Soberano

C. J. Sansom · Capítulo 34 de 50

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Soberano

Capítulo 34

 

Mientras regresábamos, intenté no impacientarme con el paso lento de Giles; el anciano caminaba con cautela ayudándose del bastón, casi tanteando el camino, pues ya había anochecido. Yo había cogido la ballesta y la llevaba en una mano.

—¿Estará Maleverer en la casa solariega? —preguntó Giles.

—Supongo que sí. Deberíamos ir allí directamente.

—Resulta difícil creer que una mujer pudiera hacer lo que ella hizo.

—Así es la vida —respondí.

Al pie de la colina, doblamos a la derecha y enfilamos en dirección a la casa solariega. Giles parecía exhausto. Lo sujeté de un brazo.

—¿Os veis con ánimo de seguir? Tal vez deberíais volver al campamento, buscar vuestra tienda y descansar.

—No, os acompañaré. Maleverer querrá vernos a los dos.

Alcanzamos la alta muralla que cercaba la heredad. Unos grandes portalones daban acceso a la casa; los guardias que custodiaban la entrada nos impidieron el paso, pero persuadí a uno de ellos para que fuera a buscar a Maleverer. Giles se dejó caer en un montículo que había junto a las puertas, posó ambas manos en el extremo superior del bastón y agachó la cabeza.

—¿Estáis bien? —pregunté.

—Sí, sí. Solo… un poco dolorido. No me importunéis —añadió, con repentina aspereza.

Lo miré, preocupado, recordé su desmayo en Fulford. Oí movimiento en la entrada y Maleverer apareció. Se detuvo a un paso de nosotros con semblante adusto.

—Por los clavos de Cristo, ¿y ahora qué? El rey está aquí. —Me miró a los ojos y luego dijo, con voz tajante—: ¿Qué ha ocurrido?

—Han vuelto a atacarme, sir William. —Le tendí la ballesta—. Con esto. Ha sido Jennet Marlin.

—¿Qué? ¿Esa mujer? —Parecía incrédulo—. ¿Dónde está?

—Muerta, frente a la iglesia de Howlme.

Me dirigió una larga y severa mirada, que luego desvió hacia Giles.

—¿Qué hace este anciano aquí?

—Maese Wrenne se hallaba conmigo. Me salvó.

Giles alzó la mirada.

—Tuve que golpearla —dijo—. Era la única solución.

Maleverer alargó una mano para coger la ballesta.

—La robó del carro volcado —añadí.

—Venid adentro —espetó—. Los dos.

Nos precedió por el sendero hasta un gran vestíbulo. No había rastro del rey, gracias al cielo. Maleverer nos condujo hasta una sala situada en la planta inferior y que había sido acondicionada como despacho, y se sentó detrás de su escritorio. Nos colocamos frente a él. A la luz de las velas que iluminaban la estancia, el rostro de Wrenne parecía lívido y demacrado.

—¿Podría sentarse maese Wrenne, sir William? —pregunté—. Ha sufrido una gran conmoción.

Maleverer lo observó y accedió con un gruñido. Acerqué una silla al anciano.

—Gracias.

—Y bien, ¿qué ha ocurrido?

Le referí lo que había acontecido en la colina: la revelación de Jennet Marlin de que había sido ella quien había intentado matarme, y su convencimiento de que yo había visto los documentos que contenía el joyero y que inculpaban a su prometido. Maleverer se reclinó en la silla con aire reflexivo y luego miró a Giles, que había permanecido en silencio durante mi relato. Señaló con la cabeza el bastón que el anciano sostenía entre las rodillas.

—¿La desnucasteis con eso?

—Sí.

Giles bajó la mirada; vio restos de sangre en sus manos y se estremeció.

—¿Cuánto oísteis de lo que ella dijo antes de golpearla? —le preguntó Maleverer.

—Únicamente el final. No pretendía matarla. Nunca he matado a nadie…

—Bien, pues esta noche lo habéis hecho. —Maleverer lo miró con desdén—. ¿Se puede saber qué os pasa? Cualquiera diría que estáis a punto de desmayaros. No parecéis tener agallas para ser abogado.

—Tiene… No se encuentra bien —le dije a Maleverer, y este frunció el entrecejo sin dejar de mirar a Wrenne.

—En tal caso, es preciso sacarlo de aquí. El rey no permite la presencia de ningún enfermo en la casa donde se aloja. ¡Guardia! —gritó. Un soldado se precipitó en la estancia y Maleverer señaló a Giles—. Acompañadlo a su tienda. Averiguad dónde se aloja y llevadlo allí.

El soldado ayudó a Giles a ponerse en pie. El anciano me miró.

—Lo lamento —dijo, y luego dejó que lo condujeran afuera.

Se produjo un breve silencio. Maleverer se pasó los dedos por el borde de su negra barba en un gesto rápido. A continuación alargó una mano hasta un cajón y sacó algo: el joyero. Lo dejó sobre el escritorio. Volví a contemplar la pintura de Diana, vestida al estilo de un siglo atrás y apuntando con su arco a un venado.

—Lo he llevado conmigo desde que me lo entregasteis en St. Mary. Lo he escrutado largo rato, cavilando quién podría estar detrás de todo esto. —Soltó una carcajada que más pareció un ladrido—. A menudo he deseado que pudiera hablar y decirme qué contenía. —Sacudió la cabeza—. Nunca había sospechado de la señorita Marlin. Haré que registren sus dependencias. Podría tener ocultos allí los documentos.

—Yo tampoco recelaba de ella, pero estaba desesperada por conseguir que su prometido quedara en libertad, era lo único que le importaba. Y una persona desesperada puede ser más peligrosa que el peor de los villanos. Nunca se sabe qué puede hacer alguien sumido en la desesperación, mientras que un villano es lo que es.

—También era astuta. Imagino que robó fácilmente las llaves de la iglesia de St. Mary. Alguien respaldada por un nombre tan temido como el de lady Rochford podía moverse a su antojo por la Heredad del Rey.

—Su astucia era fría. Fingía ser mi amiga. —Esbocé una sonrisa triste—. Eso me ablandó. Anhelaba su amistad.

Me dirigió una mirada inquisitiva.

—Os encandiló, ¿eh?

Suspiré.

—No, sir William. Siempre desconfié de su tendencia a la obsesión. Creo que se basaba en ella para justificar sus actos. Las personas desesperadas, por absurdas o arteras que sean, pueden idear motivos para justificarlo prácticamente todo. — Respiré hondo y añadí—: La señorita Marlin creía que vos erais responsable de que maese Locke estuviese recluido en la Torre, dijo que codiciabais sus tierras y confiabais en verlo condenado por traición.

Me preparé para hacer frente a las iras de Maleverer, pero este se limitó a reírse.

—¡Yegua insolente! Solo lo envié al sur por órdenes del Consejo Real. Aunque si sus tierras han sido expropiadas, como deben de estarlo ya, es probable que compre algunas.

La codicia asomó a sus ojos y, en medio de nuestra charla sobre traidores y asesinos, dedicó una breve sonrisa a la perspectiva de beneficiarse de la situación. Tal vez pronto dispondría de suficientes tierras para limpiar su nombre y casarse.

Me dirigió una mirada ceñuda.

—¿Qué os ocurre? Seguís pareciendo preocupado.

—Aún hay cosas que me desconciertan. ¿Por qué estaba tan segura de que había visto todos los documentos que contenía el joyero? Cuando me golpeó en St. Mary, debió de constatar que solo había sacado los primeros.

Se encogió de hombros.

—Quizá creyó que ya los habíais leído todos y que los estabais guardando.

—Más bien creía que los había visto todos y que guardaba la información en secreto, que no os la comunicaría a vos sino tal vez a Cranmer.

Me miró con severidad.

—Pero se equivocaba, ¿no es así? —Repiqueteó con un dedo sobre el joyero—. Solo contamos con vuestra palabra en referencia a qué documentos visteis.

—Os dije la verdad, sir William.

Me dirigió otra mirada desdeñosa.

—Haré que registren hasta el último palmo de sus dependencias, y si no encontramos esos documentos escondidos allí, haré que interroguen a todas las personas que guardaban relación con ella. La joven señorita Reedbourne. Lady Rochford.

—Lady Rochford se disgustará —dije—. Y Tamasin se aterrará.

—Peor para ella.

Pensé que si los soldados se personaban en las dependencias de lady Rochford y en las de Tamasin , ambas creerían que la reina y Culpeper habían sido sorprendidos, cosa que tal vez llegara a ocurrir si todavía existían esos documentos. Miré a Maleverer.

—Sir William, su intención era destruir los documentos. Me parece probable que lo hiciera en cuanto los consiguió en St. Mary.

Maleverer asintió al tiempo que volvía a acariciarse la barba.

—Si no los encontramos, podremos concluir que se deshizo de ellos. Marlin los arrebató a Oldroyd y él formaba parte de la conspiración.

—Sí. Bernard Locke le dijo que estaba arrepentido. Ella se convenció de que su prometido procuraba frustrar los planes de los conspiradores, y de paso destruir las pruebas que lo incriminarían. No obstante, creo que la principal preocupación de Locke podría ser salvar su propio pellejo.

Maleverer volvió a asentir.

—Muchos de los presos de la Torre se inclinan por eso, sobre todo si se les ha mostrado el potro de tortura y han oído los gritos.

—Broderick no.

Maleverer gruñó.

—Aún no ha llegado allí. Bien, si la señorita Marlin destruyó los documentos, nos hizo un favor, aunque el Consejo Real habría preferido verlos. —Se puso en pie—. Ahora Locke tendrá que soportar un severo interrogatorio. Voy a iniciar el registro. —La energía que desprendía su robusto cuerpo era casi palpable—. Y será mejor que ordene bajar el cuerpo de esa ramera antes de que algún lugareño tope con él. No os mováis de esta sala hasta que regrese, ¿comprendéis?

 

Salió de la estancia, con la capa aleteando tras de sí. Me senté en la silla que había ocupado Wrenne. «Maleverer no es el más astuto de los hombres —pensé—, pues consigue sus propósitos por medio de la intimidación. Me desprecia, pero le gusta ponerme a prueba». Suspiré y paseé la mirada por la sala. En el pasado debía de haber sido un estudio. Un viejo tapiz que reproducía una escena de caza colgaba tras el escritorio de Maleverer. ¿Se había sentado allí a contemplarlo, como hacía yo en ese momento, el difunto Robert Constable? Me di la vuelta y miré por la ventana un rato, observando la negra noche y meditando.

Pensé en Jennet Marlin. Ni siquiera entonces podía evitar sentir cierta lástima por ella. Había arrastrado desde niña la obsesión por el amor que Bernard Locke le inspiraba. De haber sido más atractiva, podría haberse casado con algún otro, pero su corazón estaba aferrado a Locke. Me pregunté qué clase de hombre sería él. Un granuja atractivo, quizá, capaz de conseguir que las mujeres hicieran cualquier cosa que les pidiera. Me había cruzado con tipos así a lo largo de mi trayectoria profesional, por lo general cuando habían despojado a la mujer de todas sus posesiones y ella trataba de recuperarlo con ayuda de la ley. ¿Se había aprovechado Locke del amor obsesivo de Jennet para convertirla en una asesina, para salvarse de la ejecución? En ese caso, él era el peor de los dos. Me estremecí al recordar el rostro de esa mujer, su expresión mientras me miraba por encima de la ballesta.

Observé el joyero. «¿Quién sería su primer dueño?», me pregunté. Alguien acaudalado. Me incliné hacia delante, lo abrí y contemplé el interior vacío. Desprendía aún un leve olor a papel viejo y mohoso. ¿Habría destruido Jennet Marlin todos los documentos? En ese caso, todo lo relativo a la reina y a Culpeper había desaparecido. «Qué poco me importa eso —pensé—. Ya no profeso lealtad alguna al rey Enrique. Quizá sea un falso rey. De hecho, será derrocado, o eso afirmaban los documentos de Blaybourne». Di un respingo cuando la puerta se abrió de golpe y Maleverer reapareció. Cerró de un portazo y me miró, ceñudo.

—¿Con qué motivo toqueteáis esa caja? —Se dejó caer en su silla—. No hay rastro de los documentos en sus dependencias. Solo cartas de Bernard Locke enviadas desde la Torre y atadas con un lazo. No dicen nada, aparte de lo mucho que se aman. Como tortolitos. —Resopló—. He ordenado que interroguen a las otras damas por si recuerdan algo que pudiera ayudarnos, pero lo dudo. Creo que tenéis razón: destruyó los documentos. Quizá los arrojara a alguna de las fogatas del campamento, en York. Ahora, regresad a vuestra tienda. Os avisaré si os necesito. Hay un soldado fuera. Os acompañará.

—Muy bien, sir William.

Me puse en pie, hice una reverencia y salí. Un soldado aguardaba junto a la puerta y me llevó fuera de la casa solariega. Era un alivio volver a encontrarme a la intemperie.

—¿Se ha acostado ya el rey? —pregunté al soldado, para entablar conversación.

—No, señor. Está jugando al ajedrez con los caballeros de la cámara. Creo que tardará horas en irse a dormir.

El soldado me llevó hasta el campamento. Las fogatas empezaban a extinguirse; los soldados y los sirvientes habían cenado ya y estaban sentados frente a las tiendas, charlando o jugando a las cartas.

—¿Falta mucho? —pregunté—. Estoy agotado.

—No. La tienda está junto a la valla. Vuestro hombre y el viejo abogado se alojan en las de al lado.

Se detuvo al llegar a tres tiendas cónicas dispuestas en fila en un rincón del terreno. Había otras dispersas alrededor, varias de ellas iluminadas con velas parpadeantes: los otros abogados, tal vez, cuya posición merecía alojamiento propio. Di las gracias al soldado, que se alejó de regreso a la casa solariega, abrí la cortina de la única tienda de las tres en la que vi luz.

Dentro encontré a Giles, tendido en una cama de campaña que habían colocado directamente sobre la hierba. Barak estaba sentado en una caja, a su lado. Su pierna lesionada descansaba sobre otra caja; tenía la muleta en el suelo y bebía cerveza.

—Una escena hogareña —dije en voz baja—. ¿Cómo estáis los dos?

—Maese Wrenne duerme —contestó Barak—. Me ha explicado lo ocurrido. ¿De veras está muerta Jennet Marlin?

—Sí. He estado con Maleverer. Ha registrado sus pertenencias en busca de los documentos, pero no ha encontrado nada.

—Entonces, ¿los destruyó?

—Eso cree él. ¿Cómo tienes la pierna?

—Bien, siempre y cuando no la apoye en el suelo. Tammy ha vuelto a sus dependencias.

—Maleverer la interrogará acerca de Jennet Marlin. Y también a las otras damas, incluida lady Rochford.

—Tammy se disgustará mucho —declaró, muy serio—. Apreciaba a la señorita Marlin.

Suspiró.

—¿Sigues sin tener noticia de tu amigo de Londres? ¿Alguna novedad sobre el padre de Tamasin?

—Solo ha enviado una nota en la que dice que está siguiendo ciertas pistas.

—¿Se lo has contado a ella?

—No. Y, si al final no recibimos buenas noticias, como sospecho que ocurrirá, no le diré nada.

Asentí y me acerqué a Giles. Parecía sumido en un sueño profundo.

—Me ha salvado la vida —declaré—, pero creo que ha sido demasiado para él. No está para estos sobresaltos. Debemos cuidarlo.

—Así se hará. —Barak me miró—. Entonces, todo ha acabado.

—Eso espero.

—¿No estáis seguro?

—Hay algo… Pero estoy cansado y debería acostarme ya. Ahora no puedo pensar con claridad.

Me eché a reír.

—¿Qué?

—El soldado que me ha acompañado me dijo que el rey está jugando al ajedrez con sus caballeros. Se me ha ocurrido que esta Jornada es como un tablero de ajedrez, con un rey y una reina de verdad que intentan superar tácticamente a la población del norte.

Volvió a mirarme con expresión grave; sus ojos refulgían a la luz de la vela.

—¿Un rey «de verdad»? —preguntó con sigilo—. ¿O un usurpador?

—En cualquier caso, nosotros tres somos los más humildes de los peones, fácilmente prescindibles.