Soberano

C. J. Sansom · Capítulo 14 de 50

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Soberano

Capítulo 14

 

Eran solo las cinco de la mañana cuando caminábamos por un York oscuro y silencioso. Barak también se había despertado con la llegada de Leacon y le pedí que nos acompañara; no sabía a ciencia cierta qué nos aguardaba en el castillo, pero quería que otros ojos lo vieran. Los agentes de seguridad de la ciudad se sobresaltaron al oír nuestros pasos: nos enfocaron con los farolillos, pero se tranquilizaron enseguida al ver el uniforme rojo de Leacon. Me estremecí y me arropé con la capa, pues se había levantado un aire frío.

—¿Quién te comunicó la noticia? —pregunté al joven sargento.

—Un mensajero enviado por el capitán de la guardia del castillo. Dijo que un prisionero había sido envenenado y que era probable que muriese, y que se os requería de inmediato. Creí que lo mejor era que os acompañara, ya que teníamos que cruzar la ciudad. De otro modo, los agentes de seguridad os habrían detenido.

—Gracias. —A la luz de su farolillo atisbé la expresión atribulada que ensombrecía el infantil rostro de Leacon—. Me temo que te estoy ocasionando muchos problemas.

—Sir William me convocó ayer y me pidió detalles de vuestra llegada a St. Mary con la caja. Me interrogó a conciencia. —Vaciló al ver la magulladura en mi cabeza —. Me dijo que os habían agredido. Se ha ordenado a los guardias de St. Mary que tripliquen la atención. El rey llegará mañana.

La torre del castillo se erguía en la colina, recortada contra un cielo que apenas empezaba a clarear. Nos precipitamos hacia el puente levadizo, iluminado con antorchas; los guardias nos esperaban y nos franquearon el paso. Di las gracias al sargento y le dije que regresara a St. Mary. Barak se quedó observándolo mientras el joven volvía a cruzar el puente.

—Debe de pensar que los problemas nos acompañan allá adonde vamos.

Cruzamos a toda prisa el patio de armas en dirección a la garita del guardia. La puerta estaba abierta, la luz se desparramaba sobre el patio. El tipo de aspecto duro que me había recibido en mis visitas previas esperaba en el vano con semblante preocupado.

—Os acompañaré arriba, señor —dijo de inmediato.

—¿Qué ha ocurrido?

—Maese Radwinter vino hace una hora y dijo que el prisionero había enfermado. Sospechó que se trataba de envenenamiento y ordenó que se os diera aviso. El médico acaba de subir.

Así que Radwinter me había reclamado. Para protegerse las espaldas, quizá, para compartir la culpa si Broderick moría. Apreté los labios mientras seguíamos al guardia por la húmeda escalera de caracol. La puerta de la celda de Broderick estaba abierta. Dentro, a la luz de un farolillo colocado en el suelo, vi a un hombre corpulento, que llevaba una toga ribeteada de piel y un ceñido bonete, inclinado sobre el camastro. El agrio hedor a vómito colmaba la celda. Radwinter se detuvo y observó la escena, sosteniendo en alto otro farolillo. Se volvió cuando entramos. Tenía la tez pálida en contraste con la barba negra. Se había vestido precipitadamente; su aspecto distaba mucho de su habitual porte pulcro y sus ojos desprendían una mezcla de miedo e ira. Miró a Barak, que le correspondió inmutable.

—¿Quién es ese? —espetó.

—Mi ayudante, Barak. Está al corriente de todo, por autoridad del arzobispo. ¿Cómo se encuentra sir Edward?

Fue el médico quien contestó, poniéndose en pie y volviéndose hacia mí. Rondaba los cincuenta años y su pelo canoso asomaba por los bordes del bonete; me alegré al ver que su ancha cara expresaba inteligencia.

—No cabe duda de que este hombre ha sido envenenado. Maese Radwinter me ha referido que desde su aposento oyó caer al prisionero de la cama hará una hora.

—¿Sois el médico que examinó al preso hace dos días?

—En efecto, señor. —Hizo una reverencia—. Doctor Jibson, de Lop Lane.

Di unos pasos para ver a Broderick, que yacía en el camastro con las cadenas flojas sobre el cuerpo. Tenía la barba manchada de vómito y el semblante de un blanco cadavérico.

—¿Vivirá?

—Confío en que sí. Sea lo que sea lo que le suministraron, parece haberlo vomitado por completo. —El médico desvió la mirada hacia un balde medio lleno que había en el suelo. Junto a él, una copa y un cuenco de madera, ambos vacíos—. ¿Son los utensilios en los que se le sirve la comida?

—Sí —contestó Radwinter—. Anoche cenó tarde.

El doctor Jibson frunció el ceño.

—En tal caso debería haber vomitado antes. Pero cada veneno actúa de un modo diferente.

Escrutó el hediondo contenido del balde con interés profesional.

—Debieron de ponerlo en la comida —opinó Radwinter—. No hay otro modo. Yo no he salido de mi aposento y la celda de Broderick ha permanecido cerrada, como de costumbre. Ni un ratón podría pasar frente a mi cuarto sin que lo oyera. Y los guardias afirman que ningún desconocido se ha acercado a este extremo del patio de armas en todo el día.

El doctor Jibson asintió.

—La comida parece la opción más probable.

—El potaje que se le sirvió procede de la olla común —informó Radwinter—. Yo mismo fui a buscarlo; es una tarea servil, pero de este modo me aseguro de que la comida no esconda nada, como algún mensaje. —Se le endurecieron las facciones y se volvió hacia mí—. El doctor confirma mis sospechas. Ya tengo la respuesta a esto: el cocinero de los guardias. Antes trabajaba para los monjes en la abadía de St. Mary y hay algo sospechoso en él. He ordenado que lo confinen en la garita del guardia.

El médico alternó la mirada entre Radwinter y yo, y después habló muy serio.

—Debo advertiros que este hombre no está fuera de peligro. Podría quedar restos de veneno en su organismo. Ya se encontraba muy débil por el trato recibido — puntualizó, con una mueca de disgusto—, las escasas raciones que se le sirven y el confinamiento en este triste lugar.

Paseé la mirada por la celda. Entre los barrotes del ventanuco vi que ya había amanecido; el castillo empezaba a distinguirse, una mole grisácea a la tenue luz. Algo blanco se movió allí: el esqueleto de Aske meciéndose al viento, que gemía con mayor intensidad contra la torre.

—Sería conveniente que se trasladara a sir Edward —añadió el doctor Jibson—. A ser posible, a un lugar más confortable.

—Es un hombre demasiado peligroso —respondió Radwinter con firmeza—. Debe permanecer encadenado en un lugar seguro.

El médico me miró. Dudé.

—Debe permanecer en un lugar seguro, pero podríamos proporcionarle más mantas y quizá un pequeño brasero para caldear la celda.

El médico asintió.

—Eso ayudaría.

—Muy bien —convino Radwinter. Me dirigió una mirada sesgada y repulsiva. El comentario de Jibson sobre la pésima dieta del prisionero no debía de haberle complacido.

Broderick se estremeció y descubrí que estaba consciente. ¿Cuánto rato llevaba escuchando? Me miró y esbozó una sonrisa amarga.

—¿Aún cuidáis de mi bienestar, maese abogado? —graznó—. Alguien no lo ha hecho tan bien. Intentaron acabar con mi dolor. —Soltó un hondo suspiro.

Lo miré a los ojos: el fuego había desaparecido de ellos; solo detecté un terrible agotamiento.

—¿Sabéis cómo lo hicieron, Broderick?

—Fue el rey quien me envenenó —contestó el prisionero, casi sin aliento.

—Vas a decírnoslo —dijo Radwinter en tono amenazador.

—Salgamos, maese Radwinter —lo atajé—. Tenemos que hablar. Doctor Jibson, ¿volveréis a visitar al preso?

—Sin duda, esta tarde.

Sonrió y pensé que, estando al servicio del rey, sus honorarios debían de ser generosos.

Salimos de la celda y Radwinter la cerró con toda precaución.

—Esperadme en mi aposento, por favor —dijo, cortés—. Acompañaré abajo al doctor y cerraré con llave la puerta principal.

Barak y yo bajamos hasta el cuarto del carcelero. Las sábanas estaban arrebujadas en el suelo; por lo demás, todo parecía tan pulcro como de costumbre. Me froté el cuello, que empezaba a dolerme otra vez.

—Así que ese es Radwinter —dijo Barak—. Un interrogador profesional, por su aspecto. —Cogió un ejemplar de La obediencia del cristiano que descansaba abierto en la silla—. Y también un hombre de libros baratos.

—Se considera representante del Señor.

—Abundan en estos tiempos. No parece tan aterrador. Incluso diría que se asustó un poco ahí arriba.

—Espera a que empiece a intentar hurgar en tu mente. Pero tienes razón, Radwinter estaba desconcertado. —Deambulé de un lado al otro de la estancia—. Todas estas precauciones pretenden evitar que alguien trate de rescatar a Broderick; no podíamos esperar que intentaran matarlo. ¿Podría tener esto alguna relación con la muerte de Oldroyd y con esos documentos? Maleverer dijo que había cierto vínculo entre Broderick y el tal Blaybourne.

—Quizá deberíamos advertir a Radwinter.

—No. Eso es trabajo de Maleverer, será él quien lo haga.

Guardamos silencio al oír unos suaves pasos en la escalera. Radwinter entró, cerró la puerta y miró fijamente a Barak. Luego me sonrió sin un ápice de humor, mostrando sus blancos dientes.

—¿Consideráis que necesitáis a un hombre que os proteja cuando os reunís conmigo? —preguntó.

Incluso en ese momento intentaba socavarme.

—Maese Radwinter —dije—, no tengo tiempo para juegos. Tenemos un grave asunto entre manos.

—He ordenado que traigan las mantas y el brasero —informó con voz fingidamente amable—. No permitiré que ese hombre muera mientras esté a mi cargo —añadió—. ¡Por la sangre de Cristo, de ninguna manera! —Se volvió hacia nosotros —. Quiero que me acompañéis. Voy a interrogar a ese cocinero.

—Pero si hubiese sido el cocinero quien puso el veneno en la comida, habría huido después de hacerlo —observó Barak—. Sería el sospechoso más obvio, no se habría quedado por aquí.

Radwinter lo miró, irritado, y se volvió hacia mí.

—¿Permitís que vuestros criados hablen de vuestros asuntos?

—Lo que Barak dice tiene sentido —me limité a responder.

—Ah, ¿sí? —Radwinter se fijó en mi magulladura—. ¿Habéis estado importunando a alguien más con vuestros cáusticos modales?

—Ya os lo he dicho, no hay tiempo para juegos. Veamos al sospechoso.

—Muy bien. —Radwinter agarró con fuerza el manojo de llaves—. Por Jesucristo crucificado que le sonsacaré la verdad.

Nos indicó con un gesto airado que saliéramos.

El cocinero aguardaba sentado en un escabel de la garita, con un guardia apostado a cada lado. Era un hombre corpulento, como lo son los buenos cocineros, calvo y con la cabeza ovalada. Sin embargo, su rostro y sus ojos asustados desprendían cierta aspereza. Radwinter estaba en lo cierto: había algo sospechoso en él. El carcelero se acercó al preso y lo miró a los ojos, con una sonrisa adusta. Había un brasero en la sala, con un atizador asomando entre las ascuas. Radwinter se volvió con un gesto abrupto, lo cogió y lo sostuvo en alto. El cocinero se sobresaltó y tragó saliva mientras Radwinter le mostraba el extremo incandescente. Incluso desde donde yo estaba se captaba el calor que desprendía. Los soldados se miraron, inquietos. Radwinter se mesó la rala y pulcra barba con aire reflexivo y luego le exigió al cocinero, con voz tenue:

 

—Tu nombre.

—D… David Youhill, señor.

Radwinter asintió.

—Trabajabas para los monjes de St. Mary.

Los ojos de Youhill se desviaron hacia el atizador y se dilataron de terror.

—Sí, señor.

—Mírame cuando me hables, patán. ¿Durante cuánto tiempo?

—Más de diez años, señor. Fui el tercer cocinero de los monjes.

—El típico parásito de iglesia, vaya. Vida fácil y poco trabajo. Debió de afectarte sobremanera que os pusieran de patitas en la calle cuando cerraron ese tugurio papista.

—Encontré trabajo aquí, señor.

—Y ahora lo has aprovechado para envenenar a un hombre que el rey quiere vivo. ¿Sabes cuál es el castigo que recibe el cocinero que intenta matar envenenando la comida que prepara? Morir en agua hirviendo. Por orden del rey. —Youhill volvió a tragar saliva. Empezaba a transpirar. Radwinter asintió muy serio, paralizando al hombre con su mirada cruel—. Es una muerte dolorosa, te lo aseguro. Aunque no he presenciado ninguna. Todavía.

—Pero… pero yo no he hecho nada, señor. —Youhill se desmoronó de pronto, barboteando palabras inconexas con los ojos desorbitados y clavados en el atizador —. Preparé el potaje de puerros como siempre, con los ingredientes que compré en la ciudad. La comida del preso se sacó de la olla común. Lo que sobró aún está en la cocina. Si hubiese contenido veneno, todos lo habrían ingerido. —Se volvió hacia los soldados—. Giles, Peter, vosotros podéis dar fe de ello.

Los guardias asintieron.

—Es cierto, señor —intervino uno. Radwinter le dirigió una mirada ceñuda—. Solo puedo decir lo que vi, señor —añadió el soldado—. El cocinero no tuvo ocasión de manipular la comida del preso.

—Y vos mismo comprasteis este cuenco y esta copa, señor —insistió Youhill—. Y la cerveza también se sirvió del barril común, como visteis.

—¿Quién lava el cuenco y la copa? —pregunté.

—Yo.

Radwinter se acarició la barba y luego arrimó el atizador a la nariz del cocinero. Decidí que si lo acercaba demasiado, intervendría. Youhill se revolvió en la silla, entre lloriqueos aterrados.

—No sé cómo te las ingeniaste, cocinero, pero nadie más pudo haberlo hecho. Descuida, te arrancaré la verdad. Ya ves, conozco bien a los sirvientes de los monasterios como tú. Adoptaste las ideas papistas que infestan esos lugares y luego, cuando te echaron, te llenaste de rencor contra Su Majestad, y aprovecharías la menor ocasión para perjudicarlo. Ya han traído a mi presencia a otros parásitos de la iglesia en la Torre Lollards. La mayoría son como tú, gordos y blandos; se derrumban al mínimo dolor.

—¡Pero yo odiaba a los monjes! —estalló Youhill.

Radwinter detuvo el atizador a apenas un palmo de su nariz.

—¿Qué?

—¡Los odiaba! Odiaba su vida fácil y plácida mientras yo dormía en un camastro. Siempre supe que la única finalidad de sus ceremonias era sacar dinero a los ingenuos. ¡Yo era uno de los informantes de Cromwell!

Radwinter entornó los ojos.

—¿Qué sinsentido es este?

El cocinero sacudía la cabeza con desesperación intentando alejarse del calor.

—¡Es verdad! —gritó—. ¡Por la sagrada sangre de Jesucristo que es verdad! Cuando los comisionados de lord Cromwell vinieron en el treinta y cinco, interrogaron a todo el servicio. Así descubrieron que yo había tenido problemas con la bebida, aunque todo el mundo puede tomarse una cerveza en la ciudad. Me preguntaron si estaría dispuesto a pasar información a los hombres de lord Cromwell y me prometieron un buen empleo si el lugar cerraba. Y cumplieron su promesa: me consiguieron trabajo en el castillo. ¡Soy tan leal al rey como cualquier hombre en Inglaterra!

Radwinter escrutó a Youhill y luego sacudió la cabeza lentamente.

—Una historia demasiado fácil, cocinero. Tu cara me dice que eres astuto y taimado. Pero envenenaste a mi prisionero y obtendré la verdad. Haré que te lleven a mis dependencias. Allí mantendremos otra conversación; también hay un brasero. — Devolvió el atizador a las brasas—. Traedlo —ordenó a los guardias. Me miró y vio mi expresión reprobatoria—. Maese Shardlake, no os necesitaremos.

Youhill se aferró convulsivamente a los brazos de la silla. Los soldados se miraron. Entonces, para mi sorpresa, Barak avanzó un paso y se dirigió al cocinero.

—Yo trabajé para lord Cromwell —dijo—. Colaboré en ciertas ocasiones con los informantes del monasterio en el año treinta y seis y aprendí cómo funcionaba el sistema.

El alivio que asomó al rostro del cocinero demostró que lo que decía era cierto.

—Entonces, ¡ayudadme, señor!

—Tuviste que enviar cartas. ¿Sabes escribir?

—Mi hermano sabe. Le decía qué debía poner.

—¿A quién iban remitidas las cartas?

—Al despacho de maese Bywater, en los cuarteles que el Vicario General tenía en Westminster —se apresuró a contestar—. A la atención de maese Wells.

Barak se volvió hacia nosotros.

—Dice la verdad. Trabajó para lord Cromwell.

—Podría haber cambiado de bando —adujo Radwinter.

Barak se encogió de hombros.

—Sí, pero me parece que está demasiado asustado.

—Y no hay pruebas —intervine—. Además, maese Radwinter, no tenéis autoridad legal para torturar a este hombre. De momento, debe ser vigilado de cerca, pero no se le hará ningún daño. Informaré a sir William Maleverer, pero no veo de qué modo podría haber envenenado este hombre a Broderick.

—Tal vez el veneno no estuviera en la comida —opinó Barak.

—Sí. Considerad por qué otros medios puede haber ocurrido, maese Radwinter. Yo haré lo propio. Regresaré en cuanto haya visto a sir William.

 

Fuera, el viento se había tornado más feroz; nos arrojaba la lluvia a la cara y sacudía el follaje de los árboles en el patio de armas. Radwinter nos siguió con el rostro encolerizado y me agarró de un brazo.

—¡No interferiréis en mis pesquisas, señor! ¡Vuestro deber se limita a garantizar el bienestar del preso! —Me estrujó el brazo con mayor fuerza. Sus ojos irradiaban ira.

—Basta, señor —dijo Barak con calma, poniéndole una mano en el hombro.

Radwinter me soltó profiriendo una carcajada.

—Como ya os he dicho, me resulta lamentable que temáis enfrentaros a mí sin protección. —Miró a mi ayudante—. ¿Barak, te llamabas? Un nombre judío, ¿no es así? Del Antiguo Testamento.

Barak sonrió.

—Ya deduje que sois un hombre de libros baratos.

Radwinter señaló hacia la torre.

—Mira allá, donde cuelga Aske. Se dice que antes había una torre de madera y que una noche, hace cientos de años, los judíos chuparon la sangre a los ciudadanos de York, por eso fueron perseguidos por todo el lugar y quemados vivos. ¡Ese es el mejor sino para los paganos estafadores!

Dio media vuelta y se alejó. Barak había palidecido y tuve que agarrarlo de un brazo para contenerlo.

—¡Imbécil!

—Lo es. Esto le ha sobrepasado, está desesperado. No es capaz de resolverlo, solo sabe custodiar a los hombres y torturarlos. Su control empieza a tambalearse. — Sacudí la cabeza—. Espero que lo pierda del todo. ¡En el nombre de Dios! ¿Cómo pudo alguien introducir veneno en la celda, si Radwinter se encarga personalmente de todo? —Tomé aire—. Vamos, esto es asunto de Maleverer.