Soberano
Capítulo 33
Volvimos hasta donde el soldado Templeman aguardaba con los caballos, en la margen herbosa que delimitaba el camino, comiendo una manzana. En la pradera que quedaba tras él empezaban a montar las tiendas cónicas que habían de alojar a los soldados. Barak tuvo dificultades para avanzar entre la multitud y, de no haber estado con él Tamasin y yo, se habría caído. Hasta entonces yo había confiado siempre en su fuerza y su destreza para salir de aprietos; resultaba desconcertante tener que ayudarlo a andar.
Me acerqué a Génesis. Parecía algo más calmado, aunque aquellas feas heridas que tenía en el lomo impedirían montarlo durante algún tiempo.
—¿Se sabe ya dónde nos alojaremos? —pregunté al soldado.
—No, señor. Vendrán a decírnoslo cuando esté todo organizado. Tendremos que esperar.
Un carro nos adelantó pesadamente, tan cerca de nosotros que tuvimos que apartarnos. Barak, apoyado en la muleta, resbaló y se habría caído de no haberlo agarrado Tamasin por un brazo.
—¡Maldita sea! —exclamó, iracundo.
—No deberías caminar entre tanta gente —advertí—. Escucha, tú y Tamasin quedaos con Templeman hasta que sepamos dónde vamos a pernoctar.
—¿Qué vais a hacer? —preguntó.
Sentía la imperiosa necesidad de alejarme de aquel bullicio.
—Voy a dar un paseo hasta Howlme —contesté—. Buscaré a maese Wrenne y volveré con él.
—Deberíais quedaros con nosotros, señor; aquí estaréis a salvo —se aventuró a decir Tamasin—. Pronto anochecerá.
—Necesito airearme un rato. Y estaré más seguro allí arriba que en este tumulto. Wrenne y yo os buscaremos más tarde.
Para no alimentar la discusión, di media vuelta rápidamente y enfilé el camino en dirección al pueblo.
A mi alrededor, infinidad de personas conducían los carros a los campos con la supervisión de oficiales del séquito real ataviados con casacas verdes, algunos de los cuales llevaban escribanías como la de Craike. Uno de los carromatos había volcado y varios soldados intentaban liberar a los caballos que yacían de costado, aún atados a las guarniciones, relinchando y coceando frenéticamente. Vi que estaba cargado de armas: espadas, ballestas y arcabuces se habían caído por el camino. Los soldados las recogían y las llevaban a los prados adyacentes, alejando a empellones de las letales armas a quienes pasaban por allí. En el siguiente terreno vi un carromato aislado y custodiado por media docena de soldados. Estaba pintado de negro y llevaba inscrito el escudo de armas real. Al reconocer al sargento Leacon, me acerqué a él; mis botas chapotearon en la hierba embarrada. El carruaje no tenía ventanillas y su puerta estaba cerrada. El sargento me saludó con una reverencia.
—¿Algún incidente durante el viaje? —pregunté.
—No, ninguno. —Me miró con curiosidad—. He sabido de la rama que pusieron bajo la silla de vuestro caballo.
—¿Lo saben todos los miembros de la comitiva?
—Ha provocado cierto revuelo. —Señaló con la cabeza al carruaje que tenía tras de sí—. ¿Guarda alguna relación con Broderick?
—No lo creo. —Suspiré—. Voy a pasear un rato, necesito alejarme de la multitud.
Sonrió.
—A mí también me resultó sofocante al principio, cuando partimos de Londres, pero uno acaba acostumbrándose.
—No estoy seguro de que yo lo consiga. Pensaba acercarme al pueblo. Un amigo acaba de subir. ¿Lo has visto pasar? Es un hombre alto y de edad avanzada que camina con la ayuda de un bastón y lleva toga de abogado.
—Sí, pasó por aquí hace un rato. —Dirigió una mirada fugaz al carruaje—. Señor, no me gusta el aspecto que tiene el preso. Está amarillento. No ha acabado de recuperarse del envenenamiento. Se le debería permitir respirar aire puro; pasar todo el tiempo encerrado ahí con ese hombre no puede hacerle ningún bien.
—Tienes razón.
—Cualquiera sentiría lástima al verlo en tales condiciones. Al margen de lo que haya hecho. Su aspecto y movimientos son los de un viejo, aunque tengo entendido que no llega a los treinta.
—Así es. —Sacudí la cabeza—. Y padecerá una muerte horrible por sus creencias, como tantos otros en estos últimos años.
El sargento Leacon volvió a mirarme con curiosidad.
—Estaba dispuesto a morir por esas creencias. Si el norte se hubiese sublevado en primavera, como tenían previsto, se habría derramado mucha sangre.
Asentí lentamente.
—Sí, tienes razón, sargento. Eso es lo que habría ocurrido. Quizá me haya vuelto demasiado comprensivo con nuestro preso, pero he de procurar su bienestar. Hablaré con Maleverer para ver si es posible permitirle hacer algo de ejercicio. —Miré el carruaje negro—. No puedo enfrentarme a Radwinter ahora. Daré el paseo y pararé de regreso para ver cómo se encuentra Broderick.
—Sed prudente, señor, si tenéis enemigos cerca.
—Lo seré. —Miré al joven soldado—. ¿Has tenido más noticias del caso de las tierras de tus padres?
—Solo una carta de mi tío diciendo que están muy preocupados. Prevé llevarlos a Londres para verme cuando llegue la comitiva. Me alojaré en la Torre.
—Venid a verme —dije—. Lamento mi parte de responsabilidad en el asunto.
—¿Creéis que podréis ayudarlos?
—No puedo afirmarlo sin ver la documentación. Pero, si está en mi mano, lo haré. Lo prometo.
El sargento me miró largo rato con aire inquisitivo.
—Eso espero, señor. Si se les expropia las tierras, se quedarán sin nada.
Con cierto sentimiento de culpa, dejé atrás el pastizal y empecé a ascender la colina. El sendero era ancho y estaba flanqueado por robledales y tapizado de hojas caídas, lo que me obligaba a ir con cuidado para no resbalar. Sentí una punzada de nerviosismo estando allí solo, pero pensé que si alguien me seguía colina arriba, lo vería.
Soplaba un vientecillo Cortante. Al llegar al pueblo, comprobé que se reducía a una única calle de casas humildes y desordenadas.
Varias gallinas y cerdos hozaban desperdigados; aparte de varios niños que jugaban junto a un charco, no vi un alma. A la mayor parte de los adultos debían de haberlos reclutado a la fuerza para ayudar a acomodar a la comitiva.
Más allá del pueblo, la pendiente se tornaba más pronunciada. En la cumbre, el sendero daba paso a una extensión de campo abierto al final del cual se alzaba la iglesia normanda de campanario cuadrangular, con un camposanto a la izquierda que se prolongaba hasta el bosque. Me detuve ante la entrada del mismo para recuperar el aliento. El viento soplaba con insistencia allí arriba, pero el aire llegaba limpio. A mi derecha vi una enorme almenara, de veinte pies de altura, hecha con tablones asegurados al suelo con gruesas sogas. Me acerqué a ella para examinarla mejor. Era una de las almenaras que Cromwell había ordenado instalar en las colinas del país tres años antes, cuando todo hacía prever que los franceses y los españoles iban a invadir Inglaterra a instancias del Papa.
Desde allí contemplé el campamento, que se expandía por los prados. Del mismo modo que me había ocurrido cuando lo vi por vez primera llegando a Fulford, la Jornada me inspiró la imagen de una gran mancha en el paisaje. Desvié la mirada hacia la mansión donde el rey estaría ya acomodado, un edificio antiguo e imponente. Broderick había dicho que el rey se la había robado a Robert Constable. «Es tanto lo que ha robado…», pensé.
—En los días despejados se alcanza a ver la catedral de York.
Di un respingo al oír la voz, muy cercana a mí. Me volví y encontré a Giles a mi lado.
—Cielos, señor, me habéis sobresaltado.
—Lo lamento. He parado en el camposanto camino del sepulcro de mis padres y os he visto llegar. Estas hojas húmedas amortiguan los pasos. Parecéis apesadumbrado, Matthew.
—Necesitaba alejarme del campamento. Aquí arriba se respira mejor.
—Sí, todo es ruido y barullo allí abajo. —Su mirada se perdió en el brumoso horizonte. El sol caía ya tras las nubes lechosas, matices rojizos se filtraban entre ellas. Descargó todo su peso sobre el bastón—. ¿Sabéis? El día en que se decidió que me dedicaría a las leyes, subí aquí arriba y contemplé la catedral. Pensé que tal vez algún día acabaría trabajando allí como abogado.
—Y cumplisteis vuestro sueño.
—Sí. —Agachó la cabeza—. Hace ya tanto tiempo… cuando la relación del hombre con Dios parecía clara y estable. —Suspiró—. Desde entonces, el mundo ha dado un giro de ciento ochenta grados. Y York y el norte han acabado abajo.
—Quizá todo vuelva a calmarse ahora en el norte, después de la visita de la Jornada.
—No creo que el rey haya hecho mucho para mitigar el resentimiento que existe en estas tierras. Ah, sí, ha traído a la nobleza, ha afianzado su lealtad mediante votos y juramentos, pero basta con mirar la cara del pueblo llano para saber cuáles son sus verdaderos sentimientos.
Me reí, algo incómodo.
—Giles, habláis como aquellos que envidian a los ricos y desean derribarlos. — Esbocé una sonrisa triste—. A veces me pregunto si no tendrán derecho a serlo.
—No, no. —Giles sacudió su leonina cabeza—. La monarquía es imprescindible si se desea orden. Pero… es un infortunio que Inglaterra tenga el rey que tiene.
—Sí, lo es.
Dirigí la mirada a los campos. Los habían labrado en los prados que se extendían al pie de la colina y acababan abruptamente en el cenagal, que, por lo que vi, se prolongaba infinidad de millas. Decidí cambiar de tema, reparando de nuevo en lo forzadas que se habían vuelto las viejas lealtades, que en un tiempo yo había dado por sentadas.
—¿Dónde estaba la granja de vuestros padres, Giles? —pregunté.
Señaló con el bastón hacia un conjunto de edificaciones.
—Allí. Mi padre drenó la tierra. Como ya sabréis, los pantanales de Howlme siguen en su mayoría vírgenes. Hay una ermita a poca distancia, donde un par de monjes solían guiar a viajeros que se perdían. Ahora ya no están, por supuesto; incluso su mísera vivienda les ha arrebatado el rey.
—¿Tuvisteis una infancia feliz? —le pregunté.
Sonrió.
—Oh, sí.
—¿No esperaba vuestro padre que os hicierais cargo de la granja?
—No. Me gustaba estudiar. Vieron que mis preferencias se inclinaban hacia las palabras y el diálogo, y no hacia los podones y las acequias, y concluyeron que me abriría camino en la vida.
—Mis preferencias también se inclinaban hacia los libros. Me gustaba dibujar… Antes pintaba para entretenerme, aunque últimamente lo he dejado. No obstante, siempre supe que mi padre hubiese preferido tener un hijo fuerte para que hiciera prosperar la granja en lugar de un… bueno, de mí.
—Debería haberos aceptado como sois, alegrarse de vuestra inteligencia.
—Lo intentó, creo. —Vacilé—. Mi madre murió cuando yo tenía diez años.
—Con lo que vuestro padre careció de la influencia apaciguadora de una mujer.
—En efecto. Se volvió más hosco al enviudar.
Guardé silencio un momento.
—Quería visitar el sepulcro de mis padres y después me proponía entrar en la iglesia. ¿Os apetece verla?
—Sí. Tengo que pensar en un modelo de lápida para mi padre.
Me precedió al interior del templo. Casi todas las lápidas eran de arenisca, ya erosionada por el tiempo, pero Giles me condujo hasta una de mármol que destacaba entre las demás. Su inscripción era sencilla:
Edward Wrenne 1421-1486
y su esposa Agnes 1439-1488
Descansen en paz
—Ambos murieron cuando yo estudiaba —dijo—. Mi madre vivía entregada a mi padre. Languideció y murió dieciocho meses después que él.
—Ella era mucho más joven.
—Sí. Mi padre había estado casado antes, con una mujer de edad más próxima a la suya. No tuvieron hijos. Ella murió cuando apenas superaban los cuarenta años y está enterrada con su familia. Luego mi padre se casó con mi madre. Yo fui hijo de su vejez.
—La familia de mi padre vivió en Lichfield durante generaciones. Creo que en parte por eso lamentó que yo no siguiera ocupándome de la granja. La tradición se extinguía.
—Mi padre vino a Howlme desde lejos, más allá de Wakefield, cuando era joven, de modo que su arraigo era mucho más débil.
Asentí despacio.
—Bien, es un hermoso recordatorio. El mármol queda bien. Creo que encargaré una lápida de mármol para mi padre.
—Dejadme un momento a solas, Matthew —dijo Giles con voz tenue—. Enseguida me reuniré con vos en la iglesia. Merece la pena visitarla.
Me di la vuelta, disponiéndome a volver, y me detuve en seco. Había oído el crujido de una rama, un ruido seco. Miré los árboles que daban sombra al camposanto, pero no vi nada. «Un ciervo», pensé mientras me dirigía a la pequeña iglesia.
El interior estaba tenuemente iluminado por velas. El edificio tenía pequeños arcos abovedados y las vigas del techo estaban decoradas con rosas de la casa Tudor. En una capilla lateral, un cirio parpadeaba en un crisuelo depositado ante una imagen de la Virgen. Al rey Enrique no le habría gustado verla. Me senté en un banco y pensé en mi padre mientras la luz que se filtraba por los altos vitrales empezaba a decaer. Su rostro regresó a mi memoria: entrecano, rígido, adusto. Sí, había sido una persona hosca. En verdad, esa era la razón por la que, de adulto, siempre me había sentido reticente de volver a casa.
La puerta se abrió y Giles entró; el golpeteo de su bastón contra el suelo resonó en la iglesia. Se dirigió a la capilla, se persignó, cogió una vela y la prendió con la llama del farolillo. Luego vino hasta mí, colocó la vela frente al banco y se dejó caer a mi lado.
—Es un lugar hermoso, ¿no os parece? De niño fui monaguillo. —Se echó a reír —. Éramos muy traviesos. Cazábamos los ratones que venían a mordisquear los cirios, los atábamos a las varas de carros diminutos y los hacíamos correr por los pasillos.
Sonreí.
—Yo también fui monaguillo. Aunque era un niño obediente. Todo me lo tomaba en serio.
Me miró.
—Hasta que transferisteis vuestra lealtad a la Reforma.
—Sí. Aunque no lo creáis, hubo un tiempo en que viví exaltado por la Reforma. Siempre cuestionándolo todo.
—Creo que tal vez seguís haciéndolo.
—Tal vez, si bien de un modo distinto.
Wrenne señaló con la cabeza hacia la capilla.
—Es la capilla de los Constable.
—¿De la familia de sir Robert Constable?
—Sí. Han sido terratenientes en estos lares durante siglos. Un sacerdote sigue oficiando una misa diaria por sus almas. Cuando yo era niño, el párroco de esta iglesia era un Constable.
—¿Eran buenos terratenientes?
—No. Era gente huraña y codiciosa, y Robert Constable lo fue en igual medida, aunque acabó muriendo por sus creencias.
«Tal como le dije al sargento Leacon que acabaría Broderick», pensé.
—He oído que sus huesos siguen colgados sobre las puertas de Hull.
—Sí, es probable que los veamos. —Caviló un momento—. Cuando mi padre murió, vendí la propiedad a los Constable. No tenía sentido mantener una granja tan alejada de mi lugar de residencia. No más sentido del que tiene para vos. No deberíais sentiros culpable por traspasar la granja de vuestro padre, Matthew.
—No, tenéis razón.
Me miró y sacudió la cabeza.
—Es mucho lo que habéis tenido que soportar. Primero, vuestro padre; ahora, estas agresiones. ¿Y decís que ha habido más?
Respiré hondo.
—Tres, incluyendo la rama en la silla de Génesis. Y sin contar el día en que robaron el condenado joyero con los documentos y me dejaron inconsciente. Hace una semana alguien intentó atravesarme con un espetón en el campamento.
—¡Cielos! —exclamó, abriendo mucho los ojos.
—Y después soltaron a un oso cuando pasaba junto a su jaula.
—Santo Dios.
—Temo que la persona que me acecha crea que he averiguado más de lo que en realidad sé acerca de los documentos que contenía aquel cofre. Solo tuve tiempo de ojear algunos papeles. —Hice una pausa—. Uno de ellos era el Titulus.
—Ah.
—Así supe que corríais peligro conservando una copia.
—Ahora lo entiendo. ¿Cuáles otros visteis? —preguntó, con curiosidad—. Cuando me interrogó, Maleverer dijo que no habíais tenido tiempo de leerlos.
—Nada destacable.
—Maleverer debe de estar furioso con vos.
—Él, y también el Consejo Real.
—¿Cómo habéis soportado todo esto? —dijo con voz afable—. ¿Además de lo que ocurrió en Fulford?
—Uno soporta ciertas cosas cuando no hay alternativa. —Lo miré—. Como vos sabéis por experiencia propia, y mejor que nadie.
—Sí. —Asintió lentamente—. Sí. El Señor deposita pesadas cargas sobre nosotros. Más pesadas de lo que ningún hombre tendría que soportar, pienso en los momentos más lóbregos.
Cambié de postura en el estrecho banco; volvía a sentir molestias en el cuello.
—Creo que deberíamos regresar ya. Estará anocheciendo.
—Permitidme unos minutos más —rogó—. Quisiera rezar una oración.
—Por supuesto. Os esperaré junto a la almenara.
Salí de la iglesia. Fuera, el sol rayaba el horizonte y el camposanto apenas se distinguía ya. Franqueé la puerta y miré el campamento que se extendía abajo: antorchas y fogatas ardían por los campos y en todas las ventanas de la casa solariega se veía intensa luz. Los monarcas estarían ya instalados en ella; maese Craike debía de haberse asegurado que todo estuviera dispuesto para su comodidad.
Giles se demoraba con sus plegarias. Palpé las gruesas sogas que sostenían la almenara, fuertemente atadas al extremo superior de un mástil de hierro que asomaba del centro de una inmensa fogata y ancladas a estacas clavadas a su vez en la tierra.
Hacía rato que sentía presión en la vejiga. Miré alrededor, al camposanto y los árboles que bordeaban aquel espacio abierto, para asegurarme de que allí no hubiera nadie más. Me desenlacé las calzas y suspiré aliviado al aliviar la presión sobre los leños. Acabé y volví a anudarme las calzas. Me di la vuelta y me quedé petrificado, paralizado por la conmoción que me produjo lo que vi: Jennet Marlin, a unos diez pies de mí. Llevaba una capa oscura con capucha y lucía el más adusto de los semblantes. Enarbolaba una ballesta con la que me apuntaba al corazón.
La miré fijamente, boquiabierto. Se ajustó la ballesta sobre el hombro. Me estremecí, a la espera de que la flecha saliera disparada hacia mí. Pero, aunque ella mantenía un dedo en el gatillo, no disparó.
—Esta vez os tengo —dijo, con la voz afilada como la hoja de un cuchillo. Miré hacia la iglesia por encima de su hombro, una figura negra contra el sol crepuscular; la luz que brotaba de la capilla perfilaba las ventanas con un reflejo tenue y rojizo. Esbozó un amago de sonrisa y sacudió la cabeza—. No busquéis la ayuda del viejo.
—¿Qué… qué le habéis hecho?
Ella siguió observándome con sus grandes ojos, que rebosaban cólera y deleite.
—He bloqueado la puerta de la iglesia con una vara de madera que he introducido entre los tiradores. Está encerrado, eso es todo. No arrebato vidas a menos que sea necesario.
—¿Y la mía? —pregunté—. ¿Es necesario que me arrebatéis la mía?
No contesto. Vi que la ballesta temblaba un instante en sus manos. La atenazaba la tensión. Recé por que sus dedos no resbalaran… Comprendí que debía seguir hablando para impedir que presionara el gatillo.
—¿Fuisteis vos quien intento atravesarme con el espetón en el campamento? ¿Y quien soltó al oso y puso la rama bajo la montura de mi caballo?
—Sí. Aquella primera vez fue una afortunada casualidad que os viera en el campamento. Yo paseaba por el río. —Me fulminó con la mirada. ¿Por qué? ¿Qué creía que había hecho yo?—. Y en cuanto al oso, sabía por Tamasin que habíais ido a York y esperé escondida a que regresarais. Pensé que se daría la ocasión en la oscuridad. Regresasteis y, mientras cruzabais la iglesia, corrí por el lateral y me escondí detrás de la jaula de la bestia. Sí, os he estado vigilando durante las últimas dos semanas —añadió con encono—. Desde las ventanas de la casa solariega, desde el campamento, desde escondrijos en el campo… Cuando hace un rato os vi abandonar el campamento y subir la colina, supe que era mi mejor oportunidad.
—Cogisteis esa ballesta del carro volcado.
—Sí. —Parecía algo más serena, aunque seguía observándome por la mira del arma—. Sí. Oldroyd debía morir. Tenía ese maldito joyero. No accedía a entregármelo ni diciéndole que me enviaba Bernard.
—¿Estáis llevando a cabo una misión para vuestro prometido? Entonces ¿Bernard Locke era un conspirador?
—Sí, lo era.
—Pero… yo creía que erais reformista.
—Y lo soy. Bernard lamenta lo que hizo. Quería que el contenido del joyero fuera destruido. Esos documentos podían poner en peligro el trono, según me dijo. Está arrepentido. Él salvaría al rey de cualquier conspiración traicionera, como también lo haría yo.
Me pregunté si Bernard Locke estaría en verdad arrepentido. «No —pensé—, solo se aprovecha de su devota prometida».
De pronto, percibí un movimiento a sus espaldas, una figura corpulenta y apenas visible que se acercaba a ella. Era Giles. De algún modo había conseguido salir de la iglesia y se aproximaba a Jennet Marlin muy despacio, con el bastón alzado con ambas manos y cara de concentración, pues intentaba avanzar sin hacer ruido. Me obligué a mantener la mirada clavada en Jennet Marlin.
—Bernard me dijo que los documentos estaban en posesión de maese Oldroyd, guardados en su casa, en un lugar secreto. Me dijo que debía matar al vidriero y quitarle las llaves para conseguirlos. Jamás los habría entregado por voluntad propia.
—Empujasteis a aquel hombre indefenso desde lo alto de la escalera, a sangre fría.
—No tenía alternativa. —Su acerada voz no titubeó—. ¿Acaso no era un conspirador y, como tal, merecía la muerte del traidor? De no haber sido por su caballo, que se desbocó cuando él cayó, habría tenido las llaves de su casa, pero el animal despertó la alarma.
—¿Nos oísteis llegar y os escondisteis en la iglesia?
—Sí, vos y ese patán de Barak estuvisteis a punto de descubrirme. Por suerte había sido lo bastante precavida para hacerme antes con las llaves. Pero entonces, antes de que consiguiera ir a casa de Oldroyd, vos aparecisteis con ese cofre. Un joyero, justo como Bernard me lo había descrito.
—Y os hicisteis mi amiga, planeando todo el tiempo matarme. Porque creíais que yo conocía el contenido de esa caja.
Giles se encontraba ya justo detrás de ella. Había alzado el bastón por encima de su cabeza con las dos manos, pero vaciló… Debía de temer que, si la golpeaba, ella dejara escapar la flecha al caer.
—Sí, para ver qué podía averiguar. Del mismo modo que vos fingíais ser mi amigo, riendo por lo bajo porque sabíais que algunos de esos documentos incriminaban a Bernard. Resultaba más difícil ser cortés que intentar mataros. Cada vez que veía vuestra deformidad me ponía enferma…
Empezaba a comprender el motivo de su ira.
—Señorita —dije—, apenas vi los documentos. No leí nada sobre vuestro prometido.
—Sandeces. No confiáis a Maleverer todo lo que habéis descubierto, pero cuando lleguéis a Londres se lo revelaréis a maese Cranmer. Debéis saber que…
No acabó la frase, pues en ese instante Giles estrelló el bastón contra su cabeza con toda la fuerza de sus brazos. Se oyó un horrible crujido. Jennet dejó escapar un leve gemido de sorpresa y cayó al suelo. La ballesta rebotó y yo me lancé hacia un lado. Oí también que la flecha se clavaba en un árbol próximo. Volví a mirar al frente: Jennet Marlin yacía en el suelo boca abajo, con la cabeza oculta bajo la capucha de la capa. Giles seguía en el mismo punto, balanceándose levemente y con los ojos desorbitados.
Corrí hasta la mujer; la ballesta estaba a su lado. Le tomé un brazo: lo encontré flácido, inerte. La volví. Estaba muerta; tenía los oscuros rizos bañados en sangre y los ojos abiertos y exánimes, como los de un pez. Todas las frenéticas emociones que los habían poblado hasta entonces habían desaparecido. Me volví a un lado y sentí un violento acceso de náuseas.
Noté un brazo sobre mi hombro. Me incorporé. Los ojos grandes e intensos de Giles me escrutaban; un tic en su mejilla me hizo saber lo conmocionado que estaba.
—¿La he matado? —preguntó en un susurro.
Asentí.
—Me habéis salvado la vida. ¿Lo oísteis todo?
—Lo suficiente. —Bajó la mirada hacia el cuerpo de la mujer—. Santo Dios.
Inhaló una larga y profunda bocanada de aire.
—¿Cómo salisteis?
—Conozco la iglesia de Howlme desde que era niño. Cuando no conseguía abrir la puerta principal, salía por otro sitio. Hay una entrada lateral. —Volvió a mirar el cuerpo de Jennet Marlin—. Tenía tanto miedo de que apretara el gatillo…
Cogí el arma y tomé a Giles de un brazo.
—Vamos —le dije con voz tenue—. Bajemos al campamento. Maleverer debe saber todo esto cuanto antes.