Betsy

Harold Robbins · Capítulo 28 de 57

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Betsy

Capítulo 12

doce

 

La orquesta de Meyer Davis comenzó a tocar Las tres de la madrugada y Número Uno escuchó entre sueños el sonido de la música, que llegaba con claridad hasta la cama. Los recuerdos le acudieron a la mente y, colocándose una almohada detrás de la espalda, se incorporó. Pensativo, se quedó sentado un momento y luego oprimió el timbre situado a su lado, en la mesilla de noche.

Pocos instantes después Donald penetraba en la habitación. Iba, como siempre, perfectamente vestido, pues aún no se había ido a la cama.

—Dile a Roxanne que quiero verla inmediatamente —le pidió Número Uno.

—¿Roxanne? —La voz del mayordomo denotaba la más absoluta perplejidad.

Número Uno lo miró. Entonces se acordó. Roxanne ya no estaba entre ellos. Desde hacía muchos años. Ese es el problema con la memoria. Nunca se consigue sobrevivir a los recuerdos, solo a las personas.

—Vísteme —le dijo—. Quiero bajar.

—Pero la fiesta ya casi ha terminado, señor —le indicó Donald respetuosamente.

—No importa —repuso Número Uno molesto—. Vísteme.

Veinte minutos más tarde Donald maniobraba con la silla de ruedas para sacarla de la habitación y empujarla a lo largo del pasillo. Número Uno levantó la mano cuando llegaron a la barandilla del enorme hueco de las escaleras que conducían al recibidor de entrada. El mayordomo se detuvo allí y ambos miraron hacia abajo.

Los invitados se hallaban todavía reunidos en pequeños grupos en torno a la puerta mientras esperaban a que los encargados del aparcamiento les trajeran los automóviles. Hablaban animadamente entre ellos y no parecían tener demasiadas ganas de marcharse.

—Debe de haber sido una fiesta estupenda —comentó Número Uno.

—Sí, señor.

—¿Cuántas personas más o menos calculas que han asistido?

—Entre cuatrocientas cincuenta y quinientas —respondió Donald.

Número Uno miró hacia abajo y observó en silencio a la multitud. La gente nunca cambiaba. Los invitados que veía no eran muy diferentes de las personas que acudían a sus fiestas muchos años atrás. Se volvió y miró a Donald.

—No quiero quedar atrapado en medio de todo ese gentío —le dijo—. Llévame al ascensor de la biblioteca.

El mayordomo asintió, le dio la vuelta a la silla de ruedas y regresaron otra vez al pasillo. Al final de este giraron por otro distinto que conducía a un pabellón diferente de la casa. Se detuvieron ante la puerta del ascensor y Donald oprimió el botón de llamada. El reloj de pared que se hallaba situado junto al ascensor indicaba que faltaban solo diez minutos para las cuatro de la madrugada.

 

La discoteca se hallaba en silencio; únicamente quedaban en ella los músicos, que estaban desconectando los amplificadores y recogiendo los instrumentos. Ahora que no actuaban parecían encontrarse extrañamente incómodos, y se daban instrucciones con monosílabos que sonaban afectados y formales.

Angelo dejó la copa sobre la barra y miró a Elizabeth, que tenía un aspecto pensativo y retraído.

—Creo que somos los últimos.

Ella miró a su alrededor y recorrió con los ojos la habitación en penumbra.

—Eso parece.

—Te veo deprimida —comentó él con perspicacia.

La muchacha se quedó pensativa durante un momento y luego asintió.

—Siempre sucede esto después de cualquier evento importante —continuó Angelo—. En cierto modo uno se prepara para el acontecimiento, y mientras lo vive todo va bien. Pero en el momento en que se termina, ¡boom!, uno se desmorona.

—Me iría bien tomar algo —dijo ella.

Angelo le hizo una seña al camarero.

—No —se apresuró a decir Elizabeth. Lo miró—. Lo que quiero decir es… que me apetece un porro. El alcohol no me anima. No me gusta el sabor.

—Lo único que tengo es tabaco —le indicó Angelo.

—Yo tengo lo que me hace falta —afirmó la joven al tiempo que abría el bolso de noche y sacaba lo que aparentemente era un paquete de cigarrillos. Lo abrió y sacó uno con filtro. Se lo llevó a la boca.

Angelo le ofreció fuego.

—Qué curioso —dijo—. Nunca los había visto así.

—Hay un traficante que los trae de Canadá. Allí puedes comprarlos de tu marca favorita. Kent, Winston, LM, Marlboro, la que prefieras. —Aspiró el humo profundamente y luego dejó escapar una risita—. Solo hay que tener cuidado de no ofrecerlos a alguien por error.

Él sonrió.

Elizabeth lo miró.

—¿Tú no fumas?

—A veces —repuso el hombre—. Pero no cuando bebo. No mezclan bien.

Ella aspiró de nuevo el humo. Esta vez lo mantuvo largo rato dentro de los pulmones antes de soltarlo. Luego exhaló el humo hacia el techo.

—Ya empiezo a sentirme mejor.

—Estupendo.

La muchacha se echó a reír.

—De hecho ya estoy un poco colocada. —Miró a Angelo—. Pero supongo que tengo derecho. No he fumado un porro en toda la noche, y eso que los demás no han parado de hacerlo.

—Ya me he dado cuenta —observó él secamente.

Elizabeth dio otra profunda chupada del cigarrillo; luego lo aplastó en el cenicero que había sobre la barra y se puso en pie. Los ojos de la muchacha habían recuperado la alegría.

—Muy bien, señor Perino —dijo—. Estoy lista para volver a casa y enfrentarme a la familia. —Se echó a reír sin que viniera a cuento—. Es decir, con lo que queda de ella.

Angelo la cogió del brazo y salieron al jardín. Los faroles que había colgados por el jardín ya estaban apagados, por lo que los senderos se hallaban sumidos en la más profunda oscuridad. Ella se detuvo bruscamente y miró de frente a aquel hombre.

—Realmente todo ha sido una farsa, ¿no te parece?

Angelo no dijo nada.

—Tú también sabes que mi madre se va mañana a Reno para obtener el divorcio, ¿verdad?

Él asintió.

—Entonces, ¿por qué demonios han tenido que hacerme pasar por todo esto? — explotó. De repente se echó a llorar con largos y amargos sollozos, como una niña.

Angelo sacó un pañuelo del bolsillo y se lo ofreció. La muchacha se enjugó las lágrimas y dio un paso hacia él, ocultando la cara en el pecho de aquel hombre.

—¿Qué intentaban demostrar? —preguntó ella sorbiendo por la nariz.

Angelo la abrazó de un modo bastante impersonal.

—A lo mejor no querían que te vieras privada de nada.

—Podían habérmelo preguntado —dijo ella.

—Lo único que he aprendido con certeza acerca de los padres, Elizabeth — continuó él con calma—, es… que siempre preguntan cuando no deben y no lo hacen cuando conviene.

La joven dejó de hacer ruido con la nariz. Miró a Angelo.

—¿Por qué me llamas Elizabeth?

Los blancos dientes de aquel hombre resplandecieron en la oscuridad de la noche.

—Porque así es como te llamas. Y me gusta como suena.

—Pero casi todos me llaman Betsy.

—Ya lo sé.

Ella se retocó los ojos con el pañuelo.

—¿Tengo buen aspecto?

—A mí me parece que sí.

—Espero que no se me haya corrido el maquillaje. No quiero que nadie se entere de que he estado llorando.

—No, está perfectamente —dijo él.

—Bien. —Le devolvió el pañuelo—. Gracias.

—De nada —repuso Angelo al tiempo que se lo guardaba en el bolsillo.

Siguieron caminando en silencio durante un rato, cogidos de la mano. De pronto ella se detuvo y lo miró.

—¿Crees en la astrología?

—No me he detenido a pensarlo —respondió Angelo.

—Yo sí —afirmó la joven—. Me acaban de levantar la carta astral. Tú eres Tauro, ¿verdad?

—¿Cómo lo sabes? —le preguntó él sonriendo. En realidad era Leo, pero no quería sacar a la muchacha de su error.

—¡No podías ser otra cosa! —dijo ella, excitada—. Todo está en mi carta astral. Dice que conocería a un hombre mayor que sería Tauro, y que a mí me encantaría.

Él soltó una carcajada.

—¿Y es cierto?

Una sonrisa traviesa afloró a los labios de la muchacha.

—No estaría bien hacer quedar a mi carta astral como una mentirosa, ¿verdad?

—Señorita Elizabeth —dijo él fingiendo ponerse serio—. Eso es lo último que yo desearía en mi vida.

Súbitamente ella le cogió el rostro con las manos y, poniéndose de puntillas, lo besó en la boca. Luego, los labios se le tornaron cálidos y, abriéndolos, se abandonó en los brazos de Angelo. Este la estrechó con fuerza hasta casi dejarla sin aliento, y a continuación la soltó tan de prisa como la había abrazado.

Angelo miró hacia abajo, sorprendido por la reacción que había experimentado.

—¿Por qué lo has hecho? —le preguntó.

La joven esbozó una sonrisa misteriosa y de pronto ya no pareció tan niña.

—A ver si así dejas de llamarme señorita Elizabeth —dijo ella.

 

Número Uno entró en la biblioteca por la puerta del ascensor. Un camarero solitario se hallaba allí recogiendo los últimos vestigios de la fiesta. Levantó la vista al verlos entrar.

—No guarde el whisky —le pidió Número Uno.

—Como guste, señor Hardeman. —El camarero cogió una botella de whisky canadiense y la colocó sobre la barra.

Número Uno se volvió hacia Donald.

—Ve a buscar a mis nietos y tráelos aquí. A todos, incluida Betsy.

El mayordomo vaciló.

—¡Vamos, haz lo que te digo! —le ordenó Número Uno.

Donald no acababa de decidirse.

—No pensará usted beber, ¿verdad, señor?

—¡No, maldita sea! —rugió Número Uno—. ¿Acaso crees que estoy loco? ¡Tráelos aquí en seguida!

—Sí, señor.

Alicia fue la primera en entrar en la biblioteca.

—No sabía que estuvieras aún despierto, abuelo.

—No podía dormir —contestó este—. Y, además, pensé que al menos esta noche podíamos reunirnos toda la familia. ¿Dónde está Loren?

—No lo sé —dijo ella—. Hace horas que no lo veo.

—Donald lo buscará.

Los siguientes en llegar fueron Igor y Anne.

—¡Abuelo! —dijo Anne cruzando la habitación hacia él.

—Sí, ya lo sé —la interrumpió el anciano—. No sabías que estuviera despierto.

—¿Te encuentras bien?

—Nunca me he sentido mejor —repuso Número Uno. Levantó la vista cuando Elizabeth y Angelo aparecieron por la puerta. Le hizo un gesto a la muchacha—. Entra, pequeña.

Betsy cruzó corriendo la habitación.

—¡Bisabuelo! No creí que te viéramos esta noche.

Se le notaba en la voz que estaba realmente complacida.

El anciano sonrió.

—En una noche tan especial no quería dejar de verte.

—¡Eres un encanto, bisabuelo! —Le dio un sonoro beso en la mejilla.

Número Uno vio que Angelo se disponía a marcharse.

—¡Angelo! —lo llamó—. Únete a la reunión, por favor.

Perino vaciló.

—Quédate, Angelo —se apresuró a decir Betsy—. Yo sé que para el bisabuelo tú eres como de la familia.

El anciano la miró; luego observó a Angelo y sonrió.

—Esto es una invitación oficial en toda regla.

Angelo se decidió a entrar en la habitación. Donald apareció en la puerta detrás de él.

—No encuentro a su nieto por ninguna parte, señor Hardeman.

—No debe de estar muy lejos —comentó Angelo—. Quedamos en reunirnos aquí después de la fiesta. Le ayudaré a buscarlo.

—No hace falta que te molestes. —La voz de Loren se dejó oír desde la puerta de la terraza. Entró en la habitación—. Llegas con media hora de retraso, Angelo. Quedamos en que te encontrarías aquí conmigo a las tres y cuarto.

—Lo siento —repuso Perino—. Me temo que perdí la noción del tiempo.

Loren le dedicó una severa mirada. Luego se volvió hacia su abuelo.

—Ahora que ya estamos todos reunidos, abuelo, ¿qué es lo que tienes en mente?

Número Uno alzó la vista hacia él.

—He pensado que, puesto que posiblemente sea la última vez que estamos todos juntos en esta casa, sería agradable compartir una última copa.

Loren asintió.

—Es un gesto muy bonito y sentimental. —Se volvió hacia Alicia—. Apuesto a que nunca pensaste que mi abuelo te tuviera tanto cariño como para ofrecerte un brindis de despedida.

La voz de Número Uno se tornó súbitamente gélida.

—Que seas mi nieto no te da derecho a tener malos modales. Creo que le debes una disculpa a Alicia.

—¡No le debo nada! —exclamó Loren—. Ya ha obtenido todo lo que puede sacarme.

La voz del anciano se volvió aún más fría.

—No permitiré que a una Hardeman se le hable de ese modo.

—Dentro de unas semanas ya no será una Hardeman —replicó Loren.

—Pero de momento todavía es tu mujer —le dijo Número Uno—. ¡Y vive Dios que la tratarás con respeto o…!

—¿O qué, abuelo? —preguntó Loren con sarcasmo—. ¿Me excluirás del testamento?

—No —repuso el anciano con calma—. Algo mejor que eso. Te excluiré de mi vida.

Hubo un largo silencio en la habitación mientras se miraban a los ojos uno al otro larga y fijamente. Por fin, Loren apartó los suyos.

—Lo siento —murmuró en voz baja.

—¡Camarero! —Número Uno hizo girar la silla—. Pónganos una copa a todos.

Permanecieron en silencio mientras el camarero llenaba los vasos y se los acercaba. Luego, todos se volvieron hacia Número Uno.

Este alzó la copa.

—Primero… por Betsy, en cuyo honor se ha celebrado hoy la fiesta. Que tengas muchos años de felicidad.

Tocó el licor con los labios mientras los demás bebían; luego, bajó la copa.

—Hay más cosas que tengo que comunicaros —continuó—. Esta es la última fiesta que se celebrará jamás en la mansión Hardeman. Cuando vuestra abuela y yo construimos esta casa soñábamos que se llenaría con los sonidos y risas de toda una familia. Pero no resultó como deseábamos. Creo que ninguno de nosotros dos pensó nunca que nuestros hijos seguirían su propio camino y construirían sus propias vidas. Quizá fuera una tontería de nuestra parte albergar esta clase de sueños, pero ahora que ya se han esfumado definitivamente no veo la utilidad de conservar esta casa. Mañana la mansión de los Hardeman se cerrará definitivamente. En el transcurso de las próximas semanas se trasladarán algunos objetos personales a Palm Beach, y a principios del mes que viene el Estado de Michigan se hará cargo de ella para destinarla a los fines que estime más convenientes. Por eso he querido que esta última fiesta se celebrara aquí. Para sentir solo una vez más que esta casa está viva, que hay gente en ella.

Número Uno miró a su alrededor y alzó la copa.

—Por la mansión Hardeman, por mi esposa, por mis hijos y por todos vosotros.

Apenas rozó el vaso con los labios; luego, tras vacilar un momento, se bebió el contenido de un trago. Tosió, y las lágrimas le acudieron a los ojos. Luego, sonrió.

—No os pongáis tan tristes, hijos —dijo con voz ronca—. Esto solo demuestra lo lejos que puede llegar un viejo para encontrar alguna excusa que le permita echar un trago de whisky.