Betsy
Capítulo 4
cuatro
Sally Hardeman cerró sigilosamente la puerta tras sí y salió al pasillo. Advirtió de pronto que apenas se sostenía sobre las piernas y se apoyó en la puerta en un intento por controlar los temblores. Respiró profundamente y se puso a revolver en el bolso de noche para ver de encontrar un cigarrillo. Lo encendió y aspiró el humo. Ya no importaba que alguien la sorprendiese fumando. Después de lo que acababa de ver, aquello no tenía mayor importancia.
Era verdad. Todas las historias que había oído eran ciertas. Ahora se las creía todas. Hasta aquello que le había contado su mejor amiga sobre cómo cierta noche, en una cena de rigurosa etiqueta que se celebraba en la mansión de los Hardeman, había notado que una mano se le deslizaba por la espalda, debajo de la amplia blusa de noche. Casi antes de que pudiera darse cuenta la mano ya le había desabrochado el sujetador y se aventuraba por delante, acariciándole y sopesando los pechos desnudos. A punto de soltar un grito, se volvió hacia el hombre que tenía sentado al lado antes de recordar de quién se trataba. Era Loren Hardeman. Ni siquiera la miraba; mantenía el rostro vuelto hacia la mujer que se hallaba a su izquierda y hablaba con ella.
Solo que el brazo derecho estaba allí, detrás de la silla y bajo la blusa de la muchacha. Esta miró a los comensales, pero todos parecían enfrascados en la conversación. Hasta la señora Hardeman, que se encontraba al otro lado de la mesa, hablaba con el hombre que tenía junto a ella. Asustada, se dio cuenta de que nadie se percataba del ligero movimiento que producía la mano de aquel hombre al acariciarle el pecho por debajo de la blusa.
—¿Y qué hiciste entonces? —le había preguntado Sally.
—Nada —fue la sencilla respuesta de su amiga—. Si nadie veía lo que pasaba, o al menos fingían no verlo, ¿por qué iba yo a armar un alboroto? Al fin y al cabo se trataba de Loren Hardeman. —Luego había soltado una risita tonta—. Cuando miré en torno a la mesa y pensé en lo estúpidos que eran todos los presentes por no darse cuenta de lo que sucedía, empezó a darme gusto.
—¡No me digas! —había exclamado Sally dando un suspiro.
—Sí. Había algo muy excitante en aquella caricia.
—¿Y qué hiciste luego? —le preguntó Sally.
Su amiga se había echado a reír.
—Después de cenar fui al cuarto de baño y me abroché el sujetador.
Era todo lo que había averiguado referente a aquella historia. Pero había otras. Y ahora Sally empezaba a darles crédito. Aspiró de nuevo el humo del cigarrillo, pero las piernas se negaban a dejar de temblar. Confió en que no apareciera nadie por el pasillo y la encontrara en aquel estado.
Al llegar arriba había golpeado suavemente la puerta.
—Papá Hardeman —había dicho con suavidad.
Al no obtener respuesta había vuelto a llamar a la puerta; luego, pensando que estaría dormido, se decidió a abrirla. La había abierto con gran cuidado antes de entrar.
—Papá Hardeman —había llamado de nuevo antes de ver que la cama se hallaba vacía y percibir la luz que penetraba por la puerta del cuarto de baño.
Ya se daba la vuelta dispuesta a marcharse, cuando un reflejo en el espejo que había sobre el escritorio, en la pared de enfrente, la dejó petrificada. Por él se veía la puerta entreabierta que comunicaba con el dormitorio de su suegra y, a través de ella, las siluetas de dos personas desnudas.
Su suegro sostenía a la muchacha en el aire. Aquel hombre se había echado a reír —el sonido retumbó por toda la habitación— al tiempo que bajaba a la chica y se la colocaba encima. Esta lanzó un grito y empezó a gemir mientras él la penetraba.
No fue hasta que él cruzó la habitación —con las piernas de la chica arrolladas a la cintura— y su imagen desapareció del espejo, que Sally se sintió capaz de moverse. Se oyó un crujido de protesta en los muelles de la cama y luego un grito casi de dolor. Sally había abandonado rápidamente la habitación.
Ya se había fumado medio cigarrillo cuando notó que recuperaba el control de sí misma. Sintió que la rabia la invadía. Como si hubiera sufrido alguna extraña forma de violación personal, el dolor comenzó a extendérsele por las ingles con pulsaciones rítmicas y templadas. Su suegro no parecía un hombre, sino un animal. No solo por el aspecto —tenía todo el cuerpo cubierto de pelo y las partes abultadas—, sino también por aquellos brutales modales carentes de cualquier sensibilidad.
Empezó a sentirse mejor. La ira la había servido de desahogo. Se consideraba afortunada por el hecho de que Loren no se pareciese en nada a su padre. Era bueno, considerado y gentil. Incluso aquel mismo día, hacía un rato, cuando habían subido a descansar antes del baile a la habitación que compartían por primera vez.
Ella no sabía muy bien a qué atenerse. Pero lo único que él hizo fue besarla dulcemente y decirle que se tumbara en la cama para descansar hasta que llegara la hora de arreglarse. Después Loren se acostó a su lado y cerró los ojos. Momentos más tarde el suave sonido de la respiración del hombre que ya era su marido le indicó que se hallaba dormido. Sally tardó un buen rato en dormirse; se quedó allí tendida contemplando aquel rostro tranquilo hasta que finalmente también se durmió.
Apagó el cigarrillo en un cenicero y se dirigió a la escalera; de repente se abrió la puerta del dormitorio de su suegro y este apareció por ella.
—Sally —comenzó con voz tranquila, como si no hubiese sucedido nada—, ¿por qué no estás en la fiesta? Al fin y al cabo, se celebra en tu honor.
Ella notó que el rostro se le encendía.
—En realidad —le contestó—, iba a buscarle. Los invitados ya se preguntan cómo es que no baja.
Él la miró en silencio durante un momento y luego sonrió.
—Muy amable de tu parte —comentó mientras la cogía del brazo—. Será mejor que no los hagamos esperar, ¿no te parece?
Ante aquel contacto a Sally le empezaron a temblar de nuevo las piernas; se tambaleó ligeramente cuando ambos se dieron la vuelta hacia las escaleras. Él se detuvo y la miró.
—Estás temblando. ¿Te encuentras bien?
De nuevo la muchacha sintió en su interior aquellos dolorosos y cálidos latidos. No sabía bien por qué, pero no se atrevía a afrontar la mirada de aquel hombre.
—Me encuentro perfectamente —dijo al tiempo que hacía un esfuerzo por sonreír —. Lo que pasa es que una no se casa todos los días.
Al mirar hacia arriba, Elizabeth los vio bajar por la gran escalinata. El pelo rojizo de Loren comenzaba a salpicarse de gris, pero conservaba la cara tan fuerte y joven como el día en que se conocieron. Sintió una punzada interior al contemplar la rubia cabellera de Sally, que estaba vuelta hacia Loren. Este y ella misma solían ser así tiempos atrás; siempre estaban riendo.
Pero aquello había cambiado nada más llegar a Detroit. Antes, cuando vivían en Bethlehem, Loren era un hombre divertido que siempre tenía un chiste a punto y buenas palabras para todo el mundo. Rara vez se mostraba serio. Pero luego, al meterse en el negocio de automóviles, todo había comenzado a ir por otro camino.
Primero encontró un empleo con Peerless y Maxwell, después con Ford, trabajo que acabó casi antes de empezar, y por último con los hermanos Dodge. Durante mil novecientos uno, el primer año en que Loren trabajaba con estos últimos, había nacido Junior. Loren siguió en aquella empresa durante casi nueve años, hasta que sufrió un contratiempo. El problema estribaba en que su marido pretendía fabricar un coche mejor que sería necesario poner a la venta a un precio un poco más elevado que lo normal en aquella época; esto no les interesaba lo más mínimo a los hermanos Dodge. Todavía se sentían hostiles hacia Ford y todo lo que deseaban era hacerle la competencia.
Loren discutió en vano con ellos. El modelo «T» era invencible. En aquellos años no se podía construir nada capaz de hacerle frente al coche de Ford. Él predijo, y con razón, que el modelo «T», que apareció en el mercado en mil novecientos ocho, sería como una bomba para el país. Y había acertado. Antes de dos años la Ford producía casi el cincuenta por ciento de los coches que se vendían en América. Y Loren abandonó a los hermanos Dodge.
Sin embargo sí que había mercado para un buen coche de precio medio, y Loren dirigió sus esfuerzos hacia aquel sector. En mil novecientos once el primer Sundancer aparecía en las calles de Detroit. Y de entonces en adelante ningún coche de precio medio consiguió igualarle en popularidad. Ni el Buick, ni el Leland, ni el Oldsmobile. Sin darse cuenta, y casi de la noche a la mañana, la Bethlehem Motors se había convertido en una gran empresa. Y Loren había perdido para siempre el don de la risa.
Pero aquella noche sí que sonreía, y había algo en su rostro que le hacía aparecer joven otra vez. La orquesta comenzó a tocar un vals y Loren extendió los brazos. Sally se dejó llevar y ambos comenzaron a deslizarse por la pista.
A Elizabeth se le llenaron los ojos de lágrimas. Él parecía tan joven, tan fuerte y tan lleno de vitalidad, que quien no los conociera habría pensado que él era el novio, y no el padre. Junior se acercó a la pareja y, al verlo, Loren hizo una inclinación y dejó a Sally con su marido. Se dio la vuelta y se acercó a Elizabeth.
Le dio un beso en la mejilla.
—Es una fiesta preciosa.
Ella le miró a la cara.
—¿Cómo te sientes?
Loren sonrió tristemente.
—Creo que tengo un poco de resaca. Tendré que aprender a tratar mejor con los contrabandistas de licores.
El mayordomo se les acercó. Bajó discretamente el tono de voz.
—Todo está a punto, señor.
Loren asintió con la cabeza. Se volvió hacia Elizabeth.
—¿Te parece oportuno hacerlo ahora?
Ella contestó afirmativamente; Loren la cogió del brazo y la condujo hasta el centro de la pista de baile. Levantó las dos manos y la música cesó.
—Damas y caballeros. —Su voz retumbó en todos los rincones del salón—. Como pueden ustedes suponer, esta es una ocasión muy especial para mi esposa y para mí. Un hijo no se casa todos los días, especialmente con una mujer tan guapa.
Una oleada de risas y algunos aplausos dispersos recorrieron la estancia.
—Loren, Sally —llamó—. Venid aquí, a la pista, donde todo el mundo pueda veros.
Cuando la pareja llegó junto a ellos, Junior sonreía y Sally se había ruborizado. El muchacho, esbelto, erguido y tan alto como su padre, se puso al lado de este, que presentaba la corpulencia de un hombre más maduro.
—Esto es Detroit —continuó Loren con aquella potente voz—. ¿Y qué mejor regalo para una pareja de recién casados que un flamante coche? Esta es la forma como se hacen las cosas en Detroit, ¿no es así?
Se oyó como respuesta un rumor de aprobación por parte de los invitados, Loren sonrió y levantó una mano pidiendo silencio. Se volvió hacia su hijo.
—De modo que aquí tienes la sorpresa que os teníamos reservada a ti y a tu esposa. Un coche que aún no está en el mercado. Nuevo desde el parachoques delantero hasta el trasero, desde el techo hasta la base de los neumáticos. Tu propio coche. Lo hemos llamado Loren Dos, y el próximo año estará a la venta en todos los distribuidores de Bethlehem a lo largo y ancho del país.
La orquesta comenzó a tocar las notas de una popular marcha de Sousa mientras se abrían los ventanales que daban al jardín. Se oyó el tranquilo sonido de un potente motor y el automóvil penetró en el salón de baile. La gente se apartó y el chófer lo condujo cuidadosamente hasta el centro de la pista. Se detuvo al llegar a la altura de los Hardeman.
Un murmullo de admiración salió de la multitud, que se aproximó para admirar mejor el nuevo modelo. Era gente de Detroit para la que no existía nada más importante que la industria automovilística. Y aquel coche era algo serio, no cabía la menor duda. El sedán de colores vino y negro era uno de los coches más importantes que se verían en aquella ciudad tan entendida en automóviles.
Se detuvieron de súbito al observar que el asiento de atrás se hallaba completamente lleno de lo que parecían ser miles de cuartillas de papel verde y oro. Loren alzó la mano y todos centraron en él la atención.
—Supongo que se estarán preguntando qué es lo que hay en el asiento trasero del coche.
No esperó respuesta. Se acercó a la puerta del coche y la abrió. Las hojas de papel se esparcieron por la pista. Cogió uno de aquellos papeles y lo mostró a los asistentes sosteniéndolo por encima de la cabeza. La voz resonó en medio del repentino silencio que se había formado.
—Cada uno de estos papeles representa una acción en Bolsa de la compañía Bethlehem Motors, y hay cien mil en este coche. Todas van a nombre de mi hijo, Loren Hardeman Jr. Estas cien mil acciones representan el diez por ciento de la compañía y el departamento de contabilidad afirma que su valor oscila entre los veinticinco y los treinta millones de dólares.
Se volvió hacia su hijo.
—Y esto, Loren, es solo una pequeña muestra del amor y el cariño que tu madre y yo sentimos por ti.
Junior se quedó inmóvil durante un momento, con la cara pálida. Intentó hablar, pero no le salían las palabras. Apretó en silencio la mano de su padre y luego se volvió hacia su madre y la besó.
En el mismo momento Loren se inclinaba hacia su nuera y la besaba. Una mirada de sobresalto asomó a los ojos de la muchacha, que sintió de nuevo que el temblor le sacudía las piernas. Apoyó una mano en el brazo de aquel hombre y luego se volvió hacia su suegra para besarla.
Los invitados, locos de júbilo, empezaron a rodearlos para felicitarlos y darles la enhorabuena. Aquello era un pandemónium.
En el fondo de la sala un reportero del Detroit Press se afanaba tomando notas. El titular del día siguiente era al mismo tiempo una pregunta y una afirmación:
Y CUANDO HENRY LE DIO A EDSEL UN MILLÓN EN
ORO COMO REGALO DE BODAS, ¿PENSARIA QUE
ERA UNA GRAN COSA?