Betsy
Capítulo 5
cinco
Los débiles sonidos de Las tres de la madrugada llegaban desde el salón de baile a la biblioteca de la mansión de los Hardeman, donde se había instalado un bar para los hombres que deseaban beber en serio y mantenerse apartados del bullicio del baile, en el que solo se servía champaña.
Loren se encontraba ante el bar, con un pie apoyado en la barra inferior y un whisky en la mano. Tenía el rostro encendido y sudaba allí, de pie en medio de un reducido corro de hombres.
—El sedán es el coche del futuro —afirmaba—. Tomad nota de lo que digo. En los próximos diez o quince años el coche descubierto de turismo tal como lo conocemos ahora habrá desaparecido. La gente ya está cansada de congelarse en invierno, de empaparse cuando llueve y de achicharrarse al sol. Algún día los coches tendrán incluso aire acondicionado, del mismo modo que ya empieza a ser frecuente que posean calefacción.
—Entonces, conducir ya no será lo mismo —comentó uno de los hombres que le acompañaban.
—¿Y qué? —replicó Loren—. Lo importante es llegar al máximo de confort. De eso es de lo que se trata. Cuanto más cómodo sea viajar, más gente querrá comprarse un coche. Espera a que el Loren Dos salga al mercado el año que viene. Comprobarás que sé de lo que estoy hablando.
El mismo hombre habló en tono de duda.
—Mil setecientos dólares es mucho dinero.
—Los pagarán —afirmó Loren con confianza—. El público americano sabe lo que quiere. Siempre están dispuestos a pagar un poco más si a cambio se les da calidad.
—¿Has intentado comprar la compañía de los hermanos Dodge? —le preguntó otro contertulio.
Loren movió la cabeza de un lado a otro.
—Eso no es para mí. No deseo enfrentarme a Ford y a Chevy. Me muevo estrictamente en una categoría intermedia.
—He oído que la GM les ofreció ciento cuarenta y seis millones de dólares —dijo el primer hombre.
—Están chiflados —repuso Loren.
—¿Quieres decir que la oferta es excesiva?
Loren hizo un movimiento negativo.
—Se queda corta. No conseguirán nada. Sé que una firma de Wall Street les ha hecho una oferta mejor. —Se volvió hacia los dos hombres que estaban situados detrás de él—. Eh, Walter —dijo dirigiéndose al más alto—. Eres tú quien debería comprar la Dodge. Llenaría un hueco en tu cadena de producción y podrías hacerle realmente la competencia a GM.
Walter Chrysler sonrió.
—Ya lo he pensado. Pero aún no es el momento. Estoy muy ocupado con el Maxwell. Quizá dentro de unos años.
—Una vez que Wall Street meta baza en el asunto, ya será demasiado tarde. Ya sabes cómo trabajan esos muchachos.
Chrysler volvió a sonreír.
—Esperaré, Loren. Wall Street sabe vender acciones y bonos, pero dirigir una compañía de automóviles es algo muy diferente. Ya se darán cuenta. Y cuando eso suceda a lo mejor ya estoy preparado.
Un mayordomo abrió las dos hojas de la puerta de la biblioteca que los habían mantenido separados del resto de la casa; los sonidos finales de la fiesta inundaron la habitación. Rápidamente los hombres apuraron las copas y echaron a andar en busca de sus esposas, dispuestos a marcharse. Pronto Loren se quedó solo en la habitación con la única compañía del camarero que atendía la barra. Acababa de servirle otra copa cuando Sally y Junior entraron en la habitación.
Loren levantó el vaso.
—Por los novios —dijo; y acto seguido se bebió el whisky de un trago—. Ha sido una fiesta estupenda. Una gran fiesta.
Junior se echó a reír.
—En efecto, padre.
Loren lo miró.
—¿Dónde está tu madre?
—Arriba —se apresuró a responder Junior—. Nos ha encargado que te lo digamos. Se encuentra muy cansada.
Loren no pronunció palabra. Le hizo una seña al camarero para que le llenara de nuevo la copa.
—¿Por qué no tomáis una copa conmigo?
—No, gracias, padre —repuso Junior—. Me parece que nosotros también vamos a subir a la habitación. Ha sido un día muy largo.
Loren lanzó una risita de complicidad.
—No podéis esperar más, ¿eh, muchachos? Pensé que habríais aprovechado el tiempo durante la siesta.
Una fugaz visión del cuerpo peludo que había visto en el espejo cruzó como un relámpago por la mente de Sally. Habló con voz indignada.
—¡Papá Hardeman! ¿Cómo puede decir eso?
Loren se echó a reír afablemente.
—No soy tan viejo como para no saber lo que los jóvenes tenéis en la cabeza en momentos como este. —Le colocó las manos sobre los hombros y, dándole la vuelta, envió a la muchacha hacia la puerta con una palmada en el trasero—. Tú sube a la habitación y prepárate para tu marido. Yo quiero hablar con él un minuto. Te prometo que no lo entretendré mucho rato.
Sally salió de la biblioteca con la cabeza muy alta. Loren la siguió apreciativamente con la mirada y luego se volvió hacia su hijo.
—Tienes una mujer espléndida, Junior —le dijo—. Supongo que ya lo sabes.
—Sí, padre —repuso Junior con tranquilidad.
Loren le dio unas palmaditas en la espalda.
—Venga, tómate una copa.
Junior dudó un instante.
—Tomaré un brandy —le dijo al camarero.
—¡Brandy! —rugió Loren—. Esa es una bebida para sarasas. Tómate una copa de verdad. Camarero, póngale un whisky.
El empleado puso la copa delante de Junior.
—¿De qué deseas hablarme, padre?
—Me ha dicho tu madre que Sally y tú pensáis compraros una casa en Ann Arbor —le indicó Loren.
Junior asintió.
—Nos gusta aquella zona.
—¿Qué tiene de malo Grosse Pointe? —le preguntó Loren—. Puedo conseguiros la casa de Sanders. O cualquier otra, si esa no os gusta. La que escojáis.
—A Sally y a mí nos gusta el campo, padre —replicó Junior—. Hemos pensado comprarnos una casa con alguna tierra y espacio suficiente para tener caballos.
—¡Caballos! —estalló Loren—. ¿Qué demonios pensáis hacer con caballos? ¡Nosotros nos dedicamos al negocio automovilístico!
—A Sally y a mí nos agrada montar. —La voz de Junior comenzaba a sonar a la defensiva—. No creo que se nos pueda criticar por ello.
—Nadie lo hace —se apresuró a aclarar Loren—. Pero Ann Arbor está endiabladamente lejos. No tendréis con quién hablar los fines de semana. Allí no hay gente del negocio. ¿Qué te parece Bloomfield Hills? Al menos ahí viven personas que conocéis.
—Precisamente eso es lo que deseamos evitar, padre —le explicó Junior, testarudo—. Queremos estar solos.
Loren se acabó el whisky y pidió otro.
—Escúchame, hijo —dijo pausadamente—. A principios de año serás vicepresidente de la compañía, y dentro de un par de años serás presidente. Yo no pienso seguir trabajando eternamente y creo que tu madre y yo tenemos derecho a disponer de algún tiempo libre. Cuando toda la responsabilidad recaiga sobre ti, es necesario que estés siempre donde la gente pueda encontrarte en seguida. No puedes vivir en el campo, en un sitio donde es muy complicado localizarte.
—Ann Arbor no es la selva —respondió Junior—. Está a poco más de una hora de camino.
Loren guardó silencio durante un momento. Echó un vistazo en torno suyo.
—¿Sabes, hijo? Si no fuera por tu madre, yo ni siquiera viviría aquí. Es posible que algún día me decida a construir un edificio de oficinas y me haga un apartamento en el último piso.
Junior sonrió.
—Esa es una buena manera de mantenerse en lo alto.
Loren lo miró y luego se echó a reír.
—Muy bien, hijo. Haz lo que quieras. Pero recuerda lo que te digo. Dentro de poco estarás buscando una casa por aquí.
—Es posible, padre. Ya veremos.
Loren le propinó un cariñoso empujón en la espalda.
—De acuerdo, hijo. Vete arriba. No es bueno tener a la esposa esperando en la noche de bodas.
Junior asintió y echó a caminar; luego se detuvo y se dio la vuelta.
—Padre…
—¿Sí?
El joven sonrió. Loren sintió una extraña emoción interior al ver aquella sonrisa, pues era la misma de su esposa. Poseía la misma dulzura.
—Gracias, padre. Gracias por todo.
—Venga, hombre —dijo Loren bruscamente—. Tu mujer te está esperando.
Se volvió hacia la barra para que su hijo no advirtiera la súbita humedad que le había inundado los ojos.
—Buenas noches, padre.
—Buenas noches, hijo.
Escuchó cómo los pasos se alejaban y después se terminó la copa. La de Junior seguía sobre la barra, intacta. La contempló un instante; a continuación sacó el reloj de bolsillo de oro macizo y lo abrió. La fotografía de Elizabeth y Junior, tomada muchos años atrás, le devolvió la mirada. Eran las cuatro de la madrugada. Lanzó un suspiro.
Cerró el reloj y lo volvió a guardar en el bolsillo. Abandonó lentamente la biblioteca y se dirigió al salón de baile. La casa parecía anormalmente silenciosa y vacía ahora que los invitados se habían marchado. Solo quedaban unos cuantos criados realizando las últimas tareas de la noche.
Se acercó a los ventanales que daban al jardín. El Loren Dos se encontraba en la terraza, oscuro y hermoso a la pálida luz de la luna. Se acercó despacio y dio una vuelta completa alrededor del coche. Era toda una belleza, se mirase como se mirase.
Abrió la puerta del conductor y subió al automóvil. Se instaló cómodamente en el mullido asiento y puso las manos sobre el volante. Incluso con el motor apagado se adivinaba nervioso y fuerte. Se preguntó si Junior sentiría lo mismo que él por los coches.
Pero ya sabía cuál era la respuesta. Para Junior los coches no eran nada en sí mismos, se trataba meramente del negocio dentro del cual se daba la circunstancia de que había nacido. Quizás algún día Junior sintiera lo mismo que él. Su hijo nunca había construido un coche con sus propias manos. Esa podía ser la razón de su actitud.
Se inclinó hacia delante, apoyó la cabeza en los brazos y cerró los ojos. Le invadió un peculiar cansancio.
—Loren, hijo —musitó para sí mismo—. ¿No te has dado cuenta? Lo que yo deseaba regalarte no eran las acciones ni el dinero. Era el coche. Por eso lo he llamado Loren Dos.
Y se quedó dormido.
Cuando él volvió del cuarto de baño, Sally se hallaba desnuda bajo las sábanas. La habitación estaba a oscuras. Junior se quedó de pie junto a la cama y la miró al tiempo que se abrochaba la chaqueta del pijama.
—Sally —llamó en un susurro.
—¿Sí, Loren?
El hombre se arrodilló al lado de la cama, con el rostro situado a la misma altura que el de ella.
—Te quiero, Sally.
La muchacha se volvió y le puso los brazos alrededor del cuello.
—Yo también te quiero.
Junior la besó dulcemente.
—Siempre te querré.
Sally cerró los ojos y lo estrechó entre los brazos acercándolo a su cuerpo. Se besaron.
Él levantó la cabeza.
—Ya sé que estás muy cansada…
La muchacha le colocó un dedo sobre los labios y luego le atrajo la cabeza hasta situarla sobre los pechos para que su marido advirtiera que se encontraba desnuda. Junior, con la respiración entrecortada, cerró la boca en torno a un pezón. Ella sintió que la invadía una oleada de calor y cerró los ojos.
La visión de aquel cuerpo desnudo, gigantesco y peludo, se le apareció en el interior de los párpados; alcanzó el clímax antes incluso de que su marido la penetrase.
Fue en aquel momento cuando se dio cuenta de que su suegro se había apoderado de su cuerpo y se había interpuesto entre ella y Junior en la misma noche de bodas.