Betsy
Capítulo 3
tres
Cuando llegué al mostrador de la agencia Hertz, el calor húmedo del aeropuerto de West Palm Beach ya me había empapado la camisa. Saqué la tarjeta que me daba derecho a utilizar los coches gratuitamente y se la acerqué a la chica.
La examinó con atención antes de levantar la vista hacia mí. Entonces le cambió la expresión de la cara.
—¿Es usted Angelo Perino? —me preguntó con admiración.
Asentí con la cabeza.
—El otro día le vi en la televisión. Siento mucho que se le quemara el coche.
—Son cosas que pasan —le indiqué.
—Yo solo era una niña cuando mi padre nos llevó por primera vez a mi hermano y a mí a Sebring; fue la ocasión en que usted saltó por encima del muro. Le tuve presente en mis oraciones durante toda la semana, hasta que leí en una revista que se recuperaría.
Tenía el mismo aspecto que cualquier chica de la agencia Hertz. Todas americanas de pies a cabeza.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunté.
—Dieciséis.
La miré de nuevo. La piel de la chica era morena, con ese color de melocotón que proporciona el sol campestre. Y ya era mayor de edad.
—Creo que te debo algo por esas oraciones —le dije—. Tal vez podamos cenar juntos.
—Esta noche ya tengo una cita —me indicó—. Pero puedo eludir el compromiso.
—No, déjalo —le contesté con rapidez—. No quiero echarte a perder los planes. Dejémoslo para mañana.
—De acuerdo. —Anotó algo en una hoja de papel y después me la entregó—. Aquí tiene mi nombre y el número de teléfono. Me encontrará aquí hasta las cinco, y a partir de esa hora en esta dirección.
Le eché un vistazo al papel. Debería haberlo supuesto. Hasta el nombre sonaba a melocotón y sol campestre.
—Muy bien, Melissa —le dije—. Te llamaré. ¿Te parece bien que ahora hablemos del coche?
—Tenemos un Shelby GT Mustang y un Match One.
Me eché a reír.
—No pienso participar en ninguna carrera. ¿No hay alguno que sea descapotable? Me apetece que me dé el sol en la cara.
La muchacha repasó la lista.
—¿Qué le parece un LTD convertible?
—Estupendo.
Comenzó a rellenar el impreso.
—¿Dónde va a alojarse?
—En casa del señor Hardeman.
—¿Cuánto tiempo cree que necesitará el coche?
—Unos días. No lo sé exactamente.
—Bien; dejaré en blanco ese apartado. —Parecía un poco avergonzada—. ¿Me permite ver el permiso de conducir? Lo necesito para rellenar el impreso.
Me eché a reír y se lo entregué. Tomó nota del número y se dio la vuelta. Cogió el teléfono y comenzó a hablar.
—Trae el LTD descapotable, Jack. Y esmérate en el servicio. Es para un personaje importante. —Colgó el aparato—. Si tiene la bondad de esperar un momento, el coche llegará dentro de diez minutos.
—Lo que haga falta, Melissa —le indiqué.
Otro cliente se acercó al mostrador. Encendí un cigarrillo, me quité la chaqueta y la colgué del brazo. Hacía mucho calor.
Después de dar unos pasos me di la vuelta y observé a la muchacha. Me gustaba ver cómo se movía y la forma en que los pechos pugnaban por salir de aquel ajustado uniforme. Por lo visto allí había más cosas para mirar de las que se pensaba el viejo. Lo que le sucedía era que él no miraba en los lugares adecuados.
Al fin y al cabo, cuando se alquila un Hertz, no se alquila solo un coche; se alquila toda la compañía.
Detuve el automóvil ante las puertas electrificadas y apreté el botón situado a un lado de la entrada. Mientras esperaba a que me contestaran leí el letrero que estaba colgado en la puerta.
PROPIEDAD PRIVADA
PROHIBIDO EL PASO
¡peligro! perros de guarda
SE PERSEGUIRÁ A LOS SUPERVIVENTES
Me eché a reír. Por algún motivo aquel letrero no parecía muy convincente. Pero en seguida cambié de opinión. Apenas había acabado de leer su contenido cuando dos perros pastores belgas de un tamaño gigantesco se situaron detrás de la puerta mirándome y moviendo engañosamente la cola.
Me llegó una voz que provenía del altavoz situado junto al botón de llamada.
—¿Quién es?
—El señor Perino.
Hubo una pausa.
—Le esperábamos, señor Perino. Cruce las puertas y no se detenga a cerrarlas; lo hacen automáticamente. No baje del coche, repito, no baje del coche hasta que se encuentre ante la casa; y no saque el brazo por la ventanilla.
Se oyó un ruido al cortar la comunicación y las puertas comenzaron a abrirse. Los perros se mantuvieron quietos, esperando. Hice avanzar el coche poco a poco y se apartaron para dejarme paso; después, mientras me adentraba por el camino hacia la casa, me acompañaron en silencio junto al automóvil.
De vez en cuando los observaba; me devolvían la mirada y yo seguía conduciendo. Tras pasar una curva, y escondida entre los árboles, distinguí la fachada de la mansión. Un hombre y una mujer me esperaban en lo alto de la escalinata. Detuve el coche.
El hombre se puso un silbato en los labios y sopló con fuerza. No oí nada, pero los perros sí. Se quedaron inmóviles y me observaron mientras bajaba del coche.
—Por favor, quédese quieto un momento y permítales que le olfateen, señor Perino —me indicó el hombre—. Así le reconocerán siempre y ya no tendrá que preocuparse por ellos.
Permanecí quieto mientras él se llevaba de nuevo el silbato a la boca. Los perros se acercaron a mí corriendo y moviendo la cola. Me olfatearon los zapatos y las manos. Después perdieron interés por mí y se acercaron al coche. Un minuto más tarde, tras orinar en las cuatro ruedas, se alejaron correteando muy contentos.
El hombre vino hacia mí.
—Soy Donald. Permítame que le lleve las maletas, señor.
—Solo hay una —le dije—. Está en el asiento de atrás.
Me di la vuelta y me dirigí hacia la casa. La mujer me sonrió. Parecía tener unos cincuenta, y se peinaba el pelo negro, ya bastante gris, hacia atrás; casi no usaba maquillaje. Llevaba un vestido negro de hechura muy simple.
—Soy la señora Craddock, la secretaria del señor Hardeman.
—¿Cómo está usted? —le dije.
—El señor Hardeman le ruega que le disculpe por no salir a saludarle ahora, pero le conviene dormir la siesta. Me ha encargado que le diga que esta tarde a las cinco le espera en la biblioteca para tomar una copa. La cena se servirá a las seis y media. Cenamos pronto porque el señor Hardeman tiene que retirarse a las nueve.
—Perfectamente.
—Donald le enseñará la habitación —dijo mientras me conducía hacia el interior de la casa—. Puede refrescarse arriba. Si le apetece darse un baño, hay una piscina en el lado que da al océano; encontrará bañadores en la cabaña.
—Gracias, pero creo que seguiré el ejemplo de Número Uno. Estoy un poco cansado.
Asintió y se retiró. Seguí a Donald por las escaleras hasta la habitación. Entré en el cuarto de baño para lavarme un poco, y al salir me di cuenta de que alguien me había deshecho la maleta. Un pijama se hallaba dispuesto encima de la cama, que se encontraba abierta, y las cortinas estaban cerradas.
Cogí la indirecta y me quité la ropa. Diez minutos más tarde dormía como un tronco.
Cuando llegué a la biblioteca el viejo ya estaba esperándome. Me tendió la mano.
—¡Angelo!
Se la estreché. El apretón fue firme.
—Hola, Número Uno.
Sonrió. Cuando habló lo hizo con un matiz de reprobación en la voz.
—Realmente no sé si me gusta que me llamen así. Parece que yo sea un jefe de la Mafia.
—Nada de eso —le dije sonriendo—. Si las historias que he oído sobre mi abuelo son ciertas, o aunque lo sean solo a medias, él sí que era un verdadero jefe de la Mafia. Y nunca oí que nadie le llamara Número Uno.
—Acércate a la ventana y deja que te mire.
Seguí a la silla de ruedas hasta los grandes ventanales franceses que conducían a una terraza colgada sobre el océano. Luego me volví hacia él. Me examinó el rostro con detenimiento.
—No estás muy atractivo, eso es cierto.
—Nunca he dicho que lo fuera —contesté.
—Vamos a tener que hacer algo con esas quemaduras si quieres trabajar para mí —afirmó—. No podemos tenerte por aquí con esa cara; asustarías a los niños.
—Espere un minuto —le interrumpí—. ¿Quién ha dicho que yo vaya a trabajar para usted?
Me miró astutamente.
—Has aceptado mi invitación, ¿no es así? ¿O acaso pensabas que te había pedido que vinieras solo para pasar el tiempo?
No contesté.
—Soy demasiado viejo —continuó—, pero aún tengo proyectos. Y no puedo permitirme el lujo de desperdiciar el tiempo. —Movió la silla de ruedas hacia el interior de la estancia—. Ponte una copa y siéntate. Me va a dar un calambre en el cuello de mirar hacia arriba.
Me acerqué al aparador y me serví un Crown Royal con hielo. Me senté, y el viejo me miró con avidez al verme probar la bebida.
—¡Maldición! —exclamó—. Te aseguro que me gustaría beber contigo. —Se echó a reír—. Recuerdo que allá por mil novecientos cuatro, Charlie Sorensen me dio un trabajo en la compañía Ford; era cuando construían el modelo «K». El señor Ford vino a verme porque en aquel tiempo tenía a gala entrevistarse personalmente con todos los empleados nuevos. Me preguntó si bebía, y yo le dije que sí. Después quiso saber si fumaba, y mi respuesta fue de nuevo afirmativa. Al cabo de un rato comencé a sentirme incómodo y me creí en la obligación de decir algo. «Pero no soy mujeriego, señor Ford; estoy casado.» Cuando le solté aquello me miró unos instantes más, giró sobre los talones y se alejó sin decir una palabra. Diez minutos más tarde Charlie volvió y me despidió. Yo me quedé atónito, pues me habían contratado aquella misma mañana. Debió de observar la expresión de mi cara. Con mujer y un hijo en camino mi situación era delicada. Supongo que sintió lástima de mí, porque me dijo que fuera a ver a los hermanos Dodge de su parte, que ellos me darían trabajo. Cuando ya se alejaba se dio la vuelta. «¿Sabes, Hardeman? —me dijo—. El señor Ford no tiene vicios. Absolutamente ninguno.» Pero estaba en un error. El señor Ford tenía un vicio imperdonable. Era demasiado intransigente.
Tomé otro sorbo de la bebida y no hice ningún comentario.
El viejo clavó los ojos en los míos.
—Quiero que trabajes para mí.
—¿En qué? —le pregunté—. No puedo pasarme la vida probando coches.
—No me refiero a eso —aclaró—. Tengo un proyecto nuevo. Un gran proyecto. —Bajó la voz y asumió un tono confidencial—. ¡Quiero construir otro coche!
Creo que me quedé boquiabierto.
—¿Qué?
—¡Ya me has oído! —exclamó—. Un coche nuevo. Nuevo de arriba abajo. Un coche como aún no se ha construido ninguno.
—¿Ha hablado con alguien de este asunto? —le pregunté—. ¿Se lo ha dicho a L. H. Tres?
—No tengo necesidad de decírselo a nadie —afirmó algo enojado—. De hecho todavía controlo el ochenta por ciento de los votos de la compañía. —Empujó la silla hasta situarse a mi lado—. Y mi nieto es la última persona a quien se lo diría.
—¿Y qué pretende que haga yo?
—Liberarme de esta maldita silla de ruedas —repuso lentamente—. Lo que pretendo es que me sirvas de piernas.