Betsy
Capítulo 5
cinco
Yo ya tenía preparado el Martini —seco, muy frío y servido en una copa empañada con escarcha— sobre la barra del bar cuando ella entró en la habitación.
—Veo que no te has olvidado, ¿verdad, Angelo? —me preguntó mientras cogía la copa.
Yo alcé la mía.
—Los Angelos, como los elefantes, nunca olvidan.
Bebimos en silencio. Se terminó la copa de un solo trago. También me había acordado de eso. Se la llené de nuevo con la coctelera. Yo continuaba sin decir palabra.
Bobbie atravesó la habitación y miró a través de la ventana hacia las resplandecientes luces de Ontario. Un letrero luminoso situado en la otra orilla del río parpadeaba en la oscuridad, encendiéndose y apagándose: «¡VENGA A VISITARNOS!»
Entonces se volvió hacia mí.
—Tienes una buena vista nocturna desde aquí.
—Solo cuando está despejado —dije yo—. Los días de niebla no es tan buena.
Dio unos sorbos de la bebida y siguió mirando por la ventana.
—Voy a dejar a Loren —me comunicó—. Todo fue un error. Ahora me doy cuenta.
No dije nada.
Se dio la vuelta para mirarme.
—¿Has oído lo que he dicho?
Asentí.
—Sí.
—¿Y no tienes nada que decir? —La voz le sonaba quebradiza y débil.
—No.
—¿Nada? —Se echó a reír—. ¿Ni siquiera una frase como «ya te lo advertí»?
—Nada.
Se giró de espaldas y miró de nuevo por la ventana.
—¿Acaso esa chica que ha bajado a avisarme…? —No terminó la pregunta.
—Somos viejos amigos —le indiqué.
Nos quedamos de nuevo en silencio. Apuró la copa y me la tendió. Yo la volví a llenar.
—Gracias —dijo.
Hice un ademán con la cabeza.
—Veo que sigues sin hablar mucho, ¿verdad? —me comentó.
—Solo hablo cuando tengo algo que decir.
—Entonces di cualquier cosa —me pidió tajante.
Yo la miré.
—¿Por qué?
—Porque las cosas no han sido como yo me imaginaba. Lo único que le importaba es la compañía. Vive dedicado por completo a ella. Solo piensa en eso y en vengar la muerte de su padre.
—¿Vengar la muerte de su padre?
—Sí —insistió—. Es un hombre que se encuentra dividido en dos; por una parte su abuelo le inspira un gran respeto a causa de los logros que ha conseguido a lo largo de su vida, y por otra parte odia al viejo por acosar a su padre hasta el punto de empujarle al suicidio.
—¿Es que acaso le echa la culpa a Número Uno por eso?
Bobbie asintió.
—Dice que el viejo nunca dejó en paz a su padre, y que tampoco lo dejará en paz a él.
—No puedo creerlo.
Se volvió hacia mí.
—Yo tampoco me lo creía. Hasta que una noche me enseñó una carta que guarda en la caja fuerte de la casa. Era la primera vez que se la mostraba a alguien. Ni siquiera Alicia se enteró de su existencia.
—¿Qué carta?
—La que dejó su padre cuando decidió suicidarse —respondió la mujer.
—Pero si no hubo ninguna carta —le indiqué yo. Me esforcé por recordar los artículos de los periódicos—. La policía nunca encontró ninguna.
—Pero Loren sí —afirmó Bobbie—. Fue él quien descubrió el cadáver de su padre. Y encontró también la carta; entonces decidió ocultarla. Pensó que si el contenido de la carta se hacía público, la empresa quebraría.
—¿Qué decía la carta?
—Solo la he visto una vez, pero no la olvidaré nunca —me explicó Bobbie—. No iba dirigida a nadie en especial. Solo era una nota garabateada por su padre. Decía algo así: «No puedo continuar. Nunca me dejará en paz. Jamás consigo disfrutar de un poco de tranquilidad, y no pasa un solo día en el que no me exija cosas imposibles. Durante años he intentado que me dejara tranquilo, pero ahora estoy seguro de que nunca lo hará. Y ya no me quedan fuerzas para luchar contra él. No tengo otra salida, creedme. Y perdonadme.» Estaba firmada simplemente «L. H. II».
Yo me quedé en silencio.
Bobbie me miró.
—Loren me explicó que su abuelo también lo trataba del mismo modo, pero que él era más fuerte que su padre. Sabía cómo luchar y estaba dispuesto a hacerlo.
Me di la vuelta en silencio y me volví a llenar la copa. Bebí un sorbo.
—¿Y por qué no hizo algo al respecto cuando la encontró?
—La razón que me dio —dijo ella— es que tenía miedo de que si lo hacía su abuelo no lo nombraría nunca presidente de la compañía. Dio un trago y me tendió de nuevo la copa vacía.
Se la volví a llenar.
—Parece que empiezo a estar borracha —comentó Bobbie—. Ya lo estaba un poco cuando he subido. Me tomé dos dobles mientras te esperaba abajo.
Aguantaba bien la bebida, pues aún tenía la mirada despejada.
—Yo no te noto nada.
—Pero yo sí —repuso ella—. Y me conozco.
Me limité a guardar silencio.
—Ya ves, incluso en un momento como aquel, lo único que le importaba a Loren era la compañía. Y no ha cambiado nada. En realidad no necesita una esposa, ni siquiera una mujer. No necesita a nadie.
—Entonces, ¿por qué se casó contigo? Podía haberte conseguido sin necesidad de divorciarse de Alicia. Y además se habría ahorrado una fortuna.
Se echó a reír.
—Pero él no podía imaginárselo, ¿verdad? Tú y yo lo sabíamos, pero él no. Recuerdo que una vez me dijiste que Loren tenía la cabeza cuadrada. —Rio de nuevo —. No te imaginas lo cuadrada que la tiene.
Bebí unos sorbos en silencio.
—¿Sabes que cada vez que hacemos el amor me pregunta si he gozado antes de decidirse a tener el orgasmo? —continuó. Se echó a reír como una tonta—. A veces le digo que no solo para que tenga que esperarse un poco más. Se vuelve loco.
—Creo que ahora sí estás borracha —le dije.
—¿Qué te pasa, Angelo? —me preguntó—. ¿No te gusta que te hable de mi vida sexual?
La miré.
—Si quieres que te diga la verdad, no.
—Te estás volviendo muy formal, Angelo. Como aquella vez en la pista de pruebas, en Washington. Y ahora ni siquiera quieres que hable de ello.
Me quedé callado.
—Aún recuerdo lo que hubo entre nosotros en San Francisco. ¿Te acuerdas, Angelo? Fue maravilloso.
—Sí, me acuerdo. —También recordaba el dolor que me produjo verla marcharse en el aeropuerto. Era extraño, pero ahora ya no sentía nada.
Se acercó tanto a mí que noté en la boca el olor de aquella mujer.
—Podría ser otra vez igual.
—No.
Dejó la copa y me puso los brazos alrededor del cuello. Me besó con avidez en la boca, abriéndomela con la lengua.
La aparté de mí sujetándola con fuerza por los hombros.
—No.
—Dame una oportunidad, Angelo —dijo al tiempo que me buscaba los ojos con la mirada—. ¡Todo podría volver a ser como antes!
—No, Bobbie. Nunca podrá ser igual.
—¿Por qué repites siempre lo mismo? —me gritó—. Yo te quiero. ¡Siempre te he querido!
Se echó a llorar.
Esta vez la atraje hacia mí y la besé durante largo rato, hasta que dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo, dio un paso hacia atrás, y me miró con una extraña expresión de soledad en los ojos.
—Cometerías otro error —le dije—. Huir de él y venir a mí no es la solución.
Habló con voz firme, lo que demostraba que no estaba borracha en absoluto.
—¿Cómo lo sabes?
Le cogí una mano.
—No he oído música —le expliqué.
Se quedó callada durante un momento mientras observaba nuestras manos unidas; finalmente retiró la suya.
—¿Te queda otro Martini en la coctelera?
Le volví a llenar la copa. Observé a aquella mujer mientras se bebía la mitad del contenido de un trago.
—Te echaré de menos —me dijo—. Haces muy bien el Martini.
—Te voy a dar la receta —le indiqué—. Ginebra pura. Montones de hielo. Y nada de vermut.
Sonrió.
—Eso es un truco muy sucio.
Pero también un Martini estupendo.
—Tengo las maletas abajo. Me voy al aeropuerto. No pienso volver con él.
No hice ningún comentario.
—A última hora cogeré un avión hasta Chicago. Mañana por la mañana saldré desde allí hacia Londres.
—¿Está enterado Loren de que te marchas? —le pregunté.
Movió la cabeza de un lado a otro.
—Lo llamaré desde el aeropuerto justo en el momento de subir al avión.
—¿No notará tu ausencia antes?
Se echó a reír.
—Cuando salí, se hallaba reunido con Dan, un tipo llamado Mark Simpson y unos cuantos caballeros más que no había visto nunca. Todos personajes de aspecto hosco. No el tipo de hombres que acostumbran a venir a casa. Lo más probable es que Loren no se acueste hasta altas horas de la madrugada. —Una curiosa expresión le asomó a los ojos—. Ahora que lo pienso, recuerdo que al pasar por la puerta les oí hablar de ti.
—¿De veras? Espero que estuvieran diciendo algo bueno.
—Pues no —me informó con seriedad—. Parece que hoy has hecho algo que ha encolerizado a Loren, ¿no es así?
—Puede ser —admití—. Pero yo trabajo para su abuelo, y estos días no estamos precisamente a partir un piñón.
—Oí a Loren mientras yo pasaba por el pasillo. Decía que pensaba jugar sucio como su abuelo, y que tú ya te irías dando cuenta de ello.
—¿Qué más dijo?
—No alcancé a oír nada más. Ya me había alejado de la puerta. —La mirada se le puso turbia—. No me gusta nada todo esto.
—Bueno, posiblemente solo son palabras que fuera de contexto suenan peor de lo que en realidad son.
Se terminó el Martini y me devolvió la copa vacía. La coloqué sobre el bar.
—¿Tendrás cuidado? —me pidió.
Asentí mientras nos encaminábamos hacia la puerta.
—¿No tienes abrigo? —le pregunté.
—Lo he dejado abajo, en el guardarropa.
Le abrí la puerta. La cruzó y se dio la vuelta para colocarse frente a mí. Yo me incliné y le di un beso en la mejilla.
—Adiós, Bobbie. Buena suerte.
Observé que las lágrimas le asomaban a los ojos.
—Parece que siempre tengamos que estar despidiéndonos, ¿verdad, Angelo?
—En efecto —dije yo.
Se esforzaba por contener las lágrimas. Alzó la barbilla en un gesto lleno de orgullo.
—Bien, al menos ya no tendremos que pasar por esto otra vez, ¿no crees?
—No.
Me cogió por las solapas y me atrajo hacia sí. Me besó suavemente en los labios.
—Adiós, Angelo. No pienses mal de mí. Recuerda solo que hubo un tiempo en que nos quisimos.
La miré a los ojos. Ahora ya estaban inundados en lágrimas.
—Así lo haré —le prometí.
Acto seguido Bobbie se dio la vuelta bruscamente y echó a andar hacia el ascensor con la espalda bien erguida. Me quedé allí de pie hasta que las puertas del ascensor se cerraron tras ella. No miró hacia atrás ni una sola vez.