Betsy

Harold Robbins · Capítulo 3 de 57

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Betsy

Capítulo 2

dos

 

Todo sucedió en mayo, después de las Quinientas Millas de Indianápolis. El bólido que manejaba se quemó en la vuelta cuarenta y dos, y me vi obligado a abandonar. No me hizo falta mirar la cara del jefe, que se hallaba en los boxes, para saber que todo había acabado. Abandoné el circuito sin esperar siquiera a que terminara la carrera.

Cuando, una vez en el hotel, abrí la puerta de la habitación, me di cuenta de que Cindy se había quedado en el autódromo. Me había olvidado de ella por completo.

Abrí la nevera, saqué unos cubitos de hielo y me serví un whisky canadiense. Mientras me lo bebía entré en el cuarto de baño, me acerqué a la bañera y abrí el grifo del agua caliente; después volví a la habitación y conecté la radio. Busqué en el dial alguna emisora que diera información de la carrera. La televisión se había estropeado en un radio de ochenta kilómetros a la redonda.

La voz del locutor se extendió por la habitación. «En la vuelta ochenta y cuatro Andreotti ocupa la primera posición seguido muy de cerca por Gurney. Un auténtico duelo entre gigantes, amigos…»

Apagué la radio. Iban en cabeza desde el principio de la carrera.

Acabé el whisky, dejé el vaso encima de la nevera y me dirigí de nuevo al cuarto de baño. Abrí el grifo del agua fría y, mientras me desnudaba, contemplé las nubes de vapor que producía el agua. Cuando me sumergí en ella todo el cuarto de baño se encontraba lleno de vapor.

Eché la cabeza hacia atrás y la apoyé en el borde de la bañera, permitiendo que el agua me aliviara el dolor de huesos. Contraje los músculos del estómago y cerré los ojos. Y volvió a suceder. Como cada vez que había cerrado los ojos en los últimos cinco años.

Me pareció ver de nuevo el destello de las llamas que salían del motor y se abalanzaban sobre el parabrisas. Reduje la velocidad y, al llegar a la curva, me esforcé por no perder el control del coche. Iba lanzado contra un muro, y choqué con él a doscientos veinte kilómetros por hora. El bólido levantó el morro y voló por los aires durante un momento; con la mirada perdida alcancé a ver las tribunas, donde la multitud vociferaba. Después las llamas aumentaron y, envuelto en ellas, pasé por encima de aquel muro. El olor a carne quemada y a pelo chamuscado se me introdujo profundamente por los orificios de la nariz. Me oía a mí mismo gritando en la distancia.

Abrí los ojos y todo desapareció. Volvía a estar en la bañera escuchando el dulce sonido del agua al correr. Lentamente, cerré los ojos de nuevo.

Esta vez todo fue bien. Me abandoné en el agua.

En aquel momento comenzó a sonar el teléfono. A los hoteles modernos no les falta de nada. Me incorporé para coger el aparato, que estaba instalado en la pared.

—¿El señor Perino?

Era la telefonista de conferencias.

—Sí, soy yo.

—Tiene una llamada del señor Loren Hardeman. Un momento, por favor.

Oí distintos ruidos antes de que se pusiera al teléfono.

—Angelo, ¿estás bien?

—Perfectamente, Número Uno. ¿Y usted?

—También —me dijo—. Me encuentro como un chaval de ochenta y cinco años.

Me eché a reír. Aquel hombre ya había cumplido los noventa y uno.

—¿Qué demonios es ese ruido? —me preguntó—. Parece que estés atravesando las cataratas del Niágara en un barril. Apenas puedo oírte.

Me incorporé a medias y cerré el grifo. El murmullo desapareció.

—¿Me oye mejor así?

—Mucho mejor —repuso—. Estaba mirando la televisión y he visto que te has retirado a los boxes. ¿Qué ha sucedido?

—Se han quemado las válvulas.

—¿Dónde vas a ir ahora?

—No lo sé —confesé—. A la única carrera a la que tengo intención de asistir con seguridad es a Watkins Glen. Pero no se celebra hasta el otoño.

Oí que se abría la puerta de la habitación y que los pasos de Cindy se acercaban al cuarto de baño. Se detuvo en el umbral de la puerta y la miré.

—Había pensado ir a Europa durante el verano —continué—, e intentar correr allí.

La cara de Cindy era inexpresiva. Se dio la vuelta y se quedó en la habitación.

—No vayas —dijo el viejo—. No vale la pena. Solo conseguirás matarte.

Sentí cerrar la puerta de la nevera y el sonido del hielo al caer en los vasos. Mi amiga volvió trayendo dos whiskies canadienses. Cogí el vaso que Cindy me tendía mientras bajaba la tapa del retrete para sentarse en ella. Después bebió un sorbo.

—No me mataré —repuse.

La voz le sonaba desafinada a través del hilo telefónico.

—Déjalo de todos modos. Ya has tenido bastante.

—Solo ha sido una racha de mala suerte.

—No digas tonterías. Te he estado observando por televisión. Recuerdo que antes no le concedías una oportunidad ni a Dios. Pero hoy, en la última vuelta antes de abandonar, has dejado hueco suficiente para que pasara la armada de Coexey.

No le contesté. Bebí un trago de whisky.

Luego el tono de aquella voz se hizo más suave.

—Mira, no es tan importante —continuó—. Todavía tienes por delante lo mejor de la vida. En el sesenta y tres quedaste segundo en el Campeonato Mundial, y habrías sido el primero en el sesenta y cuatro de no haber saltado por encima de aquel muro en Sebring; te obligó a estar retirado durante un año.

Yo sabía muy bien a qué se refería. Las pesadillas lo demostraban.

—Creo que cinco años es tiempo suficiente para que te des cuenta de que ya no tienes nada que hacer.

—¿Y a qué crees tú que podría dedicarme? —le pregunté con sarcasmo—. ¿A trabajar en una revista como Wide World of Sports de comentarista?

Un matiz áspero se le reflejó en la voz.

—No seas desvergonzado, jovencito. El principal problema que tienes es que no acabas de crecer. En mala hora se me ocurrió arreglarte aquel cacharro. Nunca dejarás de jugar con él.

—Lo siento —dije. No tenía derecho a mostrarle la frustración que yo sentía.

—Estoy en Palm Beach —me informó—. Quiero que vengas a pasar unos cuantos días conmigo.

—¿Para qué?

—No lo sé. —Por la forma en que sonaba aquella voz, supe que estaba mintiendo —. Para hablar.

Me quedé pensativo durante un momento.

—De acuerdo —le dije al fin.

—Estupendo. ¿Vendrás solo? El ama de llaves necesita saberlo.

Le dirigí una mirada a Cindy.

—No lo sé todavía.

El viejo se esforzó por soltar la risa.

—Si es guapa, tráela. Aquí no hay muchas cosas que mirar, aparte del mar y la arena.

Después de que el viejo se despidiera, Cindy me quitó el teléfono de la mano y lo colocó en su sitio, en la pared. Salí de la bañera y me alcanzó una toalla. Se llevó las bebidas a la habitación.

Me sequé y, con la toalla ceñida a la cintura, seguí los pasos de la muchacha. Había dejado mi vaso en la mesa y se hallaba tendida en el suelo manipulando una grabadora de cuatro pistas. Bebí otro trago y me quedé allí, observándola.

Estaba marcando las cajas en las que previamente había colocado las cintas. El ruido de los motores le encantaba. Había algo en ellos que la volvía loca. A algunas chicas les gustaban las vibraciones, pero esta todo lo que necesitaba era ruido. Si uno la sentaba a su lado en el coche, encendía el motor y le ponía la mano en el coño, podía recoger tazas de miel.

—¿Has conseguido algún sonido bueno? —le pregunté.

—Unos cuantos. —Ni siquiera se dignó mirarme—. ¿Ya se te ha pasado?

—¿Por qué lo preguntas? ¿Porque se me olvidó recogerte?

Se dio la vuelta hacia mí.

—No me refiero a eso —afirmó sin ninguna expresión en la voz—. Me ha dicho Fearless que en las pistas se comenta que te vas a retirar.

Fearless Peerless era uno de los corredores de apoyo en el equipo de J. C. Intentaba abrirse camino y corría sobre todo en circuitos de segunda categoría. Me esforcé para que los celos no se me reflejaran en la voz.

—¿Ha sido Fearless quien te ha traído a casa?

—Sí.

—¿Ya le has echado el ojo a él también?

—Me lo ha echado él a mí.

Era verdad. Y yo sabía que aquel hombre no era el único. Cindy era una mujer muy especial.

Sentí que la pasión me quemaba la entrepierna.

—Enciende la grabadora —dije.

Me miró fijamente durante un momento y después, en silencio, colocó la grabadora sobre la mesa que había a los pies de la cama. Dispuso con mano experta los cuatro altavoces, uno en cada esquina, y les conectó los cables. Cuando terminó se volvió hacia mí.

—Pon la cinta grande —le indiqué—; la que grabaste en Daytona el año pasado.

Sacó la cinta de una de las cajas y la colocó en el aparato. Luego volvió a mirarme.

A aquellas alturas la erección me había crecido hasta formar una especie de tienda de campaña en la toalla.

—Quítate la ropa —le ordené.

Me acerqué a la mesa y puse en marcha la grabadora. La cinta produjo un leve siseo y después comenzó a oírse el griterío de una gran multitud. Repentinamente hubo una tremenda explosión de sonido y los motores empezaron a rugir. La carrera comenzaba en aquel momento.

Me acerqué a la cama y me quedé de pie junto a ella. La muchacha tenía los labios entreabiertos y la lengua, de color rosa, le asomaba entre los dientes; respiraba de modo casi imperceptible. Estaba muy bronceada y tenía el cuerpo de colores oro y miel; sobre él destacaban la franja blanca que le rodeaba los pechos y un pequeño triángulo en la entrepierna. Los pezones presentaban el mismo color rosa que el coral y el suave vello que tenía entre las piernas refulgía como pequeños diamantes.

Me subí a la cama y, con los pies, me abrí camino por los sobacos hasta que conseguí colocarlos bajo los hombros. Entonces me quité la toalla.

El pene se alzó, erguido, ante mi estómago. Me quedé allí, de pie sobre el rostro de la muchacha, que me miraba fijamente. No me moví.

De repente lanzó un gemido, se incorporó y me cogió el miembro. Se lo acercó hasta introducírselo en la boca, posesionándose de él con avidez; comenzó a hacer ruidos con la garganta. Poco a poco fui dejándome caer de rodillas sobre la cara de Cindy mientras me movía al ritmo que aquellos labios marcaban.

Noté que me lamía los testículos; después se situó debajo de mí y se entretuvo allí un rato buscándome los secretos del ano. No dejó ni un momento de acariciarme el pene con la mano, moviéndolo como la palanca de un cambio de velocidades para colocarme en la postura conveniente.

Luego habló en un susurro.

—Deja que me ponga encima de ti —me pidió.

Me dejé caer sobre un costado y después me tendí boca arriba. Se encaramó sobre mí sin soltarme el pene; se dejó caer encima lentamente. Fue como sumergirse en una caldera de aceite hirviendo.

—¡Oh, Dios! —gimió cuando comenzó a mecerse adelante y atrás y a frotar el clítoris contra mi cuerpo.

El estruendo de los coches de carreras iba pasando de un altavoz a otro alrededor de la cama. La habitación se llenó con la violencia explosiva de aquel sonido; ella se agitaba encima de mí y parecía llegar al clímax a cada vuelta. Yo notaba que el fruto de su excitación me goteaba en los testículos y en los muslos.

Siguió gimiendo y gritando en el frenesí de la pasión. Movía salvajemente la cabeza de un lado a otro formando un abanico con el pelo mientras se abalanzaba contra mí cada vez con más fuerza. Chocábamos violentamente el uno contra el otro.

—¡Qué bien! —murmuró—. ¡Es maravilloso!

Levanté los brazos y se los puse en el trasero. Cuando cayó sobre mí le golpeé viciosamente las nalgas, una con cada mano. Se apretó contra mi cuerpo e inició de nuevo el movimiento. La pegué una y otra vez siguiendo el ritmo.

Los gemidos se convirtieron en agudos gritos de dolor y de éxtasis. Parecía totalmente fuera de sí. Cuando el rugido de los motores que se aproximaban a la meta aumentó de intensidad, pensé que se ahogaría.

Por fin Carl Yarborough cruzó la línea de meta conduciendo el Mero del sesenta y ocho a doscientos treinta kilómetros por hora, y ella alcanzó el orgasmo final y me inundó con una riada de jugos.

Se quedó durante un rato balanceándose suavemente sobre la pelvis con ojos vidriosos y lejanos; después, muy despacio, se apartó de mí.

Se tendió en la cama y poco a poco fue recuperando el aliento; me miró a los ojos.

—Ha sido algo salvaje —murmuró.

Me limité a observarla.

Volvió a ponerme la mano en el miembro y alzó las cejas a causa de la sorpresa. Comenzó a acariciarlo gentilmente.

—Todavía está duro —musitó—. Eres fantástico.

Guardé silencio. No valía la pena decirle que yo no había alcanzado el orgasmo.

Se incorporó, lo besó y se lo puso de nuevo en la boca. Al cabo de un momento levantó la cabeza.

—Te he manchado por todas partes.

Hice un gesto de asentimiento.

Continuó besándome el pene e intentó sacarle el glande con la lengua. Apartó la cara y, apretándolo contra la mejilla, me dijo suavemente:

—¿Dónde encontraré a otro hombre como tú?

Le acaricié el pelo con la mano y la obligué a girar el rostro hacia mí.

—¿Te vas a ir con Fearless? —le pregunté.

—Contéstame tú primero —dijo—. ¿Vas a retirarte?

—Sí —repuse sin dudar.

—En ese caso, me iré con Fearless.

Y eso fue todo. Tal como lo cuento.