Betsy

Harold Robbins · Capítulo 46 de 57

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Betsy

Libro cuarto. 1972

Libro cuarto

1972

uno

 

El blanco sol de enero caía a plomo sobre las salinas convirtiendo el paisaje que teníamos ante los ojos en diamantes resplandecientes que nos habrían cegado de no ser por el cristal ahumado de los cascos de protección. Los únicos sonidos que se oían eran el gimoteo de la turbina, el silbido del viento y el rugido que producían las enormes ruedas al morder el suelo bajo nuestros pies. Yo sujetaba firmemente el volante con las manos y conducía el coche hacia la línea del horizonte, donde la blanca arena se confundía con el cielo invernal.

La voz de Cindy me llegó a través de los auriculares tan serena y tranquila como si estuviéramos dando un paseo por cualquier carretera rural.

—Línea roja, seis mil ochocientas revoluciones por minuto; velocidad, trescientos noventa kilómetros por hora. La temperatura del reactor de la turbina se mantiene constante a mil doscientos grados centígrados.

El control de radio se dejó oír por encima de las palabras de la muchacha. La voz de Duncan sonaba más gutural que nunca por los auriculares.

—Tienes la línea roja a seis mil ochocientas, muchacho.

—Ya lo hemos visto —le dije.

—La lectura de todos los sistemas es normal —me indicó—. Sube hasta siete mil y mantente allí durante un minuto. Te iré dando los tiempos. Cindy, prepara el reloj para cronometrar en el caso de que la radio deje de funcionar.

—De acuerdo —contestó Cindy. La mano de la muchacha que sostenía el cronómetro se hizo visible delante de mí.

Apreté el acelerador. Una fracción de segundo después volví a oír la voz de Duncan.

—Comienza el minuto. La línea roja está a siete mil.

Cindy pulsó el botón con el pulgar. Vislumbró brevemente el barrido de la segunda aguja al comenzar la vuelta por el reloj. Entonces la muchacha retiró la mano, que desapareció de mi vista. Me habló con voz que denotaba firmeza.

—Línea roja, siete mil; velocidad, quinientos quince; temperatura, mil doscientos grados; tiempo, quince segundos.

Hizo una pausa. Después comenzó de nuevo.

—Línea roja, siete mil; velocidad, quinientos cincuenta kilómetros; temperatura, mil doscientos; tiempo, cuarenta y cinco segundos. —Y un poco más tarde—. Sesenta segundos.

De nuevo la radio se oyó por encima de la voz de la muchacha.

—¡Sesenta segundos! Ahora reduce, muchacho. Despacio.

Yo ya estaba soltando el acelerador.

—Hecho —le informé. Pero hasta que descendimos por debajo de los ciento diez kilómetros por hora y comenzamos a deslizarnos con suavidad, no me atreví a mirar a la muchacha.

A pesar del aire acondicionado de la carlinga, la cara de Cindy estaba sofocada y una fina pátina de sudor le cubría el labio superior. Casi no le quedaba aliento para hablar.

—¿Sabes a qué velocidad hemos ido?

Hice un gesto negativo con la cabeza.

—No.

—A seiscientos veinticinco —me dijo—. He tenido dos orgasmos.

Sonreí.

—Yo me he quedado con las ganas, pero me hallaba demasiado ocupado.

La voz de Duncan sonó seca a través de los auriculares.

—Recordad que estáis en antena. Dejad de decir porquerías.

Nos echamos a reír. La mano de la muchacha buscó la mía, que se encontraba sobre el volante.

—Eh, pequeño —exclamó—. ¡Vaya coche!

La miré.

—Imagínate lo que podríamos hacer con esto en Indianápolis, si lo admitieran.

El final de la pista estaba a un kilómetro y medio más o menos delante de nosotros. Toqué el pedal del freno. Era todo lo que tenía que hacer. El sistema hidráulico del freno electrónico se encargó de todo lo demás.

 

Cuando acabé de ducharme y vestirme ya estaban haciendo rodar el prototipo del Betsy de Fórmula Uno hacia la caravana equipada con aire acondicionado; estaba listo para el viaje de vuelta hacia la pista de pruebas de la compañía.

Duncan se acercó a mí mientras yo salía del edificio; me miró de medio lado a causa de la luz del sol.

—Lo has hecho muy bien, muchacho.

—Gracias —le dije—. ¿Va todo bien?

—Perfectamente —contestó—. El director me ha dicho que las instantáneas del helicóptero han salido tan claras como la luz del día, y que todas las demás cámaras han funcionado perfectamente.

—Bien —me congratulé—. Hemos tenido suerte con el tiempo.

Él asintió.

—Bueno, la gente del anuncio para televisión no podrá quejarse. Les hemos proporcionado todo lo que querían.

Le miré.

—Era más fácil en los días anteriores a la televisión —le dije—. Todo lo que había que hacer para presentar un coche nuevo era colocarlo en los escaparates.

Sonrió.

—Al menos no hemos tenido que desperdiciar el tiempo haciendo cosas como esa. ¿Te imaginas los nervios del director? Me decía que pusiera más dramatismo en la voz mientras hablaba con vosotros por radio.

Me eché a reír.

—No me extraña que me pareciera que estaba un poco violento.

Cindy salió del edificio. Se acercó a nosotros con el pelo suelto y brillante bajo la luz del sol.

—Número Uno te llama desde Palm Beach.

Entré de nuevo en el edificio y cogí el aparato.

—Precisamente iba a llamarle —le dije—. El Fórmula Uno ha conseguido llegar a los seiscientos veinticinco kilómetros tan suave como una brisa.

—¿Quién lo conducía? —Se le notaba la irritación en la voz.

—Yo.

Se quedó en silencio. Intuí lo que se avecinaba y aparté el auricular de la oreja.

—¡Estúpido hijo de puta! —me gritó—. Los vicepresidentes no van por ahí conduciendo coches de pruebas. ¿Cuándo dejarás de pensar que son juguetes?

—Tengo derecho a un poco de diversión además del trabajo —le dije, protestando.

—Pero no a divertirte a costa de mi dinero —estalló—. ¿Por qué demonios te piensas que te di aquella opción sobre doscientas mil de mis acciones? No lo hice para que te mataras y nos pusieras fuera del negocio.

No le contesté. La verdadera razón por la que me había dado aquella opción era que no deseaba devolverme el millón de dólares que yo había puesto algunos años antes como paga y señal en la compra de la fábrica de Washington.

—Mantente apartado de esos jodidos coches, ¿me oyes?

—Sí, señor —le dije—. Pero estoy seguro de que le van a gustar los anuncios. Procuraré hacérselos llegar tan pronto como estén terminados.

—Puedo esperar hasta que los pongan en televisión —me contestó—. Ahora tenemos otros problemas.

Aquella era la forma más delicada en la que había expuesto un problema en todo el año. Hasta el momento. Porque el año prácticamente acababa de comenzar.

—¿De qué problemas me habla?

—Mi nieto —explicó brevemente—. Por fin hemos tenido noticias suyas.

—¡Ah!

Loren III se había mostrado particularmente tranquilo durante los últimos meses. Me había estado preguntando cuándo saldría con algo nuevo.

—No quiero hablar de ello por teléfono —me dijo Número Uno—. Vente por aquí a la mayor brevedad posible.

—Pero es que debo volver a Detroit para dar la aprobación final a las nuevas líneas de ensamblaje.

—Déjale eso a Duncan —estalló Número Uno—. ¡Mueve el culo y ven cuanto antes!

El teléfono que sostenía en la mano se quedó sin línea y lo colgué. Duncan y Cindy entraron en aquel momento en la habitación.

—¿Está contento Número Uno? —me preguntó Duncan.

—No del todo. Quiere que vaya allí en cuanto me sea posible.

Duncan me miró.

—¿Qué es lo que va mal?

—No lo sé exactamente —le contesté—. No ha querido decírmelo por teléfono.

El escocés se quedó callado durante un momento.

—¿Crees que lo ha descubierto?

—¿Descubierto? —Yo tenía la cabeza en otro lugar—. ¿El qué?

—El proyecto Sundancer.

—No, creo que no —le confesé—. Al menos no lo ha mencionado. Se trata de algo que tiene que ver con Loren III. —Miré a Cindy—. Llama al aeropuerto y consígueme la combinación más rápida hasta Palm Beach. —La muchacha asintió y se alejó en dirección al teléfono mientras yo me volvía hacia Duncan—. Ve a Detroit y dale el visto bueno en mi lugar a las líneas de ensamblaje. Quiero que todo esté a punto para empezar el día veinte.

Cindy tapó el auricular con la mano.

—Ya es demasiado tarde para los vuelos directos. La mejor combinación sale de Salt Lake esta noche a las seis; hay que hacer transbordo en Chicago hasta Fort Lauderdale, y desde allí continuar en coche.

—Muy bien. Confírmalo.

—¿No ha habido ningún otro cambio de planes? —me preguntó Duncan—. ¿Las líneas uno y dos para el Sundancer standard y las tres y cuatro para el JetStar?

—Así es como lo haremos —le confirmé—. Compruébalo con Tony y asegúrate de que todo está listo allí. Quiero que todo funcione como un reloj.

—Lo haré —dijo el escocés—. Pero…

—¿Pero qué? —le pregunté.

—Número Uno no va a ponerse muy contento cuando descubra lo que hemos hecho.

Le miré.

—Cuando el viejo apriete el botón para comenzar, ya será demasiado tarde para que pueda hacer nada.

Todo estaba preparado: las once en Florida eran las diez en Detroit y las ocho en Washington. La llave de oro del telégrafo ya estaba instalada en la biblioteca de la casa de Palm Beach. Los cámaras, fotógrafos y periodistas estaban sobre aviso y listos para cubrir la ceremonia. Exactamente a las once en punto, Número Uno apretaría desde el despacho el botón de oro que ponía en marcha las líneas de ensamblaje de Detroit y de Washington exactamente en el mismo instante. Cincuenta y cinco minutos más tarde el primer coche saldría de cada una de las líneas, y a partir de aquel momento saldría por ellas un coche cada tres minutos. El día del aniversario de Lincoln, para el que ya faltaba menos de un mes, todos los distribuidores de la Bethlehem en América presentarían los nuevos coches.

Cindy colgó el teléfono.

—Han confirmado todos los vuelos para el viaje.

—Bien —le dije—. Gracias.

La muchacha me miró.

—¿Qué es lo que tengo que hacer yo? ¿Volver a la pista de pruebas?

Moví la cabeza negativamente.

—No. Vete a Detroit. Allí te pondrás al frente del grupo de pruebas que tiene a su cargo el control de los coches que salgan de la línea de producción.

—¿Y Stanforth? —me preguntó.

Stanforth era el jefe de los pilotos de pruebas.

—Se quedará en la costa para dirigir el grupo de allí —le respondí.

—¿Significa eso que a partir de ahora puedo contar con un aumento de sueldo? —me preguntó con una sonrisa.

—¿Cuánto gana Stanforth?

—Treinta mil —me informó Cindy.

—Pues cuenta con ello —le dije.

—No va a gustarle nada que una mujer gane lo mismo que él.

—¡Mierda! —exclamé sonriendo—. ¿No ha oído hablar nunca de la liberación de la mujer?

 

La muchacha estaba jugueteando con el magnetófono estéreo cuando yo salí del dormitorio.

—Ya he hecho la maleta —le comuniqué.

Levantó la mirada hacia mí.

—¿Te gustaría que jodiéramos un poco como despedida antes de irte al aeropuerto? Te ayudará a dormir en el avión.

Me eché a reír.

—¿Desde cuándo te preocupa si duermo o no en los aviones?

—Escucha esto —me pidió al tiempo que ponía en marcha la máquina.

El sonido, semejante a un rugido, del roce del aire mezclado con el agudo y peculiar quejido de una turbina salió del altavoz más lejano y atravesó la habitación hacia mí pasando de un altavoz a otro. De repente de uno de ellos salió la voz de la muchacha.

—Temperatura del reactor de la turbina ochocientos grados centígrados.

La voz de Duncan llegó tenue y aguda desde el altavoz más alejado.

—Comienza la cuenta atrás. Diez segundos… nueve… ocho….

Cindy apagó el magnetófono.

—¿Qué te parece?

La miré fijamente. Nunca dejaría de asombrarme. Habría jurado que ella no había tenido tiempo.

—¿Cómo lo has conseguido?

Esbozó una sonrisa llena de misterio.

—Les pedí que me hicieran un duplicado de la cinta de la computadora y de las de las cámaras. Todo lo que he tenido que hacer ha sido mezclarlas.

Me quedé en silencio.

—¿Qué decides? —me preguntó.

Sonreí.

—De acuerdo. Volvamos al dormitorio.

—No, no hay tiempo —me indicó la muchacha—. Si tenemos que montar esto allí, perderás el avión. Hagámoslo aquí mismo, en el suelo.

Conectó el interruptor de nuevo. El sonido comenzó a salir mientras Cindy avanzaba de rodillas por la habitación hacia mí. El sonido de la turbina y la voz de Duncan salían de los altavoces.

—… seis… cinco… cuatro…

Cuando le oí decir «… uno, ¡cero!», Cindy ya me había abierto la cremallera y tenía el pene en la boca.