Betsy
Capítulo 16
dieciséis
—Tenemos problemas —dijo Angelo—. Graves problemas.
—¿Qué ocurre ahora? —le preguntó Rourke.
Duncan sonrió tristemente.
—He pasado cuarenta y cinco años de mi vida en este negocio y siempre he tenido problemas.
—No como los de ahora —les explicó Angelo con gravedad. Se puso en pie y comenzó a pasear de un lado a otro del salón. Se detuvo y miró hacia afuera a través de las ventanas del hotel Pontchartrain. En la acera de enfrente el entoldado del Cobo Hall anunciaba los eventos venideros. La próxima gran atracción era un congreso de fabricantes de sujetadores. La ridiculez de aquello le hizo sonreír para sus adentros. Los participantes tendrían que celebrar un baile. En lo único en que debían pensar era en tetas.
Se volvió hacia los demás.
—No os habría hecho venir a los dos desde la costa si no estuviera realmente preocupado.
Los otros asintieron y prestaron atención en silencio.
—La semana pasada Bancroft me comunicó que estábamos empezando a perder distribuidores y que teníamos grandes posibilidades de quedarnos sin la red si dejábamos de fabricar el Sundancer. —Los otros hicieron ademán de interrumpirle, pero él los contuvo con un gesto de la mano—. Lo hemos constatado. Se trata de nuevo de nuestro amigo Simpson y de la IASO. Han montado toda una campaña en contra nuestra, y ahora ya nos llevan tanta delantera que es demasiado tarde para poder impedírselo.
—¿Qué tiene ese tipo contra nosotros? —preguntó Duncan—. Nunca le hemos hecho nada.
—No sé —dijo Angelo—. Es lo que estoy tratando de averiguar. El dinero le tiene que venir de algún sitio. Él no dispone de medios suficientes para llevar a cabo una campaña de esta envergadura por su propia cuenta.
Permaneció en silencio mientras se acercaba y se llenaba el vaso de nuevo. Los miró desde allí. Los demás hicieron un gesto afirmativo y él se puso a preparar otra ronda de bebidas. Les acercó los vasos y se dejó caer en un sillón frente a ellos.
—¿Qué va a pasar? —preguntó Tony.
—Cualquiera sabe —replicó Angelo—. Mi opinión personal es que en la reunión del próximo viernes el consejo echará atrás el programa del Betsy y votará a favor de que se mantenga la producción del Sundancer. Sin embargo, esa no es la cuestión. Hay que considerar una cuantiosa pérdida material o la pérdida de la compañía entera.
—Hablas como si ya no tuviese remedio —comentó el escocés en tono severo.
—Casi —respondió Angelo—. Tengo varias ideas. Pero no sé hasta qué punto son prácticas.
—Intenta explicárnoslas —dijo Rourke.
Angelo lo miró.
—¿Qué posibilidades hay de construir el motor del Big Betsy en la planta de la costa en lugar del Betsy Mini?
—Ninguna —repuso llanamente Rourke—. Tardaríamos un año en cambiar la maquinaria, y aun así solo dispondríamos de capacidad para unas cincuenta mil unidades al año como máximo.
—¿Cuántos Minis tenías pensado fabricar al año?
—Cien mil.
Angelo se puso a pensar detenidamente en ello. El Betsy Mini era la respuesta de la compañía ante los subcompactos como el Volks, el Pinto, el Vega y el Gremlin. Era un coche de línea sencilla, muy parecido a los Minis británicos que con tanto éxito había copiado el Honda japonés, pero con más potencia, mayor rendimiento y un precio de venta, mil ochocientos ochenta dólares, muy competitivo.
—¿Y cuántos Silver Sprite?
—De siete a diez mil —respondió Rourke.
El Betsy Silver Sprite era el deportivo de la gama, muy parecido a lo que el Corvette representaba para la Chevrolet. Era el único de la gama en el que se había suprimido todo aquello que no fuera en función de un alto rendimiento. Tenía el eje, la suspensión, la dirección y el chasis reforzados. El velocímetro marcaba hasta trescientos kilómetros por hora, pero en las pruebas realizadas habían conseguido ponerlo a cuatrocientos.
Angelo alargó la mano y cogió un cigarrillo.
—¿Cuándo podéis empezar la producción?
Rourke y Duncan se miraron. Fue este último quien al final respondió:
—Si nos dieran ahora el visto bueno, podríamos comenzar a sacar coches de la línea de montaje en noviembre.
—¿Y no puede ser antes?
Duncan movió la cabeza negativamente.
—Y eso es haciendo un esfuerzo, muchacho. Tendremos mucha suerte si lo conseguimos.
Angelo se quedó en silencio. Todavía quedaba el Betsy JetStar, el principal pilar de toda la gama. Había dos modelos básicos, el menor de los cuales equivalía al Nova o al Mevrick, y otro que era ligeramente superior al Chevelkle y al Torino, aunque se moviera en la misma categoría de precios. Precisamente para aquel coche necesitaban la cadena del Sundancer. Era la única planta de que disponían capaz de fabricar doscientas mil unidades al año e incluso más.
Dejó el vaso sobre la mesa.
—Solo nos queda una elección: construir los motores en el extranjero.
—A Número Uno no le gustará —comentó Duncan—. Deseaba un coche que fuera enteramente americano.
—Si quiere sacarlo al mercado, no le quedará más remedio que estar de acuerdo —dijo Angelo—. Tiene que darse cuenta de que no se puede vender un coche de forma adecuada si falla la red de distribuidores.
—Ya es demasiado tarde para edificar en otro lugar una planta que tenga la capacidad que nos hace falta —dijo Rourke.
—Nos quedan dos posibilidades —dijo Angelo—. Matsuoka, en Japón, y Waggoner Fabrik, en Alemania Federal. Ambas tienen la capacidad requerida y han puesto de manifiesto su interés en comprarnos la patente del motor para su propio uso.
—Si les cedemos la patente —opinó Duncan—, le estaremos dando facilidades a la competencia.
—Pero si el coche es un éxito, eso es algo imposible de evitar —dijo Angelo—. Mira lo que pasó con el Wankel. GM conserva los derechos, pero la Toyo Kogio ya tiene su propia versión en el mercado. —Apagó el cigarrillo en el cenicero y encendió otro—. Incluso podría suponerse una ventaja. Si están lo bastante ansiosos, siempre existe la posibilidad de formar sociedad con ellos.
Rourke asintió.
—Eso podría significar mucho dinero para nosotros.
—Olvídate de la parte económica en este asunto —le indicó Angelo—. Lo importante del negocio es que pueden garantizarnos la entrega de un mínimo de ciento cincuenta mil motores el año que viene.
—No va a ser nada fácil —dijo Rourke—. Esos tipos son muy buenos negociantes. Olfatearán que estamos pasando por algunos problemas.
—Es cosa tuya convencerles de que no es así —dijo Angelo. Se levantó—. Tony, tú encárgate de la empresa del Japón. Duncan, tú habla con los alemanes.
—Muy bien —asintió Rourke—. ¿Cuándo nos vamos?
—Ahora mismo —contestó Angelo.
Duncan se puso en pie.
—Me estoy haciendo demasiado viejo para correr de esa forma de un lado a otro —refunfuñó.
Angelo le dirigió una sonrisa bonachona.
—Sabes muy bien que te encanta. Todas esas grandes frauleins rubias siempre son una atracción.
—Muchacho, a mi edad lo único que puedo hacer es mirar —dijo el escocés—. Y si no llevo puestas las gafas, ni siquiera eso me sirve de mucho.
Angelo se echó a reír.
—Te las arreglarás perfectamente.
Duncan lo miró.
—¿Y el Mini y el Silver Sprite? ¿Quieres que nos ocupemos también de ellos?
—Todavía no —le indicó Angelo—. Eso tendrá que aguardar hasta después de la reunión del consejo que se celebrará el viernes. La decisión ha de salir de allí.
La sala de reuniones se hallaba llena de humo y tensión. John Bancroft había dado su informe sencillamente y sin dramatismos. Pero el resultado final era evidente para todo el mundo. Sin la red completa de distribuidores, el Betsy no tendría la más mínima oportunidad.
Angelo interrumpió el revuelo de fútiles conversaciones.
—Nos ocuparemos del problema de Simpson en otra ocasión. No es un asunto que requiera una atención inmediata. Lo importante es saber cómo podremos hacer las dos cosas, sacar el Betsy al mercado y, al mismo tiempo, continuar enviando el Sundancer a los distribuidores a fin de que se queden satisfechos.
Se hizo el silencio alrededor de la mesa mientras los presentes se daban la vuelta para mirarle.
—Todos reconocemos que si no podemos disponer de la planta del Sundancer no hay forma de fabricar el Betsy JetStar en cantidades suficientes como para hacer que la aventura resulte provechosa y práctica. Sin embargo, hay ciertas soluciones que podríamos intentar. Las están investigando en este mismo momento. Tony Rourke está en Japón hablando con la Matsuoka Heavy Industries y John Duncan se encuentra en Alemania Federal hablando con la Waggoner Fabrik sobre la posibilidad de que ellos fabriquen el motor del JetStar para nosotros. Si podemos llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes, será posible producir el JetStar en las líneas de ensamblaje tercera y cuarta de la planta del Sundancer. Significaría una inversión adicional poner de nuevo esas líneas en condiciones operativas, pues no se han utilizado durante muchos años, pero creo que será una inversión razonable teniendo en cuenta el coste del programa completo.
Se quedó callado durante un momento y después, mientras un murmullo de aprobación se extendía alrededor de la mesa, continuó hablando.
—Por supuesto, todos ustedes se dan cuenta, caballeros, de que no nos queda otra elección, creo, más que retrasar y considerar de nuevo todo el proyecto Betsy.
—¡No, maldita sea! —exclamó Número Uno mientras golpeaba la mesa con el puño—. ¡No quiero tomar parte en esto! El Betsy es un coche americano y debe construirse aquí. Por completo. ¡No deseo ir arrastrándome hasta esos malditos extranjeros para que nos ayuden a hacer lo que nosotros tenemos que enseñarles!
En contraste con la vehemencia de Número Uno, la voz de Loren III era tranquila, casi indiferente.
—No te estás mostrando muy razonable, abuelo. Creo que Angelo nos ha explicado la situación de forma clara e imparcial. La única elección que nos queda es seguir precisamente por el camino que ha indicado.
—¡Esos jodidos extranjeros no tendrán nada que ver con este coche mientras yo viva! —estalló Número Uno—. Se trata de mi compañía y de mi dinero, y yo diré lo que ha de hacerse con ellos.
Loren miró fijamente a su abuelo.
—Ya no te está permitido tomar ese tipo de decisiones —dijo tranquila, casi pacientemente—. Los tiempos en que un hombre podía dirigir una compañía a su antojo y dictar una política de vida o muerte, ya han pasado. Las personas como tú, Henry Ford y Walter Chrysler pertenecen a otra época. No se puede tomar una decisión de esta envergadura basándose solamente en tu propia equidad y tu egoísta vanidad. Hay tres mil empleados en esta compañía, muchos de los cuales han dedicado por completo su vida a ella, y no tienes derecho a jugar a la ruleta rusa con su bienestar y su futuro. Ellos han trabajado tanto como tú por esta compañía y merecen que se les tengan las mismas consideraciones que tú esperas. No tenemos otra elección que continuar adelante con el Sundancer.
—¡Maldita sea! ¡No! —rugió Número Uno. Levantó los brazos ante los demás. Rápidamente se subió las mangas de la chaqueta y dejó al descubierto los puños de la camisa. De un tirón se quitó los gemelos y se los mostró a los demás sosteniéndolos en la mano. Eran de oro y refulgían en la palma.
—¡Mira esos gemelos! —ordenó con voz enojada—. Es el modelo del primer Sundancer que fabriqué hace cincuenta años. ¡Hablas de vivir en el pasado y lo que quieres hacer es pegarte aún más a él!
Hizo un movimiento violento con el brazo y lanzó lejos los gemelos, que se estrellaron con fuerza contra las ventanas. El frágil cristal produjo un sonido tintineante al romperse y los gemelos fueron a parar al exterior.
Se volvió hacia la habitación, ahora silenciosa. Tenía la voz tranquila y serena.
—El Sundancer ha muerto, caballeros. La reunión ha terminado.
Comenzaron a salir en silencio de la habitación hasta que solo quedaron en ella Angelo, Loren III y Número Uno. Poco después Loren III se levantó.
Bajó la mirada hacia Número Uno.
—Sabes que no consentiré que sigas adelante con esto. Puedes tratar sin ninguna clase de miramientos a los demás, pero no a mí. Voy a luchar contra ti con todas mis fuerzas.
Número Uno sonrió.
—Hazlo —le dijo con voz casi amable—. Pero no vengas llorando a mí cuando la mierda te salpique.
—No tengo intención de perder —dijo Loren III. Ahora la voz le sonaba exactamente igual que la de su abuelo—. Alguien tiene que asumir las responsabilidades que esta compañía ha contraído con sus empleados a lo largo de todos estos años. Y además hay una cosa que al parecer has olvidado.
Número Uno no pronunció palabra.
—De acuerdo con la ley, los pequeños accionistas disfrutan de ciertos privilegios.
Mi hermana y yo poseemos el veinte por ciento de la Bethlehem Motors. Y Anne me ha dado un poder sobre su paquete de acciones. Ninguno de nosotros está dispuesto a permitir que destruyas la compañía.
—Y yo poseo el ochenta por ciento —dijo Número Uno.
—No —le corrigió Loren con calma—. Tienes el ochenta por ciento de los votos, pero solo eres propietario del cuarenta y uno por ciento. Hay una gran diferencia.
Y, dándose la vuelta, abandonó la habitación.
Número Uno contempló cómo la puerta se cerraba detrás de su nieto y después se volvió hacia Angelo.
—Este muchacho está empezando a demostrar alguna iniciativa —dijo casi con respeto.
Angelo estudió en silencio a aquel hombre durante un momento antes de hablar.
—En cierto modo, no le falta razón. Usted está entrando en una doble curva a cuatrocientos kilómetros por hora.
Número Uno clavó la mirada en Angelo.
—¿De qué lado te encuentras tú, diablos?
Angelo no contestó. El teléfono de la mesa situada frente a él comenzó a sonar. Lo cogió.
—Una llamada personal para usted desde las Bahamas, señor Perino —le dijo la telefonista.
Él se sintió desconcertado.
—¿Quién llama?
Se oyó un sonido en la línea, después un momento de silencio y de nuevo la voz de la telefonista.
—La señorita Elizabeth Hardeman.
Angelo miró rápidamente a Número Uno.
—Póngame —le indicó a la telefonista.
—¿Angelo?
La voz de Betsy le llegó a través de la línea.
—Sí. —Había un débil zumbido en los cables, semejante al sonido de las olas al romper, que se oía por encima de la muchacha.
—Angelo. —El tono era forzado y tenso, como si hubiera estado llorando—. Esta es la última vez que voy a pedírtelo. ¿Quieres casarte conmigo?
Él intentó hacer un chiste.
—¿Cuándo?
—No bromees, Angelo —le cortó ella rápidamente—. Ahora, quiero decir. En este preciso instante. Esta será la última vez que te lo pregunte.
Él intentó seguir sin concederle mayor importancia al asunto.
—Ya se lo dije, señorita Elizabeth. No soy de los que se casan.
La línea quedó repentinamente muerta. Lentamente, Angelo colgó el auricular. La voz de la muchacha había sonado en un tono frenético, como si estuviera fuera de sí. Miró a Número Uno, sentado al otro lado de la mesa.
—Era Betsy —le dijo con voz preocupada—. Creí que estaba en Francia. ¿Qué demonios hace en las Bahamas?
Número Uno le dirigió una extraña mirada.
—¿No lo sabes? —le preguntó—. Salió en los periódicos.
—No he leído ningún periódico durante semanas —dijo Angelo, aún aturdido.
—Es algo bastante malo —le comunicó Número Uno lentamente, con un matiz de tristeza en la voz—. Mi bisnieta se va a casar allí esta misma noche.
Luego hizo rodar la silla hacia la puerta. La abrió y se volvió para mirar a Angelo, todavía sentado ante la mesa.
—Te veré mañana.
Angelo encendió un cigarrillo mientras la puerta se cerraba y se quedó allí sentado en medio de la desierta habitación. No fue hasta que el cigarrillo, consumido, estuvo a punto de quemarle los dedos, que se decidió a dejarlo en un cenicero y a marcharse.
Salió del edificio y caminó bajo los dorados rayos de sol que se abrían paso a duras penas a través de la niebla de Detroit. Levantó la mirada hacia el edificio situado a sus espaldas. La cristalera rota de la sala de reuniones parecía mirarle solo con un ojo.
Obedeciendo a un súbito impulso, abandonó el sendero y se metió en el césped bajo la ventana, buscando a su alrededor por el suelo. Encontró un gemelo casi de inmediato, precisamente bajo la ventana y entre algunos trozos de cristal. Tardó casi quince minutos en localizar el segundo, que se hallaba oculto tras un arbusto. Lo cogió y regresó de nuevo al camino de cemento.
Observó los gemelos que sostenía en la mano. El sol ponía de manifiesto los exquisitos detalles del artístico diseño. La pequeña copia del Sundancer era tan real que solo hacía falta un poco de imaginación para verle cobrar vida y alejarse rugiendo en medio de la tarde.
Apretó los gemelos en la mano con tanta fuerza, que casi se corta la palma. Lentamente se alejó por el sendero en dirección al coche.