Betsy

Harold Robbins · Capítulo 9 de 57

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Betsy

Capítulo 8

 

Las frustraciones comenzaron a amontonarse una tras otra. No hacía falta ser un lince para darse cuenta de que algo iba mal. Aparentemente, se me concedía toda la cooperación que necesitaba, pero las cosas se demoraban más de lo necesario. Seis semanas después de mi llegada yo continuaba en el despacho intentando conseguir que el departamento de ingeniería me proporcionase tres motores Sundancer. Era el motor más potente de la gama.

Al final decidí llamar a Número Uno.

—Me encuentro en un callejón sin salida —le dije.

Le oí sofocar la risa.

—Te han puesto en esa situación adrede, hijo. Esta gente hace que los pilotos con los que competías parezcan un montón de aficionados.

No me quedó otro remedio que echarme a reír. Tenía razón.

—¿Qué vas a hacer? —me preguntó.

—Solo quería su permiso para llevar las cosas a mi manera.

—Adelante, lo tienes. Es lo único que te puedo dar.

A continuación llamé a Weyman.

—Mañana me voy a la costa —le comuniqué.

Le noté en la voz que se había quedado perplejo.

—Pero aún no han llegado los motores.

—No puedo esperar más. Si no empiezo ahora a buscar pilotos y personal para los boxes, el año que viene lo único que tendremos serán los coches.

—¿Y las modificaciones que hay que llevar a cabo en los motores?

—Carradine, de ingeniería, lo tiene todo preparado. Se pondrá a la tarea en cuanto los reciba.

—¿Y la carrocería?

—Los de diseño están trabajando en ello. Los planos ya tienen mi aprobación, pero dicen que tienen que esperar a que vosotros le deis el visto bueno al presupuesto.

Aquello iba dirigido concretamente a él.

—Todavía no han llegado a mi despacho —dijo poniéndose a la defensiva.

—Ya llegarán —le indiqué.

—¿Cuánto tiempo piensas estar ausente?

—Dos semanas, es muy posible que tres. Me pondré en contacto contigo en cuanto vuelva.

Colgué el teléfono y me dispuse a esperar. Exactamente dos minutos más tarde lo oí sonar. Era Loren III. Desde que llegué aún no había tenido tiempo de hablar conmigo. Siempre estaba en reuniones, demasiado ocupado para atenderme.

—Hace días que quería llamarte —dijo—, pero tengo mucho trabajo. ¿Cómo van las cosas?

—No me quejo. Con un poco de suerte, el primer coche de carreras estará a punto en primavera.

—Muy bien. —Hubo una pausa—. Por cierto, esta noche nos reunimos en casa algunos amigos para cenar; Alicia ha pensado que sería una buena idea que tú también vinieras.

—Estupendo —le contesté—. ¿A qué hora?

—A las siete, para que haya tiempo de tomar una copa. La cena es a las ocho y media. De etiqueta.

—No tengo traje de etiqueta.

—En ese caso ponte uno oscuro. A Alicia le gusta que la gente se siente a la mesa correctamente vestida.

Carradine fue el siguiente en llamar desde el departamento de ingeniería. Parecía bastante excitado.

—¿Cómo te las has arreglado? Me han prometido que mañana mismo tendremos los motores. Los van a sacar de la cadena de producción para nosotros.

—En cuanto los tengas en tu poder, comienza a trabajar —le dije—. Yo me voy a California. Hablaremos a finales de semana.

Acto seguido me llamaron del departamento de diseño.

—Acabamos de recibir el visto bueno de la sección de costos, pero nos han rebajado el presupuesto un veinte por ciento.

—Poned manos a la obra de todas formas.

Joe Huff no acababa de verlo claro.

—Es imposible, Angelo, No podemos llevar a cabo el proyecto con ese recorte.

—¿Es que acaso nunca has oído hablar de que algún proyecto sobrepase el presupuesto? Constrúyelo. Yo asumo toda la responsabilidad.

Me marché en seguida del despacho. Me sentía mejor que cualquier otro día durante las últimas semanas. La pequeña estratagema había funcionado. Por fin podría ponerme a trabajar de lleno.

 

Fui el primero en llegar. La casa de los Hardeman se encontraba solo a cuatro manzanas de distancia de la mía. El mayordomo me hizo pasar al salón e inmediatamente me puso una copa en la mano. No había hecho más que sentarme cuando una chica bastante alta se detuvo en el umbral de la puerta.

—Hola —dijo—. ¿Llego demasiado pronto?

Me puse en pie al instante.

—A mí no me lo parece.

Insinuó una sonrisa y entró en la habitación. Tenía una voz cálida, con resonancias guturales. Me tendió la mano.

—Me llamo Roberta Ayres. Me ha invitado Alicia.

—Angelo Perino.

—¿El corredor de coches? —me preguntó sorprendida.

—Ya no —le indiqué.

—Pero…

Sonreí. Ya empezaba a acostumbrarme a aquel tipo de reacción.

—Me han arreglado la cara.

Se dio cuenta entonces de que seguíamos estrechándonos la mano y se apresuró a retirar la suya.

—Disculpe —se excusó—. No pretendía ser descortés.

—No tiene importancia —le dije.

—Le he visto correr en varias ocasiones —continuó.

En aquel momento el mayordomo hizo acto de presencia.

—¿Qué le apetece tomar, lady Ayres?

Entonces caí en la cuenta. Su marido había sido un excelente corredor aficionado que años atrás se encontró con la muerte en Nurburbring al salir de un cambio de rasante.

—Un Martini muy seco.

—Perdone —le dije—. Debería haber reconocido el nombre. Su marido era un gran piloto, lady Ayres.

—Muy amable de su parte. Pero el problema de John fue que no era tan bueno como él se pensaba.

—¿Y quién lo es? —le pregunté.

Se echó a reír. El mayordomo le trajo una copa, y ella la levantó en el aire.

—Por los coches rápidos.

—Un buen brindis —dije. Ambos bebimos.

—¿A qué se dedica ahora?

—Intento introducir a la Bethlehem en el mundo de las carreras.

—Debe de ser muy interesante —comentó amablemente.

—En efecto.

Me miró con curiosidad.

—No habla usted mucho, ¿verdad?

Sonreí.

—Eso depende.

—¿Ve? —dijo riendo—. A eso me refería. Contesta a la mayoría de las preguntas con solo dos palabras.

—No me había fijado. —Reí a mi vez—. En esta ocasión han sido cuatro.

Loren llegó mientras nosotros estábamos aún riendo.

—Veo que ya os conocéis.

—Nos hemos convertido en viejos amigos —afirmó ella.

Durante un momento los ojos de Loren adquirieron una extraña expresión, que desapareció de ellos antes de que yo pudiera descifrarla por completo. Se inclinó y le dio un beso en la mejilla a la muchacha.

—Estás encantadora esta noche, Bobbie.

—Gracias, Loren. —Le cogió la mano durante un instante—. Hay que decir que tú estás muy elegante.

—¿Te gusta? —Número Tres sonrió halagado—. Me lo ha hecho ese sastre de Londres de quien me hablaste.

—Es fantástico —afirmó ella.

Todo empezaba a cobrar sentido. Quizá todavía existiera una oportunidad para Loren. Al menos aquello demostraba que tenía en la cabeza alguna otra cosa además de los negocios.

Cuando bajó Alicia me apresuré a adelantarme hacia ella y la saludé con un beso.

—Hola, tú —le dije.

—Hola, tú —repuso, y ambos nos echamos a reír.

Loren y lady Ayres nos miraban extrañados.

—Es una broma nuestra —aclaré.

—Angelo y yo fuimos juntos al colegio —les explicó Alicia—. Y él solía dirigirse a todo el mundo de esta forma. Pero yo le dije que no pensaba responderle a menos que me llamara por mi nombre.

—¿Y cómo te saludaba? —le preguntó lady Ayres.

—Hola, Alicia —repuso. Todos reímos—. Ahora parece que todo aquello sucediera hace mucho tiempo.

—Pues tú no has cambiado nada, Alicia —afirmé.

—No seas lisonjero, Angelo. Mi hija tiene ya diecisiete años.

Comenzaron a llegar los otros invitados, y aquello se convirtió en una cena íntima para diez típica de Grosse Pointe. Todos jóvenes directivos de la sociedad de Detroit.

La conversación también fue la típica. Los impuestos. Las interferencias del Gobierno en la producción. Se maldijo convenientemente a las nuevas fuerzas de presión —y a su apóstol, Ralph Nader—, que defendían la seguridad y la ecología.

—No negamos que sea necesario adoptar medidas —decía Loren—, pero no estamos de acuerdo en que se nos asigne el papel de villanos. El público olvida cuando le conviene que fue él quien nos pidió más potencia y velocidad. Nosotros nos limitamos a atender aquellas demandas. Incluso ahora, a pesar de tantas voces de alarma, si les damos a elegir, al mismo precio, entre un potente coche lleno de nervio y uno tranquilo más de acuerdo con las peticiones ecológicas, la mayoría de las personas prefieren el potente sin dudarlo un instante.

—¿Qué crees que sucederá?

—Que habrá más disposiciones gubernamentales —repuso Loren—, lo que significa más problemas para nosotros. Los costos serán tremendos y si no podemos transferirlos al consumidor nos veremos obligados a dejar la industria del automóvil.

Pero no parecía que aquello le preocupara demasiado, de modo que la conversación dio un giro hacia la incomprensión generacional y el consumo de drogas en las escuelas. A continuación cada uno tuvo oportunidad de contar divertidas historias sobre sus propios hijos.

Yo no tenía mucho que decir sobre ese tema, así que la mayor parte del tiempo la pasé escuchando y asintiendo. Cuando en una ocasión dirigí casualmente la vista hacia la parte de la mesa en la que se encontraba lady Ayres, la sorprendí mirándome con un destello de divertimiento en los ojos. Era una mujer muy despierta que se percataba de todo.

No comprendí realmente lo despierta que era hasta que, al día siguiente, se acercó a mí en el avión. Yo había pedido un asiento en el salón a fin de poder utilizar la mesa para trabajar durante el viaje. Me levanté inmediatamente.

—¡Qué agradable sorpresa, lady Ayres!

Apareció de nuevo en aquellos ojos el destello de regocijo que había observado la noche anterior.

—¿Realmente es así, señor Perino? —me preguntó al tiempo que se sentaba junto a mí en otro sillón—. Entonces, ¿por qué se empeñó en hacerme saber exactamente en qué avión pensaba usted viajar?

Me eché a reír.

—Lady o no, supuse que actuaría como cualquier mujer. Por fuerza tenía que manifestar algún viso de humanidad.

Me incliné hacia el respaldo de su asiento, saqué de él la tarjeta de reservas y se la tendí.

Ella comprobó que la reserva estaba hecha a su nombre y levantó los ojos hacia mí.

—Está usted muy seguro de sí mismo, ¿no es así, señor Perino?

—Ya es hora de que nos tuteemos. Llámame Angelo.

—Angelo —repitió suavemente, forzando la lengua para hacerlo—. Angelo. Es un nombre muy bonito.

Le cogí una mano.

—Vamos allá —le dije.

Las puertas se cerraron con un fuerte sonido metálico y el avión comenzó a rodar hacia la cabecera de la pista. Poco después nos deslizábamos por ella y cogíamos velocidad para iniciar el vuelo.

Miró por la ventanilla durante un momento y contempló Detroit, que se extendía bajo nuestros pies; luego volvió la cabeza hacia mí.

—Es como salir de la cárcel —me comentó—. ¿Cómo es posible que haya gente que pueda vivir en esa jodida y monótona ciudad?