Betsy
Capítulo 10
diez
Angelo miró por la ventanilla mientras el avión comenzaba la aproximación describiendo una amplia curva descendente sobre la fábrica de la Ford en River Rouge. El gigantesco complejo industrial se extendía a sus pies como un monstruo con cabeza de hidra. Emanaba un nauseabundo aliento que se elevaba hasta los cielos y los desechos líquidos se derramaban en las grisáceas aguas del río Detroit. Los colores de los coches, diminutos desde la altura, formaban variopintos dibujos semejantes a regueros de hormigas en los espacios vacíos que quedaban entre los diversos edificios. La señal de «No fumar» se encendió en el preciso momento en que el sol del atardecer se reflejaba en los cristales de las ventanillas del aparato y en la fachada del largo edificio donde se hallaba ubicada la oficina de administración central de la Ford.
Apagó el cigarrillo en el cenicero y comenzó a recoger los papeles que tenía esparcidos sobre la mesa, metiéndolos a continuación en el portafolios. Hecho esto, plegó la mesa contra el respaldo del asiento que tenía delante y colocó el maletín en el suelo.
La azafata avanzó por el pasillo. Al llegar junto a él se detuvo y lo miró.
—¿Se ha abrochado el cinturón de seguridad?
Él asintió y levantó las manos para que la muchacha pudiera comprobarlo. Esta le dedicó una sonrisa y continuó adelante para controlar al resto de los asientos. Angelo miró la hora en el reloj de pulsera.
Eran las cuatro y media de la tarde. El horario se cumplía según lo previsto. Se puso de nuevo a mirar por la ventanilla.
El avión había sobrepasado ya la vertical sobre River Rouge. Por primera vez Angelo comenzó a sentir cierto sentimiento de admiración por los hombres que habían concebido todo aquello. Tuvo que ser una tarea de titanes. Ahora se daba cuenta. En el año que había transcurrido desde que comenzara a trabajar en la fábrica de la costa Oeste, los problemas habían ido surgiendo uno tras otro; incluso hubo momentos en que pensó que se volvería loco. Y aquella fábrica no era ni siquiera la décima parte de la de River Rouge.
Pero había dos personas que eran los principales artífices del buen funcionamiento. Por un lado John Duncan, hombre de grandes conocimientos y experiencia a la vez que sabio consejero, y por otro Tony Rourke, cuya infatigable energía y entusiasmo se habían convertido en parte esencial de la compañía, como si el negocio del automóvil hubiera nacido con él. Todo ello, unido a la inventiva y a la adopción de nuevas tecnologías, fruto de la industria aeroespacial, les había hecho superar los primeros y quizá más difíciles obstáculos.
La división de diseño e ingeniería se había trasladado con éxito desde Detroit, y ya llevaba funcionando más de seis meses. La fundición de acero que compraran en Fontana se hallaba en pleno proceso de adaptación a las nuevas necesidades de producción, y la que se había construido en la fábrica misma estaría lista para entrar en funcionamiento en el verano del año siguiente. La división de piezas se encontraría a punto para empezar a trabajar unos cuantos meses después, y la línea de ensamblaje final podría estar dispuesta, en caso de necesidad, en setiembre de mil novecientos setenta y uno. El análisis de las nuevas necesidades de mano de obra y los planes para el futuro ya estaban en marcha. Lo único que quedaba por hacer era adoptar la decisión final sobre el tipo de coche que fabricarían. Pero aquel era precisamente el problema sobre el que no acababan de ponerse de acuerdo.
Quizá todo fuera debido a la situación de la industria automovilística en aquel momento. Durante los últimos años una tormenta había estado amenazando con desencadenarse y, al parecer, el ojo del huracán ya se hallaba sobre ellos. La industria entera buscaba con ahínco la seguridad sin vislumbrar nada que sirviera realmente para tranquilizarlos. Como respuesta a las presiones populares, tanto los gobiernos locales como el federal se habían decidido a poner en práctica rigurosas medidas de seguridad que afectaban a la producción y al rendimiento de la industria. Los factores ecológicos y del medio ambiente estaban sujetos ahora a nuevos controles mucho más estrictos. Había un plan quincenal al que la industria debería adaptarse antes de mil novecientos setenta y cinco para reducir la emisión de gases en los motores de gasolina hasta niveles aceptables. Se estaban desarrollando diversos factores de seguridad con vistas a proteger a los conductores y pasajeros incluso de los errores que ellos mismos pudieran cometer. En conjunto, todo ello era un control directo sobre la privilegiada política de que la industria automovilística había estado disfrutando durante muchos años. Las decisiones relativas a la seguridad y al bienestar público ya no se dejaban a su albedrío. Y a pesar de las ruidosas protestas que alegraban la posibilidad de una ruina económica y de amenazar con que el aumento de costos repercutiría sobre el consumidor, parecían dispuestos a prohibir que salieran a la calle todos aquellos coches que no cumplieran las nuevas normativas.
El problema presentaba además otro aspecto. Al parecer, las predilecciones del comprador de coches americano estaban cambiando. Solo unos años antes el pequeño escarabajo de la Volkswagen era objeto de chanzas y comentarios irónicos. Pero ya habían pasado veinte años. Y de pronto Detroit se sorprendió al ver que aquel bichito ocupaba el cuarto puesto en ventas en América en mil novecientos sesenta y nueve, y que con toda seguridad en mil novecientos setenta desplazaría al Plymouth fabricado por la Chrysler Motors del tercer puesto que había ocupado durante largos años. Además, para colmo de males, en mil novecientos sesenta y siete había comenzado otra invasión, esta vez desde el otro lado del mundo. En solo cuatro años los productos japoneses se habían apoderado de un buen sector del mercado americano. Los Datsun, Toyota y demás, formaban ahora parte de la escena americana. Sus cuotas de crecimiento y penetración en el mercado eran rápidos y, lo que era aún más notable, no tenían visos de detenerse. Por primera vez no fue Detroit la única en dar muestras de preocupación; también lo hizo la Volkswagen, que vio amenazada su ventajosa posición en el mercado americano. La fábrica alemana, como años atrás le sucediera al famoso modelo «T» de la Ford, presintió que iba a ser aventajada en diseño y mejoras por los japoneses, razón por la que se lanzó a buscar un nuevo modelo que sustituyera por fin al pequeño escarabajo. Pero aquello no era aún más que planes de futuro.
De momento las compañías americanas habían conseguido salir adelante con algunos modelos utilitarios: el Vega, el Pinto y el Gremlin. La Chrysler aún controlaba la producción doméstica, pero dos de sus modelos, el Dodge Colt y el Plymouth Cricket, se fabricaban ya en el extranjero y se importaban a los Estados Unidos. Pero todo ello no eran sino parches de emergencia, y la misma Detroit se encontraba dispuesta a admitirlo.
Los primeros informes sobre las ventas de utilitarios americanos indicaban que habían desplazado del mercado a los coches mayores, y que la venta de automóviles importados no solo no parecía sentirse afectada en lo más mínimo, sino que continuaba mostrando una nada despreciable tendencia al alza.
Todos aquellos factores, unidos a los costos de inversión adicionales y el gravamen de fabricación impuesto por las autoridades gubernamentales, había hecho que la industria del automóvil volviera los ojos hacia sí misma.
Los recortes, reducciones y supresiones no les iban a llevar, por mucho que se empeñaran, a la solución del problema.
Una solución que solo podría llegar con un coche totalmente nuevo, uno que fuese fruto de la tecnología y tuviera en cuenta la nueva demanda. Un coche distinto que reuniera todos los requisitos exigidos por el Gobierno y por el consumidor. Pero Detroit no se hallaba dispuesta a someter el asunto a consideración, porque significaba llamar a retirada y tener que comenzar un nuevo juego. Y aún quedaban muchos hinchas en el viejo estadio.
Las ruedas del avión tocaron tierra y sacaron a Angelo del ensimismamiento en que se hallaba sumido. Permaneció sentado pacientemente mientras rodaban hacia la terminal. Era necesario aceptar el compromiso. No había otra elección. Y en la reunión del consejo, que tendría lugar al día siguiente, pensaba sacar todo aquello a relucir. El Sundancer era el automóvil del ayer. Estaba condenado a desaparecer. Si pensaban fabricar un nuevo coche, habría que contar con el apoyo total de la corporación. Cualquier sucedáneo del Sundancer no sería más que una forma de eludir el problema y, en su opinión, le restaba posibilidades de éxito al nuevo coche.
El avión se detuvo; Angelo cogió el portafolios y se puso en pie. Todo aquello eran cuestiones que habría que dejar para el día siguiente. Porque aquella noche tenía lugar otro asunto casi igual de importante para el mundo automovilístico de Detroit.
Un suceso que se había pregonado en la Prensa como el mayor acontecimiento social del año y de cuyos preparativos se había informado tan puntualmente como de la elección del presidente de los Estados Unidos.
La puesta de largo de Elizabeth Hardeman. La muchacha contaba dieciocho años y se hallaba lista para ocupar el lugar que le correspondía en el mundo.
—Tienes muy buen aspecto, abuelo —dijo la princesa.
Número Uno sonrió.
—Me siento bastante bien, Anne. Mejor de lo que me he sentido en muchos años.
—Me alegro —le indicó ella. Se acercó a la silla de ruedas y le dio un beso en la mejilla—. Ya lo sabes, ¿verdad?
El sutil aroma del perfume que llevaba la mujer le penetró a Número Uno por las fosas nasales. Alargó una mano y dio unas palmaditas en la de Anne.
—Claro —repuso—. Y tú, ¿estás contenta?
Ella asintió, pensativa.
—Todo lo contenta que soy capaz de estar. Hace mucho que he abandonado los sueños infantiles sobre la felicidad. Ahora me siento satisfecha. Igor es muy bueno conmigo. Me cuida mucho. Ya sabes a qué me refiero.
El viejo asintió. Creía entenderlo, pero nunca acabaría de estar seguro de que era así. El problema de ser una rica heredera había destruido las vidas de muchas otras mujeres. Ser una muchacha adinerada tiene sus propios y peculiares riesgos. Pero Anne parecía haber tenido suerte. A Número Uno le era difícil darse cuenta de que ella ya tenía cuarenta años; le parecía que aún fuera una niña.
—¿Dónde está Igor? —le preguntó—. No lo he visto.
—Está abajo, en la biblioteca, con Loren —le indicó ella—. Ya conoces a Igor. Le encanta tener oportunidad de hablar de negocios con él de hombre a hombre. Y si hay una buena botella de whisky a mano, mejor que mejor.
El anciano sonrió.
—¿Cómo van los negocios por Europa?
—Igor está preocupado —afirmó ella. Su marido se había hecho cargo de la administración de la Bethlehem Motors en Francia cuando se casaron y, para sorpresa de todos, había conseguido hacer un buen trabajo—. Ya sabes cuánto le gustan los coches. Lamentó mucho que cayeran las ventas, aunque al resto de las divisiones les vaya bien. Ahora se encuentra muy ilusionado otra vez. Estaba impaciente por ver a Loren y cambiar impresiones sobre el nuevo coche.
Número Uno se apresuró a intervenir.
—Lo invitaré a la reunión del consejo de administración que se celebra mañana. Creo que le gustará asistir.
—¿Estás bromeando? —inquirió Anne al tiempo que se echaba a reír—. Irá encantado. Es lo que siempre ha soñado. Estar presente cuando se toman las grandes decisiones. Se sentirá en la gloria.
—Estupendo.
—¿Qué hora es? —le preguntó ella.
El viejo le echó un vistazo al reloj de pulsera.
—Las siete y media.
—Será mejor que vaya a vestirme.
—¿Qué prisa tienes? La fiesta no da comienzo hasta las diez.
—Ya no soy tan joven —le confió sonriendo—. Y parecer una princesa me lleva cada vez más tiempo.
—A mí siempre me has parecido una princesa.
—¿Te acuerdas, abuelo? Así es como solías llamarme cuando era pequeña. Princesa. Y papá siempre se enfadaba. Decía que no estaba bien, que no era americano.
—Tu padre tenía unas ideas muy particulares —le indicó él.
—Sí. —Anne se quedó pensativa—. Siempre tuve la impresión de que ni tú ni yo le gustábamos. Lo encontraba muy extraño.
—¿Acaso tiene eso mayor importancia?
—Ahora no. —Miró al anciano y sonrió—. Me alegro de haber venido a casa, ¿sabes? Estoy muy contenta de que hayas decidido abrir la mansión familiar para la fiesta. Siempre había oído hablar de lo grandiosas que eran las fiestas aquí.
—Sí, hubo algunas muy buenas.
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última, abuelo? —le preguntó ella.
El viejo se quedó pensando durante un momento. El tiempo le pasó por la cabeza como la marea del océano. Cerró los ojos y durante un momento el ayer se le hizo presente. Luego los abrió de nuevo.
—Cuarenta y cinco años —dijo lentamente—. Precisamente para la fiesta de boda de tus padres.