Soberano

C. J. Sansom · Capítulo 49 de 50

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Soberano

Epílogo

 

Febrero de 1542, tres meses después

Me encontraba junto a la ventana de mi habitación en la pequeña posada, contemplando la salida del sol. Los campos llevaban una semana helados y, cuando la brillante esfera roja apareció, tiñó el paisaje primero de rosa y luego de blanco; la hierba, los árboles y el tejado de la pequeña iglesia estaban cubiertos de escarcha.

Me pregunté si la reina Catalina habría contemplado el gélido amanecer desde la Torre hacía tres días, la mañana de su decapitación. Thomas Culpeper y Francis Deheram habían sido ejecutados en diciembre, pero debido a una serie de requisitos legales habían mantenido a la reina con vida durante otros dos meses. En Londres se decía que el miedo no le había permitido llegar al cadalso sin ayuda; casi habían tenido que cargar con ella al subir la escalera. Pobre criatura, cuánto frío debió de pasar en el patio de la Torre, con la cabeza y el cuello desnudos, descubiertos para el verdugo. Lady Rochford la había seguido en el patíbulo; había perdido la razón al ser arrestada y el rey había aprobado una ley que permitía la ejecución de personas dementes. No obstante, las canciones decían que al final había recobrado la cordura y confesado toda una vida de faltas y pecados, hablando con coraje ante el cadalso del que aún goteaba la sangre de la reina. Había sido un discurso largo y el público se había aburrido. La recordé en York, aquella extraña mezcla de arrogancia y temor. Pobre mujer, pensé. ¿Qué la condujo a tejer aquellas interminables redes de engaños que solo podían terminar atrapándola también a ella? Esperaba que al fin hubieran encontrado la paz, tanto ella como la reina.

 

Barak y yo habíamos partido de Londres la mañana después de las ejecuciones. Durante el trayecto a caballo hasta Kent hizo frío, pero, afortunadamente, la helada mantuvo los caminos secos y llegamos a Ashford al anochecer. Nos habíamos pasado el día siguiente rebuscando en diversos archivos y me había alegrado de encontrar pruebas que respaldaban la afirmación del sargento Leacon de que el título que poseían sus padres sobre las tierras era válido. Sospechaba que el dueño había falsificado algún documento y estaba impaciente por citarme con su abogado al día siguiente en Ashford, acompañado del joven Leacon y sus padres. Eso me dejaba una jornada libre, y le dije a Barak que la dedicaría a resolver un asunto privado. Lo había dejado en Ashford la tarde anterior y había recorrido a caballo las diez millas hasta el pueblo. Se trataba de una aldea pequeña y humilde como tantas otras de Inglaterra; unas cuantas casas que se repartían en una sola calle, una posada y una iglesia.

Salí de la posada sin hacer ruido, ciñéndome la capa al cuerpo, o al menos ajustándomela tanto como podía, porque me quedaba grande; había perdido peso debido a las fiebres que había contraído en noviembre. Había pasado tres semanas en cama, delirando al principio. Cuando la fiebre remitió, me había distraído y conmovido ver cómo discutían Joan y Tamasin por quién debía traerme la comida.

Hacía un frío cortante. Vi la nube blanca de mi aliento mientras andaba hasta la pequeña iglesia y la rodeaba camino del cementerio. La hierba helada crujió bajo mis pies cuando me puse a caminar entre las lápidas, buscando.

Era una lápida pequeña y humilde, justo al final del cementerio, medio oculta a la sombra de una pequeña arboleda que había detrás. Me agaché y leí la inscripción emborronada por los líquenes:

En memoria de Giles Blaybourne

1390-1446

Su esposa Elizabeth

1395-1444

y su hijo Edward,

muerto en 1441 al servicio del rey en Francia

Me quedé allí, absorto en mis pensamientos. No me apercibí de que alguien se acercaba con paso ligero y me sobresalté al oír una voz.

—De modo que Edward Blaybourne puso a su hijo el nombre de su padre: Giles.

Al volverme, vi a Barak, sonriéndome.

—¡Por el amor de Dios! —exclamé—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—He imaginado adonde habríais ido. No ha sido tan difícil. A algún lugar que estuviera a menos de un día a caballo de Ashford. Tenía que ser el pueblo de Braybourne. He salido antes del alba esta mañana y cabalgado hasta aquí. Sukey está atada detrás de la iglesia.

—Casi me matas del susto.

—Lo siento. —Barak miró a su alrededor—. Vaya sitio, ¿no?

—Sí. —Contemplé la lápida—. Pobres padres de Blaybourne. No vivieron mucho después de que su hijo desapareciera. Cecilia Neville debió de hacer que lo declararan muerto. —De pronto, reparé en el significado de sus palabras—. Un momento, has dicho… ¿Sabes que Giles Wrenne era hijo de Blaybourne?

—Lo supuse. Además, dijisteis algunas cosas, mientras delirabais.

Abrí los ojos con asombro.

—¿Qué cosas?

—Una vez, clamasteis que Giles era el verdadero rey de Inglaterra y que debía ocupar un gran trono. Luego llorasteis. Otra, Tamasin dijo que hablabais a gritos de unos documentos que habían ardido en el infierno. Recordé que la noche en que murió Giles, cuando Tamasin y yo llegamos vos estabais sentado atizando el fuego, y até cabos.

Lo miré muy serio.

—¿Eres consciente de lo peligroso que es saber eso?

Barak se encogió de hombros.

—Sin los documentos, ¿quién puede demostrar nada? Los quemasteis todos, ¿no?

—Sí. Preferí no contártelo; es mejor que nadie más conozca la verdad.

Barak asintió lentamente y volvió a mirarme.

—Vos matasteis a Giles, ¿verdad?

Me mordí el labio y suspiré hondamente.

—No lo olvidaré mientras viva.

—Fue en defensa propia. No teníais alternativa.

—Ya. —Volví a suspirar—. Le hundí la cabeza bajo el agua hasta que se ahogó. Luego di la vuelta al cuerpo para que yaciera boca abajo y pareciera que se había caído y ahogado solo. Así fue como tú lo encontraste, Jack. Con el enorme bulto que le descubrieron dentro, el juez de instrucción tuvo suficiente.

—¿A quién pretendía entregar Giles los documentos?

—Iba a buscar partidarios de la conspiración en Londres. Irónicamente, su contacto inicial era Bernard Locke.

—Imagino que aún quedan algunos conspiradores en la ciudad.

Me encogí de hombros.

—Supongo. Puede que el rey, con su necedad y tiranía, proporcione otra oportunidad para que ganen adeptos. O tal vez no. En ambos casos, no quiero tener nada que ver con eso.

Guardamos silencio, contemplando la vieja lápida.

—¿Por qué habéis venido aquí? ¿Por curiosidad? —preguntó Barak al cabo.

Esbocé una sonrisa triste.

—Cuando me recobré de las fiebres y supe que Giles había sido enterrado en Londres sin que nadie asistiera a su funeral salvo tú, Tamasin y Joan, tuve la disparatada idea de exhumar el cadáver y enterrarlo aquí. Culpa, supongo. —Señalé la lápida—. Después de todo, estos eran sus abuelos. Y los del rey Eduardo IV — añadí.

—No le debéis nada —dijo Barak.

—Era una idea disparatada, como he dicho; tal vez aún siga delirando un poco.

—No deberíais sentiros culpable por él. —Barak hizo una pausa—. Ni por vuestro padre.

Asentí despacio.

—No. Tienes razón. He pagado su hipoteca y he colocado una bonita lápida de mármol en su tumba. La visitaré pronto. Pero ahora me doy cuenta de que siempre estuvimos distanciados, separados. Así eran las cosas y no tiene sentido lamentarlo ahora.

—Claro.

—Pero quería venir aquí para ver esto. Aún no acabo de asimilar el hecho de que Giles me mintiera, de que al final intentara matarme. Pero no tiene mayor importancia; las personas se traicionan constantemente por causas mucho menos relevantes que la que él creía tener.

—¿Qué vais a hacer con su biblioteca?

—No lo sé. —Habíamos encontrado el testamento de Giles entre sus posesiones. Ninguna mención a su sobrino difunto, naturalmente. Se lo había legado todo a Madge, salvo la biblioteca, que debía heredar yo, tal como había prometido—. No la quiero. Pero hay ciertos objetos, un cuadro y quizá algo más, que deberían ser destruidos. —Lo miré—. ¿Lo harás? ¿Volverás a York por mí, ahora que el invierno se está acabando? Madge tiene pensado seguir viviendo en la casa de Wrenne, según decía la carta de su abogado.

Barak esbozó una mueca.

—¿Volver a visitar la húmeda región de York? ¿Tomar el potaje de Madge? Solo si es estrictamente necesario.

—Cuando hayas hecho eso, creo que me pondré en contacto con maese Leland, el anticuario, veré si quiere quedarse con algo. Supongo que será mejor que traigas los viejos libros de derecho. La biblioteca del Colegio de Gray podría darles buen uso. — Sonreí tristemente—. Quizá encuentre en ellos algunos casos olvidados para citarlos en el tribunal.

—Tal vez visite a Maleverer. Ahora que ha perdido su puesto en el Consejo del Norte, podré burlarme a mis anchas de ese cerdo.

Me reí.

—Seguro que no le gusta. Sospeché de él durante un tiempo, ¿sabes? Pero es cierto: es demasiado estúpido para tramar nada. No había nada detrás de sus bravatas, es un recipiente vacío. Sí, búrlate de él si lo ves.

Barak me miró.

—Hace tiempo que quiero deciros una cosa. Este puede ser un buen momento.

—Ah, ¿sí?

—He pedido a Tamasin en matrimonio.

—No le ha costado mucho convencerte, entonces.

—No. —Barak se rio—. Ha aceptado. —Bajó la vista, golpeando una lápida suelta con la bota—. Y hemos sido poco cautelosos. Parece que voy a tener un hijo dentro de no mucho. —Volvió a reírse, azorado—. Quizá algún día alguien lo nombrará rey. Podría iniciar otra Reforma, restaurar en Inglaterra la religión de sus antepasados judíos.

—Eso sería fantástico. —Lo miré—. ¿Estás seguro de que esto es lo que quieres, este matrimonio?

—Sí —respondió él resueltamente.

—Os llevaréis bien. Es probable que te vuelvas más ordenado cuando ella sea dueña y señora de tu casa, y nosotros podremos tener un despacho más organizado.

—Puede intentarlo, si quiere.

—Gracias por todo lo que hiciste por mí —dije en voz baja—. En York y después. Estuviste a mi lado incluso cuando yo era injusto con Tamasin.

—Olvidadlo. —Barak sonrió—. Ya va siendo hora de que sentemos la cabeza. A menos que os propongan alguna otra aventura.

—Jamás —declaré—. Jamás mientras viva. Pero me han hecho otra propuesta.

—Ah, ¿sí?

—Cranmer me ha escrito. Creo que se siente culpable por el tiempo que pasé en la Torre, quizá incluso por haberme presionado para que aceptara la misión de York. Es un hombre complicado. Creo que está obligado a hacer cosas que luego le causan inquietud, de un modo que a Thomas Cromwell no le ocurrió jamás. Hay un puesto en el Tribunal de Causas Menores y ha propuesto mi nombre. La situación está volviendo a cambiar. El duque de Norfolk fue depuesto. La reina Catalina ha sido ajusticiada. Toda su familia ha caído en desgracia. Los reformistas como Cranmer vuelven a tener influencias. Los honorarios podrían ser mejores, aunque, de todas formas, bastarán ahora que he pagado la maldita hipoteca de la granja de mi padre. Trabajaré para el pueblo, para las personas corrientes. Creo que me gustará.

Barak sonrió.

—Nada de lamerles más el culo a los clientes ricos.

Me reí.

—No.

—Entonces, también me gustará a mí.

Me froté las manos.

—¿Qué te parece si empezamos por el sargento Leacon y conseguimos que su familia recupere sus tierras?

—Sí.

Barak me tendió la mano y se la estreché. «No todos los hombres son traidores», pensé. Nos alejamos, dejando que los auténticos antepasados del falso rey reposaran en un descanso eterno.