Soberano
Capítulo 41
Nos llevaron a una gran barca que estaba atracada en el muelle, no lejos de allí. Leacon no nos acompañó y, extrañamente, el hecho de que me dejara en manos de unos completos desconocidos me afectó sobremanera. Los soldados me hicieron bajar por una escalera cubierta de cieno y resbalé; de no haberme sujetado uno de ellos, habría acabado en las sucias aguas del Támesis.
Me sentaron junto a Radwinter y nos internamos a remo en el ancho río. Cuando me volví para mirar el muelle, vi a tres figuras observándome: Barak, Tamasin y Giles, petrificados, impotentes.
Una embarcación se hizo a un lado cuando vio nuestra barca repleta de uniformes rojos. Pasamos cerca de una chalana; su pasajero, un rollizo regidor, nos miró a Radwinter y a mí con una expresión a medio camino entre el miedo y la compasión. Podía imaginar sus pensamientos: «Los llevan a la Torre. Podría haberme tocado a mí». Era el miedo que acechaba en la mente de todos. Y en el momento menos pensado, me había sucedido a mí. No obstante, pensé con horror, no debería sorprenderme. Estaba en posesión de mucha información prohibida acerca de Blaybourne y la legitimidad del rey. No había pretendido conseguirla, pero de todas formas iban a sonsacármela, de un modo u otro. ¿Quién me había delatado? Fruncí el ceño. Swann, el abogado de Hull, no había sido, de eso estaba seguro. Y, aparte de él, solo Barak conocía todos los detalles de lo que había descubierto sobre Blaybourne. Y él los habría compartido con Tamasin. Evidentemente, no podía haber sido ella… Tragué saliva; sentía la garganta reseca. A mi lado, Radwinter tenía la mirada perdida y no daba la menor muestra del desquiciamiento que había descrito Barak. Empezó a llover.
El trayecto fue corto; de pronto, los muros de la Torre se erigieron ante nosotros, cubiertos de cieno por encima del nivel del agua porque el río estaba bajo. El corazón comenzó a latirme frenéticamente. Nos detuvimos frente a una entrada que daba al río, cerrada por un rastrillo. Allí era por donde había entrado Ana Bolena, pensé. Ana Bolena, Ana Bolena… Me puse a repetir mentalmente su nombre. Lo hice para detener mis pensamientos y no recordar el final de aquella historia, porque Cromwell me había obligado a asistir a la ejecución de la reina y yo había visto su cabeza rodando desde el patíbulo en el campo de la Torre, aquella apacible primavera de hacía cinco años.
—¡Fuera!
La barca había topado con una escalera de piedra. Los soldados nos cogieron por el brazo y nos obligaron a salir. Miré por una arcada de piedra que había al final de la escalera y vi el campo de la Torre, en cuyo extremo varios cuervos picoteaban en el suelo, con la gran mole cuadrada de la Torre Blanca detrás. La lluvia arreció.
—¡Dejadme marchar! —exclamó Radwinter, que parecía haber vuelto a la vida —. No he hecho nada. Soy inocente.
Intentó zafarse, pero los soldados lo retuvieron. No se molestaron en replicar. «Inocente —pensé—. También lo fue Ana Bolena, y Margarita de Salisbury, ajusticiada aquí la primavera pasada». Ser inocente no servía de nada allí.
—¡Subid!
Los soldados solo se dirigían a nosotros para darnos lacónicas órdenes. Empezamos a subir la escalera y estuve a punto de volver a resbalar; aún no me había habituado a pisar tierra firme.
—¡Esperad aquí!
Estábamos en un sendero. Los soldados nos rodeaban, con las picas alzadas; la lluvia repiqueteaba contra sus petos y yelmos. Un oficial se acercó agachando la cabeza para protegerse de la lluvia. Nos miró al pasar; una mirada de leve interés, como pensando: «¿De quién se tratará esta vez?». Debían de estar acostumbrados ya en ese lugar. Sentí un bochorno tremendo por hallarme en semejante situación; por un momento, fue incluso más intenso que el miedo. ¿Y si mi padre me estaba viendo desde el cielo?
Un hombre vino a nuestro encuentro desde la Torre Blanca. Llevaba una toga de pieles y un ancho gorro, y caminaba despacio, ajeno a la lluvia. Los soldados lo saludaron cuando se detuvo frente a nosotros. De unos cuarenta años, era alto y delgado, con una pulcra barba rubia. Un soldado le entregó un par de documentos; sin duda, los mandamientos judiciales. El recién llegado nos escrutó a Radwinter y a mí con una mirada penetrante, calculadora.
—¿Quién es quién? —preguntó en voz baja.
El soldado me señaló con la cabeza.
—Este es Shardlake, sir Jacob. El otro es Radwinter.
Sir Jacob asintió.
—Traedlos a los dos.
Nos dio la espalda y lo seguimos hacia la mole del edificio, escoltados por los soldados.
Subimos por la escalera de la Torre Blanca y entramos en el vestíbulo, un recinto de altos techos abovedados donde los soldados jugaban a las cartas y charlaban. A nuestro paso, dejaron de hacerlo para mirarnos. Muchos de ellos debían de haber llegado hacía poco con el séquito real, tal vez algunos incluso me hubiesen visto en Fulford.
Ya había visitado la Torre con anterioridad, en misión oficial, y sentí un vuelco en el corazón y también náuseas al caer en la cuenta de que nos conducían a las mazmorras. Bajamos por una escalera de caracol alumbrada por teas cuyas paredes brillaban de humedad cuando descendimos por debajo del nivel del río y llegamos a una puerta enrejada. También había cubierto ya aquel mismo trayecto, con el cometido de obtener información de un carcelero. En aquella ocasión había visto fugazmente lo que allí sucedía y, no obstante, apenas le había prestado atención, porque solo había tenido en mente mi cometido. Sir Jacob llamó a la puerta. Se oyó un tintineo de llaves, la puerta se abrió y los soldados nos obligaron a cruzarla antes de que se cerrara ruidosamente a nuestras espaldas. Me sentí más impotente que nunca, totalmente incomunicado del mundo exterior.
Nos encontrábamos en un espacio en penumbra, frío y húmedo, con suelo enlosado y paredes de piedra jalonadas por pesadas puertas enrejadas. En la cámara central, confiriéndole un aire extrañamente doméstico, había un escritorio con una gruesa vela de cera de abeja encendida, que vertía su luz amarilla sobre una maraña de papeles. El carcelero que nos había abierto la puerta, un hombre grueso con el pelo corto y grasiento, se acercó y se apostó junto a nosotros. Sir Jacob cogió un documento, lo estudió y asintió.
—Ah, veo que nuestro hombre está preparado. Encierra a Radwinter en la número nueve —dijo en voz baja—. Encadénalo y vuelve. ¿Está Caffrey arriba?
—Sí, sir Jacob.
—Que venga. —Hizo un gesto con la cabeza a los soldados—. Podéis iros.
Se marcharon y oí el eco de sus pasos en la escalera. El carcelero les abrió para que salieran; luego, regresó, cogió a Radwinter del brazo y se lo llevó. Radwinter había adoptado una actitud sumisa y parecía completamente aturdido. Ambos desaparecieron al doblar un recodo, acompañados por el tintineo de las llaves que el grueso carcelero llevaba colgadas al cinto. El oficial me miró.
—Soy sir Jacob Rawling, alguacil en funciones de la Torre. Me encargo de todo esto.
Me dedicó una sonrisa glacial mientras abarcaba el lugar con un gesto de la mano.
—Sí, señor.
Me estremecí. Tenía las ropas empapadas y el frío me calaba hasta los huesos.
—Es una lástima que una persona de vuestro rango llegue a esta situación.
Movió la cabeza en un gesto que me hizo pensar en un maestro, como si yo fuera un alumno a punto de ser castigado por alguna fechoría.
—No sé por qué estoy arrestado, señor —aventuré.
Él me escrutó, apretando los labios.
—El asunto concierne a la reina —dijo.
La sorpresa me hizo parpadear. Así pues, no tenía nada que ver con Blaybourne. Pero, en ese caso, ¿por qué me habían apresado a mí, y no a Barak o a Tamasin? Horrorizado, pensé: «La han descubierto. Dirán que he ocultado pruebas de su adulterio con Culpeper. Maleverer debía de saberlo desde el principio».
—¿No habéis tenido ya suficientes problemas durante la Jornada? —Sir Jacob volvió a sonreírme con aire aleccionador, como si, pese a todo, hubiera algo en la fechoría del alumno que lo divirtiera, quizá su estupidez por creer que podía salir impune. Me escrutó con interés—. Vuestro nombre ya se ha oído en este lugar, hace muy poco, cuando torturamos a Bernard Locke. Queríamos averiguar su papel en los atentados contra vuestra vida.
Mencionó la tortura no con placer, como habría hecho Radwinter, sino con fría determinación, como Maleverer, aunque sin el menor énfasis. Y, de pronto, me inspiró un miedo terrible.
—Lo sé, señor.
—Sé que lo sabéis. Sir William lo mencionó en el informe en que os denuncia.
—Entonces, ¿es él quien lo ha presentado?
—Sí. Se os acusa de ocultar determinados asuntos entre Francis Dereham y la reina.
—¿Dereham? —Me quedé mirándolo, estupefacto.
Sir Jacob entornó los ojos.
—Maese Dereham es sospechoso de mantener devaneos con la reina Catalina. Se cree que vos estabais al corriente y que lo mantuvisteis en secreto.
Entonces lo recordé. Rich me había visto salir del pabellón de la reina en Howlme, y también había visto que Dereham me detenía en una calle de Hull para interpelarme. Dereham debía de estar bajo sospecha, vigilado quizá por Maleverer. Rich había informado a Maleverer y este había ordenado mi arresto. Con todo lo que yo sabía, me habían arrestado por algo que ignoraba por completo.
—¿Dereham? —volví a preguntar.
—Será mejor que no disimuléis, Shardlake. —Sir Jacob empleó un tono juicioso, como el maestro que intenta persuadir a un alumno díscolo—. Os mostraré qué os espera si os obstináis.
Pero no se movió, sino que se quedó quieto, mirándome. Aquello me dejó más desconcertado que nunca. Volví a estremecerme.
Oí un tintineo de llaves. El carcelero gordo había regresado con un joven fornido que llevaba un sucio jubón de cuero. La penumbra que nos envolvía me obligó a entornar los ojos cuando miré la prenda con mayor detenimiento. ¿Eran de sangre aquellas manchas?
Sir Jacob les hizo un gesto con la cabeza.
—Registradlo.
Me encogí mientras los hombres me agarraban y me manoseaban bruscamente todo el cuerpo. Me quitaron la daga, la faltriquera y el sello de Cranmer y lo dejaron todo en la mesa. Sir Jacob cogió el sello, lo miró y gruñó.
—Traed a Bernard Locke —les ordenó—. Hay que trasladarlo a la celda de los que van a ser ejecutados.
Los dos hombres abrieron la puerta de uno de los calabozos y entraron. Esperé a ver al prometido de Jennet Marlin, el hombre que le había encomendado cometer un asesinato.
Lo sacaron en una silla. No llevaba grilletes y vi que lo habían torturado hasta el punto de impedirle andar; las piernas le colgaban inertes, y también un brazo, mientras que con el otro, crispado y tembloroso, se agarraba al asiento para tener cierta estabilidad.
—Ya estamos, compadre —dijo el carcelero gordo en tono afable mientras lo cambiaban de celda.
Cuando pasaron junto a nosotros, intenté verle el rostro al prisionero, pero, además de llevar la cabeza gacha, la tenía tapada por largas greñas. Emitía débiles gemidos de dolor.
—¡Un momento! —gritó sir Jacob.
Los sudorosos carceleros se detuvieron. El alguacil se acercó a Locke y le levantó la cabeza tirándole del pelo. Él gimoteó. Vi que tenía la frente surcada por una quemadura supurante. Y me sorprendió descubrir que siempre debía de haber sido feo: sus facciones eran toscas y poco armónicas, y sus ojos, que miraban desquiciados a su alrededor, eran grandes y bulbosos.
—Bien, maese Locke —dijo sir Jacob—. Aquí estáis, casi al final del camino. Pensé que deberíais ver a maese Shardlake. Otro abogado caído en desgracia, el hombre a quien vuestra prometida intentó matar. ¿Tenéis algo que decirle?
Bernard Locke me miró un instante. Al volver la cabeza, hizo una mueca de dolor.
—Nada —susurró.
—¿Por qué lo hicisteis? —le pregunté—. ¿Por qué utilizasteis de tal modo a esa infeliz? ¿Por qué la indujisteis a acabar con un inocente? ¿Por qué la pusisteis en tal peligro que acabó perdiendo la vida? —insistí. Locke no respondió; se limitó a mirarme sin interés, como si ya estuviera en el otro mundo—. Traicionasteis a los conspiradores, la traicionasteis a ella —proseguí. Locke se mantuvo en silencio—. Si todo hubiese salido bien, ¿os habríais casado con Jennet?
Por algún motivo, necesitaba saberlo. Locke se pasó la hinchada lengua por los labios cuarteados.
—Quizá —dijo con voz ronca—. ¿Qué más da eso ahora?
Otra pregunta acudió a mis pensamientos.
—¿Conocéis a un abogado del Colegio de Gray llamado Martin Dakin?
Sabía que aquella pregunta no ponía a Dakin en peligro. Cualquier información que Locke poseyera, ya se la habría revelado a sus verdugos. En sus ojos de mirada perdida destelló una nota de interés.
—Sí. Conocía a Martin. —Hablaba de sí mismo en pasado, como si ya estuviera muerto. La boca se le crispó en un amago de sonrisa—. No estaba implicado. No corre peligro.
—¿Quién es ese tal Dakin? —preguntó Jacob.
Suspiré.
—Solo el sobrino de un abogado que conozco. Un abogado del Colegio de Gray. Estoy intentando ayudarlo a encontrarlo.
Sir Jacob me miró con expresión ceñuda.
—Ahora tenéis otras cosas de que preocuparos, maese Shardlake, creedme. — Hizo un ademán a los carceleros y estos se llevaron a Locke, el más gordo gruñendo por el esfuerzo. Le costó abrir la puerta mientras sostenía la silla, pero lo consiguió y ambos cruzaron el umbral con Locke.
—Vamos a sudar tinta subiendo esa escalera —observó el más joven.
—Sí. —El gordo jadeó—. Sois un fastidio, compadre —le recriminó a Locke.
Lo llevaron arriba; le oí quejarse con cada sacudida de la silla. Sir Jacob inclinó la cabeza.
—A menudo, cuando se acerca el final, padecen tanto que no pueden pensar en nada más. Bueno, él se librará mañana de todo sufrimiento, van a decapitarlo.
—¿No va a haber juicio?
Sir Jacob se quedó mirándome de soslayo, como si hubiera dicho una impertinencia.
—Creo que necesitáis algún tiempo para reflexionar sobre dónde os encontráis — señaló—. Sí, eso será lo mejor. Volveremos a hablar más tarde.
Se sentó a su escritorio y comenzó a escribir notas en un papel, prescindiendo de mí mientras esperaba el regreso de los carceleros.
Yo me quedé allí, con las piernas trémulas, devanándome los sesos. ¿Había tenido la reina un romance con Dereham además de con Culpeper? Parecía increíble y, no obstante, era la única explicación para que la firma de Cranmer figurase en mi mandamiento judicial. Y no sabían nada de Culpeper. Podía negar sinceramente que conocía el asunto de Dereham. Pero ¿me creerían, probarían con otros medios? Y sabía que si me torturaban les diría lo que fuera para que dejasen de hacerlo, les hablaría de Culpeper y de mis sospechas acerca de los orígenes del rey, de lo que fuera. Sabía que no aguantaría tanto como Locke, ni como Broderick. Muerto de miedo, me cubrí la cara con las manos y gemí.
Entre jadeos y resoplidos, los carceleros volvieron a bajar la escalera. Aún temblando, me destapé la cara. Sir Jacob me miraba con una expresión serena de aparente satisfacción.
—Está bien —dijo—. Creo que ya habéis comprendido dónde os encontráis. Encerradlo con Radwinter.