Soberano

C. J. Sansom · Capítulo 4 de 50

Páginas del PDF

Soberano

Capítulo 4

 

Un guardia nos indicó que para llegar a la abadía de St. Mary debíamos tomar por una calle llamada Coneygate. Se trataba de otro callejón angosto abarrotado de bulliciosos comercios, de modo que nuevamente tuvimos que avanzar a paso lento. Reparé en varios pasajes que se abrían a ambos lados y tal vez desembocaban en plazas o patios. Me sentí engullido por la ciudad.

A las puertas de una gran posada vimos a un grupo de jóvenes ataviados con jubones a rayas de vivos colores; atendidos por solícitos criados, contemplaban la muchedumbre y bebían vino de un odre. Uno de ellos, un joven alto y apuesto con barba morena, señalaba de cuando en cuando a algún transeúnte y se reía de sus humildes vestimentas. Las miradas iracundas que recibía no hacían sino aumentar la estridencia de sus carcajadas. «La avanzada de la guardia de la Gran Jornada —pensé —. Esos caballeros deberían ser más cautelosos».

Radwinter y Broderick acudieron a mis pensamientos. Carcelero y preso, hielo y fuego. Era evidente que Radwinter infligía tormentos moderados a Broderick siempre que tenía ocasión, para minarle la moral y quizá también para su propio regocijo. Semejante trato podía resultar peligroso; sir Edward era joven, sí, pero también un caballero poco habituado a las privaciones. Me inquietaba que aquella quemadura en el pecho empeorara; confié en que hubiese buenos médicos en York. Deseé tener a mi lado a mi viejo amigo Guy, pero él estaba muy lejos, trabajando de boticario en Londres.

No pude evitar volver a sentirme atribulado por la acusación de sir Edward de que me interesaba por él para entregarlo en buenas condiciones a los torturadores. No le faltaba razón. Y, pese a ello, pese a sus palabras osadas y desafiantes, sir Edward había suplicado a Radwinter que le diera algo de beber. Y yo había sido capaz de ordenar que así lo hiciera.

Recordé asimismo el comentario de Radwinter sobre mi deformidad y cómo esta me llevaba a compadecerme de los desvalidos. Poseía una capacidad extraordinaria para captar a las personas. ¿La empleaba también para hurgar en la mente de los herejes confinados en la prisión de Cranmer, en lo alto de la Torre Lollards? Pero tenía razón: la compasión que me inspiraba Broderick podía nublarme el juicio. Recordé la repentina y furiosa embestida del preso contra el carcelero y volví a pensar: «¿Qué habrá hecho para que tengan que aislarlo como a un apestado?». A las puertas del establecimiento de un artesano velero vi a un hombre inspeccionando una caja de cirios. Era rechoncho, tenía aspecto colérico y llevaba una toga ceremonial roja, un sombrero de ala ancha del mismo color y una cadena de oro al cuello, el habitual atributo de los cargos oficiales. «El alcalde», pensé. El artesano, con el mandil manchado de grasa, observaba con ansiedad mientras el alcalde sacaba un grueso cirio amarillo de la caja y lo inspeccionaba detenidamente. Junto a ellos aguardaban tres oficiales con togas negras; uno de ellos llevaba una maza de oro.

—Supongo que esta servirá —dijo el alcalde—. Cerciórate de que solo la mejor cera de abeja llega a St. Mary.

Hizo un gesto afirmativo y el grupo accedió al siguiente comercio.

—Hace la ronda —le dije a Barak—. Se asegura de que todo está en orden para la llegada de la comitiva real. Y…

Un grito me interrumpió.

En la entrada de uno de los estrechos callejones, una joven aferraba una cesta grande e intentaba impedir que se la arrebatara un muchacho harapiento con una enorme verruga en la nariz. La identifiqué como la chica que horas antes le había guiñado un ojo a Barak. Otro granuja, un mozalbete de pelo claro y nariz torcida, la sujetó por la cintura. Barak me lanzó las riendas de Sukey y saltó de su montura al tiempo que desenvainaba la espada. Un par de transeúntes retrocedieron asustados.

—¡Soltadla, bellacos! —gritó Barak.

Los dos pillastres obedecieron al instante: dieron media vuelta y echaron a correr por el callejón como alma que lleva el diablo. Mi ayudante hizo amago de ir tras ellos, pero la chica lo agarró de un brazo.

—¡No, señor! ¡No! Quedaos conmigo, por favor. Esto es para la reina Catalina.

Barak enfundó la espada, sonriendo a la joven.

—Ahora estás a salvo, señorita.

Desmonté con cuidado sin soltar las riendas de los dos caballos. Génesis se agitó, inquieto.

—¿Qué ha ocurrido? —le pregunté—. ¿A qué te refieres con eso de que la cesta es para la reina?

La joven se volvió hacia mí con los ojos desorbitados. Los tenía del color de la flor del aciano.

—Sirvo en la cocina privada de la reina, señor. Se me ha enviado a comprar algunas exquisiteces. —Miré el contenido de la cesta: había canela en rama, almendras y raíces de jengibre. La chica hizo una leve reverencia—. Me llamo Tamasin, señor. Tamasin Reedbourne.

Me fijé en que hablaba con acento londinense y me llamó la atención su vestido de fustán, excesivamente elegante para tratarse de una doncella.

—¿Estás bien, señorita? —preguntó Barak—. Daba la impresión de que esos truhanes iban a dislocarte tus preciosos brazos.

Ella sonrió, mostrando su blanca dentadura y unos hermosos hoyuelos.

—No la habría soltado. Cuando llegue la reina, sus aposentos deben estar surtidos con sus dulces favoritos, todos elaborados con ingredientes comprados aquí, en York. —Alternó la mirada entre ambos—. ¿Estáis aquí para uniros a la Jornada, señores?

—En efecto. —Le brindé una leve reverencia—. Yo soy abogado, maese Shardlake. Este es mi ayudante, Jack Barak.

Él se descubrió y la chica volvió a sonreírle, en esta ocasión con aire coqueto.

—Sois valiente, señor. Ya os he visto antes, ¿no es así?

—Sabes que me dedicaste una hermosa sonrisa.

—En esa ocasión te acompañaba un criado ataviado con la librea del rey — señalé.

—Sí, señor, pero hoy Tanner deseaba comprar una tela y le di permiso para que fuera. —Sacudió la cabeza—. Fue una insensatez, ¿no es cierto, señor? Olvidé lo bárbaro que es este lugar.

—¿Es él? —pregunté, señalando a un joven de rostro enjuto que lucía la insignia del rey y que acababa de salir de un comercio situado al otro lado de la calle. Lo había visto antes esa misma mañana. Cruzó hacia donde estábamos, con una mano en la empuñadura de la espada.

—¿Señorita Reedbourne? —preguntó, nervioso—. ¿Algún problema?

—¡A buenas horas lo preguntas, Tanner! Mientras tú escogías la tela para tu nuevo jubón, dos chicos intentaron robarme las delicias de la reina. Este señor lo impidió —replicó ella, sonriendo de nuevo a Barak.

Maese Tanner agachó la mirada mientras Génesis tiraba de las riendas.

—Debemos irnos —tercié—. Nos dirigimos a St. Mary. Vamos, Barak, seguro que están deseando decirnos que nos esperaban ayer.

Me incliné ante la señorita Reedbourne a modo de despedida. Ella hizo lo propio.

—Yo también me alojo en St. Mary —dijo con dulzura—. Tal vez tenga ocasión de volver a veros.

—Eso espero.

Barak volvió a calarse el sombrero, dedicó a la joven un guiño que la hizo ruborizarse al instante, y partimos.

—Ha sido emocionante —comentó, entusiasmado—, aunque no había ningún peligro. No eran más que un par de pilluelos. Debían de creer que la cesta contenía algo valioso.

—Hiciste bien. —Esbocé una sonrisa sardónica—. En rescatar las exquisiteces de la reina.

—La chica también es una exquisitez. No me importaría ayudarla a amasar el pan…

 

Llegamos al final de Coneygate y tomamos por otra calle que discurría paralela a la imponente muralla de la abadía, patrullada por la guardia real. Detrás se alzaba el campanario que habíamos visto al llegar, casi tan alto como el de la catedral. Todos los monasterios disponían de murallas defensivas, pero esa era la más soberbia que había visto; el recinto de St. Mary debía de ser inmenso. Semejante muralla reforzaba enormemente la seguridad y me pregunté si por ese motivo habían elegido la abadía como residencia del rey en York.

Pasamos una vez más bajo la barbacana de Bootham, si bien en esta ocasión doblamos a la izquierda para sumarnos a una hilera de jinetes y transeúntes que esperaban su turno para entrar en la abadía. Mi comisión fue examinada a conciencia antes de que se nos permitiera pasar. Una vez dentro, desmontamos. Barak descargó las alforjas que contenían nuestras pertenencias, se las colgó al hombro y contempló conmigo la escena que se ofrecía a nuestros ojos.

Justo delante teníamos una casa solariega que en el pasado debía de haber sido la residencia del abad. Era espléndida, incluso para los lujos que los abades de los mayores monasterios solían permitirse: una edificación de tres plantas, de ladrillo rojo y con chimeneas esbeltas y altas. Arriates de diminutas rosas blancas tapizaban la parte baja de la fachada. En un tiempo también había tenido un jardín, pero el tránsito de innumerables pies y ruedas de carro lo había transformado en una parcela de tierra enlodada. Algunos hombres arrancaban los restos de hierba y los reemplazaban con losas, mientras que un poco más allá otros excavaban lo que debía de haber sido el camposanto de los monjes, levantando las lápidas y cargándolas hasta varias carretas. Encima de la puerta principal de la casa colgaba el blasón real sobre un escudo imponente.

Detrás de la vivienda se alzaba una iglesia monástica de estilo normando, una de las más grandes que había visto, con una torre cuadrangular coronada por un inmenso campanario de piedra, y la fachada decorada con intrincados contrafuertes y columnas talladas. La casa solariega y la iglesia ocupaban dos de los laterales de un enorme patio, de aproximadamente un estadio de longitud. En él se estaba desarrollando un espectáculo asombroso. Las edificaciones anexas habían sido demolidas y sus antiguos cimientos se habían reducido a meras zanjas. En ese espacio se habían montado docenas de tiendas, y centenares de hombres trabajaban a la intemperie en las fases finales de la construcción de dos grandes pabellones. Con unos cuarenta pies de altura, se había pretendido que emularan castillos, con barbacana y torreones incluidos, todo en madera pintada y tratada para simular piedra. Infinidad de obreros subidos a escaleras de mano poblaban los extraordinarios edificios, instalando imágenes de yeso de bestias heráldicas, pintando las paredes de colores intensos y acristalando las ventanas. Mientras los observaba, pensé que algo me resultaba familiar en la forma de aquellos pabellones.

El patio estaba atestado de mesas de caballete sobre las que los carpinteros serraban y desbastaban cantidades ingentes de madera. Contra la fachada de la abadía había apilados unos cincuenta troncos de roble joven, y una capa de serrín lo cubría todo. Otros obreros tallaban cornisas ornamentales con complejos motivos, también de colores vividos a la luz mortecina del atardecer.

Barak silbó.

—¡Por los clavos de Cristo! ¿Qué están organizando aquí?

—Un espectáculo como el que jamás habríamos imaginado.

Contemplamos un rato más aquella apabullante escena; al cabo, dije a Barak:

—Vamos. Tenemos que encontrar al encargado del alojamiento, Simon Craike. — Sonreí—. Es un conocido mío de hace mucho tiempo.

Barak se cambió las alforjas de hombro.

—¿Sí?

—Fue compañero de estudios en el Colegio de Lincoln, pero desde entonces no he vuelto a verlo. Nunca ejerció; ingresó en la administración real.

—¿Y por qué lo hizo? ¿Por el jornal?

—Así es. Tenía un tío al servicio de la realeza y fue él quien le consiguió el puesto.

—¿Cómo es?

Volví a sonreír.

—Ya lo verás. Me pregunto si habrá cambiado mucho.

Llevamos los caballos hasta la casa solariega, el centro de todo aquel bullicio: un sinfín de personas entraban y salían precipitadamente mientras varios oficiales daban órdenes en la escalinata de la entrada, examinando y comentando planos. Preguntamos a un guardia dónde podíamos encontrar a maese Craike; nos contestó que esperásemos y pidió a un mozo de cuadra que se encargara de los caballos. Seguíamos allí cuando vimos que un alto oficial del Estado, ataviado con una toga de terciopelo verde, nos indicaba por señas que nos hiciésemos a un lado. Otro se abrió paso a empellones entre nosotros, como si fuésemos un par de perros.

—Imbéciles —masculló Barak.

—Vamos, apartémonos un poco.

Nos retiramos a una esquina; cerca de allí, dos mujeres discutían acaloradamente con un oficial que llevaba un plano de planta en una mano. El hombre se inclinaba en una reverencia hasta casi tocar el suelo con la cabeza, arriesgándose a dejar caer el plano sobre el barro, mientras que la mujer de aspecto más elegante lo reprendía a gritos. Tendría unos treinta años y el pelo castaño; llevaba una cofia francesa ornamentada con perlas y una toga de seda roja. Una mujer de alta posición social. El malhumor había encendido su inexpresivo rostro.

—¿Es mucho pedir que la reina sepa cómo abandonar sus aposentos en la eventualidad de un incendio? —la oí exigir con voz poderosa y estridente—. Lo preguntaré una vez más: ¿cuál es la puerta más próxima y quién guarda la llave?

—No estoy seguro, milady. —El oficial giró el plano—. Tal vez podría ser la de la cocina privada…

—No me interesan los «tal vez».

La otra mujer reparó en nosotros y arqueó las cejas componiendo una expresión ofendida. Era delgada y podría haber resultado atractiva de no ser por su semblante frío y altanero. Tenía el cabello castaño y rizado, y lo llevaba suelto bajo una sencilla cofia, lo cual delataba su soltería, aunque también rondaba la treintena. No obstante, lucía una sortija de compromiso que parecía cara: un diamante engarzado en oro. Volvió a fruncir el ceño y empujé discretamente a Barak para alejarnos un poco más. Entonces sonreí al ver al hombre que, vestido con una toga marrón, acababa de salir de la casa solariega y se había detenido en la escalinata, mirando a su alrededor. Llevaba atado al cuello un cordón azul del que colgaba una pequeña escribanía dotada de tintero y pluma, y también un grueso fajo de papel.

Identifiqué a Simon Craike por su aire ansioso y atribulado. Por lo demás, no lo habría reconocido, pues los años habían cambiado enormemente a mi antiguo compañero de estudios. La buena vida en el juzgado le había hinchado la cara y engrosado las facciones, y la mata de pelo que yo recordaba había desaparecido casi por completo; tan solo restaba de ella un cerquillo rubio. Sin embargo, cuando lo llamé y se volvió hacia mí, sus rasgos se iluminaron. Barak y yo nos descubrimos mientras él se acercaba a nosotros, sujetando con una mano el pequeño escritorio para mantenerlo en equilibrio. Me estrechó la mía con la otra.

—¡Maese Shardlake! Os he reconocido de inmediato. Los años os han tratado bien, señor. De hecho, incluso conserváis la cabellera. Ni siquiera habéis encanecido.

Me eché a reír.

—Algo incomprensible, teniendo en cuenta algunos de los asuntos con los que he de tratar.

—Virgen santísima, debe de hacer ya veinte años. —Craike esbozó una sonrisa triste—. El mundo ha visto muchos cambios desde entonces.

—Sin duda. —«Una revolución religiosa, el final de los monasterios y una gran rebelión. Y ahora mi padre está muerto», pensé con una repentina punzada de dolor —. En fin —añadí—, he oído que estáis a cargo del hospedaje de los nobles.

—En efecto. Nunca había tenido tanto trabajo como en esta Jornada. Me dedico a adelantarme con los heraldos para asegurarme de que todos dispongan de alojamiento en los lugares donde pernoctamos. Pero con el contratiempo de las lluvias, los cambios de planes del rey…

—¿Habéis participado en la Gran Jornada desde el principio?

—Sí. Jamás se había visto nada de estas proporciones. —Sacudió la cabeza—. No podéis imaginar siquiera los problemas que estamos teniendo. Deshacernos de los desperdicios ha sido lo peor. Es preciso cavar grandes fosas allá donde paramos. Con tres mil personas y cinco mil caballos, ya podéis suponer.

—¿No pueden emplear las bostas como abono los lugareños?

—Siempre producimos más de lo que necesitan. Y el hedor…

—Comprendo.

—Incluso con las fosas, todo el camino de Londres a Hull está sembrado de inmundicia. Ha sido una pesadilla, señor, una auténtica pesadilla. —Volvió a sacudir la cabeza—. Y mi pobre esposa sola en Londres.

—¿Estáis casado?

—Sí. Tenemos siete hijos. —Sonrió, ufano—. ¿Y vos, señor?

—No, sigo soltero. Por cierto, este es mi ayudante, maese Barak.

Craike escrutó solemne a Barak con sus ojos de color azul pálido.

—Lo necesitaréis, con todo el trabajo que hay aquí. En cuanto a mí, estoy rodeado de incompetentes. Hay mucho que preparar. De hecho, me temo que no puedo demorarme ahora, aunque me alegra volver a veros. Os mostraré vuestros aposentos.

Señalé con la cabeza la casa solariega.

—Una edificación magnífica.

—Sí. Era la casa del abad. El rey se alojará en ella cuando llegue. Se le ha cambiado el nombre en su honor: Heredad del Rey.

—Tal vez tengamos ocasión de vernos más tarde para hablar de los viejos tiempos.

—Me complacería mucho, señor. Veré si consigo… —Se calló al ver a las dos mujeres doblando la esquina, y en su rostro afloró una expresión atormentada—. Por los clavos de Cristo —musitó—, otra vez lady Rochford.

Di un respingo, pues se trataba de un nombre cuya simple mención podía suscitar escalofríos en cualquiera. Los tres nos apresuramos a inclinarnos ante ella. Al incorporarme, vi más de cerca el rostro inexpresivo de la mujer. Sus facciones seguían contraídas por el enojo y tuve la impresión de que estaba, más que tensa, rígida. Su acompañante, que llevaba el plano que el oficial les había mostrado, me vio escrutar a su señora y me lanzó otra mirada reprobatoria.

—¡Maese Craike! —espetó lady Rochford—. El patán de vuestro maestro arquitecto es incapaz de responder a la pregunta más simple. Quiero saber, señor, si este lado de la casa dispone de una salida privada que la reina pueda utilizar. Le aterra el fuego. Cuando era niña, en Horsham, la casa se incendió…

—Lo lamento, milady.

—¡Al cuerno con los lamentos! ¡Jennet, el plano! ¡Aprisa, mujer!

La acompañante se lo tendió. Craike lo alisó sobre el escritorio, lo estudió unos instantes y señaló una puerta.

—Esta. La cocina privada es la salida más cercana.

—¿Está vigilada?

—No, señora.

—En tal caso, quiero un juego de llaves. Disponedlo. ¡Vamos, Jennet, no te quedes ahí como una oveja descarriada!

Dicho esto, lady Rochford le arrebató el plano a Craike y las dos mujeres se marcharon, alzándose un poco las faldas para no mancharse de barro.

Craike se enjugó la frente.

—Cielo santo, esa mujer es un ogro.

—Sí. Conozco su historia. ¿Quién es su amarga acompañante?

—La señorita Jennet Marlin, dama de compañía. Tiene buenos motivos para estar quejosa. Su prometido se encuentra recluido en la Torre, acusado de haber participado en la conspiración.

—Entonces, ella es de aquí.

—Sí, fue escogida para venir a York por conocer bien el lugar. Está libre de toda sospecha de deslealtad, pertenece a una familia de reformistas. —Craike esbozó un mohín de asco, leve pero suficiente para hacerme saber su postura en cuestiones religiosas—. Vamos, os llevaré a vuestros aposentos. Me temo que no son los mejores, pero muy pronto habrá aquí miles de personas. Miles —insistió, sacudiendo la cabeza.

—Faltan cuatro días, ¿no es así?

—Sí. Tengo que enviar hoy a mis oficiales a las posadas para comprobar que todo esté preparado. Las cosas siempre pueden torcerse. Santo Dios, los problemas que tuvimos con las lluvias de julio… La cantidad de carros que se rompieron o quedaron atascados en el barro… Estuvieron a punto de suspender la Jornada.

—Estoy seguro de que todo irá bien —auguré con una sonrisa.

A mi memoria acudió de pronto el recuerdo de Craike como estudiante en la biblioteca del Colegio de Lincoln, haciendo sus ejercicios a horas intempestivas de la madrugada, rodeado de papeles, con las manos manchadas de tinta, obstinado en hacerlo todo bien.

—Eso espero —contestó con un suspiro—. El itinerario ha sufrido cambios constantes, algo que casi acaba con mi cordura. Estaba previsto que el rey pasara solo dos días en Pontefract y acabó quedándose cerca de dos semanas, y ahora se ha desviado a Hull.

—Tal vez para dar tiempo a que concluyan las obras del patio y los pabellones. ¿Cuál es su finalidad?

Craike pareció incómodo.

—Lo lamento, pero no puedo revelarlo. Se anunciará con la llegada de la comitiva. —Se puso en marcha, precediéndonos hacia la iglesia monástica—. Pero el trabajo… es una pesadilla, ¡una auténtica pesadilla!

Barak sonrió a sus espaldas. Parecía de mejor humor desde el encuentro con la chica.

—¿Siempre ha sido así? —susurró.

—Era el alumno más aplicado que jamás he conocido. Tenía que hacerlo todo a la perfección.

—La mejor receta para sufrir un ataque.

Me reí.

—Vamos o lo perderemos.

Al llegar a la iglesia, vi que muchos de los vitrales habían sido retirados y que otros estaban rotos. A cierta distancia de nosotros, un hombre moreno de mediana edad retiraba con cuidado una hoja de vidrio subido a una escalera de mano. Al pie de la misma, un caballo negro y enorme pastaba junto a una carreta.

—Entonces, eliminan los vitrales —observé en voz alta—. La iglesia tendrá un aspecto lóbrego cuando llegue el rey.

—Ese vidriero procura quitar el mayor número de ventanas posible antes de que llegue la comitiva, pues el rey quiere ver que este lugar ya no cumple su antigua función.

Al oír nuestras voces, el artesano interrumpió su trabajo y nos miró desde lo alto de la escalera. Su rostro era delgado, anguloso e inquieto, y sus ojos, penetrantes.

Craike lo saludó.

—¿Cómo va el trabajo, maese Oldroyd?

—Bastante bien, señor. Gracias.

—¿Habréis retirado todos los vitrales antes de que llegue el rey?

—Sí, señor. Volveré al alba y no me iré hasta que acabe.

Craike nos precedió por la desgastada escalinata de la iglesia. El enorme portón estaba entornado; una estela de pisadas barrosas se internaba en el templo, que evidentemente se había convertido ya en una vía pública.

En el pasado había sido un lugar magnífico: arcos ricamente decorados, columnas que se elevaban a alturas de vértigo, pintadas con vividos tonos verdes y ocres, suelo pavimentado con losetas de diferentes motivos… A la luz de las velas, sin duda había sido un escenario sobrecogedor. En ese momento, sin embargo, las numerosas ventanas desnudas proyectaban una luz tenue y fría sobre las capillas laterales, despojadas ya de todo mobiliario, y sobre los nichos que habían albergado las estatuas. Un rastro de barro y pedazos de losetas trazaban un atajo que llevaba hasta otra puerta entornada, situada en el extremo sur de la nave. Al cruzar la vacía iglesia en esa dirección, nuestros pasos produjeron un eco fantasmagórico en el silencio, en extraño contraste con la algarabía del exterior. Me estremecí.

—Sí, esta zona es fría —dijo maese Craike—. Estamos cerca del río. Es un lugar húmedo y neblinoso.

Vi que a lo largo de las paredes se habían construido multitud de compartimentos de madera. Varios se encontraban ya ocupados por caballos, aunque la mayoría seguía vacante. Sobre el pasillo se derramaban pilas de paja.

Barak señaló uno de los compartimentos.

—Allí están Sukey y Génesis.

—¿Utilizan este espacio como establo? —pregunté, incrédulo.

—Aquí se dará cobijo a las monturas de los cortesanos y de los sirvientes de mayor categoría. Por sacrílego que parezca, es un uso sensato del espacio, ahora que la iglesia ha sido secularizada.

Salimos a un patio de mayores dimensiones e igual de bullicioso. A lo largo de los muros se habían levantado nuevas edificaciones. Vimos también una imponente torre de entrada y otra iglesia más pequeña que seguía en pie; probablemente se trataba de la parroquia. Allí se descargaban carros repletos de toda clase de productos: sacos de manzanas y peras, pilas de carbón, fajos de leña, puñados de velas de todos los tamaños, y una bala de paja tras otra. Los criados lo acarreaban todo hasta los edificios nuevos y a varias cabañas provisionales. Se había levantado asimismo un vallado que alojaba a todo un rebaño de ovejas, gran cantidad de vacas e incluso algún ciervo. En un cercado, centenares de aves hacinadas picoteaban la yerma tierra. Distinguí gallinas, patos, pavos y un par de avutardas, a las que habían cortado las enormes alas. Cerca, un grupo de hombres colocaba cañerías en una zanja que desembocaba en la fachada sur del monasterio. A través de una puerta abierta, atisbé las marismas y un ancho río de aguas grises. Sacudí la cabeza.

—Jamás había visto semejante obra.

—Tendrán que alimentar a tres mil personas el viernes. Pero, por favor, seguidme. —Sorteando los recintos de los animales, Craike nos condujo a un edificio de dos plantas—. Este era el hospital de los monjes —nos informó en tono de disculpa—. Lo hemos dividido en habitaciones. Es lo mejor que podíamos hacer. La mayor parte de la autoridad legal se aloja aquí. Los criados solo dispondrán de humildes tiendas.

Algunos de sus representantes charlaban junto a la puerta, varios con el bastón de mando rojo propio de los porteros que custodiaban los palacios reales y los prevenían de intrusos. Un hombre fornido y corpulento, vestido con toga y que descollaba sobre los demás, los interrogaba. Craike bajó la voz.

—Ese es sir William Maleverer. Es abogado, miembro del Consejo del Norte. Está a cargo de todas las cuestiones legales y de seguridad.

Craike se acercó al hombracho y carraspeó para llamar su atención. El otro se volvió con aire irritado. Rondaba los cuarenta años, tenía rasgos duros y marcados, y una barba negra cortada longitudinalmente, a la moda del momento. Sus ojos fríos y oscuros nos escrutaron.

—Y bien, maese Craike, ¿a quién me traéis en esta ocasión vos y vuestra escribanía?

La voz de Maleverer era profunda y tenía acento norteño. Recordé que el Consejo del Norte estaba dotado de personal local leal a la Reforma.

—Sir William, os presento al abogado Matthew Shardlake, de Londres, y su ayudante.

—Os encargáis de las súplicas al rey, ¿no es así? —Maleverer me miró de arriba abajo con desdén, como si su notable estatura y su espalda erguida fuesen el premio a alguna gran virtud—. Llegáis tarde.

—Lo lamento. Tuvimos un viaje complicado.

—Debéis prepararos para el viernes con el abogado Wrenne.

—Ya lo hemos visitado.

Maleverer gruñó.

—Es un viejo fastidioso, pero tendré que dejar este asunto en sus manos; otras cuestiones me apremian. Tan solo aseguraos de que el jueves por la mañana haya un resumen de las súplicas en el despacho del chambelán.

—Podré organizado.

Volvió a mirarme con recelo.

—El viernes estaréis en presencia del rey. Confío en que tengáis algo mejor que poneros que esa capa embarrada.

—Sí, señor, en el equipaje.

Señalé las alforjas, que Barak se cambió de hombro.

Maleverer asintió con un gesto brusco y se volvió hacia los demás hombres. Barak me miró sorprendido mientras accedíamos al edificio. El interior era lúgubre, con pequeños ventanucos en forma de arco y un hogar central en el que ardían astillas. Se habían rascado los frescos religiosos que en el pasado habían decorado las paredes, lo cual confería al lugar un aspecto descuidado. El vestíbulo había sido dividido en cubículos con mamparas de madera. Parecía que no había nadie más; probablemente, todos estaban trabajando fuera.

—Un hombre severo, sir William —observé, templado.

—Un hombre duro y riguroso, como todos los miembros del Consejo del Norte —contestó Craike—. Me alegro de no tener que tratar con él a menudo. Bien, señor —añadió, mirándome con cierto desasosiego—, me he tomado la libertad de asignaros a vos y a vuestro ayudante cubículos adyacentes. De no ser así, maese Barak tendría que alojarse en las tiendas de los criados. Con tanta gente de tan variados rangos, resulta difícil escoger el lugar apropiado para cada uno.

—No hay inconveniente —dije, sonriendo.

Craike pareció aliviado. Rebuscó en el escritorio un pedazo de papel y nos acompañó por la hilera de compartimentos. Las puertas estaban numeradas.

—Dieciocho, diecinueve… Sí, esas son las vuestras. —Trazó una marca en el papel y sonrió—. Bien, señor, ha sido un placer volver a veros, pero ahora debo irme.

—Por supuesto, señor, aunque espero que tengamos ocasión de compartir un trago de cerveza durante nuestra estancia aquí.

—Si disponemos de tiempo, será un placer. Aunque con todo esto… —Alargó una mano hacia el patio—. Qué pesadilla.

Hizo una rápida reverencia y, echando otro vistazo a la lista, se alejó.

—Bien, veamos qué es lo que tenemos aquí —dije a Barak.

Había una llave en la cerradura de cada puerta e hice girar la de la mía. En el interior, el mobiliario se reducía a un arcón pequeño para guardar las pertenencias y una cama. Me aflojé las botas de montar y me tumbé soltando un gemido de alivio. Minutos después oí que Barak llamaba a la puerta y entraba, descalzo y con mi alforja. Me senté.

—¡Por los clavos de Cristo! —exclamé—. Te apestan los pies… aunque me atrevería a decir que los míos también.

—Pues sí.

Percibí el cansancio en su voz.

—Permitámonos descansar esta tarde —propuse—. Podemos dormir hasta la hora de la cena.

—De acuerdo. —Sacudió la cabeza—. Menudo trajín. Nunca había visto tantas provisiones ni animales juntos, ni alcanzo a imaginar el fausto que tienen previsto abastecer.

Chasqueé los dedos.

—Esos pabellones me recordaron algo —dije—. Acabo de caer en la cuenta de qué: el Campo del Paño de Oro.

—¿Cuando el rey fue a Calais para reunirse con el monarca francés?

—Eso es. Hace veinte años. Existe un cuadro de las festividades que se celebraron en la Casa Gremial. Levantaron pabellones enormes con esa misma forma, y carpas gigantescas de tela dorada, a las que el acontecimiento debe su nombre. Obviamente, Lucas Hourenbout ha adoptado esos edificios como modelo.

—¿Para qué?

—No lo sé. Alguna celebración de grandes proporciones. Pero quizá deberíamos contener nuestra curiosidad y limitarnos a nuestros asuntos.

—Discreción absoluta, ¿eh?

—Exactamente.

—Y lady Rochford está aquí. Santo Dios, más valdrá evitarla.

—Sí —dije, mirándolo con seriedad—. Formaba parte de los turbios ardides de tu antiguo patrón.

Barak se revolvió, incómodo. Jane Rochford había sido una de las personas a las que Thomas Cromwell había utilizado cinco años antes para desacreditar a la reina Ana Bolena mediante acusaciones de adulterio. La declaración de lady Rochford fue terrible: que Jorge Bolena, su propio esposo y hermano de Ana, había mantenido relaciones incestuosas con la reina. Yo sabía con certeza lo que la mayoría de la gente suponía: que las acusaciones contra la reina Ana se habían falseado con fines políticos.

—Esa mujer se ha convertido en sinónimo de la peor traición —proseguí—. Y ha recibido por ello una suculenta recompensa: se la nombró Primera Dama de Honor de Juana Seymour, después de Ana de Clèves y ahora de Catalina Howard.

—Aunque no parece muy satisfecha de serlo, ¿no creéis?

—No, en efecto. Parecía ocultar algo bajo su bravata. Bueno, no ha de ser muy agradable que todo el mundo lo odie a uno. Esperemos que no tengamos que volver a verla.

—Pero vos os reuniréis con el rey.

—Eso parece. —Hice un gesto negativo con la cabeza—. No consigo hacerme a la idea.

—Y el preso del castillo está a vuestro cargo, os guste o no.

—Sí, pero insisto: procuraré hacer las menos preguntas posibles.

Le referí a Barak los detalles de lo ocurrido en el castillo de York, la crueldad de Radwinter y la repentina agresión de Broderick, aunque eludí lo que el carcelero había dicho acerca de mi compasión por el preso. Cuando acabé, su semblante se había tornado reflexivo.

—No abundan los hombres diestros y cualificados en el trato con presos peligrosos, en su supervisión y vigilancia. El conde Cromwell los tenía en gran estima. —Me miró muy serio—. Creo que tenéis razón: no os impliquéis con ninguno de ellos más de lo necesario.

Se ausentó tras decirme que me avisaría a la hora de la cena. Oí un chirrido y luego un suspiro cuando se tumbó en la cama del cubículo adyacente. Cerré los ojos y no tardé en quedarme dormido. Soñé que oía a mi padre llamándome desde fuera de la habitación y que su voz me llegaba clara e intensa, pero cuando me levantaba del catre para reunirme con él, me encontraba con que la puerta del cubículo había sido reemplazada por otra tan gruesa y pesada como la de la celda de Broderick, y que estaba cerrada con llave.

 

Barak tenía el envidiable don de, justo antes de acostarse, decirse a qué hora quería despertarse y conseguirlo, al menos la mayoría de las veces. Sus toques en mi puerta me arrancaron de mis sueños atribulados. La celda tenía un aire lúgubre y al asomarme por la ventana vi que el sol estaba ya bajo. Me reuní con Barak en el vestíbulo. En esta ocasión había más personas allí: secretarios y dos abogados jóvenes con toga negra. Uno de ellos, un hombre menudo y delgado que se calentaba las manos al fuego, vio que lo estaba mirando e inclinó la cabeza con aire respetuoso.

—¿Acabáis de incorporaros, señor? —preguntó mientras nos estudiaba con ojos grandes y curiosos.

—Sí. Soy el abogado Shardlake, del Colegio de Lincoln, y él es mi ayudante, Barak. Estamos aquí para colaborar en la gestión de las súplicas al rey.

—Oh. —Parecía impresionado y sonrió—. Paul Kimber, señor. Procedo del mismo Colegio.

Hizo otra reverencia.

—¿Cuál es vuestra tarea en la Jornada? —pregunté.

—Supervisar la redacción de los contratos con los proveedores a lo largo del viaje, en el Despacho del Abastecedor. Bien, ayudo a hacerlo. He viajado con la comitiva real desde el principio y ha sido arduo negociar con estos bárbaros del norte.

Se rio con desdén.

—¿Sabéis dónde podríamos encontrar algo para cenar? —quise saber.

—En el comedor comunitario. Tenemos que compartirlo con los secretarios y los carpinteros, como buenos hermanos. Pero necesitaréis una acreditación, para que sepan que trabajáis en los tribunales.

—¿Dónde se consiguen?

—En el Despacho del Gran Hall. —Frunció la nariz—. No estoy seguro de dónde se encuentra ahora. Lo trasladan hoy a un recinto más grande, anticipándose a la llegada de la Gran Jornada.

—Bien, supongo que sabremos encontrarlo.

Fuera, el otoñal olor de la leña quemada impregnaba el aire. Me estremecí levemente, pues la humedad había aumentado. Un poco más allá, varios criados vestidos con blusones marrones daban de comer a la infinidad de animales que poblaban los cercados provisionales.

—Atajemos de nuevo por la iglesia —propuse—. Debe de estar muy cerca de la casa solariega.

Nuestros pasos volvieron a resonar en su interior, frío y poblado de sombras que se prolongaban a medida que la luz decrecía, con la agitación de los caballos en los establos como único sonido de fondo. Salimos por la puerta principal y nos detuvimos para observar la totalidad del patio. Los obreros parecían afanarse aún más en las labores de sierra y pintura. Nunca había visto a tantos hombres trabajar tan aprisa. Dos sirvientes descargaban de una carretilla faroles que contenían gruesos cirios blancos y los iban repartiendo. Muchas de las tiendas traslucían ya luz.

—Entonces, ¿tienen previsto trabajar toda la noche? —preguntó Barak.

—Eso parece. Esperemos por su bien que no llueva.

Me di la vuelta al oír un tintineo. El vidriero Oldroyd pasaba por nuestro lado lentamente, tirando de las riendas de su enorme caballo. Era un ejemplar espléndido, original de las tierras del centro, de la raza más grande y fuerte del país, y tiraba de una carreta rebosante de vidrio.

—¿Ha sido un día provechoso, amigo? —pregunté.

—Más bien ajetreado, señor —respondió con voz tenue. Se tocó el bonete y vi que su mano lucía un entramado de diminutas cicatrices, producto, sin duda, del trabajo de toda una vida—. Me permiten quedarme con el vidrio y el plomo como remuneración por mis servicios.

—¿Y qué hacéis con ello?

—Acaba en las casas de los nobles. Una bestia mítica o un campesino enfrascado en las labores de labranza queda muy bien en el panel central en una ventana, y resulta más económico que volver a tintar el vidrio. —Hizo una pausa—. Pero se me ha ordenado que funda las figuras de los monjes y de los santos. Es una pena, suelen ser hermosas.

Se atajó en seco y me miró con aire ansioso; semejantes comentarios podían interpretarse como una crítica a la política del rey. Sonreí para demostrarle que sus palabras no me habían ofendido. Por un instante pensé que iba a añadir algo más, pero agachó la cabeza de nuevo y siguió su camino, tirando del imponente caballo en dirección a la entrada del recinto.

Paseé la mirada por las tiendas, pensando que quizá vería a Lucas Hourenbout. Barak preguntó a un par de oficiales que pasaban a toda prisa si sabían dónde se encontraba el Despacho del Gran Hall, pero ambos se limitaron a negar con la cabeza; la prisa parecía seguir adueñándose de todo el mundo. Barak suspiró y asintió en dirección al pequeño puesto de guardia que había junto al acceso principal del patio, donde estaba apostado el soldado que comprobaba la documentación de quienes entraban y salían.

—Preguntémosle a él.

Nos encaminamos a la garita. Un joven sargento ataviado con la librea escarlata de los alabarderos del rey examinaba los documentos de un carretero. Tendría poco más de veinte años, era alto, muy rubio y de rostro apuesto y franco. En el interior de la caseta, sobre un estante que había debajo de la ventana, vi un Testamento abierto, uno de esos ejemplares con notas que explicaban el significado de ciertas palabras para el público poco versado en la lectura.

—Todo en orden —dijo y le devolvió los papeles al carretero, que tiró del caballo para acceder al patio.

—¿Sabes dónde está el Despacho del Gran Hall? —preguntó Barak—. Acabamos de llegar y estamos hambrientos.

—Lo lamento, señores. No lo sé. He oído que lo han trasladado.

—Eso nos han dicho.

—Sus pasteles no están mal —dijo el joven soldado, señalando con la cabeza a un hombre que ofrecía sus productos entre los carpinteros. El negocio no le iba muy bien.

—¿Os apetece otro pastel? —me preguntó Barak.

—Será mejor que pasarnos la noche deambulando entre todo este gentío.

Barak se acercó al pastelero, que lo recibió con una cortés reverencia: se encontraba en territorio real.

—Gracias —le dije al soldado.

—No hay de qué, señor. Esta noche todo es trajín y confusión.

—¿De dónde eres, sargento? —pregunté, tras detectar su acento sureño.

—De Kent, señor.

—Ah, sí, me ha parecido reconocer el tono. Trabajé allí hace unos años.

—La mayoría de los reclutados para la Jornada somos de Kent. Seiscientos arqueros llegarán el viernes con el rey. Él sabe que somos los mejores del país, y también los más leales.

Hice una seña con la cabeza hacia su libro.

—¿Amplías tus conocimientos?

Se ruborizó.

—Nuestro capellán dice que todos deberíamos aprender a leer bien.

—Es cierto. Buenas noches, sargento.

Salí y me reuní con Barak. Dimos cuenta de los pasteles observando a los artesanos. Era una escena extraordinaria: hombres pidiendo cosas a gritos, centenares de faroles encendidos y, arriba, los guardias patrullando las altas murallas con picas y arcabuces. Contemplé la silueta de la enorme y silenciosa mole de la iglesia. El cielo se oscurecía por momentos.

—No me iría mal volver a la cama —dijo Barak.

—Ni a mí. Anoche no dormimos.

Regresamos a la hospedería y la encontramos a rebosar de abogados y oficiales. Estábamos demasiado cansados para hacer algo más que asentir a sus saludos de camino a nuestras respectivas celdas. Me quedé dormido al instante.

 

Me desperté muy temprano, descansado al fin. Apenas había amanecido y de todas direcciones me llegaban los ronquidos y gruñidos de quienes dormían a pierna suelta. Me resultaba extraño despertarme antes que Barak. Me levanté y me vestí en silencio; me froté las mejillas y las encontré rasposas; llevaba varios días sin afeitarme y había llegado el momento de hacerlo.

Me apresuré a salir a la luz débil y neblinosa, blanca y calma. Caí en la cuenta de que, por primera vez desde nuestra llegada, en St. Mary reinaba el silencio; no se oían gritos, ni ruidos de sierras, ni carreras precipitadas. Los animales permanecían quietos en los establos y su aliento se condensaba en el aire. Cuando crucé el patio en dirección a la iglesia, el césped amortiguó el ruido de mis pasos. Estaba muy húmedo, debía de haber llovido por la noche. La bruma no me permitía ver el tejado. Pensé que solo dos o tres años antes, los monjes habrían estado ya atendiendo al servicio religioso y que sus cánticos se oirían desde allí.

Decidí cruzar la iglesia y ver qué aspecto tenía el patio principal. Una luz pálida se colaba por las ventanas, pero todas las capillas laterales, donde antes habría habido velas encendidas frente a las imágenes de los santos, estaban vacías y a oscuras. Me acerqué hasta los caballos, susurré unas palabras a Génesis ya Sukey, y seguí andando. A medio camino, me desconcertó oír un ruido, una especie de tintineo áspero que se repetía sin cesar. Al volverme vi sobre mí el perfil de maese Oldroyd, que ya estaba enfrascado cortando el plomo que circundaba un vitral.

Salí al patio. También allí reinaba el silencio; los enormes pabellones eran apenas dos formas fantasmagóricas entre la bruma. El acceso a Bootham estaba cerrado; junto a él, un centinela apoyado en la pica bostezaba somnoliento. No obstante, en la ventana de la casa del abad titilaban luces, y frente a la entrada varios oficiales pateaban el suelo para entrar en calor mientras tosían.

—Maese Shardlake. ¡Señor!

Me volví al oír la voz de una mujer. Era la joven Tamasin, que llevaba una capa de estambre con capucha y caminaba hacia mí. Me detuve.

—Señorita Reedbourne.

—Buenos días, señor —dijo con una reverencia—. Me alegro de encontraros. Quisiera agradeceros debidamente la ayuda que me prestasteis ayer. —Miró a su alrededor a través de la niebla—. ¿Está con vos maese Barak?

—Aún no se ha levantado —contesté—. Y tú, señorita Reedbourne, ¿no es muy temprano para que estés ya en pie?

Volví a pensar en la aventura del día anterior. Había sido una suerte para ella que la agresión se hubiese producido justo cuando nosotros pasábamos por allí. Ella me brindó una sonrisa.

—Tengo que reunirme con mi señora, Jennet Marlin, para ir a ver a los cocineros. Lady Rochford está descontenta con los preparativos de la cocina privada de la reina. A mi señora le espera un día muy ajetreado y deseaba empezar lo antes posible.

La observé con mayor detenimiento. De modo que trabajaba para Jennet Marlin, la mujer de aspecto amargo que el día anterior acompañaba a lady Rochford.

—Me temo que la señorita Marlin tampoco se ha levantado aún —concluyó la chica, arropándose con la capa—, pero tengo que esperarla aquí.

Asentí.

—Bien, yo debo proseguir con mis deberes —comenté.

—Tal vez más tarde vuelva a ver a maese Barak —añadió, sin prestar atención a mis fríos modales— y tenga ocasión de darle las gracias a él también.

—Estaremos muy ocupados. Dudo que nuestros caminos se crucen.

—Aunque es probable que lo hagan, ya que todos nos alojamos aquí…

Se interrumpió de súbito y ambos nos dimos la vuelta sobresaltados al oír un chillido que procedía de la iglesia; era un sonido atroz, animal, de una intensidad inhumana que me erizó el vello de la nuca. Un oficial ataviado con toga roja y que se dirigía a las obras también se detuvo en seco, boquiabierto.

—Por todos los santos, ¿qué…? —farfulló la chica.

El espantoso sonido se repitió, esta vez más cercano, y de pronto apareció ante nosotros una enorme forma borrosa que se acercaba rápidamente entre la bruma. En cuestión de segundos embistió al oficial, lo derribó de costado, haciéndolo rodar, y siguió avanzando en línea recta hacia donde nos encontrábamos Tamasin y yo.