Soberano

C. J. Sansom · Capítulo 12 de 50

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Soberano

Capítulo 12

 

La primera sensación que tuve al despertar fue la de una inusual calidez. Me deleité en ella un instante, cayendo en la cuenta de cómo me había acostumbrado al frío y la humedad de York. Pero ¿por qué estaba en York? Entonces lo recordé todo. Intenté incorporarme, pero un intenso y palpitante dolor en la nuca me lo impidió. Unas manos me sujetaron y volvieron a acostarme con delicadeza.

—¡Se ha despertado! —oí gritar a maese Craike—. ¡Traed el hipocrás! Tened cuidado, señor, habéis recibido un fuerte golpe en la cabeza.

Abrí los ojos: estaba tendido en el suelo, sobre varias esteras y entre un nido de cojines. Maese Craike aguardaba de pie a mi lado y se retorcía con ansiedad sus rechonchas manos. Barak apareció detrás de él con un jarro y un vaso.

—Bebed un poco, señor —dijo—. No mucho.

Tomé un sorbo de vino caliente. Su dulzura me reanimó. Intenté de nuevo sentarme, pero la nuca seguía doliéndome, y también la sien. Me la palpé y, al notar la mano pegajosa, advertí que la tenía manchada de sangre.

—No es tan grave como parece —se apresuró a informar Barak—. Ese golpe llegó sesgado.

Miré aturdido a mi alrededor; la estancia me resultaba familiar y comprendí que era el despacho de Maleverer, en la Heredad del Rey. El calor procedía de uno de esos braseros de carbón que se empleaban para caldear las habitaciones en las casas acaudaladas. Junto a la puerta había apostado un soldado con casaca roja armado con una pica, vigilándonos, y deduje que estábamos arrestados.

—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —pregunté.

—Algo más de una hora —contestó Barak—. Estaba preocupado.

En efecto, su semblante transmitía tanta inquietud como el de Craike.

—¿Recordáis lo que ocurrió, señor? —preguntó este último.

—Noté un golpe. El joyero se abrió en cuanto toqué el cerrojo, dentro había documentos. Los estaba mirando… ¡Barak! ¡El joyero! ¿Dónde está?

—A salvo. —Señaló con la cabeza hacia la mesa, donde descansaba el estuche con la tapa abierta—. Aunque está vacío —añadió, apesadumbrado.

—Documentos —repetí—. Estaba lleno de documentos.

Se le tensó el semblante.

—Estamos con la mierda al cuello —dijo—. Volví con varias tenazas, una media hora después de dejaros. Os encontré tirado en el suelo, en el despacho de maese Craike, y a él agachado a vuestro lado.

Echó un vistazo de desconfianza al responsable del alojamiento, quien le devolvió una mirada ceñuda.

—Los del despacho del administrador me pidieron la llave —dijo el achaparrado oficial—. Me habían dicho que no la precisarían hasta esta tarde, pero cambiaron de opinión. —Volvió a observar a Barak, en esta ocasión con aire altanero—. Podéis comprobarlo. Os busqué, pero no daba con vos. Al final fui al despacho. Al doblar la esquina oí pasos, alguien que bajaba por la escalera trasera. La puerta del despacho estaba abierta y vos, en el suelo. Y entonces entró este tipo.

Me palpé la cabeza con cuidado. Era asombroso que no estuviera muerto. Pensé que Oldroyd lo estaba y sentí una puñalada de terror en el estómago. Miré a Craike.

—Debisteis de interrumpir a la persona que me asaltó. Es probable que me hayáis salvado la vida. ¿Llegasteis a ver al fugitivo?

—No, solo oí sus pasos.

Solté un largo suspiro.

—De modo que los documentos han desaparecido. —Me volví hacia Barak. De no haber fracasado su tentativa de forzar el cerrojo, nada de eso habría sucedido. Intenté ordenar mis pensamientos—. Si quien me atacó oyó llegar a maese Craike, cogió los documentos y huyó. La caja habría sido más difícil de esconder. —Miré el desdichado objeto que con tanto celo había intentado proteger—. Sin los papeles, no tiene el menor valor.

Barak se acercó y se arrodilló para llenar mi vaso.

—Sí. Cualquiera podría esconderlos entre la ropa.

Inclinó la cabeza ligeramente hacia Craike, aún receloso de él.

Volví a mirar al guardia.

—¿Por qué se nos retiene aquí?

—Sir William llegó justo después de que os encontrara —explicó Barak—. Nos ordenó a todos que os trajésemos aquí. Ha ido a hacer ciertas pesquisas. —Se ruborizó—. Está terriblemente colérico con nosotros por haber abierto la caja. Yo confiaba en que estuviera vacía. ¿Qué eran esos documentos?

—Eran… No tenían sentido.

El guardia se movió.

—Debería avisar de que habéis despertado.

Abrió la puerta, habló con alguien que había fuera y luego regresó a su puesto, pica en mano. Instantes después oímos unos sonoros pasos; me estremecí al ver que la puerta se abría de golpe y Maleverer entraba.

Llevaba aún la ropa con la que había viajado: recias botas de montar y una capa salpicada de barro. Me miró con frialdad.

—Así que estáis despierto —espetó, sin más preámbulos—. Bien, ¿os importaría explicarme qué demonios está pasando? Regreso y me encuentro con que os han agredido aquí mismo, en la Heredad del Rey, a dos días de la llegada de Su Majestad.

Su acento de York se intensificaba a la par que aumentaba la ira en su voz. Arrojó la capa a un lado y se quedó con el jubón de terciopelo negro que llevaba sobre un blusón de seda. Una gruesa cadena oficial de oro destelló sobre su amplio pecho. Se plantó frente a mí con los brazos en jarras y me miró, airado. Traté de incorporarme con grandes esfuerzos.

—En la caja, sir William… La encontramos en la casa de Oldroyd. Contenía unos documentos…

Se inclinó hacia delante con los ojos desorbitados.

—¿Qué documentos? Deprisa, ¿qué eran? ¿Quién los vio?

—Solo yo. Cuando me atacaron, se los llevaron…

—Permitisteis que los robaran. Sois… —Se contuvo y se volvió hacia el guardia —. Espera fuera, es un asunto privado. Vos también, maese Craike. No, esperad. ¿Fuisteis vos quien encontró al abogado?

—Sí, ya os lo dije.

—¿Subisteis… —pregunté; la niebla comenzaba a disiparse en mi cabeza— a la planta superior y al llegar al rellano oísteis que alguien bajaba la escalera?

—Sí.

—Eso es lo que vos decís —espetó Maleverer tajantemente—. Y justo después este tal Barak os encontró agachado junto a su cuerpo.

—En efecto —confirmó mi ayudante.

—Ya veo. Estoy bajo sospecha —dijo Craike, apretando los labios.

Maleverer se volvió hacia Barak.

—¿Has estado con maese Craike desde que lo encontrasteis?

—Sí, sir William. Fuimos juntos a avisar a los guardias…

Maleverer miró de nuevo a Craike.

—De modo que si hubieseis empleado alguna clase de artilugio para romperle la crisma al abogado, aún lo llevaríais con vos… Y ahora también los documentos han desaparecido. Quitaos la toga, veamos si escondéis algo.

—No tengo nada que ocultar, señor.

Craike obedeció. Me alivió ver que debajo de la toga solo llevaba un jubón con los botones tensos sobre su prominente vientre. Maleverer hizo entrar al guardia.

—Regístralo. Comprueba que no lleve nada escondido en las calzas. —Se volvió hacia mí—. Esos documentos, ¿cuántos eran?

—La caja estaba mediada. Un fajo grueso.

Maleverer hizo un gesto afirmativo al guardia.

—Mira si lo lleva encima.

El guardia se acercó a Craike y lo palpó de pies a cabeza. Craike empezó a transpirar. El guardia miró a Maleverer y negó con la cabeza.

—Nada, señor.

Maleverer esbozó una mueca de decepción e indicó a Barak con un gesto.

—Ahora él, solo para estar seguros. —Observó a Barak mientras se sometía al mismo procedimiento, y luego miró con aire funesto a Craike—. Bien, podéis marcharos. De momento. Pero me resulta difícil creer que alguien os oyera subir la escalera y tuviera tiempo de huir sin ser visto. Os halláis bajo sospecha, señor. Hace tiempo que se os conoce por vuestras inclinaciones papistas.

Los ojos de Craike rebosaban miedo cuando dio media vuelta y salió de la sala. Maleverer se dirigió a mi ayudante.

—Tú puedes quedarte. En el pasado fuiste el hombre de confianza de lord Cromwell, ¿no es así?

—Estáis bien informado, señor —confirmó él con voz templada.

—En efecto.

Intenté levantarme. Barak me ayudó a llegar hasta una silla.

—¿Estáis bien? —preguntó Maleverer, observándome fijamente.

—Sí. Un poco mareado y con dolor en la nuca y la sien.

Gruñó.

—Para empezar, vuestra cabeza a duras penas se sostiene sobre vuestro cuerpo. —Cruzó la sala y se sentó frente una esquina del escritorio, posó un pie en él y cruzó los brazos. Me miró; sus ojos oscuros parecían aún más severos y penetrantes—. ¿Qué eran esos documentos que visteis?

—Solo ojeé los cuatro primeros. Había más, pero no llegué a verlos. El primero era un árbol genealógico de la familia real, caligrafiado.

—¿Dónde empezaba? No os precipitéis en contestar, quiero que estéis seguro de vuestra respuesta.

—Con Ricardo, duque de York, padre de Eduardo IV. Y su esposa, la duquesa Cecilia Neville.

Maleverer dejó escapar un suspiro que acabó transformándose en una carcajada amarga.

—Ah, sí. Todo empieza con Cecilia Neville. —Observé cierta tensión en su rostro —. ¿Podríais reproducir ese árbol?

—Sí, creo que sí.

Asintió.

—Sí. Los abogados siempre habéis tenido buena memoria para los documentos, sois capaces de citarlos para confundir a los hombres corrientes. Hacedlo hoy, aunque en secreto, y que Barak me lo traiga.

—Lo haré, señor.

—¿Y los otros?

—Había un papel garabateado que aseguraba narrar una leyenda de los tiempos de Merlín, según la cual nuestro actual rey se granjearía la animadversión de Dios y perdería el trono. —Dudé unos segundos—. Se refería a él como al Topo.

Maleverer sonrió, cínico.

—La leyenda del Topo. Esas falsas profecías circularon por centenares durante la Peregrinación de la Gracia. Parece que esa caja solo contenía basura. ¿Qué más?

—El tercer documento estaba escrito en pergamino. Era una copia oficial de un acta del Parlamento, aunque ninguna de la que yo haya oído hablar. Se titulaba Titulus Regulus.

Maleverer adelantó la cabeza.

—¿Qué? —Dudó unos instantes y luego preguntó, con voz muy tenue—: ¿La leísteis?

—No. Solo el título. Databa del reinado de Ricardo III.

Maleverer guardó silencio, pasándose un dedo por su negra barba, y al cabo dijo:

—No era un acta auténtica. Era una falsificación.

—Pero el sello…

—¡Por la sangre de Cristo! ¿No me habéis oído? Era una falsificación. —Se inclinó hacia delante—. Hecha por los seguidores de Lambert Simnel, que se hizo pasar por uno de los Príncipes de la Torre y desafió al padre del rey.

Era evidente que mentía. La mención del acta lo había afectado profundamente.

—¿Y el cuarto documento? —preguntó.

—También era distinto, un papel viejo y manuscrito. Aseguraba ser la confesión de un nombre llamado Edward Blaybourne. Decía que la hacía en previsión de su muerte, para que el mundo conociera su gran pecado.

Dio la impresión de que Maleverer contenía el aliento durante un segundo.

—Y ese gran pecado —añadió muy lentamente—, ¿mencionaba de qué se trataba?

—No había leído más cuando me golpearon.

—¿Estáis seguro? —Su voz se había reducido a un susurro.

Le mantuve la mirada.

—Sí.

Reflexionó unos instantes.

—Decís que el papel era viejo. ¿No llevaba fecha?

—Al menos, no en la cabecera. —Dudé—. Blaybourne es el nombre que mencionó maese Oldroyd.

Asintió.

—Sí, en efecto. Ese vidriero no era lo que parecía: formaba parte de la conspiración para derrocar al rey. —Me dirigió una larga y severa mirada—. ¿Juráis que no leísteis más de lo que me habéis referido, que no sabéis cuál fue el pecado de Blaybourne? Reflexionad antes de responder. Si mentís, os arriesgáis a sufrir graves castigos.

—Lo juraría sobre la Biblia, señor.

Me escrutó fijamente largo rato y después desvió la mirada. Por un momento, pareció distraído. Al cabo, volvió a observarnos, iracundo.

—Insensatos. Si hubieseis dejado la caja donde estaba y me hubieseis traído los documentos… —Apretó los puños—. Bien. El chico.

—¿El aprendiz?

—Sí. Barak dijo que lo visteis mirar hacia un punto determinado de la pared del dormitorio de su patrón, donde después encontrasteis el joyero. Ayer no tuve tiempo de interrogarlo, pues se me convocó al Consejo Real. —Hizo un gesto afirmativo al guardia—. Que lo traigan.

El guardia se ausentó. Maleverer se sentó al escritorio. Cogió una pluma y empezó a escribir con premura, haciendo alguna pausa ocasional para pedirme que le confirmara algún detalle sobre los documentos que había visto y tomando nota de mis respuestas. Desasosegado, miré a Barak y me alegré de haber dicho solo la verdad.

—Señor —aventuré—, ¿puedo preguntar para quién son estas notas?

—Para el Consejo Real —respondió sin rodeos y sin alzar la mirada.

Se oyeron unos golpes en la puerta. El guardia, ayudado por otro, arrastró al pelirrojo aprendiz al interior de la sala. El muchacho se encontraba en unas condiciones lamentables, con una mejilla y el labio inflamados y ensangrentados a consecuencia de los golpes de Maleverer. Solo llevaba el blusón, cuya espalda, que apenas le tapaba el trasero, estaba manchada de heces, como también el dorso de sus gruesas piernas. El hedor que desprendía bastó para hacerme retroceder.

—Se ha cagado encima por el camino —dijo el guardia.

Maleverer se echó a reír.

—Al menos no lo ha hecho aquí. Soltadlo.

Los guardias dejaron ir al aprendiz, que se tambaleó un instante y luego miró a sir William con ojos desorbitados.

—Bien, chico —dijo Maleverer—. ¿Dispuesto a hablar?

—¡Señor! —El joven unió las manos en un gesto de súplica—. ¡Señor, no he hecho nada! ¡Tened piedad!

—¡Deja de lloriquear, si no quieres perder más dientes! —Maleverer alzó uno de sus imponentes puños. El chico tragó saliva y se sumió en un trémulo silencio—. Veamos, ¿recuerdas que ayer, antes de que llegara yo, estos dos caballeros hablaron contigo?

Green nos miró, temeroso.

—Sí, señor.

—El abogado dijo que te vio mirar hacia un punto concreto de la pared en el dormitorio de maese Oldroyd. Hoy ha vuelto a la casa y ha encontrado un escondrijo. —Señaló hacia el joyero—. Eso estaba dentro —añadió. El chico desvió la mirada hacia la caja y palideció, aterrado—. Veo que la reconoces. Dime todo lo que sepas.

Green tragó saliva varias veces antes de conseguir pronunciar palabra.

—De cuando en cuando, mi maestro recibía visitas que subía a su dormitorio para mantener con ellas conversaciones secretas. Una vez… mi… miré por el ojo de la cerradura. Sentía curiosidad… Sé que está mal… El demonio me obligó a hacerlo. Los vi sentados en la cama y leyendo un montón de papeles. También vi el hueco en la pared y la caja. Oí decir a uno de ellos que aquello bastaría para que… el rey…

—¿Dijeron «el rey»? —preguntó Maleverer al captar la vacilación.

—No, señor. Dijeron… dijeron «el viejo Topo». —Green se encogió de miedo, pero Maleverer se limitó a asentir—. Me asusté y no quise oír más. Me fui.

—¿Cuándo ocurrió eso?

—A principios de año. En enero. Aún había nieve en el campo.

—Deberías haber acudido al Consejo del Norte, si oíste hablar en contra del rey —dijo Maleverer con tono amenazador.

—Te… tenía miedo, señor.

Maleverer siguió mirándolo largo rato y después dijo, muy despacio:

—Bien, chico, quiero que me digas quiénes eran esos hombres. Si mientes, puedes estar seguro de que probarás las empulgueras y el potro en la prisión de York. ¿Comprendes?

Green había palidecido y empezó a temblar.

—No… no los conocía. Vinieron muchas veces, desde finales del año pasado hasta que se descubrió la conspiración en primavera. No eran de la ciudad. Siempre venían de noche, cuando ya no quedaba trabajo por hacer.

—Descríbelos.

—Uno era alto y rubio, y tenía labio leporino.

—¿Edad?

—Unos treinta y cinco años, señor. Hablaba como un gentilhombre, señor, aunque su atuendo era humilde. Eso fue lo que me resultó extraño y despertó mi curiosidad.

—Hum. ¿Y el otro?

—También era un caballero, aunque tenía un acento raro, como si hubiese vivido en el sur. Hablaba un poco como él.

Me señaló con un dedo trémulo.

—¿Qué aspecto tenía?

—De la misma edad que el otro, quizá algo mayor. Era castaño y de rostro fino. Lo… lo siento, señor, es todo cuanto sé; si supiese más os lo diría, lo juro. —Y entonces se desplomó de rodillas, volvió a unir las manos y las alzó frente a Maleverer para suplicarle—: Oh, señor, tened piedad, no me enviéis a prisión, no puedo deciros más de lo que sé.

—Muy bien. Te dejaré ir, pero si dices palabra de esto, tendrás los grilletes puestos antes de que puedas darte la vuelta, ¿entendido?

—Sí, señor. Yo…

—¡Guardias! —llamó Maleverer. Los dos soldados entraron—. Llevaos a este desgraciado llorica y sacadlo fuera de las murallas.

—¿Lo lavamos y le damos ropa nueva?

—No. —Maleverer soltó una carcajada que más pareció un ladrido—. Dejadlo tal cual está, con el culo al aire y las piernas cagadas. Que recorra la ciudad así y que aprenda a no inmiscuirse en asuntos que no le conciernen.

Los guardias se llevaron al aprendiz. Un minuto después, apareció en el patio. Por la ventana, mientras Maleverer esbozaba una amplia sonrisa, lo vimos correr en dirección a la barbacana, tirando del blusón hacia abajo para intentar taparse mientras los transeúntes se reían. Maleverer se volvió hacia nosotros.

—Haré que lo sigan y lo vigilen —dijo.

Suspiró.

—El hombre rubio que ha descrito Green es el sastre Thomas Tattershall. ¡Maldita sea! Fue ejecutado en junio, de modo que no podrá decirnos nada más. No tengo la menor idea de quién puede ser el otro. Los conspiradores eran cautelosos, se organizaban en células, cada hombre solo conocía a dos o tres más, y sabían detalles muy limitados de la conspiración. Pero este asunto de los documentos llegó a lo más alto. —Me dirigió una mirada inesperada y cargada de rencor—. Haber encontrado esos documentos y después perderlos… Si hubierais dejado las cosas como estaban, le habría sonsacado la información al chico y habríamos ido a buscar la caja.

—Lo lamento, sir William.

Volvió a mirar por la ventana.

—Todo indica que quienquiera que matara a Oldroyd os agredió a vos, y os habría matado también de no haber aparecido Craike… a menos que fuera el propio Craike. Pero, si no fue él, ¿quién pudo hacerlo?

—Alguien que quiere esos documentos, a quien tal vez Oldroyd se negara a dárselos. —Dudé—. Alguien que lleva el gobierno de la Heredad del Rey. De algún modo consiguió las llaves de la sala capitular.

Maleverer se volvió y me miró, por primera vez, sin desprecio.

—Sí, buena observación. Todo esto podría incriminar a Craike. —Empezó a deambular por la sala; sus grandes pies, calzados con las recias botas de montar, hacían crujir los tablones del suelo—. Cuando informé de la muerte de Oldroyd al duque de Suffolk y mencioné el nombre de Blaybourne, se abrieron las puertas del infierno. El Consejo Real me ordenó hacerme cargo de la investigación. Y mantenerla en secreto. Desconozco quién o qué es Blaybourne, solo sé que tiene cierta conexión con el prisionero Broderick.

—¿Sabe algo Radwinter?

—No. Solo el Consejo Real, y Cranmer, en Londres. Habría sido preferible que Oldroyd no hubiese mencionado ese nombre, maese Shardlake; al hacerlo, os arrojó directo al avispero. Cuando el Consejo Real sepa que sois responsable de la pérdida de esos documentos, es probable que oigáis duras palabras de su boca, estad prevenido.

Sacudió la cabeza, apretando los dientes de ira y frustración.

—Lo lamentamos mucho —repetí.

—Al diablo con los lamentos. Ahora no son de ninguna ayuda. —Se acercó a nosotros y se detuvo ante mí observándome fijamente; tuve que forzar el cuello para sostenerle la mirada. Percibí el desagradable olor de quien ha cabalgado largas horas —. ¿Habéis referido a alguien las palabras del vidriero? ¿Lo que dijo acerca del rey y la reina, y ese nombre, Blaybourne?

—No, señor.

Fue a coger la caja y la examinó por todos los costados.

—Es vieja, no tendrá menos de un siglo. Un trabajo exquisito y valioso. Resulta extraño que alguien escogiera semejante objeto como caja fuerte. —Frunció el ceño en un gesto reflexivo—. ¿Quién podía saber que os encontrabais aquí con la caja? ¿Quién os vio?

—Un centenar de personas en el patio podrían haberme visto, pero de quienes conocemos… maese Craike, por descontado, a quien pedimos la llave; lady Rochford y la señorita Marlin, en el vestíbulo. Estaban con un joven barbado que se rio de mí por llevar la capa manchada de yeso.

Gruñó.

—Debe de tratarse de Francis Dereham, el secretario de la reina Catalina. Un joven insensato.

—También el guardia apostado en la barbacana, el sargento Leacon. Además de maese Wrenne y su mozo.

Dudé unos instantes; la mención de Jennet Marlin me había hecho recordar la treta de Tamasin.

—¿Qué? —se apresuró a preguntar Maleverer—. ¿Qué más?

Miré a Barak y luego respiré hondo.

—Hay algo que hemos descubierto esta mañana, señor. —Dirigí otra mirada fugaz a Barak—. Creo que debéis saberlo. Tiene relación con una de las doncellas de la reina, la señorita Reedbourne.

Barak se mordió un labio mientras yo le narraba a Maleverer lo que habíamos averiguado sobre el falso robo.

—Resolveremos eso ahora mismo —declaró Maleverer con firmeza.

Abrió la puerta y habló con el guardia. Barak me miró con aire reprobatorio. Vi que se preguntaba, como lo hacía yo, si Tamasin recibiría el mismo trato que Green. El hecho de que fuera una mujer no significaría nada para él.

—Ya no podemos ocultarle información —le susurré rápidamente—. Nada. ¿No ves el peligro que corremos?

Maleverer regresó.

—Han ido a buscarla. Y también a la otra mujer, Marlin.

Esperamos sumidos en un tenso silencio; luego oímos pasos fuera y unos toques en la puerta. Dos guardias hicieron entrar a una aterrada Tamasin Reedbourne, que llevaba un mandil sobre el vestido de faena. Tras ella entró Jennet Marlin. Dirigió una mirada tan cargada de odio a Maleverer que la sorpresa me hizo abrir aún más los ojos. Este recibió la mirada con una sonrisa desapacible. Tamasin observaba horrorizada la sangre reseca que yo tenía en la sien.

Maleverer se acercó a ellas. Miró fugazmente a la doncella más joven y después a la mujer de mayor edad.

—La señorita Marlin, deduzco.

—Sí, señor —respondió ella con frialdad—. ¿Por qué se nos ha traído aquí? Lady Rochford espera que…

—Al infierno con lady Rochford. —Se volvió hacia la pálida Tamasin y se acercó a ella con los brazos cruzados—. Y bien, señorita Reedbourne. ¿Sabes quién soy?

—Sí, señor. —Tragó saliva—. Sir William Maleverer.

—A ti y a la señorita Marlin os enviaron a York con lady Rochford para garantizar que los preparativos para la reina en la Heredad del Rey fueran satisfactorios. ¿Trabajas en la cocina?

—Soy confitera, señor —puntualizó ella.

—Una fregona. ¿Estás a las órdenes de la señorita Marlin?

—Sí, lo está —respondió Jennet Marlin—. Y yo estoy a las órdenes de lady Rochford.

—Cierra esa bocaza, no te he preguntado a ti. —Se volvió de nuevo hacia Tamasin—. Bien, estos caballeros me han referido una extraña historia. —Vi que Barak miraba a Tamasin con semblante angustiado mientras Maleverer descollaba sobre la muchacha, intimidándola con su estatura—. Aseguran que fingiste un robo para entablar contacto con ellos. Tienen pruebas. Aquí maese Shardlake participa en importantes asuntos de Estado. Puede que no lo parezca, pero así es. De modo que ahora vas a explicarme por qué pusiste en práctica ese juego y si tu señora está implicada en él.

Tamasin guardó silencio un momento y luego pareció serenarse; su respiración se calmó y el color retornó a sus mejillas.

—No era con maese Shardlake con quien buscaba entablar contacto —contestó llanamente—, sino con maese Barak. Lo vi pasar en su caballo por la ciudad y me gustó mucho. Después volví a encontrarlo y se me ocurrió detenerlo. La ciudad estaba llena de mendigos y sabía que lo harían por un chelín. —Dirigió una mirada fugaz a Barak, ya bastante ruborizada, y volvió a mirar a Maleverer—. Merecía la pena gastar una moneda —concluyó, con una nota desafiante en la voz.

Maleverer le asestó una sonora bofetada. Barak dio un paso hacia él. Lo agarré de un brazo; el brusco movimiento me hizo palpitar la cabeza. Tamasin se llevó una mano a la cara pero no lloró; se limitó a clavar la mirada en el suelo, trémula.

—No oses hablarme de ese modo, criatura insolente —le espetó Maleverer—. ¿Eso es todo, pues? ¿Urdiste el plan solo porque te gustaba ese patán?

—Eso es todo, señor. Lo juro.

Maleverer la sujetó por el mentón y le levantó la cabeza rudamente para mirarla a los ojos.

—Eres una criada testaruda, descarada e indómita. Señorita Marlin, asegúrate de que lady Rochford es informada de la conducta de esta muchacha. Te conviene hacerlo, por si se da el caso de que te envían de vuelta a Londres. Deduzco por tu acento que eres de allí.

—Sí, señor.

—Entonces vete, vuelve con las demás fregonas. Y tú, señorita Marlin, vigila mejor a tus criadas en lugar de ir por ahí lamentando la injusticia que sufre tu prometido y suscitando las burlas de todo el mundo.

Jennet Marlin enrojeció.

—¿Así que por eso nos han traído aquí? ¿Temíais que hubiese implicado a Tamasin en alguna conspiración? ¿Que yo no fuera leal? —Alzó la voz—. Soy una víctima, como lo es el pobre Bernard.

Maleverer se acercó a ella, pero la dama no se inmutó y le sostuvo la mirada. No pude por menos que admirar su coraje.

—¿Acaso tú también quieres una bofetada, bruja arrugada? No creas que no te la daría.

—No lo dudo, señor.

—Bah, marchaos. Me estáis haciendo malgastar el tiempo.

Se dio media vuelta y ambas mujeres salieron de la estancia, Tamasin con el rostro encendido.

Maleverer miró asqueado a Barak.

—De modo que eso era todo. Por los clavos de Cristo, las cosas que pueden llegar a hacer los sirvientes de la realeza en esta Jornada. A esas dos no les iría mal una buena azotaina. —Me miró—. ¿Dijisteis que esa criatura, la tal Marlin, os vio entrar en el vestíbulo con la caja? ¿La conocéis?

—He intercambiado con ella unas palabras —contesté—. Me habló de su prometido, me dijo que está preso en la Torre.

—Es su único tema de conversación. Pese a lo bien que conoce esta región, no se le debería haber permitido participar en la Jornada; tiene fijación con la inocencia de ese papista de Bernard Locke. Ha ido detrás de él desde que era niña. Tuvo que esperar a cumplir los treinta y a que su primera esposa muriera; solo entonces consiguió, no sin escatimar agasajos, que se le propusiera. Y entonces a él lo encerraron en la Torre. —Soltó una risotada rayana en el ladrido—. Bien. Haced una copia de ese árbol genealógico. Y sed prudente, los ojos del Consejo Real estarán observándoos. Haré que traigan a maese Wrenne para interrogarlo. —Debió de percibir la consternación en mi rostro, porque añadió—: ¿No lo aprobáis?

—Es solo que… parece un anciano inofensivo.

—¿Inofensivo? —Maleverer soltó otra carcajada exenta de humor—. ¿Cómo podéis saber quién es y quién no es inofensivo en este lugar?

 

Fuera concluían los últimos preparativos para la llegada de la comitiva real. Los obreros colocaban grandes telas doradas sobre las tiendas. Una hilera de carretas se prolongaba desde la barbacana hasta la iglesia, todas ellas cargadas con balas de heno; el lecho y el forraje para todos los caballos que pronto llegarían. Hacía frío; soplaba un viento crudo y el cielo estaba encapotado. Respiré hondo y sentí un leve mareo. Barak me sujetó por un brazo.

—¿Estáis bien?

—Sí. —Lo miré—. Siento lo de la señorita Reedbourne, pero tenía que decirle lo que sabía.

Se encogió de hombros.

—Bueno, ya está hecho.

—Ven, tengo que trazar ese árbol genealógico. Santo cielo, Maleverer es un animal. Espero que no sea muy duro con maese Wrenne.

—Creo que el anciano sabe cuidar de sí mismo.

—Confío en que así sea.

Barak volvió la mirada hacia la casa.

—Hemos salido airosos.

—No estés tan seguro —dije—. Dudo que Maleverer nos deje en paz. Por no mencionar a las personas para quienes escribía esas notas.