Soberano
Capítulo 18
Seguí allí durante horas, sumido en el estupor y la desdicha, hasta que oí pasos y voces: los secretarios y los abogados entraron en tropel, concluidas sus funciones en la Jornada. Los embargaba la emoción y parloteaban entusiasmados alrededor del fuego.
—¿Visteis a aquel viejo mercader vestido de arpillera arrastrándose por los adoquines? ¡Creí que se le iban a salir los ojos de las órbitas!
Era evidente que habían presenciado la humillación de los antiguos rebeldes ante el rey en la catedral.
—Sí. Tuvo que encoger la barriga para no raspársela con las piedras.
—¿Sabéis a qué me recordó? ¡A la antigua ceremonia de Pascua! Aquella en la que había que ir arrastrándose hasta la cruz.
—Eh, Rafe, cuidado con lo que dices, ahora no está permitida…
—Solo era un decir…
Seguí tendido, sin prestar mayor atención a sus cotorreos. No quería salir y encontrármelos. Entonces oí una voz familiar: era Cowfold.
—¿Habéis oído lo que el rey le dijo al abogado cheposo en Fulford?
—Sí, uno de los secretarios me lo contó. —Reconocí la voz de Kimber, el joven letrado que me había saludado la primera tarde—. Le dijo que parecía una «araña» en comparación con el anciano que tenía al lado. Por lo visto Shardlake se quedó más blanco que la cal. Miró a la reina casi suplicante y luego se fue dando tumbos.
—Me parece cruel —observó alguien.
—¡Nada de cruel! —intervino Cowfold—. Fealty y la corte deberían haberlo previsto. ¡A quién se le ocurre poner a alguien que causa vergüenza en presencia del rey! ¡Un jorobado! A mi madre la tocó una vez un mendigo jorobado y nada volvió a irle bien…
No pude soportarlo más. Me levanté, abrí la puerta del cubículo y salí. Entre el grupo congregado alrededor del fuego se hizo el silencio al instante. Miré a Cowfold.
—¿Cuándo tocó el jorobado a vuestra madre? —le pregunté con voz alta y clara —. Estoy seguro de que antes de concebiros, si es cierto que nada volvió a irle bien. Por vuestro aspecto, la imagino copulando con cerdos.
Varios de los hombres se rieron con nerviosismo; Cowfold me fulminó con la mirada y supe que solo mi rango lo frenaba de abalanzarse sobre mí. Me di la vuelta y me marché, dejando un denso silencio a mis espaldas. Ya fuera, sentí dolor en las manos y reparé en que había apretado los puños con tal fuerza que había estado a punto de clavarme las uñas en las palmas.
Me maldije por mi grosero arrebato, que solo serviría para empeorar las cosas. Cowfold se pondría furioso y se mofaría de mí a la menor oportunidad. Primero había perdido el control con Radwinter y después con él. Debía recobrar la compostura. Me detuve a respirar con calma debajo de un árbol, contemplando un nuevo rebaño de ovejas autóctonas, de cara negra, que un pastor llevaba a un redil vacío. Sin duda, sus antiguos ocupantes no eran ya más que carne destinada a alimentar a los miles de personas que llegaban.
Apareció un hombre corpulento de aspecto rudo que llevaba un blusón, una vara recia y un morral que goteaba sangre, y se acercó a las jaulas de los osos. Las peludas criaturas, que hasta ese momento yacían ovilladas, se pusieron en pie y olfatearon el aire cuando el hombre dejó la carga en el suelo, sacó pedazos de carne y empezó a arrojarlos entre los barrotes de hierro, siempre desde una distancia prudencial. Los osos los atraparon con sus largos morros, dejando a la vista unos colmillos amarillentos. Uno de los trozos de carne no alcanzó la jaula y el oso sacó una zarpa entre los barrotes y tanteó el suelo para atraparlo. El hombre gritó y le asestó un golpe con la vara. El animal rugió y retiró la garra; el hombre introdujo la carne en la jaula con la ayuda de la vara.
—¡Ahí quieto, Maese Bruin! —gritó el hombre mientras la criatura lo observaba con sus ojos diminutos y rojos.
Caminé por el lateral de la iglesia hasta el patio principal. Era una hora avanzada de la tarde pero, afortunadamente, seguía haciendo calor, pues con las prisas había salido sin toga ni capa. Era una de esas tardes doradas de otoño en las que todo está en calma y rebosa color, con una ligerísima bruma en el aire. La placidez del día parecía acentuar mi lúgubre ánimo.
El patio bullía de actividad. Había muchos soldados frente a la casa solariega y me pregunté si los monarcas estarían dentro. Numerosos criados se afanaban de un lado al otro y a punto estuvieron de tropezar con un hombre que transportaba un enorme sillón tallado hacia los pabellones. Fui a apoyarme contra la pared, para quitarme de en medio y para observar las presurosas figuras que correteaban en todas direcciones.
Oí un estallido de risitas y vi a un reducido grupo de damas de la corte. Reconocí entre ellas a lady Rochford, que en esta ocasión llevaba un vestido de seda amarilla. A su lado, Jennet Marlin sujetaba en brazos a un perro de orejas caídas. Las acompañaban otras damas que no conocía, todas ellas engalanadas, con el rostro y el cuello empolvados y un aspecto cerúleo a la luz del sol. Sus amplias faldas susurraban en contacto con las piedras del pavimento mientras se acercaban a mí.
Las mujeres bromeaban con un grupo de jóvenes, entre quienes distinguí al secretario de la reina, Francis Dereham. Parecía contrariado, quizá porque las mujeres dedicaban gran parte de su atención a un joven de aspecto atlético, cara hermosa y de rasgos bien definidos, y pelo castaño y rizado, radiante con un jubón de color púrpura y mangas abullonadas y abiertas, y una bragueta de armas dorada. El joven volvió la cabeza y la joya que llevaba en la oreja destelló al sol. Sus rasgos revelaban cierta debilidad, una dulzura lasciva.
—Deberíais llevar vos a vuestro perro, lady Rochford —dijo el joven presumido —. Creo que da demasiado calor a la señorita Marlin en el pecho, pues la veo ciertamente azorada.
Dedicó una mirada burlona a Jennet, que en efecto estaba ruborizada. Ella se la devolvió, indignada. La señorita Marlin entregó el perro a lady Rochford; el animal se revolvió mientras volvían a estrecharlo entre los brazos.
—Claro, sostener así a un perro es demasiado para un alma débil. ¿No es así, mi Rex?
—Conozco mejores formas de consolar el alma de una mujer —dijo Culpeper.
El comentario arrancó risas disimuladas en el grupo. Para mi sorpresa, lady Rochford le dirigió una mirada coqueta e infantil.
—Debería daros vergüenza, señor.
—No hay vergüenza alguna en consolar a una dama —repuso él, acariciando al perro.
El animal gruñó y se revolvió de nuevo, con el pelo manchado de motas del maquillaje que lady Rochford llevaba en el cuello. El grupo me había alcanzado ya y me di la vuelta, no antes de que Jennet Marlin me viera y me mirara con expresión ceñuda. Pasaron de largo y los seguí con la mirada. Lady Rochford, la señorita Marlin y el airado y joven secretario, Dereham. Tres personas que me habían visto entrar en la Heredad del Rey con la caja el día en que me agredieron.
Me encaminé hacia la hospedería. Me pregunté dónde estaría Barak. Probablemente, en algún lugar con la joven Tamasin. Estaba a punto de entrar cuando oí que alguien me llamaba por mi nombre. Me volví y vi a maese Craike acercándose a mí.
—Abogado Shardlake —dijo, sonriente—. ¿Cómo estáis?
Su voz era cordial. Supuse que no había tenido noticia de lo ocurrido en Fulford.
—Bien —contesté—. ¿Y vos, señor?
Suspiró.
—Las quejas por los alojamientos son interminables. Todos parecen creer que conozco un conjuro para eliminar los piojos de las camas en todas las posadas de York.
—¿Qué hay de los miles de personas recién llegadas? —pregunté—. ¿Ya han sido alojadas?
—Dispongo de un minuto —dijo—. ¿Queréis que os enseñe dónde están?
Arqueé las cejas.
—¿Donde están todos? ¿En un minuto?
Sonrió.
—Todos los criados y los porteadores, al menos. Más de dos mil.
—Sí. Me conviene distraerme.
—A mí también, señor. Esta pesadilla… Pero acompañadme.
Para mi sorpresa, Craike me condujo a la iglesia. Entramos y nos sorprendió un intenso bullicio. La mayor parte de los establos los ocupaban caballos de montura. Los mozos de cuadra cargaban con grandes fardos de heno para los animales, que comían con fruición mientras otros mozos los aseaban. El olor a estiércol era insoportable. Vi que en varias capillas laterales se estaban instalando forjas; ya ardían un par de fuegos y los herreros trabajaban con ahínco, reparando herraduras que se habían deteriorado en el viaje. Cinco mil caballos en la Jornada, pensé. Veinte mil herraduras.
Seguí el ejemplo de maese Craike, que se había levantado un poco la toga para no manchársela con la paja y el estiércol que tapizaban la nave. Se detuvo frente a una puerta, bajo el gran campanario, donde había apostados dos guardias. Ambos lo saludaron.
—¿Hay alguien arriba, soldado? —preguntó Craike.
—En este momento no, señor.
Craike se volvió hacia mí.
—Vamos, señor —dijo—. ¿Estáis en forma para subir unos cuantos escalones?
—Eso creo.
Por un instante, dudé: ¿era sensato quedarme a solas con el hombre que podría ser mi agresor? «Al infierno —pensé—. No voy a amilanarme en esa maldita hospedería».
Cruzamos una puerta y enfilamos una larga escalera de caracol. Subimos largo rato. Ambos nos habíamos quedado casi sin aliento cuando Craike abrió otra puerta y entramos en lo que en un tiempo había sido el campanario, aunque hacía ya tiempo que habían retirado las campanas para fundirías. Por encima de las vigas que las habían sostenido alcanzábamos a ver la nave. Abajo, otra forja desprendía una luminosidad incandescente; su efecto resultaba fantasmagórico al reflejarse en las columnas. De pronto recordé la lucha a muerte que había librado en otro campanario, cuatro años antes, en Scarnsea, donde había estado a punto de morir. Tuve miedo y me sobresalté cuando maese Craike me tocó un brazo.
—¿Os angustian las alturas, señor? A mí tampoco me gustan, pero las vistas bien merecen el esfuerzo. —Me indicó por señas que me asomara a una ventana—. Mirad allí.
Me acerqué a ella y el paisaje me abrumó. Detrás del monasterio, varios prados habían sido cercados con una valla de mimbre y se habían transformado así en un campamento gigantesco. Centenares de tiendas militares rodeaban un espacio abierto cubierto de césped donde hervían al fuego calderos y asadores gigantescos; el humo de los fuegos empezaba dispersarse por el cielo del anochecer. En el prado adyacente había centenares y más centenares de carros custodiados por soldados, mientras los recios caballos de carga pacían en otros campos más alejados, también por centenares. En un terreno próximo vi a varios hombres cavando letrinas. Lo que parecía toda una población descansaba sentada alrededor de las tiendas, o jugaba a los dados y al fútbol. Risas y vítores me llegaban de un cerco provisional donde se desarrollaba una pelea de gallos.
—Santo Cielo —exclamé.
—El campamento de la Jornada. Fue idea mía convertir este campanario en un mirador desde donde los oficiales y los capitanes pudiesen vigilar de cuando en cuando lo que ocurre abajo. Aunque, gracias a Dios, yo solo soy responsable del alojamiento de los cortesanos y los nobles, no de todo esto.
—Menuda organización —comenté, en voz baja—. Es una maravilla. Y, en cierto modo, aterradora.
Asintió lentamente; el sol acentuaba las arrugas de su rolliza cara.
—Obviamente, el personal de la casa real lleva años organizando Jornadas. Y ejércitos, pues también lo es. ¡Pero esta se ha organizado en semanas! Ha costado mucho esfuerzo. Y dinero —añadió, arqueando las cejas—. No os hacéis idea de cuánto.
Observé las interminables hileras de carros.
—Esta mañana me ha dejado atónito ver la cantidad de provisiones y material que se ha traído.
—Ah, sí, las tiendas. En este viaje ha habido noches en que incluso consejeros del rey han tenido que ayudar con las lonas. Y también han traído miles de cosas más, desde comida y forraje hasta los registros del Consejo Real y los galgos del rey, para cuando sale de caza. —Me miró con expresión grave—. Y armas adicionales, por si se producen disturbios en el norte y es necesario que porteadores y carreteros actúen de soldados.
Señalé hacia una fila de tiendas de alegres colores algo distanciada de las demás, junto a la que aguardaba una desordenada cola.
—¿Qué ocurre allí?
Craike se ruborizó y carraspeó.
—Son… hum… vasallas.
—¿Cómo?
—Prostitutas.
—Ah.
—En la Jornada solo han venido hombres solteros, aparte de las aristócratas y las doncellas de la reina. No podíamos permitir que los hombres fueran tonteando por el camino. Y ante la necesidad… —Se encogió de hombros—. No es agradable. La mayoría de esas libertinas fueron reclutadas en Londres y examinadas a fondo, pues no deseábamos que la sífilis se expandiera por el reino. Ya imagináis en qué estado están algunas ahora.
—Comprendo: los hombres tienen sus necesidades.
—Sí, en efecto, pero no estoy acostumbrado a tratar con chusma como los criados de la casa real. Deberíais verlos por el camino: insultando a los aldeanos, emborrachándose, defecando donde se les antoja, en medio del campo; habrían robado todo el contenido de las carretas de no haber sido por los soldados. Y su insolencia… Echan su fétido aliento a los cortesanos, airean sus ventosidades en presencia de cualquiera. —Sacudió la cabeza—. Los nuevos conocimientos han vuelto arrogantes a los hombres del pueblo llano. —Se volvió hacia mí; su mirada había recuperado su agudeza habitual—. Pero quizá vos sois de otra opinión. He oído que ahora apoyáis la Reforma.
—Al principio —contesté—. Ahora no soy partidario de nadie.
Craike suspiró.
—¿Recordáis nuestros tiempos de estudiantes, antes de que Ana Bolena desbaratara todo el país? Tiempos pacíficos, las estaciones se sucedían en el Colegio de Lincoln, el futuro era tan seguro como el pasado.
—Acaso estemos pintando esos tiempos de color de rosa —comenté.
Inclinó la cabeza.
—Es probable, aunque eran tiempos mejores. Cuando empecé a trabajar en la corte, aún gobernaba la antigua nobleza. Pero ahora… estos plebeyos, estos hombres nuevos… Cromwell ya no está, pero hay muchos otros.
—Sí —convine—. Antes he visto a Richard Rich.
Me sorprendió su reacción al oír ese nombre. Retrocedió un paso y me miró con temor y enojo.
—¿Conocéis a Rich?
—Como adversario en la ley. Trabajé en un caso en Londres en el que él defendía a mi oponente.
—Es una alimaña —espetó, arrebatado.
—Lo es.
Esperé a que añadiera algo más, pero cambió de tema.
—Quisiera preguntaros si se sabe algo más de la persona que os agredió en la casa solariega.
—No. —Lo miré fijamente—. Pero daremos con el culpable.
—Quizá no sepáis que desde la agresión se ha reforzado notablemente la seguridad. Y la gente dice que la muerte del pobre Oldroyd no fue un accidente. Que, por algún motivo, lo asesinaron.
—¿Eso dicen? —pregunté.
—Sí. Los encargados de la seguridad están preocupados. Al elegir a los componentes de una Jornada, existe la obligación de descartar a quienes se aprovechan del servicio, que fingen ser criados para robar comida y otros enseres. Pero esta noche me han dicho que se está inspeccionando a conciencia la documentación de todos los hombres e interrogando a todo aquel que no está autorizado para acceder al campamento, en lugar de limitarse a expulsarlos. —Me miró—. ¿Qué está ocurriendo, señor?
Pensé que trataba de sonsacarme información, aunque su desconcierto parecía genuino.
—No sé nada, maese Craike.
—Fue inquietante ser registrado por Maleverer el día que os encontré.
—Pero no tenéis nada que temer. Os dejó libre. ¿O acaso han vuelto a interrogaros?
—No, pero… hablé con Oldroyd, probablemente más que ninguna otra persona en St. Mary. —Suspiró—. Confieso que cuando la Jornada me envió a York con la avanzadilla para disponer el alojamiento, me causaba cierto temor pensar cómo serían los lugareños, por las historias que habíamos oído sobre ellos y que los describían como rebeldes salvajes. De hecho, todos se han mostrado muy cautos conmigo, aunque desde luego no cordiales. Pero a maese Oldroyd parecía complacerle hablar. Era un rostro afable, eso fue todo. —Tomó aire—. Pero me temo que muchos tratan de darle otro cariz. Maese Shardlake, supongo que ya lo habréis comprobado: bajo el boato exterior, aquí todo el mundo, de York o del sur, camina con pies de plomo, y eso me inquieta sobremanera.
«Ocultáis algo —pensé—. Lo huelo». Recordé lo que me había referido Barak, que lo había visto entrar en una taberna de un arrabal de la ciudad a altas horas de la noche.
—Comprendo que os hayáis sentido solo al llegar —dije.
—Sí. En maese Oldroyd encontré alguien con quien conversar.
—Os alegrará que todo esto termine, y lo hará, os lo garantizo. Podréis regresar a Londres con vuestra familia. Siete hijos, ¿eh?
—Sí. Todos vivos y con buena salud, gracias a Dios. Y su madre, mi Jane… — Para mi sorpresa, su rostro se ensombreció—. Ah, no quise que me acompañara. —Se toqueteó con nerviosismo los botones de la toga—. He estado ausente más tiempo del previsto y nadie parece saber cuándo nos marcharemos de York. Me temo que en casa me espera una buena reprimenda, la que se ha ido gestando durante cuatro meses.
Se rio, inquieto. Comprendí que la imagen que me había hecho de su familia tal vez fuera errónea. Me pregunté si debía preguntarle directamente acerca de su visita a la taberna, y llegué a la conclusión de que eso lo pondría a la defensiva. La visitaría más adelante con Barak.
—Bien, señor —dije—. Está anocheciendo. Deberíamos bajar mientras haya luz. Gracias, maese Craike, por mostrarme el campamento. Creo que iré a echar un vistazo.
—Un placer, señor.
Sonrió y me precedió por la escalera.
Crucé la iglesia hasta el extremo más alejado. Vi una hilera de personas franqueando una barbacana próxima, que había oído que se llamaba St. Olave; sin duda, como yo, iban a ver el gran campamento. Sentí cierta reticencia a enfrentarme a la muchedumbre. Algunas de aquellas personas habrían estado en Fulford. Algo alejada, vi un haya roja a cuyo pie crecía una densa mata de hierba con hojas moradas. El sol se ponía y aquel era un rincón discreto, a la sombra. Observé a la gente que cruzaba la barbacana en ambas direcciones y escuché el sonido de las hojas cayendo a mi alrededor.
Mis pensamientos retrocedieron a Fulford. Me habían acechado toda la tarde y en ese instante reviví la escena como un perro regresa a su vómito. ¿Realmente había palidecido? ¿Realmente le había dirigido a la reina una mirada suplicante? Me pregunté qué debía de sentir aquella joven, casada con un viejo grosero y con su pierna hedionda. Recordé los ojos del rey, crueles como los de Radwinter. Y ese era el soberano de Inglaterra, el hombre que Cranmer creía que había sido elegido por el mismísimo Dios como guardián de nuestras almas. Desde la infancia, todos habíamos aprendido a ver al monarca no como a un hombre corriente, mortal, sino, en años más recientes, incluso como a una especie de semidiós. Yo nunca lo había creído, pero tampoco había imaginado que la capa de majestad pudiera encubrir semejante fealdad física y moral. Era de suponer que otros compartirían mi opinión, ¿o acaso estaban cegados por la panoplia, por su poder? Me pregunté qué opinaría Giles del encuentro; Giles, a quien el rey había considerado un hombre refinado en contraste conmigo. Volví a pensar en que esperaba que me hubiese aguardado para consolarme de algún modo. Me sorprendió que desapareciera para eludir el bochorno.
—Por fin os encuentro. Gracias al cielo.
Alcé la mirada y vi a Barak de pie frente a mí.
—Sí, aquí me tienes. Y me temo que con pensamientos traicioneros.
—¿Es seguro que estéis aquí fuera y solo?
—En este momento eso no me preocupa. ¿Has oído lo que ocurrió en Fulford?
—Sí. Ese tipo, Cowfold, estaba en la hospedería cuando llegué, hace un rato, y hacía bromas al respecto.
—Le he dedicado unas palabras groseras. Probablemente fue un error.
—Le dije que si no cerraba la boca le estrellaría la cabeza contra la pared hasta convertirla en una manzana asada. Creo que conseguí hacerlo callar.
—Gracias —dije sonriendo. Percibí cierta tensión en el rostro de Barak—. ¿Ocurre algo?
—Sí, en efecto. Os he estado buscando por todo este maldito lugar. Maleverer quiere vernos a los dos en la Heredad del Rey.
—Vaya.
Se me despejó la cabeza al instante y la autocompasión también se evaporó.
—Ha venido un representante del Consejo Real. Quiere hablar con nosotros sobre los documentos robados. Ahora.