Soberano

C. J. Sansom · Capítulo 11 de 50

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Soberano

Capítulo 11

 

—¡Basta!

Fue un bramido feroz, una voz profunda que reconocí. El vidriero bajó la duela. Detrás de él distinguí la espigada figura de Giles Wrenne, que se abría paso a codazos entre el gentío.

—¡Señor! —lo llamé—. ¡Nunca me había alegrado tanto de ver a alguien!

El anciano se detuvo al alcanzarnos y se apostó entre nosotros y la muchedumbre. Tenía un aire imponente con una capa ribeteada en piel, sin duda la mejor que tenía, y un bonete negro con una pluma roja.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó con sequedad al vidriero—. Maese Pickering, ¿qué estáis haciendo?

—¡Estos hombres entraron en la casa de Peter Oldroyd, señor! El jorobado afirma que es abogado, pero yo digo que son ladrones. —Señaló la caja pintada que había caído a mis pies—. La llevaba escondida debajo de la capa.

Wrenne miró la caja; arrugó la expresión, confuso, y luego me miró fijamente.

—Cumplimos una misión encomendada por el rey, señor —declaré. Noté que me ruborizaba.

Wrenne se irguió de inmediato en toda su impresionante estatura y se dirigió a la muchedumbre:

—¡Todos me conocéis aquí, en Stonegate! Puedo responder por este hombre. Es un abogado al que han enviado para que trabaje conmigo en las súplicas al rey. Yo me encargaré de esto.

La muchedumbre murmuró, pero la ira que los había dominado parecía disiparse. Los semblantes de los presentes fueron tornándose en preocupación al caer en la cuenta de que habían estado a punto de agredir a un oficial de la Corona. Los aprendices que habían arrojado las piedras se escabulleron furtivamente. Barak les lanzó una mirada colérica sin dejar de frotarse el hombro.

—Imbéciles —masculló.

Wrenne posó una mano en el hombro de Pickering.

—Vamos, señor. Dejadlo en mis manos. Regresad a vuestro comercio, estáis perdiendo negocio.

—¿Qué negocio nos queda cuando todas las santas casas están desapareciendo? —replicó el vidriero, mirándome con amargura—. Peter Oldroyd, en paz descanse, lo sabía bien.

—Sí, sí.

—El pueblo está furioso, maese Wrenne. La mitad de su comercio se ha esfumado; después muere Peter mientras trabajaba para el rey y lo único que se les ocurre es enviar soldados que destrozan su casa y aterran a sus sirvientes. —Miró hacia donde se encontraba el ama de llaves, que contemplaba la escena con la cara demacrada y surcada por lágrimas—. Y al joven Green, que no es más que un zoquete bondadoso, se lo llevan a rastras y lo encierran en St. Mary.

—Sí, lo sé. Decidí pasar por aquí para averiguar qué estaba ocurriendo, pero nada de esto es culpa de maese Shardlake. Bien, dejadnos pasar. Coge esa caja, joven Barak.

Para mi alivio, la muchedumbre nos abrió un pasillo. Wrenne se encaminó en dirección a un muchacho que nos observaba con los ojos desorbitados. Sujetaba las riendas de un burro cargado con pesadas alforjas: las súplicas, sin duda.

—Vamos, Adam —dijo Wrenne. El chico dio unas palmadas en la grupa del animal para ponerlo en movimiento. Cuando empezamos a alejarnos, dirigí a Wrenne una mirada inquisitiva—. Mi mozo. Ha estado insistiendo sin respiro para que le deje presenciar los preparativos en la Heredad del Rey.

Asentí. Percibí muchos pares de ojos clavados en nuestras espaldas y respiré mejor cuando dejamos atrás la iglesia y la Casa Gremial se hizo visible al otro lado de la plaza, al final de Stonegate.

—Os doy las gracias de todo corazón, señor —dije—. Si no hubieseis aparecido, no sé qué habría sido de nosotros.

—Sí —convino Barak—. Habían empezado a apedrearnos. En Londres he sido testigo de lo que puede ocurrir cuando una muchedumbre empieza a hacerle eso a un forastero.

Wrenne lo miró muy serio.

—Y como tal os ven, me temo. Los acontecimientos de ayer han alterado notablemente el sentir de Stonegate. Se han convertido en el único tema de conversación en la ciudad. Por eso opté por esta ruta de camino a St. Mary, para ver qué estaba sucediendo.

—La culpa fue de Maleverer —comenté—, y él es habitante de York.

—Forma parte del Consejo del Norte y, por lo que respecta a los habitantes de la ciudad, eso significa que es un hombre del rey. —Sacudió la cabeza—. Es demasiado rudo en sus modales.

Suspiré.

—Tengo que verlo después.

—¿Por este asunto? —Señaló con la cabeza la caja que Barak llevaba aferrada contra el pecho—. ¿La encontrasteis en la casa de Oldroyd?

—Sí, en efecto.

—¿Puedo preguntar qué es?

—Lo ignoramos. Se la llevamos a sir William.

El viejo abogado se volvió bruscamente para mirarme.

—¿Es algo que el pobre aprendiz confesó en St. Mary?

—No sabría decirlo, señor. Y tampoco sabemos lo que contiene, está cerrada con llave.

Wrenne volvió a mirar la caja, pero no añadió nada más. Seguimos caminando hacia St. Mary. Maese Wrenne avanzaba despacio, si bien dignamente para su edad. El joven sargento Leacon seguía apostado en la barbacana, y le pregunté si sir William había regresado. No me pasó por alto que Wrenne lo miraba con curiosidad.

—Aún no, señor —respondió—. Se le espera de un momento a otro. Son muchos los que desean verlo. Maese Dereham, el nuevo secretario de la reina, ha llegado y está montando un barullo tremendo.

Wrenne ojeó un pequeño reloj que había sobre la mesa en el cuchitril del sargento. Marcaba las nueve menos veinte.

—Tenemos que personarnos en el despacho de maese Fealty —nos recordó.

—Barak y yo disponemos aún de una hora. Y antes debemos asegurarnos de que esta caja queda a buen recaudo hasta que regrese Maleverer. —Reflexioné unos instantes y luego me volví hacia el sargento, que observaba con curiosidad el estuche que transportaba Barak—. ¿Sabéis dónde es posible encontrar a maese Craike?

—Debería estar en su despacho de la casa solariega.

—Gracias. —Miré a Barak y a Wrenne—. Le preguntaremos dónde podemos esconder la caja para que esté a salvo; después nos cambiaremos y asistiremos al ensayo.

Wrenne se volvió para echar una ojeada al sargento Leacon, que seguía mirándonos con curiosidad.

—Ese joven tiene un parecido a mi padre —comentó el abogado con un matiz de tristeza en la voz—. La misma estatura y la misma corpulencia, y mi padre siguió teniendo el pelo rubio y rizado como él incluso de mayor. Me lo ha recordado.

Se dio la vuelta, se detuvo y observó el patio. El joven Adam también miraba boquiabierto los pabellones y las tres enormes carpas. Varios hombres seguían transportando muebles ante la atenta mirada de los guardias de casaca roja. A través de la entrada de una de ellas vi que estaban colgando un tapiz gigantesco, de vividos colores.

—Santo Dios —exclamó Wrenne—. Nunca había visto nada semejante.

—Aún no sabemos qué es lo que se ha planeado. Los oficiales a cargo sí, pero no dicen nada.

Wrenne desvió la vista hacia la iglesia monástica. Contempló apesadumbrado las ventanas huecas y el reguero de barro que se veía junto a la puerta. Un mozo llevaba a su interior una recua de burros.

—Espero que la hayan vaciado —dijo con voz pausada.

—La han destrozado por completo. Se está utilizando como establo.

—Una lástima —murmuró—. La visité muchas veces en los viejos tiempos. Bien, será mejor que entremos en la Heredad del Rey. Sir James Fealty ya habrá llegado, y también maese Craike. Maese Barak, ¿podríais llevar las súplicas? Pesan bastante.

Barak descargó las repletas alforjas y un guardia nos permitió atar al asno a un poste. Dejamos al muchacho custodiándolo, aunque era evidente que el chico deseaba entrar con nosotros, y subimos la escalinata. Accedimos a un enorme vestíbulo central. También allí los carpinteros remataban el trabajo, y vi que las paredes de aquel espacio habían sido cubiertas por entero con los tapices más espléndidos que jamás había visto, entretejidos con pan de oro que refulgía entre los intensos colores que los colmaban. Al alzar la mirada vi que habían pintado el techo con intrincados y pintorescos motivos.

Varios oficiales mantenían una acalorada discusión y vi a lady Rochford en un rincón, hablando en voz baja con un joven barbado que llevaba un jubón de seda muy colorido con mangas abullonadas y abiertas. Era el hombre que habíamos visto a la puerta de la posada el día que habíamos llegado, mofándose de los lugareños. Ambos tenían el rostro contraído por la rabia. Jennet Marlin aguardaba algo apartada. Observó con curiosidad a Barak, que llevaba las pesadas alforjas sobre los hombros y sostenía en las manos la caja de profusa decoración. Cuando nuestras miradas coincidieron, asintió en un gesto casi imperceptible. Lady Rochford y el joven se apercibieron y siguieron la dirección de su mirada. Lady Rochford alzó la vista con aire altanero.

—¿Qué les interesa tanto? —murmuré.

—La espalda de vuestra capa está manchada de blanco —aclaró Barak.

Me volví para mirarla y vi que, en efecto, estaba cubierta de polvo de yeso, seguramente de la fachada de Oldroyd contra la que me había apoyado al verme acosado. Oí una risotada del joven de vistosa indumentaria.

—Vuestra capa, maese Wrenne —dije en tono de disculpa.

—No importa. Ya la limpiaremos. No debemos demorarnos, señor.

Seguimos caminando. Preguntamos a un guardia dónde se encontraba el despacho de Craike y nos indicó que subiéramos dos plantas hasta llegar al distribuidor situado a un lado del pasillo. Wrenne fue a buscar el despacho de sir James Fealty y prometimos que volveríamos a vernos en breve. Le devolví la capa, disculpándome de nuevo por su estado.

En la planta superior reinaba gran trajín: criados ataviados con la librea del rey sacaban de las estancias baúles y cajas. Craike se encontraba en un pequeño despacho con el suelo cubierto de esteras, y miraba ansioso a sus criados mientras estos guardaban en un cofre documentos y libros.

—Tened cuidado —decía con nerviosismo—. Que no se desordenen esos papeles. —Alzó la vista sorprendido cuando entramos—. ¡Abogado Shardlake!

—Buenos días, abogado Craike. ¿Podríamos hablar con vos en privado?

Frunció el ceño, extrañado, pero ordenó a los sirvientes que se ausentaran. Estos se llevaron consigo el cofre y dejaron la estancia vacía, salvo por la mesa en la que descansaba el escritorio portátil de Craike, cargado con un grueso fajo de papeles. Cerré la puerta.

—Nos trasladan a las antiguas dependencias de los monjes —explicó—. Esto es una pesadilla.

—Lo comprendo, pero a mis manos ha llegado algo, señor, que pertenecía al vidriero fallecido. —Señalé el joyero que Barak llevaba bajo un brazo—. Es esencial que esté a buen recaudo hasta que sir William regrese. ¿Sabéis dónde podría dejarlo? Debo atender a sir James Fealty de inmediato.

Craike se llevó una mano al ralo cabello.

—Están poniendo patas arriba toda la casa. Podríais dejarla aquí, supongo. Tengo orden de cerrar esta sala cuando me marche, pero puedo conservar la llave hasta las seis.

Miré alrededor, dubitativo.

—¿Es lo bastante segura esta estancia?

—La puerta es recia —dijo Barak— y estamos en la segunda planta.

Craike volvió a pasarse las manos por el pelo y me brindó una repentina y afable sonrisa.

—Oh, maese Shardlake, creeréis que soy un patán inútil. Es que, con tanto por hacer… —Hurgó en uno de sus bolsillos y me tendió una llave—. Tomad esto. Cuando acabéis, buscadme y devolvédmela.

—Lo haré, señor. Y gracias por vuestra ayuda en estos ajetreados momentos.

—Os veré más tarde.

Craike cogió su escribanía, se la colgó al cuello y abandonó la sala a toda prisa. Barak dejó la caja en la mesa.

—Pesa muy poco. —La sacudió—. Tiene algo dentro. ¿Tela, quizá? —También él trató de abrir la tapa, que no cedió un ápice.

—Vacía o no, ahora está a salvo. Vamos, tenemos que cambiarnos.

Salimos de la sala, pero eché una última ojeada al joyero antes de cerrar la puerta a nuestro paso.

 

Barak y yo no tardamos en encontrar el despacho de sir James Fealty, una estancia grande en la planta baja de la casa solariega. Llevábamos nuestras mejores vestimentas, yo con mi toga más elegante y mi bonete nuevo, que había comprado en Londres. Era caro, de terciopelo negro decorado con diminutos granates y una pluma azul en un costado: demasiado llamativo para mi gusto. La pluma se había aflojado un poco y el extremo entraba y salía de mi campo de visión como un insecto que volara en círculos.

Sir James era un anciano enjuto y llevaba un jubón marrón, blusón de cuello bordado, y barba blanca y rala acabada en punta hacia la mitad del pecho. Estaba sentado a un escritorio grande, leyendo las súplicas con el entrecejo fruncido. El secretario Cowfold, que me había insultado a mis espaldas la noche anterior, estaba de pie a su lado con semblante inexpresivo. Su porte no cambió cuando le dirigí una mirada severa. Wrenne se mantuvo algo apartado.

Un minuto después, sir James se dignó levantar la mirada.

—Así que vos sois el abogado —dijo con voz atiplada—. Bien, supongo que vuestra indumentaria bastará, aunque habría que enderezar ese adorno. —Señaló a Barak con la pluma con la que había estado escribiendo—. ¿Quién es ese?

—Mi ayudante, señor.

Sacudió levemente la pluma.

—Tú no asistirás. Fuera.

Barak lo miró asqueado y salió del despacho. Sir James reanudó la lectura de las súplicas y los sumarios. Estuvo sumido en ella otros diez minutos, prescindiendo por completo de Wrenne y de mí. Hasta entonces había conocido a muchos oficiales engreídos, pero Fealty se llevaba la palma. Miré de soslayo a Wrenne, que me devolvió un guiño.

Al cabo de un rato empezó a dolerme la espalda y cargué el peso de mi cuerpo sobre el otro pie.

—Será mejor que el viernes nos os balanceéis así —espetó sir James sin alzar la vista—. Deberéis permanecer rígido como un tronco en presencia del rey. —Apartó a un lado el sumario—. Bien, supongo que ya está. —Se apoyó en la mesa para ponerse en pie—. Y ahora, escuchadme atentamente. Esto es lo que acontecerá el viernes.

Fue exponiéndonos todo el plan, paso a paso. A primera hora de la mañana viajaríamos hasta Fulford Cross con la delegación de York enviada para inclinarse humildemente ante el rey y llevarle los presentes de la ciudad. Esperaríamos la llegada de la comitiva real. Nos postraríamos, según había decretado el rey Enrique que hiciesen todos los presentes a su llegada. Se celebrarían varias ceremonias, durante las cuales el Archivero Tankerd y yo esperaríamos, postrados, al frente de la delegación de York. Después, los reyes se adelantarían unos pasos y Tankerd recitaría su discurso, aún arrodillado. A continuación, Wrenne y yo nos levantaríamos para hacerle entrega de las súplicas.

—Daréis las súplicas a los pajes del rey, que estarán allí preparados para recibirlas, y ellos se las entregarán a su vez al rey. Habiendo aceptado formalmente los documentos, el rey se los pasará a otro oficial. Más tarde, os serán devueltas para que os ocupéis de ellas en adelante.

—Y así se cierra el círculo —dijo Wrenne, sonriente.

No parecía en absoluto intimidado por sir James, quien le devolvió una mirada ofendida.

—Su Majestad habrá accedido gentilmente a que os ocupéis de ellas —repuso con aspereza—. De eso se trata.

—Por supuesto, sir James —respondió el anciano, con voz mansa.

—Una cosa más: el rey bien podría decidir dirigiros unas palabras de cortesía. Si lo hace, podréis mirarlo a la cara y, muy brevemente, darle las gracias por hablaros. Y os dirigiréis a él como Su Majestad, no como Graciosa Majestad; ahora prefiere ese otro trato. ¿Ha quedado claro?

—Será un gran honor —murmuró Wrenne.

Sir James gruñó.

—Pero, a menos que se dirija a vos… —Sir James se inclinó hacia delante con aire amenazador—, no lo miréis a los ojos. Mantened la cabeza inclinada. Muchos de los plebeyos a quienes se lleva en presencia de Su Majestad no llegan a verle la cara. No obstante, todo el mundo se arriesga a mirarlo un instante, arrebatados por una vulgar curiosidad. Si el rey se da cuenta… bien, tiene una lengua afilada, y si está de mal humor, por el dolor que sufre en una pierna o por algún otro motivo, es raudo en idear crueles castigos para quienes lo ofenden.

Esbozó una tensa sonrisa sin apartar los ojos de nosotros. La imagen del esqueleto de Aske, colgado de las cadenas, afloró en mis pensamientos.

—Seremos muy cautos el viernes, sir James —aseguré.

—Más os vale. Esto no es ningún juego. Se trata de mostrar a estos bárbaros papistas el poder y la gloria de su monarca.

Hizo una señal a Cowfold, que devolvió las súplicas a las alforjas y me las entregó.

—Eso es todo. Presentaos en el vestíbulo de la Heredad del Rey a las ocho del viernes. Y vos, maese abogado, proporcionaos un buen afeitado antes de entonces. Se están proveyendo barberos.

Nos despachó con un movimiento de la pluma. Salimos y nos reunimos con Barak, que esperaba fuera. Solté un bufido.

—Es un viejo patán presuntuoso —declaró Barak.

—Me alegro de que se haya acabado, aunque confieso que ahora incluso me apetece menos que llegue el viernes. —Respiré hondo—. Veamos si Maleverer está ya de vuelta. Abogado Wrenne, os veré el viernes por la mañana. ¿Puedo pediros que guardéis las súplicas?

—Sí. Me las llevaré a casa.

Le estreché la mano.

—Gracias de nuevo por vuestra ayuda esta mañana. Nos salvasteis de una buena paliza, o de algo peor.

—Me alegro de haber podido ayudaros. Bien, buena suerte con sir William.

—Gracias. Hasta el viernes, pues.

—Hasta el viernes. El gran día.

Arqueó las cejas, dio media vuelta y se alejó.

 

Maleverer, sin embargo, no había regresado aún. Esperamos un rato en el vestíbulo de la casa principal, donde se había congregado un grupo considerable de hombres con cuestiones que requerían su atención a su regreso. Lady Rochford y Jennet Marlin seguían allí, al igual que el joven barbado, que hablaba entusiasmado con lady Rochford.

—¿Va a estar fuera todo el día? —preguntó Barak.

—Preferiría no dejar la caja sola tanto tiempo.

—Entonces, esperemos con ella —propuso Barak—. Tanto da dónde aguardemos.

Consideré la idea.

—Sí, por qué no. Desde la ventana lo veremos llegar. —Me volví hacia mi ayudante—. ¿Crees que me preocupo en exceso?

—Tratándose de Maleverer, no.

—Muy bien.

Se inclinó hacia mí.

—Y quizá podamos echar un vistazo al contenido.

Lo fulminé con la mirada.

—Está cerrada con llave. No pienso forzarla.

—No hay por qué hacerlo. —Barak esbozó una sonrisa ladina—. Olvidáis lo hábil que soy forzando cerraduras. Una caja como esa será un juego de niños. — Observó mi bonete, que me había quitado y sostenía en las manos con sumo cuidado —. Si me dejaseis la aguja que sujeta la pluma, la abriría sin dificultad y así podríamos saber qué contiene. Después volveremos a cerrarla. Nadie lo sabrá, si no queremos.

Vacilé. Los ojos de Barak volvían a desprender aquel brillo ansioso.

—Ya veremos —contesté.

Subimos al despacho de Craike. El corazón me latía con fuerza, pues sentía un miedo irracional a que el dichoso joyero hubiese desaparecido. El pasillo estaba desierto y en silencio; era evidente que el traslado de los oficiales había concluido. Abrí la puerta de Craike y suspiré aliviado al ver la cajita en la mesa, exactamente donde la habíamos dejado.

Volví a cerrar la puerta con llave. Barak me miró con aire inquisitivo. La curiosidad batallaba con el temor a llegar aún más lejos en aquel turbio asunto. Pero ya estábamos implicados y sabía lo diestro que era Barak forzando cerrojos; ya lo había visto en acción con anterioridad.

—Hazlo —le dije abruptamente—. Pero, por lo que más quieras, ve con cuidado.

Me quité la aguja del bonete y se la tendí.

Él la insertó en el pequeño cerrojo y la manipuló con suavidad. Volví a observar la escena que decoraba el joyero: Diana la cazadora. El paso del tiempo había agrietado la pintura, pero el dibujo era muy bueno; la caja debió de ser muy costosa en su tiempo.

—Mierda —exclamó de pronto Barak.

Se puso en pie con la mitad de la aguja en la mano. Se había roto y la otra mitad había quedado atrapada dentro del cerrojo. Solo alcancé a ver una diminuta astilla metálica asomando por él. Barak intentó arrancarla, pero no sobresalía lo suficiente.

—¡Serás imbécil! —grité—. ¡Tanto fanfarronear! Si la aguja se ha quedado clavada, tendremos que romper el joyero. Maleverer verá que la hemos forzado.

—La maldita aguja era demasiado fina.

—De nada servirán las excusas.

—Podríamos decir que la encontramos así.

—No me apetece mentirle. ¿A ti sí?

Frunció el ceño.

—Si pudiese conseguir unas tenazas pequeñas, arrancaría la aguja del cerrojo. Los artesanos deben de tener unas.

Respiré hondo.

—Pues ve a buscarlas, por el amor de Dios. Sabía que no debía acceder a esto.

Por una vez, parecía decaído.

—Volveré tan rápido como pueda —aseguró, y enfiló hacia la puerta.

Giró la llave para salir. Oí sus pasos alejándose por el pasillo y suspiré, mirando el joyero con angustia. Acaricié el extremo de la aguja y me pregunté si mis dedos, más finos, podrían extraerla, pero mis esfuerzos fueron en vano.

Entonces oí un leve chasquido. Miré el joyero. ¿Había movido las clavijas al tantear? Vacilante, intenté alzar la tapa y esta se abrió. Con sumo cuidado, la abrí por completo. Me asaltó un olor a moho. Incliné la cabeza y, muy lentamente, miré dentro.

El cofrecito estaba medio lleno de papeles. Cogí el primero, lo desdoblé con delicadeza y luego lo examiné, confuso. Era un esquema de la familia real, como los que se ven en las genealogías ornamentales, pero escrito sencillamente con tinta. Se remontaba a un siglo atrás, hasta los tiempos de York, aunque no incluía a algunos miembros secundarios de la familia que habían muerto sin descendencia. Lo examiné con detenimiento, desconcertado. No desvelaba ningún secreto: era el linaje de la familia real, idéntico a los que se veían en ciertos edificios. Si alguien había elaborado un árbol genealógico abreviado de la casa real solo por entretenerse, ¿por qué motivo lo había escondido?

Volví a mirar en el interior de la caja. Debajo del árbol genealógico había un pedazo de papel con los bordes irregulares que llevaba escrito un tosco texto: «Esta es la profecía del gran mago Merlín —comenzaba—. Revelada en los tiempos del rey Arturo, esta profecía de los reyes que sucederán a Juan…». Hablaba sobre monarcas que serían conocidos como la Cabra, el León y el Asno, antes de concluir de este modo: «El octavo Enrique será conocido como el Topo, y Dios lo maldecirá por sus actos. Este reino quedará dividido en tres, y ninguno de sus descendientes heredará».

Dejé el manuscrito en la mesa. Parecía una de las profecías difamatorias que se habían pregonado por Londres durante la Peregrinación de la Gracia. La pena por airear semejantes blasfemias había sido la muerte.

El siguiente documento no era de papel, sino de pergamino, bastante grande y doblado varias veces. Lo abrí. Para mi asombro, llevaba al pie el sello del Parlamento: era un acta del Parlamento, aunque no supe reconocerla. «Titulus Regulus —leí—. Acta del establecimiento de la Corona sobre el rey y su descendencia…». ¿Qué rey? Leí en diagonal aquella hermosa caligrafía de trazos gruesos. «Nuestro Soberano Lord el Rey Ricardo Tercero…». No lo comprendía. Nunca había oído hablar de esa acta. La dejé a un lado con cuidado y regresé al contenido del joyero. El resto de los documentos parecían garabatos descuidados en papel barato. El primero de ellos era más grande que los demás. Lo saqué y lo dejé sobre la mesa.

Esta es la fiel confesión que yo, Edward Blaybourne, hago en previsión de

mi muerte, para que el mundo conozca mi gran pecado…

En ese instante, algo se estrelló contra mi sien, un golpe seco y fuerte que me dejó sin aliento. Se me nubló la vista, pero alcancé a vislumbrar una pesada gota roja que cayó sobre la confesión de Blaybourne. Cuando empezaba a comprender que se trataba de mi propia sangre, sentí otro golpe en la nuca. Las piernas dejaron de sostenerme y me sumí en una densa oscuridad.