Betsy

Harold Robbins · Capítulo 44 de 57

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Betsy

Capítulo 15

quince

 

El príncipe Igor Alekhine se despertó a causa de la luz que penetraba a raudales por las ventanas de la habitación que estaba orientada hacia las azules aguas del Mediterráneo. Saltó sonriendo de la cama, se acercó a los ventanales, los abrió de par en par y respiró profundamente el dulce aire de la mañana. Tiró del cordón para que el mayordomo le trajera el café y empezó a realizar los ejercicios matinales.

Los hacía religiosamente cada mañana delante de la ventana. Inspirar, dos, tres, cuatro. Espirar, dos, tres, cuatro. Extender los brazos a cada movimiento. Veinte veces. Luego las flexiones. Arriba, dos, tres, cuatro. Abajo, dos, tres, cuatro. También veinte veces.

Estaba acabando los ejercicios cuando apareció el mayordomo con el café y la Prensa de la mañana. El periódico local, Nice Matin, y el Paris Herald Tribune. El sirviente colocó la bandeja sobre una mesita próxima a la ventana.

—¿Necesita algo más esta mañana, señor? —Era una pregunta que ya había repetido mil veces en ocasiones anteriores.

—… y veinte. —Igor alzó la mirada y se puso en pie, jadeante aún a causa del esfuerzo. Se miró el estómago, que presentaba un aspecto liso y duro. No estaba nada mal para un cincuentón. Le dirigió una sonrisa al mayordomo—. No, creo que no, James.

No tenía ninguna importancia que el mayordomo se llamara en realidad François. Cada vez que el príncipe contrataba a alguno, todos se convertían en James.

—Gracias, señor —dijo con el rostro imperturbable. Se dio la vuelta para marcharse.

Igor lo llamó.

—¿Se ha despertado ya la princesa?

—Creo que no, señor —respondió el servidor—. De momento, todavía no ha llamado a la cocina.

—Avíseme en cuanto se despierte —le pidió él.

—Sí, señor —asintió el mayordomo al tiempo que abandonaba la habitación.

Igor se dirigió a la mesa y, aún de pie, se sirvió una taza de café. Se la llevó a los labios mientras abría el Herald Tribune por las páginas de la Bolsa. Comprobó la última columna con mirada experta. Los automóviles seguían firmes. AT&T y Eastman Kodak prácticamente sin cambios. Dow Jones Index subía el 0,09. Volvió a poner el periódico sobre la mesa y, llevándose consigo el café, se acercó a la ventana y miró hacia el exterior. Todo iba bien en el mundo.

 

Las velas blancas de un yate que se dirigía a Montecarlo surcando las tranquilas y azules aguas, ondeaban al viento. Otro yate, este movido por un motor eléctrico, pasaba en dirección al puerto deportivo de Beaulieu-sur-Mer. Era un buen día para salir a navegar. Cuando Anne se despertase le preguntaría si le apetecía comer en el yate. Y hasta entonces podía nadar un rato y mejorar el bronceado. Su mujer raramente se despertaba antes de las once y media.

Cogió el ascensor que llevaba directamente a la playa privada. Salió del edificio parpadeando a causa del sol. Se volvió de espaldas para mirar hacia la villa.

Tenía cinco pisos de altura. Estaba construida con piedra de los Pirineos y consistía en un grupo de cinco edificios, que tenían el aspecto de una torre, situados al borde del precipicio que descendía desde la Bas Corniche hasta la misma orilla del agua. En el interior de la casa las habitaciones se hallaban a distintos niveles, y cada torre comunicaba con la siguiente por una arcada interior. Toda la casa parecía una locura, pero a él le encantaba. Era lo más parecido a un castillo que había podido construir en su propiedad.

Llegó al borde del pequeño embarcadero y se zambulló en el agua. El frío le dejó sin respiración. Emergió farfullando. Corría el mes de junio y, ¡maldición!, el agua todavía estaba gélida. Se puso a nadar vigorosamente y cuando, veinte minutos más tarde, volvió al embarcadero, ya había entrado en calor y se encontraba eufórico.

Subió por una pequeña escalinata hacia la terraza en la que se hallaba la piscina, y cogió una toalla de los vestuarios. Se frotó con ella enérgicamente, se acercó al bar y apretó el botón del interfono que comunicaba con la cocina.

—¿Diga, señor? —La voz del mayordomo resonó como un eco en el auricular.

—Tráigame un poco de café aquí a la piscina, James —le pidió. A continuación salió de detrás de la barra, dio la vuelta por un lado del edificio y se dirigió a la piscina. Y en aquel momento la vio.

Una amplia sonrisa le afloró a los labios. Le gustaba su sobrina.

—Buenos días, Betsy —la saludó—. Hoy te has levantado temprano.

La muchacha se incorporó en la colchoneta sujetándose con las dos manos los tirantes del bañador de modo que le cubrieran los pechos.

—Buenos días, tío Igor —le contestó.

Él se echó a reír.

—No te pongas nerviosa. Al fin y al cabo, ese bikini no te tapa casi nada.

Betsy ni siquiera sonrió, sino que se apresuró a abrocharse los tirantes.

Igor se volvió y se puso a contemplar el agua.

—Otro maravilloso día en la Riviera. —Levantó los brazos, los movió arriba y abajo y se volvió de nuevo hacia la joven—. A veces resulta difícil creer que aquí siga brillando el sol, con tantos problemas como hay en el mundo.

La muchacha no dijo nada.

Igor la miró. No era propio de Betsy mostrarse tan reservada.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó. Luego recordó algo de repente—. ¿No pensabas salir a navegar esta mañana?

—Se me quitaron las ganas —le indicó ella escuetamente.

—¿Por qué?

Betsy lo miró con los ojos entornados a causa del sol.

—Llevo toda la mañana mareada; siento náuseas continuamente.

—Será mejor que llame al doctor Guillermin —le dijo él, súbitamente preocupado—. Es posible que la bouillabaisse de anoche estuviera demasiado fuerte.

—No es la bouillabaisse.

—¿Pues de qué se trata?

A Igor se le notaba confundido.

—Creo que estoy embarazada —anunció Betsy con aires de suficiencia.

El príncipe se quedó mirándola con la consternación reflejada en aquel bronceado rostro.

—¿Cómo es posible?

La muchacha se echó a reír.

—Tío Igor, para ser un hombre al que en sus tiempos se le conoció como uno de los más famosos play boys del mundo, resultas notablemente ingenuo. Es muy sencillo. Me traje todo a la Riviera menos las píldoras. Se me olvidaron.

—Francia es un país civilizado —dijo él poniéndose muy serio—. Podías haberlas comprado aquí.

—Pero no lo hice —repuso la muchacha—. Así que olvídate de ello.

—¿Tienes la certeza de que estás embarazada?

—Sí. Ya son dos faltas —dijo llanamente—. Y nunca me había sucedido antes.

—Será mejor que nos aseguremos —le indicó Igor—. Pediré hora para que Pierre Guillermin te vea hoy mismo.

—No te molestes —le dijo Betsy—. Esta misma tarde me voy a los Estados Unidos. En Nueva York el aborto es legal, y Max ya ha hecho todos los arreglos necesarios. Dice que podré contar con los mejores médicos.

—¿Max van Ludwige? —le preguntó el príncipe con voz incrédula—. ¿Ha sido él? Pero si se supone que le va muy bien en su matrimonio. Tiene una hija casi de tu edad.

—Está felizmente casado —le explicó la muchacha—. Pero a veces suceden cosas como esta. Estuvimos solos en el barco durante tres días mientras navegábamos para ir a recoger a su familia.

—¿Y si los médicos opinan que ya es demasiado tarde para abortar?

—Entonces Max pedirá el divorcio y se casará conmigo. Cuando tenga el bebé, le concederé el divorcio y volverá a casarse con su actual mujer.

—Estás muy segura de ti misma.

—Claro —repuso Betsy con calma—. Lo hemos planeado entre los tres.

—¿Entre los tres? —Igor levantó la vista—. ¿Quién más está al corriente del asunto?

—Rita —contestó ella. Rita era la mujer de Max—. La única cosa sensata que podíamos hacer era contárselo todo a su mujer. Ninguno de nosotros deseaba hacerle ningún daño. Se ha portado muy bien. Entiende que se trata solo de un accidente, y que a quien Max ama realmente es a ella.

El mayordomo apareció en aquel momento con una bandeja en la que traía un servicio de café de plata.

—¿Dónde desea tomar el café, señor?

Igor se quedó mirándole sin pronunciar palabra. Le señaló con un gesto una mesita cercana. James dejó allí la bandeja cuidadosamente. Por fin Igor consiguió hablar.

—Tráigame un coñac, James —le dijo; luego, mientras el mayordomo se alejaba, le gritó—: ¡Mejor póngame uno doble!

 

Loren III levantó la mirada hacia el alto y apuesto holandés. Max van Ludwige debía de tener más o menos su misma edad, pero el cabello rubio y los ojos azules que contrastaban con aquel rostro profundamente bronceado le hacían parecer mucho más joven.

—Estas cosas siempre provocan situaciones violentas —decía el holandés en un inglés perfecto—. No se sabe bien qué decir.

—No lo sé —comentó Loren muy estirado—. Nunca me había encontrado en una situación como esta.

—Su hija y yo lo lamentamos mucho —se disculpó Van Ludwige.

—¿Dónde está Betsy ahora?

—Bajará dentro de un momento —le indicó Max. Alzó la mirada cuando el mayordomo entró en la habitación de Sutton Place, la residencia construida con piedra marrón que era propiedad de su familia desde hacía muchos años.

—¿Qué le apetece beber? —le preguntó el holandés educadamente.

—Un whisky escocés con agua —contestó Loren de forma casi automática.

—Yo tomaré un dry martini —dijo Bobbie.

Van Ludwige miró al mayordomo.

—Yo un escocés, como siempre.

El mayordomo asintió y abandonó la estancia. Un incómodo silencio se extendió entre los reunidos. Van Ludwige se esforzó por romperlo. Miró a Bobbie.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos vimos, Bobbie? ¿No fue en Le Mans, en el sesenta y siete?

Ella asintió:

—Creo que sí. Tenías dos Porsches inscritos en la carrera, si no recuerdo mal.

—Eso es —convino él, riendo—. Pero tuve mala suerte. Ninguno de los dos consiguió acabar la carrera.

El mayordomo regresó con las bebidas. Después de observar cómo el criado se marchaba, Max cogió la copa.

—Sentí mucho la muerte de lord Ayres, pero me alegra ver que eres feliz de nuevo. —Levantó la copa—. Espero que no sea demasiado tarde para ofrecerte mi enhorabuena.

Gracias —dijo Bobbie. Luego miró a Loren—. Hoy es nuestro aniversario.

Loren pareció sorprendido.

—¿Ah, sí?

—Hace exactamente tres meses que nos casamos —le aclaró ella.

—Entonces, brindemos —dijo Max—. Porque haya muchos más aniversarios felices.

Bebieron y el incómodo silencio volvió a cernirse sobre ellos. El holandés intentó reanudar la conversación.

—Hay mucho interés en Europa por vuestro nuevo coche. Lleva motor de turbina, ¿verdad?

—Sí —respondió Loren.

—¿Esperáis que salga al mercado el año que viene?

—No lo sé —dijo Loren—. Los dos últimos meses hemos estado de luna de miel. De hecho, ayer yo tenía que haber estado en Detroit para una reunión del consejo que se celebraba esta semana a fin de tomar ciertas decisiones finales. Pero al surgir el problema que nos ocupa, me vi obligado a posponerla.

Max se puso en pie al ver aparecer a Betsy por la puerta. La muchacha vaciló un momento; luego se decidió a entrar y se acercó.

—Hola, Bobbie —saludó.

Esta la miró. La joven tenía ojeras que denotaban falta de sueño. Impulsivamente se levantó y le dio a Betsy un beso en la mejilla.

—Hola, Betsy.

La muchacha esbozó una rápida sonrisa y luego se volvió hacia su padre, que, de pie, las observaba a ambas. Betsy no se movió.

—Hola, papá.

Loren hizo un gesto con la mano. Luego ella se le echó a los brazos.

—¡Oh, papá, papá! ¡Espero que no estés demasiado enfadado conmigo!

Él movió la cabeza haciendo un gesto negativo y besó a su hija.

—No estoy enfadado, pequeña.

—La he organizado buena, ¿verdad?

—Todo se arreglará —dijo el padre—. Nosotros nos ocuparemos de ello.

Betsy respiró profundamente y recuperó el control de sí misma.

—Al principio me enfadé mucho con el tío Igor. Pero ahora me alegro de que te telefonease.

—Hizo bien. Se encontraba muy preocupado.

—Ya lo sé —dijo ella. Se volvió hacia Max—. ¿Lo ves? Ya te dije que mi padre lo entendería.

El holandés hizo una rígida inclinación de cabeza.

—Me alegro mucho por ti.

Loren se volvió y se situó junto a él.

—Ahora que mi hija está presente, creo que es el momento de hablar del futuro.

—Desde luego —convino Max. Se acercó despacio a la puerta y la cerró—. A veces los criados tienen las orejas muy largas y oyen lo que no deben.

Loren asintió. Se sentó de nuevo en el gran sofá, al lado de Betsy. Cogió el vaso y miró, expectante, a Max.

—He hecho los arreglos necesarios para viajar con Betsy a Nassau la semana que viene. He tenido que hacer múltiples gestiones para garantizar un inmediato divorcio. Después, nos casaremos. Así de sencillo.

Loren se volvió hacia su hija.

—¿Es eso lo que deseas?

Betsy lo miró. Luego observó a Max y de nuevo dirigió los ojos hacia su padre.

—No —respondió con voz firme.

Durante un momento se hizo un profundo silencio causado por la perplejidad. Después todos se pusieron a hablar al mismo tiempo.

—Yo pensaba… —dijo Max.

—¿Qué quieres decir? —le preguntó Loren a su hija.

Betsy alzó rápidamente los ojos hacia Bobbie. Una mirada de entendimiento se cruzó como un relámpago entre ellas. Luego se volvió hacia los dos hombres.

—Es una farsa —dijo—. No veo por qué hay que pasar por todo eso. Max no desea casarse conmigo más de lo que yo deseo casarme con él. Lo que está haciendo es portarse como un caballero. No hay ninguna necesidad de obligar a Rita a pasar por todo esto solo porque yo he sido lo bastante estúpida como para quedarme embarazada.

—¿Y qué quieres hacer? —le preguntó Loren.

—¿Qué hay de malo en tener el bebé?

Loren se enfadó de pronto.

—¡No pienso aceptar ningún bastardo en la familia!

Betsy se quedó mirándolo fijamente.

—No seas tan antiguo, papá. Hay mucha gente que tiene hijos sin necesidad de casarse. Y, además, todo esto es estúpido. Casarnos únicamente para tener el bebé y luego divorciarnos. ¿Por qué no puedo irme a algún sitio tranquilo y tener el niño?

—Porque ya ha habido bastantes rumores y cotilleos en los periódicos a causa de tu embarazo —le explicó Loren—. No hay ningún lugar donde puedas esconderte.

—¡Pues que se enteren los periodistas! —exclamó airada la joven—. ¡No me importa!

—Betsy, escúchame —comenzó Max.

La muchacha se volvió hacia él.

—No. No estoy dispuesta a hacerte pasar por todo este enredo.

—Pero, Betsy, ¡yo quiero casarme contigo! —le dijo el holandés.

—¿Por qué? No estás enamorado de mí.

—¿Y si la criatura es un varón? —le preguntó Max.

—¿Qué importancia tiene? —inquirió ella a su vez.

—¿No ves lo que ello significaría para mi familia? —le preguntó él—. Tengo tres hijas, pero ningún hijo que perpetúe mi apellido. Mi padre se sentiría muy orgulloso de mí.

—Es una magnífica razón —opinó Betsy con sarcasmo—. Y en caso de que tuviera una hija o abortara, supongo que me concederías una segunda oportunidad.

—¡Betsy, te estás comportando como una tonta! —le indicó Max.

—No, no es verdad —intervino de pronto Bobbie. Todos la miraron, sorprendidos. Ignoró a los hombres y habló dirigiéndose a Betsy—: Tienes razón, y en circunstancias normales yo estaría de acuerdo contigo; incluso te ayudaría en todo lo que fuera necesario. Pero creo que esta vez no estás actuando bien.

—Me estoy comportando correctamente —dijo Betsy acalorada—. Con Max, con Rita y conmigo misma.

—Pero no con tu hijo —le advirtió Bobbie—. No tengo que decirte que Max es un hombre estupendo, tú ya lo sabes. Lo menos que puedes hacer por tu hijo es procurar que conozca a su padre. Y no privarle de la herencia que le corresponde.

Betsy se quedó callada durante un momento. Poco después se decidió a hablar.

—Al menos tú eres honrada —le dijo a Bobbie—. Pones el dedo en la llaga, ¿verdad?

—Lo intento —repuso Bobbie—. Cometiste un error y tienes que aceptarlo.

De pronto Betsy comprendió que su madrastra había sabido en todo momento por qué ella deseaba actuar de aquella forma. Por Angelo. Para demostrarle que también podía hacer lo mismo que él; y ahora se daba cuenta de que se había comportado como una estúpida.

—No cometas otro error —le advirtió Bobbie con calma.

—Muy bien, seguiremos adelante con ello —convino rápidamente Betsy. Luego, las lágrimas le asomaron a los ojos.

Las cosas nunca salían como una deseaba.