Betsy

Harold Robbins · Capítulo 2 de 57

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Betsy

Libro primero. 1969

Libro primero

1969

uno

 

Me hallaba sentado en la cama tomando un café caliente cuando la enfermera entró en la habitación. Era una chica inglesa de tetas enormes. Inmediatamente comenzó a correr las cortinas de la ventana para que la luz del sol se derramase por la habitación.

—Buenos días, señor Perino.

—Buenos días, hermana —le contesté.

—Hoy es el día, ¿no es así?

—Sí.

—El doctor Hans llegará dentro de un minuto —añadió.

De repente sentí ganas de orinar. Me incorporé y apoyé los pies en el suelo. Me cogió de las manos la taza de café y me dirigí al cuarto de baño. No me tomé la molestia de cerrar la puerta. Después de haber pasado un mes en aquel lugar, la intimidad me parecía una cosa superflua.

El líquido manó de mí con fuerza, lo que me proporcionó un gran alivio. Cuando terminé de orinar me dispuse a lavarme las manos. Los vendajes que me cubrían la cara me miraron desde el espejo. Me pregunté qué aspecto tendría sin ellos. Pronto iba a descubrirlo. Se me ocurrió entonces una idea divertida:

Si me picaba el culo, ¿tendría que rascarme la cara?

Cuando volví a la habitación la enfermera tenía en las manos una jeringa hipodérmica. Me detuve, sorprendido.

—¿Para qué es eso?

—Lo ha ordenado el doctor Hans; es un tranquilizante. Le gusta que los pacientes se encuentren relajados en el momento de quitarles las vendas.

—Yo estoy muy tranquilo.

—Ya lo sé —dijo—. Pero tengo que ponérsela de todas formas. Ya verá como después se encuentra mejor. Prepare el brazo.

Lo hacía muy bien. Solo lancé un silbido al sentir el pinchazo. Después me condujo hasta un sillón que se hallaba junto a la ventana.

—Siéntese y póngase cómodo.

Obedecí. Me envolvió las piernas con una manta ligera y colocó la almohada para que yo apoyara la cabeza en ella.

—Espere aquí un poco —me indicó al mismo tiempo que se dirigía hacia la puerta—. Volveremos dentro de un momento.

Hice un gesto de asentimiento mientras se marchaba; después me puse a mirar por la ventana. El sol brillaba veraniego en las cimas nevadas de los Alpes. Vi pasar a un hombre que vestía pantalones cortos tiroleses. Me pasó por la cabeza un pensamiento tonto.

—¿Sabes cantar al estilo del Tirol, Angelo?

—Claro que sí, Angelo —me contestaba a mí mismo—. ¿No es algo que todos los italianos sabemos hacer?

Y me quedé dormido.

 

Yo tenía ocho años cuando lo conocí. Sucedió en mil novecientos treinta y nueve, en el parque al que la niñera solía llevarme a jugar. Yo pedaleaba en el diminuto coche de carreras que el abuelo me había regalado por mi cumpleaños. Lo había hecho fabricar especialmente para mí en Italia. Tenía el capó forrado de cuero y faros eléctricos que funcionaban de verdad; era una réplica exacta del Bugatti Type 59 que había batido el récord en Brooklands en el año mil novecientos treinta y seis. Incluso llevaba el emblema de Bugatti en el radiador.

Yo iba pedaleando como un loco por el sendero cuando vi a aquel hombre delante de mí. Una enfermera altísima empujaba la silla de ruedas. Aminoré la velocidad e hice sonar la bocina.

La enfermera se dio la vuelta, me miró y, suavemente, apartó la silla hacia un lado del camino.

Me desvié un poco hacia la izquierda y comencé a adelantarles. Pero mis esfuerzos fueron vanos, pues el terreno formaba un pequeño declive y solo conseguí mantenerme a la misma altura que ellos.

El hombre de la silla de ruedas fue el primero en hablar.

—Esa es una buena máquina, hijo.

Le miré sin dejar de pedalear. Me habían advertido que no hablara nunca con extraños, pero aquel parecía un buen hombre.

—No es una máquina —le dije—; es un Bugatti.

—Salta a la vista —afirmó él.

—Es el coche más rápido que hay en carretera —le expliqué.

—Pero le falta potencia.

Yo me afanaba pedaleando con todas mis fuerzas, y me encontraba ya a punto de quedarme sin aliento.

—Es que estamos en una subida.

—A eso me refiero —continuó—. Estos coches van muy bien en llano, pero en las subidas se quedan atrás.

No contesté. Necesitaba reservar el aliento para llegar a la cima.

—Un poco más adelante hay un llano —me dijo—. Detente a un lado del camino y déjame echarle un vistazo a la máquina. Quizá pueda hacer algo.

Me alegré al oírle decir aquello. Me encontraba prácticamente sin aliento. A duras penas conseguí llegar al tramo llano antes que él. La enfermera detuvo la silla de ruedas. Me bajé del coche.

Gianno, que siempre venía con nosotros cuando la niñera y yo íbamos al parque, se acercó corriendo.

—¿Todo va bien, Angelo?

Hice un gesto afirmativo.

Gianno observó al hombre de la silla de ruedas. No hablaron, pero algo sucedió entre ellos. Esbozó una amplia sonrisa.

—¡Seguro! —exclamó entonces.

El hombre se inclinó hacia un lado en la silla y le echó un vistazo al coche. Se agachó y levantó el asiento para poner al descubierto el cambio y la cadena.

—¿Quiere mirar bajo el capó? —le pregunté.

—No es necesario —repuso mientras colocaba de nuevo el asiento en su lugar.

—¿Es usted mecánico?

—Supongo que se me puede llamar así —dijo—. Eso es lo que solía hacer antes.

—¿Cree que es posible mejorar el coche? —inquirí.

—Claro que sí. —Levantó la vista hacia la enfermera—. ¿Quiere darme el cuaderno, señorita Hamilton?

Ella le tendió en silencio un cuaderno de tapas duras semejante a los que yo utilizaba en el colegio. El hombre sacó una pluma del bolsillo y, mirando de vez en cuando hacia el Bugatti, comenzó a hacer un boceto rápido.

Me acerqué a la silla y contemplé el dibujo. Era una extraña combinación de cadenas, ruedas y líneas.

—¿Qué es eso? —le pregunté.

—Un cambio de marchas. —Vio la expresión de ignorancia que yo tenía reflejada en el rostro—. No importa —añadió—. Funcionará, ya lo verás.

Cuando acabó el dibujo le devolvió el cuaderno a la enfermera.

—¿Cómo te llamas?

—Angelo.

—Bien, Angelo. Si vienes por aquí pasado mañana a esta misma hora, te tendré una sorpresa.

Miré a Gianno, que asintió en silencio.

—Aquí estaré, señor —le dije.

—Muy bien. —Levantó la cabeza hacia la enfermera—. A casa, señorita Hamilton. Tenemos mucho que hacer.

 

Llegué pronto, pero él ya se encontraba allí. Al verme, sonrió.

—Buenos días, Angelo.

—Buenos días, señor —le saludé—. Buenos días, señorita Hamilton.

—Buenos días.

La mujer aspiró aire por la nariz. Me dio la impresión de que yo no le gustaba. Me volví hacia mi amigo.

—Dijo usted que me tendría preparada una sorpresa.

—Paciencia, jovencito. Ya viene.

Seguí con los ojos la dirección de aquella mirada. Dos hombres vestidos con monos blancos subían por el sendero llevando un gran embalaje de madera. Les seguía a poca distancia otro hombre con una caja de herramientas.

—Tráiganlo aquí —les dijo mi amigo. Pusieron el bulto en el suelo, delante de él —. ¿Todo listo? —le preguntó al hombre que traía las herramientas.

—Todo tal como usted ordenó, señor —contestó este—. Me he tomado la libertad de dejar diez milímetros de holgura en el eje por si hubiera necesidad de hacer algún ajuste.

Mi amigo se echó a reír.

—Todavía no confías en mi buen ojo, ¿verdad, Duncan?

—No hay que correr riesgos, señor Hardeman —replicó aquel—. ¿Dónde está el coche en el que tenemos que trabajar?

—Aquí —dije yo situándolo ante ellos.

Duncan lo examinó.

—Bonito automóvil —dijo.

—Es un Bugatti —le expliqué—. Mi abuelo lo hizo fabricar en Italia especialmente para mí.

—Los italianos hacen buenas carrocerías, pero no saben nada de ingeniería — observó Duncan. Se volvió hacia los otros dos hombres—. De acuerdo, muchachos. Manos a la obra.

Por primera vez reparé en las letras que llevaban escritas en la parte trasera de los monos: «Bethlehem motors». Los mecánicos actuaron con rapidez y eficiencia. Dos cerraduras abrían los lados y la tapa del embalaje, que se convirtió en un banco de herramientas. Colocaron el coche encima.

Se pusieron a trabajar. Miré hacia el suelo, donde la caja abierta dejaba al descubierto una armadura rectangular de acero llena de engranajes, cadenas y ruedas.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Un chasis nuevo —contestó mi amigo—. Había que hacer tantos arreglos en el tuyo, que ha sido más sencillo construir uno nuevo en el taller.

No dije nada. Aquellos dos hombres separaron la carrocería del chasis y se dispusieron a trabajar en las ruedas. Poco después ya se las estaban colocando al chasis nuevo, al que habían situado sobre el banco de trabajo. Al cabo de diez minutos acabaron de instalar la carrocería sobre el chasis. Se apartaron del coche.

El señor Duncan se acercó para examinarlo detenidamente. Le dio los últimos toques, apretó una tuerca aquí y otra allá, y habló dirigiéndose al hombre de la silla de ruedas.

—Está todo perfectamente, señor —dijo.

Mi amigo sonrió.

—¿Han hecho falta los diez milímetros?

—No, señor —repuso Duncan.

Les hizo un gesto a los mecánicos y estos izaron el coche en el aire y lo depositaron en el suelo. Lo contemplé durante un rato y después miré a mi amigo.

—Venga, Angelo. Súbete.

Me metí en el coche mientras él hacía rodar la silla hasta situarse a mi lado.

—Hay algunas cosas nuevas que debes aprender antes de empezar a conducir — me dijo—. ¿Ves esa palanca que hay a tu derecha?

—Sí, señor.

—Pon la mano sobre ella. —Hice lo que me decía—. Se mueve hacia adelante y hacia atrás, y cuando está en el centro se puede mover hacia un lado; desde allí otra vez hacia adelante. Prueba a hacerlo.

Moví la palanca en todas direcciones, como él me había dicho. Después miré las ruedas. Los cambios que aquel hombre había realizado en el coche comenzaban a tener sentido para mí.

Él se dio cuenta de ello por el brillo que me apareció en los ojos.

—¿Ya sabes para qué sirve. Angelo?

—Sí, señor —le contesté—. Son las velocidades. Corta, larga y marcha atrás.

—Muy bien, muchacho. Pero además hay otra cosa. He colocado frenos en las ruedas de atrás. Ahora puedes reducir la velocidad o detenerte por completo solo con cambiar el sentido del pedaleo. Igual que se hace en las bicicletas. ¿Lo entiendes?

Asentí con un gesto.

—De acuerdo —dijo—. Ahora prueba, pero ten cuidado. Va bastante más rápido que antes.

—Sí, señor.

Comencé a bajar la colina con precaución, para tomarle el pulso al coche y probar los frenos. Cuando quitaba el freno, el coche iba más aprisa; si lo apretaba, disminuía la velocidad. Al llegar a la parte de abajo de la colina puse la marcha atrás, di la vuelta en el sendero y comencé a subir la cuesta. Lo hice casi con la misma facilidad con que había bajado. Me detuve delante de ellos.

—¡Es fabuloso!

Bajé del coche y me acerqué caminando hasta mi amigo.

—Muchas gracias —le dije al tiempo que le tendía la mano.

Él la estrechó.

—No hay de qué, Angelo —repuso sonriendo—. Pero ten cuidado. Ahora tienes un coche muy rápido.

—No creo que me pase nada —le contesté—. Cuando crezca voy a ser corredor de coches.

Los hombres habían recogido todas las piezas sobrantes y las habían metido en el embalaje. Comenzaron a descender por el sendero mientras el señor Duncan se acercaba a nosotros.

—Siento molestarle, señor, pero necesito que firme esto.

Le tendió una hoja de papel a mi amigo.

Este la cogió.

—¿Qué es? —preguntó.

—Un nuevo sistema de facturación, L.H. Es una orden de trabajo por duplicado. Me han dicho que le pregunte a qué departamento tienen que cargarlo.

Mi amigo sonrió.

—Al departamento de coches experimentales.

Duncan se echó a reír.

—Sí, señor.

Cuando el hombre de la silla de ruedas firmó el papel, Duncan se dio la vuelta para marcharse. Lo llamé.

—Gracias, señor Duncan.

Me dirigió una mirada severa.

—De nada, muchacho. Pero no olvides que el Bugatti que conduces ahora está diseñado por Bethlehem Motors gracias al señor Hardeman, aquí presente.

—No lo olvidaré —repuse. Me quedé mirándole mientras bajaba por el sendero para reunirse con los otros hombres. Luego me volví hacia mi amigo—. ¿Es usted el señor Hardeman?

Asintió.

—Es usted muy amable.

—Hay quien opina lo contrario.

—No le dé importancia. A mi abuelo le pasa lo mismo, pero a mí me gusta; es muy agradable.

El hombre guardó silencio.

Poco después la voz de la enfermera sonó a mis espaldas.

—Ya es hora de marcharnos, señor Hardeman.

—Ahora mismo, señorita Hamilton —contestó—. ¿Cuántos años tienes, Angelo?

—Ocho.

—Mi nieto es dos años mayor que tú. Tiene diez.

—A lo mejor alguna vez podemos jugar juntos. Le dejaría conducir el coche.

—No creo que sea posible —dijo el señor Hardeman—. Se encuentra lejos de aquí, en el colegio.

Oí de nuevo la voz de la enfermera.

—Se está haciendo tarde, señor Hardeman.

El viejo hizo una mueca.

—Las enfermeras siempre se comportan así, señor Hardeman —le dije—. A mí me pasa lo mismo con la niñera.

—Supongo que tienes razón.

—Me han dicho que el año que viene, cuando crezca, ya no tendré niñera. ¿Por qué a usted le acompaña una enfermera?

—No puedo caminar —repuso—. Necesito que alguien me lleve.

—¿Ha sufrido un accidente?

Movió la cabeza de un lado a otro.

—He estado enfermo, y aún lo estoy.

—¿Cuándo se pondrá bien?

—Nunca. No volveré a caminar.

Me quedé callado durante un momento.

—¿Cómo lo sabe? Mi padre dice que todos los días sucede algún milagro. Y él lo sabe muy bien, porque es médico. —Se me ocurrió una idea—. A lo mejor puede visitarle a usted. Es un médico muy bueno.

—Estoy seguro de ello, Angelo —afirmó amablemente el señor Hardeman—. Pero ahora ya he visto bastantes médicos. —Le hizo un gesto a la enfermera—. Y además me voy a Florida el próximo fin de semana y me quedaré allí bastante tiempo. —Me tendió la mano—. Adiós, Angelo.

Yo le tendí la mía deseando que aquel hombre no tuviera que marcharse. Todas las personas que me gustaban tenían que marcharse. Primero mi abuelo, y ahora el señor Hardeman.

—¿Nos veremos cuando vuelva?

Aún me tenía cogida la mano. Hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Vendré al parque cada domingo a esta hora —proseguí— y le buscaré.

—Me encontrarás aquí el primer domingo después de mi vuelta —me prometió.

Le solté la mano.

—Prometido.

Me quedé mirando cómo la enfermera se lo llevaba por el sendero hasta que desaparecieron de mi vista. Entonces me dirigí al coche. No fue hasta veinte años más tarde que descubrí exactamente cuántos problemas había causado L. H. Uno para proporcionarme aquella sorpresa.

Me encontraba en la oficina de Duncan, en el departamento de diseño de motores, buscando una avería en el coche que iba a probar al día siguiente, cuando de repente el viejo ingeniero se volvió hacia mí.

—¿Te acuerdas de aquel Bugatti que L. H. Uno ideó para ti cuando eras niño?

—No lo olvidaré mientras viva —le contesté.

—¿No te has preguntado nunca cuánto costó?

—Francamente, no.

—Tengo aquí la orden de trabajo firmada por él. La conservo como un recuerdo.

Abrió el cajón central del escritorio, sacó una hoja de papel y me la tendió.

—¿Sabes que toda la oficina de diseño y fabricación estuvo trabajando en el proyecto durante veinticuatro horas seguidas?

—No lo sabía —repuse. Le eché un vistazo al papel que tenía en las manos. «Chasis experimental», decía la factura. «Ordenado por L.H.; importe: once mil trescientos cuarenta y siete dólares.»

 

Sentí un ligero golpe en el hombro y abrí los ojos. Se trataba de la enfermera inglesa otra vez.

—Ha llegado el doctor Hans.

Me di la vuelta en la silla. Estaba allí de pie, mirándome a través de las gafas y, como era habitual, acompañado de media docena de aduladores.

—Buenos días, señor Perino —me dijo—. ¿Cómo se siente esta mañana? ¿Algún dolor?

—No, doctor. Solo me duele al reírme.

Ocultó una sonrisa. Le hizo un gesto a la enfermera y esta introdujo en la habitación una mesa llena de instrumental quirúrgico de acero.

—Ahora veremos si lo hemos hecho bien —dijo el médico casi en un susurro.

Me quedé fascinado mirando aquella mesa. Me sentí casi hipnotizado por los relucientes instrumentos. Observé cómo el doctor Hans cogía un pequeño bisturí. ¿Cuántos hombres tienen oportunidad a lo largo de su vida de conseguir una cara nueva?