Betsy
Capítulo 13
trece
Tres días más tarde estábamos sentados en la amplia zona de césped desde la que se veía la piscina. Un poco más allá se encontraba la playa privada, cuya blanca arena descendía hasta el agua. El tenue y temprano viento de setiembre soplaba a través de las frondosas palmeras que se alzaban por encima nuestro hacia el cielo. Cerré los ojos y me volví para que el sol me diera en la cara.
—Se acerca el invierno —comentó Número Uno.
—Todavía hace buen tiempo —le dije.
—No para mí. Cada año que pasa me apetece irme un poco más al Sur. Quizás a Nassau o a las Islas Vírgenes. A medida que me hago viejo noto con más precisión en los huesos la llegada del frío.
Giré la cabeza y le miré. Estaba sentado en la silla de ruedas, con aquella manta que llevaba perennemente puesta sobre las piernas y la mirada perdida en el mar.
—¿Cómo es hacerse viejo, Número Uno? —le pregunté.
No apartó la mirada de las blancas aguas del océano.
—-Lo odio —dijo sin poner ningún énfasis especial en las palabras—. Más que nada porque es muy aburrido. Parece que uno no sirva para nada. También se descubre que uno no es tan importante como se pensaba. El mundo continúa girando y con el tiempo uno se queda absorto en el único juego que puede jugar. Solo se tiene una ambición estúpida: 12:01 A.M.
—¿12:01 A.M.? —le pregunté—. ¿Qué es eso?
—Mañana por la mañana —me dijo, volviendo los ojos hacia mí—. El juego de la supervivencia. Solo que uno no sabe por qué lo juega. El mañana no es nada, pero el día de hoy ya ha pasado. Y así siempre.
—Entonces, ¿cómo es que ha empezado el asunto de los coches?
—Porque, aunque solo sea por una vez, quiero tener algo en qué pensar antes de morirme, además de las 12:01 A.M. —Dirigió de nuevo la mirada al océano—. Supongo que no me di cuenta de lo que me sucedía hasta el año pasado, cuando Elizabeth vino a pasar conmigo unos días. ¿La conoces?
Elizabeth era la hija de Loren.
—No la he visto nunca.
—Entonces tenía dieciséis años —continuó—. Y de repente ella me hizo atrasar el reloj. El verano pasado Betsy tenía exactamente la misma edad que su abuela cuando yo la conocí. El tiempo te juega malas pasadas, se salta las generaciones para divertirse. Durante aquellos días me sentí de nuevo joven.
No dije nada.
—Me levantaba pronto, casi al amanecer, y la veía bañándose en la piscina. Un día hacía una mañana tan maravillosa que ella dejó el traje de baño a un lado y se zambulló desnuda en el agua. La miré hasta que la visión de aquella exuberancia pura y juvenil hizo que los ojos se me llenasen de lágrimas. Y después comprendí lo que me había sucedido. Habían pasado demasiados años en los que yo no había tenido nada por qué llorar. El mundo se me había quedado reducido al cuerpo. Mi cuerpo, la concha, la prisión en la que yo había desperdiciado el tiempo. Y aquello había sido malo. Porque siempre hay que intentar escapar de una prisión. Y yo estaba haciendo exactamente lo contrario. Lo único que me importaba era descubrir formas y medios para pasar más tiempo en este mundo. Y en aquel momento supe exactamente lo que tenía que hacer. Quitarme la ropa y zambullirme en la piscina. Durante más de treinta años he estado sentado en esta silla creyendo que estaba vivo, cuando en realidad ya estaba muerto. Pero no podía seguir. Tenía que hacer algo, algo que aún me era posible hacer. Construir un coche para Betsy sería para mí como construírselo a su abuela. Cuando volvió de la piscina y nos sentamos a la mesa para desayunar, le expliqué lo que pensaba hacer. Ella comenzó a dar saltos de alegría y me rodeó con sus brazos. ¿Y sabes qué dijo?
Moví negativamente la cabeza.
—Me dijo: «Abuelo, eso sería lo más fantástico que alguien podría hacer por mí.» —Se quedó en silencio durante un rato—. Más tarde, cuando la muchacha se fue, llamé a Loren. Le pareció que aquella idea respondía a un sentimiento muy bonito, pero poco práctico. Económicamente, nuestros beneficios estaban por entonces estabilizados; construir un coche nuevo podría tener consecuencias graves. Físicamente no teníamos espacio para llevarlo a cabo; más del setenta por ciento se dedicaba a otras manufacturas. Pero conseguí que me prometiera que lo estudiaría.
—¿Lo hizo?
—No lo sé. Si lo hizo nunca me dijo nada. Después de un tiempo me di cuenta de que si quería seguir adelante con aquella idea tendría que buscar a alguien que lo hiciera por mí. Por ese motivo te dije que vinieras.
—¿Por qué yo?
—Porque los automóviles son tan importantes para ti como para mí. Desde aquel día en que nos conocimos en el parque yo supe que solo era cuestión de tiempo que te cansaras de los juguetes y te dieras cuenta de lo que realmente era importante para ti. Supe que estaba en lo cierto en el momento en que oí tu voz desde Indianápolis.
—De acuerdo, tenía razón. —Le sonreí—. Pero aún queda Loren.
Una mirada de confusión se le reflejó en la cara.
—No entiendo muy bien a Loren. Sé que no es estúpido. Hace tiempo que debería haber descubierto lo que nos proponemos. Pero no ha dicho ni una palabra.
—Loren tiene otras cosas en qué pensar —le dije.
—¿Cómo qué? Si hay algo que Loren no hace jamás es perder el negocio de vista.
—Esta vez lo ha hecho.
—No seas tan misterioso, maldición —estalló—. Si sabes algo que yo ignoro, dímelo.
—Loren está ahora muy ocupado. Tiene un idilio —le dije—. Precisamente este fin de semana está en Hawai.
—¿Cómo lo sabes? —me preguntó de inmediato—. Lo he llamado a su casa y a la oficina. Nadie sabe dónde está.
—Prácticamente lo hice todo, excepto subirle la chica al avión.
Le conté brevemente la historia, y cuando acabé, él comenzó a sonreír.
—Bien —dijo—. Ya empezaba a preguntarme si ese muchacho era humano. Puede que todavía tenga remedio.
Me puse en pie.
—Voy a dar un vistazo adentro para ver cómo van los chicos con los cálculos.
Le dejé allí sentado, mirando hacia el océano, y eché a andar hacia la casa. Una vez en ella me dirigí a la biblioteca. A pesar de que las ventanas se hallaban abiertas, la atmósfera estaba cargada del humo azul de los cigarrillos, principalmente sobre la mesa en que estaban trabajando. A un lado de esta se hallaba sentado Len Forman, un socio de Danville, Reynolds y Firestone, que representaba a los aseguradores; enfrente, al otro lado de la mesa, estaba Arthur Roberts, un prominente abogado de empresas de Nueva York, al que habíamos contratado como asesor. Lo que más me gustaba de Artie es que la pelea no le daba miedo, y todos sabíamos que aquello no iba a ser precisamente como bailar un vals.
—¿Qué tal va? —les pregunté.
—Ya casi hemos terminado —repuso Artie—. Creo que podemos comenzar a hablar.
—Voy a buscar a Número Uno —les indiqué.
—No vayas aún —me dijo Artie rápidamente—. Iremos contigo. Después de tres días encerrados en esta habitación, un poco de aire fresco no nos hará ningún mal.
—Todavía tengo que poner en orden algunas cosas —dijo Len—. Id vosotros delante, ya os alcanzaré.
Volvimos a la piscina. Número Uno seguía contemplando el océano. Volvió la cabeza al oír nuestros pasos. Fue derecho al grano.
—¿Qué le parece, señor Roberts? ¿Se puede hacer?
—Se puede hacer, señor Hardeman —dijo Artie—. Pero creo que deberíamos examinar los distintos caminos por los que se llega hasta nuestro objetivo.
—Explíquese —le pidió Número Uno sucintamente—. Pero no olvide hacerlo con sencillez. Soy mecánico, no abogado ni contable.
—Lo intentaré —repuso Artie con una sonrisa. Sabía tan bien como yo que Número Uno lo había pensado todo con detenimiento antes de que ninguno de nosotros estuviera al tanto de aquel proyecto—. Hay varias formas de hacerlo. Una, vender la compañía entera, lo que creo que traería consigo una serie de desventajas fiscales. Dos, separar la división de electrodomésticos y manufacturas del grueso de la compañía, y, o bien venderla, u ofrecerla al público en acciones. Tres, lo contrario a la dos: separar la división de automóviles y ofrecer las acciones al público. A causa de los pocos beneficios que reporta, sospecho que sería la solución menos atractiva.
—¿Cree que podríamos conseguir el capital que necesitamos? —le preguntó Número Uno.
—No veo ninguna razón que nos lo impida —repuso Artie—. Sin que importe demasiado el plan que adoptemos finalmente. —Se volvió hacia Forman, que había llegado justo cuando L. H. Uno hacía la pregunta—. ¿A ti qué te parece, Len?
Forman asintió con la cabeza.
—No hay problema. Sería la emisión de acciones más comercial desde que la Ford sacó las suyas al público.
—¿Qué solución recomienda?
—La primera —dijo Artie rápidamente—. Quedarse con la compañía entera.
—¿Está usted de acuerdo? —le preguntó Número Uno a Forman.
—Por completo —convino—. Sería la solución con más atractivo.
—¿Usted lo cree por el mismo motivo? —dijo Número Uno dirigiéndose a Artie.
—En realidad, no —repuso este—. No veo por qué tiene usted que renunciar a la parte más aprovechable de la compañía para conseguir lo que quiere. Creo que si seguimos la misma fórmula de la Ford, se puede llegar también al resultado apetecido.
Número Uno se dio la vuelta y se puso a contemplar de nuevo el mar. Se quedó en silencio durante un largo rato; después lanzó un suspiro y se volvió hacia mí.
—¿Sabes cuándo regresará mi nieto a Detroit?
—Durante la semana que viene.
—Creo que deberíamos ir a verlo —dijo—. Puede que haya estado equivocado con respecto a él todo este tiempo. Debería darle una oportunidad para que lo pensara.
—Me parece una buena idea —comenté.
—Le diré a la señora Craddock que le llame a la oficina y haga los arreglos necesarios para tener una cita el miércoles por la noche, en mi casa de Grosse Pointe. —Comenzó a mover la silla hacia la casa. Donald apareció como por arte de magia y se puso a empujarla. Número Uno nos miró—. Vamos, caballeros, déjenme que les invite a una copa.
Fuimos caminando al lado de la silla de ruedas. Forman le hizo una pregunta.
—¿Ha pensado ya en la clase de coche que desea fabricar, señor Hardeman?
Número Uno se echó a reír.
—Uno que funcione, supongo.
Forman se mostró educado.
—Me refiero al diseño.
—Acabamos de empezar —dijo Número Uno—. El diseño de automóviles es un arte muy complicado. Un arte. Eso es exactamente lo que es. Arte moderno, funcional. Un collage primario de nuestra sociedad tecnocrática. Eso es lo que es, caballeros. El museo Smithsonian no es lugar apropiado para el modelo «T» de Henry Ford. Lo sería mucho más el Metropolitan Museum of Art.
—¿Ha elegido ya el nombre para el coche, señor Hardeman? —le preguntó Artie —. Tengo entendido que el nombre es un factor muy importante.
—Lo es. Y ya lo tengo. —Me miró y me dirigió una sonrisa de complicidad—. «Betsy». Así es como le llamaremos. Betsy.