Betsy

Harold Robbins · Capítulo 13 de 57

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Betsy

Capítulo 12

doce

 

Tengo que decir otra cosa en su favor. Lady o no, comía como un estibador de muelle. La observé mientras daba cuenta del desayuno: zumo de naranja, panqueques del tamaño de un billete de dólar, huevos, salchichas, tostadas, mermelada y té. Y mientras tanto yo me limitaba a beber café para poder afrontar el día.

—Vosotros los americanos tomáis unos desayunos enormes —me dijo entre bocado y bocado—. Me gustan.

Asentí. Era cierto que lo hacíamos, pensé mientras me servía la cuarta taza de café. Sonó el teléfono y lo cogí.

—Soy el señor Carroll, de recepción —se identificó aquella voz—. Siento molestarle, señor Perino.

—No tiene importancia, señor Carroll.

Bajó el tono de voz.

—Hay una llamada de larga distancia para lady Ayres. De Detroit. He pensado que quizá fuera conveniente hacérselo saber a usted antes de pasarle el aviso.

Tapé el auricular con la mano.

—¿Quién sabe en Detroit que estás aquí?

—Solo se lo he dicho a Loren —me contestó.

Puesto que ella no se había registrado en el hotel, solo cabía que los de seguridad estuvieran mezclados en el asunto. Hablé dirigiéndome al teléfono.

—Señor Carroll, agradezco su discreción e inteligencia. Pase la llamada.

—Gracias, señor Perino. —Habría podido asegurar que el recepcionista se sentía complacido, porque su voz denotaba cierto tono confidencial, de hombre a hombre—. Si tiene la bondad de colgar, le daré instrucciones a la telefonista.

Colgué el teléfono y se lo acerqué a ella. Un instante después sonaba de nuevo.

—Hola —dijo ella. Se oía un débil crujido en la línea—. Loren, eres muy amable al llamar… No, no es demasiado temprano. Ya he terminado de desayunar.

La voz de L. H. Tres producía un eco en el teléfono. Bobbie escuchó durante un momento y después, tapando el auricular, me explicó en voz baja.

—Dice que se va a Palm Springs a pasar el fin de semana tomando el sol y jugando al golf; quiere que vaya con él.

Sonreí. Así que Loren también tenía cartas ocultas. Me pregunté si alguna vez las pondría al descubierto.

—Dile que te marchas hoy a Hawai.

Bobbie asintió.

—Qué mala suerte, Loren. Me habría encantado verte, pero lo tengo todo preparado para marcharme a Hawai. Nunca he estado allí y tengo curiosidad por conocerlo.

De nuevo la voz de L. H. Tres sonó como un eco a través del teléfono. Ella volvió a tapar el auricular.

—Dice que eso es todavía mejor. Que conoce algunos sitios maravillosos en las islas de alrededor. ¿Qué hago ahora?

Me quedé pensando durante un momento. Aquello tampoco era la peor situación del mundo. Al menos mantendría a aquel hombre fuera de Detroit, y cuanto más tiempo estuviera ausente mayores oportunidades tendríamos de salirnos con la nuestra. Le dirigí una sonrisa a Bobbie.

—Supongo que no te queda otro remedio que ir a Hawai.

Habló por teléfono unos minutos más antes de colgar. Después cogió en silencio un cigarrillo. Le ofrecí fuego. Aspiró profundamente el humo sin apartar los ojos de los míos. Finalmente lo dejó escapar.

—No sé si me gusta todo esto.

—¿Por qué no? —le pregunté—. A una chica no se le presenta todos los días la oportunidad de ir a Hawai.

—No hablaba de eso, y lo sabes muy bien —exclamó con cierta furia—. Me refería a tu actitud. Dispones de mí como si yo fuera una puta cualquiera.

Sonreí.

—Me parece que he leído en algún sitio algo sobre un inglés que afirmaba que esa es la única forma de tratar a una dama.

A ella no le hizo gracia.

—Realmente no te importo lo más mínimo.

—No digas eso. No por quererte, cariño, dejo de ser un hombre de honor.

—Deja de hacer citas literarias —dijo molesta—. ¿Qué tiene el honor que ver con esto?

—Sacrificarme a mí mismo por un amigo me parece una cosa muy honorable de mi parte —le indiqué—. Nobleza obliga. Al fin y al cabo, estoy en deuda con Loren. De no haber sido por él nosotros no nos habríamos conocido.

Me miró directamente a los ojos.

—Quieres quitarlo de en medio, ¿no es eso?

—Sí —repuse llanamente.

—¿Y si se enamora de mí?

—Eso es problema suyo.

—Eres una basura —me dijo.

Comencé a levantarme.

—Espera un instante —me pidió—. ¿Dónde vas?

—A vestirme —contesté—. Tengo que coger un avión a las diez.

—De momento no vas a ningún sitio —replicó con firmeza—. Hasta las siete no tengo que encontrarme con Loren en el aeropuerto. Ahora que sabes que estará fuera este largo fin de semana, puedes quedarte aquí un día más.

—¿Para qué? —le pregunté.

—Porque deseo joder contigo en el suelo. Voy a joderte hasta que se te sequen las pelotas y la médula de los huesos. Cuando acabe contigo tendrás suerte si consigues tener una erección antes de un mes.

Me reí al tiempo que me dejaba caer en la silla. Alargué la mano hacia el teléfono.

—¿A quién vas a llamar? —me preguntó curiosa.

—Al servicio de habitaciones —le contesté. Tenía la impresión de que iba a necesitar un buen desayuno.

 

Fui al aeropuerto con Bobbie a pesar de que mi vuelo no salía hasta dos horas después. Facturé las maletas y me quedé con ella en la sala de espera aguardando la llegada del vuelo de la United, que venía de Detroit. Estuvimos allí quince minutos antes de que dieran el aviso por los altavoces.

—Aún tenemos tiempo de tomar algo —le dije; y la acompañé hasta un bar próximo a la sala.

La camarera colocó las bebidas en la mesa, delante de nosotros y se alejó. Alcé la copa.

—¡Salud!

Ella apenas probó el Martini.

La miré. Había estado callada todo el camino.

—Anima esa cara —le dije—. No es una situación tan desagradable.

Con aquellas mortecinas luces a duras penas le veía los ojos, ocultos bajo el amplio sombrero de fieltro.

—Estoy preocupada por ti —me dijo.

—Me arreglaré perfectamente.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Se llevó la copa a los labios y la volvió a dejar sobre la mesa sin probarla siquiera.

—¿Nos volveremos a ver?

Hice un gesto afirmativo.

—¿Cuándo?

—Cuando regreses.

—¿Dónde podré encontrarte?

Una voz metálica salió de los altavoces situados en el techo.

—Llegada del vuelo 271 de United Airlines procedente de Detroit, puerta 72.

—Es este —le dije. Me terminé la copa y nos pusimos en pie. Ella no había probado la suya.

Salimos de la penumbra y caminamos bajo el millón de vatios de las luces fluorescentes de la terminal. Me detuve allí.

—Que pases unas buenas vacaciones —le dije.

Me miró a la cara. Luego habló con voz grave.

—Ten cuidado no vaya a ser que te pilles los dedos. Hay otras formas de matarse además de estrellarse contra una valla.

—Lo tendré en cuenta —le dije. Me incliné y la besé suavemente en los labios—. Adiós.

Noté que aquellos labios apenas respondían a los míos.

—Adiós.

Caminó tres pasos y después se dio la vuelta y se arrojó en mis brazos. Apretó la boca contra la mía.

—No me dejes marchar, Angelo —me gritó—. Te quiero.

Durante un momento me gustó aquella música, pero el redoble de los tambores sonó más fuerte.

—No te estoy dejando marchar —le dije; le aparté los brazos que me había puesto alrededor del cuello y se los coloqué a ambos lados del cuerpo.

No dijo ni una palabra más. Esta vez no se detuvo. Me quedé mirándola hasta que llegó a la puerta.

Los pasajeros ya comenzaban a entrar. Loren fue de los primeros en bajar del avión. Era un hombre grande y el ala de su sombrero gris de Detroit sobresalía por encima de la gente.

Al ver a Bobbie se le dibujó una sonrisa en la cara. Corrió hacia ella quitándose el sombrero con una mano y tendiéndole la otra. Se dieron la mano de un modo casi formal; después él se inclinó y la besó torpemente en la mejilla.

Me di la vuelta y me dirigí hacia el pasillo de tracción mecánica que conducía a la terminal principal, de donde salía mi vuelo. Giré la cabeza solo una vez.

Iban camino del bar en el que habíamos estado un momento antes. Loren la había cogido del brazo —parecía que llevara una cesta de huevos—, y hablaba con ella mirando hacia abajo.

El millón de vatios de los fluorescentes comenzaron a hacerme daño en los ojos, por lo que dejé de mirar a la pareja. En cuanto llegué al final del pasillo me dirigí al bar más próximo.

Faltaban dos horas para que saliera mi avión; cuando por fin subí a él yo estaba destrozado. No destrozado por fuera, desmadejado y borracho, sino por dentro, triste y vacío.

Me dejé caer en el asiento y me abroché el cinturón. Me incliné hacia atrás y cerré los ojos.

—¿Está cómodo, señor? —me preguntó la azafata—. ¿Necesita algo?

Abrí los ojos y contemplé aquel rostro tan profesional.

—Sí —le dije—. Tráigame un whisky doble con hielo en cuanto hayamos despegado y un antifaz para los ojos. Después no me moleste bajo ningún concepto. No quiero extras, ni comida, ni película, ni nada de nada. Deseo dormir todo el trayecto hasta Nueva York.

—Sí, señor —me dijo.

Pero no sirvió de nada. Ni el whisky ni el antifaz. Aunque me lo puse y mantuve los ojos cerrados durante todo el vuelo, no conseguí dormir.

Solo sentía el sonido de la voz de Bobbie en mis oídos, solo veía la expresión de aquella cara mientras se alejaba de mí.

Me alegré cuando el avión, finalmente, aterrizó en Nueva York y me decidí a abrir los ojos. Todo aquel condenado asunto era demasiado complicado.