Betsy
Capítulo 2
dos
En la esquina del bar, apenas iluminado, del motel Starlight, un pianista negro con barba de chivo improvisaba una suave melodía —muy apropiada a aquella hora— cuyas notas se dejaban oír entre el murmullo producido por las conversaciones que tenían lugar en la concurrida sala. Al fondo del local varias personas se apretujaban en un diminuto reservado.
Artie Roberts miró a Angelo, que se hallaba sentado frente a él, al otro lado de la mesa.
—¿Qué combinación es mejor para ir mañana por la mañana a Nueva York? ¿Es preferible salir de Spokane o de Seattle?
Angelo se encogió de hombros.
—Creo que desde Seattle hay más vuelos, pero Spokane está casi cien kilómetros más cerca. Pregúntalo en recepción.
Artie se puso en pie.
—Voy a hacerlo ahora mismo. En seguida vuelvo.
Cindy cogió la copa y se quedó abstraída, mirando fijamente el fondo de la misma.
—Es la sed de muerte, eso es lo que es.
—¿Qué dices? —le preguntó Angelo.
La muchacha no levantó la mirada.
—Estoy segura de que es eso. Todos vosotros lo que en realidad deseáis es morir, ¿verdad?
Angelo no respondió.
—¿Sabes? —continuó Cindy todavía con la mirada clavada en el fondo del vaso —. Yo adiviné que iba a matarse cuando lo vi subir a aquel coche. Por eso volví al motel en vez de quedarme por allí esperándolo. No quería estar presente cuando sucediera.
—Si ya lo presentías, ¿por qué no hiciste nada por impedírselo? —le preguntó Angelo.
—¿Para qué? Si no se mataba aquel día lo haría cualquier otro. Yo no podía estar siempre cerca para impedírselo.
Angelo le hizo una seña al camarero para que les llevara otra ronda. Cuando las tuvieron delante, Cindy cogió la suya y la probó.
—Creo que lo mejor será que me marche mañana —dijo.
—¿Por qué? ¿Has encontrado otra cosa mejor?
Ella movió la cabeza de un lado a otro.
—No, pero aquí no acabo de encajar. Ya sabes por qué. Estos coches no hacen ruido.
—Algún día todos los coches dejarán de hacer ruido —le indicó Angelo—. ¿Qué harás entonces?
—Cuando eso ocurra yo ya seré demasiado vieja para disfrutar —dijo la joven.
—Eres un buen piloto de pruebas —observó Angelo—. Estoy seguro de que a Duncan no le va a hacer ninguna gracia que te vayas. Dice que tienes un punto de vista muy acertado.
—A mí también me gusta el viejo. Pero yo solo acepté el empleo para estar con Fearless. En aquel momento él creía que pensabais introduciros en la competición.
—También lo creía yo —dijo Angelo—. Pero eso ya no importa. Lo que pretendemos hacer ahora es otra cosa.
—Ya lo sé —convino la muchacha. Cogió la copa y observó con detenimiento al hombre que tenía enfrente—. ¿Cuándo has dejado de estar loco?
—¿A qué te refieres?
Cindy lo miró a los ojos.
—Tiempo atrás eras como todos los demás. Siempre estabas dispuesto a morir en cualquier momento, en cualquier lugar, en cualquier esquina. Luego, de pronto, todo se acabó, y de la noche a la mañana te convertiste en otro hombre. Lo adiviné cuando llegué al hotel aquel día y te encontré en la bañera.
—Todos tenemos que crecer, tenemos que acabar de madurar en un momento u otro —le dijo Angelo—. Puede que aquel fuese el momento en que me ocurrió a mí.
La muchacha permaneció en silencio un momento. Luego dejó el vaso sobre la mesa resueltamente.
—Debe de ser eso. Que yo no deseo crecer. Los adultos no me necesitan para nada. Pueden arreglárselas perfectamente sin mí. Pero la gente como Fearless, las personas que son como tú eras antes, necesitan que alguien les sirva de apoyo cuando no se hallan sentados al volante. Precisan de alguien que les haga sentirse vivos en los momentos en que no están haciendo aquello que más les interesa.
Se puso en pie.
—He pedido que me cambien de habitación.
—Bien hecho —observó él.
—Tengo algunas cintas nuevas que no has oído. A lo mejor te apetece venir a escucharlas a mi habitación después de cenar.
—Ya veremos. Te llamaré sobre las ocho, cuando salga a cenar.
—Si verdaderamente quieres cenar, será mejor que te dispongas a hacerlo a las siete. Por aquí la gente se recoge muy temprano.
—De acuerdo.
Se quedó mirando cómo la muchacha se abría camino por el repleto local. Había algo especial, algo triste, en el modo en que aquella joven se movía.
El camarero se acercó a Angelo.
—Le llaman por teléfono, señor Perino. Es una conferencia.
Siguió al camarero hasta una cabina situada en un rincón de la sala. Cerró la puerta tras de sí para evitar los sonidos de fondo.
—¿El señor Perino? —preguntó la telefonista.
—Al habla.
A continuación se oyó la voz de Número Uno.
—Eres bastante difícil de localizar —se quejó este, un poco molesto.
—No, no lo crea —replicó Angelo—. Este es el único bar del pueblo.
—Acabo de escuchar en la radio el resultado del juicio. Creí que me llamarías.
—Pensaba hacerlo, pero al salir del juzgado me pareció que en el Este ya era demasiado tarde. No ha habido problemas. Todo ha salido perfectamente.
—Hemos tenido suerte. El asunto podía haber levantado una gran polvareda —le comentó el anciano.
—Me gustaría saber quién ha sido el que la ha tomado con nosotros —le dijo Angelo—. Estoy convencido de que todo este alboroto no se le ha ocurrido al juez ni al fiscal del condado.
—Cada día te pareces más a tu abuelo en la forma de hablar, Angelo —observó Número Uno—. Él siempre creía que había un complot detrás de cada contrariedad. Pensaba que las cosas no sucedían porque sí.
—Y es posible que tuviera razón —le indicó Angelo—. Pero usted sabe tan bien como yo que si nos hubieran cogido desprevenidos el alboroto habría podido echar abajo todo el proyecto antes incluso de poder llevarlo a la práctica. ¿No le parece un poco raro que los periódicos se enterasen de que iba a haber un juicio antes que nosotros?
—Estamos construyendo un nuevo modelo de coche —dijo Número Uno—. Eso es siempre una gran noticia. Puedes ir acostumbrándote a este tipo de cosas. Te estarán vigilando en todo momento.
—Ya lo sé —intervino Angelo—. Los periodistas andan rondando por todas partes dispuestos a fotografiar el coche. Hasta se han acercado a la pista de pruebas en helicóptero con cámaras provistas de teleobjetivo.
—¿Han conseguido algo?
—De nuestro coche, no. Pero tienen un montón de fotografías del Vega, del Pinto y del Gremlin. Incluso es muy posible que las hayan conseguido del Maverick y del Nova.
Número Uno dejó escapar una risita.
—Eso debe de fastidiarles mucho. ¿Cuántos coches tenéis en la carretera?
—Treinta y uno, diseminados por el Oeste y el Suroeste. Hay ocho en la pista de pruebas y otros seis, sin camuflaje, que solo circulan de noche.
—Lo estáis haciendo bastante bien. ¿Cuándo crees que el diseño estará listo definitivamente?
—Dentro de siete u ocho meses. En setiembre u octubre —le indicó Angelo.
—O sea, que no participaremos en la exposición de otoño.
—Exacto —confirmó Angelo—. Pero espero que podamos tomar parte en la exposición de primavera de Nueva York. Eso quizá nos dé una cierta ventaja. Todos los demás modelos del año setenta y dos ya habrán salido a la calle, de modo que seremos los primeros en sacar un coche para mil novecientos setenta y tres.
—Eso me gusta —dijo Número Uno. Le cambió el tono de voz—. Aquí hay alguien que quiere hablar contigo.
Angelo notó que el teléfono cambiaba de manos. A continuación le llegó la voz de Betsy a través del hilo. Tenía un matiz de debilidad y parecía falta de aliento.
—¿Cuándo vas a permitirme conducir uno de esos coches?
—En cuanto terminemos de hacer las pruebas, señorita Elizabeth —replicó él.
—No hace falta que te muestres tan formal, Angelo —le dijo la muchacha—. Ya le he contado a Número Uno lo que sucedió aquella noche cuando fui a tu habitación.
Angelo se echó a reír.
—Espero que también le hayas contado que te llevé a casa en coche.
—También. Y en seguida quiso saber por qué.
—A lo mejor porque acababas de cumplir dieciocho años —le hizo observar Angelo.
—Esa es la edad que tenía mi bisabuela cuando Número Uno se casó con ella. Será mejor que te lo pienses bien. Las chicas como yo no estamos disponibles demasiado tiempo.
Angelo se echó a reír de nuevo.
—Es posible que lo único que pase es que yo no sea de los que se casan, señorita Elizabeth.
—Después de la boda de papá, me iré a Europa a visitar a mi tía —le comunicó ella—. Y ya sabes cómo son los hombres por allí.
—Claro que lo sé. Y espero que tú también estés al corriente.
—Crees que aún soy una niña. El hecho de que fueras al colegio con mi madre no quiere decir que yo no sea lo bastante mayor para ti.
—No lo pongo en duda —dijo Angelo—. Pero soy una persona muy chapada a la antigua. Creo que es el hombre el que debe hacer la proposición.
—Muy bien —dijo ella—. Pues propónmelo.
—No me parece el momento más adecuado —le indicó Angelo echándose a reír —. Tengo que fabricar un coche. —Oyó que alguien golpeaba en la puerta de la cabina. Al mirar vio que se trataba de un ayudante del sheriff—. Espera un momento —le dijo a Betsy mientras abría la puerta.
—¿El señor Perino? —le preguntó educadamente el ayudante.
—Sí.
—Esto es para usted. —Le entregó a Angelo un sobre con aspecto oficial.
Parecía ser un mandamiento judicial. El nombre de Angelo, el de Duncan y el de la Bethlehem Motors estaban mecanografiados en el exterior. Abrió el sobre y lo miró. En efecto, era un mandamiento judicial firmado por el juez, que les prohibía conducir coches impulsados por motor de turbina a gas en todas las carreteras del Estado de Washington. Angelo levantó la vista. El ayudante del sheriff ya se dirigía a la salida. Se volvió hacia el teléfono.
—Dile a Número Uno que se ponga.
Una nota de preocupación apareció en la voz de la muchacha.
—¿Sucede algo malo?
—Sí —repuso él, cortante—. Dile que se ponga.
—¿Qué hay? —La voz de Número Uno resonó en el teléfono.
—Acaban de entregarme un mandamiento judicial que nos prohíbe conducir los coches en todas las carreteras públicas de este Estado.
—¿Qué? —Número Uno se quedó sorprendido—. ¿Cómo pueden hacer una cosa así?
—No sé cómo, pero lo han hecho —contestó Angelo. Hizo una pausa para sacar un cigarrillo con la mano libre—. Dígame ahora si no hay nadie detrás de todo esto.
Número Uno se quedó callado.
—Quienquiera que sea tiene la mano muy larga —continuó Angelo.
—¿Qué piensas hacer?
—Artie Roberts todavía está aquí —le indicó Angelo—. Pensaba marcharse mañana a Nueva York, pero le diré que no lo haga. Tiene que hacerle frente a esto en los tribunales.
—Puede que lleve mucho tiempo solucionarlo —dijo Número Uno.
—No me preocuparía si solo fuese cuestión de tiempo —afirmó Angelo—. Pero si no conseguimos aclarar todo este asunto, es posible que el Betsy no llegue nunca a circular por las carreteras.