Betsy

Harold Robbins · Capítulo 32 de 57

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Betsy

Capítulo 3

tres

 

—Solo un mes más y el proceso de divorcio se habrá terminado —dijo Loren III.

Bobbie dejó sobre la mesa la copa del Martini, ya vacía.

—Entonces me dará lo mismo. Si permanezco un mes más aquí, acabaré por perder el juicio. No estoy acostumbrada a que me tengan encerrada como a una prisionera.

—No estás prisionera, cariño —le explicó él con paciencia—. Ya sabes cómo es la gente aquí. Una vez que estemos casados, todo cambiará. Nos iremos a vivir a mi casa y la vida volverá a la normalidad.

—¿Estás seguro? —le preguntó la muchacha con un matiz de sarcasmo en la voz —. Las pocas veces que hemos salido juntos todo Detroit se ha esmerado en hacerme trizas.

—Esas mujeres no son más que unas estúpidas —replicó Loren—. La situación cambiará, créeme. Estoy seguro de ello.

—¡Que se jodan! —exclamó ella, enfadada—. No necesito que me den su puñetera aprobación para nada. —Se levantó del sofá—. Lo único que realmente me hace falta es marcharme de aquí durante algún tiempo.

Loren la miró.

—¿Adónde quieres ir?

—No lo sé. A cualquier parte, con tal de que esté lejos de aquí. —Se acercó al bar y se sirvió otro Martini de la coctelera. Después se dio la vuelta y se quedó mirando a Loren—. Te juro que a este paso terminaré por convertirme en una alcohólica.

—Yo no puedo ausentarme precisamente ahora —dijo él.

—Ya lo sé. —Bobbie se acercó a la ventana y contempló el exterior. Las luces de la fábrica resplandecían en la triste oscuridad de la noche y las chimeneas escupían hacia el cielo llamaradas de color rosáceo—. Fíjate qué panorama —dijo con amargura—. Llevo casi un año mirando esta ventana sin ver un árbol, ni siquiera un poco de césped. Creo que ya se me ha olvidado cómo son las plantas.

Loren se puso en pie y se acercó a la joven. La rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí. Ella apoyó la cabeza en uno de los hombros de L. H. Tres.

—Ya sé que no ha sido nada fácil —la consoló este—, pero ya sabíamos lo que nos esperaba.

—Lo siento —se disculpó Bobbie—. Ya me imagino que para ti tampoco ha sido fácil. Pero al menos a ti el trabajo te mantiene ocupado y te sirve de distracción. Yo no tengo nada que hacer, como no sea volverme loca.

—Mira —dijo Loren—, concédeme unos cuantos días para arreglar algunos asuntos y luego quizá podamos irnos una temporada al Oeste para ver cómo van las cosas por allí y echarles un vistazo a los prototipos. Además, ya va siendo hora de que me acerque por aquella fábrica.

—Me encantaría. No sé por qué, pero tengo la impresión de que el nuevo modelo de coche será algo fantástico.

—Eso espero —comentó él sin demostrar gran entusiasmo.

Bobbie lo miró.

—Es eso lo que te tiene preocupado, ¿verdad?

Él asintió.

—¿Por qué? Todo el mundo parece muy ilusionado con el proyecto.

—Claro —afirmó Loren con severidad—. No es su dinero el que se pone en juego. Si el coche fracasa, es posible que arrastre a toda la compañía en su caída. — Se acercó caminando despacio hasta el bar y cogió la copa—. Si es un éxito, nos irá muy bien de momento, pero dentro de un par de años la GM y la Ford darán los pasos necesarios para hacerse con el control del mercado; así que en realidad lo que estamos haciendo es arriesgar nuestro capital para que ellos saquen provecho.

Se acercó a la muchacha.

—Recuerdo muy bien el año en que se me nombró presidente de la compañía — continuó—. Fue en mil novecientos cincuenta y tres. El mismo año en que la Kaiser-Frazer terminó por rendirse y se hundió del todo. Tenían un buen coche, pero no consiguieron adaptarse a las circunstancias ni al sistema. La competencia y la guerra de Corea, que le cortó las fuentes de suministro, consiguieron barrerlos del mercado. Yo entonces me prometí a mí mismo que nunca me enfrentaría al sistema, que me conformaría con cualquier sector del mercado del automóvil que cayera en nuestras manos y que concentraría mis fuerzas en otros campos de actividad a fin de obtener beneficios. Y no estaba equivocado. Desde entonces no ha habido un solo año en que la compañía no haya obtenido al menos seis millones de dólares de beneficio neto después de pagar los impuestos. Y ahora el fantasma del pasado amenaza con llevarse la empresa volando por los aires.

Aquella era la parrafada más larga que Bobbie le había escuchado desde que se conocían. Se quedó mirándolo, pensativa.

—¿Le has explicado eso alguna vez a Número Uno?

La voz de Loren poseía un matiz de amargura.

—No hay ningún ser viviente a quien mi abuelo esté dispuesto a escuchar. Quizás haga una excepción con Angelo. Y aun así, si este dice precisamente aquello que el viejo quiere escuchar.

—Pero… ¿y tú? —le preguntó la muchacha—. ¿No te atrae la idea de fabricar un modelo nuevo? ¿Un coche que le resulte atractivo a todo el mundo?

Loren la miró.

—Claro que sí. Es el sueño de todos los que estamos metidos en este negocio. Pero también cuando era niño soñaba con ser el primer hombre que pisara la Luna. Y el sueño nunca se convirtió en realidad.

—Entonces, ¿por qué no abandonas el negocio del automóvil?

—Es lo que debería haber hecho. Ahora lo sé con toda seguridad. —Miró el líquido de color ámbar que llenaba la copa—. Pero sabía que si me decidía a hacerlo lo más probable era que mi abuelo se muriera. Los coches son la única razón que le mantiene vivo, es lo único que le importa.

La muchacha se quedó callada durante un momento; luego dejó la copa, le quitó a Loren la suya de la mano y la depositó también sobre la barra.

—Vámonos a la cama —le dijo Bobbie.

 

—El gran problema que se nos ha presentado con el motor de turbina es la falta de aceleración y la poca facilidad con que baja de vueltas —decía Tony Rourke—. Pero creo que finalmente hemos conseguido solventarlo. —Señaló hacia el anteproyecto que se encontraba sobre la mesa de Loren III. Al añadir un rotor activado por una hélice que funcione en sentido contrario al de la transmisión y que se encargue de desviar el empuje de la inercia al mismo tiempo que de reducir la aceleración, hemos logrado crear el mismo efecto de frenado que experimentan los motores tradicionales. También sirve para sujetar el coche y hacer que no se mueva cuando está en punto muerto o rueda a velocidades normales. Y, a la vez, elimina la poca capacidad de aceleración que normalmente experimentan los motores de turbina, de modo que la dicha aceleración se conserva siempre.

Loren lo miró por encima del escritorio.

—¿Lo han sometido a pruebas?

—Por supuesto —repuso Rourke—. Ha estado instalado en todos los prototipos desde diciembre, y hasta ahora ha conseguido un promedio de duración de algo más de treinta mil kilómetros en cada coche.

—Pero es bastante caro —observó Loren. Le dirigió una mirada a Weyman—. ¿Tienes hechos todos los cálculos?

Weyman asintió.

—Si lo fabricamos aquí, y hacemos al menos doscientas mil unidades, encarecerá en ciento treinta y un dólares el coste de cada motor.

Rourke se volvió hacia él.

—¿Has contado con lo que se ahorra por el hecho de no tener que construir una fuente de energía suplementaria para hacer que los accesorios funcionen a baja velocidad?

Weyman asintió.

—Ya lo hemos tenido en cuenta —respondió con aquella voz concisa de contable —. El factor principal son los costos de la mano de obra aquí, en Detroit. De momento ciertos sutiles detalles que lleva implícitos la fabricación de estos rotores hacen que quede fuera del alcance de la mano de obra no cualificada, lo que nos obliga a tenerlos que fabricar con personal especializado.

—No puede ser tan complicado —intervino Rourke—. La Toyo Kogio fabrica rotores y los vende instalados en coches que no son de gran categoría.

—Esa es la gran ventaja que los japoneses tienen sobre nosotros —dijo Weyman —. La mano de obra allí es mucho más barata y manejable.

—Yo podría construirlos a un coste más bajo en la fábrica de la costa —afirmó Rourke—. Lo puedo asegurar. Pero no tiene sentido construir los rotores allí, traerlos aquí para instalarlos en los motores, y luego volverlos a enviar a la costa para realizar allí el ensamblaje final de los automóviles.

—No vale la pena. —Weyman hablaba con convicción—. Al final de todo el proceso de fabricación no habríamos conseguido ahorrar mucho.

—¿Cuánto cuesta fabricar el coche ahora? —preguntó Loren.

—Sin los rotores, novecientos cincuenta y un dólares. Con ellos instalados, la cifra se dispara hasta dos mil cien dólares.

—No acabo de ver bien el motivo —observó Rourke—. Estoy seguro de que a la American Motors no le cuesta más de setecientos dólares fabricar el Gremlin.

—Les cuesta menos —dijo Weyman—. Ese es el precio al que se lo dan a los distribuidores, y ya van incluidos los impuestos federales. Pero eso es el coche desnudo. Sin contar los accesorios que producen el aire acondicionado y la energía suplementaria para el vehículo. Nosotros tenemos que incluir casi setecientos dólares por unidad, lo que hace que el coste del automóvil suba sustancialmente.

—Según eso, el Betsy tendría que venderse a unos dos mil quinientos dólares — indicó Rourke.

—El departamento de ventas ha presentado la cifra de dos mil cuatrocientos noventa y nueve dólares —les informó Loren.

—Parece muy alta comparada con los demás. El Pinto sale por mil novecientos dólares, y el Vega por dos mil cien, por no hablar de los coches importados. Nos llevará a la ruina.

—Ahora ya puedes hacerte una idea de por qué nos oponemos a que el Betsy se fabrique —dijo Weyman.

—No está tan mal —intervino Loren—. Si contamos los accesorios y las distintas opciones de los coches mencionados, podemos añadirle al menos cuatrocientos dólares al precio medio de venta. No estamos tan alejados de esa cifra.

Rourke lo miró.

—Entonces, ¿cree usted que existe alguna posibilidad?

La mirada de Loren denotaba firmeza.

—Las mismas que tiene una bola de nieve en el infierno. De la forma en que están subiendo los costos, no hay nada que hacer. Necesitaríamos un milagro para convencer al público de que pagar más en este caso se traduce realmente por una gran economía a la larga. Nos veríamos obligados a dejar el mercado de coches de tipo medio y volveríamos precisamente al punto en que nos encontramos ahora. La única diferencia sería que nos habríamos quedado sin unos trescientos millones de dólares. —Alargó la mano para coger un cigarrillo y lo encendió—. Mucho me temo que mi abuelo siga aún viviendo en el pasado, en los tiempos en que Henry Ford le demostró al público que las líneas de producción americanas eran capaces de abaratar el coste de cada unidad. Pero desde entonces el resto del mundo se ha puesto a la misma altura, e incluso algunos, como es el caso de Japón y Alemania, nos han superado en lo que se refiere a equipamiento y automatización. Y ellos disfrutan de una ventaja que a nosotros nos está vedada. La mano de obra alemana cuesta solo el sesenta por ciento de lo que cuesta la nuestra, y la japonesa apenas llega al cuarenta por ciento.

Exhaló una bocanada de humo y apagó el cigarrillo en el cenicero que había sobre la mesa.

—De modo que es evidente —continuó— que Angelo ha cometido un gran error. Debería haber construido la fábrica en Japón en lugar de hacerlo en la costa. Esa habría sido la única manera de conseguir que el coche fuese competitivo.

—Pero su abuelo, el señor Hardeman, quería que el coche se construyera en América —le dijo Rourke.

—Ya lo sé —replicó Loren—. Pero no por eso tiene razón. A la gente ya no le importa dónde se fabrican las cosas. Solo le interesa que sean buenas y que tengan un precio asequible.

—Me gustaría tener oportunidad de repasar esas cifras —dijo Rourke—. A lo mejor se me ocurre algo.

—Espero que sea así —observó Loren—. Nos vendría muy bien cualquier cosa que pudiera servir de ayuda.

—No prometo nada —añadió Rourke—. Los muchachos de producción son muy buenos con los números.

—¿Cómo van las cosas por ahí fuera? —preguntó Loren.

—Ahora muy bien —repuso Rourke—. El asunto ese de la semana pasada estuvo a punto de destrozarnos. Pero cuando les demostramos que la Chrysler tiene turbinas a gas circulando por las carreteras desde mil novecientos sesenta y tres, y que la Ford y la GM las están instalando en los camiones, conseguimos que nos levantaran el interdicto. Angelo todavía cree que alguien intenta ponemos la zancadilla.

Loren sonrió.

—Eso no tiene sentido. Las otras compañías saben que les estamos haciendo un favor al meternos tan a fondo en un asunto como este, que entraña graves riesgos. No aventuran ni un centavo de su dinero y siguen ocupándose, como siempre, de recibir las ganancias mientras nosotros somos los que arriesgamos todo.

—Pero hay que admitir que es demasiada coincidencia. Primero el juicio, y a continuación el interdicto.

—Probablemente se trate de algún eufórico caballero andante del lugar deseoso de hacerse un nombre —dijo Weyman.

—Si fuera eso que dices, ¿cómo es que no se ha dado a conocer? —le preguntó Rourke—. Yo llevo allí diez años y tengo bastantes amigos, pero nadie sabe de dónde ha podido salir todo ese feo asunto.

—¿Va a hablar más tarde con Angelo? —le preguntó Loren.

—Sí.

—¿Quiere decirle que reserve una suite de dos dormitorios desde el próximo viernes hasta el martes? Voy a ir allí con mi hija y mi prometida.

Rourke lo miró, extrañado. Estuvo a punto de mencionar que ya había tenido oportunidad de conocer a lady Ayres, pero decidió mantener la boca cerrada.

—Le daré el recado —convino—. Pero si quiere estar cerca de la pista de pruebas, dudo que el único hotel existente en los alrededores, el Starlight, tenga suites.

—Pues que sean tres habitaciones grandes —dijo Loren.

—Me encargaré de ello. —Rourke se puso en pie y alargó la mano—. Gracias por su tiempo, señor Hardeman.

Loren se la estrechó.

—No tiene que darme las gracias. Es posible que en ocasiones no dé esa impresión, pero quiero que tenga siempre presente una cosa: aquí todos formamos parte del mismo equipo.

Rourke le miró a los ojos.

—Nunca lo he puesto en duda, señor Hardeman. —Miró a Weyman—. Si me necesitas, Dan, estaré en el departamento de producción.

—Muy bien. —Dan permaneció sentado en la silla y, cuando la puerta se cerró tras Rourke, comenzó a hablar de nuevo—: ¿Qué te parece, Loren?

—Creo que Angelo lo eligió bien. Rourke es un buen hombre.

—Quiero decir que si crees que conseguirán averiguar quién está detrás de todos esos problemas que se les han planteado.

Loren lo miró fijamente.

—Todo depende de la atención que haya puesto en no dejar pistas el hombre que contrataste.

—Se supone que es muy bueno en su trabajo —le explicó Dan—. Y por la cantidad de dinero que cobra, debería serlo.

—Entonces deja de preocuparte —le animó Loren. Se levantó—. Supongo que ya no podemos hacer nada para impedirlo. Solo vigila que el Betsy no conduzca irremisiblemente por la alegre ruta de la bancarrota.

—Sigues siendo el presidente de la compañía —indicó Dan—. Todavía hay algo que sí puedes hacer, si quieres.

La voz de Loren se tornó fría. Durante un momento habló de la misma forma en que solía hacerlo su abuelo.

—Deja eso en paz.

Weyman se puso en pie. Hizo un gesto de impotencia con las manos.

—Como quieras. Tú eres el jefe. Pero recuerda una cosa. Se nos está acabando el tiempo. Dentro de un par de meses tendremos que decidir si le entregamos a Angelo la fábrica del Sundancer o no.

Loren se quedó mirándole detenidamente.

—¿No estás mezclando un poco las cosas, Dan? La cuestión no estriba en si le entregamos la fábrica del Sundancer a Angelo o no. La cuestión es saber si dejamos de producir el Sundancer y comenzamos con el Betsy.

—Es que es lo mismo —repuso Weyman con suavidad—. Lo que no consigo hacerte entender es que a los ojos de la industria y del público, el hombre que fabrica el coche es quien realmente dirige la compañía. —Se levantó de la silla y se encaminó hacia la puerta. Una vez allí se dio la vuelta y miró a Loren—. Y que considerarán responsable de las pérdidas al presidente de la compañía. Y ese eres tú.