Soberano
Capítulo 32
Todos los abogados habían visto que encontrábamos la rama debajo de la montura de Génesis, y la noticia corrió por el patio como un reguero de pólvora. Esperé con Barak hasta que apareció un médico del séquito del rey y lo examinó. No tenía el tobillo roto, lo cual me alegró sobremanera, pero se había lesionado los ligamentos. El médico le vendó el pie y le advirtió que no podría caminar bien durante algún tiempo. Improvisamos una muleta con una rama y se ordenó que un criado lo ayudara a llegar a uno de los carromatos que aguardaban en fila en el campamento. Tendría que viajar en él hasta Howlme. Los reyes ya habían partido y el vasto séquito de cortesanos y oficiales empezaba a moverse; grupo tras grupo cruzaban ya las puertas de St. Mary.
—Maldición —exclamó Barak cuando el criado le ofreció un brazo—. Detesto guardar cama.
—Debes hacer reposo —recomendó Giles—. Quiero volver a verte en plena forma bien pronto. Gracias de nuevo.
—Me alegro de haberos salvado, señor. —Barak paseó la mirada por el patio, que empezaba a vaciarse a medida que los jinetes lo abandonaban. Hombres encaramados a escaleras de mano desmontaban las cubiertas de los pabellones; el silencio invadía la gran iglesia—. No lamentaré marcharme.
Se alejó renqueante con el criado. De pronto vi que una figura corpulenta se acercaba a nosotros: era Maleverer. A su lado avanzaba sir Richard Rich, radiante con su toga festoneada de espesas pieles. Se detuvieron ante nosotros y Maleverer puso los brazos en jarras.
—¿Y bien? —bramó—. He oído que habéis vuelto a tener problemas.
—Este hombre no sabe vivir sin ellos —añadió Rich, sardónico.
—¿Qué ha ocurrido?
Señalé con la cabeza al sirviente que seguía podando las rosas junto a la casa.
—Alguien cogió una rama del rosal y la puso debajo de la silla de mi caballo.
Alcé la rama que aún tenía en la mano. Maleverer silbó.
—Santo Dios, ha sido muy osado.
—En realidad, no tanto. Había tal barullo en la iglesia que nadie habría prestado atención a quien se acercase a ese establo. Teniendo las paredes tan altas, cualquiera podría haberse apostado de espaldas a la entrada e introducir la rama bajo la silla sin llamar la atención.
Pensé que Dereham estaba en el establo. Y que Craike había dicho que se había pasado por allí temprano. De hecho, podría haber sido cualquiera de los centenares de personas que lo habían transitado.
—Maldito sea —masculló Maleverer—. Es un astuto oportunista. De modo que aún no se ha rendido. Y por lo visto no estamos más cerca de dar con él.
Frunció el ceño y concluí que, en efecto, me estaba utilizando como cebo.
—¿Vais a venir con la Jornada, sir William?
—Sí, viajaré hasta Londres. Tengo asuntos que resolver allí. —Sonrió—. Todavía no vais a libraros de mí. —Miró a Génesis—. ¿Y qué va a ser del caballo?
—Hoy no permitirá que nadie lo monte.
—Será mejor que os busquemos otro. El vuestro podrá ir al final de la comitiva. Esto lo retrasará todo. Los carromatos no pueden ponerse en marcha hasta que los oficiales hayan ocupado sus puestos a la cabeza. —Me fulminó con la mirada como si yo hubiese saboteado a propósito sus disposiciones—. Esperad aquí.
Se alejó a grandes zancadas. Rich me sonrió.
—Confío en que no os ocurra nada más, señor. ¿Qué sería de la Casa Gremial sin vos?
Dio media vuelta y siguió a Maleverer. Giles me miró. Estaba pálido y en su frente vi arrugas de preocupación.
—¿Alguien ha intentado mataros? —preguntó, horrorizado.
Suspiré.
—Sí, varias veces. Este ha sido el tercer intento.
—Pero… pero ¿por qué?
—Lo ignoro. Tal vez suponen que vi los papeles que contenía el maldito joyero que encontramos en casa de Oldroyd.
—¿Creéis que se trata del ladrón?
Parecía conmocionado.
—Sí. Y lo irónico es que apenas atisbé aquellos documentos. No lo bastante para comprender su importancia. Giles, lo lamento. Ahora también os he puesto en peligro a vos.
—No es de extrañar que parecierais tan nervioso —comentó—. No lo sabía.
Un soldado de mediana edad y con una barba castaña y desaliñada se acercó a nosotros tirando de las riendas de un gran caballo gris.
—Me llamo Templeman —anunció—. Os traigo esta montura, señor; se me ha ordenado que me ocupe del vuestro.
—Gracias.
Sugerí a Wrenne que tomara aquel animal y yo fuera a lomos de Sukey. El soldado cogió las riendas de Génesis y nos siguió hasta la puerta. Eché una última ojeada a St. Mary y salí del recinto.
Cabalgamos despacio por York. Encabezaban la procesión los reyes y su séquito, seguidos por la nobleza, los oficiales y los abogados. Detrás de nosotros traqueteaban un sinfín de carros. Largas hileras de soldados montados en columnas de a dos avanzaban a ambos lados. Me sentía incómodo al formar parte de aquella gran concurrencia, era como ser arrastrado por un caudaloso río. Los habitantes de la ciudad se habían acostumbrado a nuestra presencia; aquel día se veían pocas caras en las ventanas. Los que miraban, parecían complacidos de que, al fin, la Jornada se marchara.
Enfilamos un camino que viraba hacia el este, a una velocidad apenas superior a la de un transeúnte, rodeados por ruido de los cascos y el retumbo y los crujidos de los centenares de carros que nos seguían. La campiña era llana y estaba salpicada de charcas y vegas. El viento barría las llanuras, revolvía las crines y las colas de los caballos y hacía ondear los estandartes que llevaban los soldados. Ocasionalmente, un jinete se adelantaba por la margen herbosa que separaba la carretera del campo, transmitiendo mensajes entre diferentes secciones de la comitiva.
Cerca del mediodía, la inmensa comitiva redujo el paso para cruzar un puente peraltado sobre un río de aguas rápidas.
—El Derwent —dijo Giles—. Baja muy crecido después de tanta lluvia.
—Sí, ya veo.
Lo miré. Parecía haberse recuperado de la conmoción; sus mejillas volvían a lucir cierto color. Seguimos cabalgando toda la tarde por caminos con amplias vistas de la campiña, llana y desierta. Observé el cielo encapotado y el ancho y brumoso horizonte, y solo entonces caí en la cuenta de lo atestada que había estado y lo claustrofóbica que había resultado St. Mary. El campo apenas estaba poblado; únicamente cruzamos sin detenernos unos pocos y míseros pueblos. Sus habitantes se habían congregado a la puerta de las casas para vernos pasar; las mujeres, inexpresivas, sujetaban con fuerza a sus hijos.
Cerca del mediodía se dio el alto para almorzar. Todos se detuvieron, sin romper la formación, mientras una procesión de cocineros repartía cestas con pan y fiambre desde el final del convoy. Estábamos hambrientos y agradecimos la comida. Al sentarnos para dar cuenta de ella, oí los cascos de un caballo que se acercaba por detrás. Jennet Marlin detuvo a su pequeño palafrén gris junto a nosotros, seguida de Tamasin.
—Estáis aquí, señor —dijo esta—. He ido a ver a Jack.
—¿Dónde está?
—Un cuarto de milla más atrás, en un carromato lleno de telas impermeables. Dice que se siente ridículo. —Me miró muy seria—. Señor, por favor, aseguraos de que descansa cuando lleguemos a Howlme.
—Lo haré, te lo prometo.
Justo entonces oí de nuevo el ya familiar grito: «¡Avanzad!». El rey, al parecer, estaba ansioso por seguir. Tamasin y la señorita Marlin se dispusieron a cabalgar a nuestro lado.
—Me impresionó mucho saber lo que os había ocurrido —dijo Jennet Marlin—.
Se comenta que alguien puso esa rama bajo la montura de vuestro caballo para que os derribara. ¿Por qué iba a hacer nadie algo tan terrible?
—Alguien cree que conozco un secreto, señorita.
Se volvió un instante en la silla y miró hacia atrás, a la larga procesión. Luego se incorporó.
—Entre esta comitiva abunda el mal. ¿No podéis regresar a Londres directamente?
—No, no se me permite hacerlo.
—Lo lamento.
—¡Abrid paso! ¡Abrid paso!
Un mensajero que cabalgaba con algún mensaje para los oficiales se detuvo. Jennet Marlin se adelantó para dejarlo pasar. Tamasin se acercó un poco más a mí.
—¿Por qué lo hizo? —preguntó en voz baja—. ¿Por qué se acercó lady Rochford cuando Jack cayó al suelo?
—No lo sé. Parecía asustada.
—Y yo esta noche tengo que dormir entre ellos. Confiaba en que nuestros problemas cesarían al partir de York.
—Debemos conservar el coraje, Tamasin.
Jennet Marlin volvió la cabeza.
—Será mejor que regresemos con el séquito real. —Me miró—. Cuidaos, señor.
—Gracias.
Avanzaron hacia la cabeza del convoy. Me volví y vi que Giles me miraba con expresión inquisitiva.
—¿Quién puede ser el responsable de los ataques?
—No lo sé. Será mejor que no diga nada más.
Cabalgamos en silencio. El camino quedaba elevado con respecto al nivel de los campos y transcurría rodeado de vegas anegadas. Al cabo de un rato, estas dieron paso a un marjal sin cultivar, marrón, monótono, y salpicado de charcas rojizas y oscuras. Aquel lúgubre entorno parecía afectar a la comitiva, pues el murmullo de voces empezaba a desvanecerse.
—Un entorno deprimente —comenté a Wrenne.
—Sí. Spalding Moor siempre ha sido un lugar triste y peligroso. Pero mirad al frente, a nuestro destino.
Alzó una mano y señaló a lo lejos, más allá del pantanal, donde se alzaba una colina insólitamente alta, coronada por una antigua iglesia y tapizada por un espeso manto de árboles de hojas rojas y doradas. En las pronunciadas pendientes distinguí varias casas desordenadas.
—Allí está. Howlme.
—¿Lo conocéis?
Sonrió por primera vez desde que habíamos partido de York.
—Ah, sí —contestó—. Nací allí.
Me había preguntado si la comitiva intentaría ascender la empinada colina; subir allí todos aquellos carros habría sido una ardua tarea. No obstante, nos detuvimos al pie; allí, en medio de los campos ganados a la ciénaga, se alzaba una gran mansión. Todos los jinetes desmontaron y aguardaron. Cuatro enormes carromatos que transportaban los galgos del rey en grandes jaulas pasaron de largo traqueteando; los animales ladraban y aullaban.
—Y ahora, ¿qué ocurre? —pregunté a Templeman, que sujetaba las riendas de Génesis.
—Vendrán a decirnos dónde nos alojamos. —Miró hacia la pradera que teníamos al lado—. Es un lugar húmedo —añadió, apesadumbrado—. Apuesto a que despertaremos en las tiendas con los petates encharcados de agua. No sería la primera vez.
—Creo que me acercaré andando al pueblo —dijo Giles—, para hacer una última visita a los sitios donde transcurrió mi infancia.
—¿Hace mucho que no venís?
—Más de cincuenta años, desde que murió mi madre. —Desmontó, cogió el bastón que llevaba sujeto a la silla y alzó la mirada hacia lo alto de la colina—. Ya no quedará nadie que me recuerde, pero visitaré la tumba de mis padres. —Se volvió hacia el soldado—. ¿Te importaría cuidar de mi caballo, amigo?
—En absoluto, señor.
—Buscadme después por el campamento, Giles. Podemos comer juntos, aunque no sé qué es lo que vamos a comer en estos campos.
—Hasta luego, pues.
El anciano abogado se alejó abriéndose paso entre la multitud. Dirigí la mirada hacia el final del prado, donde se erigía la mansión. Frente a la entrada se había congregado el séquito real, un reluciente desfile de terciopelo y satén, acero y plumas. Atisbé una figura alrededor de la cual todo parecía girar, un hombre que descollaba sobre los demás: el rey. Me volví a tiempo para ver a un hombre que se acercaba a mí con dificultad entre la muchedumbre; era menudo e iba ataviado con un jubón que combinaba los colores de los Tudor, verde y blanco. Al alcanzarme, se descubrió e hizo una reverencia.
—¿Vienes de parte de sir William Maleverer? —pregunté.
—No, señor —contestó—. Vuestra presencia se requiere en otro lugar.
—¿Dónde? ¿Quién me llama? —me apresuré a inquirir, consciente de súbito de que ya no tenía a Barak a mi lado.
—No puedo decirlo, señor, pero mis órdenes proceden de una alta autoridad.
Fruncí el entrecejo, pero permití que el hombre me internara de nuevo entre la multitud. Tuve que apretar el paso para no perderlo de vista. Cuando menos, me alejaba de la casa solariega. Por un segundo había creído, aterrado, que era el rey quien me convocaba. Me acerqué un poco más a él.
—¿Quién requiere mi presencia? —insistí, casi sin aliento.
Esquivó un carro que pasaba cargado con bueyes despedazados.
—Lo sabréis enseguida, señor.
Me condujo por un pastizal donde ya se habían montado varias tiendas grandes por las que trasegaban mujeres, de lo cual deduje que debía de ser allí donde se alojarían los miembros del séquito de la reina. Al llegar a la tienda de mayor tamaño, descorrió un poco la tela que hacía las veces de puerta y, con una reverencia, me indicó que entrara.
El interior estaba profusamente decorado. El suelo se había cubierto con largas esteras, y grandes cirios proyectaban una luz amarilla y cálida. Para mi sorpresa, Barak también se encontraba allí, apoyado en una muleta de madera que alguien le había proporcionado. A su lado se encontraba Tamasin, nerviosa. Frente a ellos, lady Rochford, con expresión severa y altiva. Y, junto a esta, una figura baja y rechoncha que reconocí de inmediato, con un vestido de satén plateado y una capucha negra decorada con perlas enormes. Me apresuré a inclinarme ante la reina Catalina.
—Incorporaos, por favor.
Su voz era dulce, casi infantil. Obedecí y la miré, consciente de que estaba temblando. La reina me devolvió la mirada. De cerca parecía incluso más joven, apenas una muchacha, aunque la desazón que percibí en sus ojos castaños le confería un aura sensual. Lady Rochford avanzó un paso.
—Lo habéis sorprendido, Majestad —dijo, mordaz—. La última vez que lo vi se mostró muy osado.
No dije nada, esperando a que la reina hablara. Lo hizo tras un breve silencio.
—Lady Rochford me ha informado de que la señorita Reedbourne y este hombre, Barak, se encuentran bajo vuestro auspicio.
—Sí, Majestad.
—Os vi en Fulford —siguió la reina Catalina—. Lamenté el trato que recibisteis.
—No tiene importancia.
La reina suspiró.
—He sabido que hoy se ha atentado contra vuestra vida.
—Sí, Majestad. Alguien puso una rama bajo la silla de mi caballo. Un amigo fue a montarlo y habría muerto de no haber sido por la rauda reacción de maese Barak.
La reina miró a lady Rochford. Por un instante pareció cohibida, pero se repuso.
—¿Sabéis por qué motivo iba a hacer alguien algo así, señor?
Vacilé.
—No, Majestad, pero no ha sido la primera agresión que sufro. —Miré a lady Rochford—. Sir William Maleverer se ocupa del asunto.
—¿Lo habéis visto, Majestad? —espetó lady Rochford—. ¿Habéis visto cómo me ha mirado? Cree que tengo algo que ver en todo esto.
—¿Y es cierto? —me preguntó la reina, con voz levemente trémula.
—No sé quién puede ser el responsable —decidí responder tras una breve vacilación.
Tomó aire.
—Os he hecho venir, señor, para aseguraros que este incidente no guarda relación alguna con mi séquito.
—Gracias, Majestad. Creo que guarda relación con… una cuestión distinta de la que nos llevó a conocer a lady Rochford.
Otra mirada temerosa que luego desvió hacia la dama.
—¿Qué cuestión? —preguntó esta con sequedad.
—Tiene que ver con la conspiración.
Lady Rochford pareció desconcertada.
—Ya veo.
La reina alzó las manos.
—No me lo digáis —pidió—. Nadie me habla de política y nada quiero saber — declaró. Me pregunté si sería esa su estrategia de supervivencia: la desinformación, tanto de lo referente a un bando como al otro. Volvió a mirarme—. Y en cuanto a lo que estas personas vieron en St. Mary —añadió la reina, mirando a Barak y a Tamasin, quienes hasta el momento no habían pronunciado palabra—, habéis dado vuestra palabra a lady Rochford de que guardaréis silencio. Co… confío en ello.
Se puso en pie tratando de parecer una reina y no una muchacha asustada. Incliné la cabeza, pues no se me ocurría réplica alguna.
—No habéis referido a nadie lo que visteis, ¿verdad? —preguntó lady Rochford con su brusquedad habitual.
—No, a nadie. Lo juro.
El tono de su voz cambió, se tornó más afable.
—Fue un infortunio que vierais a Culpeper esa noche. La reina solo deseaba un poco de compañía de su misma edad, como ya os dije. No había nada indecoroso. No me separé de ellos en ningún momento.
—Es cierto —confirmó Catalina Howard con un hilo de voz—. ¿Creéis en la palabra de la reina?
La miré.
—Sí, Majestad.
Y la creía. Me sentí más seguro que nunca de que todos los encuentros que hubiese mantenido con Culpeper en presencia de lady Rochford no habían ido a más. No se habría atrevido. Me compadecí de ella, tan joven y casada con el rey Enrique, soportando el peso de la corona, con poca voluntad o inteligencia entre la jauría de lobos que era la corte.
Sonrió.
—En tal caso, os doy las gracias. Tened por seguro de que se os recompensará cuando regresemos a Londres.
—No buscamos recompensa alguna, Majestad.
—En tal caso, vuelvo a daros las gracias. Y confío en que quienquiera que os haya estado causando problemas sea apresado y tratado como se merece.
—Aseguraos de que sois fieles a vuestra palabra —intervino lady Rochford—. Me he arriesgado al disponer este encuentro. La reina debería estar en la casa solariega de Howlme. Dijimos que venía aquí para cambiarse.
La reina se dio la vuelta y lady Rochford nos despachó con un gesto de la mano. Hicimos otra reverencia; Tamasin tomó a Barak de un brazo y lo ayudó a salir de la tienda. Caminamos hasta el lindar del pastizal y nos detuvimos.
—¡Joder! —barbotó Barak.
—¡Jack! —exclamó Tamasin con voz reprobatoria.
—Cuando respondí al requerimiento y encontré allí a la reina, estuve a punto de mojar los pantalones.
Miré a Tamasin.
—¿Y bien? —pregunté—. ¿Qué opinas de esto?
—Creo que la reina ha dicho la verdad, señor.
—Sí, yo también. No tienen nada que ver con esto; estoy más seguro que nunca. —Sacudí la cabeza—. Es tan joven…
—Dicen que era una muchacha muy alegre antes de que el rey se fijara en ella.
—Tal vez fuera un inocente coqueteo. Y es probable que lady Rochford encuentre cierto placer perverso organizando encuentros secretos para ella con hombres jóvenes, pero no cabe duda de que ni la dama y ni la reina son tan insensatas para no tomar precauciones. Ahora están asustadas. —Miré hacia la hilera de carros que iban llevando a los campos—. Vamos, tenemos que encontrar nuestra tienda.
Barak me dio un codazo.
—Fijaos.
Seguí su mirada, que tenía clavada en un grupo de oficiales que a su vez nos observaba. Craike estaba con ellos y sentí un vuelco en el corazón al ver a sir Richard Rich. Sin duda nos habría visto salir de la tienda de la reina. ¿A qué conclusiones estaría llegando?