Soberano

C. J. Sansom · Capítulo 36 de 50

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Soberano

Capítulo 36

 

Permanecimos en Leconfield tres días, en las tiendas instaladas en el prado que quedaba detrás del foso. El rey tenía asuntos que despachar, según supimos; los escoceses estaban saqueando los pueblos fronterizos, un indicio inequívoco de que al rey Jacobo no le interesaba un acercamiento con Inglaterra. Al fin y al cabo, tal vez el refuerzo de las defensas en Hull no fuera mala idea.

Los participantes en la Jornada tenían prohibido traspasar los terrenos que rodeaban el campamento, pero yo ni siquiera llegué hasta ellos; me quedé en la tienda, descansando. El reposo me sentó bien y noté que empezaba a relajarme y a ser capaz de distanciarme un poco de mi encuentro con la muerte en Howlme. El único ejercicio que hice fue una visita diaria al carruaje de Broderick, situado en el campo adyacente y sometido a una vigilancia férrea. Broderick parecía haberse encerrado en sí mismo: acostado a todas horas en el jergón, apenas reaccionaba ante mi presencia. Radwinter tampoco dijo mucho; se mostró hosco y no hizo gala de su habitual verborrea. Quizá mi acusación de locura había tocado al fin fibra sensible.

 

En mi primera mañana en Leconfield, me armé de valor para hacer otra visita a Maleverer. Los guardias me llevaron hasta un patio interior del castillo. Al entrar, sentí un vuelco en el corazón, pues lo vi paseando y charlando con Richard Rich. Ambos me miraron, sorprendidos. Me descubrí e hice una reverencia.

—Maese Shardlake de nuevo —dijo Rich con una sonrisa en su alargado rostro. Recordé que en Howlme me había visto salir de la carpa de la reina, donde lady Rochford me había convocado, y me pregunté si estaría refiriéndose a eso, pero se limitó a añadir—: Tengo entendido que habéis salido con bien de una tentativa de asesinato perpetrada por una mujer. Santo Dios, me habría facilitado la vida que el intento hubiese prosperado. Me habría ahorrado los quebraderos de cabeza que me está provocando el caso Bealknap.

Se echó a reír y Maleverer, lisonjero, hizo lo propio. Estaba ya tan acostumbrado a las mofas de Rich que en esa ocasión no me afectaron. Miré a Maleverer.

—Precisamente quería hablar con vos acerca de la señorita Marlin, sir William.

Maleverer se volvió hacia Rich.

—Es un tipo astuto. A veces se le ocurren buenas ideas. Averiguó la verdad sobre el envenenamiento de Broderick.

—Averigua demasiado —gruñó el otro—. Voy a dejaros, sir William; podemos hablar de ese asunto más tarde.

Y, dicho esto, se alejó. Maleverer me miró con gesto adusto.

—¿Y bien, abogado Shardlake?

Le dije que había estado cavilando sobre la actitud de Jennet Marlin para conmigo en la almenara.

—Me he preguntado si realmente fue ella quien me agredió en la Heredad del Rey. De hecho no llegó a confesarlo, y resulta extraño que me dejasen con vida para luego perseguirme. —Lo miré—. Quizá lo hicieron para evitaros y actuar después frente a Cranmer.

Frunció el ceño y se mordió una uña, larga y amarillenta.

—Lo cual significaría que, después de todo, esos documentos están en manos de los conspiradores.

—Sí, sir William. En efecto.

—Habéis pensado demasiado. Si los conspiradores tuviesen los documentos, ya los habrían utilizado.

—Podrían estar esperando la… la ocasión idónea.

Me miró entornando los ojos.

—¿Habéis comentado con alguien más esta ocurrencia vuestra?

—Solo con Barak.

Maleverer gruñó.

—¿Y qué opina él?

—Él también cree que no son más que especulaciones —respondí tras una leve vacilación.

—Exactamente. Olvidadlo. ¿Me habéis oído? Olvidadlo.

Torció aún más el gesto.

«Si lo pusiera en conocimiento del Consejo Real y ellos consideraran que los documentos podrían estar en manos de los conspiradores, su reputación se resentiría justo cuando creía que todo está ya zanjado», pensé.

—Muy bien, sir William.

Hice una reverencia y me di la vuelta para marcharme. Al llegar a la puerta, me llamó.

—¡Maese Shardlake!

—¿Sí, sir William?

Tenía una expresión iracunda, consternada.

—Sir Richard Rich está en lo cierto: sois un hombre molesto.

 

El tiempo se mantuvo benigno los dos días siguientes, aunque parecía que el frío empezaba a arreciar. Leconfield era un lugar hermoso; el castillo y los prados circundantes, rodeados de bosque, lucían los intensos colores del otoño. No obstante, las horas transcurrían lentas. Barak, Giles y yo matábamos el rato jugando a las cartas en la tienda, envueltos en las capas. Cuando hubimos perdido todo nuestro dinero a manos de Barak, cambiamos las cartas por el ajedrez, y Giles y yo le enseñamos a jugar con piezas que dibujé en trocitos de papel. No vimos a Tamasin, pues no habría sido adecuado que viniera a visitarnos a nuestra tienda. Barak se encontraba con ella la mayor parte de las noches y paseaban por el campamento, pues podía caminar ya con la ayuda de un bastón. Tamasin me había evitado desde nuestra discusión. Debía de habérselo contado a Barak, ya que él se había mostrado algo incómodo conmigo desde entonces.

En la mañana del tercer día salí de la tienda con Giles y juntos contemplamos los bosques de vividos colores otoñales. Me pareció que estaba notablemente más delgado, que ya no era el recio roble de antaño.

—¿Cómo os encontráis? —le pregunté.

—Tengo dolores —contestó, con voz tenue—, pero el frío en estas tiendas es lo peor. Me mina la energía. —Se miró las grandes manos y se ajustó el anillo de la esmeralda—. Estoy adelgazando. Si no voy con cuidado, cualquier día perderé esta sortija. Lo lamentaría, era de mi padre.

—Tal vez en Hull volvamos a disponer de paredes de ladrillo y de hogares. Tengo entendido que es una ciudad grande.

—Ya me he encargado de eso. —Me guiñó un ojo—. He hecho llegar un poco de oro a uno de los subordinados de maese Craike que me ha garantizado una habitación en una posada. También para Barak y para vos.

—Es un gesto muy generoso, Giles.

—No. —Esbozó una sonrisa irónica—. Debo dar un buen uso a mi dinero. Pronto dejaré de necesitarlo. Pero, Dios mío, echo de menos la chimenea y la compañía de Madge. —Me miró—. He pensado en ella en mi testamento, acabará sus días con holgura. Y vos os quedaréis con mi biblioteca.

—¿Yo?

La noticia me pilló desprevenido.

—Sois el único hombre que conozco que sabrá valorarla. Pero os pido que donéis los viejos libros de leyes a la biblioteca del Colegio de Gray. Me gustaría que mi vieja escuela los tuviera.

—Pero… vuestro sobrino…

—Martin recibirá mi casa y todo lo demás. Redacté un testamento nuevo antes de partir de York, pero quiero verlo, quiero decírselo personalmente.

Posé una mano en su brazo.

—Lo haréis.

Por un instante, pareció entristecerse. Luego ambos nos sobresaltamos al oír el bramido de un cuerno de caza. A lo lejos vimos una procesión de jinetes ataviados con llamativos ropajes y cabalgando hacia los bosques; una nutrida jauría de galgos corría junto a los caballos.

—El rey sale de caza —dijo Giles—. He oído decir que camina y cabalga con tanta dificultad que ahora tiene que ocultarse con el arco y las flechas, y disparar a los venados mientras los galgos y los criadores los acercan a él. Él, que en su juventud fue considerado el mejor atleta de Europa.

«El rey. ¿El legítimo rey?», volví a preguntarme.

 

La tarde del día siguiente nos ordenaron que nos preparáramos para reanudar el viaje hacia Hull al amanecer del primero de octubre. El nuevo mes llegaba con intensos vientos y lluvias del este, dificultando la tarea de reunir a la comitiva, y de encontrar los caballos y nuestro puesto en la cabalgada. Los campos eran auténticos fangales; las ruedas de todos los carros e incluso las orillas de las capas de los oficiales quedaron rebozadas en él. Barak se hallaba ya en condición de cabalgar; el descanso forzoso había contribuido a su recuperación. Aun así, probablemente habría preferido volver a viajar en el carruaje cubierto mientras avanzábamos lentamente con la cabeza inclinada contra la copiosa lluvia.

Felizmente, el aguacero cesó al poco rato, cuando nos acercábamos a la ciudad de Beverly. La cruzamos deprisa y seguimos cabalgando por aquella tierra llana, salpicada de campanarios blancos que ubicaban los escasos pueblos por los que íbamos pasando. El camino empezó a descender lentamente, entre campos de fértil tierra negra, y avanzada la tarde distinguimos a lo lejos un vasto estuario gris, más ancho que el Támesis a su paso por Londres, y moteado de velas.

—Ya casi hemos llegado —dijo Giles, que avanzaba a mi lado, con alivio.

—Solo falta el trayecto en barco hasta casa —comenté. También yo me sentí más ligero ante aquella perspectiva—. Entonces, ¿ese es el Humber? Es muy ancho.

—Sí. Zarparemos de allí, pasaremos por Spurn Head y navegaremos por el mar del Norte.

—¿Habéis visitado Hull en anteriores ocasiones?

—En una o dos, por asuntos legales. De la última hace ya casi veinte años. Allí están las murallas.

Miré hacia donde me indicaba y vi una ciudad amurallada, delimitada por el estuario gris y un río menos caudaloso que desembocaba en él. Era más pequeña de lo que esperaba, aproximadamente la mitad de York.

—Las murallas tienen un color extraño, rojizo —comenté.

—Son de ladrillo —contestó Wrenne—. Todos los ladrillos que se emplean en Yorkshire llegan a través de Hull.

Al acercarnos a la villa, vi un gran grupo de dignatarios aguardando frente a la muralla para saludar al rey en su segunda visita. El convoy se detuvo y esperamos montados a que concluyera la bienvenida al séquito real. La densidad de la comitiva me impidió verlo. Me alegraba de que así fuera, pues incluso la imagen de los dignatarios allí congregados me había evocado de nuevo el episodio de Fulford, que aún me crispaba y abochornaba. Distinguí a Dereham y Culpeper, a caballo entre los cortesanos.

Al cabo, los oficiales empezaron a afanarse de un lado a otro, indicándonos dónde pernoctaríamos. Vi a maese Craike entre ellos, cotejando varios documentos en su escribanía. Por fortuna, los llevaba sujetos con una pinza, pues el viento los sacudía. Vino hasta donde nos encontrábamos.

—Maese Shardlake —saludó—. Os alojaréis en una posada. También vos, maese Wrenne, y el secretario, Barak. Al parecer, alguien lo ha aprobado.

Nos dirigió una mirada de suspicacia y me pregunté si sospecharía del soborno. Varios abogados que estaban cerca y que volverían a dormir en tiendas instaladas en los campos nos observaron con envidia.

—Voy a escoltar a los que vais a alojaros en Hull, si es que estáis en disposición de caminar. Vuestros caballos serán llevados a establos.

Así, Giles, Barak y yo fuimos a pie hasta la ciudad con Craike. Nos encontrábamos entre un afortunado grupo de oficiales, de rango muy superior al nuestro, que iba a pernoctar en la ciudad. Al acercarnos a la muralla de ladrillo, vi en lo alto otro esqueleto colgado de cadenas. Sir Robert Constable, supuse, en cuya mansión de Howlme se habían instalado los monarcas. Wrenne desvió la mirada; tenía una inequívoca expresión de asco pintada en el rostro.

Franqueamos la entrada y enfilamos la calle principal, que, según me informó Craike, se llamaba Lowgate. Los edificios estaban en mejores condiciones que los de York y sus habitantes parecían disfrutar de mayor prosperidad. Nos miraban con absoluto desinterés a medida que se apartaban para abrirnos paso. Era la segunda visita del rey; ya habían visto todo aquello antes.

—¿Cuánto tiempo permaneceremos aquí? —le pregunté a Craike.

—No lo sé. El rey quiere organizar las nuevas defensas.

—¿Dónde se aloja?

Craike señaló a nuestra izquierda, donde un puñado de altas chimeneas descollaba sobre las casas de tejado rojo.

—Esa será su casa solariega. Antes pertenecía a la familia De la Pole.

«Otra mansión de la que se ha apropiado», pensé. Craike parecía reticente a conversar, pero insistí.

—Tenemos que regresar a Londres en barco. ¿Seremos muchos los que lo hagamos?

—No. Después de Hull, la Jornada cruzará el río y se dirigirá a Lincoln. Allí se divide.

—Tenemos que llegar a nuestro destino lo antes posible.

Craike alisó los papeles con una de sus carnosas manos cuando el viento volvió a agitarlos.

—En tal caso, confío en que el tiempo os permita navegar. —Se detuvo ante la puerta de una posada—. Bien, es aquí.

Dentro ya esperaban varios caballeros que observaron con remilgo nuestras togas de abogados. Craike nos hizo una reverencia.

—Debo volver ya; sin duda, mis subordinados habrán confundido los alojamientos. Esto es una pesadilla.

Se dio media vuelta y se marchó.

—No es el más cordial de los hombres —observó Wrenne. Barak, apoyado en la muleta, esbozó una sonrisa pícara.

—Debe de tener otras cosas en la cabeza.

 

Barak y yo ocupamos una confortable habitación situada en la parte posterior de la posada; Wrenne se instaló en la contigua. La nuestra tenía un hogar y buenas vistas sobre los tejados rojos de las casas que descendían hacia las lodosas márgenes del río menos caudaloso. Volvía a llover; gruesas gotas de agua salpicaban la pequeña ventana de losanges. Barak se sentó en la cama, aliviado. Yo cogí las alforjas, aunque no sabía muy bien qué desembalar. En ese instante oí fuertes pisadas en la escalera. La puerta se abrió sin previo aviso y Maleverer se precipitó al interior. Paseó la mirada por la habitación.

—Vaya, os cuidáis bien —comentó, sarcástico—. He venido a comunicaros que Broderick ha sido llevado a una prisión de Hull. Radwinter va con él. Los presos de un ala han sido evacuados. —Se pasó la mano por el borde de su barba negra como el carbón, en su gesto habitual—. Tengo nuevas órdenes para él procedentes del Consejo Real. No sabemos cuándo llegaremos a Londres con este tiempo.

—¿Podríamos demorarnos? —pregunté.

—Es posible. De modo que el rey ha ordenado que Broderick sea interrogado aquí, en Hull. En la prisión disponen de un potro de tortura. Voy a supervisarlo en persona.

Todo aquel tiempo había confiado en que, de algún modo, Broderick pudiera eludir lo que le aguardaba. Y resultaba que iba a ocurrir al día siguiente.

—Está muy débil —aduje.

Maleverer se encogió de hombros.

—Debe hacerse. No creemos que sepa con exactitud qué contenía esa maldita caja, pero debemos descartar cualquier posibilidad. Y también es posible que conozca los nombres de los conspiradores de Londres. Siempre hemos sabido que en el seno de la conspiración participaron abogados londinenses, pero no hemos conseguido atraparlos. —Maleverer hizo crujir sus dedos estrepitosamente—. Así que ya veremos lo que le sonsacamos mañana. Y, mientras tanto, también interrogarán a Bernard Locke en la Torre acerca de la misión que encargó a la señorita Marlin.

Escruté su riguroso y despiadado rostro. Para él, aquello no era sino una tarea más, otro trabajo. Me dedicó una sonrisa breve y torcida, y se marchó. Barak se quedó mirando la puerta cerrada.

—Dios. Es muy duro. Tanto como lord Cromwell.

 

Apenas dormí esa noche. Me quedé acostado, pensando en lo que le deparaba a Broderick y recordando sus socarronas acusaciones de que lo estaba manteniendo con vida para entregarlo al torturador. A Bernard Locke ya le habría llegado la hora. La crueldad de Maleverer me hizo estremecer. De madrugada, me levanté con sigilo para no despertar a Barak, que roncaba suavemente, y me acerqué a la ventana. Era noche cerrada, un fuerte viento arrojaba las gotas de lluvia contra los vidrios. Me pregunté si Broderick estaría despierto en su celda, tal vez intentando armarse de valor para enfrentarse al potro de tortura. Una hoja de haya fue a pegarse contra la ventana y se enrolló sobre sí misma hasta adoptar la forma de un dedo acusador.

 

Maleverer volvió a la posada después del almuerzo. Barak, Giles y yo jugábamos a las cartas. Todos estábamos de un pésimo humor, pues llovía y el viento arremetía con mayor furia que nunca; un auténtico temporal de otoño. El posadero nos había dicho que era insólito que el viento soplara con tanta fuerza procediendo del sudeste y siendo octubre; pero, mientras no amainara, no podríamos zarpar.

—Dejadnos a solas —pidió cortésmente a los otros—. Quiero hablar con maese Shardlake.

Los dos salieron. Maleverer se desplomó en la silla de Barak, que crujió con fuerza, y me dedicó una sonrisa gélida.

—Estabais en lo cierto con respecto a Broderick —dijo, sin preliminares.

—¿Cómo?

—Estaba débil. Ya lo advertí cuando lo trajeron. Yo tenía preparada una sala, con el potro de tortura en un rincón y las varas de hierro al fuego, para que viera lo que le aguardaba. —Hablaba como si describiera los preparativos de un banquete—. Radwinter lo acompañó, ansioso. No obstante, Broderick apenas se dignó mirar los instrumentos y cuando le dije que sentiría en carne propia sus efectos a menos que hablara, se limitó a urgirme para que acabara cuanto antes. No le falta coraje. — Maleverer apretó los labios—. De modo que lo hice, lo coloqué en el potro de tortura y, dado que no podía confiar en ninguno de los carceleros y no quería que oyeran lo que Broderick podía confesar, los hice salir. Radwinter y yo hicimos girar las ruedas. Broderick guardó silencio un minuto largo, luego gritó y se desmayó. —Maleverer sacudió la cabeza—. Nos llevó varios minutos reanimarlo. Empezaba a preocuparme y Radwinter de pronto se puso nervioso, dijo que debíamos parar.

—En una ocasión un preso murió víctima de sus atenciones —comenté—. No se puede decir que la noticia complaciera al arzobispo Cranmer.

—Si Broderick muriera estando a mi cargo y antes de hablar, el rey me castraría. —Maleverer me miró con severidad—. ¿Qué creéis que le ocurre?

—Debilidad y agotamiento. Por el tiempo de reclusión y el envenenamiento, y el encierro posterior en ese carruaje.

Gruñó.

—Teóricamente erais vos el encargado de garantizar su buena salud.

—Hice todo cuanto pude.

—Bien, yo mismo me ocuparé de que llegue a la Torre en mejores condiciones. Me encargaré de que coma bien. Radwinter no osará desafiarme. Vuestras obligaciones en este asunto han concluido.

—El arzobispo Cranmer…

—Mis órdenes proceden del Consejo Real.

—Entiendo.

De modo que mis obligaciones habían llegado a su fin. Podía lavarme las manos con respecto a Broderick. Como Poncio Pilatos.

—Sir William —me aventuré a añadir—. ¿Sabéis cuánto tiempo permaneceremos en Hull?

Por toda respuesta, señaló con la cabeza hacia la ventana.

—Hay un barco esperando y, al igual que Broderick, varios oficiales han de regresar a Londres cuanto antes. No obstante, debemos aguardar a que el tiempo mejore, pues no avanzaríamos más deprisa por las carreteras con esta lluvia, especialmente el carruaje de Broderick —respondió, al tiempo que contemplaba con furia la lluvia que caía tras la ventana.

—¿Sigo teniendo permiso para regresar en barco?

Canceladas mis obligaciones como escolta, no había necesidad de que regresara a Londres a toda prisa, pero sentía una necesidad perentoria de llegar a casa, y había que pensar en Giles y Barak. Creía que iba a negarse y me sorprendí al ver que asentía.

—Me preguntaba, señor —añadí—, si cuando zarpemos maese Wrenne podría venir con nosotros. —Dudé al recordar una promesa previa—. Y también la señorita Reedbourne.

Se encogió de hombros.

—Me trae sin cuidado. Consultadlo con el despacho del Chambelán, si queréis. Hay plazas, pero los oficiales os pedirán dinero a cambio.

—Gracias.

—No me las deis hasta que estéis a salvo en Londres —repuso.

Advertí un brillo enigmático, burlón, en su mirada. Cuando salió, me dejó con una sensación de desasosiego.