Betsy
Capítulo 3
tres
Había un recado telefónico para mí en el casillero del hotel Pontchartrain cuando llegué aquella tarde a Detroit. Lo leí en el ascensor mientras subía a la habitación: «Llame a la señora Hardeman, por favor».
También constaba el número de teléfono de una centralita de Nueva York. Miré la hora que se indicaba en la parte superior del mensaje. Las siete y diez de la tarde. Consulté el reloj y me pregunté qué estaría haciendo Bobbie en Nueva York. Eran casi las nueve.
El débil sonido de la música que procedía del cabaret situado en el piso de encima de la habitación se dejaba oír claramente a través del techo cuando entré en ella. Cogí el teléfono, que estaba en el otro extremo del salón, y miré por la ventana hacia el Cobo Hall mientras esperaba a que contestaran la llamada.
Aquella semana el congreso era de empresarios de pompas fúnebres. Por fuerza tenía que ser algo divertido. La telefonista me respondió al fin.
—Tengo en la línea a la señora Hardeman.
—Hola, Angelo.
No era la voz de Bobbie; era la de Alicia.
Yo disimulé la sorpresa.
—Hola, tú.
Se echó a reír.
—Hola, tú —me saludó. Se quedó dudando un momento—. Supongo que te estarás preguntando por qué te he llamado.
—Sí —le contesté con franqueza.
—Ya sé que estás muy ocupado, así que no te haré perder demasiado tiempo.
—No uses tantas formalidades conmigo, Alicia —le dije—. Ya hace mucho tiempo que nos conocemos.
—Lo siento —se disculpó—. Pero desde que me divorcié nunca sé muy bien cómo tratar a la gente que conocía cuando estaba casada.
—Yo ya te conocía antes de que te casaras.
—Muy bien —dijo ella—. De todos modos procuraré ser breve. En la participación de bienes que se llevó a cabo en el divorcio, me correspondió a mí la mitad de las acciones que Loren poseía de la Bethlehem.
—No estaba enterado.
—Casi nadie lo sabe —me informó Alicia—. Loren no quiso divulgarlo. Tiene un poder para votar en mi nombre.
—Ya entiendo.
Aquello significaba que Loren solamente poseía el cinco por ciento de las acciones de la compañía, no el diez como nosotros pensábamos.
—He leído en los periódicos lo de la demanda —continuó—. En numerosas ocasiones oí a Loren y a Dan Weyman hablar de ello, pero nunca creí que pensaran hacerlo de verdad. —La voz se le tornó dura de repente—. No estoy dispuesta a que sean ellos los que controlen la compañía.
—Entonces ya somos dos.
—He hablado con mi abogado y le he pedido que me haga un nuevo poder a favor del abuelo. Quiero que se lo digas a él de mi parte.
—¿Por qué no lo llamas tú? Seguro que sabrá apreciarlo y te lo agradecerá.
—No —repuso—. El ama de llaves, secretaria o lo que sea, la señora Craddock, se lo cuenta todo a Loren. Y no quiero que él se entere.
En parte yo estaba en lo cierto, y en parte equivocado. Siempre había pensado que el espía era el hombre que Número Uno tenía a su servicio.
—Me aseguraré de que Número Uno se entere.
—Te enviaré el poder a ti, ahí al hotel —continuó—. Dile al abuelo que lo utilice de la forma que estime conveniente.
—Así lo haré —le aseguré. Sentía cierta curiosidad—. ¿Dices que Loren y Dan solían hablar a menudo de ese asunto?
—Sí. Desde hace mucho tiempo. Cada vez que Loren se enfadaba con el abuelo el tema salía a relucir. Especialmente después de que se enterara de lo del Betsy.
Intenté un palo a ciegas.
—¿Por casualidad alguna vez les oíste hablar de un hombre llamado Simpson?
—¿Mark Simpson?
—Sí, ese —le indiqué.
—Es un amigo de Dan Weyman —me explicó Alicia—. Dan lo llevó a casa varias veces para que hablara con Loren. Trabajan juntos en algo. Un asunto que tenía que ver con la seguridad en los automóviles, por lo que pude deducir.
¡Diana! Evité deliberadamente que el entusiasmo se me reflejara en la voz.
—¿Podrías escribirme una nota detallando las ocasiones en que se vieron en tu casa? Las que seas capaz de recordar.
—Desde luego —contestó. Denotaba curiosidad en la voz—. ¿Servirá eso de alguna ayuda?
—Puede ser —repuse con cautela. Miré el papel con el mensaje que todavía sostenía en la mano—. Si necesito ponerme de nuevo en contacto contigo, ¿estarás en ese mismo número?
—No —respondió—. Mañana salgo para Gstaad.
—No sabía que te gustase esquiar.
Se echó a reír.
—No voy a esquiar. Betsy sale de cuentas un día de estos y quiero estar a su lado.
—¿Qué tal se encuentra?
Alicia rio de nuevo.
—Bastante tranquila. Su marido, Max, es el que está más nervioso. Yo aún no puedo creerme que vaya a ser abuela.
—Las abuelas cada vez sois más jóvenes. Puedes agradecérselo a la nueva generación. Saluda a Betsy de mi parte.
—Lo haré —dijo—. Adiós, Angelo.
—Adiós Alicia.
Colgué el teléfono y me acerqué al bar. Saqué unos cubitos de hielo, abrí una botella nueva de Crown Royal y me preparé un doble. Lo necesitaba.
Número Uno había acertado al suponer que Weyman no estaba jugando limpio. Pero me preguntaba si el viejo pensaría realmente que Weyman y Loren tenían que ver con Simpson. Aquello no acababa de tener sentido. Al menos de momento.
La música del cabaret iba subiendo de volumen paulatinamente. Empezaba a molestarme. Volví a descolgar el teléfono y llamé al director.
—Tiene usted que hacer algo con la música del cabaret del piso de arriba —me quejé—. Me está sacando de quicio.
—Debe de haber un error, señor Perino —repuso el director con suavidad—. El cabaret está cerrado esta noche. Es posible que algún huésped haya puesto la radio con el volumen demasiado alto. Lo averiguaremos inmediatamente.
—Sí, por favor. Hágalo —le pedí secamente.
Colgué el auricular y me encaminé al dormitorio mientras la música me llegaba cada vez con más potencia. Ya tenía bastantes problemas que me causaban dolor de cabeza y no necesitaba ayudas externas. Abrí la puerta del dormitorio. La explosión de música que salía de los ocho altavoces casi me hace perder el conocimiento.
Cindy estaba sentada en la cama, con los largos cabellos caídos sobre los hombros y el pecho desnudos; la sábana le cubría las piernas y estaba inmóvil, al parecer fuera de sí, a causa del ruido. Se volvió y me miró sin dejar de seguir el ritmo de la música con la cabeza. Una sonrisa de felicidad le afloró lentamente a los labios.
—Bien venido a casa, Angelo. ¿No es estupendo?
—¡Baja el volumen! —le grité lo más alto que pude—. ¿Qué pretendes? ¿Que me echen de aquí?
Cogió el mando a distancia y apuntó hacia el magnetófono situado en el otro extremo de la habitación.
—Es la última novedad —me explicó—. No he podido resistir la tentación.
Me quedé mirándola.
—¿Cómo has conseguido entrar?
Abrió los ojos de par en par.
—¿Querrás creer que ayer, cuando llegué, no quedaba libre ni una habitación de hotel en toda la ciudad?
—Eso no contesta a mi pregunta.
Se puso de rodillas al borde de la cama.
—Ven aquí —me dijo.
Me acerqué. Me puso los brazos alrededor del cuello y se apretó contra mí. Los labios de la muchacha eran suaves y cálidos.
Yo aparté la boca.
—Esto tampoco responde a mi pregunta.
—No me resultó demasiado difícil, cariño —me explicó mirándome a los ojos y sin dejar de sonreír—. Sencillamente les dije que venía a instalar el nuevo sistema de alta fidelidad que habías encargado.
—Pero eso fue ayer —observé—. ¿Cómo han permitido que te quedaras tanto tiempo?
—Todo el mundo sabe que una instalación de este tipo no se puede hacer en un solo día —dijo con aire de inocencia—. Y además he estado muy callada. Hasta ahora mismo, que te he oído entrar y llamar por teléfono a otra mujer. —Metió la mano bajo la almohada y sacó de allí un mensaje telefónico que me entregó—. ¡Y precisamente a ella!
Miré el papel. Era una copia del mensaje que me habían entregado en recepción. Cuando alcé los ojos de nuevo, Cindy tenía una cara tan enfurruñada que no pude por menos que echarme a reír.
—Estás celosa —observé—. Eso no es propio de ti. Creí que eras una persona demasiado cerebral como para tener en cuenta esa clase de cosas.
—¡No estoy celosa! —repuso acalorada—. Pero ¿qué tal te sentaría a ti pasarte dos días en la cama esperando que yo llegara a casa, y que cuando por fin lo hiciera me encaminara directamente al teléfono para llamar a otro tipo?
—Pero yo no sabía que me estabas esperando —le comenté riendo.
—¡Eso no tiene la menor importancia! —estalló—. No ha sido nada agradable. ¡Al menos primero podías haber mirado en el dormitorio!
—Se trataba de un asunto de negocios —le expliqué.
—Oh, sí, seguro —comentó con sarcasmo.
—De verdad. Te has equivocado de señora Hardeman. Esta era la primera.
—¡Dios mío! —exclamó sorprendida—. ¡No me digas que ella también!
Cuando llegué a la fábrica al día siguiente por la mañana, Duncan me estaba esperando en el despacho. Carradine, de ingeniería, y Joe Huff, de diseño, lo acompañaban.
No necesité mirarlos dos veces para saber que no se hallaban allí como portadores de buenas noticias. Di la vuelta alrededor del escritorio y me senté ante él.
—Bien, caballeros. Disparen.
—¿Cómo lo prefieres, muchacho? —me preguntó Duncan—. ¿De una en una o todas a la vez?
—De una en una —le dije—. Hoy es lunes y no me encuentro en buena forma.
—Muy bien —asintió él—. El viernes se detuvo todo el trabajo de la línea de producción. Órdenes directas del presidente.
—No puede hacer eso. Carece de la autoridad suficiente. Número Uno sigue siendo presidente del consejo de administración y jefe de operaciones.
—Pues lo ha hecho —afirmó llanamente Duncan.
—Bueno. Ponedla de nuevo en marcha —le indiqué.
—No podemos —siguió explicándome Duncan—. Se nos ha prohibido la entrada a la fábrica. Ni siquiera nos dejan ir a los despachos. Este es el único lugar en donde hemos conseguido entrar.
No dije nada. Al parecer Loren no estaba dispuesto a esperar más. Aunque quizá se hubiera adelantado un poco a los acontecimientos.
—Bien, esa es una —dije—. ¿Cuál es la siguiente?
—Tenemos problemas con los sindicatos —comenzó Duncan—. La UAW ha dicho que no permitirá que se ponga en marcha la línea de ensamblaje hasta que se remodelen y se instituyan de forma clara las nuevas calificaciones profesionales. Afirman que hay muchos puestos de trabajo a los que se está rebajando injustamente de categoría.
—Precisamente para eso aprobamos un plan que ellos habían encontrado satisfactorio como punto de partida para cualquier negociación.
—Querrás decir que lo aprobaste tú. Pero Weyman lo interceptó. Ni siquiera intentó llegar a un acuerdo con los sindicatos.
Weyman de nuevo. No resultaba precisamente una gran ayuda. Aquel tipo ya estaba empezando a desagradarme.
—Se suponía que debía de negociar sobre las bases que le dimos —indiqué—. No tenía ningún derecho a alterar u obstaculizar nuestras propuestas a los sindicatos.
—Sin embargo lo hizo —afirmó Duncan—. Bajo órdenes directas del presidente, por supuesto.
Lo miré.
—¿Eso es todo?
—No —continuó—. ¿Has leído la edición de The Wall Street Journal de esta mañana?
Hice un gesto negativo con la cabeza.
—Pues lee esto —me indicó al tiempo que me tendía el periódico.
La noticia estaba situada en portada, con titulares a dos columnas.
¿ES UN DESASTRE EL NUEVO COCHE DE LA
BETHLEHEM MOTORS VALORADO EN CIENTO CINCUENTA
MILLONES DE DÓLARES?
Continué leyendo. La noticia venía de Detroit, y llevaba fecha del viernes.
Especial para The Wall Street Journal. — Según fuentes bien informadas cuatro
procedentes de la propia Bethlehem Motors, existen al parecer serias dudas
sobre el futuro del nuevo coche de la compañía, el Betsy, que se esperaba
saliera al mercado en el curso de este mismo año. Los problemas se han
puesto de manifiesto a causa del pleito interpuesto por Loren Hardeman III y
su hermana, la princesa Alekhine, contra su abuelo, Loren Hardeman I, y la
Fundación Hardeman para ver quién debe controlar la gigantesca compañía de
automóviles.
Dichas fuentes reconocen igualmente que el señor Hardeman III se halla
profundamente preocupado a causa de los crecientes gastos que ocasiona el
programa de fabricación de dicho automóvil y por los numerosos informes
referentes a la falta de seguridad del mismo; parece ser que se decidió a
presentar la demanda de mala gana y tras numerosos esfuerzos por persuadir a
su abuelo de que abandonase el proyecto en bien del interés público y de la
compañía.
La noticia continuaba, pero ya había leído bastante. Dejé el periódico sobre el escritorio. No cabía la menor duda sobre quiénes eran las «fuentes bien informadas» de la compañía. Weyman. Como vicepresidente ejecutivo estaba en condiciones de llegar hasta cualquier periódico. Tuve la impresión de que aquello era solo el principio, y de que habría más artículos de ese estilo en todos los periódicos del país. Si deseaban acabar con el Betsy antes de que saliese al mercado, no podrían encontrar mejor manera de hacerlo. Unas cuantas noticias más como aquella y el público no compraría el coche aunque se lo sirvieran en bandeja de plata.
—Esperad aquí —les dije.
Y eché a andar por el pasillo hacia el despacho de Loren.