Betsy
Libro segundo. 1970
Libro segundo
1970
uno
Se despertó, como siempre, unos minutos antes de que sonara el despertador. Se quedó tendido en la cama contemplando cómo los números, suavemente iluminados, del radio-despertador digital se movían inexorablemente hacia la hora en la que empezaría a sonar la música. También como siempre, desconectó la alarma justo antes de que comenzara a sonar: a las seis en punto.
Se deslizó en silencio fuera de la cama y buscó con los pies las zapatillas que se hallaban en el suelo; cogió la ropa y, evitando hacer ruido, se dirigió al cuarto de baño. Cerró la puerta tras él antes de encender la luz, para evitar de ese modo que su esposa se despertara. Cogió un paquete de cigarrillos del estante situado bajo el espejo y se sentó en la taza. Después de tres cigarrillos todavía no había sucedido nada; estaba pensando en encender el cuarto cuando oyó la voz de su esposa a través de la puerta.
—¿Dan?
—¿Sí? —contestó.
—¿Cómo va eso?
—Nada —refunfuñó mientras se ponía de pie y se subía los pantalones del pijama. Abrió la puerta—. Ese médico no tiene ni las más remota idea de lo que habla.
—Sí que la tiene —contestó la mujer al tiempo que alcanzaba el interfono y apretaba el botón de comunicación—. Mamie, ya estamos despiertos. —Se volvió hacia él—. Estás demasiado tenso. Tienes que relajarte.
—Ya estoy relajado —contestó el hombre—. Las tensiones no tienen nada que ver con esto. Solo estoy estreñido, eso es todo. Siempre he estado estreñido. Incluso cuando era niño. Pero entonces no había médicos extravagante que le trataran a uno con psicoanálisis; te daban un laxante y te indicaban dónde estaba el retrete más cercano.
—No seas vulgar —dijo ella.
—No soy vulgar. Todo lo que quiero es mover el vientre. ¿Dónde está el Ex-Lax?
—Lo tiré. Tomar cada día Ex-Lax es lo peor que puedes hacer. Estropea las funciones naturales.
—Consigue un poco —estalló él—. Mis funciones nunca han trabajado naturalmente, y después de veintiún años de matrimonio ya podrías haberte dado cuenta de ello.
Volvió al cuarto de baño y cerró la puerta de golpe tras él.
Mamie entró en la habitación llevando la bandeja del desayuno. La situó cuidadosamente sobre la cama, al lado de las piernas de Jane Weyman.
—Buenos días, señora Weyman —dijo, con una sonrisa que le iluminó la oscura cara. Dirigió la vista hacia la puerta cerrada del cuarto de baño—. ¿Cómo se encuentra esta mañana el señor Weyman?
Jane se encogió de hombros. Apartó la servilleta que había sobre las tostadas.
—Igual.
—¡Pobre hombre! —dijo Mamie con simpatía—. Me gustaría que me permitiera prepararle un poco de sémola por las mañanas. No hay nada como la sémola para que la maquinaria funcione.
—Ya lo conoces —dijo Jane, al tiempo que se ponía una pródiga cantidad de compota en la tostada—. Lo único que toma a estas horas es café.
—Con eso solo consigue que le entre acidez de estómago —dijo Mamie. Echó a andar hacia la puerta—. Explíquele que yo le he dicho que la sémola lo pondrá en orden rápidamente.
En el momento en que cerró la puerta el teléfono comenzó a sonar. Jane lo cogió.
—Diga —contestó, molesta. La voz le cambió rápidamente—. No, Loren, ya estaba despierta. En este momento me disponía a desayunar. Voy a avisar a Dan.
No tuvo necesidad de hacerlo; él ya había abierto la puerta y miraba a su esposa con la cara medio enjabonada.
—¿Quién es?
—Loren —repuso ella tapando el auricular con la mano—. ¿Por qué llamará tan pronto?
Él no contestó. Atravesó la habitación y cogió el aparato que ella le tendía. El jabón se le metió en la oreja al situar el teléfono allí.
—Buenos días, Loren. —Se limpió el jabón con la mano libre—. ¿Qué tal te ha ido el vuelo?
La voz de Loren sonaba tranquila.
—Bien. Pero hemos tenido un retraso de tres horas. Me preguntaba si podías venir a desayunar para tratar unos asuntos conmigo antes de la reunión de esta mañana.
—Estaré ahí dentro de veinte minutos —le indicó Dan. Colgó el teléfono—. Loren quiere que me reúna con él para desayunar —le explicó a Jane—. Hay una reunión esta mañana y desea que la preparemos juntos.
—Si se quedara en casa y le prestara más atención al negocio en vez de andar corriendo por toda Europa detrás de esa puta inglesa —dijo Jane—, posiblemente no tendría que molestarte a las seis de la mañana.
—Será mejor que dejes de hablar de ese modo —le reconvino Dan—. Algún día tendrás que aceptarla como la señora Hardeman. ¿Y entonces qué harás?
—Exactamente lo mismo que ahora —repuso Jane—. Ignorarla. ¡Pobre Alicia! Después de todo lo que ha pasado.
—¡Pobre Alicia! —la remedó Dan—. La pobre Alicia va a conseguir seis millones de dólares en pago de sus penas. No siento ninguna lástima por ella.
—Yo sí —dijo Jane—. No hay bastante dinero en el mercado para compensarla por todo lo que ha tenido que pasar.
—Al menos ya no tendré que ponerme más el smoking para cenar —comentó él mientras volvía al cuarto de baño. Acabó rápidamente de afeitarse, salió de nuevo y comenzó a vestirse.
—Pon la radio y busca el boletín informativo sobre el estado del tráfico.
Jane se incorporó y conectó el botón. Una música de rock duro se expandió por la habitación. Bajó el volumen.
—A veces pienso que no debiste dejar la Ford cuando Mac se fue a Washington. Al menos allí nadie te molestaba a primeras horas de la mañana y tu estreñimiento no iba tan mal.
Dan no contestó. Estaba muy atareado metiéndose la camisa dentro de los pantalones. La cremallera pilló un extremo de aquella.
—¡Maldición! —murmuró mientras se esforzaba por desatascarla.
—¡Quién sabe! —continuó ella—. A lo mejor ahora serías presidente.
—No tenía ninguna posibilidad. A Arjay yo no le gustaba; nunca fui santo de su devoción. Me mantenía ocupado con minucias. Además, él tampoco lo ha conseguido. A Ford le gustan los hombres que solo viven para el automóvil. Ese es el motivo de que Knudsen esté ahora allí.
—Tampoco llegarás a presidente aquí —dijo ella—. A pesar de las promesas de Loren. Especialmente ahora que la Mafia se ha metido por medio.
—Jane, tienes la boca demasiado grande —le reprendió Dan—. ¿Cuántas veces necesito decirte que Perino no tiene nada que ver con la Mafia?
—Es del dominio público que su abuelo tenía relación con ella —afirmó—. Era mi abuelo el que le vendía los camiones con los que traía el whisky del Canadá.
—Tu abuelo era también uno de sus mejores clientes —dijo Dan—. Con la forma en que solía beber, apostaría que el viejo Perino nunca tuvo necesidad de pagarle un céntimo por los camiones. Además, eso no tiene nada que ver con Angelo.
—Estás defendiéndolo —le acusó Jane con voz acusadora—. Y es el hombre que se ha convertido en vicepresidente ejecutivo en tu lugar.
—No lo estoy defendiendo, Jane —repuso él con voz de tedio—. Y es vicepresidente ejecutivo de la división de automóviles solamente, no de la compañía entera. Todavía soy el vicepresidente más antiguo.
—Él no tiene que rendirte cuentas a ti como hacen los demás, ¿no es verdad?
—No. Solo es responsable ante el consejo de dirección. Ni siquiera informa a Loren.
—¡Ese viejo odioso! —dijo ella—. Todo es por culpa suya. ¿Por qué no se quedó en Florida como se suponía que iba a hacer?
Dan comenzó a explicárselo, pero se calló al oír el boletín de tráfico por la radio.
—Este es el boletín de tráfico de la WJR de las seis y media de la mañana. —La voz del locutor era aún más estridente que la música que había sonado anteriormente —. El tráfico en las autopistas es fluido, aunque se ha registrado un ligero aumento en todas ellas; solo existe un pequeño embotellamiento en la autopista Industrial, en los alrededores de River Rouge, donde el tráfico discurre con más lentitud. La Estatal número Diez y la avenida Woodward, sin problemas hasta la parte baja de la ciudad de Detroit.
—Apágala —dijo Dan.
Ella oprimió el botón y la voz desapareció de la habitación.
—¿Qué crees que va a suceder? —le preguntó ella—. Hay rumores por toda la ciudad de que el viejo piensa hacer a Perino presidente de la compañía.
—Es posible. Pero aún es pronto. Perino tiene que demostrarse a sí mismo de qué es capaz. Especialmente ahora que planean hacerlo público. Hasta el viejo se da cuenta de eso. Mientras tanto Loren y yo todavía controlamos la única finalidad del negocio, que es sacar beneficios, y lo estamos haciendo cada vez mejor.
Acabó de anudarse la corbata y se puso la americana.
—Me voy. Te veré por la noche.
Se inclinó sobre la cama y besó a su esposa en la mejilla.
—Procura estar en casa antes de las ocho —le dijo ella—. Tenemos roast beef y no me gusta que se carbonice.
Dan asintió mientras se dirigía a la puerta. Antes de salir, se volvió hacia su mujer.
—No te olvides de comprar Ex-Lax —le dijo—. Creo que tres días son suficiente tiempo para comprobar que la psicología no funciona.
Jane esperó hasta que oyó que su marido se alejaba con el coche; y entonces apartó la bandeja de la cama y la colocó en el suelo. Conectó el interfono.
Mamie contestó.
—¿Sí, señora?
—Voy a dormir un poco más —dijo Jane—. Despiértame a las nueve. No quiero llegar tarde a la clase de tenis.
Cortó la comunicación y apagó la luz. Sonrió ligeramente mientras se apoyaba en la almohada. El nuevo profesor de tenis del club era encantador. La forma en que aquel cuerpo macizo se apretaba contra el suyo mientras le aguantaba el brazo desde atrás para corregirle la postura, la hacía estremecer.
El sonido tranquilo del motor de doscientos setenta y cinco caballos que había bajo el capó del Sundancer —de un conservador color negro— le tranquilizó mientras salía de la desviación que conducía a la Estatal número 10. Miró a ambos lados y se metió en la autopista. No había tráfico. Se deslizó suavemente por la carretera que salía de la parte baja de la ciudad de Detroit. Seguiría por la avenida Woodward hasta la autopista Edsel Ford, y después abandonaría esta para llegar a Grosse Pointe. Con un poco de suerte haría todo el trayecto en menos de veinte minutos. El Sundancer respondió a la presión sobre el acelerador con una satisfactoria dosis de fuerza.
Loren le esperaba para desayunar.
—Siento llegar tarde —se disculpó Dan.
—No importa —dijo Loren—. Déjame que me ponga al corriente de lo que sucede en la ciudad. —Hizo un gesto hacia un montón de ejemplares atrasados del Automóvil News que había en el suelo junto a él.
—No mucho —dijo Dan—. Al parecer todo indica que los subcompactos saldrán al mercado en otoño. Están considerando el Gremlin, pero no esperan hacer nada hasta que el Pinto y el Vega estén a la venta.
Examinó detenidamente a Loren. Tenía buen aspecto. Durante una temporada, meses atrás, Loren tenía la misma apariencia que una exprimidora. Pero al parecer aquello ya había pasado. Ahora era un hombre que esperaba pacientemente las cosas que sabía iban a suceder. Se sentó.
—Tengo buenas noticias —dijo Loren—. He cerrado el negocio con Alemania Occidental.
—¡Enhorabuena! —dijo Dan sonriendo.
—Están dispuestos a comenzar la fabricación inmediatamente. La gama completa. Neveras, hornos y televisores. Eso nos abre las puertas del Mercado Común sobre una base competitiva.
—Lo que significa para nosotros unos beneficios netos adicionales de más de dos millones de dólares este año —dijo Dan con entusiasmo—. En tres años tenemos que ser capaces de conseguir más de quince millones.
Loren asintió.
—No te queda más remedio que ir allí el mes que viene para arreglar los detalles. También les he prometido mandarles un equipo completo de ingenieros que se encargue de entrenar a su propio personal.
—No hay problema —afirmó Dan. Se frotó las manos—. Son buenas noticias para la reunión del consejo de esta tarde. Hasta ahora lo único que han conseguido es que les aprueben las asignaciones. El dinero está comenzando a volar como un globo sonda.
—Al consejo no parece importarle mucho todo esto —dijo Loren.
Dan asintió. Sabía lo que Loren quería decir. Los nuevos directores, que representaban a los bancos y a las compañías de seguros que les habían adelantado los fondos, aceptaban cualquier tipo de sugerencia que hiciese Número Uno.
—Es extraño —continuó Loren con una voz que indicaba cierta perplejidad—. Nosotros somos los que hacemos dinero, pero a ellos todo lo que les interesa es el nuevo coche, que en el mejor de los casos supondrá un gran riesgo para la compañía. ¿Sabes?, incluso en Europa era eso lo que más les interesaba. Solo querían hablar del coche nuevo. Al parecer todos desean meterse en ese asunto.
—¿Y qué les has dicho?
—Me mostré misterioso y les dije que ya hablaríamos a su debido tiempo. Habría sido una idiotez contarles la verdad. Que no sé más de ese asunto que ellos. —Hizo una pausa—. Por cierto, ¿qué hay de nuevo por aquí?
—Ya se han completado las modificaciones de los tres coches de carreras —le explicó Dan—. Pero eso fue hace ya varias semanas. Desde entonces no he oído nada más.
—¿Y el nuevo modelo de coche?
—No sé ni una palabra —repuso Dan—. Puede que en la reunión de hoy nos digan algo. Nos pedirán que aprobemos el traslado del departamento de diseño e ingeniería a la costa.
—¿Cuándo piensan llevarlo a cabo?
—El mes que viene. Dicen que por entonces ya estará lista la nueva planta.
—¿Sabes si mi abuelo asistirá a la reunión?
—Supongo que sí. Siempre aparece cuando hay que tratar algo del coche nuevo.
Les interrumpió una voz desde el umbral de la puerta.
—¿Se puede, papá?
Loren levantó la mirada. La cara, que hasta entonces había mantenido una expresión seria, se le distendió.
—Por supuesto, Betsy.
La muchacha entró en la estancia y se inclinó sobre la silla de su padre para darle a este un beso en la mejilla.
—¿Tuviste un buen viaje?
Loren asintió. La chica se volvió hacia Dan.
—Buenos días, señor Weyman.
Se giró de nuevo hacia su padre sin esperar a que Dan le contestase. Había un curioso tono de reproche en la voz de la muchacha.
—No me habías dicho que íbamos a salir al mercado con un Sundancer Super Sport.
Loren se quedó atónito.
—¿Un qué?
—Un supercoche. Ya sabes, un bólido.
Loren miró a Dan. Ninguno de los dos pronunció palabra.
—No tienes que ser tan misterioso conmigo —continuó ella—. Al fin y al cabo, yo también soy de la familia. Nunca le diría nada a nadie.
Los dos hombres continuaban en silencio.
Betsy se acercó a la mesa y se sirvió una taza de café. Luego se alejó hacia la puerta, llevando en la mano la taza.
—De acuerdo, no digas nada si no quieres. Pero vi uno en la avenida Woodward ayer por la noche. ¿Y sabes qué, papá?
Loren hizo un gesto negativo con la cabeza.
Ella sonrió orgullosa.
—¡Corría más que cualquier otro coche que hubiera a la vista!