Betsy
Capítulo 8
ocho
Sally se despertó unos minutos antes de las dos, hora a la que al niño le correspondía una toma. Loren dormía boca abajo, con un brazo cruzado sobre la almohada para protegerse los ojos de la luz que difundía la lámpara de la mesita de noche, las piernas extendidas a lo largo de la cama y los pies sobresaliendo por abajo en una incómoda postura. Visto de cerca no parecía tan peludo como ella se pensaba; tenía el cuerpo cubierto de un vello fino y suave de color cobrizo a través del cual se apreciaba la blancura de la piel.
Poniendo atención para no despertarle, la muchacha bajó de la cama. El movimiento la hizo consciente de su propio cuerpo. Notaba cada célula llena a rebosar, viva, rica y completa. «De manera que es así», pensó maravillada.
Se puso un albornoz cuidando de no hacer ruido y entró en la habitación del niño cerrando la puerta tras sí. Se inclinó sobre la cuna y contempló al bebé, que dormía. Por primera vez todo empezaba a cobrar sentido para ella. Su hijo ya no era solo un bebé. Era un niño, un varón, y algún día sería grande y fuerte, capaz de satisfacer a una mujer de la misma forma que la habían satisfecho a ella.
Se palpó los pechos, que empezaban a dolerle; luego se acercó a la cómoda y cogió el biberón templado que se hallaba dispuesto en un termo. Comprobó la temperatura con el dorso de la mano. Era la adecuada. Sacó al niño de la cuna, se sentó en una silla y le puso entre los labios la tetilla de goma.
El bebé comenzó a chupar y a continuación escupió. Se echó a llorar en señal de protesta.
—Shh —musitó ella dulcemente al tiempo que le volvía a poner el biberón en la boca—. Tienes que irte acostumbrando.
El pequeño pareció entenderla, porque comenzó a succionar del biberón con avidez. Sally se inclinó y le dio un beso en la cara, que se le había llenado de sudor.
—Hombre niño —susurró en voz baja. Nunca antes había sentido por el pequeño un amor tan intenso como el que sentía en aquel momento.
Oyó que la puerta se abría a sus espaldas; levantó la vista y distinguió a Loren, que estaba de pie mirándolos. Se encontraba desnudo. La luz amarilla le producía reflejos leonados y el fuerte olor masculino que emanaba penetró por las fosas nasales de la muchacha.
—¿Cómo es que le das biberón? —le preguntó Loren al cabo de un rato.
—Tú no has dejado nada —replicó Sally sencillamente.
Su suegro no hizo ningún comentario.
—No tiene importancia —añadió ella—. De todos modos ya está en período de destete.
Loren no habló. Se limitó a hacer un gesto de asentimiento y a continuación regresó al dormitorio. La muchacha miró al bebé. Ya se había tomado medio biberón; era el momento de hacerle eructar.
Cuando regresó a la habitación se encontró a Loren sentado en el borde de la cama fumando un cigarrillo. Le dirigió una mirada inquisitiva a Sally mientras esta cerraba la puerta.
—Se ha quedado dormido en seguida —dijo la muchacha.
—Se da muy buena vida —comentó su suegro sonriendo—. No tiene que hacer nada más que comer y dormir. —Se puso en pie—. Ya es hora de que me vaya.
—No.
Loren la miró.
—Ya hemos hecho bastantes locuras —indicó él al cabo de un momento—. Lo que debo hacer es marcharme de aquí y asegurarme de que esto no vuelva a suceder.
—Quiero que te quedes.
—Estás más loca que yo.
—No, no estoy loca —dijo Sally con firmeza—. ¿Crees que puedo dejarte marchar ahora que me has enseñado lo que es ser realmente una mujer? Por fin he descubierto lo que es sentirse de verdad amada.
—Querrás decir jodida —le aclaró él llanamente—. No es lo mismo.
—Puede que para ti no lo sea —dijo Sally—, pero para mí sí. Yo te amo.
—¿Solo necesitas un buen polvo para enamorarte? —le preguntó Loren con sarcasmo.
—¿Y acaso no es una buena razón para hacerlo? —inquirió ella—. Podría haberme pasado la vida entera sin saber lo que soy realmente capaz de sentir.
Loren permaneció callado.
—Mira —dijo ella atropelladamente, con palabras que le salían a trompicones de los labios—. Ya sé que después de esta noche todo habrá acabado. Y que nunca volverá a suceder. Pero todavía no es mañana, y no quiero desperdiciar ni un solo minuto de esta noche.
Él notó cierta agitación en las ingles y supo, por la expresión que se reflejaba en los ojos de la muchacha, que esta se había dado cuenta. Sintió una ira repentina por traicionarse a sí mismo.
—No puedo quedarme en esta habitación —dijo Loren con voz ronca—. Los criados…
—Pues quédate en la habitación de Junior —le indicó Sally—. Es la que está al otro lado de la puerta de comunicación.
Él empezó a recoger la ropa.
—¿Y qué piensas decirles?
—La verdad —repuso la muchacha, sonriendo—. Que se te hizo demasiado tarde para volver a tu casa conduciendo de noche. Al fin y al cabo, ¿qué quieres que digan? Tú sigues siendo mi suegro, ¿no? —Levantó los ojos hacia Loren—. Solo hay una cosa que me molesta. No sé cómo llamarte. Papá Hardeman suena un poco ridículo en estas circunstancias.
—Llámame Loren —le sugirió él—. No te resultará muy difícil. —Fue detrás de ella hasta la habitación contigua—. ¿Desde cuándo tenéis habitaciones separadas? — le preguntó.
—Desde el primer momento —repuso Sally. Alargó una mano para coger la ropa que su suegro llevaba colocada sobre el brazo—. Deja que te cuelgue estas cosas o mañana no estarán en condiciones de ponértelas.
Loren observó cómo la muchacha colocaba pulcramente el traje en un galán de noche.
—Creí que dormíais en la misma habitación.
—Nunca —le indicó ella—. Junior explicó que solía dormir muy poco. Y, además, que su madre y tú también teníais habitaciones separadas.
—Solo desde que se puso enferma —le aclaró Loren—. Durante los primeros veinte años de matrimonio dormíamos juntos.
—No lo sabía —dijo la muchacha mientras cogía la camisa y la colgaba en una percha.
—Sois demasiado jóvenes para dormir en habitaciones separadas —afirmó su suegro. La miró con perspicacia—. Ya sé que a ti no te pasa nada. ¿Qué le ocurre a Loren?
—No lo sé —repuso Sally mirándole a los ojos—. Es diferente. No es como tú.
—¿Qué quieres decir?
—Que no parece demostrar un excesivo interés por mí. —Se quedó callada durante un momento, dubitativa—. Ahora que lo pienso, solo hacemos el amor cuando yo se lo insinúo. Incluso la noche de bodas, en que yo estaba tan ansiosa que me tumbé desnuda en la cama, me preguntó si no me encontraba demasiado cansada.
—Nunca ha sido un chico muy fuerte —dijo Loren, un poco incómodo—. Es más bien delicado. Su madre solía preocuparse mucho por él. Hasta hubo ocasiones en las que pensé que se preocupaba demasiado. Pero Elizabeth era así. Junior era su único hijo, y ella sabía que nunca tendría otro.
—A mí me gustaría darte un hijo —dijo Sally.
—Ya lo has hecho. Me has dado un nieto.
La muchacha movió la cabeza de un lado a otro.
—No. Uno tuyo. Tú eres un hombre que debería haber tenido muchos hijos.
—Ya es demasiado tarde para eso.
—¿Tú crees, Loren? —le preguntó Sally mientras se aproximaba a él—. ¿Es demasiado tarde?
Su suegro la miró sin decir nada.
—Nunca me has besado —continuó Sally.
Loren le puso las manos bajo los hombros y la alzó hacia él. La muchacha notó que los pulgares de aquel hombre se le adentraban en las axilas. Las poderosas manos le apretaron la espalda y le estrujaron los pechos contra él. La boca de Loren se apoderó con fuerza de los labios de la muchacha, que notó que un líquido ardiente como el fuego le empapaba las ingles.
Apartó la boca y apoyó la cabeza en el pecho de aquel hombre. Cerró los ojos y le acarició un hombro con los labios. Él a duras penas consiguió oírla mientras susurraba:
—Oh, Dios. Confío en que esta noche no se termine nunca.
Su suegro la abrazó tranquila y poderosamente. Porque de lo único que ambos estaban seguros era de que ya faltaban pocas horas para la mañana.
—¿Un poco más de café, señor Hardeman?
Loren asintió. Miró a Sally, que estaba sentada frente a él a la mesa, y esperó a que el impasible mayordomo se llevara la taza y abandonara la habitación.
—No te has tomado el desayuno.
—No tengo hambre —repuso la muchacha—. Y, además, aún necesito perder ocho kilos para situarme en el mismo peso que tenía antes de quedar embarazada.
Él levantó la taza y dio un sorbo de aquel café tan cargado. Recordó el aspecto que la muchacha tenía a las seis de la mañana.
Se había despertado al notar que ella se levantaba de la cama para darle al niño la toma de la mañana, pero deliberadamente mantuvo los ojos cerrados a fin de que Sally pensara que seguía durmiendo. Notó que ella lo miraba de pie al lado de la cama. Poco después se apartó y Loren la observó a hurtadillas a través de los párpados semicerrados.
Sally se hallaba desnuda y a la temprana luz grisácea de la mañana él distinguió las magulladuras azules que, en momentos de pasión, había producido en aquella blanca piel. Aparentemente la muchacha daba vueltas por la habitación sin ningún propósito definido. Se detuvo ante el tocador y Loren pudo observarla a la vez por delante y por detrás a causa del espejo. Pero Sally no se miró en él, sino que cogió el pesado reloj de bolsillo de su suegro y lo observó durante unos momentos; después lo dejó y tomó los gemelos de oro, que tenían la forma del primer Sundancer que él había construido. Los estuvo contemplando un buen rato. Luego los dejó en su sitio, se dio la vuelta y miró a su suegro, que se apresuró a cerrar los ojos.
La oyó moverse de nuevo por la habitación y a continuación percibió el ruido de la puerta al cerrarse. Al cabo de unos instantes le llegó el débil sonido del agua a través de la pared del cuarto de baño. Se colocó de espaldas sobre el lecho y abrió los ojos.
Se hallaba en la cama de su hijo, en la habitación de su hijo y con el olor de la mujer de su hijo todavía fresco en la almohada. Dejó vagar la mirada por la habitación. Todo en ella reflejaba el amor de Junior por los muebles antiguos. La cómoda y el espejo, las sillas, incluso el delicado escritorio Duncan Phyfe que se encontraba delante de la ventana. Todo era de su hijo.
Un peculiar pesar se apoderó de él. Elizabeth le había hecho ver muchas veces que su vida no era más que una sucesión de fracasos en todo lo concerniente a su hijo. Que nunca había tenido en cuenta las diferencias existentes entre él y Junior y que, aunque lo intentara con todas sus fuerzas, no podría hacer a su hijo a su propia imagen.
Cerró los ojos desmayadamente. Si todo aquello eran fallos, ¿qué era esto? ¿Otro fracaso? ¿Una traición? O, lo que era aún peor, ¿una usurpación final de la vida y la morada de su hijo? Se dejó llevar por el sueño.
Cuando abrió los ojos de nuevo eran más de las ocho y Sally se encontraba de pie junto al lecho. Llevaba un vestido sencillo y el rostro terso y sin maquillaje; los ojos eran límpidos y tenía el cabello recogido en un moño detrás de la cabeza.
—Te llama Junior desde el despacho —le dijo con voz inexpresiva.
Loren se sentó en la cama y apoyó los pies en el suelo.
—¿Qué hora es?
—Las nueve menos veinte, más o menos.
—¿Cómo se ha enterado de que estoy aquí?
—Al ver que no te presentabas a la reunión de esta mañana, intentaron localizarte en tu casa. Allí les dijeron que habías mencionado que posiblemente te pasarías por aquí anoche, pero no se les ocurrió llamar sin antes intentar localizarte en otros lugares.
—¿Qué le has dicho? —le preguntó Loren.
—Le he contado que estuvimos levantados hasta tarde y que pensé que sería mejor que te quedaras aquí a pasar la noche en vez de conducir hasta tu casa.
—De acuerdo —dijo él al tiempo que se ponía en pie. Una punzada de dolor le atenazó las sienes—. ¿Quieres darme una aspirina? —le pidió mientras se acercaba al pequeño escritorio y levantaba el teléfono—. ¿Diga?
—¿Padre? —La voz de Junior sonaba débil y metálica a través del hilo—. Siento no haberme enterado de que te encontrabas ahí, de lo contrario habría ido a casa.
—Está bien —dijo Loren—. Me decidí en el último momento.
Sally entró de nuevo en la habitación con dos aspirinas y un vaso de agua. Él se las tragó de golpe.
—Duncan ha terminado los planos para la nueva línea de ensamblaje del Loren Dos —le comunicó Junior—. Nos gustaría que les dieras tu aprobación.
—¿Qué tal son?
—A mí me parecen bien —dijo Junior—. Nos permitiría ahorrar alrededor de doscientos diez dólares por cada unidad al final del proceso.
—Entonces, de acuerdo —le indicó Loren bruscamente.
—¿Ni siquiera quieres verlos? —La voz de Junior denotaba sorpresa.
—No. Tienes que irte acostumbrando también a asumir toda la responsabilidad. Tú eres el presidente de la compañía, y debes tomar las decisiones.
—Pero… ¿qué vas a hacer tú? —Junior estaba confuso.
—Voy a tomarme las vacaciones que me había prometido hace tanto tiempo —se oyó decir a sí mismo—. Me voy un año a Europa; salgo mañana.
—Pensé que no te ibas hasta el mes que viene —comentó Junior.
Loren clavó la mirada en Sally.
—He cambiado de opinión.
La muchacha lo miró a los ojos durante un momento y después se marchó silenciosamente de la habitación. Loren se volvió hacia el teléfono.
—Ahora iré a casa para cambiarme de ropa —le dijo a su hijo—. Te veré esta tarde.
Cansado, se sentó en la estilizada silla que había detrás del escritorio y se puso a esperar a que la aspirina acabara con aquel dolor de cabeza matutino.
Ahora Sally lo miraba desde el otro lado de la mesa mientras depositaba en ella la taza de café. La muchacha se esforzó por controlar la voz.
—¿Estás huyendo?
—Ajá.
—¿Crees que eso cambiará las cosas?
—Puede que no. Pero ocho mil kilómetros nos mantendrán alejados de los problemas.
La muchacha no dijo nada.
Él la miró fijamente.
—No tengo remordimientos por lo que ha pasado. Pero tenemos suerte. Nadie ha resultado dañado. Esta vez. Pero yo me conozco a mí mismo. Si me quedara, no sería capaz de mantenerme apartado de ti. Y al final acabaría por destruir a todas las personas y cosas a las que no deseamos hacer mal alguno.
Sally estaba inmóvil en la silla.
—Te quiero.
Él guardó silencio durante un largo rato.
—Y yo te quiero a ti. Al menos eso creo. —Había un matiz de pesar en la voz de aquel hombre—. Pero eso no importa ahora. Ya es demasiado tarde. Para los dos.