Soberano
Capítulo 19
Volvíamos a encontrarnos frente al escritorio de Maleverer. Dos guardias nos habían escoltado por la Heredad del Rey, donde criados y oficiales lujosamente vestidos caminaban en decoroso silencio. Los reyes debían de estar en la planta superior, en las dependencias reales. Recordé a los hombres que esa misma mañana se afanaban en subir el colchón gigante por la escalera.
Maleverer estaba sentado al otro lado del escritorio, ataviado con un jubón de seda roja y con una cadena oficial colgada al cuello. Nos indicó con un gesto que nos acercáramos y nos escrutó a conciencia.
—Bien, señor abogado, os dije que el Consejo Real enviaría a alguien para que hablara con vos. —Esbozó una sonrisa artera cuando oímos unos pasos que se acercaban—. Os interesará saber a quién han enviado.
No contesté. Alguien llamó a la puerta de forma perentoria. Maleverer se puso en pie y, justo antes de hacer una profunda reverencia, su gesto bravucón se transformó en una expresión de cortesía lisonjera. En ese instante, sir Richard Rich, ataviado con una magnífica toga de terciopelo verde oscuro ribeteada con piel de castor, entró en la sala.
—Sir Richard. Es un honor. Por favor, tomad asiento en mi silla.
—Gracias, sir William —contestó Rich con mansedumbre.
Se sentó y Maleverer se situó a su lado con aire respetuoso. Rich me miró. En su rostro de tez blanquecina se dibujó una sonrisa ácida.
—Maese Shardlake, colega de profesión. Os vi en York la otra noche. Conozco a maese Shardlake, sir William.
—Es un hombre sumamente molesto —dijo Maleverer.
—Lo sé bien. —Rich me escrutó con sus ojos grises y fríos—. Tuvimos varios… encuentros el año pasado, y nos queda otro pendiente en Chancery.
—¿Sí?
—Pero ¿sabíais, sir William, que esta tarde maese Shardlake tuvo el honor de que el rey le hablara? O, al menos, de que hablara de él.
—Me han contado algo al respecto.
—Es la comidilla de todos los secretarios. Maese Shardlake fue designado para presentar las quejas y los lamentos de los suplicantes de York a Su Majestad en Fulford Cross, junto con un abogado local…
—El viejo Wrenne.
—¿Es ese su nombre? Deberíais haber visto a maese Shardlake y al tal Wrenne frente al rey. Wrenne es un anciano bien parecido, alto y erguido, y de lejos parecían un hombre de edad, ya retirado y orgulloso, con la vieja bruja de su esposa encorvada a su lado. —Rich se rio—. El rey comentó que hay buenos hombres en el norte, mejores que algunas de las criaturas que nacen en el sur.
Maleverer me miró y sonrió.
—Su Majestad siempre ha sabido apreciar el valor de una broma oportuna. Los habitantes de York la habrán agradecido.
—En efecto. No paraban de reírse.
Maleverer volvió a dedicarme una sonrisa malévola.
—Ya veis, maese Shardlake, habéis ayudado un poco al rey a doblegar al norte a su voluntad.
Me esforcé por no perder el control.
—En tal caso, me alegro.
Maleverer se echó a reír.
—Buena respuesta, ¿eh, sir Richard?
Rich gruñó.
—Una respuesta sarcástica, conociendo a nuestro amigo. —Unió las manos y se inclinó hacia delante—. Pero ahora nos ocupan otras cuestiones. Maese Shardlake, me refiero a vuestra tenencia de un conjunto de documentos… unos documentos muy importantes, más de lo que podéis imaginar. Y habéis permitido que os los roben. Sir William me ha referido lo que ocurrió, pero quiero oír la historia de vuestra boca.
—Muy bien, sir Richard.
Le narré nuestra visita a la casa de Oldroyd, el hallazgo del escondrijo en la pared y los documentos, y la posterior agresión que había sufrido. Rich torció el gesto al oír que Barak había intentado abrir la caja.
—No teníais derecho a abrir ese joyero. Vuestro deber era dejarlo intacto hasta que sir William regresara.
—Lo lamento, sir Richard.
—Y yo —dijo Barak.
Rich resopló y se volvió hacia mi ayudante.
—Tú, patán, por lo visto crees que aún puedes tomarte ciertas libertades, como si lord Cromwell siguiera con vida. Bien, pues está muerto. Ambos sois un par de entrometidos insensatos. —Guardó un breve silencio reflexivo y ceñudo—. ¿Quién os vio traer el estuche a la Heredad del Rey?
—Cuando entramos en la casa, lady Rochford y la señorita Marlin estaban con el secretario Dereham. Nos miraron. Yo llevaba la capa manchada de polvo.
Rich abrió más los ojos.
—¿He entendido bien? ¿Cómo es posible que tengáis conocidos en la corte?
—No son conocidos, sir Richard, sino… hum…
Miré a Barak.
—Barak ha tenido ciertos devaneos con una criada a cargo de la señorita Marlin —explicó Maleverer.
—¿A quién más conocéis? —espetó Rich.
—Solo a maese Craike, que nos permitió dejar el joyero en su despacho. Y a maese Wrenne, a quien encontramos por el camino, y el sargento apostado en la barbacana.
—He interrogado a los tres —intervino Maleverer—. Y a la chica. Y al aprendiz de Oldroyd, pero tampoco dijo nada de utilidad.
—Es probable que nos vieran muchas más personas que no conocemos —añadí.
Rich meditó la respuesta.
—¿Habéis interrogado a lady Rochford al respecto del joyero? —preguntó.
—No, señor. Interrogué a Jennet Marlin. No creí oportuno inmiscuirme entre los miembros de la comitiva de la reina.
Rich asintió.
—No, lady Rochford y Dereham no pueden ser interrogados por personas de vuestro rango, pero el Chambelán de la reina podría hacerles ciertas preguntas prudentes. Y, en cuanto a la señorita Marlin, tiene a su prometido en la Torre. Es sospechoso de participar en una conexión del Colegio de Gray con la conspiración de primavera.
—Fue investigada y se concluyó que era seguro que se uniera a la Jornada — informó Maleverer.
—Dispondré que se les haga ciertas preguntas a lady Rochford y a Dereham. Y podéis volver a interrogar a la tal señorita Marlin. Veremos si eso arroja nueva luz sobre los hechos. —Rich se volvió y nos señaló, primero a mí y luego a Barak, con uno de sus largos dedos—. Y mejor sería que vos hubieseis contenido vuestra curiosidad, abogado Shardlake. Sabéis que os conviene hacerlo. Hay en el Consejo Real quien cree que es motivo suficiente para enviaros de vuelta a Londres, pero prefiero vigilaros de cerca. Además, el arzobispo quiere que cuidéis de Broderick. Tampoco puede decirse que estéis saliendo airoso de ese cometido. He oído que alguien intentó envenenarlo.
—Sí, sir Richard.
—¿Y no ha dicho quién?
—No. He considerado la posibilidad de…
—¿Y bien?
—De que él mismo haya participado en la conspiración para envenenarlo. Sé que desea morir.
Rich miró a Maleverer.
—¿Es eso posible?
—En cierto modo. Es un tipo fuera de lo común. Lo tantearon bien en el castillo de York, pero no dijo palabra. Los torturadores temieron que muriera si seguían forzándolo.
—¿De qué instrumentos disponen allí?
—Potro, atizadores… lo habitual. Pero los hombres no son diestros.
—Y no cabe confiar en ellos, no han de oír lo que Broderick sin duda sabe. De ahí la orden del rey de llevarlo a la Torre, donde verdaderos profesionales trabajarán con él. —Negó con la cabeza—. Aunque el tiempo pasa.
—Con un poco de suerte, en unos días zarparemos en un barco —comentó Maleverer.
—Debemos confiar en que tendremos el viento a favor. Podríamos enviarlo por tierra, pero no es seguro y los caminos siguen en muy mal estado a consecuencia de las lluvias y el paso de la Jomada. —Rich se volvió hacia mí—. ¿En qué condiciones se encuentra ahora?
—Sigue débil tras el envenenamiento. —Vacilé—. Lo he visto hace un rato. Hablaba de la leyenda del Topo. Parece creer en ella.
Rich miró a Maleverer.
—Había documentos sobre esa leyenda en la caja.
—Circulaba entre los rebeldes en los tiempos revueltos. Están todos cortados por el mismo patrón, todos comparten el fanatismo de Broderick.
Rich me miró con severidad.
—¿Por qué iba Broderick a relataros precisamente a vos la leyenda? No creo que pensara que ibais a creerle, ¿o acaso sí?
—Me oyó hablar con Radwinter. —Tomé aire—. Radwinter me sonsacó que el rey se había mofado de mí en Fulford. Broderick oyó nuestra conversación y relató el disparate del Topo. Pero juro que no pronuncié ni media palabra contra el rey.
Rich se reclinó en la silla y me miró de soslayo.
—Más os vale, porque de lo contrario acabaréis entre burbujas de agua hirviendo. Ya tenéis suficiente mal nombre en el Consejo Real. Mi recomendación, maese Shardlake, es que respetéis la inclinación natural de vuestro cuerpo y mantengáis la cabeza gacha.
—Sí, sir Richard.
—Discreción. Esa es la actitud que más os conviene en adelante. —Hablaba despacio y con esmero, perforándome con aquellos ojos grises y exánimes como los de un muerto. Volvió a inclinarse hacia delante—. Vuestra reputación se beneficiaría un poco si aconsejarais a la Casa Gremial de Londres que abandone el caso Bealknap —añadió. Lo miré a los ojos. Caí en la cuenta de que Rich probablemente se había ofrecido voluntario para ser el miembro del Consejo Real encargado de interrogarme: era una oportunidad para presionarme. No repliqué y él inclinó la cabeza levemente —. En cualquier caso, no os hará ningún bien seguir adelante con ese asunto. He encontrado el juez idóneo y el caso le ha sido asignado a él.
—¿Quién? —pregunté.
—Aún no ha sido nombrado formalmente. Ya lo sabréis si continuáis. Será mejor que aceptéis mi consejo y recomendéis a la Casa Gremial que abandone el caso y se ahorre los gastos.
Admitir el consejo de Rich era algo que jamás haría. Vi que Barak me miraba ansioso. Rich también se percató.
—Quizá quieras aconsejar a tu patrón que sea sensato —espetó este—. De lo contrario, no sé qué será de él. Muy bien, eso es todo. Podéis retiraros.
Maleverer se inclinó hacia Rich y habló en voz baja pero con entusiasmo.
—¿Podríamos aprovechar la ocasión, sir Richard, para discutir acerca de los terrenos de la familia Aske? Si se acuerda el desembolso…
—Ahora no. —Rich frunció el entrecejo y me miró—. Os he dicho que os vayáis —insistió—. Mandad a buscar a esa tal señorita Marlin.
Nos despachó con un gesto de la mano y salimos de la sala. Fuera, un guardia nos esperaba para acompañarnos abajo.
—Esos dos se traen negocios oscuros entre manos —le murmuré a Barak.
Casi había anochecido ya.
—¡Mierda! —exclamó Barak—. ¡Mierda, mierda, mierda!
—Yo no lo habría descrito mejor —dije, con amargura.
—¿Qué vais a hacer con respecto al caso Bealknap?
—No creo que Rich haya conseguido sobornar a ningún juez. Si lo hubiera hecho, me habría dado su nombre. No, solo estaba aprovechando la oportunidad para intimidarme.
—¿Intimidaros? —Barak se detuvo en seco. Parecía enfadado y más preocupado que nunca—. ¿Intimidaros? —repitió—. ¿Tenéis idea de cuánto podría presionaros si lo deseara? ¿A vos, un hombre a quien el Consejo Real desaprueba? ¿De lo que podría haceros si de verdad quisiera?
—Cuento con la protección de Cranmer.
—Y Cranmer está aquí, ¿verdad? Porque yo no veo ninguna toga de arzobispo por aquí. Y Cranmer no puede oponerse a Rich; no, si a Rich lo respalda el Consejo Real.
—Cranmer…
—No se arriesgaría tanto por alguien de vuestra posición. O de la mía. Yo también estoy en un aprieto… ¡Fui yo quien decidió abrir esa maldita caja!
—¡Nadie va a presionarme ni a chantajearme para que abandone un caso!
—Vos mismo habéis dicho que no creéis que podáis ganarlo.
—¡No me chantajearán!
Solo entonces reparé en que estaba gritando.
—Obstinación —dijo Barak—. Obstinación y orgullo. Eso será vuestra perdición… La de los dos.
Abrió la boca para seguir hablando, pero cambió de idea y se alejó. Me llevé una mano a la frente.
—¡Mierda! —exclamé.
Un oficial que pasaba por mi lado me miró con curiosidad. Me di la vuelta y caminé por el lateral de la iglesia hasta el banco que había bajo el haya roja. Me dejé caer al pie del árbol. Todavía había trajín de transeúntes en la barbacana que llevaba al campamento. Me estremecí; había refrescado.
El arrebato de Barak me había sorprendido. Cuando lo conocí, un año antes, era el desafío personificado, estaba dispuesto a tratar al más pintado con irreverencia. Pero luego había estado bajo el auspicio de lord Cromwell y, como bien se había deleitado Rich en recordarnos, Cromwell estaba muerto. Y en ese momento, como Barak mismo había admitido, al menos una parte de él deseaba llevar una vida tranquila. Pero me había resultado extraño oírlo acusarme de obstinado y temerario. Sentí un arrebato de superioridad moral. Yo estaba protegiendo a mis clientes, como debe hacer todo abogado honrado. La integridad en el, con frecuencia, corrupto mundo del derecho era mi insignia, mi identidad. ¿Incluso eso iban a arrebatarme aquellos cortesanos socarrones?
Pero allí, sentado bajo el árbol, fui sosegándome. Sabía que me aferraba a mi reputación de profesional íntegro porque, después de los varapalos que había recibido a lo largo del día, era lo único que me quedaba. No tenía derecho a implicar a Barak en ningún desafío insensato de Rich. Y tampoco podía abandonar a mis clientes si, como creía, teníamos alguna oportunidad de ganar. Barak debería saberlo ya.
Me puse en pie al oír unos pasos que se acercaban. Recordé que podía seguir en peligro. Una figura se acercaba a mí; me alivió ver que se trataba de una mujer cuyas faldas rozaron las hojas caídas produciendo un leve susurro al llegar al árbol. Al acercarse más, vi para mi sorpresa que se trataba de Tamasin, con su vestido amarillo y un delicado collar de plata.
—¡Señorita Reedbourne!
Me saludó con una reverencia y se detuvo vacilante frente a mí. Parecía nerviosa, exenta de su habitual coquetería.
—Me preguntaba, señor, si podría hablar con vos —preguntó, trémula—. Os vi aquí sentado…
—¿Sobre qué?
—Es importante, señor. Es importante para mí.
—Muy bien. —Le indiqué con un gesto que se acomodara a mi lado en el banco y así lo hizo.
Permaneció en silencio unos instantes; parecía estar considerando sus palabras. La observé. Sus altos pómulos, su boca carnosa y su firme mentón le conferían una belleza rotunda. Aunque me pareció muy joven, apenas una niña.
—La señorita Marlin ha sido llevada en presencia de sir William para ser interrogada —dijo, al cabo.
—Sí. Barak y yo acabamos de estar con él. Y con sir Richard Rich.
—La señorita Marlin parecía enfadada. No le gusta lo más mínimo sir William.
—Sí. Ya me di cuenta el miércoles, cuando os interrogaron —comenté. Ella se ruborizó al recordar su treta—. Más te valdría habernos dejado en paz a Barak y a mí —dije—. Participo en asuntos muy confidenciales.
—Sí, señor.
—Hemos discutido. Te lo habrá dicho ya. Es un muchacho impertinente, maese Jack.
—Está nervioso, señor.
—Por lo general soy yo quien se pone nervioso. —Dudé—. Pero quizá en esta ocasión él tenga razón. —La miré, preguntándome cuánto le habría contado Barak; esperaba que fuese lo menos posible, por el bien de la chica—. ¿Sabes dónde está ahora?
—Acaba de ir al campamento. Yo he estado esperando para deciros… —añadió, de nuevo vacilante.
—¿Sí? —dije, alentándola.
No debía de haberle resultado fácil salir a buscarme; el cheposo y viejo patrón de Barak, como probablemente me veía en ese momento.
—Lamento mucho el ardid que organicé el día en que llegasteis a York.
—Fue una insensatez —dije, asintiendo—. E impropio de una mujer. Maleverer tenía razón en eso. Aunque no debería haberte abofeteado.
—No me importa —declaró. Me miró directamente a los ojos—. Llevo una vida extraña, maese Shardlake. Tengo que salir adelante sola. Mi madre era criada en la corte.
—Sí, Barak me lo contó.
—Confeccionaba la ropa de los criados al servicio de la reina. En los tiempos de Catalina de Aragón, y después para Ana Bolena.
—¿Sí?
—Sí. Luego murió, hace siete años, víctima de la peste en Londres.
—Lo lamento —contesté con voz tenue—. Muchos murieron entonces. Yo también perdí a alguien.
—Yo solo tenía doce años y quedé al cuidado de mi abuela, aunque más bien fui yo quien la cuidó a ella, pues era muy mayor y estaba enferma.
—Comprendo.
—Nunca supe quién era mi padre, pero creo que venía de buena familia. — Pareció erguirse un poco, ufana—. Mi madre me dijo que era un hombre de profesión.
—¿De veras?
—Sí. Tal vez fue un cortesano de alto rango —aventuró. O un sastre, pensé. Me compadecí de ella. Probablemente, su madre había inventado esa historia para complacerla, para mitigar la vergüenza de la joven por sus orígenes—. Veo que dudáis de mí, señor, pero yo lo creo. Estoy orgullosa de mí, por muy crueles que sean las habladurías de la gente.
—Eso es bueno. No deberías escuchar lo que dice la gente cruel.
«¿Y si es el rey quien lo dice?», pensé.
—Mi abuela me animó a que aprovechara la escasez de sirvientes provocada por la peste para solicitar el puesto que había ocupado mi madre —prosiguió la muchacha —. Y lo hice, señor. Fui al Despacho del Chambelán y les dije que era una diestra costurera, aunque no sabía nada del oficio.
—Parece que posees un especial talento para el engaño.
Frunció el ceño.
—Trabajé, señor. Trabajé día y noche hasta convertirme en una costurera experta; aprendí de las otras chicas, que me ayudaron porque habían conocido a mi madre. Además, los pobres tenemos que arreglárnoslas solos. Tenía que comer y mantener a mi abuela, y las costureras de la reina reciben un buen jornal. Y protección del mundo exterior —añadió.
—Sí, lo sé.
—Aprendí a vivir de mi ingenio, señor.
—Como Barak.
—Cuando lo vi aquel día en la ciudad, sentí una profunda emoción, como si ya lo conociera de antes, y pensé… ¿por qué no amañar un encuentro?
Sonreí, no sin cierta reticencia.
—Ciertamente eres astuta, señorita, además de osada. —La miré a los ojos—. Y ahora esperas atrapar la presa, ¿eh?
Se puso muy seria.
—Estamos intimando deprisa, señor. Solo quería pediros que no os interpongáis entre nosotros. Y, por favor, decidme, ¿dónde está la osadía en pedir algo así?
La escruté largo rato.
—Creo que eres una mujer poco común, señorita Reedbourne —repuse—. Creía que tus intenciones eran meramente traviesas, pero veo que estaba equivocado.
—Jack lamenta lo que os ha dicho hace un rato —aseguró.
—Antes era muy impetuoso, pero creo que una parte de él quiere asentarse. Aunque otra parte no desea hacerlo —añadí.
—Espero que lo haga —confesó—. Que siga trabajando para vos, que valore en su justa medida las oportunidades que le estáis brindando.
Esbocé una débil sonrisa.
—De modo, señorita Tamasin —concluí—, que has venido a proponerme una alianza.
—Tenemos un objetivo común. Jack os admira mucho, señor, dice que habéis conocido la desdicha, y que sois compasivo con los pobres y las necesidades de sus vidas.
—¿De veras dice eso? —pregunté. Me sentía conmovido, lo que sin duda había sido la intención de la muchacha.
—Sí, señor. Y cree que la pérdida del joyero fue culpa suya. Me parece que está más enojado consigo mismo que con nadie más. No seáis demasiado duro con él.
Respiré hondo.
—Pensaré en lo que me has dicho, señorita.
—Es todo cuanto os pido, señor.
—Bien, veo que te preocupas por él. ¿Y quizá él también por ti?
—Espero que cuando esta espantosa Jornada concluya, podamos encontrarnos de nuevo en Londres. Pero será lo que él desee.
Asentí.
—Dime, ¿cómo conseguiste pasar de trabajar como costurera a estar al servicio de la señorita Marlin y de lady Rochford?
—Cuando Juana Seymour murió, su servicio se desintegró. Obtuve un puesto con la señora Cornwallis, la confitera de la reina. Ella me enseñó el arte de elaborar dulces y confites.
—¿También te hiciste amiga suya?
—Es una buena mujer.
—Tienes talento para entablar las amistades adecuadas. Pero, como bien dices, los pobres deben arreglárselas solos.
—Cuando el año pasado el rey se casó con la reina Catalina, me incorporaron a su servicio, pues tiene debilidad por los dulces, y me asignaron a la señorita Marlin, que se mostró amable conmigo.
—La señorita Marlin es una mujer extraña.
—A mí me trata bien. Las otras mujeres se ríen de ella.
«Y tú eres buena por naturaleza —pensé—. Sí, creo que lo eres».
—¿Y lady Rochford? —pregunté—. ¿Cómo es?
—Tengo poca relación con ella. Todos la temen, dicen que es peligrosa.
—¿Y lo es?
—Eso creo. Nada le gusta más que sonsacar intimidades y utilizarlas después para hacer el mayor daño posible. —Torció el gesto—. Me parece que no es tonta, aunque se comporta como tal.
—Algo peligroso.
—Sí. Es lo que ha hecho siempre. Se ha aferrado a la reina. Son amigas desde hace tiempo.
—Hoy he visto a la reina.
Vaciló.
—¿En Fulford?
—En Fulford. ¿Te ha contado Jack lo que me ocurrió allí?
Bajó la mirada.
—Fue una crueldad.
—Como bien dices, cuanto antes nos marchemos de York, tanto mejor.
Se puso en pie.
—Debo irme, señor. Quizá la señorita Marlin me necesite.
—¿Sabe Barak que estamos manteniendo esta conversación?
—No, señor. Ha sido idea mía.
—Bien, Tamasin, me has cautivado, como supongo que has hecho con muchas otras personas. ¿Quieres que te acompañe a tus dependencias?
Sonrió.
—Gracias, señor, pero no será necesario. Como ya os he dicho, estoy acostumbrada a hacerlo todo sola.
—Buenas noches, pues.
Se despidió con una reverencia, dio media vuelta y se alejó con paso seguro hasta perderse entre la multitud. La observé. Me había equivocado con ella: era una muchacha tenaz y valerosa. Tal vez Barak había encontrado a su media naranja.