Soberano
Capítulo 16
Caminé con Barak por Fossgate, una de las principales vías de la ciudad, entre un gentío que se encaminaba a presenciar el ensayo público del espectáculo musical que se ofrecería al rey la tarde del día siguiente. Con la caída de la noche, el viento y la lluvia habían cesado, aunque la calle estaba enlodada, tapizada de hojas y ramitas, y los charcos en los umbrales de las puertas y las entradas de los comercios refulgían a la luz de la luna. Una muchedumbre alegre, la más alegre que había visto en York hasta el momento, se encaminaba al Merchant Adventurers’ Hall.
Había decidido acompañar a Barak al ensayo en lugar de quedarme solo en la hospedería, asediado por pensamientos angustiosos y escuchando más comentarios desagradables de boca de los secretarios. Barak se había puesto su mejor jubón verde y, encima, una hermosa gorguera decorada con un lazo. Ambos nos habíamos afeitado al fin la barba de casi una semana, pues esa tarde los barberos de la Jornada se habían adelantado y habían llegado a St. Mary. Se había organizado un afeitado general, para que todos los caballeros tuvieran un aspecto impecable cuando el rey llegara. Yo llevaba mi mejor toga, pero había elegido el bonete viejo. Había tenido dificultades para clavar la pluma en el nuevo y no quería que volviera a desprenderse esa noche. Al día siguiente tendría que descubrirme ante el rey. Al recordarlo, sentí un nudo en el estómago.
Dejamos atrás la catedral; su interior estaba profusamente iluminado, los enormes vitrales eran un grito de color contra el negro cielo.
—Mira —indiqué a Barak.
—Sí. Todo está ya dispuesto para el rey.
Me arremangué los bajos de la toga cuando un par de aprendices pasaron por nuestro lado corriendo, chillando y pisoteando un charco.
Barak sonrió, irónico.
—Anoche oí en las tabernas que las últimas instrucciones de limpiar los muladares han causado problemas porque se ha prohibido a la gente tirar desechos al río. Quieren que huela bien para el rey. Así que quien no dispone de pozos sépticos, tendrá que guardarlo todo en los patios interiores, que olerán a mil demonios, mientras se les ordena engalanar las fachadas.
—Hay resentimiento, pues.
Asintió.
—La mayoría de los ciudadanos no quiere que el rey venga.
—Espero que anoche no te metieras en líos.
—No. Salí con un grupo de carpinteros. Casi todos los obreros son de Londres, pero también había algunos de York. Les pagan bien, de modo que están bastante contentos con Su Majestad. Evitamos las tabernas donde los del sur no somos bien recibidos. —Me miró—. Aunque vi algo interesante.
—¿Qué?
—Pasábamos por una zona marginal de la ciudad, frente a tabernas que los carpinteros aconsejaban no frecuentar, y ¿a quién creéis que vi en un callejón, entrando en un local pequeño y de aspecto humilde?
—Sigue.
—A maese Craike. Iba embozado con una capa oscura y una capucha, pero reconocí su cara redonda a la luz de la luna. Tenía una expresión extraña, nerviosa.
—¿Te vio él?
—No, estoy seguro de que no.
—Craike —dije, reflexivo—. Es la última persona a quien esperaría encontrar visitando tabernas de dudosa reputación, y menos de noche. ¿Qué tramará?
—Quizá alguien debería preguntárselo.
Asentí mientras doblábamos hacia la plaza que albergaba el Merchant Adventurers’ Hall. Era un edificio viejo e imponente, ancho, de tres plantas, precedido por un espacio abierto, adoquinado y, para entonces, ya abarrotado. Allí se había construido un escenario con telón rodeado de antorchas, que ya estaban encendidas. Los artesanos, ataviados con la toga distintiva de sus respectivos gremios, habían formado pequeños grupos entre la multitud y vi a varios hombres de atuendo exquisito acompañados de criados: la avanzadilla de la Jornada. La plaza estaba delimitada por una hilera de agentes de seguridad uniformados con la librea de York, y en los accesos distinguí formaciones de soldados, cuyos petos refulgían a la luz de las teas. Recordé lo que Maleverer había dicho acerca del refuerzo de la seguridad.
Un joven de semblante adusto y con toga de abogado se acercó a nosotros y nos hizo una reverencia.
—Abogado Shardlake.
—Abogado Tankerd. —Reconocí al Archivero de la ciudad, al que había visto en la Casa Gremial dos días antes—. ¿Cómo va todo?
—Creo que al fin han concluido los preparativos. Llevamos esperando tanto tiempo que no puedo creer que el rey llegue mañana. —Soltó una risa nerviosa—. Ni que pronunciaré un discurso en su honor. He sabido que sir James Fealty está satisfecho con las súplicas.
—Sí.
—Confieso que estoy algo inquieto.
—Creo que todos lo estamos.
—Sería maravilloso ver al rey. Dicen que de joven era el príncipe más espléndido de la cristiandad, alto, fuerte y de rostro fino.
—De eso hace ya más de treinta años.
Me miró fijamente.
—Tenéis una magulladura, señor.
—Sí. —Me ajusté el bonete—. Mañana debería intentar cubrírmela.
La curiosidad asomó a su semblante.
—Y vuestras pesquisas acerca de maese Oldroyd, ¿progresan?
—Sir William Maleverer se encarga en persona del asunto.
Alguien saludó a Tankerd y este se disculpó. Me volví hacia Barak, que estiraba el cuello para atisbar sobre el mar de cabezas.
—¿Dónde está? —murmuró.
—¿La señorita Reedbourne? Allí.
Señalé hacia un grupo de cortesanos que estaba a cierta distancia de nosotros. Vi que lady Rochford parecía radiante mientras relataba entusiasmada alguna anécdota a un reducido grupo de damas. Como siempre, en su expresión había algo agitado, febril. Jennet Marlin se encontraba a unos pasos de ella, y a su lado, Tamasin. La señorita Marlin observaba el escenario con aire severo, pero la joven miraba ansiosa a su alrededor.
En ese instante contuve el aliento, pues reconocí a un hombre que se hallaba cerca de lady Rochford; era menudo, pulcro, de rasgos regulares y delicados, y llevaba una toga ribeteada en piel. Hablaba con Dereham, el joven secretario de la reina. Se trataba de sir Richard Rich, Canciller del Tribunal de Desamortización, con quien me había enemistado el año anterior y que había respaldado a mi adversario Bealknap. Sabía que existía la posibilidad de que lo encontrara allí, pero al verlo me encogí.
Barak también lo había visto.
—Ese imbécil… —musitó.
—No quiero toparme con él a menos que sea imprescindible.
—Entonces os dejo aquí y voy a ver a Tamasin. Rich no recordará a alguien tan insignificante como yo.
—Muy bien.
—Cuidado con los ladrones —me advirtió, antes de abrirse paso entre la muchedumbre en dirección a Tamasin.
Al quedarme solo, de pronto me sentí vulnerable. Ladrones, sí. Y asesinos.
Los músicos asomaban ya por uno de los accesos a la plaza, con sacabuches y laúdes. Un hombre ataviado con toga de corista precedió a un grupo de niños alborozados hasta el escenario. Todos desaparecieron detrás del telón.
—¡Ahí va mi pequeño Oswald! —gritó emocionada una mujer detrás de mí.
Cambié de postura, deseando poder sentarme, pues el cuello volvía a dolerme. Pensé en lo que había recordado un rato antes: el nombre Blaybourne y aquel lugar de Kent. ¿Debía decírselo a Maleverer? Si existía alguna conexión entre nuestro Blaybourne y Kent, tal vez debía saberlo, puesto que en York había ya numerosos soldados de esa ciudad y al día siguiente llegarían por centenares. Aun así, intuí que a Maleverer no le complacería saber que yo seguía teniendo presente ese nombre.
—Abogado Shardlake.
Me sobresalté al oír aquella voz intensa junto a mi hombro. Me volví y sonreí.
—Abogado Wrenne. ¿Cómo estáis, señor?
El anciano llevaba el bonete y la gruesa capa y, según pude ver, un bastón en el que apoyaba casi todo su peso.
—Algo entumecido, esta tarde. Pero ¿qué es de vos? Maleverer me dijo que ayer, después de dejaros, os agredieron, y también me informó del robo del joyero que encontrasteis en casa de Oldroyd.
—Estoy bien, solo perdí el conocimiento.
—¿De ahí la magulladura? Parece dolorosa.
—No es nada. Lamenté que sir William os interrogara.
Esbozó una sonrisa irónica.
—Oh, Maleverer no me asusta. Contesté a sus preguntas y me marché.
—Cometió una crueldad con el joven aprendiz de Oldroyd.
—Madge me lo contó. La noticia corre por todo York, pero el gremio del vidriero le está buscando ya otro empleo al muchacho.
—Me alegra saberlo.
—Recuerdo a sir William cuando no era más que un joven de familia de rancio abolengo, que empleó turbios recursos y métodos abusivos para ascender al poder tras la rebelión. Es un hombre de gran ambición. Como suelen serlo los hombres mancillados por la bastardía.
—¿Es hijo ilegítimo?
—Eso se dice. No lleva la sangre de la familia Maleverer. Sus padres formaron parte del séquito que acompañó a Margarita Tudor a Escocia cuando se casó con el padre escocés del rey, hace cuarenta años. Se rumorea que su madre tuvo allí un escarceo.
—¿De veras?
—William Maleverer vive obsesionado por demostrar su valía, pero algún día se sobrepasará, pues carece de sutileza. —Wrenne agitó la mano que le quedaba libre para despachar el tema de Maleverer; la gran esmeralda de su sortija reflejó la luz de las antorchas—. Se me ocurrió venir a ver la actuación. Le pedí a Madge que me acompañara, pero dice que es un acto pagano.
—Solo es un espectáculo musical.
—Sí, pero han recurrido a los músicos y parte del equipo de los Misterios. Ella no lo aprueba. En cuestiones religiosas es una tradicionalista típica de York.
Me dirigió una sonrisa afable; las luces del escenario acentuaron las profundas arrugas que surcaban su rostro.
El telón empezó a subir. Las excitadas voces del público se redujeron a susurros mientras un hermoso decorado quedaba a la vista. La pintura del fondo del escenario simulaba un claro del bosque, con el cielo azul y un vivido arco iris apenas visible tras las montañas. Nubes de papel colgadas de hilos invisibles se desplazaban de un lado al otro. Los músicos formaban un semicírculo alrededor del coro.
—Es la banda municipal —me dijo Wrenne. Sonrió con aire lánguido—. Soy un gran aficionado a los Misterios de York desde que era niño. Aunque hay reformistas que los prohibirían como una ceremonia supersticiosa más.
—Sí —convine—. Es una pena.
—¿Qué mejor modo de narrar las historias de la Biblia, del Salvador, a los iletrados?
Caí en la cuenta de que Wrenne era algo que difícilmente podía considerarme yo en los tiempos que corrían: un hombre de fe.
Los músicos afinaron los instrumentos. Los susurros cesaron y en el repentino silencio oí la voz de lady Rochford en un tono agudo, alterado.
—¡Es verdad! Ana de Clèves era tan ingenua que creyó que con un simple beso…
Me volví hacia ella, como muchos otros, y vi que se ruborizaba y se mordía el labio. Era una criatura irritante e insensata. Me fijé en que Barak charlaba animadamente con Tamasin. Luego vi que sir Richard había clavado la mirada en mí, con semblante especulativo. Me di la vuelta en cuanto la música comenzó.
Los músicos eran diestros y tocaban una melodía alegre. Luego los chicos empezaron a cantar:
Bienvenido seáis a York, gran rey soberano.
Claros nemorosos y sombrías montañas os tienden la mano.
Con vos nos traéis justicia y clemencia,
perdón para nuestros graves pecados y sucia conciencia,
y luz para desterrar la lluvia y la oscuridad
para que regrese de nuevo la prosperidad.
Las nubes de papel se desplazaron a ambos lados y en su lugar apareció un brillante sol amarillo, al tiempo que el arco iris ascendía.
—Esperemos que no tengan que actuar mañana bajo otro chaparrón —susurró Wrenne.
Siguieron otras canciones que también ensalzaban la lealtad de Yorkshire, su lamento por los pecados cometidos en el pasado y su deleite por que el rey fuera a llevar al lugar justicia y prosperidad. Miré a la multitud. Muchos observaban extasiados el espectáculo, pero otros, en especial los corpulentos Hombres del Valle, lo hacían con una sonrisa irónica en los labios. A la media hora se hizo un descanso, el telón bajó y aparecieron vendedores de tartas. Las llevaban en bandejas que me recordaron la escribanía de Craike. Me di la vuelta y me sorprendí al ver que Wrenne me miraba muy serio.
—Abogado Shardlake, ¿sabéis cuánto tiempo va a quedarse el monarca? Han anunciado que el rey de Escocia va a venir a York, aunque nadie tiene noticia de que la comitiva haya partido de allí.
—No, no lo sé.
Asintió.
—Quizá unos días, pues. Quería saberlo porque tengo que hacer algunos preparativos. —Tomó aire y volvió a mirarme con expresión grave—. ¿Puedo confiar en vos, señor?
—Por supuesto.
—Veréis, tengo previsto regresar a Londres con la Jornada. Para visitar las escuelas de leyes y ver si encuentro a mi sobrino, Martin Dakin.
Lo miré, sorprendido.
—¿No sería preferible escribirle antes, teniendo en cuenta la disputa familiar de la que me hablasteis?
Sacudió la cabeza con vigor.
—No. Esta podría ser mi última oportunidad. Ya soy demasiado viejo para viajar solo a Londres. He hecho muchos favores a las gentes de York. Incluido nuestro amigo Maleverer, en tiempos no tan gloriosos para él. Creo que podría conseguir una plaza en la Jornada.
—Aun así. Después de una disputa familiar…
—¡No! Tengo que verlo.
Me sobresaltó la repentina pasión que expresaba la voz de Wrenne, por lo general sobria y modulada. Se estremeció y su recio rostro se contrajo de pronto en una mueca de dolor. Lo sostuve por un brazo.
—¡Abogado! ¿Estáis bien?
Me miró muy serio y, para mi sorpresa, me tomó de una mano.
—Aquí —dijo—. Presionadme el vientre. En el costado, aquí.
Atónito ante su petición, dejé que llevara mi mano hacia donde me indicaba. Noté algo extraño, un bulto pequeño y duro. Aparté la mano.
—Tengo un tumor; crece semana tras semana y ahora empieza a doler. Mi padre también lo tuvo y en un año murió víctima de la devastadora enfermedad que estos bultos pueden provocar.
—Un médico…
Sacudió una mano con impaciencia.
—Ya he visitado médicos. No saben nada, no pueden hacer nada. Pero recuerdo cómo fue con mi padre. Es probable que no vuelva a ver otro Misterio de primavera.
Lo miré, horrorizado.
—Abogado Wrenne, lo siento.
—Nadie lo sabe, solo Madge. Pero… —Suspiró hondamente y luego retomó su habitual tono sosegado—. Ya veis por qué no me siento capaz de viajar a Londres solo. Si pudiese ir con la Jornada hasta Hull y de allí a Londres en diligencia o incluso en barco, resultaría más fácil. Y si vos me acompañarais y me ayudarais si empeoro, sería un gran alivio. —Me miró con aire suplicante—. Sé que es mucho pedir, señor, pero tuve el presentimiento de que estaríais dispuesto a ayudarme.
—Maese Wrenne —contesté, con ánimo sosegador—, os ayudaré en todo cuanto esté en mi mano.
—Y quizá en Londres podáis llevarme al Colegio de Gray, allanarme el camino. No he estado allí en cincuenta años y dicen que ahora Londres es mucho más grande. Disculpadme por deciros esto, señor, pero… —Titubeó con una sonrisa triste—. Me temo que ha llegado el momento de pedir ayuda.
—Lo haré. Lo lamento tanto…
—¡No! —repuso, airado—. Nada de compasión, no lo soportaría. He superado con creces la esperanza de vida de la mayoría de los hombres. Aunque siempre es preferible no ver cómo se va acercando el final desde el otro extremo de la calle. Quisiera volver a ver a Martín, reconciliarme con él. Es un asunto importante que he dejado demasiado tiempo pendiente.
—Por supuesto.
Frente a nosotros, los cánticos fueron de nuevo in crescendo, pero ya no podía escucharlos. Wrenne suspiró cuando las voces se atenuaron.
—Mi padre era granjero. Vivía cerca de Holderness. Tenía grandes esperanzas depositadas en mí, trabajó con ahínco para poder enviarme a la escuela de leyes.
—El mío también era granjero. En Lichfield. Lo enterré justo antes de partir hacia York. Yo… no lo cuidé bien en sus últimos días.
—No puedo creer que no fuerais un buen hijo.
—Lo dejé morir solo.
Wrenne se quedó ausente un momento, como si hubiese mirado hacia dentro, y luego en su rostro afloró una firme determinación.
—Cuando mi hijo murió y ya no vinieron más retoños, durante un tiempo no resultó fácil convivir conmigo y quizá fue ese el motivo por el que acabé enemistado con la familia de mi pobre esposa.
Quiero reconciliarme con Martin; él es la única familia que me queda.
Lo tomé de un brazo.
—Lo encontraremos, señor. Barak es capaz de encontrar a cualquier persona en Londres.
Sonrió.
—No sabía que fuerais hijo de granjero. Tal vez por eso parecemos congeniar tan bien —añadió, algo azorado.
—Es posible.
—Lamento descargar sobre vos mis problemas.
—Me honra que hayáis confiado en mí.
—Gracias. Y en adelante, por favor, llamadme Giles. Como a un amigo.
—Matthew —contesté.
Le tendí la mano y él la aceptó. La estrechó con tal fuerza que pensé que quizá no estuviera tan enfermo, que quizá fuera un error. Me dio una palmada en el brazo y volvió a mirar el escenario, donde el telón volvía a alzarse y un chico del coro, con las mejillas maquilladas y disfrazado de noble dama aristócrata, entonaba un canto lastimero al amor.
Regresé a St. Mary solo, ya que después de la confidencia de Giles, no deseaba compañía, por más que me acosara algún peligro. Pensé en la disputa familiar del pobre Wrenne. Intuía que había sido grave. Me pregunté cómo lo habría sobrellevado su esposa.
—Excelente música, ¿eh?
Me volví al instante y encontré a Barak a mi lado. Estaba de muy buen humor; la joven Tamasin caminaba junto a él. Vi que lo miraba y se ruborizaba. «Sí —pensé—, has conseguido lo que querías, como todas las muchachas hermosas». Jennet Marlin andaba al lado de Tamasin, con aspecto de estar masticando queso agrio; los rizos castaños le bamboleaban sobre la frente y le conferían un aire extrañamente infantil. Sí, me recordaba a Suzanne, mi amiga de la infancia.
—Ha estado bien —admití.
Tamasin sonrió.
—Al rey le gustará verlo, estoy segura. Quizá repitan el espectáculo en St. Mary para el rey de Escocia. Aunque es una lástima que los preparativos resulten ser para él. Creíamos que la reina estaba encinta, que iban a anunciarlo oficialmente aquí, y tal vez también su coronación. Es muy guapa, señor.
—¿De veras?
—Mucho. La he visto varias veces, aunque, por supuesto, nunca he hablado con ella.
Tamasin intentaba congraciarse conmigo. Barak me miró, captó mi estado de ánimo y la tomó de un brazo.
—Vamos —le dijo—. Estamos bloqueando el paso.
La hizo adelantarse y me dejó con Jennet Marlin, que me brindó una sonrisa totalmente exenta de cordialidad.
—Y bien, señorita, ¿habéis disfrutado del espectáculo? —pregunté.
—En realidad no —contestó. Clavó sus ojos grandes y oscuros en los míos—. Tengo que hablar con vos. —Señaló con la cabeza a Tamasin y Barak—. Me inquieta que vuestro ayudante siga cortejando a la señorita Reedbourne. Soy responsable de ella aquí. Y después de lo ocurrido ante sir William…
—Fue la conducta de la señorita Reedbourne lo que ocasionó el conflicto, no la de Barak.
—Él es un hombre, es quien tiene la autoridad.
—La señorita Reedbourne también me parece capaz de cuidar de sí misma. Vos la conocéis, señorita Marlin, debéis saberlo. Y viste muy bien —añadí, al fijarme en el delicado vestido verde que llevaba.
Su mirada reprobatoria se intensificó.
—No considero sensata su relación. Y vuestro hombre me parece un diablo lascivo. Tamasin aún es joven, no tiene a nadie que la proteja en el mundo. Su madre murió. Es mi deber cuidar de ella. —Volvió a mirarme fijamente—. Y protegerla de aquellos que pretendan utilizarla para acceder al servicio de la corte. Y en cuanto a su atuendo, su abuela, que fue su tutora, le legó un poco de dinero. No es extravagante, solo cuida su aspecto.
—Sois injusta con mi ayudante —dije, abruptamente.
—¿Eso creéis? Los sirvientes de la realeza son un buen partido, pues cobran buenos honorarios.
De nuevo esbozó la misma mueca agria, como si le aquejase un dolor de muelas.
—No creo que a Barak le haya pasado eso por la cabeza. Recibe un generoso estipendio —dije.
—Veo mucha codicia en la corte, señor.
—No lo dudo, pero nosotros no tenemos nada que ver con la corte. Somos abogados de Londres.
Me dirigió una mirada gélida.
—Pero también tenéis contactos en la corte, según tengo entendido. Se dice que mañana os personaréis ante el rey.
—Con las súplicas, sí.
Deseé que no me lo hubiese recordado.
—Y he oído que habéis estado trabajando para sir William Maleverer.
Fruncí el entrecejo.
—¿Dónde habéis oído eso?
Se encogió de hombros.
—El mundo de los sirvientes de la realeza es muy pequeño.
—Asuntos legales —contesté con brusquedad—. ¿Y qué tiene eso que ver con mi ayudante y la señorita Reedbourne?
Frente a nosotros, Barak se acercó a Tamasin y le susurró algo que la hizo reír a carcajadas. Jennet Marlin los observó y luego me miró; sus ojos desprendían algo muy similar al odio. Aquello me hizo retroceder más de veinte años en el tiempo, hasta Suzanne, en aquel sendero. Era la misma mirada de ira feroz e irracional.
—Sois de los que consagran la vida a medrar y aprovecharos del servicio al Estado —espetó Jennet Marlin, colérica—. Y de tal patrón, tal empleado.
—¡Cómo osáis! —respondí, airado.
Habíamos reducido el paso hasta casi pararnos y los transeúntes que venían detrás tropezaron con nosotros. Ella se volvió hacia mí.
—Creo que sois uno de esos que han utilizado la Reforma como una escalera hacia la ambición. Igual que Maleverer.
—Os juro que no es así, señorita. Os estáis mostrando muy severa con un desconocido. ¿Qué sabéis de mi vida y por qué os importa?
No se inmutó, se limitó a seguir mirándome fijamente a los ojos.
—He oído a Tamasin y a vuestro hombre hablar de vuestra historia. Que fuisteis reformista en el pasado, que lord Cromwell fue vuestro patrón. Pero ya no os queda ningún fervor, alguien debería apercibirse. Como a tantos otros, únicamente os preocupa salvaguardar vuestra riqueza.
La gente se volvía para mirarnos. Un hombre gritó:
—¡Abofetead a esa ramera gruñona, señor!
—¿Sabéis por qué mi pobre Bernard está encerrado en la Torre? —prosiguió Jennet Marlin, indiferente—. Porque a la gente de Londres le gustaría verlo condenado por conspirador y papista, y quedarse así con sus tierras. ¡Sus tierras!
Su voz rayaba ya en la histeria.
—En tal caso, lo lamento por vos, señorita —repuse, sin perder la compostura—. Pero eso no tiene nada que ver conmigo. No os atreváis a dar por hecho que conocéis mis pensamientos o mi historia. Es una insolencia que no toleraré. ¡No seré vuestro chivo expiatorio!
Di media vuelta y me alejé, dejándola sola en medio de la calle.
Regresé a St. Mary media hora después. La tienda volvía a estar en pie, los obreros la cepillaban a la luz de las velas para retirar hasta el menor grumo de barro. Me dirigí a la casa solariega. Allí reinaba el silencio, todo estaba dispuesto para la llegada del rey; varios criados y cortesanos deambulaban con un aire de discreta reverencia, practicando el porte que debían adoptar en presencia del monarca. Un guardia me acompañó hasta el despacho de Maleverer. Este seguía trabajando; la luz de las velas confería un aspecto lívido a su rostro barbudo. Alzó la mirada, irritado.
—¿Y ahora qué?
—He tenido una idea, señor.
—¿Y bien?
Le hablé de mi trabajo en Ashford, el recuerdo del nombre Blaybourne.
—Creí que debíais saberlo, señor, habiendo tantos hombres de Kent entre la guardia.
Gruñó.
—Así que era de Kent, ¿eh? Bien, eso encaja con lo que ya sabemos. Interesante. —Sus labios se curvaron en una sonrisa sardónica—. Pero inútil. Edward Blaybourne murió mucho antes de que vos y yo naciéramos, maese Shardlake. Esta tarde me he reunido con el Consejo Real. He averiguado muchas cosas acerca de él. —Me miró con severidad—. Cuestiones secretas.
—En tal caso, lamento haberos importunado.
—Se ha encomendado a alguien del Consejo Real que os vea mañana. Os preguntará qué sabéis, os recordará que debéis guardar silencio y os pellizcará la nariz por vuestra insensatez.
Parecía haber recuperado la confianza; sin duda había conseguido convencer al Consejo de que todo era culpa mía.
—Seguís al cargo de Broderick —añadió—. Visitadlo antes de acostaros. Quiero que lo veáis al menos una vez al día y comprobéis que se encuentra bien. Que uno de esos guardias os acompañe hasta su celda.
—Sí, sir William.
—Y también he hablado con maese Radwinter. Le he advertido que no quiero más errores.
Me despachó sacudiendo una mano y me regaló una mirada complacida y cruel.
Un guardia me condujo hasta el complejo de edificios monásticos agrupados alrededor de la iglesia. Allí habían vivido y trabajado los monjes de St. Mary; la mayor parte de los dormitorios estaban vacíos, aunque en algunos se habían dispuesto camas para alojar a los huéspedes que llegarían al día siguiente. El guardia me precedió por un pasillo estrecho y enlosado, en medio de aquel laberinto, y se detuvo al llegar al final, frente a una recia puerta por cuyo ventanuco enrejado escapaba apenas un hilo de luz. Los dos hombres del sargento Leacon que nos habían acompañado al castillo antes hacían guardia.
—¿Cómo progresa? —pregunté.
—Se pasa el tiempo tumbado y en silencio, señor. El médico ha venido hace un rato y dice que está mejor.
—Gracias a Dios. ¿Dónde puedo encontrar a Radwinter?
—Con él. ¿Queréis entrar?
Asentí y él abrió la puerta. Broderick yacía dormido. Radwinter estaba acuclillado junto a él y escrutaba su rostro con una expresión de ira intensa y malévola.
—Me han dicho que se encuentra mejor —dije, en voz baja.
—Duerme. Y yo tengo que dormir con él. Incluso he de compartir su orinal. Esta es la manera en que sir William pone de manifiesto su descontento.
—¿Ha dicho algo?
—No. Hace un rato estaba consciente. Le pregunté qué fue lo que ocurrió, pero únicamente repitió el mismo disparate de que lo envenenó el rey. Si me lo permitieran, le arrancaría la verdad, le daría una lección de humildad.
—Si fuera tan fácil, no lo llevarían a Londres.
Me dirigió una de sus miradas gélidas y destellantes.
—Siempre hay una forma de asustar y humillar a un hombre, maese Shardlake. Solo es cuestión de dar con ella.
Regresé a la hospedería. Varios secretarios volvían a jugar a las cartas. Incliné la cabeza a modo de saludo y luego llamé a la puerta del cubículo de Barak.
—¿Sí?
—Soy yo. Quisiera hablar contigo.
Entré en mi celda, me senté en la cama y de pronto me sentí exhausto. Barak entró al instante. Desprendía un aire jovial.
—De modo que ya has vuelto —dije—. Creí que encontrarías un rincón tranquilo con la señorita Reedbourne.
—Imposible, con la señorita Marlin custodiándola. Parecía furiosa cuando os fuisteis. Me pregunté adonde iríais tan precipitadamente.
—Visité al prisionero mientras tú coqueteabas.
—¿Cómo está?
—Radwinter lo vigila como si le fuera la vida en ello. Y en cuanto a la señorita Jennet Marlin, cree que cortejas a Tamasin para obtener un puesto en el servicio de la corte.
Se echó a reír.
—¡Que la parta un rayo! Le da miedo perder a Tamasin.
—¿Por qué valora tanto a la chica? —pregunté—. No da la impresión de que puedan ser amigas.
—Se lo pregunté a Tamasin. Por lo visto, a la señorita Jennet le gusta la alegría de Tamasin. Dice que la distrae de sus preocupaciones, de la inquietud por su prometido en la Torre. —Se encogió de hombros con aire impaciente—. No hay quien entienda a las mujeres.
—Tuve el placer de disfrutar de su compañía por el camino. Parece que me profesa una profunda aversión. Cree que soy de los que harían cualquier cosa por escalar puestos y aprovecharme de los demás. Se puso tan furiosa que no estoy seguro de que no esté algo trastornada.
—También hablé con Tamasin acerca de lady Rochford —siguió Barak—. Al parecer todas las mujeres la temen, lo único que hace es propagar rumores maliciosos sobre todo el mundo. Dicen que le pagaron por llevarle chismorreos a lord Cromwell acerca de las esposas a quienes servía como dama de compañía: Juana Seymour y después Ana de Clèves.
—¿Y Catalina Howard?
—Parece que se han hecho amigas íntimas, pero Tamasin dice que la reina no debería confiar en lady Rochford lo más mínimo. La señorita Marlin tampoco simpatiza con ella. Dice que no tiene moral.
—¿Y quién la tiene en esa corte? Me parece que nuestra altanera señorita Marlin es una mujer ingenua. —Suspiré—. Bien, ¿qué harás mañana mientras yo reciba a la comitiva real? ¿Volverás a ver a Tamasin?
—Estará ocupada preparando la llegada de la reina. Quizá vaya a la ciudad para ver entrar a la comitiva. —Me miró—. Tamasin considera que fuisteis un poco tosco con ella cuando hablábamos de la reina.
—No puedo olvidar su artimaña. Barak, he tenido malas noticias.
Le hablé de la enfermedad de Giles Wrenne y su petición de ayuda para encontrar a su sobrino.
—Pobre viejo imbécil. —Barak se estremeció—. Es duro.
—Le dije que tú también lo ayudarías, cuando volvamos a Londres.
—Sí, por supuesto. ¡Cómo quisiera estar allí ya!
—Yo también. —Hice una pausa—. Al hablar de Tamasin, la señorita Marlin mencionó que está sola en el mundo, que su madre murió, pero no habló de su padre. Por lo visto tiene algo de dinero, legado de su abuela.
—Tamasin no sabe quién es su padre. Su madre nunca se lo contó. Había de ser alguien de la corte, pues ese era el único mundo que conocía su madre, trabajando como costurera para la reina. Tiene alguna sospecha, pero no lo sabe a ciencia cierta.
—¿Hum?
Pareció incomodarse.
—Fantasías de chicas.
Sonreí.
—¿Fantasea tal vez con ser hija de un noble? —Barak se encogió de hombros y supe que había dado en el clavo—. ¿Volverás a ver a Tamasin cuando estemos de regreso en casa? —le pregunté con despreocupación deliberada.
—Quizá.
«Yo creo que sí —pensé—. Creo que estás enamorado, tal vez por primera vez en tu licenciosa vida». Me pregunté si ello significaría que se quedaría conmigo.
—Ya sabréis que Tamasin ha visto a la reina —apuntó.
—Sí, me lo comentó ella.
—Dice que es más niña que mujer. Hay alguna que otra controversia porque le ha conseguido un empleo a su viejo amigo Dereham, que ahora se dedica a dar órdenes a lady Rochford sobre los preparativos. Tamasin dice que la vieja bruja está de un humor de perros.
Me encogí de hombros. No me interesaban los rumores relacionados con la casa real.
Barak guardó silencio unos instantes y luego añadió, con voz más grave:
—He estado pensando en maese Craike, en qué podría traerse entre manos anoche.
Asentí, reflexivo.
—Sí, si alguien tiene libre acceso a St. Mary, es él. Y estaba en pie y cerca cuando mataron a Oldroyd. Además, su cargo le permite fácil acceso a todas las llaves. Como las de la sala capitular.
—Aunque, como bien dijisteis, no encontraron nada cuando lo registraron.
—¿Y si tenía un cómplice? ¿Y si hablaron con Oldroyd y este se negó a entregar los documentos? Lo matan y entonces aparezco yo con ellos en la Heredad del Rey.
—Y el cómplice os golpea y huye, mientras que Craike se queda en su despacho. Pero ¿por qué no mataros, sabiendo que habíais visto algunos de los documentos?
—No lo sé —contesté, cansado—. Y, de algún modo, no puedo creer que Craike estuviera implicado en la conspiración. No lo veo con arrestos de llevar a cabo ninguna tarea peligrosa. ¿Y cuál es la conexión con Broderick? ¿Son las mismas personas quienes intentan envenenarlo?
—¿Por qué, si están en el mismo bando, en el de los conspiradores?
—Tal vez pidió que le llevaran veneno —dije con voz pausada—. Ahora habla de forma enigmática. Si se le procuró un modo de quitarse la vida, eso le impediría hablar. Pero ¿cómo lo hicieron? —Me senté, ceñudo—. Esos malditos documentos… Creo que contienen algo de valor para los conspiradores. No puede ser de otro modo, si el Consejo Real se ha interesado por el asunto. Gente implicada en la conspiración, buscando los documentos y también intentando quitar de en medio a Broderick para que no pueda decir lo que sabe.
—Si eran conspiradores, ¿por qué no les entregó Oldroyd los documentos?
—Tal vez no confiaba del todo en ellos. Cielos, le dieron una muerte terrible. Pero a mí me dejaron con vida. Por accidente o de forma deliberada. Por Dios, espero que esto último fuera su intención. —Tomé aire—. Alguien del Consejo Real me entrevistará mañana, sin duda después de la presentación al rey. Es una idea que no me atrae nada.
—Quizá quieran enviarnos a casa —dijo Barak.
Sonreí, irónico.
—Confío en ello. No me importaría, aunque fuera en la deshonra. No quiero seguir con esto. Maldigo a Cranmer por asignarme la supervisión de Broderick. — Estiré los brazos hacia el techo—. Santo Dios, Barak —dije, enfático—. No sabes cuánto deseo que pase el día de mañana.