Betsy
Capítulo 15
quince
—No sé qué demonios hago aquí —dijo Bobbie mientras caminaba arriba y abajo por el gran salón de la suite que la Bethlehem Motors tenía en el Waldorf Towers—. Ha sucedido todo tan aprisa.
Me senté en una silla y levanté la mirada hacia ella. Di un sorbo de la bebida que tenía en la mano y guardé silencio.
—Me dijo que viniera a la suite del Waldorf y que esperara aquí hasta que él se pusiera en contacto conmigo. Que no me preocupase por nada. —Dejó de pasear y me miró—. Hasta que no estuve en el avión, camino de Nueva York, no me detuve a pensar en lo que me había dicho. Claro que no hay de qué preocuparse. Entre él y yo no ha sucedido nada.
Continué en silencio.
—No me crees, ¿verdad? —me preguntó.
—Por supuesto que sí.
—No lo dices muy convencido.
—Ven aquí —le indiqué.
Atravesó la habitación y se quedó de pie delante de mí. La atraje con los brazos y la besé en la entrepierna; después levanté la vista hacia ella.
—¿Te convences ahora de que te digo la verdad?
—Esa es una pregunta muy complicada. Tú estás loco.
—Ajá —le dije—. Ahora cálmate y dime exactamente lo que ocurrió. Es posible que lo que para ti no tiene importancia, la tenga para mí. Recuerda, estamos hablando de un muchacho con la cabeza muy cuadrada.
—Es verdad —convino—. Tiene una ingenuidad de muchacho que, al principio, creí que se trataba solo de una pose. Pero no era así. Realmente tiene esa forma de ser.
—¿Compartisteis la misma suite?
—No —contestó—. Eran dos habitaciones diferentes, una al lado de la otra.
—¿Había puerta de comunicación entre ellas?
—Sí. Pero nunca la cruzó sin llamar previamente; aunque estuviera abierta. Jamás me dio un beso de buenas noches sin antes pedirme permiso. Y no mencionó que estuviera enamorado de mí hasta después de hablar con Alicia.
—Pero bien debe de haber demostrado algo.
—Por supuesto —contestó ella—. No faltaba ningún síntoma. Flores cada día, la forma en que me miraba con ojos de cordero, los constantes roces, aparentemente accidentales, con la mano; en fin, ya sabes lo que quiero decir. Pensé que era encantador, pero no lo tomé en serio. ¿Quién lo haría? Resultaba todo tan Victoriano.
—Si todo era tan decoroso, ¿cómo es que Alicia os descubrió?
—Precisamente por eso, porque todo era tan condenadamente formal —contestó —. Ese es el motivo de que todo resulte tan estúpido. Alicia llamó mientras estábamos tomando una copa en mi habitación. Si hubiéramos estado compartiendo la misma suite, nunca se me habría ocurrido descolgar yo misma el teléfono. Pero tal como estaban las cosas ni siquiera se me pasó por la cabeza. Ella me reconoció instintivamente por la voz.
—¿Fue antes o después de que él hablara con la oficina?
—Antes. De hecho esa era la razón de que lo llamara. Para averiguar si Loren deseaba que ella les dijera a los de la oficina dónde podían encontrarlo.
—Eh, pequeña —dije—. Eso no es tener la cabeza cuadrada, es ser estúpido. Se necesita un talento especial para que un hombre permita que su esposa sepa dónde piensa ir, especialmente si va a estar con otra mujer. Lo que él buscaba es que le sorprendieran contigo.
—¿Realmente crees que es así?
—¿Qué otra cosa se puede pensar? —La miré—. Sabía que le interesabas desde la noche en que nos conocimos en su casa. Alicia no es ciega. Estoy seguro de que también se dio cuenta.
Se quedó pensando durante un momento.
—Por supuesto. Tiene que ser eso. ¿Cómo habré podido ser tan estúpida?
Le sonreí.
—Solo dabas por supuesto que todos los hombres deben postrarse a tus pies.
—Pero ¿por qué no me dijo algo?
—Puede que tuviera miedo de que le rechazaras —dije—. Con un hombre así nunca se puede estar seguro de las cosas que tiene en mente.
—¿Qué puedo hacer? —me preguntó—. No necesito toda esta [4] merde.
Una campanilla de alerta comenzó a sonarme en la cabeza. ¿A qué se debía aquel repentino cambio de idioma? Nunca había dudado en usar el inglés hasta entonces.
—¿Qué mierda? —le pregunté.
—Ya sabes. —Por primera vez adoptaba una actitud ambigua—. Todo esto. Que quiere divorciarse el año que viene.
—¿El año que viene?
—Sí. No quiere hacerlo antes de que Elizabeth se ponga de largo, lo que sucederá en setiembre. No desea que nada se lo eche a perder.
—Al parecer lo ha pensado todo muy cuidadosamente —le dije—. ¿Y quiere que tú le esperes?
Asintió.
Noté que las velocidades comenzaban a engranar. Solté lentamente el embrague.
—Bueno, Bobbie, se acabó el juego —le dije—. Veamos todo este piojoso asunto. ¿Cuánto tiempo hace que vas detrás de Loren?
Clavó la mirada en mí durante un momento.
—Tienes una mente sucia.
—Requiere práctica —le contesté—. Pero ha llegado la hora de la verdad. ¿Cuánto tiempo hace?
Dudó antes de contestar.
—Dos años.
—¿Cómo has tardado tanto? ¿Por qué no lo agarraste por las pelotas sencillamente?
—Eso podría haberlo espantado —contestó—. Tenía que mostrarme como una dama.
—Posiblemente tengas razón.
—¿No estás enfadado conmigo?
—¿Por qué? Solo hace unas semanas que te conozco. —Saqué un cigarrillo—. No veo dónde está el problema. Ahora tienes lo que querías.
Me miró directamente a los ojos.
—No me imaginé que pudiera enamorarme de ti.
—¿Y eso en qué cambia las cosas?
—No deseo perderte.
—No es necesario. No me importa un poco de adulterio. Incluso lo hace más divertido.
—Podrías pedirme que me casara contigo, hijo de puta —dijo—. Aunque solo fuera por educación.
—Ni hablar —repuse sonriendo—. Podrías tomarme la palabra. Y además, ¿en qué situación nos encontraríamos? En una que ninguna de los dos deseamos.
—Entonces, ¿qué hago? ¿Esperarlo aquí?
—No. Sería un error —le dije—. Tienes que obligarle a que te vaya detrás. No des la impresión de que te ha encerrado cuando le ha parecido conveniente. Coge el avión a Londres esta misma noche.
—Posiblemente tengas razón —comentó pensativa—. ¿Y qué le digo?
—Compórtate con nobleza. Dile que te vas del país porque no quieres ser un estorbo para él, que le respetas demasiado para permitir que eso suceda. Eso le provocará un cierto sentimiento de culpabilidad.
Me miró fijamente.
—Es la última oportunidad —dijo—. Puesto que tú no me lo vas a pedir, te lo preguntaré yo a ti. ¿Quieres casarte conmigo?
—No.
Las lágrimas le acudieron súbitamente a los ojos. Le tendí los brazos y corrió a refugiarse en ellos.
—Sabía que sucedería esto —dijo llorando—. Intenté decírtelo en el aeropuerto de San Francisco. ¿Por qué me dejaste marchar?
—No tenía elección. Ambos teníamos diferentes compromisos.
Mi pecho le amortiguaba la voz.
—Llévame a la cama. Por favor.
Aquello no tenía sentido. Todo había cambiado para que no cambiase nada. Pero aún era hermoso.
Fuimos directamente desde la cama al aeropuerto. La metí en el avión de Londres y después cogí el último vuelo de la noche a Detroit.
Nos encontrábamos sentados en la mansión de los Hardeman, en Grosse Pointe, alrededor de una antigua mesa de madera, de forma muy extraña, cuya superficie estaba dañada por las quemaduras de numerosas reuniones como aquella. Éramos cuatro: Loren, Dan Weyman, Número Uno y yo.
Habían permanecido en silencio mientras Número Uno les explicaba cuidadosamente los proyectos que tenía. Ahora ya había acabado de hablar y esperábamos que dieran alguna respuesta. No tardó mucho en llegar.
—Lo siento, abuelo —dijo Loren—. Nos es imposible llevar a cabo una cosa así. El riesgo es demasiado grande. No podemos jugarnos el futuro de toda la compañía únicamente para hacer un coche.
Número Uno le dio un bufido.
—¿Cómo crees que se formó esta compañía? Solo con una idea. El futuro de un coche.
—Ahora son otros tiempos —insistió Loren—. La economía es distinta. Está demostrado que ha sido la diversificación lo que ha salvado a nuestra compañía.
—No dudo del valor de las otras ramas —dijo Número Uno—. Pero no estoy de acuerdo en que eso sea lo que ha salvado la compañía. Los automóviles se nos están escapando de las manos. La cola está ahora mordiendo al perro.
—Las condiciones han cambiado mucho desde que tú llevabas la compañía, hace treinta años —continuó Loren, testarudo—. Los últimos coches americanos en el mercado fueron el Henry J. y el Edsel. Y mira lo que sucedió con ellos. Kaiser tuvo que dejar el negocio y el Edsel casi arruina a la Ford.
—Kaiser lo habría conseguido si hubiera seguido adelante, pero no era un verdadero hombre del negocio del automóvil —dijo Número Uno—. El Edsel no detuvo a la Ford. Ahora son más grandes que nunca. El año que viene van a sacar subcompactos. ¿Crees que lo harían si pensaran que iban a perder dinero?
—No les queda otro remedio —dijo Loren—. Tienen que afrontar la competencia extranjera. Nosotros no. Estamos satisfechos como estamos.
—Puede ser que tú lo estés, pero yo no —repuso Número Uno—. No me gusta ser un primo lejano en un negocio en el que solía formar parte del tronco principal de la familia. —Me miró a mí, y después a Loren—. Si esa es tu actitud, no veo ninguna razón para que sigamos en el negocio del automóvil.
—Es muy probable que el año que viene ya no lo estemos —le comentó Loren llanamente—. No podemos permitírnoslo por más tiempo.
—Seguiremos en él o tendrás que pasar por encima de mi cadáver —dijo Número Uno con voz fría.
Loren se quedó en silencio. No ofrecía buen aspecto. Tenía ojeras azules y la cara abotagada y desfigurada por falta de descanso. Durante un momento me dio lástima. Todo se había convertido en un infierno para él. Tanto en casa como en la oficina. Las palabras que pronunció a continuación hicieron que se desvaneciera en mí cualquier sentimiento de piedad.
Miró directamente a los ojos de su abuelo y habló con voz monótona y fría. Fue como si estuvieran ellos dos solos en la habitación.
—En la reunión especial del consejo de dirección que celebramos ayer, se aprobaron tres mociones. Una, la inmediata destitución de Angelo Perino como vicepresidente de la compañía. Dos, la decisión de iniciar un proceso criminal contra el señor Perino por comprometer la corporación con unos gastos para los que no poseía la debida y apropiada autorización. Tres, solicitar de los tribunales del Estado de Michigan que designe un administrador judicial de tus bienes hasta que se pueda determinar con exactitud si eres una persona capaz y responsable de tus actos.
Número Uno se quedó en silencio. No apartó los ojos de la cara de Loren. Lanzó un suspiro.
—¿Esa es la forma en que quieres jugar?
Loren asintió. Luego se levantó.
—Vámonos, Dan. La reunión ha terminado.
—Aún no. —La voz de Número Uno sonaba tranquila. Empujó una hoja de papel hacia la parte de la mesa en la que se encontraba Loren—. Lee esto primero.
Loren le echó un vistazo. Se puso pálido y más descompuesto de lo que estaba.
—¡No puedes hacer eso!
—Ya lo he hecho —dijo Número Uno—. Todo legal y en orden. Incluso lleva el sello de la Corporación del Estado de Michigan para dar fe. Como el mayor accionista y con el voto de confianza del ochenta por ciento de la compañía, tengo el derecho de destituir a todos o a cualquiera de los directivos de la corporación con o sin causa fundamentada. Y eso es lo que he hecho. La reunión que celebrasteis ayer no sirve para nada. Todos estaban despedidos desde el lunes.
Loren seguía allí de pie.
—Será mejor que te sientes, hijo —le indicó Número Uno con amabilidad.
Loren no se movió.
La voz de Número Uno seguía siendo atenta.
—Tú tienes dos opciones: puedes marcharte o quedarte. Tu padre y yo no siempre fuimos de la misma opinión, pero permanecimos juntos en todo momento.
Loren se sentó con lentitud. Continuó sin hablar.
Número Uno hizo un gesto de aprobación.
—Eso está mejor —dijo—. Ahora ya podemos empezar con el asunto que ha motivado esta reunión. La construcción de un coche nuevo. Le prometí a tu hija que le construiría un coche, y vive Dios que voy a mantener la promesa.
Miré a Loren, que estaba sentado al otro lado de la mesa. Me habría sentido mejor si aquel hubiera dicho algo. Después me encontré con su mirada y supe que yo estaba en lo cierto.
Aunque Número Uno creyese lo contrario, la guerra no había hecho más que empezar.