Betsy

Harold Robbins · Capítulo 15 de 57

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Betsy

Capítulo 14

catorce

 

Dejé a Artie y a Len en el aeropuerto para que tomaran el último avión de la tarde hacia Nueva York, y cuando salí de la terminal me encontré con que la chica de la agencia Hertz me esperaba junto al coche.

—Estoy un poco decepcionada, Angelo —dijo con aquella voz de miel y naranja —. Hace tres días que te encuentras en la ciudad y no me has llamado.

—Lo siento, Melissa. Es que he estado muy ocupado.

Puso cara de enfado.

—Pensé que tenías interés por mí.

—Lo tengo, Melissa —afirmé—. De verdad.

—Entonces, ¿te parece bien que nos veamos esta noche? Si no tienes mucho que hacer, claro.

—No, esta tarde me va muy bien —le contesté—. Pero se acabaron los sitios como el de la otra vez. Tardé tres días en recuperar el oído. ¿No conoces algún motel tranquilo y agradable donde podamos estar juntos, sin más?

Continuó utilizando el «señor Perino» de la mierda.

—Señor Perino, esta es una ciudad pequeña y una chica tiene que cuidar de su reputación. Podríamos salir y limitarnos a dar un largo y tranquilo paseo en coche.

Recordé la forma en que conducía y me apresuré a hacer un gesto negativo con la cabeza.

—No, gracias. Ya soy demasiado mayorcito para joder en el asiento de atrás. — Di la vuelta alrededor del descapotable y me senté tras el volante. Puse la llave de contacto—. Ya nos veremos, Melissa.

—No, Angelo. Espera un minuto. —Bajó el tono de voz y se inclinó por encima de la puerta del coche, dándome así la oportunidad de echarle un buen vistazo a aquellos dos frutos maduros que pugnaban por salir de la blusa—. Tendré que prepararlo un poco —añadió—. Les diré a mis padres que me voy a pasar la noche con una amiga que tiene una casita al norte de la ciudad. Ella está fuera y me ha dejado la llave.

—Ahora empiezas a hablar con sentido.

 

Cuando vino a recogerme traía otra vez el Match One. Salió del coche al verme bajar las escaleras.

—Conduce tú.

—De acuerdo.

Me senté al volante, me abroché el cinturón y la miré. Ella se puso el suyo. Salimos por el camino del jardín.

—Gira a la derecha —me dijo—. Hay un supermercado un par de kilómetros más adelante.

Entré con el coche en la carretera y, manteniéndolo en una velocidad corta, aumenté las revoluciones hasta que la aguja llegó prácticamente a la línea roja. Frené bruscamente para entrar en el aparcamiento situado delante del supermercado y la miré a la cara.

Tenía los ojos semicerrados y la boca abierta como si le faltara el aire. Las piernas también las mantenía abiertas. Me incliné y le metí la mano bajo el vestido. Tenía las medias empapadas. Como si hubiera recibido una gran impresión. Estaba tiritando.

—¿Qué te apetece para beber?

Cerró las rodillas, atrapándome la mano entre las piernas.

—Champán —dijo—. Champán francés. Asegúrate de que sea bueno y de que esté bien frío.

—De acuerdo. Devuélveme la mano e iré a buscarlo.

Volví con dos botellas de Cordon Rouge. Se las enseñé.

—¿Te parece bien?

Asintió. Subí al coche y salimos a la carretera.

—Lo que conduces es un coche, ¿no?

—En efecto.

Pisé a fondo el acelerador. Sabía exactamente lo que ella quería. Tuve suerte, pues no había agentes de tráfico en la carretera. Creo que hicimos los doce kilómetros hasta la casa en menos de seis minutos.

La casita era una de las muchas que había, todas exactamente iguales. Estaban situadas a ochocientos metros de la autopista, y se llegaba a ellas por una pequeña carretera. Me dirigí hacia donde Melissa me indicaba y detuve el coche delante de la puerta. Apagué el motor y miré a la muchacha.

Tenía los ojos brillantes.

—Me has dejado la mente en blanco.

No dije nada.

—¿Recuerdas cuando estabas adelantando a tres coches y apareció otro en dirección contraria?

Asentí con la cabeza.

—Miré el velocímetro. Ibas a ciento ochenta por hora. Hasta que volviste a situarte en el carril de la derecha pasé tanto miedo que casi me orino encima. Después tuve un orgasmo que me duró casi un minuto.

—Espero que aún te quede algo —le dije.

Se echó a reír.

—Nunca estoy seca —dijo mientras bajaba del coche. Se inclinó sobre el asiento de atrás y sacó una pequeña bolsa de viaje. Cogí el champán y la seguí al interior de la casa.

Recorrió toda la casa para cerrar las persianas y correr las cortinas antes de permitirme encender la luz.

—Mi amiga siempre se queja de que los vecinos son muy fisgones —me explicó.

—Es agradable saber que uno le importa a alguien.

Abrió la bolsa de viaje.

—Tengo que colgar el vestido en el armario para que no se arrugue. —Lo puso en una percha y luego volvió—. ¿Fumas?

—A veces.

—Bien —dijo—. Tengo un poco de hierba. —Sacó un pequeño envoltorio de celofán y un librillo de papel de fumar de marca Zig Zag y los colocó sobre la mesa —. ¿Te gustan las cápsulas?

—Me divierten.

—Un mayorista de farmacia me da una lata cada vez que viene por aquí. Son muy recientes. Me las dio ayer.

—¿Cómo puedo tener tanta suerte? —Me incliné hacia ella, pero me esquivó.

—No vayas tan aprisa —dijo—. Abre una botella de champán mientras me doy una ducha rápida. Me siento pegajosa.

La miré. Si el orgasmo le había durado solo la mitad de lo que me había dicho, ahora debía de tener goma sólida en la entrepierna.

—Muy bien —convine.

Sacó una bolsa de papel del maletín de viaje y me la entregó. Estaba fría como el hielo. La interrogué con la mirada.

—Es carne —me explicó—. Por si acaso más tarde tenemos hambre.

Me eché a reír y le di una palmada en el trasero.

—Ve a ducharte.

Aquella muchacha había pensado en todo.

 

La chica de la agencia Hertz estaba fuera de sí. Se había fumado dos porros y se había tomado una cápsula antes del primer orgasmo; estaba en un viaje sin retorno. Yo tenía la cabeza colocada entre las piernas de aquella muchacha y ella me tiraba del pelo, intentando meterme en su interior. Tenía razón en una cosa. Nunca estaba seca.

De repente me apartó.

—No creerás que soy horrible, ¿no? —me preguntó.

Moví negativamente la cabeza.

—Quiero que te corras en mi boca —dijo.

—¿Podemos joder antes un poco?

—Sí, pero de todas formas quiero que te corras en mi boca.

Le hice darse la vuelta y la penetré por detrás. Ella se inclinó hacia abajo, me cogió los testículos y los apretó.

—¡Oh, Dios! —dijo—. Están tan llenos y duros.

Sentí que estaba a punto de tener el orgasmo. Ella también lo notó. Se apartó de mí y se dio la vuelta para coger el pene con la boca. El esperma comenzó a fluir mientras ella chupaba, lo engullía glotonamente apretando y ordeñando los testículos hasta mucho después de que estuvieran vacíos. Me quedé tendido, exhausto y agotado.

—Ha sido fantástico —dijo—. Tiene el mismo sabor que la nata dulce.

Todavía me sostenía el pene y jugaba con él.

—¿Tienes ganas de hacer pis? —me preguntó.

—Ahora que lo mencionas, sí. —Comencé a bajar de la cama.

Vino detrás de mí hasta el cuarto de baño.

—Déjame que te lo sostenga.

La miré.

—Te invito.

Se puso de pie detrás de mí y apuntó con el pene hacia la taza, pero le resultó difícil acertar y salpicó todo el asiento.

—Exactamente lo que me pensaba —dije—. Las mujeres no saben nada sobre cómo se hace pis.

—Déjame que lo intente otra vez —dijo, y se subió al borde de la bañera que se hallaba cerca de la taza. Lo cogió de nuevo. Esta vez tuvo mejor puntería.

La miré a la cara. Tenía una expresión de arrebatada concentración que yo nunca había visto antes. Una fascinación casi infantil. Volvió la cara hacia mí y, como si estuviera hechizada, puso la mano libre en la trayectoria del chorro. De repente lo volvió hacia ella.

Me detuve, sorprendido.

Ella me estiró denodadamente del pene.

—¡No pares! —gritó—. Es maravilloso. ¡Báñame!

—Sobre gustos no hay nada escrito —dije. Si era eso lo que deseaba, ¿quién era yo para decir que no?

Fue una noche salvaje, de locura. Aparte de todo lo demás, resultó que la muchacha gritaba como una loca. Lo que hizo que su amiga quedara como una mentirosa. Si los vecinos hubieran sido realmente entrometidos, habrían llamado a la Policía.

 

Eran las siete de la mañana cuando ella me dejó a la puerta de casa. Me tendió la mano con formalidad.

—Adiós, Angelo —dijo—. Ha sido la noche más maravillosa y romántica de toda mi vida.

No pude evitar estar de acuerdo con ella. Se alejó con el coche. Subí las escaleras y entré en la casa. Me encontré con Donald a la puerta.

—Una tal lady Ayres estuvo intentando hablar con usted la noche pasada —me comunicó—. Dejó un número de teléfono para que la llamara. Dijo que era muy importante.

—¿Desde dónde llamaba? —le pregunté.

—Desde Nueva York —repuso—. ¿Quiere que intente localizarla?

—Sí, por favor —contesté. Le seguí hasta la biblioteca. Había una cafetera encima de la mesa. Me serví una taza mientras esperaba. Un instante después me hizo una seña. Cogí el teléfono.

—¿Hola?

—Angelo. —La voz le sonaba hermética—. Tengo que verte… en seguida.

—¿Qué haces en Nueva York? —le pregunté—. Creía que…

—Alicia se ha enterado de que Loren y yo nos habíamos ido juntos —me dijo—. Los de la oficina intentaron buscarlo y cometieron el error de preguntarle a ella.

—¿Para qué lo buscaban en la oficina?

—Por algo que tenía que ver contigo. No me habló mucho de ello. Pero estaba muy enfadado y dijo que posiblemente tú acabaras en la cárcel.

—¡Maldito loco!

—No es un hombre muy sofisticado —dijo—. Para él es una cuestión de honor. Dice que quiere casarse conmigo.

—¿Dónde se encuentra ahora?

—En Detroit. Tengo que verte. ¿Quieres que vaya ahí?

—No. Iré yo a Nueva York. ¿Dónde te alojas?

—En el Waldorf —me indicó.

—Estaré ahí esta tarde.

El alivio se le reflejaba en la voz.

—Te quiero, Angelo.

—Adiós, cariño —le dije.

Número Uno se encontraba en el umbral de la puerta.

—¿Quién era? —me preguntó.

—La chica de quien le hablé —le indiqué—. Nos va a salpicar la mierda. Loren nos ha descubierto.

—Ya lo sé —dijo, enojado, Número Uno—. Ya he hablado con él. Pero ha sucedido algo más.

—Sí —afirmé—. Alicia le ha descubierto con la chica. Loren quiere divorciarse.

—¡Oh, Jesús! —exclamó Número Uno—. Ese muchacho no crecerá nunca.