitas veces; otros montaban guardia frente a las tiendas, los pabellones y las puertas de la casa solariega, que estaba completamente a oscuras. Había oído que el rey saldría de caza al día siguiente; aún no se sabía nada sobre la llegada del regente de Escocia.

—Voy a ver a Tamasin —dijo Barak—, pero antes os acompañaré a la hospedería.

—¿A estas horas? Ah, ¿vais a encontraros en vuestro nidito de amor secreto?

No había pretendido que mis palabras sonaran tan altaneras. Barak me miró muy serio.

—Sí. Se siente segura conmigo.

—Tendrá problemas si la descubren.

—No la descubrirán. Después de tres meses de Jornada, la mitad de los sirvientes al servicio de la reina mantienen escarceos. Y la reina no está precisamente en disposición de exigir a sus damas una moral intachable.

Se adelantó unos pasos y siguió caminando con brío hacia la iglesia. Comprendí que se había molestado. Uno de los guardias apostados frente a los pabellones estornudó y me sobresalté, pero me alegraba de tener cerca a aquellos hombres armados. Por la noche, todos mis sentidos se aguzaban frente a la posible presencia de algún peligro, de algún asesino.

En la iglesia monástica numerosos mozos de cuadra dormían sobre mantas y lechos de paja cerca de los caballos; su perfil quedaba iluminado por velas encendidas en grandes apliques de hierro, de cinco pies de altura. Los caballos de los nobles —más de un centenar— descansaban plácidamente en los establos, en cada uno de los cuales había un papel clavado con el nombre del propietario del animal. Era un buen sistema que permitía localizar rápidamente las monturas, mientras que la inmensa manada de caballos de tiro pastaba a sus anchas en los prados. Fuimos a ver a Génesis y Sukey, que estaban en establos contiguos.

—Veamos cómo se encuentran nuestros caballos —dije.

—De acuerdo.

Un joven mozo de cuadra, arropado en su manta sobre una pila de heno amontonada en la nave, se incorporó soñoliento. Era un adolescente de cara redonda, que llevaba el blusón salpicado de briznas de paja.

—¿Quién va?

Observó con recelo nuestros pobres atuendos.

—Somos los propietarios de estos caballos. Solo hemos venido a verlos.

—Están bien, señor.

—Perfecto. Vuelve a dormir, muchacho; no nos demoraremos.

Nos acercamos a los animales y les susurramos unas palabras, acariciándolos. Génesis parecía feliz en su establo, pero Sukey se mostraba inquieto y se retiró cuando Barak alargó una mano para tocarlo.

—¿Te aburres aquí, Sukey? —le preguntó—. No tienes nada que hacer, ¿eh? Bueno, esperemos que pronto podamos ponernos en marcha. Todo depende del rey de Escocia.

—Los sacamos a pasear por la nave. —El mozo de cuadra se había levantado—. No podemos llevarlos fuera. Hay tanto trasiego en el patio que no nos lo permiten.

—Comprendo.

—¿Cuándo creéis que llegará el rey Jacobo, señor? —preguntó—. Todos estamos impacientes por volver a ponernos en camino.

—Ya me gustaría saberlo —contesté, sonriente—. Bien, debemos retirarnos ya. Buenas noches.

Nos encaminamos a la puerta norte de la iglesia, que estaba abierta y daba al patio donde se encontraba la hospedería y los apriscos de los animales. Barak miró a su izquierda, hacia las edificaciones claustrales situadas al otro extremo del patio.

—¿Te espera allí?

—Sí.

—Ve. Puedo ir solo a la hospedería.

Me sentía culpable por haberlo importunado un rato antes.

—¿Estáis seguro?

—Sí. Ve. Nadie nos ha seguido en la iglesia, he estado atento.

Se alejó y yo tomé el sendero que conducía a la hospedería. Junto a un redil lleno de ovejas negras vi al oso, de pie en su jaula, con las zarpas delanteras apoyadas en los barrotes de hierro. Al pasar junto a él, emitió un sonido similar a un gemido. Me detuve y lo miré. El pobre animal estaba cubierto de heridas. Lo observé a varios pasos de distancia. La bestia soltó un gruñido y cambió de postura. Sus ojos diminutos destellaron al clavarse en mí. Me llegó el olor fétido de su denso pelaje.

Pensé en que lo habrían capturado en algún lejano bosque germano, que lo habrían llevado a Inglaterra en barco, que lo habrían hostigado y apaleado para espolear su fiereza y que después lo habrían soltado en la arena llena de perros. Y que el rey habría disfrutado del espectáculo.

Oí un chasquido seco, el que producen dos piezas metálicas al chocar entre sí. En ese instante recordé el espetón del campamento y miré ansioso alrededor, pero no vi nada ni a nadie cerca. Volví a observar la jaula. Algo había cambiado. Y entonces advertí que la compuerta se abría. Vi una soga atada al extremo superior de la misma: alguien la alzaba desde la parte posterior de la jaula. El oso retrocedió con los ojos fijos en mí. Se oyó otro golpe seco cuando la compuerta cayó plana sobre el techo.

La bestia salió y se detuvo unos instantes en el sendero sin dejar de mirarme. Las ovejas empezaron a balar frenéticamente. El oso emitió un rugido ronco y sacudió las patas delanteras frente a mí; la luz de la luna se reflejó en sus largas y curvadas garras.

Retrocedí. Aferré la daga, consciente que de poco iba a servir contra semejante fiera. El oso volvió a ponerse a cuatro patas y empezó a acercarse, rugiendo desaforado. Arrastraba una de las patas traseras. Seguramente habría sufrido alguna herida en el espectáculo que se había ofrecido al rey; de no haber sido así, se habría abalanzado sobre mí en cuestión de segundos. Pese a ello, avanzaba deprisa, arañando el sendero con las zarpas. Me di la vuelta y eché a correr hacia la puerta abierta de la iglesia. Entré con el temor constante de sentir esas garras clavándose en mi espalda, el terrible peso de una criatura tan inmensa derribándome y matándome.

Una vez en la iglesia traté de cerrar el portón, pero llevaba ya mucho tiempo abierto y la lluvia había combado la madera. No cedía.

—¡Ayuda! —grité—. ¡El oso está suelto!

Oí voces sobresaltadas a mis espaldas. El oso debía de haberse detenido fuera, no alcanzaba a verlo. Tal vez el ruido lo había distraído.

El mozo de cuadra con el que había hablado antes corrió hasta mí acompañado de otros dos jóvenes.

—¿Qué ocurre?

—¡El oso se ha escapado! ¡Está ahí fuera! Ayudadme a cerrar la puerta. ¡Y que alguien vaya a avisar a los soldados! ¡Aprisa! —Recordé que las armas estaban prohibidas en la Heredad del Rey. Los mozos, soñolientos, me miraban atónitos—. ¡Por el amor de Dios! —grité—. ¡Ayudadme con esta puerta!

Uno de los muchachos se acercó.

—Pero… ¿qué…? ¡Oh, mierda!

Se interrumpió al ver el oso aparecer por el vano del portón. Era un animal enorme. Entró arrastrando la pata y volvió su tremenda cabeza para mirarnos y olfatearnos. Todos retrocedieron. Los caballos, al percibir su olor, empezaron a relinchar y a dar coces contra las paredes de los establos. Aquella repentina cacofonía pareció sobresaltar al oso. El animal se quedó donde estaba, mirando a un lado y al otro con sus pequeños y hundidos ojos; un hilillo de saliva le brotaba de la comisura de las fauces. Volvió a erguirse y abrió las fauces, dejando a la vista un par de colmillos impresionantes. Me fijé en que la herida que tenía en la pata trasera se había abierto y sangraba. Tras sus recientes experiencias, el animal debía de estar confuso, asustado, dolorido, lo cual solo lo hacía más peligroso.

Retrocedí con los mozos, paso a paso; nos aterraba la perspectiva de un ataque repentino y mirábamos alrededor con desesperación en busca de algún rincón donde refugiarnos. Pero no había ninguno en aquella iglesia desnuda, vacía; nada a donde encaramarse. Los aterrados caballos provocaban un gran estruendo; algunos reculaban, otros golpeaban las paredes de los establos con las pezuñas y astillaban la madera. Confié en que el estrépito ahuyentara a la bestia, pero esta volvió a ponerse a cuatro patas y siguió avanzando, mirándonos a todos; sus terribles enemigos humanos estaban expuestos en toda su ridícula debilidad. Aunque balanceaba la cabeza sobre su poderoso cuello, observando a sus posibles presas, parecía fijar su atención especialmente en mí: el primer hombre que había visto al quedar en libertad.

Pareció una eternidad, pero quizá solo estuvimos retrocediendo por la iglesia un minuto, sin perder de vista al oso, temerosos de girarnos y correr por si de ese modo provocábamos su ataque. Entonces resbalé sobre paja sucia y caí de espaldas al suelo de la nave. Grité y me puse en pie, frenético. Los mozos estaban algo más lejos y me quedé a unos diez pies del animal, que seguía mirándome. Vi el reguero de sangre que iba dejando su pata y que llegaba hasta el portón. El bullicio de los caballos, sus relinchos y coces, era inenarrable.

El oso siguió avanzando despacio sin despegar la mirada de mí. Oí los pasos distantes de los mozos, que habían echado a correr: me habían abandonado. El oso apretó el paso. Justo a mi lado vi uno de los apliques, lo cogí con ambas manos y lo arrojé contra la enorme bestia. Le acerté en un costado y lo hice retroceder y alejarse del aplique, que cayó sobre un montón de paja. Esta prendió de inmediato. El oso siguió retrocediendo y volvió a fijar en mí sus ojos, rebosantes de furia y dolor. Se encabritó y atacó. Grité y me abracé para protegerme de sus mortíferas garras.

Entonces, por el rabillo del ojo, vi un destello. Oí un golpe seco y el oso reculó. Aturdido, descubrí que tenía una flecha clavada entre las patas delanteras; las plumas que la coronaban aún temblaban. Otra flecha silbó junto a mí y se insertó entre el pelaje del animal, seguida de otra más. El oso rugió y azotó el aire con las zarpas hasta que una cuarta flecha le acertó en el pecho y debió de perforarle el corazón, pues el animal emitió un gruñido sordo y se desplomó de lado sobre la pila de paja en llamas. Y allí se quedó, más allá del sufrimiento, al fin, mientras el fuego empezaba a quemar su pelaje.

Me apoyé en una columna, temblando de pies a cabeza, mientras una voz que reconocí gritaba:

—¡Apagad ese fuego antes de que se propague! ¡Agua!

Los mozos de cuadra corrieron hasta las llamas y empezaron a sacudirlas con escobas hasta que llegaron cubos llenos de agua que consiguieron extinguirlas. Miré atónito y confuso a los soldados de casaca roja, los arcos que llevaban colgados al hombro. Uno de ellos se acercó a mí: el sargento Leacon.

—Sargento —murmuré—. ¿Cómo… cómo ha ocurrido?

—Oímos el barullo desde la celda de Broderick, que queda justo detrás del muro de la iglesia. Hice venir a mis hombres. Por suerte, llevaban sus arcos consigo. —Me miró con gravedad—. Dad gracias de que los arqueros de Kent tengan tan buena puntería.

Tomé aire.

—Me has salvado la vida.

—¿Cómo demonios consiguió entrar el oso en la iglesia?

—Alguien lo dejó en libertad.

—¿Qué?

—La bestia me siguió hasta aquí y resbalé.

Miré detrás de Leacon, donde los mozos se aseguraban de que el fuego estuviera apagado. Uno vio que lo miraba y se dio la vuelta, abochornado. El cadáver del oso yacía humeante en medio de la paja quemada.

Oí más voces. Parecía que el ruido procedente de la iglesia había despertado a medio campamento. Aparecieron sirvientes y soldados, que se agolparon para ver al oso muerto.

—Iba por el abogado jorobado —dijo alguien—. ¿Lo recuerdas? El de Fulford.

El sargento Leacon observó un momento al oso y después a mí, con una expresión ceñuda en su franco rostro.

—¿Estáis seguro de que alguien soltó al oso deliberadamente? —preguntó.

—Sí. —Inspiré hondo—. Alguien sabía que venía por ese camino y esperó a que llegara.

Pero ¿quién? ¿Y cómo lo sabía?