Soberano

C. J. Sansom · Capítulo 29 de 50

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Soberano

Capítulo 29

 

Barak y yo nos sentamos en mi celda de la hospedería. Entre ambos, sobre la cama, descansaba el papel donde había reproducido de memoria el árbol genealógico que había encontrado en la caja. Una lámpara colocada precariamente junto a él arrojaba una tenue luz amarillenta sobre los nombres de la realeza.

 

—¿Cómo puede conducirnos esto a vuestro agresor? —preguntó Barak, cansado.

—La respuesta reside siempre en el detalle —contesté, frunciendo el ceño—. Ten un poco de paciencia —le pedí, antes de proseguir—. Bien, el Titulus insistía en que Ricardo III nació en Inglaterra, lo cual otorgaba «certeza de vuestro nacimiento y filiación». He estado pensando. Creo que, entre líneas, afirma que uno de los hermanos del rey Ricardo era bastardo.

—Vos mismo dijisteis que el Titulus parecía aunar todos los argumentos, aunque sean frágiles, para justificar la usurpación del trono por parte de Ricardo. ¿Dónde están las pruebas?

Lo miré.

—¿Tal vez en el joyero? —Señalé el nombre de Cecilia Neville, que encabezaba el árbol genealógico—. Si uno de sus hijos era bastardo, eso explicaría el comentario que hizo Maleverer cuando la caja desapareció: «Todo empieza con Cecilia Neville».

Barak se acarició el mentón.

—Junto a Ricardo III figuran dos hijos.

—Sí: Jorge, duque de Clarence y padre de Margarita de Salisbury, que ha sido ejecutada este año, y Eduardo IV, abuelo del actual rey.

—Si se cuestionara la estirpe Clarence, eso beneficiaría grandemente al rey. Querría hacerlo público.

—Pero los conspiradores no. Habrían destruido todas las pruebas, no las habrían escondido y protegido. De modo que la imputación podría haber ido dirigida al rey Eduardo IV, el abuelo del rey, con quien se dice que guarda gran parecido.

Barak me miró con una expresión de horror.

—Si Eduardo IV no era hijo del duque de York…

—El hombre a través del cual fluye la línea de sucesión… En ese caso, el derecho al trono por parte del rey se torna muy débil, mucho más que en el caso de la estirpe de la condesa de Salisbury. Tan solo se sustenta en el reclamo de su padre, Enrique Tudor.

—Que poca sangre real tenía.

Señalé el árbol genealógico.

—Si estoy en lo cierto, esos nombres resaltados con trazo más grueso representan una estirpe falsa. Todos son descendientes de Eduardo IV.

—Entonces, ¿quién se supone que fue el padre de Eduardo IV?

—Sabe Dios. Algún noble o algún caballero de la corte de York que vivió hace un siglo. —Enarqué las cejas—. Quizá alguien llamado Blaybourne.

Barak soltó un silbido y caviló unos instantes.

—Nunca he oído hablar de ninguna familia noble con ese nombre.

—No, pero muchas familias nobles cayeron en la Guerra de las Dos Rosas.

Barak bajó la voz, aunque en la hospedería reinaba el silencio, pues todos los secretarios habían ido a cenar.

—Son asuntos graves. Incluso manifestar dudas sobre la descendencia del rey se considera traición.

—Si hubiese pruebas y se airearan al mismo tiempo que los escarceos de la reina Catalina y Culpeper, sin duda el trono se tambalearía. Eso transformaría la autoridad del rey en una auténtica farsa. —Me reí, incrédulo.

—No es cosa de risa. —Barak me miraba con los ojos entornados.

—Lo sé. Es solo que… El gran Enrique se convierte nada más y nada menos que en el descendiente de un usurpador del trono. Si no me equivoco —proseguí, serio—, la información de los conspiradores entrañaba la mayor fuerza imaginable, pues desafiaba la propia legitimidad del rey y la de los posibles hijos de Catalina Howard. Imagino que planeaban sacarla a la luz cuando la rebelión estuviera en marcha. Solo que nunca llegó a estarlo; los conspiradores fueron traicionados antes incluso de que pudiera dar comienzo.

—¿Traicionados? ¿No querréis decir descubiertos? El informador hizo un servicio al país.

—En tal caso, descubiertos. Y los documentos desaparecieron como por arte de magia, ocultos en el dormitorio de Oldroyd. —Lo miré—. A la espera de las circunstancias idóneas para volver a intentarlo. En una ocasión, Broderick me dijo que el rey no tardaría en caer. Quizá se refería al momento en que todo esto saliera a la luz.

—¿Creéis que se está gestando otra rebelión? Pero York está fortificada. Jamás había habido una ciudad tan bien custodiada.

—Ahora está tranquila, pero cuando la comitiva real se marche, los soldados también lo harán. Entonces York quedará en manos de los agentes de seguridad locales, y a saber cuáles son sus afinidades. Además, no se puede decir que el pueblo haya recibido al rey con entusiasmo. Recuerda lo que dijo maese Waters sobre el Consejo del Norte: que no podía permitirse tener una ciudad llena de comerciantes descontentos. El mismo Cranmer admitió que no habían llegado al núcleo de la conspiración. Muchos líderes escaparon y las autoridades siguen intentando sonsacar información a los que están encerrados bajo sospecha, como el prometido de Jennet Marlin.

—Y Broderick. Pero todo son suposiciones. Aún más: suposiciones peligrosas — añadió Barak.

—¿Lo son? Eso explica las palabras del Titulus Regulus y la disposición del árbol genealógico. Y los comentarios de Maleverer sobre Cecilia Neville.

—Nada de esto nos ayuda a averiguar quién pretende mataros.

—No, pero explica por qué alguien relacionado con la conspiración querría verme muerto: creen que he leído esos documentos. Tal vez conozcan mi vínculo con Cranmer y supongan que en cuanto regrese a Londres se lo confiaré todo, dejando a Maleverer fuera de escena.

Me puse en pie, abrí el farolillo y prendí fuego al árbol genealógico.

—¿Es necesario? —preguntó Barak.

—Sí, creo que sí. —El papel ardió deprisa; tiré los restos al suelo y los pisé. Reflexioné un momento y me volví hacia él—. ¿Qué harías tú si fueras un miembro de la conspiración que hubiese escapado al arresto? ¿Esconderte en algún refugio con esos documentos?

Meditó la respuesta.

—Esperaría hasta que la comitiva real y todos los soldados hubiesen regresado a Londres. Luego intentaría recuperar mis contactos en el norte, aunque esta vez sería muy cauteloso con los informadores.

—Sin perder los contactos del sur. Tal vez en el Colegio de Gray.

—Después, llegado el momento idóneo, alzaría mi estandarte. Y expondría todas las pruebas que tuviera de los antepasados de Enrique y de la reina Catalina. Probablemente esperaría hasta la primavera. Una campaña de invierno sería dura, con tantos hombres a los que alimentar y vestir.

—Eso es también lo que yo haría. Y si para entonces Catalina Howard estuviese encinta, también sería el momento perfecto para airear sus devaneos con Culpeper.

—¿Y qué hay del juramento de los nobles de York al monarca? Si existiesen pruebas de que su reinado carece de legitimidad, ¿seguiría siendo válido ese juramento?

—No, no. Eso lo trastocaría todo.

Barak sacudió la cabeza.

—¿De modo que la cabeza de Maleverer podría acabar colgada de las puertas de York?

—Es probable. —Volví a sentarme—. Y en parte me pregunto si acaso no sería eso una especie de justicia, viendo lo oprimida que vive la gente aquí.

Barak torció el gesto.

—Esos conspiradores reinstaurarían al Papa y se aliarían con un poder foráneo. Con Escocia, y donde hay escoceses, los franceses nunca están lejos.

—Podría derramarse un mar de sangre —concluí.

Barak se rascó la cabeza.

—¿Creéis que…?

—¿Qué?

—¿Que el rey conoce la historia de Blaybourne? ¿Que sabe que podría no ser el legítimo heredero? Sin duda ha de estar al corriente. Maleverer transmitió ese nombre al duque de Suffolk, y ahí es donde se abrió la caja de Pandora. Si el duque lo sabe, el rey también.

—Entonces, ¿sabe que podría no ser el legítimo soberano, pero no hace nada al respecto?

—¿Qué haríais vos en su lugar?

—Supongo que lo mismo —admití—, pero no sabe lo de Catalina y Culpeper. Es imposible. Y no voy a ser yo quien le vaya a Maleverer con el cuento. Si llega a enterarse de que he conseguido descifrar el contenido del Titulus, nuestras vidas podrían valer bien poco.

—Los muertos no hablan, ¿eh?

—Lo creo muy capaz de todo. El rey no puede quedarse aquí de por vida. Y nosotros tenemos ya una reserva en un barco que zarpa de Hull.

—Deberíais informar a Cranmer cuando regresemos —opinó.

—Ya veremos.

—Tamasin tendrá que volver con la comitiva real. Eso podría llevar semanas. No lo muestra, pero está muy asustada después del interrogatorio de lady Rochford. — Me miró y en ese instante vi lo mucho que la chica significaba ya para él—. ¿Hay alguna posibilidad de que pudierais conseguir un pasaje para ella?

—Será difícil. No hay motivo oficial para que regrese antes.

—Podríamos inventar alguna historia sobre un pariente enfermo.

—Haré lo que pueda —convine—, pero será mejor que esperemos hasta llegar a Hull.

—Gracias. —Barak parecía aliviado—. De todos modos, ¿por qué vuelve el rey a Hull? Ya ha estado allí.

—Tiene previsto reforzar la defensa de la ciudad.

—Está muy lejos para arrastrar a la comitiva de nuevo hasta allí.

—Es el rey. Puede hacer lo que le plazca. Y también debo conseguir un pasaje para Giles. Me siento responsable de ese entrañable anciano. Es como si hubiese ocupado el lugar de mi padre.

—Pobre viejo diablo. Viéndolo, uno no diría que está tan enfermo. Y hoy, en la audiencia, se ha mostrado muy firme.

—Sí, en efecto, pero el doctor Jibson dice que no hay esperanza para él — contesté, apesadumbrado.

—No estabais de acuerdo con él en rechazar la solicitud de aquel leñador, ¿verdad?

—No, pero él conoce mejor la realidad política de estos lares.

—¿Creéis que acabaremos de atender a todos los suplicantes mañana por la tarde?

—Sí. Y con ello habremos concluido nuestro trabajo.

—Quizá podríamos ir a la ciudad por la mañana, tomarnos un respiro de este lugar. —Se sonrojó—. Tamasin dijo que ella y la señorita Marlin irán de compras. Necesitan material de costura para remendar la ropa de cama de la reina. Le dije que tal vez podría estar en la plaza St. Helen hacia las diez y media. Hoy no la he visto, pero se supone que debo permanecer a vuestro lado.

—Entonces, tendré que acompañarte y hacerte de carabina. No importa. Creo que agradeceré salir un rato de aquí.

 

La mañana siguiente amaneció plácida y soleada, pero con un viento cortante. El rey, se decía, había vuelto a salir de caza. Partimos hacia la ciudad, que al ser día de mercado bullía de actividad. Pasamos junto a un grupo de oficiales de St. Mary que discutían con varios mercaderes; era evidente que se seguían comprando provisiones.

Tamasin le había dicho a Barak que ella y Jennet Marlin visitarían un comercio de Coneygate que vendía telas de exquisita calidad. Llegamos a la plaza St. Helen poco después de las diez. Miré al final de Stonegate, hacia la casa de Oldroyd, y recordé el día en que los vidrieros nos habían rodeado. Podríamos haber salido muy mal parados de no haber aparecido entonces maese Wrenne. Al otro lado de la plaza, un reguero de personas entraban y salían de la Casa Gremial.

Barak señaló con la cabeza la iglesia de St. Helen, que quedaba en una esquina. En el lateral del patio que daba a la calle, bajo un árbol, había un banco.

—Sentémonos —propuse.

—Os habéis aficionado a sentaros debajo de los árboles.

—Las espaldas quedan guardadas contra el tronco —repuse con voz tenue—, y permite ver quién se acerca.

—Tienen que pasar por aquí para regresar a St. Mary —dijo Barak—. Parecerá que nos hemos parado a descansar.

Entramos en el patio de la iglesia y nos sentamos en el banco. Los sepulcros estaban cubiertos con hojarasca rojiza, ocre y dorada. Era un rincón tranquilo.

Barak me dio un leve codazo.

—Ahí está el Archivero, y nos saluda —dijo.

Alcé la mirada. Tankerd acababa de salir de la Casa Gremial. Al verlo, recordé el episodio de Fulford. Le devolví el saludo y se encaminó hacia nosotros.

—¿Descansando un poco, señor? —preguntó.

Su mirada era curiosa, tentativa. Tal vez quería informar a sus colegas de mi aspecto después de la mofa del rey. Bien, sin duda había de parecer cansado y abrumado, aunque no era por los motivos que él imaginaba.

—Sí, tengo la mañana libre antes de abordar el resto de las súplicas esta tarde.

—¿Van bien las audiencias?

—Muy bien. Maese Wrenne sabe lo que hace.

—Es el abogado más respetado de York, pero he oído que no va a aceptar más trabajo. Quizá vaya a retirarse, al fin.

—Tiene ya una edad avanzada —contesté, evasivo.

—Y recientemente ha empezado a mostrar signos de debilidad. —No repliqué y Tankerd sonrió, dubitativo—. Bien, debo irme. Se ha pedido al Consejo que presione a las granjas de Ainsty para que entreguen toda su producción en St. Mary, incluso el maíz. Pero están ofreciendo un buen precio. Da la impresión de que el rey de Escocia podría demorarse aún. En fin, que tengáis un buen día. —Hizo una pausa y añadió con voz discreta—: Lo que os dijo el rey fue bochornoso, señor. Y no soy el único que opina así.

Alcé la mirada, sorprendido.

—Gracias. —Vacilé unos instantes—. Entonces, ¿no se ríen todos en la Casa Gremial?

—En absoluto, señor. Fue una broma cruel que de ningún modo ha mejorado la reputación del rey.

—Gracias, maese Tankerd. Se agradece saberlo.

Hizo una reverencia y se marchó. Lo observé mientras se alejaba. Barak me dio otro codazo.

—Ahí vienen.

Miré en la dirección por donde se acercaban lentamente Jennet Marlin y Tamasin. Tras ellas, un criado armado cargaba con una caja grande, sin duda llena de materiales de costura.

—¡Buenos días! —exclamé para llamar su atención.

Teníamos el sol de espaldas y Jennet Marlin entornó los ojos unos instantes antes de reconocernos. Pareció dudar.

—¿Podemos descansar aquí un momento, señora? —preguntó Tamasin con dulzura—. Llevo toda la mañana de pie y agradecería sentarme un rato.

Sus dotes diplomáticas eran incuestionables. Jennet Marlin nos miró, quizá adivinando que el encuentro no era casual. Volvió a dudar y luego asintió.

—Sí, sentémonos unos minutos.

Me puse en pie y le hice una reverencia para ofrecerle mi lugar.

—No hay espacio para todos —dijo Tamasin—. Maese Barak, vayamos a sentarnos bajo un árbol. Te enseñaré el exquisito material que hemos comprado.

—¿Eh? Ah, sí.

Barak siguió a Tamasin hasta un discreto rincón, debajo de un roble, y me dejaron a solas con Jennet Marlin. El criado fue a sentarse en el césped, a una distancia prudencial. Sonreí, indeciso.

—Y bien, señorita Marlin, ¿cómo os va? —pregunté. La dama parecía cansada y preocupada; sus ojos transmitían desdicha. Varios rizos despeinados habían escapado de su capucha y ella se apresuró a apartárselos de la frente—. ¿Tenéis noticias de Londres?

—No, y seguimos sin saber cuándo podremos dejar esta miserable ciudad.

—Según el Archivero siguen comprando más provisiones.

—Los hombres del campamento estarán empezando a inquietarse y fugarse por la noche, como hacían en Pontefract. —Soltó un largo suspiro—. Virgen santísima, cuánto desearía que no me hubiesen convencido para participar en esta empresa. — Me miró, muy seria—. Bernard, mi prometido, iba a acompañarnos. —Vaciló unos instantes—. De hecho, estaba previsto que desempeñara vuestro trabajo con las súplicas.

—Ah, lo ignoraba.

—Primero, Bernard fue arrestado, y después su suplente murió. Un cargo desafortunado, el vuestro.

No era de extrañar que al principio se hubiese mostrado tan hostil. No obstante, al fin parecía haberme aceptado, e incluso me dio la impresión de que me consideraba una especie de confidente. Eso me complacía; en cierto modo, era como si la pequeña Suzanne y yo volviéramos a ser amigos. Pensé que debía dejar de contemplar a las personas como sustitutos. Jennet Marlin por Suzanne, Giles Wrenne por mi padre…

—Fue uno de sus amigos quien me persuadió para que viniera —prosiguió—. Otro abogado de Lincoln. Cuando Bernard fue recluido en la Torre, en abril, fui a visitarlo a diario. Pero sus amigos me dijeron que de ese modo podría levantar sospechas y que era preferible que viniera con la Jornada. Y lady Rochford también insistió mucho. Está acostumbrada a que me encargue de su ropa.

—Debió de ser muy duro para vos dejar Londres.

—Si se produce alguna novedad, tendré que regresar. Pero en casi tres meses no ha ocurrido nada. Disculpadme, señor —dijo de súbito—, debo de estar aburriéndoos con mi cháchara.

—No, no. Os comprendo, señorita. —La miré—. ¿Cómo le va a vuestro prometido en la Torre? ¿Recibe visitas de sus amigos?

Hizo girar la sortija de compromiso en el dedo.

—Sí, le llevan comida y ropa, y el calabozo no es tan espantoso como la mayoría, al menos no está bajo tierra. Tuvimos que pagar bien a los carceleros para conseguirlo —añadió con amargura.

—Me lo imagino.

—Y, con todo, temo por su salud. Se acerca el frío.

—Tal vez lo liberen antes del invierno —apunté, pero ella se limitó a suspirar—. ¿Son todos sus amigos del Colegio de Gray? —pregunté.

Al oír esto, me miró con severidad.

—¿Por qué queréis saberlo?

—Me preguntaba si conocería al sobrino de un amigo mío, otro abogado del Colegio de Gray natural del norte.

Le hablé de la determinación de Giles de encontrar a su pariente y de mi disposición para ayudarlo. Ella caviló unos instantes.

—Es cierto que los abogados del norte tienden a permanecer juntos. La mayoría son tradicionalistas en asuntos religiosos.

—Creo que ese hombre lo es. Se llama Martin Dakin.

—No me suena el nombre.

—¿Ha sido arrestado algún otro hombre del Colegio de Gray? Estuvieron bajo sospecha en mil quinientos treinta y seis.

—Ninguno que yo conozca.

—Es un consuelo, gracias. ¿En qué despacho del Colegio de Lincoln ejercía vuestro prometido?

—No habléis en pasado, señor. Lo pondrán en libertad. El nombre de su despacho es Garden Court.

—Lo lamento. Gracias.

Guardó un breve silencio y luego volvió a clavar sus grandes y afligidos ojos en los míos.

—¿Sabéis de qué se acusa a mi Bernard?

—No, señorita.

Su mirada era penetrante.

—Creía que lo habríais oído, ya que el rumor circula por doquier.

—No.

—De conocer a dos caballeros de Yorkshire que formaban parte de la conspiración. Pero eran viejos amigos, era evidente que los conocía.

—¿Lo implicaron ellos?

—No, aunque los torturaron. Ahora están muertos. Sus restos colgaron en la barbacana de Fulford hasta que la despejaron para la llegada del rey —declaró, apretando con fuerza sus menudos puños sobre el regazo.

—En tal caso, no hay pruebas.

Volvió a mirarme.

—Hay una carta que uno de ellos envió a Bernard al Colegio de Gray, a finales del pasado año. Por lo visto, afirmaba que este año vendrían tiempos mejores, pero Bernard me aseguró que eso solo significaba que tenía la esperanza de que la cosecha fuera mejor que la del año anterior, tras la sequía.

—Si eso es todo, me parece mezquino.

—Hoy en día se necesita muy poco para arrestar a un hombre, sobre todo si es partidario de las antiguas costumbres en el terreno religioso. Oh, no es que sea papista, y de hecho creo que yo estaba convenciéndolo acerca de la verdad de la religión de la Biblia… bien, en la medida en que una mujer puede influir en un hombre. Pero era conocido como tradicionalista y eso basta para condenarlo, si se susurra veneno en los oídos adecuados.

Su mirada se tornó aguda y fría.

—¿Los oídos de quién?

Tuve la impresión de que quería que se lo preguntara.

—Bernard compró las tierras de una pequeña abadía disuelta, cerca de aquí — explicó—. Eran adyacentes a las de su familia. —Sus labios volvieron a tensarse—. Pero otra familia, cuyas tierras son colindantes con las de Bernard por el otro extremo, las querían para sí. Estando Bernard arrestado por traición, sus propósitos se verían cumplidos: de ese modo, sus tierras irían a parar a manos del rey y ellos podrían adquirirlas luego a bajo coste. —Hizo una pausa—. El apellido de la familia es Maleverer. —Recordé la mirada de odio que le había lanzado en la casa solariega cuando llevaron allí a Tamasin para interrogarla—. Cielo santo —añadió—, su sed de tierras es infinita.

—Sé que está pujando por varias propiedades de Robert Aske y… creo que también persigue otra en Londres.

—Es solo porque es bastardo —declaró Jennet Marlin, como si escupiera la palabra—. Cree que si consigue suficientes posesiones, logrará superarlo. —Me miró —. Hoy la gente cometería cualquier perfidia por dinero, jamás hubo tanta codicia por la tierra.

—Estoy de acuerdo con vos, señorita.

—Pero Maleverer no se saldrá con la suya. —Apretó aún más los puños—. Bernard y yo estamos predestinados a estar juntos. Es nuestro sino. —Hablaba con voz pausada—. La gente se ríe de mí, dice que estoy obcecada en casarme antes de que sea demasiado vieja…

—Señorita —musité, violentado por su franqueza.

—No entienden lo que hay entre Bernard y yo —prosiguió ella, no obstante—. Fue mi amigo de la infancia. Mis padres murieron cuando era pequeña y me crie en su casa. Él tenía tres años más que yo y fue un padre y un hermano para mí. — Guardó silencio unos instantes y luego me miró de nuevo—. Decidme, señor, ¿creéis que dos personas pueden estar predestinadas a estar juntas, que Dios trazó sus caminos antes de que nacieran?

Me agité, algo incómodo. Sus palabras parecían proceder de un florido poema de amor cortés.

—No estoy seguro de creerlo, señorita —contesté—. Las personas se enamoran y se desenamoran, o guardan silencio hasta que es demasiado tarde. Como hice yo en una ocasión, para mi desdicha.

Me miró y negó con la cabeza.

—No lo comprendéis. Incluso cuando Bernard se casó con otra mujer, yo sabía que no era el fin. Después, cuando su esposa murió, me propuso matrimonio. Ya lo veis, estaba escrito. —Me miró con repentina e irritante fiereza—. Haría cualquier cosa por él. Cualquier cosa.

—Lamento mucho vuestro sufrimiento —dije, con voz pausada.

Se puso en pie abruptamente.

—Deberíamos irnos. —Miró hacia Tamasin, que mostraba a Barak telas de ricos colores mientras este parecía aburrirse—. Tamasin —la llamó—. Debemos irnos.

La muchacha recogió la tela, se sacudió las hojas del vestido y se acercó a nosotros, seguida de mi ayudante. Jennet Marlin me hizo una reverencia.

—Buenos días, señor.

Las mujeres dieron media vuelta y salieron del patio de la iglesia, seguidas por el criado. Barak sacudió la cabeza.

—Santo Dios, Tammy puede ser un martirio. Me ha hecho mirar todas esas malditas telas y me ha contado para qué era cada una de ellas. Sabía que me estaba aburriendo, pero era un público cautivo.

—Si no te andas con cuidado acabará domesticándote.

—Jamás —repuso Barak con énfasis, pero sonriendo—. Siento haberos dejado solo con la señorita Marlin.

—Oh, por lo visto nos estamos haciendo amigos.

—Afortunado vos.

—Me ha hablado de su prometido. Y he sabido algo más sobre el bueno de sir William. —Le referí lo que había averiguado sobre Maleverer y Bernard Locke—. La señorita Marlin parece haber consagrado su vida entera a ese hombre. En cuerpo y alma.

—¿Y no es eso algo encomiable en una mujer?

—¿Y si le ocurriera algo a él? Quedaría destrozada.

—Quizá vos podríais ocupar su lugar… —dijo Barak con una mueca burlona.

Me reí.

—No creo que nadie pueda hacerlo. Además, sería difícil convivir con la intensidad de Jennet Marlin. —Alcé la vista hacia la calle por la que habían desaparecido las dos mujeres—. Por su bien, espero que no encuentren nada que inculpe a Locke.