Betsy

Harold Robbins · Capítulo 53 de 57

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Betsy

Capítulo 8

ocho

 

Me parecía que los gritos de la muchacha sonaban muy lejanos.

—¡Angelo! ¡Angelo!

Noté que las cálidas lágrimas de Cindy me mojaban el rostro. Intenté incorporarme poco a poco.

En medio de la noche apenas conseguía distinguir las facciones de la blanca y asustada cara de la joven a pesar de que se hallaba muy cerca de mí, pues los ojos hinchados y amoratados me lo impedían. Noté que me ponía un brazo bajo la cabeza y la estrechaba contra los pechos. Las lágrimas de Cindy continuaban cayéndome sobre el rostro mientras ella, de rodillas, me abrazaba y me mecía adelante y atrás.

—Cindy. —La voz que me salía de la garganta tenía un extraño sonido—. Ayúdame a levantarme.

—No te muevas —me dijo en un susurro—. Estás malherido. Espérate aquí hasta que llame a una ambulancia.

Intenté decir que no con la cabeza, pero me dolía demasiado para poder hacerlo.

—¡No! —hice un esfuerzo para incorporarme—. Llévame a mi casa. Mi padre es médico.

—Por favor, Angelo.

—¡Ayúdame, te digo!

Respondió a la urgencia que se me hacía evidente en la voz y me pasó un brazo por debajo de los hombros. Estuve a punto de gritar de dolor cuando tiró de mí sujetándome por los costados. Después de lo que me parecieron dos horas consiguió por fin ponerme en pie. Me quedé allí muy quieto, con la espalda apoyada contra el edificio.

—No camines —me advirtió—. Espera a que traiga el coche hasta aquí.

Hice un gesto de asentimiento.

—¿Puedes tenerte en pie? —me preguntó con ansiedad.

—Sí —contesté apenas con fuerzas para hacerlo.

Me examinó el rostro durante un momento. No sé lo que vería en él, pero casi inmediatamente se dio la vuelta y echó a correr. Oí las pisadas en el callejón; no me volví a mirarla, pues si me movía el dolor del cuerpo se me hacía insoportable.

De nuevo parecía que el tiempo transcurriese con gran lentitud; el vértigo del vacío me revolvía hasta hacerme perder la cabeza. Después oí el pesado ronroneo del Maseratti que se acercaba hacia mí y vislumbré los faros delanteros horadando la oscuridad. Tuve que parpadear a causa del dolor que me produjo en los ojos aquella visión.

La sombra de Cindy dio la vuelta alrededor del coche y abrió una portezuela del mismo. Se acercó a mí.

—¿Podrás ponerme un brazo por los hombros? —inquirió.

Levanté el brazo y la muchacha se deslizó debajo de él. Me apoyé con todo el peso sobre ella y recorrimos así los quinientos metros que nos separaban del coche. Me ayudó a dar la vuelta y me dejó caer suavemente de espaldas en el asiento; luego me levantó los pies y los metió en el automóvil. Rápidamente me abrochó el cinturón de seguridad y echó hacia atrás el respaldo a fin de que yo pudiera ir tumbado.

—¿Estás cómodo así? —me preguntó.

—Sí —dije con un suspiro. A pesar de la escasa luz pude ver que Cindy tenía toda la parte delantera del vestido manchada de sangre.

Cerró la puerta y se apresuró a dar la vuelta hasta el asiento del conductor. Subió al coche y se inclinó por encima de mí para poner el seguro de la puerta.

—Lo siento —mascullé entre dientes—. Te he estropeado el vestido.

No contestó. Se limitó a sacar marcha atrás el vehículo del callejón y volvió a la avenida Michigan.

—Y ahora dime adónde tenemos que ir.

Cuidadosamente y con toda clase de detalles, le expliqué cómo llegar a casa de mis padres. Noté con la lengua que tenía un agujero en la boca en el lugar donde antes tenía varios dientes. Deseé lleno de esperanza que al menos se tratase de algunas de las piezas postizas, y no de las pocas que aún me quedaban propias.

—Ahora descansa —me indicó.

Cerré los ojos, pero los volví a abrir casi de inmediato.

—¿Cómo me has encontrado?

Cindy no apartó los ojos de la carretera.

—A las cinco y media, al ver que no venías, sentí curiosidad. El edificio estaba ya completamente a oscuras y había visto que todo el mundo se marchaba a casa. Así que me fui a la parte trasera, subí por las escaleras e intenté abrir la puerta. Estaba cerrada con llave. Llamé, pero no hubo respuesta. Entonces te oí quejarte. Me apresuré a bajar y te encontré tendido en un rincón, en la parte de atrás del edificio. —Se detuvo en un semáforo y aprovechó para mirarme—. Y ahora, basta de charla. Descansa hasta que lleguemos a tu casa.

Cerré los ojos y me sumí en la más completa oscuridad. Cuando los volví a abrir el automóvil se estaba deteniendo en el sendero para coches de la casa de mis padres.

—Te ayudaré a bajar —me dijo Cindy mientras me abría la puerta y extendía los brazos para sujetarme.

Conseguimos sacar los pies del coche, pero nada más. A pesar de la ayuda, el dolor me impedía caminar. Me aferré a la puerta del automóvil.

—Llama al timbre —le indiqué—. Gianno me ayudará.

Subió corriendo los escalones y pulsó el timbre. Poco después se encendían las luces de la entrada y Gianno abría la puerta. Solo acertó a decir mi nombre mientras se precipitaba escaleras abajo y me cogía en brazos como si yo fuera aún el bebé que él solía llevar de un lado a otro.

— [10] Dottore! Dottore! —gritó con todas las fuerzas de sus pulmones al entrar en la casa—. ¡Angelo está herido!

Mi madre fue la primera en acudir al oír los gritos. Me echó una mirada y se llevó el puño cerrado a la boca.

— [11] Figlio mio! —gritó—. ¿Qué te han hecho?

Mi padre se hallaba justo detrás de ella. Me hizo un rápido reconocimiento.

—¡Llévalo a mi despacho! —le ordenó a Gianno mientras la cara se le llenaba de arrugas a causa de la preocupación.

El criado me transportó por toda la casa hasta la parte que mi padre usaba como consultorio cuando recibía pacientes en casa. Entramos en la sala de curas y Gianno me depositó cuidadosamente sobre la blanca mesa de reconocimiento.

Mi padre abrió un armario y sacó de él una jeringa y una aguja hipodérmica.

—Llama al hospital y di que envíen una ambulancia inmediatamente —le pidió a Gianno.

—¡Al hospital no! —dije yo.

Gianno vaciló, pero mi padre le dirigió una mirada tal que el sirviente se apresuró a coger el teléfono.

—¿Qué ha pasado? —me preguntó entonces mi padre con aparente tranquilidad mientras preparaba la jeringa.

—Tres hombres han dado buena cuenta de mí —contesté mirándolo.

Oí sollozar a mi madre. Mi padre se volvió hacia ella.

— [12] Mamma! —le ordenó muy serio—. Espérate fuera.

—Pero es que Angelo… —Se le quebró la voz.

—Angelo se pondrá bien —le aseguró él con firmeza—. Te lo prometo. Ahora sal y espera fuera. —Miró a Cindy, que estaba detrás de mi madre—. Usted también, señorita.

Mi madre cogió a Cindy del brazo.

—Cuénteme lo que ha sucedido —le pidió mientras salían de la habitación.

Miré la aguja que mi padre sostenía en la mano.

—¿Para qué es eso?

—Para el dolor —me explicó—. Voy a limpiarte las heridas y te va a doler mucho más que ahora.

—No quiero dormirme —dije—. Antes tengo que hacer unas llamadas.

—¿A quién quieres llamar? —me preguntó sin darle mayor importancia—. A lo mejor puedo ayudarte.

Casi no sentí el pinchazo de la aguja cuando mi padre me bajó los pantalones y me la clavó diestramente en la cadera con un movimiento experto.

—Primero quiero hablar con el tío Jake.

—¿El tío Jake? —me preguntó. Apenas tuve ocasión de captar la nota de sorpresa de aquella voz, pues la hipodérmica me sumió rápidamente en el más profundo de los sueños.

 

Gianno y yo estábamos jugando a indios y cowboys en el jardín de la parte trasera de la casa. Yo era Tom Mix y él Tony, mi fiel caballo; perseguíamos a los indios a través del monte y yo disparaba mi revólver de seis tiros de la forma en que lo viera hacer en Riders of the Purple Sage, la película infantil que habíamos ido a ver la mañana de aquel sábado.

—¡So, Tony! —grité tirando del cuello de la camisa de Gianno al llegar al borde del sendero para coches—. Me ha parecido oír una carreta.

Me bajé de la espalda de aquel hombre y me agazapé entre los arbustos. El gigantesco Duesenberg, el coche negro y marrón que tenía mi abuelo, se acercaba por el sendero. Esperé a que nos sobrepasara y entonces salté de nuevo sobre los hombros del pobre Gianno.

—¡Tras ellos! —grité—. ¡Tenemos que advertirles de que hay indios por los alrededores!

Gianno galopó con furia por el camino hasta situarse a la misma altura que el coche. Me sujetaba con fuerza por las piernas para que no me cayera.

Disparé repetidamente el seis tiros al aire; los tapones sonaban con estrépito.

—¡Vigila, abuelo! —le advertí a voz en grito—. ¡Hay indios cerca!

Por las ventanas del habitáculo cerrado detrás del chófer vi a mi abuelo. Ocupaba el asiento trasero juntamente con otros dos hombres. Él iba en medio. Había otro más sentado ante ellos en un transportín plegable.

El automóvil se detuvo delante de la casa. Gianno y yo esperamos en la escalinata a que se apearan. Los dos hombres que iban con mi abuelo en el asiento de atrás se recostaron contra el coche dispuestos a esperar mientras él y el otro hombre subían por las escaleras hacia nosotros.

Blandí el seis tiros en el aire.

—¡Las colinas están llenas de indios!

Mi abuelo se detuvo ante nosotros. No era un hombre alto, sino más bien pequeño y ágil; de hecho Gianno, que medía un metro setenta, le sacaba un buen trozo. Pero aquello no tenía importancia. Estuviera con quien estuviera, mi abuelo siempre parecía un hombre grande.

Extendió una mano.

—Dame la pistola. Angelo.

Le miré a los ojos buscando algún indicio de enojo o malestar, pero no descubrí nada en ellos. Eran unos ojos insondables de color marrón oscuro, casi tan negros como el pelo. Le entregué en silencio el seis tiros.

Lo sostuvo en la mano y lo observó con expresión de desagrado. Se volvió y miró a Gianno.

—¿Quién le ha dado esto al muchacho?

—Solo es un juguete, [13] padrone —Gianno intentó hacer una reverencia, pero no fue capaz de hacerla conmigo sobre los hombros.

—No importa —le recriminó mi abuelo con voz llana—. Creí que había quedado bien claro que no quería ver pistolas por aquí. Aunque sean de juguete. No es bueno que los niños jueguen con ellas.

Esta vez Gianno se las arregló para hacer la reverencia conmigo encima.

—Sí, padrone.

El abuelo le entregó el seis tiros.

—Deshazte de esto inmediatamente —le ordenó. Luego extendió los brazos para cogerme—. Ven aquí, Angelo.

Me dejé caer de los hombros de Gianno y mi abuelo me cogió en brazos. Me alegré de que no se hubiera enfadado conmigo. Me besó mientras acababa de subir los escalones y entraba en casa.

—Las pistolas son un juguete muy peligroso para los niños —me explicó—. Aunque sean de juguete.

Entramos en el salón, donde mis padres nos estaban esperando. Mi madre se echó a llorar al verlo. No sin dificultad, mi abuelo me sostuvo en un solo brazo y con el otro abrazó a mi madre.

—Venga, Jenny —le dijo cariñosamente—. No llores. Sicilia no se halla en el fin del mundo.

—Pero estarás muy lejos de nosotros —comentó ella sin dejar de sollozar.

Yo también me eché a llorar.

—¡No quiero que te vayas, abuelo!

—¿Ves lo que has conseguido, Jenny? —dijo mi abuelo en tono de reproche—.

Ya lo has hecho llorar. —Se volvió hacia mi padre—. [14] Dottore, dile a tu esposa que ya es suficiente. No está bien perturbar al niño de esa forma.

Los ojos de mi padre también estaban empañados, así que me aproveché de su momentánea debilidad para gritar todavía más fuerte.

—¡No quiero que me dejes, abuelo! —Me agarraba a él y lloraba cada vez más.

Esta vez conseguí hacerlo tan fuerte que hasta mi madre dejó de llorar y me miró.

—Se está poniendo histérico —observó al tiempo que se acercaba para cogerme.

Mi abuelo le apartó los brazos.

—Ya te lo dije —le indicó con aire triunfal—. Deja que su abuelo se ocupe de él.

Mi madre guardó silencio mientras mi abuelo me daba la vuelta sobre los brazos para verme la cara.

—No te dejo, [15] Angelo mio —me explicó—. Me voy a Sicilia, a Marsala y Trapani, donde nací.

Yo iba perdiendo terreno, pero al menos se había olvidado del seis tiros. Lo intenté otra vez.

—¡Pero no volveré a verte!

Ahora mi abuelo tenía los ojos inundados en lágrimas. Me abrazó muy fuerte. Tanto, que yo casi no podía respirar.

—Claro que sí —me dijo con voz alterada—. En verano puedes venir a visitarme con tus papás, y te enseñaré las viñas y los olivares que hay en la falda del Monte Erice, donde tu abuelo creció.

—¿Podré jugar allí a los indios y cowboys? —le pregunté abriendo mucho los ojos.

—Ese no es un buen juego —afirmó—. Todos los juegos en los que se mata a la gente son malos. Juega a ser médico, como tu padre, y podrás salvar a la gente, no matarla. —Me miró dudando de que yo le hubiera entendido—. Además, no hay indios en Sicilia —añadió.

—¿Solo están los buenos? —le pregunté.

Él sabía ver cuándo estaba vencido.

—Eso es, en Sicilia solo están los buenos —dijo dejando correr el asunto y recurriendo a su última arma, el soborno—. Además, tu abuelo va a enviarte un regalo muy especial cuando llegue allí.

—¿Qué clase de regalo? —quise saber.

—Lo que quieras. No tienes más que decírselo a tu abuelo.

Me quedé pensativo durante un momento. Recordé la película que Gianno y yo habíamos visto la semana anterior. Era de Monte Blue, y hacía el papel de un temerario piloto de carreras.

—¿Incluso un coche de carreras que yo pueda conducir de verdad? —le pregunté tanteando el terreno.

—Si eso es lo que mi Angelo quiere, eso es lo que tendrá. Mandaré construir un Bugatti especial de carreras para ti.

Le abracé con fuerza por el cuello.

—Gracias, abuelo —le dije al tiempo que lo besaba.

Él se volvió hacia mis padres.

—Mirad —les indicó triunfalmente—. Lo que os dije. Ya se encuentra perfectamente bien.

Mientras todo esto sucedía, el hombre que había entrado al mismo tiempo que nosotros nos miraba y sonreía. Entonces mi abuelo le indicó con un gesto que se acercara.

—Jake, ven aquí. Te presento a mi hijo, el doctor John Perino —dijo mi abuelo con orgullo—. Y Jenny, su esposa. Este es el juez Jacob Weinstein, de quien ya os he hablado.

El juez Weinstein, un hombre de pelo oscuro aproximadamente de la misma edad y corpulencia que mi padre, estrechó la mano de mis progenitores.

—No se olvide de mí —le indiqué tendiéndole yo también la mía.

Se dio la vuelta sonriendo y me la estrechó.

—No podría aunque quisiera —afirmó.

—He hecho un contrato de por vida con Jake para que se haga cargo de los negocios de la familia mientras yo esté fuera —dijo mi abuelo. Después me bajó al suelo—. Ahora, Angelo, vete a jugar por ahí mientras tu padre, el juez y yo hablamos un poco de negocios.

—Ven conmigo a la cocina —se apresuró a decir mi madre—. Acabo de hacer galletas. Puedes tomarte unas cuantas con un vaso de leche.

Me cogió de la mano y se dispuso a conducirme hacia la cocina. Yo tiré de ella para que se detuviese y me volví hacia atrás.

—¿Te veré antes de que te marches, abuelo?

Él contuvo la respiración y vi que los ojos se le empañaban de nuevo. Hizo un gesto afirmativo.

—Claro, antes de irme iré a verte —consiguió decir.

Aproximadamente una hora más tarde todos estábamos de pie en la escalinata de la casa diciéndole adiós con la mano a mi abuelo mientras el gran Duesenberg se alejaba por el sendero. Le vimos volverse y mirar por la ventanilla de atrás. Luego el coche tomó la curva situada al final del camino y se perdió de vista.

Nos quedamos allí largo rato. Finalmente levanté la mirada hacia mis padres.

—Esos hombres que estaban esperando al abuelo llevaban pistolas debajo de la chaqueta —les dije—. No sé si se habrán enterado de que al abuelo no le gustan.

Se miraron durante un instante y acto seguido los ojos de mi madre se llenaron de nuevo de lágrimas. Mi padre me levantó en alto, me sentó en un brazo y con el otro abrazó a mi madre. Seguimos allí en silencio, delante de la casa, durante un buen rato mientras mi madre escondía el rostro en el pecho de mi padre, en cuyos ojos las lágrimas también pugnaban por salir. Sentí que se me formaba un nudo en la garganta. ¡Había cosas que yo no alcanzaba a comprender!

Pero en los tiempos que seguirían iba a poder entender muchas de ellas. Como que aquellos dos hombres que esperaban a mi abuelo eran agentes federales que lo escoltaban hasta Nueva York, ciudad en cuyo puerto cogería un barco con rumbo a Italia.

O que el juez Weinstein —el tío Jake, como yo lo llamaba— no era en realidad juez, sino el abogado encargado de llevar todos los negocios de mi abuelo.

Durante muchos años después de aquello, casi hasta que yo me marché a la universidad, el tío Jake venía un domingo al mes a cenar a casa.

Luego, al volver del MIT[16], enero del año 1952, justo después de haber cumplido veintiún años, fue cuando me enteré de lo rico que en realidad había sido mi abuelo. La parte que me correspondía de sus propiedades y negocios había aumentado, bajo la acertada y prudente administración del tío Jake, a más de veinticinco millones de dólares, y la parte que correspondía a mis padres a más del doble.

Recuerdo que cuando me lo dijeron miré a mi padre y al tío Jake completamente aturdido. Yo era consciente de que nos hallábamos en una buena posición económica, pero jamás hubiera sospechado que fuéramos tan ricos.

—¿Y qué vamos a hacer con todo ese dinero? —les pregunté.

—Será mejor que empieces a aprender —me dijo mi padre poniéndose muy serio —. Porque algún día todo será tuyo.

—Te sugiero que vayas a la Escuela de Dirección de Empresas de Harvard en cuanto te gradúes —me indicó el tío Jake.

—Pero a mí no me interesan los negocios —les dije—. Lo que me interesa son los coches.

—Los coches también son un buen negocio —observó el tío Jake.

—No de la forma que a mí me gustan —les confié—. Solo ocasionan gastos.

—Bueno, al menos ahora puedes permitírtelo —me indicó el tío Jake sonriendo.

—Pero yo no necesito todo ese dinero.

—Entonces te sugiero que instituyas un fondo de inversiones en el Banco y dejes que sean ellos los que te lo administren.

Miré al tío Jake.

—¿Y por qué no puedes seguir encargándote tú, como hasta ahora? —le pregunté —. Recuerdo que el abuelo dijo que teníais un acuerdo de por vida. Si para él estaba bien, también lo está para mí.

Le dirigió una rápida mirada a mi padre.

—Lo siento —dijo después, hablándome a mí—. No puedo hacerlo.

—¿Por qué?

Se aclaró la garganta.

—A causa de otras actividades mías que el Gobierno considera relacionadas con el crimen organizado. Mi opinión es que lo más prudente es que os desliguéis de mí a fin de evitar cualquier posibilidad de que tú y tu padre os veáis involucrados en algo con lo que ninguno de vosotros tiene nada que ver.

Yo sabía de qué estaba hablando, pues también leía los periódicos. El nombre del tío Jake había salido en ellos muy a menudo en relación con ciertas investigaciones sobre el crimen organizado.

—Pero ¿podremos llamarte si tenemos algún problema? —le pregunté—. Un verdadero problema, quiero decir.

Hizo un gesto de asentimiento.

—Claro que sí. Al fin y al cabo tu abuelo me contrató de por vida. —Se puso en pie—. Todo está dispuesto en el Banco, John —le dijo a mi padre—. Si tú y Angelo venís mañana al centro de la ciudad, podremos comer juntos después de ir al Banco, firmar unos cuantos papeles y hacerlo todo oficial.

Así lo hicimos. Cuando volví al colegio me suscribí a The Wall Street Journal y durante algún tiempo comprobé cada día religiosamente el mercado de las acciones y valores que el Banco me administraba. Pero poco a poco aquello se me empezó a hacer aburrido y dejé de leerlo.

Solamente prestaba atención a los informes trimestrales que el Banco me enviaba para tenerme al corriente. Y la mayor parte de las veces iban a parar al cajón de mi escritorio sin que ni siquiera me tomara la molestia de abrirlos. Al fin y al cabo, ¿qué puede ocurrirle a alguien que ha empezado con veinticinco millones de dólares?

El tío Jake no perdió por completo la batalla con el Gobierno, pero al año siguiente dejó de ejercer la abogacía y se trasladó a Las Vegas, donde poseía intereses en varios hoteles. Nos intercambiábamos postales por Navidad y de vez en cuando él visitaba a mis padres en alguno de sus frecuentes viajes al Este, pero yo siempre me encontraba en otra parte. Luego, hacía solo unos años, leí en los periódicos que había vendido las propiedades que tenía en Las Vegas y se había trasladado cerca de Phoenix, en Arizona, donde tomó parte en un programa de desarrollo local e intervino en la construcción de un complejo deportivo, balneario y club de campo llamado Paradise Springs. Recuerdo que recibí una invitación suya para asistir a la inauguración, pero fue justo cuando yo empezaba a trabajar para Número Uno y no pude ir.

Mis padres, sin embargo, sí que fueron, y le llevaron mis disculpas y mis mejores deseos. A mi madre le encantó el sitio y desde entonces volvían allí varias veces al año. Mi padre me contó que el tío Jake parecía relajado y contento por primera vez desde que lo conocía, y que se había puesto moreno como un lugareño; incluso llevaba un Stetson enorme para salir a jugar al golf por las mañanas.

En todo el tiempo transcurrido desde entonces yo había acabado por comprender muchas cosas, pero de todas ellas la más triste fue que nunca volví a ver a mi abuelo. Tardó casi dos años en conseguir el Bugatti que me había prometido, pero al fin lo envió. Y un año más tarde empezó la guerra en Europa. Escribió a mis padres para que no fueran a visitarlo, ya que no deseaba que corrieran ningún peligro. Luego entramos en la guerra y durante casi dos años no supimos nada de él, hasta que las tropas americanas llegaron a Italia.

Pero entonces ya era demasiado tarde. Mi abuelo había muerto de cáncer un año antes.