Betsy

Harold Robbins · Capítulo 27 de 57

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Betsy

Capítulo 11

once

 

En realidad no se trataba de una fiesta, sino de dos. En el salón de baile de la casa principal se celebraba la fiesta más formal. En aquella estancia, una de las orquestas de moda en sociedad, la de Meyer Davis, ofrecía lo que los amigos de Elizabeth llamaban «música para la gente de mediana edad».

La otra fiesta se daba en la gigantesca sala de juegos de la casa que había junto a la piscina, que había sido transformada en una discoteca para la ocasión. Dos grupos de rock que se turnaban inundaban el salón con música electrónica.

Ambas fiestas se hallaban muy concurridas. La gente pugnaba por encontrar unos centímetros de espacio para estar de pie. Nunca se había visto nada parecido en Detroit. Aquello parecía el reino del ruido y la confusión.

Los jardines se hallaban también atestados de gente. Corrían los últimos días del cálido mes de setiembre, y el clima favorecía el que los invitados fueran y vinieran de una fiesta a otra, deseosos de no perderse nada y estar en todas partes al mismo tiempo. Ya era casi media noche cuando el atasco de automóviles, que habían formado una cola que llenaba el camino de entrada y las calles próximas a la casa, comenzó a despejarse y Angelo consiguió al fin entrar por las enormes puertas de la casa, que estaban abiertas de par en par.

La fila de recepción se había roto hacía rato. A Loren, que ya estaba hecho pedazos antes de que la fiesta comenzase, no se le veía por ningún sitio, y Betsy se había trasladado a la discoteca con sus amigos. Solo Alicia, que se encontraba agotada a pesar de que aún faltaba lo peor, permanecía cerca de la entrada.

Por tercera vez Angelo tuvo que presentar la invitación. Antes había tenido que enseñarla en la entrada de coches y delante de la casa. Esta vez el mayordomo de librea se quedó con ella.

Aquel hombre de pelo gris se volvió hacia el salón y anunció:

—El señor Angelo Perino. —Hablaba con un tono sepulcral que pasaba completamente inadvertida entre el bullicio.

Angelo bajó los peldaños y se dirigió hacia Alicia. Le dio un beso en la mejilla.

—Estás preciosa.

—Estoy hecha un horror y tú lo sabes perfectamente.

—¡Menuda fiesta! —comentó Angelo echando un vistazo por la estancia.

—Sí —convino ella—. Pero más valdría no haberla dado. En cierto modo me parece un auténtico despilfarro. Pero Loren insistió en celebrarla.

—Parece que hay mucha animación —observó Angelo.

—Espero que él se esté divirtiendo —comentó Alicia con sarcasmo.

—¿Dónde está la debutante? —le preguntó él—. ¿No tendría que felicitarla o algo así? No sé exactamente qué hay que hacer en estas ocasiones.

Por primera vez en toda la noche Alicia se echó a reír.

—Angelo, eres encantador. Debes de ser la única persona honrada que queda en Detroit. —Miró a su alrededor—. No la veo por ninguna parte. Supongo que estará ahí fuera, en la sala de juegos, con sus amigos.

—Me acercaré a verla —dijo él.

—Ven —dijo Alicia cogiéndole del brazo—. Te buscaré alguna bella jovencita para que bailes.

—¿Y por qué no puedo bailar contigo?

—¿Conmigo? —Había una nota de sorpresa en la voz de aquella mujer. Dudó durante un instante—. No sé; debería quedarme aquí. Alguien tiene que quedarse.

—¿Y por qué tú?

Ella se quedó mirándolo durante un momento y luego hizo un gesto de asentimiento.

—¿Sabes una cosa? Creo que tienes razón. No hay motivo alguno para que permanezca aquí.

Angelo la condujo hasta la pista de baile y ella se dejó rodear con los brazos. Al principio se la notaba un poco tensa. Él la atrajo hacia sí.

—Relájate —le dijo sonriendo—. Tienes permiso para divertirte en tu propia fiesta.

Alicia se echó a reír de nuevo y ambos evolucionaron por la pista al compás de la música. Apoyó la cabeza en el hombro de su acompañante, y al cabo de un rato alzó la mirada hacia él.

—Gracias, Angelo.

—¿Por qué?

—Por hacer que realmente sienta que estoy aquí. Esta noche tenía la extraña sensación de estar ausente.

—No lo entiendo.

—Supongo que ya estarás enterado de lo que pasa —continuó ella—. Todo el mundo lo sabe. Es un secreto a voces que Loren mantiene a esa chica en la fábrica, en el apartamento que hay sobre el edificio de administración, y que yo me voy a Reno pasado mañana. La gente me mira con una expresión que parece decir: «La reina ha muerto. ¡Viva la reina!» Resulta muy extraño. No saben a ciencia cierta hasta qué punto deben parecer amistosos.

—Son imaginaciones tuyas —la animó Angelo—. Tú has crecido aquí. Estas personas han sido siempre tus amigos. El hecho de que estés o no casada con Loren no va a suponer ninguna diferencia.

Una triste expresión asomó a los ojos de Alicia.

—Eso es lo que yo pensaba. Pero ahora ya no estoy tan segura.

La pieza terminó y se quedaron de pie en la pista. Una voz femenina se oyó detrás de ellos.

—¡Alicia, querida! ¿Dónde tenías escondido a este hombre tan encantador?

Se dieron la vuelta y Angelo se encontró con una pareja elegantemente vestida que se acercaba a ellos. La cara de la mujer le resultaba vagamente familiar.

Alicia sonrió.

—Angelo Perino, mi cuñada y su esposo, el príncipe Alekhine.

La princesa alargó la mano. Angelo la tomó.

—¿Debo besarla o estrechársela? —preguntó sonriendo.

—Puede hacer las dos cosas. —La muchacha se echó a reír—. Me llamo Anne. Usted fue al colegio con mi hermano, pero nunca llegamos a conocernos.

—Mala suerte la mía. —Le besó la mano y se volvió para estrechar la de su marido.

El príncipe era más alto que Angelo; tenía el cabello abundante, entre gris y negro, y los ojos brillantes y oscuros enmarcados en un rostro fuerte y bronceado. El apretón fue firme y sincero.

—Llámeme Igor —dijo con voz profunda y amistosa—. Hace tiempo que tenía ganas de conocerlo. Hay muchas cosas de las que tenemos que hablar. Quiero que me cuente todo sobre el nuevo coche.

—Eso puede esperar —intervino Anne—. Ya habrá tiempo mañana para que los hombres habléis de negocios. —La música comenzó de nuevo—. Igor, baila con Alicia —dijo mientras cogía a Angelo del brazo—. Yo quiero ponerme al corriente de todo lo relativo al nuevo hombre de Detroit.

Se abandonó en brazos de Angelo con el aplomo de una mujer que hubiera estado antes muchas veces en aquella tesitura. Él la miró.

—Ha leído demasiadas revistas —le contestó.

—Por supuesto —repuso ella—. ¿De qué otra forma cree que pasamos el tiempo los americanos que vivimos en Europa? Leemos revistas para no perder del todo el contacto. Eso nos hace sentirnos parte de las cosas.

—También podrían hacerlo viniendo a casa de vez en cuando.

—Vaya, es usted muy listo —dijo Anne sonriendo—; cambia de tema con rapidez. Pero no me doy por vencida tan fácilmente. Vi el artículo en la revista Life. Aquel que hablaba de DeLorean, el de la Chevy, de Iacocca, el de la Ford, y de usted. ¿Es cierto lo que dicen de su abuelo? Se comenta que fue el comerciante que suministró los licores para la fiesta de boda de mis padres, en esta misma casa.

—No es cierto —dijo Angelo—. No era un comerciante de licores. Era un contrabandista de alcohol.

Ella se echó a reír.

—Creo que me va a caer usted bien. Empiezo a comprender lo que el abuelo ha visto en usted.

 

A la una de la madrugada se descorrieron las grandes mamparas que daban paso al monstruoso buffet y a las mesas para la cena, todo ello alegremente decorado. Media hora más tarde la cena-espectáculo daba comienzo.

El maestro de ceremonias comenzó a hablar por el micrófono, pero a pesar de la potente amplificación sus palabras se perdieron entre las voces procedentes de las mesas. Se volvió e hizo señas hacia los bastidores del pequeño escenario acondicionado para la ocasión. Todos los presentes reconocieron al instante a la muchacha que se situó ante el micrófono. A lo largo de varios años habían podido ver cada semana aquel rostro en televisión, y durante mucho tiempo había sido la voz de uno de los más importantes anuncios de automóviles. Ahora abrió la boca para cantar, pero era imposible oírla. Ni siquiera se molestaban en escucharla, pues todos estaban muy ocupados con la conversación y la comida.

Loren se hallaba de pie, ligeramente tambaleante, al lado del escenario. Intentaba oírla, pero no lo conseguía. Se acercó más, hasta quedar justo debajo de ella. Aun así, nada. De pronto se enfadó.

Subió al escenario a grandes zancadas y se acercó al micrófono. La cantante lo miró, desconcertada. Él alzó una mano y la orquesta dejó de tocar. Entonces Loren se volvió y miró a los invitados.

Nadie se había percatado de lo que sucedía en el escenario. Loren se inclinó hacia abajo y cogió una cuchara de una de las mesas cercanas; empezó a golpear con ella el micrófono hasta que consiguió atraer la atención de los invitados. Poco a poco el silencio comenzó a adueñarse de la estancia.

Los miró fijamente con la cara roja de ira y el cuello arrugado y blando a causa del sudor.

—¡Ahora escuchadme, bestias! —gritó por el micrófono que amplió su vacilante voz. Las palabras llegaron a todos los rincones de las dos gigantescas habitaciones—. He pagado quince mil dólares para que esta señorita viniese desde Hollywood a cantar para vosotros, así que mejor será que cerréis el pico y la escuchéis lo mejor que sepáis.

Toda la estancia quedó en silencio. Ni siquiera se oía el sonido de un cubierto. Se volvió hacia la cantante y le hizo una exagerada reverencia.

—Está bien, señorita —le indicó—. Ya puede cantar.

La orquesta comenzó de nuevo, y mientras la suave voz de la muchacha se expandía por el salón, Loren se dio la vuelta y echó a andar para bajar del escenario. Tropezó en el último peldaño, pero consiguió recuperar el equilibrio y se fue haciendo curvas hacia el bar.

Angelo se hallaba de pie apoyado en la barra y vio que Loren se le acercaba. Tuvo que extender una mano para evitar que este se cayera.

Loren lo apartó de un manotazo.

—Estoy bien. —Se volvió hacia el camarero—. Un escocés con hielo. —Miró a Angelo como si hasta entonces no se hubiera percatado de su presencia—. ¡Todos estos no son más que unos hijos de puta! —masculló—. ¡Unos desagradecidos! No aprecian lo que uno hace por ellos.

Angelo no hizo ningún comentario.

Loren cogió la copa y probó el contenido.

—Es un buen escocés —dijo—. No produce resaca, como el canadiense. Deberías probarlo alguna vez.

—Yo tengo resaca con todo —comentó Angelo sonriendo—. Hasta con Coca-Cola.

—¡Son unos desagradecidos hijos de puta! —repitió Loren mirando hacia los salones abarrotados de gente. Se volvió otra vez hacia Angelo—. ¿Cuándo has llegado a la ciudad?

—Esta misma tarde.

—No me has llamado.

—Lo hice —replicó Angelo—. Pero ya te habías ido del despacho.

—Quiero hablar contigo antes de la reunión de mañana —le comunicó Loren—. Tenemos que hablar de varias cosas importantes.

—Estoy a tu disposición.

—Ya te llamaré. —Puso el vaso encima de la barra y echó a andar. —De repente se volvió—. No tendremos tiempo mañana por la mañana —dijo—. Reúnete conmigo aquí en el bar cuando acabe la fiesta. Supongo que será alrededor de las tres de la madrugada.

Angelo lo miró.

—Es una gran fiesta. ¿Estás seguro de que no se prolongará hasta el amanecer?

—¿Crees que no sé lo que digo? —le preguntó Loren con tono beligerante.

Angelo sonrió.

—Por supuesto que no lo sabes —repuso con tranquilidad.

Loren entornó los ojos y la cara se le congestionó aún más. Dio unos pasos hacia Angelo.

—No lo hagas —le advirtió este sin perder la calma—. Sería una vergüenza que echaras a perder la fiesta de tu hija.

Loren se quedó allí parado durante un momento. Después se relajó. Incluso esbozó una sonrisa.

—Tienes razón —admitió—. Gracias por evitar que quede como un cretino.

Angelo le devolvió la sonrisa.

—Para eso están los amigos.

—¿Quieres hacerme un favor?

—Desde luego.

—¿Te importaría esperarme aquí a las tres y cuarto y llevarme de vuelta a la fábrica? —le preguntó Loren—. No creo que esté en condiciones de conducir yo mismo.

—Aquí estaré —dijo Angelo.

Salió caminando al jardín a través de los gigantescos ventanales. Los faroles de alegre colorido que estaban colgados a lo largo de los senderos se movían suavemente mecidos por el viento de la noche. Encendió un cigarrillo y comenzó a bajar por el camino que conducía a la casa de la piscina.

El potente ritmo de un grupo de rock se hacía más fuerte a medida que se aproximaba al edificio. Veía el interior de la discoteca a través de las amplias vidrieras de las ventanas. El salón se hallaba lleno de personas que bailaban y que parecían petrificadas a causa de los rápidos destellos de las luces de colores.

Entró por la puerta, que se encontraba abierta de par en par, y se abrió paso hacia la barra. Pidió una copa y el camarero se apresuró a servírsela. Él la cogió y dio unos sorbos. Las fosas nasales se le llenaron con el olor agridulce de la marihuana. Miró a su alrededor. Casi a oscuras era imposible saber quién estaba fumando hierba y quién fumaba tabaco. Los cigarrillos brillaban en la oscuridad como luciérnagas.

—¿Te conozco? —La voz femenina le llegó desde atrás.

Se dio la vuelta. Era joven, no cabía duda de ello, como todas las muchachas que llenaban aquel salón. Poseía unos ojos de color azul pálido, y el cabello, largo, liso y rubio, le caía hasta los hombros. La boca y la barbilla tenían un aire que le resultaba familiar.

—No creo —dijo Angelo sonriendo—. Pero como yo tampoco te conozco a ti, podemos dejarlo en un empate.

—Soy Elizabeth Hardeman —le informó ella imperiosamente.

—Me lo imaginaba.

—¿Qué quieres decir? —preguntó la muchacha.

—No podías ser otra —repuso él sonriendo—. Supongo que lo apropiado es darte la enhorabuena, ¿verdad, señorita Hardeman?

Ella lo miró detenidamente.

—Te estás riendo de mí.

—No, de verdad —se apresuró a aclarar Angelo—. Es que no sé muy bien qué es lo correcto en estas circunstancias.

—¿No me estás tomando el pelo?

—Francamente, no —dijo él muy serio.

De pronto la joven sonrió.

—¿Puedo decirte la verdad?

Él asintió.

—Yo tampoco sé qué es lo correcto —comentó riendo.

—En ese caso sigamos adelante con las felicitaciones —indicó él.

—Gracias. —Chasqueó los dedos—. Nunca olvido una cara. Tú eres el hombre que conducía el Sundancer SS la primera vez que lo vi en la avenida Woodward, una noche del invierno pasado. Ibas con aquella chica de grandes… Aquella que se parecía a miss Hurst Golden Shifter, quiero decir.

Angelo se echó a reír.

—Culpable.

—¿Trabajas para mi padre? —le preguntó Elizabeth—. ¿Eres uno de los pilotos de pruebas?

—En cierto modo —admitió él— creo que se me puede considerar así.

Una mirada de consternación atravesó de pronto el rostro de la muchacha.

—Yo te conozco —le dijo—. He visto tu fotografía en Life. Eres Angelo Perino.

—Exacto —convino este sonriendo—. Pero me gustaría más que me pusieses en la lista como un admirador desconocido.

—Lo siento, señor Perino. No tenía intención de molestarle.

—Te perdonaré si me concedes este baile —le pidió él.

La muchacha miró a la pista de baile, y luego volvió de nuevo el rostro hacia Angelo.

—¿Aquí? —preguntó, dudando—. ¿O en la casa principal?

—Aquí —repuso él, riéndose mientras la conducía hacia la pista—. En realidad no soy tan viejo como parezco.