Betsy

Harold Robbins · Capítulo 6 de 57

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Betsy

Capítulo 5

cinco

 

Me despertó el sonido del teléfono. El dolor de cabeza me hizo soltar un gemido. El lugar tan romántico adonde la muchacha me había llevado la noche anterior, era cualquier cosa menos eso. La bebida era infame, el estruendo de la música impedía por completo mantener una conversación y la pista de baile estaba más concurrida que la autopista Edsel Ford en hora punta.

—Perdone, pero el señor Hardeman desea hablar con usted.

Era la voz de Donald la que me llegaba por el auricular.

—En seguida voy.

—Se trata del señor Hardeman nieto —aclaró rápidamente—. Le llama desde Detroit.

Aquello me despertó por completo. ¡Y pensar que Número Uno creía que era posible mantener las cosas en secreto! Me pregunté quién le habría dado la noticia a Número Tres, si Donald o la secretaria.

—Está bien —le dije.

Al cabo de un instante se oyó una voz de mujer.

—¿El señor Perino?

—Sí.

—Un momento, por favor. Le pongo con el señor Hardeman.

Miré el reloj; eran las ocho y media. En Detroit era una hora más temprano, y sin embargo aquel hombre ya estaba en la oficina.

—¡Angelo! —La voz sonaba amistosa—. ¡Cuánto tiempo!

—Sí, en efecto —le respondí.

—Me alegro mucho de que hayas ido a visitar a mi abuelo. Número Uno siempre te ha tenido en gran estima.

—Yo a él también.

—A veces pienso que pasa demasiado tiempo solo en esa casa tan grande. —La preocupación se le hizo patente en la voz—. ¿Qué impresión te ha producido?

—Lo he encontrado tan pendenciero como siempre —le informé—. No ha cambiado nada desde que lo conocí hace treinta años.

—Me satisface oírte decir eso. A nosotros nos han llegado muchos rumores.

—¿Qué tipo de rumores?

—Lo normal en estos casos, ya sabes. El viejo tiene muchos años.

—No hay por qué preocuparse —le tranquilicé—. Sigue de una pieza.

—Me quitas un peso de encima. He intentado ir a verle, pero ya sabes cómo es este negocio. Siempre hay problemas que resolver.

—Lo entiendo.

—He oído comentar que te retiras de las carreras —me dijo.

—Ese es el motivo de que Número Uno haya querido hablar conmigo.

—Escucha —continuó—. Si has pensado en asentar la cabeza, ven a hablar conmigo. Aquí siempre habrá un sitio para ti.

Sonreí para mis adentros. De forma sutil, aunque eficaz, me estaba recordando quién mandaba.

—Gracias —repuse.

—De nada. Misión cumplida. Hasta la vista.

—Adiós.

Colgué el teléfono y alcancé un cigarrillo. En aquel momento llamaron a la puerta.

—¡Adelante! —grité.

La puerta se abrió dando paso a Número Uno, que empujaba él mismo la silla de ruedas. Detrás entró Donald con una bandeja en las manos. La dejó sobre la cama y la destapó. Había en ella zumo de naranja, café y tostadas.

—¿Cómo prefiere los huevos, señor? —me preguntó.

—No me apetecen, gracias. Con esto tengo suficiente.

Hizo un saludo con la cabeza y salió de la habitación.

Número Uno hizo rodar la silla hasta situarla al lado de la cama. Cogí la taza de café y di un sorbo. Era reconfortante.

—¿Qué tal?

—Es muy bueno —respondí.

—Ya sé que el café es bueno —afirmó algo irritado—. ¿Qué te ha dicho mi nieto?

Bebí otro sorbo de café.

—Me ha dicho que se alegraba mucho de que yo estuviera aquí y que, si realmente pensaba dejar las carreras, fuera a verle para hablar de un empleo.

—¿Qué más te ha dicho?

—Que pensaba que usted se halla muy solo y que estaba bastante preocupado por su salud.

—¿Y qué le has respondido?

—Le he explicado que a usted le falta un tornillo y que le ronda por la cabeza la idea de fabricar un nuevo coche.

Dio la impresión de que fuera a enfadarse, pero repentinamente se echó a reír. Yo seguí su ejemplo y disfrutamos como dos chicos que le hubieran gastado una broma al maestro.

—Casi preferiría que se lo hubieses dicho de verdad —comentó—; aunque solo fuera para ver qué cara ponía.

—Cara de asco, seguro —apunté.

Número Uno dejó de sonreír.

—¿Y tú qué piensas?

—¿De qué?

—De mí. —Hablaba lenta y cautelosamente, como si en realidad no deseara una respuesta—. ¿Crees que lo que pretendo es el sueño de un viejo loco?

Lo miré a los ojos.

—Si es así, el mundo entero está loco. Y en este negocio las cosas funcionan de esa forma. Todos sueñan con un coche mejor.

—No he dormido bien. Me he pasado la noche pensando en lo que te dije ayer. No va a ser nada fácil.

No contesté. Me limité a beber un poco de café.

—Costará mucho dinero —continuó—. GM va a invertir por lo menos trescientos millones de dólares en el nuevo coche, un compacto. La Ford piensa gastarse menos porque quiere diseñar de nuevo el modelo que fabrican en Gran Bretaña para poder venderlo en América; los motores serán de importación, británicos y alemanes. Y aun así el asunto les va a costar cerca de doscientos millones de dólares. —Me miró—. Supongo que, como poco, esa es la cifra que nos hace falta.

—¿Puede la Bethlehem disponer de tal cantidad de dinero?

—Aunque puedan —me contestó—, nunca conseguiré que mi nieto esté de acuerdo conmigo. Y tiene al consejo de dirección metido en el bolsillo.

Permanecimos en silencio durante un buen rato. Me serví más café.

Por fin el viejo lanzó un profundo suspiro y comenzó a hablar.

—Quizá fuera mejor olvidarse del asunto. Puede que realmente no sea más que el sueño de un viejo loco.

Tuve la impresión de que aquel hombre se encogía ante mis ojos. Creo que no fue hasta aquel momento cuando comprendí la confianza que había depositado en mí.

—Hay una forma de hacerlo —le dije.

Me dirigió una mirada llena de interés.

—No será agradable —continué—, y ellos lucharán por cada centímetro de terreno.

—Eso es lo que he hecho toda la vida —comentó.

—Significa tener que quitar de en medio a los de Detroit.

—No te entiendo.

—Darle la vuelta a la situación. Deshacernos de la compañía de electrodomésticos, venderla. Usted me dijo ayer que produce casi cuarenta millones netos al año. Si la vende, puede conseguir al menos diez veces esa cantidad. Cuatrocientos millones. Y el ochenta por ciento que le corresponde a usted serían trescientos veinte millones.

—Controlo el ochenta por ciento de los votos —me aclaró—, pero solo poseo el cuarenta y uno por ciento de las acciones; el otro treinta y nueve por ciento es de la Fundación Hardeman.

—El cuarenta y uno por ciento significa ciento sesenta y cuatro millones. No debe de ser muy difícil conseguir el resto. Después tendría usted que trasladar la división de automóviles.

—¿Adónde?

—A California o al Estado de Washington. Allí gozan de las facilidades que le han concedido a la industria aeroespacial, y esta se va a ir al garete con los recortes que sufrirá el presupuesto en los años venideros. Intentarán seguir disfrutando de esos mismos beneficios y aplicarlos a la industria del automóvil. Tienen todo lo necesario para hacerlo.

Me miró en silencio.

—Puede que funcione —dijo al fin.

—Estoy seguro de que funcionará —afirmé en tono confidencial.

—¿Crees que habrá alguien dispuesto a comprar la compañía de electrodomésticos?

—Sé de varias compañías a las que les interesaría, pero con ellas usted únicamente sacará en limpio muchos papeles y poco dinero. Solo hay una forma de hacerlo: venderla al público en acciones. Y quizá fuera conveniente vender al mismo tiempo una parte de la compañía automovilística para conseguir el resto del dinero que nos hace falta.

—Eso significa ir a Wall Street —observó.

Asentí con un movimiento de cabeza.

—Nunca he confiado en ellos —añadió el viejo—. No hablamos el mismo lenguaje.

—Para eso me tiene a mí. Yo iré allí por usted.

Me escrutó con la mirada durante un rato. Después, poco a poco, empezó a sonreír.

—No sé por qué me preocupo —dijo—. Comencé en esto siendo pobre. Y suceda lo que suceda, nunca acabaré tan pobre como al principio.

Dio la vuelta con la silla y, haciéndola rodar con las manos, se dirigió hacia la puerta. Me apresuré a saltar de la cama para abrírsela.

Levantó la mirada hacia mí.

—Me pregunto cómo se habrá enterado mi nieto de que estás aquí.

—No lo sé, —contesté—. En esta casa hay muchas personas.

—Esa chica con la que saliste anoche, ¿de dónde la has sacado?

—De la agencia Hertz, alquiler de chicas —bromeé.

—Estás más loco que yo —afirmó. Y se dirigió con la silla hacia el recibidor.