Soberano
Capítulo 10
Para cuando salimos del refectorio, había dejado de llover. Ya era de noche, pero en el patio los hombres seguían trabajando. Tres tiendas nuevas y enormes se alzaban junto a los pabellones, y los operarios llevaban muebles a su interior: lujosas sillas, bufés de madera tallada y cofres que probablemente contenían cubertería de plata, pues había soldados custodiándolos. «Y todo esto —pensé— deben de haberlo traído de Londres».
De vuelta en nuestros aposentos, vimos que los secretarios habían colocado junto al fuego una mesa de caballete y se habían sentado a ella para jugar a las cartas. Kimber y otros dos jóvenes ataviados con togas estaban con ellos, y pensé en el extraño y pasajero igualitarismo que la Jornada parecía haber instaurado entre sus participantes. Kimber nos invitó a sentarnos con ellos y le dije a Barak que lo hiciera si le apetecía, pero que yo prefería ir a mi celda. Las palabras «abogado jorobado» aún me dolían. Aceptó la invitación, algo que me provocó una leve decepción. Lo dejé allí y fui a remendar mi toga lo mejor que pude con el precario costurero que llevaba en el equipaje, y después me tumbé en la cama.
Era, no obstante, demasiado pronto para dormir y, oyendo los vítores y gruñidos de los jugadores de cartas según cambiaba su suerte, me sorprendí presa de una sucesión de reflexiones angustiosas. Pensé en la precipitada partida de Maleverer para visitar al Consejo Real, y en el hecho de que yo le había ocultado que podría haber algo escondido en la casa de Oldroyd. Mi decisión de volver allí por la mañana temprano había sido impulsiva, aunque, meditándolo, era la opción más segura para evitar posibles problemas. Si en la pared había un escondrijo y lo habían descubierto, no se había perdido nada, pero si no lo habían descubierto y lo hacía yo, sería solo mérito mío. No negaba que Maleverer me asustaba; era un hombre tan despiadado y brutal como lo había sido mi anterior patrón Cromwell, aunque sin su sofisticación e, intuía, sin ningún principio subyacente a la ambición y un amor manifiesto al ejercicio del poder. Un bruto y un bravucón: un hombre peligroso.
Y luego estaba Broderick. Recordé su fría afirmación de que yo lo estaba alimentando para entregárselo sano a los torturadores de la Torre. Y, con todo, no debía olvidar que Broderick había formado parte de una conspiración que, de haber prosperado, habría sumido el reino en un baño de sangre sin precedentes. Volví a preguntarme cuál sería su secreto, un secreto que incluso Cranmer temía, y después me dije que sería más seguro no saberlo.
Finalmente, los jugadores se retiraron a sus cubículos. A través de la pared oí que Barak entraba en el suyo y también el tintineo de las monedas al dejarlas en el cofre; era evidente que había tenido suerte. Me desvestí y me acosté, pero los recuerdos seguían rondándome, preocupándome. Pensé en aquella extraña y adusta mujer, Jennet Marlin, y en sus coléricas quejas sobre, al parecer, el mundo entero. En ese instante caí en la cuenta de a quién me recordaba, con una claridad que me aceleró el corazón.
Mi deformidad me había marcado desde la infancia. Nunca me sentí cómodo entre los chicos de las granjas próximas, que se reunían para jugar y cazar conejos en el bosque. Tampoco ellos me aceptaron nunca; era como si, en cierto modo, mi presencia supusiera una amenaza para su recia anatomía. Además, se dice que los jorobados atraen la mala suerte.
Durante varios años, mi única compañera de juego fue una niña de mi misma edad. Se llamaba Suzanne y era hija del propietario de la granja aledaña a la de mi padre. El hombre era viudo, un tipo corpulento, duro y jovial con una prole de cinco muchachotes. Suzanne era la única niña y, tras la muerte de su esposa, el granjero no sabía muy bien qué hacer con ella. Un día, Suzanne se plantó en nuestro patio, donde yo estaba jugando con barquitos de papel en una charca. Se quedó un rato observándome; yo era demasiado tímido para hablar con ella.
—¿Qué haces? —me preguntó, al fin.
—Juego con barquitos.
La miré. Llevaba un vestido sucio que le quedaba pequeño; era rubia y tenía el pelo tieso como la paja. Más parecía la hija de un vagabundo que de un granjero respetable.
—A mí también me gustaría jugar.
Arrugó levemente el entrecejo al decirlo, como previendo una negativa. Pero yo anhelaba tener amigos y decidí que incluso una niña me iría bien.
—Vale.
—¿Cómo te llamas?
—Matthew.
—Yo Suzanne. ¿Cuántos años tienes?
—Ocho.
—Yo también.
Se arrodilló a mi lado y señaló un barquito.
—Ese está torcido. No has doblado muy bien el papel.
Así, y durante los siguientes cuatro años, Suzanne se convirtió en mi compañera de juegos, aunque no a todas horas. A veces pasaba meses enteros sin apenas verla; tal vez su padre le dijera que no debía jugar conmigo, pero tarde o temprano acababa volviendo y, sin justificar su ausencia, se sumaba a mis entretenimientos solitarios. Me engatusaba para jugar a las casitas en un rincón del granero, sacando agua de los charcos para dar de beber a sus andrajosas muñecas. Me parecía algo mandona, pero, a fin de cuentas, era una compañía y además sentía lástima por ella; creo que entonces comprendí que estaba incluso más marginada que yo, marginada en su propio hogar.
Nuestra amistad, si así podía llamarse, concluyó de forma abrupta cuando teníamos trece años. Llevaba varios meses sin verla, salvo los domingos en la iglesia, y siempre desde lejos, pues su familia ocupaba un banco en el otro extremo de la iglesia. Un día de verano, camino de casa después del oficio religioso, vi a un grupo de chicas y chicos que caminaba delante de mí. Las muchachas llevaban tocas atadas a la barbilla y vestidos elegantes, largos hasta los pies, de mujer adulta; los mozos, pequeños jubones impolutos y bonetes. Ellas se empujaban para colocarse al lado de Gilbert Baldwin, un apuesto muchacho de catorce años que siempre había sido el líder en los juegos de los varones. Detrás del grupo, sola, con una larga varilla de avellano con la que sacudía la hierba que crecía en las márgenes del camino, iba Suzanne. La alcancé.
—Eh, Suzanne —la llamé.
Ella se volvió hacia mí y vi su rostro de facciones que habrían sido hermosas de no ser por la rabia que expresaban. Reparé en que su vestido estaba raído y tenía los bajos descosidos, y que iba sin peinar.
—¡Vete! —masculló, furiosa.
Retrocedí un paso.
—¿Por qué, Suzanne? ¿Qué he hecho?
Ella se dio media vuelta y me miró a los ojos.
—¡Todo es culpa tuya!
—Pero… pero… ¿el qué?
—¡No me dejan ir con ellos! ¡Dicen que mi ropa apesta, que voy sucia, que tengo los modales de un hojalatero! ¡Y todo es por haber malgastado el tiempo contigo en vez de aprender cosas de chicas! ¡Gilly Baldwin dice que debería hacerle ojitos a mi amigo jorobado!
Su voz crecía en intensidad y se quebraba por momentos; su boca era como una enorme e iracunda O en su rostro escarlata.
Miré hacia delante. El grupo se había detenido para contemplar la escena. Los chicos parecían incómodos, pero las jóvenes se regocijaban entre crueles risotadas.
—Suzy se está peleando con su pretendiente —gritó una.
Suzanne se volvió hacia ellas.
—¡Mentira! —chilló—. ¡No es mi pretendiente! ¡No! ¡Basta!
Las risas se multiplicaron y ella echó a correr a campo traviesa, sin dejar de aullar, sacudiendo las espigas del trigo joven con la rama como una posesa. Me quedé un rato observándola; luego di media vuelta y desanduve el camino. Ya regresaría a casa cuando los chicos y las chicas se hubiesen marchado. Hacía mucho tiempo que había aprendido que guardar silencio y alejarse era la mejor forma de evitar las mofas. Aun así, pese a la crueldad de Suzanne para conmigo, pese a saber que era su familia, y no yo, quien la había convertido en una marginada, a partir de entonces, cuando la veía, siempre sola, siempre lanzándome miradas feroces si acaso llegaba a observarme, me sentía culpable, como si en efecto fuera en parte responsable de su sino. Partí hacia Londres pocos años después y no volví a verla, aunque supe que no se había casado y que posteriormente se había erigido en una acérrima reformista que denunciaba a sus vecinos por papismo. Y Jennet Marlin, aunque procedía de otra clase, desprendía el mismo aire de estar consumida por la ira contra un mundo que había sido injusto con ella. Y, al igual que con Suzanne, yo sentía el impulso de apaciguarla y complacerla. Suspiré y me tendí boca arriba, reflexionando sobre los inescrutables derroteros de la mente. Y después, al fin, me quedé dormido.
Barak había decidido despertarse a las seis y poco después de esa hora llamó con delicadeza a mi puerta. No había tenido un sueño reparador, pero me levanté y me vestí en el gélido y húmedo frío matutino. Volví a ponerme la capa de Wrenne en lugar de la mía; de ese modo me acordaría de devolvérsela cuando nos encontrásemos en el ensayo. Salimos discretamente para no despertar a los que aún dormían. Fuera se intuían los primeros albores, aunque todo seguía sumido en la penumbra. Enfilamos el sendero paralelo a la iglesia, donde habíamos encontrado al pobre Oldroyd la mañana anterior, y nos dirigimos a la barbacana. El joven sargento Leacon volvía a estar de servicio.
—¿De nuevo madrugáis, señor? —me preguntó.
—Sí, tenemos que ir a la ciudad. ¿Has estado de guardia?
—Sí, y me quedan dos noches más, hasta que llegue el rey. —Sacudió la cabeza —. Un asunto extraño el de ayer, señor. Me refiero a lo del vidriero. Sir William Maleverer me interrogó más tarde.
«A él también», pensé.
—Sí —convine—. Tienes razón, es un asunto extraño. Cuando el caballo salió de la bruma e irrumpió en el patio, por un segundo no supe qué era… Llegué a pensar que procedía del mismo infierno…
—Dicen que fue un accidente, señor. ¿Sabéis algo?
Por su aguda mirada deduje que lo dudaba, tal vez por creer que Maleverer se estaba tomando excesivas molestias para tratarse de una muerte accidental.
—Eso dicen. —Cambié de tema—. Imagino que habrás vivido otras anécdotas en el trayecto desde Londres.
—Ninguna tan extraña como esta. Hasta que me enviaron aquí desde Pontefract, todo se limitó a caminar y cabalgar con la comitiva real, sobre un mar de lodo cuando llovía y entre enormes nubes de polvo cuando no. —Sonrió—. Aunque, cruzando un pueblo cerca de Hatfield, un mono que llevaba una de las damas de la reina se escapó y ocasionó un buen alboroto.
—Vaya, ¿sí?
—Los pobres paganos que vivían allí creyeron que era el demonio, corrieron a la iglesia y suplicaron al sacerdote que lo enviara de vuelta al infierno. Me mandaron en su busca junto con varios hombres más. Lo encontramos sentado en la letrina de un granjero, disfrutando de lo lindo con su cosecha de fruta.
Barak se rio.
—¡Seguro que fue digno de ver!
—Ya lo creo. Allí, sentado, con el pequeño jubón que su dueña le ponía y la cola asomándole por detrás. Todos los habitantes del pueblo eran papistas y juraría que creían que la comitiva del rey tenía toda una legión de demonios a su servicio.
Hizo una pausa y sacudió la cabeza.
—Bien, debemos proseguir nuestro camino; tenemos trabajo.
Cruzamos la barbacana y nos encaminamos hacia Bootham.
—Un joven sagaz —observé.
Barak gruñó.
—Los soldados no deberían hacer preguntas.
—Hay personas que no pueden evitarlo.
—¡A mí vais a decírmelo! —replicó, mirándome de soslayo.
Llegamos a los portones. Estaban cerrados; aún no se había levantado el toque de queda y el guardia no parecía dispuesto a dejarnos pasar. Me llevé la mano al bolsillo para mostrarle la autorización y me maldije al caer en la cuenta de que la había olvidado en la celda.
—No puedo franquearos el paso sin ella, señor —insistió el centinela con firmeza.
Pedí a Barak que regresara hasta el puesto del sargento Leacon y comprobara si él podía enviar a alguien que diera fe de nosotros. Regresó a los pocos minutos con otro joven corpulento de Kent, que ordenó de forma perentoria al guardia que nos dejara pasar. Este abrió a regañadientes los enormes portones de madera y nos apresuramos a franquearlos.
Caminamos hasta Stonegate mientras amanecía y la ciudad se desperezaba, refugiándonos bajo los aleros a medida que los vecinos arrojaban los orines de la noche a la calle. Los tenderos asomaban a las puertas de sus comercios y el ruido de los postigos abriéndose acompañaba nuestros pasos.
—Estás muy callado esta mañana —le dije a Barak.
Me preguntaba si estaría meditando nuestra conversación.
—Vos también.
—No he dormido bien. —Vacilé unos segundos—. Pensaba en Broderick, entre otras cosas.
—¿Y?
—Sabes que mis instrucciones son garantizar que llegue sano y salvo a Londres, ¿verdad?
—¿Lo está poniendo difícil el carcelero?
—Le gusta pincharlo, pero creo que puedo poner remedio a eso. No, es el propio Broderick. Dice que si me preocupo por su estado es solo para que los torturadores se lo pasen mejor con él.
—Es difícil doblegar a un hombre en buena forma.
—Dice que nada le hará hablar. Morirá torturado.
Barak se volvió para mirarme con un semblante impasible.
—Lord Cromwell dijo que la mayoría de los hombres acaban hablando. Tenía razón.
—Lo sé, pero Broderick no es como la mayoría de los hombres.
—Pueden ocurrir muchas cosas hasta que llegue a la Torre. Podría decidir hablar, o tal vez aparezca nueva información que reste importancia al interrogatorio. ¿Quién sabe? Podría incluso llegar a agradecer vuestras atenciones.
Negué con la cabeza.
—No. Cranmer hizo hincapié en su relevancia. Lo torturarán y, si al final se derrumba, lo hará después de una agonía inenarrable.
Barak me miró con la impaciencia que a veces lo asaltaba.
—¿No se os ocurrió pensarlo al principio? —preguntó.
—Sí, pero en aquel entonces estaba muy preocupado por mi padre y sus propiedades. Y ahora voy a sacar provecho de ello —añadí con pesadumbre.
—No tenéis elección.
—Lo sé. Por Dios —exclamé, irritado—, me encantaría volver a ver Londres.
—Lo mismo digo.
Al pasar junto a Petergate, oímos un altercado y vimos, algo más adelante, a dos hombres atosigando con duelas a media docena de muchachos harapientos para que caminaran. Nos acercamos y me detuve, pues entre ellos descubrí al chico de la verruga en la nariz que había intentado arrebatarle la cesta a Tamasin Reedbourne dos días antes. Su acompañante también estaba allí. Por la expresión que afloró al rostro de Barak deduje que él también lo había reconocido. Me dirigí a toda prisa a los soldados.
—Disculpadme, señores. ¿Estáis desalojando de la ciudad a esos muchachos?
—Sí, señor. —El que respondió era un hombre de edad avanzada y labios finos y duros—. No se permite la presencia de mendigos ni escoceses durante la visita del rey.
Señalé al muchacho de la nariz verrugosa.
—Me gustaría hablar un momento con él.
—¿Lo conocéis? No habrá robado algo…
El chico nos miraba con aire de ansiedad a Barak y a mí; era evidente que nos había reconocido.
—No, pero podría saber la respuesta a una pregunta sobre un asunto que tengo entre manos.
Alcé una mano en la que llevaba una moneda de seis peniques.
El hombre la miró, codicioso.
—No tengo inconveniente en prestároslo un rato. El Consejo no nos paga mucho, ¿verdad, Ralph?
—No —convino su compañero.
Suspiré, saqué otra moneda para él e indiqué a Barak con la cabeza que agarrase bien al mozo. El chico parecía asustado cuando lo llevamos a un lado de la calle, donde los dos hombres y sus desgraciadas presas, que no apartaban la vista de nosotros, no nos pudieran oír.
—Quiero preguntarte algo referente al encuentro que tuvimos hace dos días. — Observé el sucio rostro del chico, que despedía un intenso hedor. Era incluso más joven de lo que creía; no debía de tener más de trece años—. Solo información, no se te acusa de nada. Podría serme de utilidad.
Saqué otra moneda de la faltriquera.
—¿Se puede saber qué pretendéis? —preguntó Barak, desconcertado—. Intentó robar a Tamasin.
—¿Cómo te llamas, muchacho? —pregunté, obviando las palabras de Barak.
—Steven Hawkcliffe, señor. —Su acento era tan cerrado que costaba entenderle —. No era un robo de verdad —explicó—. Nos pidió que fingiéramos que le robábamos la cesta.
—¿La chica?
—Sí, sí. Mi amigo John y yo mendigábamos por las calles, intentando conseguir lo que pudiéramos antes de que nos expulsaran de la ciudad. La chica se nos acercó y nos pidió que fingiéramos que le robábamos. Al criado que iba con ella no le pareció bien, pero ella le ordenó que entrara en un comercio y simulara que compraba algo. No fue un robo, señor.
Barak tomó al chico por los hombros y lo obligó a mirarlo.
—Será mejor que digas la verdad o te cortaré en trocitos más pequeños que las verduras para el potaje. ¿Por qué iba a hacer algo así esa chica?
—Dijo que quería llamar la atención de un hombre que iba a pasar por allí. Es la verdad, señor —añadió, repentinamente lloroso—. Nos pidió que esperásemos a la boca de un callejón hasta que nos avisara. Lo hizo y yo fingí que intentaba robarle la cesta, pero no tiré con fuerza. Luego aparecisteis vos con la espada en alto. Nos asustamos y echamos a correr.
Barak frunció el ceño. Sabía que el chico no mentía.
—¿De dónde eres, muchacho? —pregunté.
—De Northallerton, señor. Allí no hay trabajo, mi amigo John y yo vinimos a York, pero hemos acabado mendigando.
—¿Adónde van a llevaros esos hombres?
—Nos dejarán en el camino. El viernes deberemos estar a diez millas de York. A los enfermos los esconden en Merchant Taylors Hall, pero todos los que pueden caminar deben marcharse. Ni siquiera quedan casas santas donde podamos pedir ayuda.
Me miró con sus desorbitados ojos azules, que resaltaban en el rostro mugriento. Suspiré, pero reemplacé los seis peniques por un chelín, asegurándome de permanecer de espaldas a los dos hombres.
—Toma. Que no la vean.
—Gracias, señor —murmuró el chico.
Avisé por señas a uno de los hombres y se lo entregué.
—¿A qué demonios jugaba Tamasin? —preguntó Barak, encolerizado, cuando se hubieron alejado.
—No lo sé. Tuve la sensación de que había algo raro, pero no dije nada. —Lo miré—. Sin embargo, ahora tendré que preguntarle a ella, por si no era más que una estratagema para conocerme.
Barak parecía sorprendido.
—¿A vos? ¡Pero si soy yo con quien ha coqueteado!
—Pero yo soy el responsable del bienestar de un preso importante. Tengo que averiguar de qué va todo esto, Barak.
Asintió.
—¿Puedo pediros una cosa? No le contéis nada de esto a esa mujer, Marlin. Todavía no. Preguntádselo a ella directamente…
—Es lo que me proponía hacer. La señorita Marlin tiene contactos con un sospechoso de conspiración.
—Mierda. No creeréis que…
—No sé qué creer, pero tengo que indagarlo. Ahora, vayamos a ver qué ha ocurrido en casa de Oldroyd antes de que las calles se llenen de gente.
Me palpé el bolsillo y noté la llave. Me alegré de que Maleverer no me hubiese pedido que se la devolviera.
Los comercios empezaban a abrir mientras avanzábamos por Stonegate. Los propietarios nos miraban con frialdad y sentí sus ojos clavados en nosotros a lo largo de todo el trayecto. Me pregunté si habrían apostado un guardia en la casa, pero no vi a nadie frente a ella. Los postigos de las ventanas estaban cerrados, al igual que la puerta. Maleverer debía de haber encontrado otra llave dentro. Abrí.
Con las contraventanas cerradas, apenas entraba luz en el interior. Barak cruzó el salón y las abrió de par en par. En ese instante, ambos dimos un respingo al oír un grito angustiado a nuestras espaldas.
Ya con luz, vimos que la estancia era un caos. El bufé había sido separado de la pared; las sillas, los bancos y la mesa aparecían tirados por el suelo. En medio de aquel desbarajuste, sentada en un catre colocado frente a la chimenea, había una mujer rolliza y de mediana edad ataviada con un camisón y un gorro de dormir blancos. Soltó otro chillido capaz de hacer temblar las vigas.
Traté de calmarla con gestos.
—Por favor, señora. No pretendemos haceros daño. No sabíamos que hubiera nadie aquí.
Pero la mujer siguió gritando con los ojos desorbitados por el miedo, hasta que Barak se acercó a ella y le asestó un bofetón. La mujer se calló, se llevó una mano a la mejilla y rompió a llorar.
—Santo cielo —dijo Barak—. Vais a resucitar a los muertos. Ya os hemos dicho que no pretendemos haceros daño.
Los sollozos cesaron y la mujer se tapó hasta el cuello con una delgada manta. Me compadecí de ella. Parecía del todo indefensa allí sentada, y además con una señal roja en la cara. Vi su ropa doblada junto al lecho.
—¿Sois el ama de llaves de maese Oldroyd? —pregunté.
—Sí, señor —respondió con voz trémula—. Kat Byland. ¿Sois hombres del rey?
—Sí. Serenaos, por favor. Barak, dejemos un momento sola a esta dama para que pueda vestirse.
Salimos y esperamos en el pasillo. Oímos un crujido procedente del dormitorio, y luego un sollozo ahogado mientras la mujer se afanaba en cambiarse.
—Siento haber tenido que abofetearla —musitó Barak—. Era la única manera de hacerla callar antes de que alertara a todo el vecindario.
Asentí. Un minuto después, el ama de llaves abrió la puerta. Su expresión era de un cansancio infinito.
—No deseamos importunaros más —dije—. Solo necesitamos buscar algo arriba.
La mujer volvió a sentarse en el catre.
—No puedo deciros más de lo que le conté ayer a sir William. Nunca he sabido nada de los asuntos del pobre maese Oldroyd, que en gloria esté. —Se persignó y luego paseó su triste mirada por el desorden que la rodeaba—. Mirad lo que le hicieron a la casa; también revolvieron todo el patio. Y el pobre Paul, tan joven, que nunca ha hecho daño ni a una mosca, arrestado y encerrado. No entiendo qué está pasando.
—Si no sabéis nada, no os harán ningún daño.
La mujer levantó un brazo y lo dejó caer en un gesto de impotencia.
—Debería arreglar esto. Pero ¿para quién? —Soltó una risa desesperada—. No queda nadie.
La dejamos allí y subimos al piso de arriba. Las puertas de los dos dormitorios estaban abiertas y, como el salón, ambos habían sido registrados a conciencia. Entramos en el de Oldroyd. Habían ladeado la cama y tumbado los cofres; la ropa del vidriero estaba desparramada por todas partes. Habían arrancado la colgadura, que yacía arrebujada en el suelo, y la pared de paneles de madera pintada quedaba a la vista.
—Ningún indicio aquí —dijo Barak—. ¿Qué esperabais? ¿Una hornacina?
—Algo, cuando menos.
Me acerqué al punto donde se habían posado los ojos del aprendiz el día anterior y di unos golpecitos en la pared. Parecía maciza, era una pared maestra que separaba la vieja casa de Oldroyd de la adyacente. Barak se acercó y me ayudó a separar y examinar los paneles.
—Eh, ¿qué es esto? —dijo.
Me arrodillé a su lado. Volvió a dar unos golpes en un panel que quedaba a ras de suelo. Sonaba diferente, hueco. Palpé los bordes. La madera de la vigueta presentaba una serie de muescas, del tamaño justo de una uña. Tiré de ella y el panel se desprendió de las pequeñas ranuras que la sujetaban a la madera y cayó al suelo, dejando a la vista un espacio hueco. Estaba confeccionado con suma pericia; pero, claro, pensé, el pobre Oldroyd había sido artesano.
Miramos dentro. Un espacio de unas diez pulgadas cuadradas. Y, casi del mismo tamaño, una cajita. La saqué. Era sólida, de madera oscura; en la tapa, una escena pintada de Diana apuntando a un ciervo con el arco y la flecha. Era la clase de estuche en el que una mujer rica guardaría sus joyas. Observé que la pintura estaba desgastada; el vestido de la cazadora y, de hecho, todo el estilo de la caja era del siglo anterior, previo a la Guerra de las Dos Rosas. Barak silbó.
—Teníais razón. Hemos encontrado algo importante.
—Pesa muy poco —comenté—, pero creo que contiene algo.
Intenté levantar la tapa, pero no cedió. Tenía un recio cerrojo. Agité la caja, pero no se oyó nada.
—Forcémosla —propuso Barak.
—No —respondí tras vacilar un instante—. Debería abrirse en presencia de Maleverer. —Me quedé observando la caja.
—El aprendiz debía de saber que estaba ahí, tal vez a resultas de haber espiado a su patrón por el ojo de la cerradura, o quizá lo averiguara por algún otro medio.
—No puede haberlo dicho en St. Mary, porque habrían venido a buscarla — comenté—. No me extraña que les pasara por alto a los que se encargaron de registrar la casa ayer; estaba bien escondida.
—Pero ¿por qué no lo ha dicho? Ya lo visteis, estaba aterrado.
—Maleverer tuvo que irse antes de interrogarlo. Vamos, cuanto antes llegue esto a St. Mary, tanto mejor.
Barak frunció el ceño.
—¿Qué es ese ruido?
Se puso en pie y se acercó a la ventana. Desde fuera llegaba un intenso murmullo. Me asomé con Barak. La señora Byland estaba allí, llorando en el hombro de otra mujer y acompañada de tres o cuatro más, junto con media docena de hombres, por su aspecto, tenderos. Vi que tres aprendices con capa azul se sumaban al grupo.
—Maldición —mascullé—. El ama de llaves ha despertado a los vecinos.
—Salgamos por la puerta de atrás.
Me guardé el joyero bajo la capa de maese Wrenne, agradecido de sus voluminosos pliegues, y seguí a Barak por la escalera. Pero no había escapatoria: el ama de llaves había dejado la puerta abierta y en cuanto llegamos abajo, quedamos a la vista de la muchedumbre. Un aprendiz nos señaló.
—Mirad, son ellos.
—Vamos —dije—. Pon cara de valiente.
Salí y sentí el corazón en un puño al recordar que no llevaba conmigo la autorización.
—¿A qué se debe este revuelo? —pregunté con voz severa.
Un tendero que llevaba un mandil de cuero avanzó un paso. Tenía manos de vidriero y llevaba una duela de madera en una de ellas.
—¿Quién sois? ¿Qué asunto os trae a esta casa? —preguntó, irritado—. Mi amigo Peter Oldroyd ha muerto y los hombres del rey se permiten maltratar su casa y a sus sirvientes. La pobre señora Byland está muerta de miedo.
—Soy abogado y me envían de St. Mary. Solo queríamos comprobar que todo estaba en orden en la casa.
Incluso a mí me pareció una excusa patética.
—Jorobado sarnoso —gritó un aprendiz.
Se oyeron susurros de aprobación. Barak se llevó una mano a la empuñadura de la espada, pero lo disuadí con un gesto. Si aquella gente optaba por la violencia, íbamos a vernos en un grave aprieto. Miré a ambos lados de la calle, con la esperanza de ver a algún guardia, pero no había ninguno cerca. Alcé una mano.
—Escuchad, por favor. Lamento los perjuicios que se han ocasionado aquí. No he participado en ellos. Siento mucho haber alarmado a esta buena mujer, pero se están investigando los asuntos que maese Oldroyd…
—¿Qué asuntos? —me interrumpió el vidriero—. Peter era un buen hombre, nunca hizo nada malo.
—No puedo decir más. Y ahora, por favor, dejadnos pasar.
El artesano aferró la duela con decisión.
—Mostradme vuestros papeles. Vamos, no disimuléis. Todos los hombres del rey tienen documentos que los acreditan.
—¡A lo mejor son ladrones! —gritó alguien.
Busqué entre la multitud a maese Dike, el vidriero a quien había conocido el día anterior. Al menos él podría dar fe de que estaba investigando al servicio del rey. Pero no estaba allí.
Tomé aire.
—Dejadnos pasar —insistí con cortesía, y avancé un paso.
Ni el vidriero ni el resto de los presentes se apartaron un ápice. Eso significaba que nos hallábamos en un grave aprieto. Entonces, una piedra, arrojada por alguien situado al final del grupo, me alcanzó en el brazo con el que sostenía la caja debajo de la capa. Sentí un dolor agudo; el brazo me cedió y la caja cayó al suelo con un fuerte estrépito.
—¡Ladrones! —gritó alguien—. ¡Son ladrones!
Otra piedra golpeó a Barak en un hombro y la muchedumbre avanzó al unísono, empujándonos contra la fachada de la casa. El vidriero alzó la duela e intenté protegerme del golpe con ambos brazos.