Soberano

C. J. Sansom · Capítulo 47 de 50

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Soberano

Capítulo 47

 

Cuando enfilé Chancery Lane, llovía a raudales y agaché la cabeza para impedir que el agua que se escurría del birrete me cayera a los ojos. Tras mi visita a la Tesorería, había regresado al Colegio de Lincoln e ido a la biblioteca. Me había pasado horas allí, reflexionando, sorprendiéndome, conforme la corta tarde de noviembre daba paso a la noche y encendían lámparas en las mesas. Al final, me pareció que lo había resuelto todo. Y entonces lo único que me quedó por hacer fue regresar a casa.

Estaba bastante oscuro cuando salí a Chancery Lane con el corazón en un puño. La lluvia desdibujaba los cuadrados de luz que las ventanas alumbradas por velas proyectaban en los charcos. Me ceñí la toga al cuerpo, notando cómo se me hincaba el maldito grillo en la piel mojada y lacerada de la muñeca.

Entré torpemente en casa, empapando las esteras. Joan cruzaba el vestíbulo; se volvió para mirarme, poniendo la mano delante de su candil.

—¡Maese Shardlake! ¡Estáis empapado, señor! Qué lluvia. Temo lo que pueda estar pasando en el manzanar. Dejadme que os traiga ropa seca…

—No —dije, quitándome el birrete empapado. Me apoyé un momento en la puerta, respirando con dificultad—. Estoy bien. ¿Han llegado Jack y la señorita Reedbourne?

—Aún no, señor. —Joan frunció la nariz—. Han dicho que volverían antes de que anocheciera, pero seguro que ella lo ha obligado a buscar una taberna donde resguardarse y besuquearse.

—Ya.

Me quedé desconcertado; había supuesto que ya habrían regresado, que estarían en casa. Había estado preparando lo que iba a decir.

—Maese Wrenne ha bajado hace un rato —dijo Joan—. Me ha pedido algo de comer. Le he llevado un potaje al salón.

Vacilé. Lo más sensato sería ir arriba a cambiarme de ropa. Me puse a temblar violentamente.

—¿Os encontráis bien? —preguntó Joan con cara de preocupación.

—Solo estoy… cansado.

—Hay un buen fuego en el salón.

—Me secaré allí. —Forcé una sonrisa—. Y tengo hambre. Gracias, Joan.

Me miró un instante más, poco convencida, y subió. Cerré la puerta principal; Barak tenía su propia llave y podría entrar. Me dirigí al salón. Me detuve ante la puerta, invadido por un cansancio que parecía haberme despojado de la poca energía que me quedaba. Respiré hondo y abrí.

Giles estaba sentado a la mesa, tomándose el suculento potaje que Joan había servido en una gran sopera humeante. A la luz de las velas, su rostro, surcado por arrugas cada vez más hondas a medida que perdía peso, transmitía cansancio. Me miró, inquieto.

—¡Matthew! Estáis empapado. Vais a caer enfermo.

—Vuelve a llover a cántaros.

—Lo sé. ¿Es que no va a parar nunca? —Señaló los cuadrados negros de la ventana, contra las cuales oíamos el repiqueteo de la lluvia—. Creo que Barak y Tamasin siguen fuera, mojándose. —Fui a la chimenea y me coloqué de espaldas al fuego crepitante; enseguida noté el calor en las piernas—. ¿Habéis consultado con la Tesorería del Colegio de Lincoln? —preguntó—. ¿Van a cavar la zanja?

—Sí, he tenido que discutir un poco, pero me lo han prometido.

—Vuestra ropa emana vapor. Deberíais cambiaros. Parecéis agotado, enfermaréis.

—Antes de hacer cualquier otra cosa, tengo que comer algo.

—Venid, tomad un poco de potaje.

Cogí un plato del aparador, me serví y me senté frente a él. Pero, después de todo, no me apetecía comer.

—¿Os encontráis mejor? —le pregunté.

—Sí. —Esbozó una triste sonrisa, ya habitual en él—. Viene y va, igual que le ocurría a mi padre. En este momento, vuelvo a ser casi el que era, salvo por… —Se dio una palmada en el lugar donde el bulto iba aumentando de tamaño e hizo una mueca. Asentí—. ¿Se sabe algo más de la reina?

—La han apresado.

Giles movió la cabeza, apesadumbrado. Lo miré. Necesitaba que Barak y Tamasin estuvieran de vuelta, Barak al menos, antes de hablar. Y, no obstante, por algún motivo, no pude contenerme.

—He decidido ir solo al Colegio de Gray, Giles. Quería encontrar a Martin Dakin.

Giles no acabó de llevarse la cuchara a la boca.

—No deberíais haberlo hecho —repuso, despacio—. Sin mi permiso.

—Ha sido para ayudaros.

—¿Lo habéis encontrado?

—He sabido que murió hace dos años.

Giles dejó la cuchara en el plato.

—¿Muerto? —susurró. Se recostó en la silla. Tenía los hombros caídos y las facciones flácidas—. ¿Martin está muerto?

Y entonces añadí, en voz baja:

—Creo que eso ya lo sabéis. Creo que lo sabíais incluso antes de que yo llegara a York. Recuerdo que una vez dijisteis que un buen abogado necesita ser buen actor. Creo que habéis estado actuando desde el día en que nos conocimos.

Giles frunció el ceño; luego, pareció agraviado.

—¿Cómo podéis decir tal cosa, Matthew? ¿Cómo…?

—Os lo explicaré. He ido al antiguo despacho de Dakin. Allí me han comunicado que había muerto de enfermedad hacía dos inviernos. Sin esposa ni hijos. Me han dicho que fuera a la Tesorería, donde se encargaron de administrar sus bienes. Eso he hecho, y allí he averiguado que os lo había legado todo a vos. Su dinero os fue enviado a York y vos firmasteis un recibo en marzo de mil quinientos cuarenta, hace dieciocho meses. Lo he visto.

—Algún impostor…

—No. He visto la firma. Era vuestra; la he visto suficientes veces, cuando nos ocupábamos de las súplicas. Vamos, Giles —añadí con impaciencia—. Soy abogado desde hace casi veinte años. ¿Creéis que no reconocería una firma falsificada?

Giles me miró con una expresión feroz que yo desconocía en él.

—Matthew —dijo, con voz trémula—, sois un buen amigo, pero me habéis ofendido. Ha de ser por la tensión de vuestra estancia en la Torre. Se trata de algún impostor; alguien se apoderó de la carta y se hizo pasar por mí. Recuerdo que por aquel entonces tenía un empleado a quien tuve que despedir por fraude. A más de doscientas millas de distancia, es fácil hacerse pasar por alguien.

—Ocultar la verdadera identidad. Sí, vos sabríais hacerlo.

Giles no respondió, sino que se quedó sentado muy quieto, mirándome fijamente. Comenzó a juguetear con la gran esmeralda del anillo que llevaba en el dedo. Una gota de agua me resbaló por el cuello, produciéndome un escalofrío. Giles tenía razón. Me arriesgaba a caer enfermo. La crepitación del fuego y el golpeteo de la lluvia contra la ventana me parecieron extrañamente fuertes. Creí oír la puerta principal abriéndose, pero solo fue un crujido en alguna parte de la casa. ¿Dónde estaban Barak y Tamasin?

—De la Tesorería he ido a la biblioteca del Colegio de Lincoln —continué—. Me he pasado varias horas allí, atando cabos —dije. Giles siguió mudo—. Os inventasteis la historia de vuestra reconciliación con Martin Dakin para conseguir que os ayudara a venir a Londres. ¿Hubo alguna vez una disputa entre los dos? Debió de haberla — me respondí—, porque Madge tenía conocimiento de ella, aunque no de que Martin hubiera muerto y os hubiera legado sus bienes.

—Jamás nos reconciliamos —insistió Giles en voz baja—. Lo que os conté de nuestra disputa era cierto. Pese a ello, me lo legó todo cuando murió. Yo era su único pariente vivo, ¿comprendéis? La familia. Qué importante es… —Suspiró, un suspiro que pareció emerger de las honduras de su ser—. No dije a Madge que Martin había muerto y me lo había legado todo, ni a nadie más de York. Estaba demasiado avergonzado. —Me miró—. Y eso me fue útil: pude deciros que seguía vivo; nadie más sabía que no era así.

Seguí hablando despacio y en voz baja:

—Lo que me desconcertaba era que hubieseis puesto tanto empeño en venir a Londres ahora, cuando sabíais que os estáis muriendo. Tenía que ser por algo muy importante. Entonces, recordé la primera vez que mencionasteis que queríais venir. Fue justo después de que me agredieran en la casa solariega. Fuisteis vos quien me golpeó, ¿no? Os llevasteis los documentos para proporcionárselos a vuestros compañeros conspiradores de Londres —apunté. Giles siguió mudo, sin despegar los ojos de mí. Extrañamente, había imaginado que, cuando lo expusiera todo, su semblante cambiaría, que adquiriría un aspecto monstruoso, pero lo que tenía ante mí seguía siendo el rostro ajado de mi amigo, aunque quizá algo más precavido y, en cierto modo, más vulnerable que nunca—. El día que nos rescatasteis a Barak y a mí del tumulto que se formó frente la casa de Oldroyd, ¿habíais ido a buscar la caja? — Me reí con amargura—. Debisteis de sorprenderos cuando a mí se me cayó de debajo de la toga. Disimulasteis bien, como habéis hecho en todo lo demás.

Entonces, Giles habló.

—Os rescaté. No olvidéis eso mientras me juzgáis.

—Y, entretanto, la señorita Jennet Marlin, inducida por Bernard Locke, tenía otra misión, que vos desconocíais. Y, cuando lo descubristeis en la almenara de Howlme, la matasteis antes de que pudiera decir que no era ella quien se había llevado los documentos.

—También os salvé de ella.

—Para vuestros propios fines. Vos siempre tuvisteis los documentos que ella buscaba; y siguen obrando en vuestro poder, sin duda. En mi casa.

Giles suspiró, un suspiro que pareció sacudir su cuerpo fornido de la cabeza a los pies.

—Siempre os he considerado un amigo, Matthew —dijo en voz baja—. Me dolía tener que mentiros y nunca os habría hecho daño. Jamás tuve intención de mataros en la casa solariega, solo de dejaros sin sentido, y nunca os he hecho daño después, aunque he dispuesto de ocasiones, muchas. Me arriesgué a creeros cuando dijisteis que no habíais leído los documentos. Yo… No era…

—No era nada personal, ¿es eso? Utilizarme, mentirme. Nada personal, solo político, por lo mismo que, según vos, el rey me puso en ridículo, ¿no es así?

—Detesto lo que he hecho, detesto haber matado a esa mujer. —Giles tembló ligeramente—. Fui sincero cuando dije que nunca había matado a nadie.

—Y Broderick, ¿qué me decís de él?

—Ayudé a sir Edward Broderick a suicidarse porque era lo que él deseaba. Habría corrido una muerte mucho peor en la Torre, como ambos sabemos. No, de eso no me arrepiento. Lo conocía por la conspiración, de la que yo era una parte importante. ¿Recordáis cuando lo condujeron al barco en Hull, encadenado? Nos miró e hizo un ademán con la cabeza. Vos creísteis que os lo dirigía a vos, pero fue a mí a quien reconoció. Ese gesto bastó. Sabía que había intentado suicidarse en York y en ese momento decidí que lo ayudaría. Noche tras noche, esperé a tener una oportunidad en el barco y, cuando se presentó, la aproveché. Dejé a Radwinter inconsciente, le quité las llaves y ayudé a Broderick a suicidarse. Fue horrible hacerlo, pero él estaba decidido. —Se enderezó—. Era un buen hombre, un hombre valiente.

—Sí, lo era —convine, y fruncí el ceño—. Pero, en el barco, vos estuvisteis enfermo todo el tiempo.

Giles sonrió con tristeza.

—Vos sabéis que mi enfermedad viene y va. Durante el viaje, fingí estar más débil de lo que en realidad me encontraba.

—Dios mío, cómo me habéis engañado —dije en voz baja.

—Estaba en deuda con sir Edward. Él resistió, pese a que lo sometieron a terribles torturas, para mantener en secreto ciertos asuntos que me concernían.

—Entonces, él lo sabía desde el principio. —Hice una pausa—. El secreto de vuestra verdadera identidad.

Se hizo un largo silencio. La lluvia azotó violentamente la ventana. «Barak, ven», pensé.

—¿Qué es lo que sabéis de mí, Matthew? —me preguntó Giles, al fin.

—Lo que he descubierto esta tarde, mientras intentaba averiguar qué os indujo a mentirme, atacarme y traicionarme. La clave de todo siempre ha sido la confesión de Edward Blaybourne. ¿Conocéis al señor Swann, el anciano abogado de la biblioteca de Hull? Él me contó que, según una vieja leyenda, Blaybourne era el verdadero padre del rey Eduardo IV.

Giles abrió los ojos de forma desmesurada.

—Creía que, a estas alturas, todas las personas que sabían eso estaban ya muertas.

—Era muy viejo, efectivamente. No os hablé de ello porque temí que esa información pudiera poneros en peligro. —Me reí con amargura—. Pero, naturalmente, vos ya lo sabíais, y mejor que nadie.

Giles se irguió y en ese instante advertí una inusitada ferocidad en sus ojos azules.

—Saber la verdad os pone en peligro, Matthew. Creedme, y no hagáis más preguntas. Retiraos ahora que aún podéis. Dejad que me vaya de vuestra casa. No volveréis a verme jamás.

—Es demasiado tarde para eso —repliqué. Giles se recostó en la silla, tensando la mandíbula cuando yo continué hablando—. Me acordé de Howlme, de la tumba de vuestros padres. Tengo buena memoria, Giles, para bien o para mal. El nombre de vuestro padre, a quien vos me dijisteis que os parecéis, era Edward. Nacido en mil cuatrocientos veintiuno, según su lápida. Tenía casi cincuenta años cuando vos nacisteis; vos dijisteis que fuisteis el fruto de su vejez. En mil cuatrocientos cuarenta y dos, cuando nació el rey Eduardo IV, sin duda tenía edad suficiente para engendrar un hijo. Creo que Edward Blaybourne era vuestro padre.

Giles respondió sin ambages.

—Sí, lo era. El rey Eduardo IV era mi hermanastro. Enrique VIII es mi sobrino nieto. Cuando lo vi en Fulford, reconocí el mal en su rostro, capté su hediondo olor, supe que era el Topo y sentí náuseas al pensar que ese engendro llevaba mi sangre. Ese falso rey, cuyo antepasado fue hijo de un arquero.

—¿Cuándo lo supisteis?

—Os lo diré, Matthew. —Giles seguía sin levantar la voz, aunque le ardía la mirada—. Quizá entonces me comprenderéis y me perdonaréis por haber abusado de vuestra amistad. Entenderéis que mis actos fueron correctos.

—Decidme, entonces —exigí con frialdad y aspereza.

—Tuve una infancia feliz, como os conté aquella noche junto a la iglesia de Howlme. Sabía que mi padre se había asentado en el condado muchos años antes de que yo naciera. Imagino que, por aquel entonces, era un hombre muy parecido al joven Leacon. Alto y fuerte, bien parecido. Nunca decía de dónde era, solo que procedía de un lugar lejos de Yorkshire. Yo nunca imaginé que nuestro apellido, Wrenne, pudiera ser adoptado.

—Es fácil de hacer, adoptar un nuevo apellido en un nuevo lugar.

—Poco después de llegar a Howlme y adquirir la granja, mi padre se casó con una mujer del pueblo. No tuvieron hijos y, poco después de cumplir los cuarenta años, ella murió de tisis. Abunda en los pantanos de la región. Un año después, mi padre se casó con mi madre. Yo fui su único hijo. —Cogió un bollo de pan y comenzó a amasarlo con sus grandes dedos—. Cuando yo tenía dieciséis años, fui a Londres a estudiar leyes. En la Navidad del año siguiente, volví a casa de visita. Eso fue en mil cuatrocientos ochenta y cinco. Cuatro meses antes, el futuro padre del rey Enrique VIII había derrotado a Ricardo III en Bosworth y ocupado el trono como Enrique VII.

»Encontré a mi padre en su lecho de muerte. —Por un segundo, le falló la voz—. Me dijo que se había notado un bulto en el costado el año anterior y que había ido enfermando y debilitándose poco a poco. —Inconscientemente, se llevó la mano al costado—. Había visitado a un médico, pero este le dijo que no había nada que hacer salvo disponerse a morir. Deseé que me lo hubiera contado antes, pero creo que, al igual que vuestro padre, no quería perturbar mi nueva vida lejos de casa.

»Recuerdo la noche que me llamó junto a su lecho. Estaba a punto de expirar entonces, su cuerpo fuerte y fornido casi se había consumido. Lo que ahora me está sucediendo a mí. —Miró los restos del bollo, casi desmigajado—. Era una noche tranquila; todo se hallaba cubierto por una gruesa capa de nieve, en silencio. Me dijo que tenía un secreto, un secreto que guardaba desde hacía más de cuarenta años. Quería dictar una confesión. ¿Queréis que os diga lo que pone? —Mientras hablaba, Giles se llevó la mano al jubón, palpándose el bolsillo. Vi que tenía algo dentro. Él reparó en mi mirada y endureció la expresión.

—Sí —dije—. Decídmelo.

—Pone que su nombre es Edward Blaybourne y que era hijo de una familia humilde de Braybourne, en Kent. Al igual que muchos jóvenes como él, entró al servicio del rey como arquero. Eran los últimos años de las guerras con Francia, Juana de Arco había ardido en la hoguera y toda Francia se había alzado en armas contra nosotros. Mi padre fue enviado a la ciudad de Ruán en mil cuatrocientos cuarenta y uno. El duque de York, que lideraba la campaña, estaba ausente batallando y mi padre se unió a la guardia que atendía a la duquesa.

—Cecilia Neville.

—Sí. La duquesa era joven y se sentía sola y desprotegida en aquel país extraño y hostil. Trabaron amistad y una noche mi padre acabó en su cama. Una noche, eso fue todo, pero bastó para que ella se quedara encinta. Cuando lo supo, decidió decir que el hijo era de su esposo; fingiría que había sido concebido antes de que el duque se ausentara y, cuando naciera, diría que el parto se había retrasado. La duquesa podría haber ordenado matar a mi padre, pero, en vez de hacerlo, lo dejó marchar, con dinero suficiente para iniciar una nueva vida, monedas en un joyero decorado…

—La caja…

—Sí. Y un anillo de esmeralda que ella solía llevar. —Alzó la mano—. Mi padre lo llevó siempre y me lo dio esa noche. No me lo he quitado desde entonces.

Giles guardó silencio. Oí cómo caía la lluvia, con más fuerza que nunca, como si fuera a perforar las paredes.

—¿Por qué no presentó Cecilia Neville a vuestro padre como prueba cuando se confesó culpable de todo lo que había hecho en mil cuatrocientos ochenta y tres?

—No tenía la menor idea de dónde estaba. Mi padre no supo la noticia hasta un mes después. —Giles volvió a suspirar—. La noche en que murió, a mi padre le dolía el alma. Durante toda su vida pensó que había cometido un pecado terrible, que era responsable de que un hombre que no tenía derecho a ser rey ocupara el trono. Ocultó muy bien sus sentimientos bajo una apariencia de jovialidad, como he aprendido a hacer yo. Pero cuando murió su hijo, el rey Eduardo, y Ricardo III usurpó el trono, no cupo en sí de contento, porque Ricardo era el verdadero hijo de Cecilia Neville y Ricardo, el duque de York, con derecho al trono en virtud de su sangre real. Sin embargo, luego Ricardo fue derrocado y Enrique Tudor usurpó el trono. Su sangre real era escasa, de manera que decidió contraer matrimonio con la hija del rey Eduardo IV para fortalecerla. ¿Recordáis el árbol genealógico?

—Sí. Isabel de York, que se casó con Enrique VII y es madre de Enrique VIII, es, en realidad, la biznieta de Edward Blaybourne.

—Mi sobrina. Y los Príncipes de la Torre eran mis sobrinos, no del rey Ricardo. Así que, por una ironía del destino, Enrique VII no solo no había fortalecido el derecho de su familia al trono, sino que lo había debilitado infinitamente. Mi padre sufría por aquello. Creía que su horrible enfermedad era un castigo de Dios. —Giles respiró hondo—. Me hizo jurar esa noche, sobre la Santa Biblia, que si alguna vez llegaba el momento de utilizar su confesión para devolver al trono a sus legítimos herederos, yo la usaría.

—No obstante, habéis esperado cincuenta años.

—¡Sí! —Giles habló con repentina pasión, inclinándose sobre la mesa—. Sí, no hice nada; permití que los Tudor arruinaran Yorkshire. Permití que el rey actual, el Topo, despojara a las viejas familias de Yorkshire de sus tierras y cargos, sustituyéndolas por canallas plebeyos como Maleverer. Permití que destruyeran los monasterios, pervirtieran nuestra fe. Y también permití que cercaran nuestros campos comunales. Me quedé al margen, durante los primeros años al menos, porque ¡no creí la historia de mi padre! —Hablaba con apasionada vehemencia y supe que se sentía mucho más en deuda con su padre de lo que yo me sentía con el mío—. Al principio, me resultó imposible asumir un relato tan fantástico. Pero me propuse descubrir la verdad, encontrar viejos documentos olvidados y prohibidos para averiguar si podía ser cierto. Me llevó años, años de revisar viejos libros, manuscritos, cuadros, algunos de ellos prohibidos.

—Y así fue como os hicisteis anticuario y reunisteis esa extraordinaria biblioteca.

—Sí, y el oficio me gustó tanto que, al final, acabó siendo más un pasatiempo que lo que debiera haber sido: una misión. Era difícil, los Tudor habían ocultado bien el rastro del legado de York.

—Lo sabían desde el principio, ¿verdad? El rey sabe que no tiene derecho al trono.

—Oh, sí. El rey y su padre lo han sabido siempre. Pero es evidente que se convencieron de que tenían derecho a conservarlo. Quienes ostentan el poder no renuncian fácilmente a él. Y cuánto poder posee este rey… —Giles se quedó callado un momento; luego, prosiguió en un tono más calmado—. Dediqué años a ello, años. Fui a Braybourne, visité la tumba de mis abuelos, oí a los lugareños hablar con el mismo acento que mi padre. Pero tardé una década en dar con un ejemplar del Titulus, que finalmente encontré en un arca de documentos desechados de la catedral de York. Luego, hallé también un retrato de Cecilia Neville, en una de las casas de lord Percy. Lo compré, aunque me costó los honorarios de todo un año. Está escondido en mi biblioteca. Aparece sentada a una mesa, con el joyero frente a sí, el joyero que mi padre conservó hasta el final de su vida y que ahora tiene Maleverer. Y llevando este anillo. —Alzó la mano y la esmeralda destelló—. Luego empecé a hacer visitas a Londres. Encontré, como vos en Hull, algunas personas que recordaban a Cecilia Neville proclamando, después de que Eduardo IV muriera, que él era hijo de un arquero y que Ricardo III, no el joven hijo del rey Eduardo, era el verdadero rey. Tuve que ser muy cauto; por entonces, el acontecimiento estaba más reciente, pero el oro suelta las lenguas y, al final, recabé varias declaraciones por escrito. —Volvió a llevarse inconscientemente la mano al jubón—. Con el tiempo, dispuse de pruebas suficientes. Quizá haya sido preferible que mi mujer y yo no hayamos tenido hijos; de lo contrario, no habría podido sufragar mis sobornos, mis compras de documentos y cuadros.

—Y no obstante me habéis legado vuestra biblioteca. ¿O ha sido esa otra falsedad para aseguraros mi amistad?

Giles hizo una mueca.

—No, os la he legado a vos y es por afecto. Otros habrán retirado los artículos peligrosos antes de que la heredéis.

—Antes de que la herede. Entonces, seguiré vivo. Creía que tal vez pensabais matarme ahora.

Giles me miró fijamente con ojos febriles.

—Os quiero de nuestro lado, Matthew. Siento que ya estáis de nuestro lado. He visto que conocéis al rey tal como es; que os duelen las crueldades que ha infligido al norte, a toda Inglaterra.

—¿Por qué habéis esperado tanto?

Giles suspiró.

—Sí, pasaron muchos más años y yo no hice nada, satisfecho con mi vida. Pero fueron años tranquilos, antes de que el rey contrajera matrimonio con esa bruja de Ana Bolena y prohibiera nuestra religión, aumentándonos los tributos y oprimiéndonos cada vez más. La opinión pública adoraba al rey antes de aquello. Revelar lo que sabía habría acarreado castigos y muertes, no el apoyo del pueblo. Y me preguntaba si tenía derecho a poner el trono en peligro cuando en Inglaterra reinaba la paz. No quería ningún derramamiento de sangre. Mi padre me había pedido que actuara si llegaba un momento apropiado, y aquel no lo era. —Se le ensombreció el rostro—. ¿O acaso fue solo pereza por mi parte, feliz como era con mi próspera existencia? Quizá lo que necesitaba era mirar a mi propia muerte a la cara para reunir el valor necesario.

—Entonces el norte se rebeló. La Peregrinación de la Gracia.

—Sí. Y yo seguí sin actuar. Para mi deshonra. Creí que los rebeldes ganarían, ¿sabéis? Creí que el rey sería derrocado y que yo podría revelar la verdad más adelante, cuando fuera seguro hacerlo. En mil quinientos treinta y seis, como vos sabéis, el rey prometió negociar. Pero luego faltó a su palabra y envió un ejército que arrasó el norte. Vos mismo visteis qué le hicieron a Robert Aske. Informantes y siervos de Cromwell vinieron para gobernar el Consejo del Norte y supervisar la disolución de nuestros monasterios, vendiendo sus tierras a mercaderes londinenses que se llevan los beneficios a la capital, dejando que Yorkshire se muriera de hambre. Fue entonces cuando me decidí finalmente a tomar cartas en el asunto, a revelar a otros lo que yo sabía. Cuando se me declaró la enfermedad, comprendí que ya no tenía nada que perder. Me armé de valor, de resolución.

—Y os unisteis a los conspiradores.

—Sí. Establecí ciertos contactos en York, les confesé mi secreto, les mostré los documentos. Ellos estuvieron por fin dispuestos a derrocar al rey. Había espías reales por doquier y acordamos que yo guardaría silencio hasta que Yorkshire se hubiera alzado en armas y estuviera preparado para marchar hacia el sur con los escoceses. Entonces arrojaríamos a la cara del rey Enrique la verdad de su ascendencia para desconcertarlo. Entregué los documentos a maese Oldroyd para ponerlos a buen recaudo y vincularme irrevocablemente a los conspiradores.

—Pero alguien los delató.

—Hubo un delator, sí. No sabemos quién. Y, cuando los cabecillas fueron apresados, alguno debió de revelar bajo tortura que existían unos documentos secretos donde se daba fe de que Edward Blaybourne era el padre del rey Eduardo IV. Pero quien habló no conocía mi identidad. ¿Y por qué iba alguien a sospechar de un respetable abogado? Broderick sí lo sabía. Fue él quien vino a verme para decirme que llevara los documentos a Londres, que intentara ponerme en contacto con simpatizantes de la capital. Él no tenía nombres, pero yo debía indagar en el Colegio de Gray.

—Ahora está muerto.

—Hay otros en Londres. Los encontraré antes de morir. Ese es mi último cometido.

—Debéis de haber vivido con un temor constante a que Broderick hablara.

—Sabía qué clase de hombre era. Mucho más valiente que yo. Sabía que harían falta las peores torturas para hacerle hablar. Era mi deber ayudarlo a morir. No me avergüenzo; vos deberíais estar más avergonzado de haber contribuido a mantenerlo con vida en contra de su voluntad. Me quedé estupefacto cuando me dijisteis que la misión os la había encomendado Cranmer.

—Lo comprendo —dije despacio.

Giles entornó los ojos. Se recostó en la silla.

—Esa es mi historia, Matthew. No me arrepiento de nada. Creedme, no obstante, cuando digo que nunca tuve intención de mataros en la casa solariega. Solo pretendía dejaros sin sentido, como hice con Radwinter. A veces, hay que cometer actos infames para un fin más elevado. Detestaba engañaros. A veces incluso lloraba por ello.

Otro escalofrío me recorrió el cuerpo, seguido de un sofoco. Noté sudor en la frente. Estaba cayendo enfermo.

—Pero fue por un fin más elevado —repetí—. El derrocamiento del rey.

—Vos lo habéis visto. Lo habéis visto en Yorkshire. Sabéis que es el Topo, el gran tirano, la crueldad y el mal personificados.

Me sobresaltó un fuerte ruido de agua cayendo fuera: un canalón que había rebosado.

—Sí —convine—. Es un monstruo.

Me froté la muñeca, donde el grillo volvía a clavárseme en la carne.

—Y no es un rey legítimo; solo es un pretendiente al trono como lo fue su padre. No posee la sangre real que Dios exige a un monarca.

—Unas pocas gotas por parte de los Tudor. Pero ninguna por parte de la casa de York, no. También en eso tenéis razón.

Giles se palpó el bolsillo.

—Tengo los documentos aquí. Mañana los llevaré a la ciudad. Encontraré a los hombres que busco. Haré que los reproduzcan y los cuelguen por toda la ciudad. Con el arresto de la reina habrá más descontento. ¿Qué mejor momento para iniciar una rebelión?

—Vuestra última oportunidad.

—Uníos a mí, Matthew, sed parte de ella. Sed parte de un nuevo amanecer.

—No —contesté en voz baja.

—Recordad cómo os ridiculizó el rey en Fulford. Un acto de crueldad gratuito acerca del cual la gente rumoreará a vuestras espaldas mientras viváis.

—Aquí hay en juego mucho más que mis sentimientos. ¿A quién haríais rey en lugar de Enrique? —pregunté sin alzar la voz—. La única Clarence que queda, si aún vive, es una niña. Y, en nuestras leyes, ni siquiera está claro que una mujer pueda heredar el trono. La gente no se solidarizará con una niña.

—Ofreceremos una regencia hasta que nazca el próximo Clarence varón: el cardenal Pole.

—¿Un obispo papista?

—El Papa le permitiría renunciar a su cargo para ocupar el trono. Uníos a nuestra causa, Matthew —dijo Giles con vehemencia—. Destruyamos a esas bestias y buitres.

—¿Y Cranmer?

—La hoguera —aseveró Giles.

—No —repetí.

Por un momento, pareció desalentado. Luego capté en sus ojos una expresión calculadora. «¿Qué va a hacer?», pensé. Por eso había querido que Barak estuviera de vuelta; para que me ayudara a retener a Giles si intentaba huir.

—En el fondo seguís siendo un reformista, ¿no? —me preguntó—. ¿Os oponéis a que se restituya la verdadera religión?

—No. Ya no soy leal a ninguno de los dos bandos, he visto demasiado de ambos. Me opongo a vos porque vuestro convencimiento de que vuestra causa es justa no os permite ver lo que ocurriría en realidad. Dudo que vuestra rebelión triunfara, pero, en cualquier caso, habría derramamiento de sangre, anarquía, protestantes del sur enfrentados a papistas del norte. Mujeres viudas, niños huérfanos, tierras devastadas. Una nueva Guerra de las Dos Rosas. —Negué con la cabeza—. ¡Papistas y reformistas, qué parecidos sois! Creéis que poseéis una verdad sagrada y que si el Estado se rige por sus principios, todos los hombres serán felices y bondadosos. Es un engaño. Son siempre hombres como Maleverer los que se benefician de revueltas como esta, mientras los pobres claman al cielo pidiendo justicia.

—Restituiremos la religión verdadera —declaró súbitamente Giles con fría ferocidad—. La religión verdadera y un monarca legítimo.

—Y la hoguera para Cranmer. ¿Y para cuántos más? Incluso si ganáis, crearéis un reflejo exacto del mundo que tenemos, quizá incluso peor.

—Debería haberme apercibido. —Giles suspiró hondo—. Vos no sois un hombre de fe. Pero ¿para vos no cuenta nada el hecho de que el rey carezca de sangre real? — Su tono era casi suplicante.

—No lo bastante para consentir que Inglaterra sea arrasada. No lo bastante para eso.

—Entonces, permitid que me vaya. No volveré a molestaros. Os dejaré para que podáis vivir en paz —propuso con ira y amargura.

—Si me entregáis los documentos —dije—, no os retendré.

Giles se recostó en la silla y bajó la mirada. Parecía reflexionar, pero yo sabía que jamás cedería los documentos; no, después de haber llegado tan lejos.

Volvió a mirarme; aún había ferocidad en sus ojos, aunque su voz era tranquila.

—No me obliguéis a hacer esto, Matthew. No puedo daros los documentos. Me ha llevado tanto tiempo…

—No voy a unirme a vos.

Entonces, con un movimiento que yo en cierto modo esperaba, pero con más rapidez de la que le había imaginado capaz, Giles se levantó, cogió la sopera y me arrojó el potaje a la cara. Emitió un terrible gruñido gutural en el que, de algún modo, la furia se mezclaba con el dolor. Grité y me puse en pie de un salto. Medio cegado, intenté agarrarlo, pero él me eludió y salió corriendo del salón. Oí sus pesados pasos dirigiéndose al vestíbulo y, luego, sus juramentos mientras intentaba abrir inútilmente la puerta cerrada con llave.

Cejó en el intento y corrió, jadeando, hacia la puerta que daba al jardín. Noté una ráfaga de aire frío cuando la abrió.

Salí al vestíbulo. La puerta del jardín estaba abierta de par en par, y tras ella tan solo se veía una oscuridad atravesada por una cortina de agua. Aparte de la lluvia, reinaba el silencio. Joan debía de estar dormida en su habitación, situada en la parte delantera. Me quedé mirando la noche y oyendo el martilleo de la lluvia.