Betsy

Harold Robbins · Capítulo 35 de 57

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Betsy

Capítulo 6

seis

 

El motor del gran Sundancer negro del año mil novecientos treinta y tres, con matrícula LH 1, ronroneaba suavemente mientras el chófer giraba desde la avenida Woodward hacia la calle Factory, situada a algo más de tres manzanas del complejo industrial. A ambos lados de la calle las aceras se hallaban abarrotadas de hombres que, de pie, soportaban pacientemente la fría llovizna de marzo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Loren al chófer desde el asiento de atrás.

—No lo sé, señor —respondió este—. Nunca había visto una cosa igual.

Fue reduciendo la velocidad del automóvil. A medida que se acercaban a la entrada de la fábrica, los grupos de hombres se hacían más numerosos, ocupando incluso parte de la calzada.

—Enciende la radio —le ordenó Loren—. A lo mejor las noticias nos ponen al corriente de lo que pasa.

La voz familiar de H. V. Kaltenborn inundó el habitáculo del coche.

«—Antes de terminar, me gustaría repetir una vez más a todos los americanos las palabras que el presidente Roosevelt pronunció en el discurso de toma de posesión ayer en Washington. “A lo único que debemos temer es al propio miedo.” Es una frase digna de recordarse. Aquí, H. V. Kaltenborn emitiendo desde Nueva York.»

Después se oyó otra voz.

«—Con esto se cierra nuestra edición de noticias de la mañana. El siguiente boletín informativo estará en antena a mediodía.»

Ya casi habían llegado a las puertas.

—Apágala —dijo Loren.

El coche se acercó despacio a la cancela, abriéndose paso hacia las personas apiñadas delante de la misma. El chófer tocó la bocina. Aquellos hombres miraron hacia atrás y se apartaron poco a poco, dejando solamente el sitio justo para que el coche pudiera seguir hacia delante. Dos hombres del cuerpo de seguridad abrieron la verja para permitirle el paso y luego la volvieron a cerrar.

Loren bajó el cristal de la ventanilla.

—¿Qué ha pasado, Fred?

El guarda, un hombre de edad, lo miró.

—Ha salido un anuncio en el periódico solicitando seis mecánicos, señor Hardeman.

—¿Seis mecánicos? —Loren se volvió para contemplar la multitud—. Pero ahí fuera hay por lo menos doscientas personas.

—Según mis cálculos, señor Hardeman, hay cerca de mil.

—¿Y los han contratado ya?

—No, señor. La oficina de personal no comienza las entrevistas hasta las nueve.

Loren miró el reloj. Eran las siete pasadas.

—Eso quiere decir que van a estar plantados ahí fuera dos horas más bajo esa desagradable lluvia.

—Sí, señor —repuso el guarda—. Muchos han pasado aquí la noche. Empezaron a llegar ayer, poco después de que salieran los periódicos vespertinos.

Loren se volvió y miró a la multitud. Algunos hombres se cubrían la cabeza con periódicos, y otros tenían el abrigo subido sobre las orejas, por encima del ala del sombrero. Todos los rostros tenían el mismo color gris claro de la mañana.

Luego le habló al guarda.

—Llama a la cantina y diles que envíen un camión con café caliente, panecillos y algunas rosquillas.

—No puedo hacerlo, señor —contestó el guarda—. Va contra el reglamento.

—¿Qué reglamento?

—El de la oficina de personal —le explicó el guarda con la voz alterada a causa del nerviosismo—. Dicen que si empezamos así cada mañana, tendremos aquí una cola de hombres, tanto si necesitamos empleados como si no, que querrán desayunar gratis.

Loren se quedó mirándolo en silencio durante unos breves instantes.

—¿Quién ha dado esa orden? —preguntó al fin.

—Me han dicho que procedía directamente del despacho del presidente — respondió el guarda, teniendo buen cuidado de no pronunciar el nombre de Junior.

—Ya. —Loren se acomodó de nuevo en el coche—. Ya puedes seguir —le dijo al chófer.

El empleado condujo el coche por detrás del edificio de administración y lo situó en el aparcamiento, justo al lado de la entrada exclusiva de Loren. Este bajó del coche sin esperar a que el chófer le abriera la puerta. El ascensor estaba ocupado, así que subió por las escaleras hasta el segundo piso, y luego siguió caminando por un largo pasillo. Empujó la puerta y, pasando junto a las asombradas secretarias, entró en el despacho de Junior.

Este colgaba el teléfono precisamente en aquel momento. Tenía la voz cargada de excitación.

—Acabo de hablar con Washington. Se comenta que el presidente va a ordenar que los Bancos cierren de un momento a otro.

Loren se plantó ante él y lo miró.

—¿Has desayunado?

Junior se quedó perplejo.

—¿No has oído lo que te he dicho? ¡El presidente va a cerrar los Bancos! ¿Sabes lo que eso significa?

—¿Has desayunado? —repitió Loren.

—Claro que he desayunado —repuso Junior, molesto—. ¿Qué tiene eso que ver con lo que acabo de decirte? Si ordena cerrar los Bancos, es que estamos al borde de la anarquía. ¡El día menos pensado estallará una revolución y los comunistas se apoderarán del país!

—¡Tonterías! —estalló Loren—. Acércate a la ventana.

Junior se levantó del sillón e hizo lo que su padre le pedía. Loren señaló hacia la multitud de hombres que aguardaban al otro lado de la verja.

—¿Los ves?

Junior asintió.

—¿Has sido tú el que ha dado la orden de que no les lleven café y bollos de la cantina?

—No. Habrá salido de la oficina de Warren.

—Si ha salido de la oficina de Joe Warren, quiere decir que tú has dado el consentimiento. Es tu mano derecha.

—Padre —la voz de Junior sonaba apaciguadora—, ¿cuántas veces tengo que decirte que Joe no tiene corazón para todo lo que no suponga un beneficio para nuestros intereses? De no haber sido por él, posiblemente aquellos secuestradores habrían puesto sus asquerosas manos encima de Anne y de Loren Tres. Y también tienes que admitir que no ha habido problemas con la mano de obra desde que él se hizo cargo de ese departamento. Yo he dado, en efecto, el visto bueno a esa orden, pero no somos los únicos que tenemos tal criterio. La mitad de las empresas de Detroit también lo han adoptado. Bennett, de la Ford, dice que si no utilizamos mano dura, ellos se harán con todo.

—¿Quiénes se harán con todo? —La voz de Loren estaba teñida de sarcasmo—. ¿Y cómo es que Bennett se ha convertido de repente en un experto? No es más que un ex marino.

—Joe dice que Bennett es ahora el hombre más importante de la Ford. Por lo visto el señor Ford solo confía en él, y mantiene a Edsel en el puesto exclusivamente para guardar las apariencias.

—Entonces es que el viejo empieza a chochear. Edsel tiene más sentido común que todos vosotros juntos —afirmó Loren—. Quiero que a esos hombres se les dé café y algo de comer.

—No, padre —se negó Junior, testarudo—. Me temo que esta vez voy a tener que hacer valer mi autoridad por encima de ti. Créeme, sé muy bien lo que me hago.

—¡Tú no eres más que un mierda estúpido! —Loren clavó los ojos en los de su hijo—. ¡Si quieres seguir siendo el presidente de esta compañía, llama ahora mismo a ese imbécil de Warren y dile que se ocupe inmediatamente de esos hombres! ¡Que les dé café y bollos!

La cara de Junior se había tornado pálida.

—No, padre.

La voz de Loren se volvió fría y cortante.

—En ese caso, espero tener tu dimisión sobre mi escritorio antes de diez minutos.

Se dio media vuelta y se dispuso a salir del despacho.

—Padre. —Loren se volvió al oír la voz de Junior—. No pienso presentar la dimisión.

—¡Entonces, estás despedido! —le gritó.

—No puedes despedirme, padre. —La voz de Junior tenía un matiz de amargo triunfo—. Junto con aquellos papeles que firmaste para conseguir el préstamo bancario, firmaste también una cesión en fideicomiso de tus acciones, que quedan bajo su control directo hasta que les devuelvas el préstamo. Y el Banco está muy satisfecho de mi gestión al frente de la compañía.

Loren lo miró, estupefacto.

—A menos que tengas treinta millones de dólares en metálico para devolver el préstamo, padre —le hizo saber Junior—, tendrás que ir acostumbrándote a la idea de que yo soy el que manda en esta compañía.

Loren seguía sin abrir la boca.

—Y si no te atrae la idea —continuó diciendo Junior—, me gustaría sugerirte que te volvieras a Europa con esa puta francesa. Te resultaría mucho más placentero.

—¿Es eso todo lo que tienes que decir? —le preguntó Loren al fin.

—No —repuso Junior. Ahora parecía mucho más seguro de sí mismo—. No tenía intención de sacarlo a relucir tan pronto, pero ya que estamos hablando sin tapujos, lo mejor será que nos enfrentemos a ello. Hemos dirigido la empresa bastante bien en los últimos tres años, mientras tú te hallabas ausente. Ahora has vuelto con la idea peregrina de remozar el negocio del automóvil sacando al mercado un nuevo coche a bajo precio. Y debo informarte de que el asunto ha sido estudiado detenidamente tanto por el consejo de dirección como por los Bancos. Y todos están de acuerdo en rechazar tu proyecto. No tienen la menor intención de dedicar veinte millones de dólares para experimentar en ese mercado precisamente ahora que las ventas de la compañía alcanzan casi el millón y medio de coches al año. Y puesto que tenemos bajo control la división de automóviles, pensamos eliminar futuras pérdidas firmando un acuerdo con la Ford para fabricar carrocerías. Bennett ha sido lo suficientemente amable como para ofrecernos un contrato por cien mil unidades, pues últimamente han tenido problemas con la Briggs. Por primera vez en dos años tenemos la posibilidad de dejar de estar en números rojos, y a todo el mundo le resulta atractiva la idea.

—No has cambiado nada, ¿verdad? Cuando eras niño solías esconderte tras las faldas de tu madre, y ahora te escondes tras Harry Bennett.

—Se trata, simplemente, de un buen negocio —dijo Junior—. Se nos garantizan unas buenas ganancias sin arriesgar un solo centavo por nuestra parte.

—Pero a la vez le entregas en bandeja la compañía a Bennett. No pasará mucho tiempo antes de encontrarse en situación apropiada para llevar a cabo aquello que le venga en gana, y lo único que tendrá que hacer para que no le estorbes es deshacerse de ti. —La voz de Loren denotaba una cierta paciencia—. Hasta tú tendrías que darte cuenta de eso. La única oportunidad que tenemos de sobrevivir es no depender de nadie.

Junior se echó a reír.

—Me temo que has perdido todo contacto con la realidad, padre. ¿Ves esos hombres de ahí fuera? Durante los tres últimos años he visto cómo crecían en número. ¿Crees que alguno de ellos puede permitirse el lujo de comprar cualquiera de nuestros coches?

Loren lo miró fijamente.

—Lo siento, Junior —dijo de mala gana. Empezó a quitarse el cinturón de cuero —. Pero veo que sigues siendo un niño y como tal tendré que tratarte.

Acabó de sacarse el cinturón y, con él en la mano, se dirigió hacia su hijo.

Junior lo miró fijamente, con el espanto reflejado en el rostro.

—¡No te atreverás!

Loren sonrió.

—¿Que no? ¡Fíjate bien!

Levantó el brazo con el cinturón oscilando en el aire.

—¡No! —Fue un auténtico grito. Junior se apresuró a esconderse detrás del escritorio y apretó impaciente un botón que había en él—. ¡No puedes pegarme! ¡Soy el presidente de la compañía! —exclamó mientras seguía oprimiendo el botón frenéticamente.

—Pero todavía eres mi hijo —le dijo Loren con frialdad mientras daba la vuelta para situarse en la parte de atrás del escritorio.

Una puerta lateral del despacho se abrió y Joe Warren entró en la habitación.

—¿Qué quieres, Jun…?

Junior corrió a esconderse detrás de él como una exhalación, colocando a Warren entre su padre y él.

—¡Joe! ¡No dejes que me pegue, Joe! —decía a voz en grito—. ¡Se ha vuelto loco!

Warren se volvió hacia Loren.

—Será mejor para todos que nos tranquilicemos, señor Hardeman —dijo—. No sé cuál es el problema, pero estoy seguro de que podremos arreglarlo como hombres razonables.

Algo en aquella voz le indicó a Loren que Warren ya sabía de qué se trataba. Miró hacia el escritorio de Junior. El interfono estaba conectado y el botón del despacho de Warren encendido. No había dejado de escuchar ni una sola palabra pronunciada en aquel despacho. Miró a Warren. Cuando por fin se decidió a hablar, la voz le sonó fría como el hielo.

—No te metas en esto, Warren. Es un asunto de familia.

Dio unos pasos hacia delante, pero se detuvo de repente. Un revólver había aparecido en la mano de Warren.

—Y ahora, ¿quiere usted entrar en razón? —le preguntó este último.

Loren observó los ojos de aquel hombre. Tenían un curioso brillo de triunfo. Se relajó ligeramente.

—No te atreverás a apretar ese gatillo, Warren —dijo con calma mientras avanzaba hacia él—. Te expones a lamentarlo el resto de tu vida.

Los ojos de Warren le devolvieron una mirada siniestra.

—No me presione, señor Hardeman. ¡Quédese donde está!

La mano de Loren se movió más rápida que la vista. El cinturón serpenteó en el aire y atrapó la muñeca de su rival, haciendo que la pistola cayera estrepitosamente al suelo. Warren se lanzó en pos del arma al mismo tiempo que Junior se ponía a chillar como una rata y corría a esconderse en el despacho anexo. En el preciso momento en que los dedos de Warren se cerraban sobre la culata del revólver, el zapato de Loren le pisó con fuerza el antebrazo. Gritó de dolor al sentir que el brazo crujía con el mismo sonido que produce una cerilla al romperse. Miró a Loren con los ojos desorbitados y una especie de pavor gélido reflejado en la mirada.

—A lo mejor esto te enseña a no meterte en los asuntos de la familia —le dijo Loren con calma.

Warren vio que el zapato de Loren se dirigía directamente a su cabeza, pero no consiguió esquivarlo. Le pareció que el mundo estallaba en una traca de fuegos artificiales. Luego solo le quedó la oscuridad.

Loren miró al hombre que yacía a sus pies. La cabeza de Warren había ido a parar contra un ángulo del escritorio de Junior; la sangre le manaba de la nariz y de la boca. Se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta que separaba los dos despachos.

La encontró cerrada con llave. Dio un paso atrás y le propinó una tremenda patada. La puerta se abrió al romperse las bisagras, y Loren pasó por ella.

El despacho se hallaba vacío. La otra puerta, situada en la pared más alejada, estaba abierta, lo que le reveló a Loren que su hijo había huido. Volvió a entrar en el despacho de Junior.

Warren gemía y se esforzaba por incorporarse. Loren cruzó la estancia hasta la otra puerta y la abrió. Las dos secretarias, que llevaban rato con la oreja pegada a aquella, estuvieron en un tris de caer hacia el interior de la habitación.

—Limpien todo este desorden —le dijo Loren sin dar la menor muestra de emoción.

Y, pasando junto a ellas, se marchó.