Soberano

C. J. Sansom · Capítulo 30 de 50

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Soberano

Capítulo 30

 

Aquella tarde regresamos al castillo para abordar las últimas súplicas. Los huesos de Aske habían desaparecido por completo; no quedaba más señal de sus restos que una delgada veta roja en lo alto de la torre. Parecía sangre, pero entonces caí en la cuenta de que las cadenas debían de haberse oxidado.

Encontré a Giles insólitamente severo con los suplicantes e intervine en un par de ocasiones, al ver que se impacientaba ante los titubeos de alguno de ellos. Acabamos hacia las cinco; maese Waters recogió sus papeles y nos hizo una reverencia.

—Bien, caballeros —dijo—. Os deseo un plácido viaje a Hull.

—Gracias —contesté—, aunque solo el cielo sabe cuándo llegaremos.

—Sí, el rey parece dispuesto a prolongar su estancia.

Waters abandonó la sala y yo me volví hacia maese Wrenne. Tenía un aspecto pálido y cansado, y, al ponerse en pie, su corpulenta figura se encorvó. Había comprado un bastón ese mismo día y apoyó todo su peso sobre él, de un modo tal que, extrañamente, me recordó al rey.

—¿Sentís dolor, Giles? —pregunté.

Asintió.

—Sí. ¿Seríais tan amable de acompañarme a casa, de cederme vuestro brazo?

—Por descontado —respondí, conmovido por el acento de York que había ido adoptando.

Lo ayudé a bajar la escalera y salimos a la calle; Barak nos siguió. Giles se estremeció al percibir el frío viento.

—¿Cuánto tiempo va a permitir nuestro monarca que el rey Jacobo lo haga esperar? —exclamó, ansioso—. ¡No va a venir!

—No sabemos qué mensajes se están transmitiendo entre York y la corte escocesa.

—¡No va a venir! —repitió Wrenne, enérgico—. ¡Por Dios! ¿Vendríais vos a un país extranjero y os pondríais a merced de alguien como el rey Enrique?

Barak miró a su alrededor, inquieto; por suerte, nadie estaba lo bastante cerca para oírnos.

—Hablad en voz baja, Giles —lo insté.

Y lo hizo al añadir:

—Digo la verdad, como bien sabéis. Oh, Dios —exclamó, con sorprendente vehemencia—, cuánto deseo irme a Londres.

Lo dejamos con Madge y regresamos a la Heredad del Rey. Recé por que se le concedieran fuerzas suficientes para hacer su último viaje de reconciliación. Habíamos acordado reunimos con Tamasin para cenar. En el refectorio encontramos una atmósfera informal; los presentes bromeaban y comían despreocupados como antes de la llegada del rey: se habían acostumbrado a su presencia. Tamasin estaba sentada a la mesa que ya habíamos hecho nuestra, situada al fondo y con buenas vistas de la puerta. Llevaba un bonito vestido azul y una pequeña toca; la melena, brillante y dorada, le caía sobre los hombros.

—¿Has tenido una tarde ajetreada, señorita? —le preguntó Barak, afectuosamente.

—Ha sido bastante tranquila. Los reyes han vuelto a pasar el día de caza. Buenas noches, señor —me saludó, sonriente.

—Buenas noches, Tamasin. —Me senté al lado de Barak con cierta sensación de carabina—. Creo que luego iré directamente a la hospedería y ya no me moveré de allí —dije—. Tengo que revisar algunos documentos. —Era mentira, pero eso les permitiría estar a solas un rato. Tamasin, captando mis intenciones, me brindó una sonrisa agradecida—. Hoy he mantenido una interesante charla con la señorita Marlin —le informé—. Me habló de su prometido.

—Pobre señorita Marlin. Siempre le cuenta lo mismo a todo el que esté dispuesto a escuchar. Debería preocuparle que sus acusaciones puedan llegar a oídos de sir William.

—Dudo que le importe. No parece pensar en otra cosa que en la encarcelación de maese Locke.

—¿Y no es comprensible? —preguntó Tamasin—. ¿No lo es, cuando el hombre al que ha amado toda la vida está encerrado en la Torre? Algunas damas hacen comentarios crueles, y los comentarios crueles pueden herir…

—Lo sé bien.

—Aunque ella nunca ha tenido ningún arrebato de cólera, siempre se ha contenido. A veces he sentido ganas de llorar por ella.

—Ella cree que su destino y el de maese Locke es casarse y estar juntos. No estoy seguro de que ese grado de devoción sea saludable.

Tamasin sonrió, aunque con cierta frialdad.

—Admiro su determinación.

Se produjo un silencio incómodo entre los tres, hasta que Barak se inclinó hacia delante.

—Hay algo que deberíamos decirte, Tammy. Maese Shardlake sufrió un nuevo ataque anoche.

—¿Qué?

Me miró y advertí tensión en su rostro y sombras bajo sus ojos. Barak le refirió el episodio del oso. Cuando hubo acabado, la muchacha inspiró profundamente, temblorosa.

—Entonces, de no haber sido por los soldados, ¿podríais haber muerto?

—Sí —contestó por mí Barak—. De no haber estado cerca, custodiando al prisionero.

—¿Broderick? —preguntó.

La miré con severidad.

—¿Qué sabes de Broderick? Su presencia aquí se ha guardado en secreto. —Me volví hacia Barak—. ¿Se lo has contado tú? Cuanto menos conozca de todo esto, tanto más segura estará.

Barak parecía violento.

—Sí, pero bastantes personas están ya al corriente.

—Tenemos que ser cautelosos con lo que decimos.

Tamasin me dirigió una mirada de insólita dureza.

—Yo siempre soy cautelosa, señor. La vida me ha enseñado a serlo.

—Tammy dice que lady Rochford la vigila de cerca —comentó Barak.

—Así es.

Mientras Tamasin se servía potaje de la olla común, vi que le temblaban las manos y volví a comprender la presión bajo la que se encontraba desde aquel encuentro con Culpeper. Sabía disimular, pero esa noche se traicionó.

 

Pasó un día, y otro, y otro más, y seguía sin saberse nada del rey de Escocia. Los guardias permanecían frente a los pabellones y las tiendas, cuyas superficies se limpiaban con delicados cepillos a diario. Un día, caminando con Barak por el patio, vi a sir Richard Rich a la entrada de uno de los pabellones, escrutándome con frialdad. Nos dimos la vuelta.

—¿Alguna novedad en el caso Bealknap? —preguntó Barak.

—No. Escribí a Londres para comunicar al Consejo que debíamos proceder, que ahora albergo esperanzas en el asunto. Dudo que hayan recibido la carta; Rich habrá ordenado que intercepten mis misivas antes de que se las lleve el correo.

—Entonces, ¿por qué escribirlas?

—Para que sepa que mi decisión es firme.

Barak arqueó las cejas, pero no dijo nada más. Me aventuré a mirar atrás. Rich había desaparecido.

 

El tiempo se mantuvo agradable, aunque el frío se intensificó. Las hojas seguían cayendo en el patio, y periódicamente las amontonaban en pilas y las quemaban. Fui a visitar a Giles al día siguiente. Se había recuperado, pero vi que sus recias mejillas volvían a parecer algo más flácidas. Cenamos a solas y me explicó historias de los casos que había llevado en York a lo largo de los últimos cincuenta años; historias de abogados, algunas divertidas y otras trágicas. Aun así, supe que tenía algo en mente.

—Giles —lo interrumpí en un momento dado—. ¿Habéis pensado en escribir a vuestro sobrino? Podríais enviarle una carta mediante un correo rápido.

Sacudió enérgicamente la cabeza.

—No. Nuestra disputa fue amarga, Matthew. Seguramente rechazaría la carta. Necesito verlo cara a cara. Además, no tengo su dirección. —Me miró con fijeza—. Creéis que no estoy en condiciones de viajar.

—Vos lo sabréis mejor que yo, Giles. —Vacilé unos instantes antes de añadir—: Por cierto, ¿en qué despacho ejercía Martin Dakin, antes de vuestra discusión?

Me miró.

—En Garden Court. ¿Por qué?

—Eso nos ayudará a encontrarlo. Probablemente siga allí.

«El mismo despacho que Bernard Locke», pensé. Un lamentable infortunio. O tal vez solo una coincidencia; no había tantos despachos en el Colegio de Gray y sabía que los abogados del norte tendían a permanecer juntos. Pero era algo que no le diría para no preocuparlo innecesariamente.

A las diez apareció Barak, como habíamos acordado, para acompañarme de vuelta a la hospedería. Al llegar a la puerta, Giles posó una mano en mi brazo.

—Gracias por vuestro interés —dijo—. Me cuidáis como a un padre.

—No, no —repuse—. Solo como a un buen amigo. Gracias por esta agradable velada, Giles. Me ha ayudado a evadirme de mis tribulaciones.

—¿Ya habéis resuelto el problema de las tierras de vuestro padre?

—Pronto. He escrito al acreedor hipotecario para decirle que saldaré la deuda en cuanto cobre el trabajo que estoy haciendo aquí.

—No obstante, será triste desprenderos de la granja de la familia.

—Sí —convine, aunque no había dedicado ni un solo pensamiento a la granja.

Caer en la cuenta de que no albergaba sentimiento alguno por el hogar de mi infancia me hizo sentir culpable. De pronto vi el rostro de mi padre. Tenía una expresión triste, decepcionada.

—¿Seguro que es eso todo cuanto os preocupa, Matthew? —preguntó Giles—. Esa chica y Barak parecían terriblemente asustados el otro día. Y vos parecéis… tenso.

—Asuntos oficiales, Giles —contesté, disculpándome con una sonrisa.

Alzó una mano.

—Bien, si alguna vez os veis con ánimo de hablar de ellos, estaré encantado de escucharos. —Abrió la puerta y vi la oscura y angosta calle. Barak, que esperaba fuera, hizo una reverencia. Giles alternó la mirada entre ambos—. Volved el domingo, los dos, y os mostraré la catedral. Creo que aún no la habéis visto.

—No. Con todo lo ocurrido, había olvidado el deseo de conocerla por dentro.

—Trae a tu linda muchacha, joven Barak. Me hace bien verla.

—Gracias, maese Wrenne.

—Bien, no se hable más. Buenas noches, Matthew. Hasta el domingo.

—Buenas noches, Giles.

Nos pusimos en camino. Como me ocurría siempre que caminaba en la oscuridad, me sentí tenso y alerta ante una sombra en un umbral, unos pasos furtivos a nuestras espaldas…

Le dije a Barak que el sobrino de Giles había ejercido en el mismo despacho que Bernard Locke.

—Cuando volvamos a Londres —añadí—, iré solo al Colegio de Gray antes de llevar a Giles para saber cuál es la situación.

—Si es que algún día conseguimos irnos de York —repuso Barak con aire taciturno.

 

El día siguiente nos sorprendió con un desapacible recordatorio de nuestro encuentro con lady Rochford. Había pasado la mañana revisando con Barak las resoluciones adoptadas en el arbitraje de las audiencias antes de entregarlas en el despacho de Maleverer; esa sería mi última tarea en relación con las súplicas. Crucé la Heredad del Rey con Barak y entregué los documentos a un secretario. Habíamos acordado reunimos con Tamasin frente a la casa solariega para ir a almorzar al refectorio. Allí nos dirigíamos cuando sentí un vuelco en el corazón: lady Rochford se acercaba con un grupo de cortesanos. Culpeper no iba con ellos, pero sí Francis Dereham. Inclinamos la cabeza y apretamos el paso, con la esperanza de que nos obviaran.

—¡Señorita Reedbourne! —La aguda voz de lady Rochford a nuestras espaldas nos obligó a detenernos y darnos la vuelta. Los tres hicimos una reverencia, Tamasin con mayor intensidad, y lady Rochford se encaminó hacia nosotros—. ¿Qué estás haciendo fuera de la casa solariega, señorita? —preguntó muy seria.

También a Barak y a mí nos fulminó con la mirada. Los demás cortesanos contemplaban la escena con interés.

—Voy al refectorio, milady. La señorita Marlin me ha dado permiso.

Lady Rochford nos dirigió otra mirada altanera.

—La señorita Marlin trata a sus subordinados con excesiva laxitud. Aun así, imagino que no hay nada de malo en esto. —Me miró—. Eres afortunada de que te acompañe un caballero, si bien he oído algo sobre un encuentro con un oso, maese Shardlake. Habría sido una verdadera pena que os hubiese atacado. Tendríais que haberos llevado a la tumba todos vuestros secretos de abogado.

Soltó una risilla ronca y nerviosa. La miré con los ojos entornados. ¿Era aquello alguna clase de amenaza? Pero, no, pensé, era un comentario casual. Solo nos estaba recordando que nos vigilaba. Y, obviamente, creía que yo había puesto por escrito lo que Tamasin y Barak habían visto. No lo había hecho, pero la amenaza bastó.

—Descuidad, milady —contesté con voz firme—. Siempre guardo todos mis secretos a buen recaudo.

—Aseguraos de que así sea —repuso.

Dio media vuelta y se alejó con prisa. Seguimos caminando hacia el refectorio, pero a los pocos metros oí pasos detrás de mí. Antes de tener tiempo para volverme, noté que una mano se posaba en mi hombro y me obligaba a darme la vuelta. Francis Dereham me fulminaba con la mirada; sus rasgos saturninos estaban contraídos en una expresión ceñuda, casi salvaje, sobre la negra barba.

—¡Vos, patán jorobado! —me siseó—. He oído vuestras palabras. ¿Cómo osáis dirigiros a lady Rochford con semejante irreverencia? ¡Por la sangre de Cristo! No sois más que un abogado y mostráis una soberbia intolerable. Debería aplastaros contra el suelo por vuestra insolencia.

No repliqué. Por fortuna, Dereham no hizo ningún otro ademán amenazador, sin duda recordando que la violencia dentro del recinto de la corte real acarreaba graves consecuencias.

—Me irritáis, jorobado —añadió—. Y para una persona de vuestra condición no es nada sensato irritar a alguien de la mía. Y ahora, postraos, id hasta lady Rochford de rodillas y disculpaos.

Tomé aire. Todos los transeúntes que en aquel momento pasaban por el patio se detuvieron a contemplar la escena. Miré a lady Rochford, que estaba apostada al frente del grupo de cortesanos y por primera vez parecía no estar segura de cómo proceder. En ese instante avanzó un paso y puso una mano en el brazo de Dereham.

—Dejadlo, Francis —dijo—. No merece la pena la molestia.

Dereham se volvió hacia ella; su cólera se tornaba desconcierto. Supuse que la prudencia y el comedimiento no eran cualidades habituales en lady Rochford.

—¿Vais a dejar que se vaya sin disculparse? —insistió él.

—¡No tiene importancia!

Lady Rochford se ruborizó.

—¿Qué hay entre vos y estos individuos? —preguntó Dereham.

—Sois vos quien olvida vuestra posición ahora, Francis —repuso lady Rochford, alzando la voz—. No me cuestionéis.

—¡Qué vergüenza!

Dereham me soltó y se alejó a grandes zancadas sin mediar más palabra. Lady Rochford me dirigió una mirada furibunda que me hizo saber lo que le habría gustado hacer de no haber estado en posición de desventaja con respecto a nosotros, y se dio la vuelta con un revuelo de faldas. Los demás la siguieron.

—Dicen que Dereham sospecha que la reina le oculta algo —comentó Tamasin en voz baja.

—En tal caso, y por nuestro bien, esperemos que no descubra de qué se trata — dije—. O, cuando menos, nuestra relación con ello.

El domingo seguía sin saberse nada del rey Jacobo; llevábamos ya trece días en York. Después de almorzar, me reuní con Barak y Tamasin en el patio para ir a casa de maese Wrenne. El cielo estaba encapotado y soplaba una brisa cortante; nos arropamos con las capas.

—Estoy impaciente —dijo Tamasin con entusiasmo.

—Al menos así saldremos un rato de St. Mary —convino Barak.

Enfilamos Petergate en dirección a la imponente catedral, que iba dominando el entorno a medida que nos acercábamos a ella. Contemplé el gran ventanal de la fachada oriental, uno de los vitrales más grandes de la cristiandad. Resultaba extraño cómo me había acostumbrado a verlo, cómo se había transformado en un mero elemento más del paisaje. Los oficios religiosos habían concluido y las calles estaban desiertas, aunque vigiladas por numerosos soldados, también apostados ante las puertas que daban acceso al recinto. Cuando llegamos, dos de ellos cruzaron las picas para impedirnos el paso.

—El rey está visitando la catedral. ¿Qué asunto os trae?

Los tres nos miramos. Habría preferido dar media vuelta en ese mismo instante, pero habría sido un gesto descortés para con Giles. Mostré al guardia la autorización y le expliqué que teníamos una cita con un abogado que vivía en el recinto. El guardia nos dejó entrar, pero nos advirtió que si la comitiva del rey se acercaba, debíamos apartarnos de su camino y mantener la cabeza agachada hasta que hubiese pasado. Me pregunté si sería solo fruto de mi imaginación o si en efecto el guardia me miró la espalda al abrirnos paso; si habría oído algo de lo ocurrido en Fulford.

El recinto estaba tranquilo, aunque había muchos otros soldados apostados por todas partes, ataviados con media armadura sobre las túnicas rojas y yelmos emplumados, y armados con picas. Apremié a Barak y Tamasin hacia la casa de Wrenne. Madge, que hacía ya unos días que me recibía con especial amabilidad, nos precedió hasta el salón, donde maese Wrenne descansaba frente al fuego contemplando con tristeza la percha del halcón.

—Ah, Matthew. Y maese Barak, y señorita Reedbourne. —Sonrió a Tamasin—. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que tuve el honor de recibir a una hermosa dama en mi casa.

—¿Dónde está vuestro halcón, Giles? —pregunté.

—La pobre Octavia ha muerto. Madge la encontró esta mañana en el suelo. Era muy vieja. Sí, me había prometido que volvería a sacarla a cazar, para verla volar una vez más y para que disfrutara del sol. Qué fácil resulta dejar las cosas sin hacer hasta que es demasiado tarde. —Me dirigió una repentina mirada de hondo pesar. Pensé que debía de estar pensando en su sobrino. Se obligó a sonreír—. Venid, tomad un poco de vino. Tendremos que esperar un rato antes de poder ir a la catedral. El rey se encuentra allí, de modo que nosotros, los comunes mortales, debemos esperar.

Giles se acercó a una mesa con su habitual paso lento y acompasado, nos sirvió vino y nos invitó a sentarnos. Le preguntó a Tamasin sobre su participación en la Jornada y ella refirió historias de los sirvientes y las damas de compañía de la reina, y sus problemas para mantenerlo todo limpio mientras estaban acampados en terrenos enlodados y con lluvia. Evitó mencionar a lady Rochford. Wrenne la instaba a seguir; era evidente que le complacía su presencia. Al cabo, oímos voces procedentes del exterior y a un guardia gritar:

—¡Adelante!

Giles se acercó a la ventana.

—Parece que los soldados se marchan. La visita del rey debe de haber concluido. Creo que podemos ir ya a la catedral.

—Me habría gustado ver al rey —dijo Tamasin—. Solo lo vislumbré de refilón cuando llegó a York.

—¿No os encontráis ante él en el curso de vuestros deberes? —preguntó Giles.

—No. Solo con la reina, ocasionalmente, pero nunca he hablado con ella.

—Bien, con ver una sola vez a Su Majestad basta, ¿eh, Matthew?

—Sin duda —convine, emocionado.

 

Salimos de la casa y recorrimos la estrecha calle que llevaba al patio de la catedral. Pero habíamos calculado mal: el rey Enrique no se había marchado. Los soldados seguían alineados contra las paredes y el rey, que acababa de bajar la escalera de la entrada principal, avanzaba torpemente hacia nosotros, apoyado en su bastón. Un séquito de cortesanos lo seguía y un anciano de pelo blanco, ataviado de modo similar a Cranmer, caminaba a su lado; supuse que sería Lee, el arzobispo de York. El rey, vestido ese día con una pesada capa ribeteada en piel que dejaba a la vista un jubón enjoyado y una gruesa cadena de oro, reprendía al anciano; tenía el rostro encendido de cólera, más rojo incluso que su barba. Nos colocamos de espaldas a la pared e inclinamos la cabeza; yo tanto como me daba el cuello, rezando por que el rey no me reconociera y se detuviera para hacer otra de sus graciosas chanzas.

—¡Por la sangre de Cristo! —oímos que gritaba el rey con su voz ronca y chillona —. ¡Esa hornacina es lo bastante grande y espléndida para albergar los huesos de un monarca, no los de un arzobispo muerto desde hace tiempo! ¡Sacad todas las ofrendas y destruidla! ¡Santo Dios, Lee! Obedeceréis o haré que os corten en pedazos y os arrojen a una montaña de estiércol, ¿me oís? ¡Deberíais haberme ahorrado semejante espectáculo! —Alzó la voz—. Ordené que se destruyeran las hornacinas y haré que desaparezca hasta la última que haya en Inglaterra. ¡No habrá más autoridad en religión que la mía!

Su voz fue debilitándose a medida que se alejaba. Me aventuré a mirar. Los cortesanos lo seguían. Observé la espalda de su espléndida capa de terciopelo con cuello de piel. ¿Realmente era nieto de un plebeyo? Temblé un poco, como si mis pensamientos pudiesen llegar hasta él. Vi que tenía la pierna en un estado lamentable; dudaba de que pudiera caminar sin la ayuda de su costoso bastón. Los soldados dejaron sus puestos y siguieron también a su monarca por las puertas.

—Bien, Tammy —dijo Barak—. Después de todo, has conseguido ver al rey de cerca.

—No sabía que fuera tan viejo —comentó con voz tenue—. Pobre reina.

—Pobres de nosotros —puntualizó Giles—. Vamos, entremos.

 

El interior de la catedral me pareció una maravilla; la nave era más grande que la de St. Paul y estaba más iluminada. Miré alrededor; en el aire flotaba una ligera neblina con olor a incienso. Dentro, la magnificencia de los vitrales se hacía incluso más evidente; el enorme vitral del muro oriental dominaba sobre todos los demás. En capillas laterales y pequeños nichos, varios sacerdotes musitaban oficios. Una vez más pensé en el extraño derrotero que había seguido la Reforma en Inglaterra: la gran iglesia monástica de St. Mary se había convertido en establo y herrería, mientras que la catedral seguía intacta.

Tamasin señaló un curioso objeto: la figura pintada de un dragón de largo cuello que colgaba sobre la nave.

—¿Qué es eso, maese Wrenne?

—Una palanca para abrir los portalones de la entrada principal. Un toque de humor decorativo. Desfasado ya.

Me acerqué a Barak, que se había desviado un poco para contemplar una capilla profusamente decorada. Cerca había un reducido grupo de clérigos. Uno de ellos era el hombre al que Wrenne había identificado como el deán. Parecía tristemente complacido.

—Bien —dijo—. Ordenad a los obreros que lo hagan.

Y se alejó con determinación. Sus pasos resonaron sobre el suelo enlosado.

—Les ha ordenado que bajen una gran hornacina que hay en el coro —me comentó Barak—. El rey se ha puesto furioso al ver todas las ofrendas que había frente a ella.

—Escuchando conversaciones ajenas, ¿eh? —le pregunté, sonriendo.

—Más o menos. —Se encogió de hombros—. No puedo decir que las iglesias viejas me interesen.

—Tamasin parece embelesada.

—Mujeres.

—¿Alguna noticia de Londres, de quién puede ser su padre?

—Nada. Ha dejado de hablar del tema. De hecho, perdí los nervios con ella. — Parecía abochornado—. Le recomendé que lo olvidara, que no pensara en ello a todas horas. Por lo visto ha surtido efecto, pues apenas lo ha mencionado desde entonces.

Avanzamos y nos reunimos con Tamasin en el acceso al coro. El espacio estaba decorado con una serie de estatuas de tamaño natural que identifiqué como los reyes de Inglaterra, desde Guillermo el Conquistador hasta Enrique V. Era un trabajo exquisito. Los conté.

—Once —dije.

—¿No son maravillosas? —preguntó Tamasin.

—Sí.

Señaló las estatuas.

—¿Por qué acaban en Enrique V?

—Buena pregunta. Tal vez maese Wrenne lo sepa.

Miré alrededor en busca del anciano, pero no había ni rastro de él.

—Se fue por allí —dijo Tamasin, indicando con la cabeza una puerta que daba al coro.

—Iré a ver. No, quédate aquí —añadí al ver que hacía ademán de acompañarme.

Confié en que no hubiese enfermado de nuevo; si ese era el caso, no quería que ellos lo vieran. Entré en el coro, que estaba flanqueado por hileras de bancos de madera altos y hermosamente tallados. A un lado se veía una construcción de madera oscura, con una profusión de columnas y arcos. Algo apartado, un sepulcro decorado y colocado sobre unas andas de unos diez pies de alto, con nichos esculpidos a un lado donde los fieles podían arrodillarse y rezar. De las andas colgaban ofrendas: rosarios, anillos y collares. Giles estaba postrado en uno de los nichos, orando con devoción; sus labios se movían en silencio. Al oír mis pasos, se volvió. Por un instante me miró con semblante inexpresivo; sus pensamientos estaban muy lejos de allí. Luego sonrió y se puso en pie con movimientos rígidos.

—Disculpadme —dije—. No quería interrumpir.

—No, no, ha sido descortés por mi parte dejaros fuera. —Señaló con la mano la hornacina—. Bien, aquí tenéis la hornacina de san Guillermo, que tanto ha enojado al rey.

—¿Quién fue?

—Un antiguo arzobispo de York. Se dice que el puente sobre el Ouse se derrumbó cuando lo cruzaba en procesión, pero que gracias a la intervención divina nadie murió. Es el santo patrón de la ciudad; muchos vienen a rezar por su intercesión, como podéis ver —indicó. Yo asentí, incómodo. No le encontraba sentido a las historias de milagros obrados siglos atrás, y la hornacina me pareció recargada, incluso fea—. Por lo visto, quienes afirman que la pasión del rey por la Reforma murió con Cromwell se equivocan —añadió Giles—. Como bien hemos oído de su propia boca, la hornacina de san Guillermo será destruida. Ofende a su inmensa vanidad.

—Eso parece —contesté, con voz tenue.

—¿Estáis de acuerdo?

Me miró muy serio.

—Confieso que los santos y las hornacinas significan poco para mí, pero es una lástima que destruyan esta si significa tanto para el pueblo.

—Ahora también arrebatarán esto a la ciudad de York. —Suspiró—. Bien, salgamos ya.

Dedicó una última ojeada a la hornacina y se dio la vuelta. Volvimos a la nave, donde Tamasin y Barak seguían observando las estatuas de los reyes.

—Maese Wrenne, ¿por qué acaban los reyes con Enrique V? —le preguntó Tamasin.

—Ah. Hace tiempo también estuvo aquí la de Enrique VI, el rey de Lancaster que fue derrotado en la Guerra de las Dos Rosas. Muchos lo consideraban santo y la gente venía a hacer ofrendas a su imagen. Los reyes de York no aprobaban esta costumbre, por lo que la retiraron. —Se volvió hacia mí y arqueó las cejas—. Ya veis, a los reyes, como a los santos, se los puede suprimir de la historia.

Dos secretarios pasaron de largo en dirección al coro.

—¿Mañana? —oí que le preguntaba uno al otro.

—Sí. Está cansado de esperar. Esta noche lo recogerán todo y mañana por la mañana partirán hacia Hull. Se dice que el rey está furioso; quizá por eso le ha irritado tanto la hornacina.

Me volví hacia él.

—Disculpadme, señor. ¿Se marcha el rey?

El anciano sonrió.

—Sí, señor. Por la mañana, temprano. Se niega a seguir esperando al rey Jacobo. Ya están desmontando el campamento.

Sonrió, obviamente complacido por la noticia. Me volví hacia los demás. A todos se nos iluminó el rostro de alivio.

—¡Por fin! —exclamó Tamasin—. ¡Alabado sea el Señor!