Soberano

C. J. Sansom · Capítulo 23 de 50

Páginas del PDF

Soberano

Capítulo 23

 

Al pasar frente a la Heredad del Rey vi a un hombre, vestido con una toga ribeteada de piel gris y con una gruesa cadena de oro alrededor del cuello, que bajaba la escalera acompañado por un reducido grupo de secretarios. Era sir Richard Rich. Él también me vio. El corazón me dio un vuelco cuando despachó a los secretarios y se precipitó hacia nosotros. Hice una pronunciada reverencia.

—Maese Shardlake. —Rich me sonrió con frialdad—. Y de nuevo el joven Barak. ¿Ahora es vuestro secretario?

—Sí, sir Richard.

Rich dirigió una mirada socarrona a Barak.

—¿Posee suficientes conocimientos? —Se alisó la toga con sus finas manos y me miró, sin dejar de sonreír—. He estado con el rey —dijo, con voz jovial—. Cuando los conspiradores de la pasada primavera fueron apresados, la gestión de sus tierras pasó a mi departamento. Hemos estado comentando la mejor manera de liquidarlas.

—Por supuesto, sir Richard.

—El rey se mostrará generoso con quienes han demostrado su lealtad en Yorkshire. Aunque, teniendo en consideración el constante peligro de sufrir una invasión foránea, necesita que sus tierras devenguen las mayores rentas posibles. — Sonrió vagamente—. Lo cual nos lleva a otro asunto: ¿habéis transmitido ya al Consejo lo que os dije acerca del caso Bealknap?

Respiré hondo.

—¿Que según vos ya se ha escogido al juez idóneo? Lo que les he dicho ha sido que quienes aseguran tener una buena mano nada más comenzar la partida suelen mentir.

Y quien entonces mentía era yo, pues aún no había escrito al Consejo, aunque tenía previsto hacerlo. Me pregunté cómo reaccionaría Rich; hablar de tal modo al Canciller de Desamortización habría sido, en circunstancias normales, una impertinencia, pero en ese momento estábamos hablando de abogado a abogado. Rich me miró inquieto. Entornó los ojos y vi que no me había equivocado: aún no tenía un juez.

—Venid —dijo, con sequedad. Me agarró de un brazo y me llevó a una distancia prudencial de Barak para que este no nos oyera. Me miró a los ojos con dureza—. Sabéis que he estado en tratos con quien es vuestro patrón aquí, sir William Maleverer. —La ira había contraído su enjuto rostro—. Está interesado en comprar más tierras por estos lares y el Tribunal de Desamortización dispone de terrenos en venta. No olvidéis, abogado Shardlake, que sir William posee un gran poder, y que vos estáis solo en York, excepto por vuestro grosero sirviente. Y que, por lo visto, no sois del agrado del rey. Id con cuidado. —Hizo una pausa significativa—. Y no enviéis a Londres esa carta sobre el caso Bealknap; sé que aún no lo habéis hecho. — No pude ocultar la sorpresa y él se rio—. ¿Creéis, señor, que con los conflictos políticos que ha habido en estas regiones del norte no se vigila el correo de la Jornada? —Siguió dirigiéndome su acostumbrada mirada, fría y gris—. Tomad buena nota de lo que os digo y no juguéis conmigo.

Dio media vuelta y se alejó con paso firme y raudo. Barak vino hasta donde me había quedado.

—¿Qué quería?

Le repetí las palabras de Rich.

—Siempre amenaza —añadí—. También lo hizo el año pasado.

Pese a ello, me sentí inquieto. Más amenazas, más peligro.

—Debemos volver a casa —concluyó Barak, enérgico—. Los dos, con Tamasin.

—Ninguno de nosotros puede marcharse hasta que nos lo ordenen. Por el momento, estamos atrapados aquí como moscas en la miel.

—En la mierda, para ser más concretos —musitó Barak camino de la barbacana.

 

Atravesamos el recinto de la catedral y seguimos en dirección a la casa de Giles. Él mismo nos recibió en la puerta. Parecía bastante restablecido, sus mejillas habían recuperado el color. Nos invitó a pasar al salón, donde Madge, sentada junto al fuego, desgranaba un sencillo rosario. La mujer se puso en pie y nos saludó con una reverencia, y luego fue a buscar un poco de vino para servirnos. Maese Wrenne nos urgió a sentarnos. El halcón ladeó la cabeza para mirarnos desde su percha.

—Tenéis mucho mejor aspecto, señor —dije.

—Gracias —respondió con una sonrisa—. Me ha hecho mucho bien descansar. Y la prescripción del doctor Jibson mitiga el dolor. ¿Cómo os va, maese Barak? ¿Visteis ayer al rey?

Parecía tranquilo, e incluso mencionó el nombre del rey con voz despreocupada.

—Sí, señor. Entramos en la ciudad. Es un hombre de gran presencia.

Barak miraba a Giles con cierta incomodidad; supuse que nunca había estado en compañía de un hombre moribundo. Pero, si Giles lo advirtió, no dio muestra de ello.

—Sí, no cabe la menor duda de que el rey tiene presencia —convino, asintiendo con convencimiento.

Madge nos sirvió vino y una bandeja con galletas. Parecía evitar mi mirada y me pregunté a qué se debería. Giles tomó agradecido un trago de su copa.

—Ah, buen vino francés, nada mejor en una agradable mañana. Y galletas variadas. Servíos, por favor. —Nos sonrió—. Bien, el despacho del administrador me ha hecho llegar un listado de los suplicantes que se presentarán en el castillo mañana. Será la primera de dos audiencias.

—¿Estáis seguro de que os encontráis lo bastante recuperado para presidirla? —le pregunté.

—Sí. —Asintió con determinación—. En su mayoría, son asuntos sencillos.

—¿Y si los suplicantes se niegan a aceptar nuestro arbitrio?

Sonrió.

—Probarán suerte en los tribunales de Londres. No creo que se den muchos casos.

—En tal caso, debemos asegurarnos de que hacemos justicia.

—En efecto. He dejado el listado en mi estudio, aquí al lado, junto con las alforjas que contienen las súplicas. Me pregunto si maese Barak sería tan amable de conjugar los documentos con los nombres y nuestro sumario. Luego les echaremos un vistazo rápido juntos.

—Buena idea. ¿Puedes encargarte de eso, Barak?

—Y llévate el vino —añadió Giles—. No abordes tus tareas en seco.

Cuando la puerta se cerró, Giles se volvió y me sonrió con aire apesadumbrado.

—Madge me ha dicho que ayer cometió una pequeña indiscreción con vos. Os habló brevemente de mi disputa con mi sobrino.

—Solo me comentó que fue una discusión sobre política.

—Se creyó en la obligación de contármelo. —Esbozó otra sonrisa triste—. Bien, Matthew, si vais a ayudarme en Londres, deberíais saberlo. Aunque… es un tema del que me resulta un poco difícil hablar.

—Lo comprendo. Pero…, Giles, ¿seguís convencido de que estáis en condiciones de viajar? Después de lo de Fulford…

Agitó una de sus grandes manos en el aire; la esmeralda de la sortija reflejó la luz.

—Voy a ir —me atajó, con repentina sequedad—. Está decidido. Pero dejad que os hable de mi sobrino.

—Como deseéis.

Giles empezó.

—Supuso para mí un gran pesar que mi esposa y yo no tuviéramos más hijos. Mi mujer tenía una hermana, Elizabeth, que se había casado con un hombre llamado Dakin. Era secretario, un hombre menudo y tímido, sin ambición. Siempre lo consideré una criatura mediocre y… bien, para ser sincero, sentí celos de que tuvieran un hijo que iba haciéndose alto y fuerte, sin enfermar ni un solo día. Fue a estudiar leyes al Colegio de Gray y allí se convirtió en todo un hombre. Accedió a la escuela gracias a una carta de recomendación mía. —Esbozó una sonrisa tensa—. Para entonces, ya le profesaba mucho cariño. Martin era inteligente; le gustaba pensar por sí mismo y yo admiraba esa poco frecuente cualidad. Vos también la poseéis — añadió, señalándome con la copa.

Me reí.

—Gracias.

—Sin embargo, precisamente esa misma cualidad puede hacernos ir demasiado lejos, hacer que nos internemos en aguas turbulentas.

—Así es —convine.

—Martin venía a York todos los años para visitar a sus padres. —Giles miró la mesa que había sobre la tarima—. Pasamos algunas veladas felices aquí. Martin y sus padres, mi esposa y yo. Todos están muertos ahora, excepto mi sobrino y yo. —Tensó los labios—. Pero nunca me habló de algo que debía de llevar mucho tiempo albergando secretamente en sus pensamientos. No lo hizo hasta que vino a casa en el verano de mil quinientos treinta y dos, hace nueve años. En aquel entonces, el rey aún estaba casado con Catalina de Aragón, aunque llevaba años intentando que el Papa le concediera la anulación para poder contraer matrimonio con Ana Bolena. Estaba ya tocando fondo: no tardó en romper los lazos con Roma, tras lo cual nombró arzobispo de Canterbury a Cranmer y lo obligó a declarar nulo su primer matrimonio.

—Sí, lo recuerdo bien.

—Prácticamente toda la población del norte contemplaba con horror la perspectiva de cortar los vínculos con Roma. Sabíamos que Ana Bolena era reformista y temíamos que eso fuera a significar que herejes como Cromwell accedieran al poder, como de hecho acabó ocurriendo.

—Por entonces yo también era reformista, Giles —me apresuré a decir—. Conocía bien a Cromwell antes de que asumiera tanto poder.

Giles me dirigió una mirada inquisitiva. Sus ojos podían ser muy penetrantes.

—De cuanto habéis dicho, deduzco que habéis perdido el fervor en ese terreno.

—En efecto. Ninguno de los dos bandos me inspira el menor entusiasmo.

Giles asintió.

—Martin era de las personas más vehementes que he conocido.

—¿Con la Reforma?

—No, con el Papa. Con la reina Catalina. Ese era el problema. Ah, resultaba, y resulta, fácil sentir compasión por la primera esposa del rey. Llevaba veinte años casada con él y siempre se había mantenido leal. ¡Qué perverso fue el rey desechándola en favor de Ana Bolena! Aunque la esencia del asunto era bien simple, como ambos sabemos. La reina Catalina rondaba los cuarenta, ya no podía tener hijos y no había dado al rey ningún heredero varón. A menos que Enrique se casara con una mujer más joven que sí pudiera dárselo, la dinastía Tudor moriría con él.

—Cierto.

—Y muchos creíamos que el único modo de preservar la verdadera religión en Inglaterra era que la reina Catalina hiciera lo que el mismísimo Papa le había sugerido: ingresar en un convento de monjas, permitir que el rey volviera a casarse. —Sacudió la cabeza—. ¡Mujer insensata y terca! Insistiendo en que la voluntad de Dios era que siguiera casada con el rey hasta la muerte, instigó la misma revolución religiosa que detestaba y temía.

Asentí.

—Es una paradoja.

—Una paradoja que Martin no advertía. Se mostró inflexible en la consideración de que el rey debía seguir casado con Catalina de Aragón. Así nos lo hizo saber sentado con la familia a la mesa aquella noche, y con palabras bien claras. —Giles volvió a mirar la mesa—. Me encolericé con él. Para mí era evidente, aunque no para él: a menos que Catalina de Aragón accediera a divorciarse o a ingresar en un convento, el rey rompería los lazos con Roma, como en efecto acabó haciendo. Puede parecer extraño, ahora que tanto Catalina de Aragón como Ana Bolena están muertas, que discutiéramos con tal encono, pero aquellos que respaldábamos la vieja religión quedamos divididos: los realistas como yo y los que, como Martin, defendían que la reina Catalina no debía ceder un ápice. Yo estaba fuera de mí, Matthew. —Sacudió su leonina cabeza—. También por ver que los padres de Martin lo apoyaban y que él les había hecho partícipes de sus creencias; pero no a mí, que había hecho lo imposible por allanarle el camino hacia la abogacía.

La voz de Giles había adquirido un tono acre.

—Quizá no les había contado nada. Quizá sus padres solo creían que debían permanecer al lado de su hijo en una discusión.

Giles suspiró.

—Quizá. Y quizá la añeja amargura por no tener hijos alimentó también mi enfado, más aún cuando mi esposa también empezó a defender la postura de Martin. No debería haberlo hecho, fue desleal por su parte. En cualquier caso, acabé echando de la mesa a Martin Dakin y a sus padres.

Miré sorprendido a Giles. Me resultaba difícil imaginarlo en semejante estado. Pero antes de enfermar debía de haber sido un hombre formidable.

—No volví a hablar con Martin ni con sus padres. Mi esposa se quedó hundida cuando prohibí que su hermana se sentara a nuestra mesa. Creo que nunca acabó de perdonarme. —Sacudió la cabeza con pesar—. Mi pobre Sarah, la familia de su hermana desterrada de nuestra casa. Y después, hace tres años, la peste llegó a York y al cabo de pocas semanas todos murieron: mi esposa y los padres de Martin. Mi sobrino vino y dispuso los funerales de sus padres, pero no tuve arrestos para ponerme en contacto con él ni para asistir al sepelio. Ni siquiera sé si se ha casado; estaba soltero cuando discutimos.

Advertí cierto bochorno en su ajado rostro.

—Es una historia triste y conmovedora, Giles. Aunque estos últimos años ha sido bastante común que las familias se rompieran por divergencias religiosas.

—El orgullo y la obstinación son pecados graves —dijo—. Ahora lo comprendo. Quiero reconciliarme con Martin, si puedo. —Soltó una risa amarga—. Al final los dos perdimos, y Cromwell y los reformistas ganaron.

—Es cierto que me he desilusionado con los reformistas, pero opino que el viejo régimen no era mejor. No era menos despiadado, ni menos fanático. —Hice una pausa—. Ni menos cruel.

—Aunque es probable que en estos últimos años me haya vuelto más melancólico y sosegado, al final sigo fiel a mi fe. —Me miró—. Como deben hacer todos los hombres al final. Dicen que el propio rey se ha desilusionado con la Reforma — añadió—, aunque yo no estoy tan seguro de eso. Cranmer sigue al frente de la Iglesia.

Me encogí de hombros.

—El rey se enfrenta a ambas facciones. Ya no confía en ninguna.

—De modo que, a fin de cuentas, ¿todo es política para él?

—Quizá crea que todas las decisiones que toma están inspiradas directamente por Dios, que mueve los hilos de sus pensamientos.

Gruñó.

—Creo que, cuando menos, convendremos en que la idea de Dios moviendo los hilos de sus pensamientos resulta absurda.

—Nosotros, los antiguos reformistas, nunca pretendimos colocar al rey en el lugar del Papa.

Lo miré. No me sorprendió que fuera un conservador religioso, eso ya lo había deducido. Sin embargo, la pertinaz acritud que había mantenido frente a su familia me mostraba una nueva faceta de su carácter. Claro que todos tenemos un lado oscuro, concluí.

—Bien —dijo, y suspiró—. Dejemos de lado estos tristes asuntos. Deberíamos ir a ver cómo le va a Barak.

Tras vacilar brevemente, al final decidí hacerlo:

—Antes, yo también tengo algo que revelaros.

Me miró con curiosidad.

—¿De qué se trata?

—Ayer, cuando estaba en vuestra biblioteca consultando los mapas…

—Ah, sí. ¿Encontrasteis lo que buscabais? Madge me dijo que estuvisteis aquí hasta tarde.

—Sí, gracias. Vuestra colección es excepcional, sin duda.

Sonrió, complacido.

—Ha sido mi pasatiempo durante cincuenta años.

—¿Sabéis que ahí arriba tenéis ciertos libros de derecho que creo que nadie más posee, que se perdieron?

Esbozó una sonrisa pícara, infantil.

—¿De veras?

—El Colegio de Lincoln pagaría bien por esos ejemplares. Pero encontré algo más. —Respiré hondo—. Un acta del Parlamento que creo que fue eliminada de los registros. Se llama Titulus Regulus.

Se quedó inmóvil y me miró con los ojos entornados.

—Ah —se limitó a contestar.

—Me preguntaba si sabíais que lo teníais.

—Sí, lo sabía. ¿La habéis leído? ¿Qué opináis?

Me encogí de hombros.

—Repite los viejos rumores de que el matrimonio del rey Eduardo IV con Isabel Woodville era nulo debido a la existencia de un precontrato. Ahora es imposible demostrarlo o negarlo. Mi impresión es que el rey Ricardo se apresuró a recopilar todos los argumentos que pudo para justificar su usurpación del poder.

Asintió, reflexivo.

—Tal vez.

—No obstante, si ahora esto saliera a la luz, levantaríamos ampollas.

Para mi sorpresa, sonrió.

—Matthew, para quienes ya pasamos de los setenta, especialmente los abogados, la supresión del Titulus es ya agua pasada. Yo era estudiante en el Colegio de Gray cuando se publicó para que todo el mundo lo viera, y también cuando, al año siguiente, los hombres del nuevo rey fueron a las escuelas de leyes para secuestrar todas las copias. No me estáis diciendo nada nuevo.

—Disculpadme por hablaros con tanta franqueza, Giles, pero deben de quedar pocos con vida que lo recuerden. Y esa acta podría provocar bochorno si se aireara.

Siguió sonriendo.

—Encontré el Titulus hace diez años, cuando desechaban libros de derecho en la biblioteca de la catedral. Lo guardé. Pero son pocas las personas que sienten interés por mi colección. Martin solía echar un vistazo a los libros, le interesaban, y de cuando en cuando también lo hacía alguno de mis colegas de profesión, pero creo que sois la primera persona, aparte de mí, que le ha dedicado tanto tiempo en años. Y el acta está bien escondida, a su manera, un documento más entre estanterías polvorientas, pues tengo el índice en la cabeza. Y no se lo diréis a Maleverer.

—Por supuesto que no, pero deberíais saber que se está llevando a cabo una batida de documentos subversivos en la Heredad del Rey…

—¿Una batida? ¿De qué documentos?

Me miró con sumo interés.

—No puedo revelaros más. Pero creedme: deberíais deshaceros del Titulus.

Meditó unos instantes.

—¿Decís la verdad, Matthew?

—Sí. Me importa poco el bochorno que pueda causar al rey la revelación del Titulus, pero no quiero que vos, ni nadie, corra peligro por esa maldita acta. No es un buen momento para que tengáis en vuestro poder una copia.

Contempló el fuego, meditabundo, y suspiró.

—Quizá tengáis razón. He sido demasiado vanidoso con mi colección. El orgullo, una vez más.

—Espero que no tengáis otros materiales peligrosos en esas salas.

—No, solo el Titulus. Cuando yo desaparezca, si se encuentra el Titulus imagino que supondrá un problema para mi albacea.

—Sí —convine, incómodo—, es muy posible. Tal vez llegaran incluso a interrogar a Madge.

—Madge en peligro… Santo Dios, adonde ha llegado Inglaterra, ¿eh? Muy bien. Esperad aquí, Matthew.

Se puso en pie lentamente apoyándose en los brazos de la silla y consiguió mantener el equilibrio.

—¿Necesitáis ayuda? —le pregunté, levantándome.

—No, estoy algo aturdido después de pasar tanto tiempo en cama, eso es todo.

Se encaminó firmemente erguido a la puerta y salió de la estancia. Me quedé mirando el fuego y me pregunté si Wrenne habría hecho testamento, en qué manos quedaría la biblioteca. En las de su sobrino, quizá. Y entonces pensé que si Martin Dakin era un férreo conservador en política y abogado en el Colegio de Gray, era también un candidato de primera para haber formado parte del grupo de abogados conservadores de Robert Aske en 1536. Y un hombre susceptible de ser sospechoso en la rebelión más reciente; por lo que sabía, Martin Dakin podía estar en la Torre, como el prometido de Jennet Marlin, otro abogado del Colegio de Gray.

Giles reapareció. Para mi sorpresa, llegó con el volumen que contenía el Titulus, junto con un cuchillo afilado. Me sonrió con tristeza.

—Mirad, Matthew —indicó— y ved en qué medida confío en vos. —Dejó el libro sobre la mesa y, con ayuda del cuchillo, empezó a cortar las hojas correspondientes al Titulus. Luego las levantó en el aire y suspiró—. Jamás había hecho esto con ninguno de mis libros.

Se acercó al fuego y, con pulso firme, arrojó las hojas al fuego. Contemplamos cómo se iba ennegreciendo y consumiendo el grueso fajo de pergamino. El halcón también se volvió en su percha; las llamas se reflejaron en sus ojos.

—Debe de haber sido una decisión difícil —señalé.

—Bien, como decís vos, vivimos tiempos peligrosos. Venid, mirad por la ventana. —Me hizo un ademán para que lo acompañara y luego señaló a un hombre corpulento que caminaba con templanza en dirección a la catedral; el viento sacudía el hábito alrededor de sus pies—. Lo vi desde la biblioteca. ¿Sabéis quién es?

—No.

—Es el doctor Legh, el deán de la catedral. Antiguamente, el comisionado más temido de Cromwell. El yugo de los monasterios.

Miré a Giles.

—¿Lo han nombrado deán?

—Para vigilar al arzobispo de York. Tenéis razón, Matthew; incluso los simples eruditos deben andar con cuidado hoy.

Me volví de espaldas a la ventana. Una figura me había llamado la atención, la de una mujer que avanzaba a toda prisa por la angosta calle hacia la casa, con las faldas subidas por encima de los tobillos y la melena rubia ondeando a sus espaldas. Era Tamasin.