Soberano
Capítulo 13
Todos los huéspedes se encontraban ausentes, trabajando; el edificio estaba vacío y en el hogar ardía un pequeño fuego. Barak fue a buscar una banqueta y la llevó a mi cubículo. También me trajo el bonete, que debió de recoger en el despacho de Craike cuando me encontró. Había vuelto a clavar rudimentariamente la pluma con lo que quedaba de aguja.
Cerré bien la puerta, saqué un pedazo de papel grande del morral y lo extendí sobre la cama, mientras él afilaba una pluma de ganso para mí.
—¿Estáis seguro de que recordáis el árbol genealógico?
—Sí. —Me acomodé mejor en la banqueta, tratando de relajar el cuello—. Aún estoy algo aturdido, pero el dudoso cumplido de Maleverer es cierto: los abogados tenemos facilidad para memorizar documentos. Déjame ver qué consigo recordar.
Mojé la pluma en el tintero. Me alivió que Barak no pareciera furioso conmigo por lo de Tamasin. Se sentó con aire alicaído y se quedó mirándome mientras yo elaboraba el árbol. Recordé que la línea de sucesión que acababa en el actual rey presentaba un trazo más grueso y ejercí un poco más de presión con la pluma sobre el papel. No tardé en acabar un primer esbozo de lo que había visto.
—Cuando trabajaba para lord Cromwell, vi muchos árboles genealógicos en el palacio Whitehall —dijo Barak—. Pero este parece algo diferente…
—Sí, han omitido a varios hijos, como el de Ricardo III, que murió joven.
—Y a las dos hermanas del rey.
—Sí. —Fruncí el ceño—. Todas las genealogías narran una historia. Su finalidad es siempre demostrar el legítimo derecho de una persona a un título por medio de su linaje. El de los Tudor era tan débil que se vieron obligados a colocar en todos los edificios oficiales árboles genealógicos ilustrando los matrimonios que lo refuerzan.
Barak escrutaba el árbol.
—La descendencia de nuestro rey de Eduardo IV está resaltada. —Me miró—. Así que este árbol refuerza el legítimo derecho del rey.
—Y aun así incluye a la familia del duque de Clarence, que la mayoría omite. Mira esto: aquí están su hija Margarita, condesa de Salisbury, y su hijo, lord Montagu, de quien hablamos con maese Wrenne; ambos han sido ejecutados este año. Y los jóvenes hijos de Montagu, que desaparecieron en la Torre. —Me froté el mentón—. ¿Se refuerza la legitimidad del rey por alguna otra razón?
—Las princesas María e Isabel no están resaltadas.
—No lo estaban en el árbol que vi. Recuerda que ninguna ha reclamado el trono; cuando los matrimonios del rey con Catalina de Aragón y Ana Bolena quedaron anulados, sus hijas fueron declaradas ilegítimas. El príncipe Eduardo, hijo de Juana Seymour, es el único heredero del rey.
—A menos que los rumores sean ciertos y la reina Catalina esté encinta.
—Sí, ese hijo sería el segundo en la línea de sucesión y aseguraría la dinastía Tudor. Pero ¿realmente está encinta? —Al volverme para mirar a Barak sentí un latigazo en el cuello. Aunque el recinto estaba vacío, bajé la voz—. El divorcio del rey y Ana de Clèves el pasado año alegaba «no consumación»; él dijo que la encontraba tan repulsiva que no podía copular con ella. Sin embargo, cuando se discutió el acta de Anulación en el Colegio de Lincoln, hubo quien dijo que quizá el rey, entonces enfermo, como lo está ahora con frecuencia, se había quedado impotente; que contrajo matrimonio con la joven y hermosa Catalina Howard con la esperanza de que ella lo estimulara.
—La gente comentaba lo mismo en las tabernas. Pero en voz baja, como vos.
—Tal vez averigüemos si la reina Catalina está encinta cuando llegue el rey. Quizá lo anuncien desde esos pabellones. —Volví a examinar el árbol genealógico—. En cualquier caso, este árbol es bastante ortodoxo.
Barak señaló el nombre que encabezaba la lista.
—¿Quién era Ricardo, duque de York? Confieso que me pierdo entre la competición de legitimidades que hubo durante la Guerra de las Dos Rosas.
—Todo se remonta a mil trescientos noventa y nueve, con el derrocamiento de Ricardo II como tirano. No tenía hijos y entre sus primos surgió una feroz rivalidad que desembocó en una guerra; en mil cuatrocientos sesenta y uno, Enrique VI, de la casa Lancaster, fue destronado, y subió al trono Eduardo IV, de la casa de York. El padre de Eduardo, Ricardo, duque de York, habría sido rey, pero murió en el campo de batalla el año anterior.
Barak siguió la línea con el dedo.
—Y Eduardo IV era el abuelo de nuestro actual rey.
—Sí, por parte de madre, que fue Isabel de York. Se dice que el rey se parece mucho a él.
—Pero ¿qué hay de la legitimidad del padre de nuestro monarca, el rey Enrique VII?
—Sus argumentos eran débiles, pero unió su linaje al de Eduardo IV casándose con su hija. Por eso la posición del rey Enrique es dinásticamente sólida.
El dedo de Barak ascendió sobre el papel.
—Cuando Eduardo IV murió, su hijo, Eduardo V, heredó el trono por un breve espacio de tiempo, ¿no es así? Pero él y su hermano fueron asesinados cuando Ricardo, el hermano del rey Eduardo, usurpó el trono.
—Cierto. Los Príncipes de la Torre. —Suspiré—. Aquí hay algo interesante. El nombre de Ricardo III aparece acompañado de un apodo: el Jorobado. —Barak pareció incómodo y le brindé una sonrisa lánguida—. Oh, no nos andemos con eufemismos. Se dice que Ricardo III era jorobado, aunque otros sostienen que es una patraña inventada por los Tudor, porque los jorobados tenemos fama de traer mala suerte y muchos interpretan nuestro físico como una señal de degeneración de carácter. El hecho de que el autor del árbol haya escrito «de apodo» indica que no creía los rumores que circulaban sobre el rey. En cualquier caso, la toma del trono por parte de Ricardo III enojó al país, de modo que cuando el padre del rey se alzó contra él, obtuvo cuantioso apoyo. Luego aseguró la legitimidad de sus herederos casándose con Isabel de York.
—Y el duque de Clarence, el otro hermano de Eduardo IV, ¿murió antes que él?
—Fue ejecutado por traición. También había intentado hacerse con la Corona.
—Cielos, menuda familia. La madre de esos tres, Cecilia Neville… Maleverer la mencionó. Dijo que todo empieza con ella.
—Sí, y noté cierta acritud en su voz. —Fruncí el ceño—. Me pregunto por qué. Todos los que figuran en este árbol son sus descendientes, pero también lo son de Ricardo de York y la dinastía que parte de él.
Barak reflexionó unos instantes.
—Si los conspiradores hubiesen derrocado en primavera al rey, el joven príncipe Eduardo sería el legítimo heredero.
—Sí, pero sería un niño, un niño monarca, el modo más efectivo de instigar conflictos en el seno de la nobleza. No, si los conspiradores pretendían reemplazar al rey, habrían elegido a Margarita de Salisbury.
—Sí.
—Y los conspiradores los habrían apoyado por un motivo esencial: toda la familia es papista, como ellos. El hermano de Montagu, Reginaldo Pole, es cardenal en Roma.
—Santo Dios.
—Y ahora el linaje otorga al rey no solo el derecho al trono, sino el mandato de la Iglesia en lugar del Papa. Como me dijo Cranmer: «Cuando algo conmueve la conciencia del rey, es Dios quien habla por su boca», concediéndole el derecho a promulgar o abolir políticas religiosas. —Arqueé las cejas—. Cualquiera que subiera al trono asumiría al mismo tiempo el título de Defensor de la Fe.
—Dios hablando por boca del rey. —Barak sacudió la cabeza—. Tal idea siempre me ha parecido tan estúpida como la de que habla por boca del Papa. Aunque confiere mucho poder al regente.
Era la primera vez que hablaba con tanta franqueza de sus creencias. Asentí despacio.
—Convengo contigo, pero hablar de ese modo es traición.
—Eso creen muchos.
—En efecto. Pero pongámonos en marcha, estamos metiéndonos en aguas turbulentas. —Alisé el papel con cuidado—. Toma, lleva esto a Maleverer y asegúrate de que solo llega a sus manos.
Vaciló.
—¿No convendría hacer una copia?
—No, será mejor no volvamos a tentar a la suerte. Además, ya tengo una. —Me di unas palmadas en mi magullada cabeza—. Aquí.
Cuando Barak se marchó, me tumbé en el catre. Me quedé dormido de inmediato y no volví a despertarme hasta que Barak me sacudió por un hombro, varias horas después.
—Son casi las cinco. Habéis dormido toda la tarde. —Parecía más alegre.
Me senté. Tenía la cabeza despejada, pero sentí una punzada de dolor en el cuello.
—¿Le has llevado el árbol genealógico a Maleverer?
—Sí, y me lo agradeció con un gruñido. —Pareció dudar—. Después fui a ver a la señorita Tamasin.
—¿Qué?
—Di una propina a un guardia para que fuera a buscarla con la excusa de que le llevaba noticias de un pariente. —Me dirigió una de sus miradas directas y francas—. Comprendo que considerarais necesario revelar a Maleverer lo que había hecho Tamasin, pero quería que ella supiera que no había sido decisión mía.
—Entiendo.
—Me perdonó enseguida. Y admitió su culpa al engañarnos, aunque también dijo que no se arrepentía. Dios, qué temperamento.
Gruñí.
—En más de una ocasión me has dicho que te gustan las mujeres que saben mantenerse en su lugar.
—No me gustan las mujeres autoritarias, pero Tamasin no lo es. De hecho… — añadió, sonriendo— nunca había conocido a nadie como ella.
—Las mujeres con temperamento pueden llegar a gobernar a sus hombres.
—Oh, vamos —exclamó, vehemente—. Eso no es del todo cierto. ¿Cuántas veces me habéis dicho que admiráis a las mujeres con opinión propia, como lady Honor?
—Cuanto menos me recuerden a lady Honor Bryanston, tanto mejor. —Fui consciente de la amargura en mi propia voz al recordar mi desventurado escarceo del año anterior—. Y yo no confundo la imprevisión insensata con una mentalidad independiente.
—Bien, la veré mañana por la noche en el ensayo del espectáculo musical, según acordamos.
—¿Te parece prudente? Maleverer no está muy contento con lo que hizo.
—No es de su incumbencia los devaneos sin implicaciones políticas que puedan surgir entre hombres y mujeres. —Volvió a mirarme con dureza—. ¿Lo desaprobáis?
—Yo no tengo por qué aprobarlo —contesté a la defensiva.
Seguía albergando dudas con respecto a la chica, pero también comprendí que mi rechazo se debía a los celos, no de que a Barak lo cortejase una muchacha hermosa, sino de que ella atrajera la atención de uno de los pocos amigos auténticos que tenía.
Cambié de tema y pregunté a Barak si había visto a maese Wrenne.
—En el patio, cuando iba a al encuentro de Maleverer. Y de lejos. Se dirigía a la barbacana y no se fijó en mí.
—¿Estaba bien?
—Sí. Me pareció ver una leve sonrisa en sus labios.
—Gracias a Dios. Temía que Maleverer lo sometiera a un duro interrogatorio.
—Ya os dije que sabe cuidar de sí mismo.
—Sí. —Me puse en pie—. Bien, creo que debería salir a pasear. Necesito aire fresco.
—¿Queréis compañía?
Sonreí.
—Claro.
Fuera se había levantado viento y percibí en el aire el olor que precede a la lluvia.
—Ya ha llegado el otoño —observé.
Sentí la cabeza más clara, pero la lucidez llegaba acompañada de cierta aprensión. Observé a las personas que iban y venían; alguien, alguna de ellas, me había agredido. ¿Volvería a intentarlo? Agradecí la compañía de mi ayudante.
Dejamos atrás el recinto de los animales. A un lado habían colocado dos grandes jaulas metálicas con sendos osos agazapados. Los enormes animales miraban a su alrededor con sus pequeños ojos rojizos y rebosantes de miedo y cólera.
—Entre los espectáculos públicos que se ofrecerán al rey se prevé una lucha de osos y perros —dijo Barak—. Apuesto a que no asistiréis.
Esbozó una leve sonrisa, pues le resultaba extraña la aprensión que me inspiraba esa clase de actos.
—No, no iré —me limité a contestar.
—Hace un rato, cuando estaba en el patio, vi que traían un montón de gallos de pelea; otra distracción para los soldados y los obreros. No se les permite acceder a la ciudad para evitar que riñan con los ciudadanos de York. Me dijeron que han llevado los gallos a la sala capitular.
Sacudí la cabeza.
—Es asombroso cómo lo están poniendo todo del revés.
Caminamos por un lateral de la iglesia hasta llegar al patio principal. Hombres subidos a escaleras de mano colgaban pendones en los pabellones, con los colores verde y blanco de los Tudor, la cruz roja sobre fondo blanco de Inglaterra y, para mi asombro, banderas azules con la cruz oblicua blanca. Las señalé.
—¡Mira! ¿No es esa la bandera escocesa? ¡Cielo santo, va a venir el rey Jacobo! ¡De ahí toda esta parafernalia!
Barak silbó.
—Un encuentro de reyes.
—De modo que el rey Enrique ha venido a congraciarse con los escoceses, no solo con los habitantes de York. Persigue un tratado de paz. —Negué con la cabeza —. El rey Jacobo estaría loco si abandonara su alianza con los franceses, es lo único que los ha protegido de una invasión.
—Tal vez esté ofreciendo al rey Jacobo la oportunidad de elegir entre un tratado de paz y una invasión.
—Si este es el motivo de todo esto, entonces la reina Catalina no debe de estar encinta, a fin de cuentas.
Paseé la mirada por el patio, menos concurrido ya, una vez terminado el trabajo de construcción. Los hombres cargaban en carretas el material sobrante y depositaban más losas cerca de la casa solariega para pavimentar la tierra y evitar con ello que el rey —los reyes— se manchara la capa. Me estremecí y volví a sentirme fatigado.
—Vamos, volvamos por la iglesia para ver cómo están los caballos.
En la iglesia monástica había multitud de obreros. A lo largo de la nave se habían dispuesto más hileras de establos para los caballos, y los hombres cubrían el suelo con paja y apilaban balas de heno que servirían de forraje. El susurro de la paja y el ruido sordo que producían las pacas al caer resonaban en el lugar. Mientras avanzábamos por la iglesia, otro sonido se hizo audible: un iracundo cacareo procedente de la sala capitular. Caí en la cuenta de que debía de haber centenares de gallos de pelea y me pregunté si confundirían las estatuas sagradas con personas reales, como le había ocurrido a Barak. Miré alrededor. Pese a todos los arcos abovedados que permanecían en pie, aquel era el cadáver de una iglesia, un cadáver exhibido para la mofa y la profanación, como se decía que habían hecho con el de Ricardo III tras la batalla de Bosworth. Sentí un repentino mareo y me acerqué a un banco que alguien había dejado en medio de la nave.
—Tengo que descansar un momento —dije.
Barak se sentó conmigo. Permanecimos un rato en silencio y luego me volví hacia él. Esbocé una mueca de dolor al sentir un espasmo en el cuello.
—Me pregunto si corro algún peligro ahora —comenté.
—¿Os referís a si vuestro agresor os habría matado de no haber intervenido Craike?
—No estoy seguro de que Craike interviniera.
—¿Queréis decir que él es el agresor?
—No, no lo es. De lo contrario, al registrarlo habrían encontrado el garrote o lo que fuera que empleara. Y también esos malditos documentos. No, quiero decir que el agresor ya había salido de la sala cuando Craike llegó al pasillo. Piénsalo. Es un corredor muy largo. Quienquiera que me atacara habría oído los pasos de Craike cuando este alcanzó el otro extremo. No habría podido salir de la sala y echar a correr escalera abajo sin que Craike lo viera. Y Craike dijo que oyó los pasos de alguien que bajaba, no de alguien que corría.
—De modo que el agresor creía que os había matado.
—A menos que no quisiera matarme, sino solo dejarme inconsciente. Supongamos que entró en la sala justo cuando yo sacaba la confesión de Blaybourne de la caja y me golpeó antes de que me diera tiempo a leerla.
—Si es tan importante, sin duda os habría matado.
Suspiré.
—Sí, siempre y cuando no creyera que ya estaba muerto. En tal caso, demostró despreocupación. Y, cuando vea que estoy vivo, podría volver a intentarlo.
—Pero el daño ya está hecho. Le habéis dicho a Maleverer todo cuanto visteis.
—Puede que el agresor no sepa eso.
—Entonces tendremos que estar alerta —dijo Barak.
—Gracias por hablar en plural. Me pregunto qué importancia tendrán esos documentos… Un árbol genealógico de aspecto ortodoxo, una copia de la leyenda del Topo, un acta del Parlamento que Maleverer asegura que es falsa y una confesión de alguien llamado Blaybourne, cuyo nombre parece infundir terror en quienes tienen el poder. Había más papeles, bastantes, que parecían declaraciones. ¿Quién los robó? ¿Un conspirador, para que no llegaran a manos del rey? Pero, en ese caso, ¿por qué no se los dio Oldroyd? Deduzco que ese fue el motivo por el que lo asesinaron.
—No lo sé. Dios, cómo quisiera volver a casa.
—Yo también.
Me estremecí al sentir el frío viento que se colaba por una ventana arqueada y hueca. Contemplé el cielo gris a través de ella; empezaba a oscurecer. Oldroyd debía de haber quitado aquel vitral. Me pregunté qué suerte correrían su casa y su negocio; él también había muerto sin herederos.
—¿En qué pensáis? —preguntó Barak.
—En que desde que llegamos aquí no he hecho más que cavilar en genealogías.
En personas como el rey, que tiene herederos, y en personas como Wrenne y Oldroyd, que no los tienen. Y en mí, quizá. —Sonreí con tristeza—. Supongo que tu árbol genealógico se remontaría a Abraham, por la sangre judía de tu padre.
Se encogió de hombros.
—Y todos descendemos de Adán, el primer pecador. Yo también soy el único hijo de mi padre. Me gustaría que mi linaje se perpetuara. —Esbozó una sonrisa amarga —. El linaje secreto de sangre judía. —Se volvió hacia mí—. Vos aún podéis casaros. Aún no habéis cumplido los cuarenta.
—Los cumpliré el próximo año. Entonces, la gente empezará a considerarme un viejo.
—Un viejo diez años más joven que el rey.
Suspiré.
—Después de lady Honor, el año pasado… —Cambié de tema—. De modo que te has reconciliado con Tamasin.
—Sí. —Sonrió y luego me miró muy serio—. Creo que la asustaba que la reprendieran en presencia de Maleverer, aunque intentó disimularlo. Me dijo que la señorita Marlin fue muy dura con ella, pero que le ha prometido que no contará nada a lady Rochford.
Asentí.
—Lo hace por su propia conveniencia. Lady Rochford podría culpar a la señorita Marlin de no controlar convenientemente a la chica. Jennet Marlin es una criatura extraña. ¿Qué opina de ella la joven Tamasin?
—En esencia, que es una patrona amable, curiosamente. Fue ella quien escogió a Tamasin para venir a York. Creo que a Tamasin le da pena porque las demás mujeres se ríen de ella. Es una muchacha de buen corazón.
—Toda una virtud en una mujer. —Volví a palparme la nuca—. Cielos, estoy cansado. Debería ir a la prisión esta noche, pero no me siento con fuerzas para volver a cruzar York de noche.
—No me extraña, después de la agresión. Hoy deberíais descansar.
—Iré mañana, y visitaré también a maese Wrenne. Estoy tomando aprecio a ese anciano. —Guardé un breve silencio y añadí—: Está solo. Eso me recuerda a mi padre, y me siento culpable por no haberlo visitado en todo el año previo a su muerte.
Los acontecimientos del día parecían habernos predispuesto extrañamente a las confidencias, allí, bajo la enorme bóveda profanada de la iglesia, entre el susurro de la paja y el cacareo de los gallos de pelea.
—Yo a veces sueño con mi padre —dijo Barak—. Cuando era pequeño, siempre quería abrazarme y yo me escurría porque no soportaba el olor de su profesión: el vaciado de fosas sépticas. A menudo sueño que se acerca a mí con los brazos abiertos, pero yo percibo su hedor y me escapo, como hacía entonces; no puedo evitarlo. En ese instante me despierto con ese olor en la nariz. Pensé en esto cuando llevaron al aprendiz en presencia de Maleverer. —Se llevó una mano al pecho, donde yo sabía que llevaba colgada la antigua mezuzá que su padre le había legado—. Quizá esos sueños se nos envían para castigarnos —concluyó en voz baja—, para recordarnos nuestros pecados.
—¿Intentabas consolarme? Porque debo decirte que no lo has conseguido.
—Sí. —Se puso en pie—. Este sitio es lúgubre.
—Me pregunto qué será de ese muchacho.
—¿El joven Green?
—Fue una cruel humillación la que le impuso Maleverer, enviarlo a la ciudad desnudo de cintura para abajo.
Barak contuvo una carcajada.
—Lo siento —dijo—, pero fue muy gracioso. Seguramente los lugareños se compadecerán de él. Encontrará otro patrón. Vamos. ¿Cenamos algo antes de acostarnos?
—Sí.
Me levanté y nos encaminamos hacia la puerta más alejada.
Se volvió hacia mí.
—Siento mucho haberos hecho perder los documentos. No tengo palabras.
Le di una palmada en el hombro.
—Sin reproches. No sirven de nada.
Fuimos a ver los caballos; felicitamos al mozo de cuadra por lo bien que cuidaba de ellos y nos dirigimos al comedor comunitario. Caminamos alerta, vigilando todos los rincones oscuros. El refectorio estaba más concurrido y bullicioso que la noche anterior. Los carpinteros, concluido su trabajo, estaban muy animados. De permitirles el acceso a la ciudad esa noche, sin duda habría habido jarana y también alguna que otra nariz rota. Volvía a sentirme cansado y me alegré de regresar a mi catre. Barak dijo que iba a la ciudad, «a ver qué puedo averiguar».
—Nada de aventuras.
—No, las reservo todas para Tamasin. ¿Os despierto a las seis?
—Sí.
Se marchó y yo me sumí en un sueño profundo y, por suerte, tranquilo, perturbado solo cuando los abogados y los secretarios regresaron, ya tarde, y se acostaron. Sin embargo, no fue Barak quien me despertó a la mañana siguiente, sino un soldado que me zarandeó sin remilgos. Aún era de noche. Lo miré. Era el joven sargento Leacon, que llevaba un farolillo. Estaba muy serio. Aterrado, sentí un vuelco en el corazón y por un instante temí que Maleverer hubiese ordenado arrestarme.
—¿Qué ocurre?
—Me envían para que os escolte al castillo de York, señor. De inmediato —dijo —. El prisionero Broderick ha sido envenenado.