Betsy

Harold Robbins · Capítulo 10 de 57

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Betsy

Capítulo 9

nueve

 

Cuando llegué al Hotel Fairmont, había un telegrama esperándome en la recepción. Era de Loren.

ENTERADO LADY AYRES MISMO VUELO SAN FRANCISCO.

AGRADECERÍA CUALQUIER AYUDA Y ATENCIÓN HACIA ELLA.

SALUDOS

L. H. III

Sonreí irónicamente y se lo entregué a Bobbie; después me volví hacia el mostrador y firmé en el libro de registro.

El recepcionista miró la firma y comprobó la reserva.

—Tiene la suite preparada, señor Perino. Está en la nueva torre.

—Gracias —le dije.

Llamó a un botones.

—Enséñales a los señores Perino la habitación 2112, por favor. —Me dirigió una sonrisa—. Que tenga una agradable estancia, señor Perino.

Seguimos al botones a lo largo de un pasillo hasta el lugar en donde se encontraban los ascensores de la torre. Cuando entramos en uno de ellos, la muchacha aún sostenía el telegrama en las manos. Me lo devolvió en silencio.

No habló hasta que nos encontramos a solas en la habitación.

—¿Cómo crees que se ha enterado?

—Por la gestapo de Detroit —bromeé—. Cada compañía de automóviles tiene una. No les gusta que los demás les oculten las cosas.

—Me ha molestado bastante —afirmó—. No es asunto suyo adónde voy y qué hago.

—Deberías sentirte halagada. Habitualmente ese trato se reserva solo a las personas que son importantes para el negocio.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—Venga, Bobbie. Me fijé en la forma como Loren te miraba. Es evidente que se siente atraído por ti.

—Como todos los hombres americanos. Una viuda joven y rubia… ya se sabe. ¿Por qué tendría él que ser diferente?

—Porque es Loren Hardeman Tres, por eso. Y se supone que los reyes están por encima de esa clase de cosas.

—Solamente los reyes americanos —repuso ella—. Nosotros los británicos lo sabemos muy bien.

Me acerqué a la mesa y cogí un impreso de telegramas. Mientras estaba escribiendo entró el botones con el equipaje y lo puso en el dormitorio. Le hice un gesto para que se esperara hasta que terminara de escribir.

—Échale un vistazo a esto —le dije a Bobbie al tiempo que le tendía el telegrama para que lo leyera.

HARDEMAN III, BETHMO, DETROIT

INSTRUCCIONES RECIBIDAS. TODO BAJO CONTROL.

SALUDOS

PERINO

Cuando me lo devolvió, sonreía. Se lo entregué al botones juntamente con la propina. Se marchó y cerró la puerta tras él.

En cuanto hubo salido sonó el teléfono. Lo cogí. Era Arnold Zicker, un conocido experto en compraventa de empresas. Era responsable de más fusiones y ventas en los Estados Unidos que ninguna otra persona.

—Tony Rourke espera que confirmes la cita para cenar —me dijo—. ¿Te va bien a las ocho y media?

—Perfectamente, a las ocho y media —repuse—. ¿Dónde?

—En tu hotel —indicó—. Será más cómodo.

Zicker era también uno de los hombres más tacaños del mundo. Si comíamos en mi hotel, lo natural era que yo pagara la cuenta.

—De acuerdo —convine.

Colgué el teléfono y levanté la mirada hacia Bobbie.

—¿Te parece bien que cenemos a las ocho y media?

Hizo un gesto de asentimiento.

—Por mí no hay inconveniente. ¿Tienes algo especial que hacer hasta entonces?

—No.

—En ese caso vámonos a la cama a joder —dijo—. No pensarás que he volado hasta aquí solo para cenar.

 

Fue maravilloso. Realmente maravilloso. Creo que los dos nos quedamos un poco sorprendidos e impresionados por el profundo impacto emocional.

Cuando la pasión amainó, nos quedamos muy juntos el uno del otro. Yo no quería salir de ella. La sentía temblar en mis brazos. Su carne y la mía eran una misma carne.

—¡Vaya, hombre! —exclamé todavía sin entender lo sucedido—. ¿Qué ha pasado?

Apretó el abrazo y colocó el rostro junto al mío.

—Se ha derrumbado el firmamento —susurró.

Me quedé en silencio.

—Te necesitaba —afirmó—. No sabes cuánto te necesitaba.

Le puse el índice en los labios.

—Hablas demasiado.

Me mordió el dedo.

—Las mujeres siempre lo hacemos —dijo—. Por eso nunca sabemos qué decir después.

Apoyé la cabeza sobre el hombro de Bobbie.

Se volvió y me miró.

—No sé por qué, pero estaba segura de que las cosas saldrían bien entre nosotros.

—No seas sentimental —la censuré—. No es británico.

—¿Qué tengo que decir para que te des cuenta de que no siempre es así? —me preguntó a punto de enfadarse.

La miré a los ojos y sonreí.

—¿Qué te hace pensar que yo no lo sé? Todavía estoy dentro de ti, ¿no es verdad? Generalmente, a estas alturas ya he dejado el lecho y me estoy lavando las partes.

—Yo te las lavaré —afirmó—. Con mis jugos. Las ahogaré en ellos.

Precisamente entonces sonó el teléfono. Alargué la mano por encima de ella y lo cogí. Era Loren.

—Acabo de recibir el telegrama —dijo.

—Bien.

—¿Todo en orden? ¿Dónde está ella?

—Precisamente se encuentra aquí. Te dejo para que puedas hablar con ella.

Le puse a Bobbie el teléfono en la mano.

—Estoy perfectamente, Loren —dijo la muchacha—. No, de verdad, todo va bien… Ha sido muy agradable, pero ya había abusado bastante de vuestra hospitalidad… Sí, gracias… Me quedaré en la costa algunas semanas y luego volveré a Londres volando a través del Polo… Te llamaré antes de irme… Estábamos a punto de marcharnos a cenar… Dale recuerdos a Alicia… Adiós.

Colgó el auricular y me empujó para que saliera de ella. Me dejé caer boca arriba mientras Bobbie se sentaba en la cama y me miraba.

—Verdaderamente, eres un hijo de puta —afirmó.

Y acto seguido los dos nos echamos a reír.

Cuando entramos en el restaurante, los dos hombres se hallaban sentados ante la barra. Abrieron desmesuradamente los ojos al ver a Bobbie. Nadie sabe llevar una minifalda como las chicas inglesas. Las piernas de lady Ayres no parecían tener fin.

Arnold se dejó caer del taburete.

—Tony Rourke, Angelo Perino.

Rourke era un irlandés grande y oscuro; parecía un conductor malcarado. Me cayó bien de entrada. Nos estrechamos la mano.

Les presenté a Bobbie y se apresuraron a hacerle un sitio entre ellos. Todas las conversaciones se detuvieron durante un instante mientras ella se subía al taburete. Era algo digno de verse. Después pedimos las bebidas.

Les concedí exactamente cinco minutos para hacer las bromas de rigor, y luego entré directamente en el asunto. Miré a Rourke.

—Arnold me ha dicho que es posible que tenga lo que me interesa.

—Usted lo ha dicho. Es posible.

—Creo que el sitio es perfecto —intervino Arnold con entusiasmo—. Nueve mil hectáreas de zona industrial, de las cuales dos mil tienen construidos hangares que sirven perfectamente a tus propósitos; el resto lo puedes utilizar de la forma que más te convenga. También incluye cerca de dos kilómetros de terreno ribereño y vías de ferrocarril hasta allí mismo.

No le hice caso. Solo intentaba hacer negocio.

—No lo entiendo —le dije a Rourke—. ¿Por qué desea venderlo?

—¿Quiere la verdad?

Asentí.

—No tiene futuro —me confesó.

No dije nada.

—La noticia está a punto de publicarse —dijo—. Con las reducciones en Defensa que se avecinan, seremos los primeros que estaremos de más.

—¿Qué le hace pensar eso? —le pregunté—. Seguirán necesitando helicópteros.

A la construcción de tales aparatos tenían dedicadas la mayor parte de las líneas de montaje.

—Hay demasiada gente que los fabrica. No habrá problemas mientras las demás compañías estén ocupadas con otros proyectos. La Boeing con su modelo 747; la Lockheed con los 711. Nuestra compañía, la SST, no conseguirá la aprobación del Congreso para continuar con la producción. Lo normal es que nos quiten el contrato y se lo den a ellos. Y no les quedará otro remedio que hacerlo. Tienen más intereses en esas compañías que en la nuestra. Hay más personal, más capital.

—¿Y por qué no intentan vender los helicópteros para uso comercial?

—No puede ser. El mercado ya está copado. Además, a nuestros helicópteros les pasa sencillamente que no son adaptables. Los diseñaron como instrumento de combate. —Dio otro sorbo de la copa—. Ya nos han notificado que no nos renovarán el contrato para el año que viene.

—Le agradezco mucho que me diga la verdad. Es usted muy honrado.

—No he hecho más que contestar a su pregunta. Además, no le he dicho nada que usted no pueda descubrir por su cuenta haciendo averiguaciones.

—Gracias de todas formas —repetí—. Me ha ahorrado tiempo y molestias. ¿Ha traído los planos y los informes?

—Los tengo aquí mismo —dijo apuntando a un maletín situado en el suelo, a sus pies.

—Bien —indiqué—. Vamos a cenar. Después podemos subir arriba para echarle un vistazo.

Eran más de las tres de la madrugada cuando por fin se marcharon de la suite.

—Tengo un avión en el aeropuerto para llevarlo cuando usted quiera a que vea aquello sobre el terreno —dijo Rourke.

—Gracias. Mañana le diré algo.

Esperaba que John Duncan llegara en un vuelo de la mañana. Se había jubilado de la compañía Bethlehem cuatro años atrás, al cumplir los sesenta. Era el único hombre que gozaba de la confianza de Número Uno.

—John Duncan es para mí lo que Charlie Sorensen para Henry Ford —me había dicho—. Puede hacer cualquier cosa en lo que se refiere a producción.

—Pero está jubilado —le había comentado yo.

—Volverá —había continuado Número Uno en tono confidencial—. O mucho me equivoco, o John ya tiene que estar aburrido de trabajar solo en ese motor de turbina en el garaje de su casa.

Y Número Uno había acertado. Lo único que John Duncan quiso saber era cuándo íbamos a empezar.

Cuando la puerta se cerró tras ellos, volví al salón de la suite y me serví una copa. Aparté un montón de papeles y me desplomé en el sofá.

—¿Ya se han ido?

La voz de Bobbie me llegó desde el umbral del dormitorio.

Levanté los ojos hacia ella. Llevaba un salto de cama de raso brillante que resaltaba las promesas que había debajo. Asentí en contestación a la pregunta.

—Me he quedado dormida —dijo—. Pero no he dejado de oír el murmullo de las voces. ¿Qué hora es?

Miré el reloj.

—Las tres y veinte.

—Debes de estar muy cansado.

Se sirvió un gin tonic y se sentó frente a mí en un sillón. Saboreó la bebida.

—No tiene sentido —comentó—. No necesitas todo eso solo para construir coches de carreras, ¿no es cierto?

Moví la cabeza negativamente.

—Hay algo más, ¿verdad?

Asentí.

Bobbie dudó durante un momento antes de hablar.

—¿Lo sabe Loren?

—No.

Se quedó callada y se entretuvo dándole sorbos a la bebida.

—¿Estás preocupado?

—¿Por qué?

—Por mí —dijo—. ¿No tienes miedo de que se lo diga a L. H. Tres?

—No.

—¿Por qué no? Prácticamente no me conoces.

—Te conozco lo suficiente —le indiqué. Me levanté y me serví un poco más de whisky canadiense; después me volví hacia ella—. Aunque dé la casualidad de que seas uno de los culos más bonitos del mundo, no por ello dejo de saber también que eres una dama muy honorable.

Se quedó quieta durante un momento y después se pasó la lengua por los labios.

—Te quiero —dijo.

—También lo sé —contesté. Y sonreí.

Me arrojó el vaso a la cabeza; luego nos fuimos a la cama. Esta vez también fue maravilloso.